El fin de semana
Capítulo 6
Cuando Christiane hubo recogido y fregado los cacharros del desayuno y una vez vaciados los aguamaniles y llenadas de nuevo las jofainas de las habitaciones, volvió a la terraza. Todos se habían marchado. Karin y su marido, que la habían estado ayudando en la cocina y habían vuelto a sentarse en la terraza, también habían desaparecido.
Christiane había hecho planes: un paseo en barca por el cercano lago, un picnic en el parque y baile en la terraza. Pero al verse sola en la terraza perdió la esperanza de que alguien tuviera interés en sus planes. Aunque también temía volver a reunirlos a todos. Jörg volvería a acusar a Henner de haberlo traicionado y… ¿qué diría Henner? ¿Qué composición de lugar se haría Jörg si Henner rechazaba la acusación?
Se descubrió pensando en que desearía que Jörg volviese a la cárcel. O, si no, a algún lugar en el que estuviera seguro; seguro frente a informaciones que pudieran confundirlo, frente a contactos que pudiesen tentarlo y frente a peligros a los que no sabría enfrentarse. La mayor parte de los años que había pasado en la cárcel no habían sido tan malos. Es cierto que al principio fue horrible, cuando la administración de prisiones quiso amedrentarlo y él se opuso de una forma activa y recalcitrante, haciendo huelgas de hambre. Pero luego ambos aprendieron a dejarse en paz, la administración de prisiones a Jörg y él a la administración de prisiones. Fue una época en la que Jörg se sentía casi feliz y nunca fue tan suyo como en aquellos años.
Se dirigió hacia el portón de entrada. El Mercedes de Ulrich y el Volvo de Andreas no estaban. Todos sus invitados cabían en los dos coches y podían haberse ido de excursión. Decepcionada, preocupada y a la vez aliviada, entró en la casa. Sacó una tumbona con la intención de descansar un rato en la terraza. Pero allí ya había alguien. Reconoció las voces de Jörg y Dorle. Dejó la tumbona, atravesó la habitación de puntillas y se apoyó en la pared junto a la puerta de dos hojas, que estaba abierta.
—Me sentí muy decepcionada y por eso fui tan desagradable. Lo siento.
De momento Jörg no respondió nada. Christiane se lo imaginó tragando saliva, levantando las manos y dejándolas caer. Después carraspeó.
—Por supuesto que me doy cuenta de lo…, de la mujer tan fantástica que es usted. Pero no puedo.
—No me trates de usted. Me llamo Dorle —dijo, riendo suavemente—. Viene de Dorothea, que significa regalo de los dioses. Tómame. Si en la cárcel has estado con hombres y ahora quieres… A mí me gusta… —Volvió a reírse suavemente—. Me gusta que me den por el culo.
—Yo soy… Soy…
Pero no logró decir lo que era y se echó a llorar. Lloraba con aquel tono plañidero y quejumbroso con el que lloraba de niño. Christiane reconoció aquel llanto y eso la irritó tanto como entonces. Si su hermano tenía que llorar, que lo hiciera al menos con un llanto masculino y enérgico. Pero a Dorle no le produjo la misma reacción.
—Llora, mi niño —le dijo. Llora.
Y como Jörg no paraba, ella siguió hablándole.
—Sí, mi niño. Es como para llorar. Todo es como para llorar, mi niño valiente, mi niño triste y desgraciado, my little boy blue.
Aquel soniquete acabó por irritar tanto a Christiane que le entraron ganas de intervenir. ¿Querría Dorle, si no vanagloriarse de haberse acostado con el famoso terrorista, presumir al menos de haberlo visto llorar y haber podido consolarlo? Pero cuando Christiane salió a la terraza vio a Jörg sentado muy tieso en una silla, con los ojos cerrados y sollozando, y a Dorle de pie, a sus espaldas, inclinada sobre él, abrazándolo y meciéndolo. Jörg, con su dolor, y Dorle, en su tentativa de consolarlo, ofrecían tal imagen de desamparo que Christiane prefirió no intervenir.
Así que hizo mutis por el foro. En el pasillo se topó con Marko.
—Te estaba buscando —le dijo él con sonrisa forzada. Tenemos que hablar.
—¿Sabes dónde están los demás?
—Los dos matrimonios y Andreas se han ido a visitar unas ruinas. No tardarán mucho en volver. Pero tú y yo tampoco necesitaremos mucho rato.
—¿Tiene que ser ahora?
—Sí.
Marko se dio media vuelta, fue a la cocina y se apoyó en el fregadero.
—He preparado un comunicado que quisiera dar mañana a la prensa en nombre de Jörg y que puede plantearle dudas.
A Christiane le irritaba ya el simple hecho de haber seguido a Marko a la cocina, y ahora, además, tenía que volver a escuchar la misma cantinela.
—Pues yo trataré de disuadirlo. ¿Algo más?
Él volvió a forzar una sonrisa.
—No sé cómo te planteas el futuro entre Jörg y tú. ¿Sigues teniendo una relación de dependencia con él? Él… la tiene contigo, aún.
—No tengo por qué hablar contigo de mi hermano.
—¿No? ¿Tampoco antes de que yo hable con tu hermano de ti? ¿O piensas tirarme el café por encima?
Christiane meneó la cabeza con gesto de hastío.
—¡Déjame en paz!
—Por supuesto. Tú ya te ocuparás de que él te arranque una explicación. Pero yo no puedo impedir que cuando Henner niegue la acusación, Jörg saque sus conclusiones y caiga en que fuiste tú quien lo delató. Si sólo pudo ser alguien de su entorno de entonces y no fue su amigo de siempre… Aunque yo no diré nada —dijo, riendo. Lo del café ha sido una auténtica bobada. Tal vez Henner se habría defendido con tanta torpeza que Jörg no le habría creído. A veces las verdades parecen mentiras.
—¡Déjame en paz!
—Mañana hay que hacer el comunicado a la prensa y, si tú no lo tienes aleccionado bien temprano, seré yo quien lo lleve a mi terreno. Y desde luego que lo conseguiré si le cuento lo que hiciste —dijo Marko, mirándola ahora muy serio. ¿Qué te impulsó a hacerlo? ¿El miedo a lo que pudiera ocurrirle? ¿Preferiste que viviera preso a que muriera libre? No lo entiendo, aunque ¡qué más da! —dijo, encogiéndose de hombros y alejándose del fregadero para salir de la cocina.
¿Qué puedo hacer? ¿Echar de casa a Marko? ¿Convencer a Henner para que cargue con la culpa? ¿Desacreditarlo de modo que Jörg no le crea? ¿Implicar a Andreas en el asunto? ¿Quitarle hierro al comunicado? ¿Salir corriendo? ¿Hacerle entender a Jörg por qué tuve que hacer lo que hice?
Christiane recordó cómo le había dado la pista a la policía. Lo había entregado de un modo anónimo, con lo que, en parte, era como si no lo hubiese hecho, sino como si se hubiera entregado él mismo. Recordó el alivio que sintió al saber que Jörg se hallaba seguro en la cárcel. Recordó el miedo que pasaba mientras su hermano estaba libre. No era el mismo miedo que provoca alguien que no quiere dejar el montañismo, el ala delta o las carreras de motos. Era un nudo que se le instalaba en el estómago y que le provocaba miedo, dolor y culpa. El dolor de haber perdido en parte a Jörg; el miedo a perderlo del todo, y la culpa por ser la hermana mayor, la que podía librarlo con una simple indicación y no lo hacía. También le generaba culpabilidad el haberlo denunciado. Pero qué importaba esa culpabilidad frente a la vida de Jörg.
Luego vinieron los años de prisión en los que se entregó en cuerpo y alma a su hermano. Con eso, pensaba, había pagado el precio de su traición. ¿O acaso no era suficiente? Y, encima, ahora ¿podría perder el cariño de Jörg? Pues si tenía que ser así, que lo fuese. Extrañada observó que podía pensar en lo que hasta ahora le había parecido impensable sin que el mundo se parase ni la vida se acabara.