El grito
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Las sillas negras, desplegadas, semejan un ejército poco disciplinado, los últimos restos de una batalla en la que nadie nunca creyó, casi una reunión de pájaros malagüerados esperando el momento de asestar el picotazo definitivo. Por todas partes se amontonan las sillas: alineadas contra las paredes, delante de los muebles, entre las grandes macetas de aspidistras que llenan los rincones, en el pasillo, en el salón, en el dormitorio, en la cocina, incluso en la calle, a ambos lados de la puerta de entrada; en cualquier hueco donde las rodillas de quien está sentado no molesten el paso de los demás, donde no se tapone ninguna puerta, donde no exista el peligro de que un movimiento apresurado o imprevisto ocasione algún destrozo.
(No se ponga usted ahí, que le va a dar a la rinconera sin darse cuenta y va a terminar haciendo tiestos
Retire usted la silla de la pared, mujer, que está dejando toda la marca del respaldar
Muévete un poco hacia mí, estás rozando con las patas el lado del sofá.)
También han dejado algunas plegadas en el lavadero, entre la pila y la alacena, por si hacen falta, por si se encuentra cualquier espacio escueto que hubiera escapado a la primera invasión, por si no hace mucho frío a lo largo del día y hay quien quiera salir a la terraza, por si se acumulan muchos hombres en la puerta y necesitan sacar más asientos.
Son sillas gastadas: metal, plástico imitando cuero y algún tipo de relleno tan maloliente como incómodo, no sabemos en cuántos entierros habrán estado antes que en este, cuántos ataúdes habrán acariciado de reojo al pasar, cuántas lágrimas habrán soportado, cuántos desmayos rápidamente resueltos uniendo varias de ellas para formar una especie de catre con el que solventar la urgencia. Algunas incluso tienen mensajes pintarrajeados, sobre todo en el respaldo, donde menos se pueden ver. Los de la funeraria son buenos profesionales, si cualquier gracioso se dedica a dibujar comentarios en algún sitio visible no dudan en quitar esa silla de la circulación, los entierros no son lugares de broma, cualquier detalle termina siendo importante. Pero, a pesar de su vigilancia
No puedo estar en todo, es normal que alguna se me pase y no me dé cuenta de que tiene cualquier guarrada escrita
Pues tienes que estar atento, y antes de cargarlas en el coche las revisas una por una, no te cuesta trabajo ninguno darles un repasito y así nos ahorramos que nos pongan la cara colorada, que la semana pasada un hermano del difunto me sacó una silla en la que alguien había escrito Mierda pa los muertos
Lo mismo lo habían escrito ese mismo día y el tío te quiso echar la culpa a ti de eso, vete tú a saber
Puede, pero por si acaso las revisas todas y en paz
Que sí, lo que tú digas.
Pero, a pesar de su vigilancia, de todo guardan estos asientos de la mala hora: insultos, declaraciones de amor enmarcadas en corazones temblorosos, nombres, fechas, frases inconclusas que su autor se vio obligado a dejar a medias vaya usted a saber por qué, quizá por cansancio, quizá porque alguien le afeó su acción, quizá porque se aburrió y decidió dedicar sus esfuerzos a otra cosa. También se pueden ver quemaduras de cigarros, agujeros limpios y redondos que dejan al aire el relleno breve y desagradable, especie de bostezos de vieja abiertos con curiosidad a todo cuanto vaya pasando en esta casa durante el velatorio: visitas y ausencias, conversaciones y silencios, pasos y esperas, familia y extraños, lágrimas y reencuentros, flores y crucifijos, gente, mucha gente, quizá demasiada.
Llegan los del seguro, dos hombres, serios, los dos sudamericanos.
Para mí que son de Colombia
Y eso cómo lo sabes
Por el acento, hablan como la novia que se ha recogido mi cuñado el mayor, y yo diría que hasta se parecen en el corte de la cara
Yo no conozco a nadie de Colombia, así que no sé si hablan como estos dos o de otra manera, pero lo del corte de la cara me parece un poco tonto, a ver si todos los de un país van a tener que parecerse
Hombre, unos rasgos más o menos, rubio, alto y blanquinoso, pues ya sabes que es del norte, achaparrado y como negrucio, pues es más de los nuestros, con esos detalles uno ya sabe por dónde tirar
Eres más bruto que un arado
Lo que tú digas, la cosa es que, y esto sí que lo sé seguro, estos dos empezaron a trabajar en la funeraria hace unos cinco años, cuando no había nadie que quisiera bregar con los muertos, todo el mundo estaba que si la construcción, que si la hostelería y los trabajos así solo los hacían los inmigrantes, pues por lo visto ahora que la cosa se ha puesto jodida han ido al dueño del negocio un montón de españoles diciéndole que les hace falta el dinero, que están a la cuarta pregunta, que si esto que si lo otro, y el hombre les ha dicho a todos que lo hubieran pensado antes, que él no va a echar a dos buenos trabajadores para meter ahora a los que antes le han rechazado
Y razón tiene, si antes este trabajo no era bueno para los de aquí, ahora que se aguanten
A ver, ponte en la situación, las cosas cambian
Ya, pero estas criaturitas también tienen derecho a comer, no se les va a dejar en la calle si son buenos en lo suyo porque ahora la situación sea otra
En fin, vamos a echarles una mano con las sillas, que hay que descargarlas.
Los del seguro han dejado el coche, enorme, desagradable, en mitad de la calle, interrumpiendo el tráfico. La gente del pueblo sabe que en esta casa hay un muerto, intentarán no pasar con sus coches por aquí a lo largo de todo el día, circularán por las calles paralelas, darán rodeos, aparcarán lejos de sus casas, lo que sea necesario con tal de importunar lo menos posible el velatorio.
Las vecinas fueron las primeras en llegar, una marea que poco a poco fue llenando todos los rincones de la casa, adueñándose por un día de ese espacio que para muchas era conocido y que para otras era un mundo nuevo, un espacio ignoto en el que se adentraban con cierta prudencia, mirando a todos lados, intentando no perderse un detalle, las vecinas que se iban llamando en su camino hacia la casa de la muerta.
Voy un ratito al muerto ahora que no hay nadie
las vecinas, algunas ya llevaban algún rato levantadas, son madrugadoras las mujeres por esta tierra, muchas son las que están en pie antes de que el sol haya empezado a despuntar por encima del Puerto
(Yo es que llegando las cinco de la mañana no puedo estar en la cama, me entra un cosquilleo en la espalda que no me deja vivir, así que me tengo que levantar y ponerme con las faenas.)
Así que se enteran de lo sucedido de inmediato, casi como si hubieran alcanzado a escuchar el grito con el que la sobrina de la muerta anunció lo sucedido, muchas de ellas se esperaban el final de esta mujer, las noticias corren por estas calles, de casa en casa como un viento travieso, sobre todo si son malas, si son anuncio de enfermedades, accidentes o muertes, las bocas, las conversaciones por las ventanas, los teléfonos desplegando su absoluta falta de discreción.
Aquí todo se sabe
se sabe todo y además se sabe rápido, por eso cuando a las ocho de la mañana las campanas de la iglesia empezaron a doblar
(un crío de apenas diez años bosteza mientras tira de la cuerda sucia y cansada para que el grito de bronce alcance a todos los rincones del pueblo).
Fueron pocos los despistados que no sabían que la nueva muerte era esperada si no con impaciencia al menos con determinación desde bien temprano el día anterior, por eso las vecinas, que parecen especialmente diestras a la hora de intuir desgracias, se apresuran esta mañana camino del recién estrenado velatorio, no saben quién ha sido la que ha comenzado el desfile, quién fue la primera que decidió pasarse por allí, quizá ni tan siquiera sabía que ya el sufrimiento de la anciana había terminado, quizá tan solo quería asomarse para enterarse de cómo seguía.
Voy a ver cómo sigue la pobrecilla
se habría dicho la mujer nada más levantarse, se viste con gestos rápidos y secos, es fácil disfrazarnos de nosotros mismos cada mañana, movimientos que de puro repetidos se convierten en una rutina con la que nos defendemos del mundo sin darnos cuenta, la mujer se esconde tras sus gafas, tras sus pantalones oscuros, tras el jersey de lana azul (hace frío, quizá debería ponerme una chaqueta, piensa un instante, pero al final una como urgencia, una como certeza por dentro le dice que no hay tiempo para eso, que mejor es que se dé prisa), sale la mujer y en cuanto se acerca a la casa de la vecina intuye que algo va mal, ve a un hombre en la terraza, fumando, al aproximarse algo más reconoce al yerno de la nueva muerta, lo ve tranquilo, apoyado en la baranda, y en ese momento algo le dice que ya todo ha terminado, será la primera de los muchos que vendrán aquí a lo largo del día, apenas estará ahora un par de minutos y volverá a su casa
Voy a despertar a mi marido, que tiene que levantarse para ir a trabajar
al poco rato estará de vuelta, acompañada esta vez por otras mujeres a las que ha avisado al pasar, las vecinas, una marea que poco a poco va llenando todos los rincones de la casa.
El yerno, cansado y aún no ha hecho más que empezar el día, el yerno, hastiado por anticipado, temiendo el papel que le queda por delante, recibir los pésames que muchos querrán darle, aguantar la invasión de su intimidad.
Maldito sea el que se le ocurrió que los velatorios se hicieran de esta manera
y eso que en el cementerio nuevo hay una sala para estos días, con sus sillones mucho más cómodos que los asientos plegables que traen los de la funeraria, con sus servicios (muchos serán los que hoy entren en el cuarto de baño de esta casa, manchas sospechosas delante del váter, el papel de desconocidos arrugado y sucio en la papelera), con su cafetera y su microondas y su neverita pequeña pero que hace el avío, total, una botella de agua, algún refresco, poco más se necesita para pasar el mal trago, pues a pesar de esta sala, nueva, brillante, aséptica, casi todos prefieren seguir con el ritual completo y convertir las casas en esta especie de hospital robado en el que se está transformando su alrededor: puertas y ventanas abiertas, todas las luces encendidas a la espera de que termine de clarear el día, mujeres entrando y saliendo continuamente, pronto serán también algunos hombres, los viejos que no trabajan o los que están en el paro vendrán por la mañana, el resto lo hará por la tarde, hasta la madrugada
(Tampoco hay que exagerar, que mañana yo madrugo, hasta las once como mucho estaré allí, no voy a perder la noche de sueño por la vieja esa, ocasiones no han faltado ni, por desgracia, habrán de faltar en las que de verdad a uno no se le apetezca regresar a su casa aunque al día siguiente esté sonando el despertador antes de que el sol haya salido, en esas ocasiones sí que se perdona el sueño y lo que haga falta, pero por una vieja ochentona que estaba deseando estirar la pata de una vez no me descalabro yo, ni muchísimo menos.)
El hombre se masajea las sienes sentado en el sofá del salón, una corriente helada hace que se estremezca, un escalofrío recorre toda su espalda, tanta puerta abierta es lo que tiene, el aire entra como si tal cosa por todos los rincones.
(Si fuera en verano no se movía un pajote, como si lo viera, el aire quieto y caliente que casi se puede masticar, y ahora se queda uno tieso como un palo, dos horas en el muerto y no hay manera de entrar en calor en todo el día.)
El hombre abre los ojos, separa los dedos de su frente, se estira y bosteza, alarga el brazo y coge la agenda de la mesita del teléfono, busca el número del cura del pueblo, mira la hora en la pantalla de su móvil antes de marcar, apenas son las siete y media de la mañana, ya estará levantado.
Y si no lo está pues que se fastidie
piensa el hombre mientras escucha el pitido estridente del aparato haciendo la llamada.
Un silencio espeso acompaña la entrada del ataúd, los hombres del seguro piden quedarse a solas en el dormitorio, van a preparar al difunto. Lo dicen así
Vamos a preparar al difunto
están tan acostumbrados a repetir los mismos gestos, este mecánico conocimiento de la muerte, que ni siquiera se han parado a mirar que se trata de una mujer y no de un hombre
Vamos a preparar a la difunta
hubiera sido más propio, más exacto, pequeños detalles sobre los que su jefe no insiste, al contrario que con el de las sillas
Hay que revisarlas una a una todos los días
quizá porque no está delante cuando estos deslices suceden, quizá porque nadie le da la queja por estas cosas, ninguno de los familiares le espera con un gesto contrariado dibujado en el rostro
Confundieron a mi madre con un hombre
nadie le dice algo así, quizá los presentes ni tan siquiera se han dado cuenta de lo que han dicho los recién llegados, aturdidos por el nuevo peregrinar recién impuesto
Vamos a preparar al difunto, por favor, salgan
y esa orden hace que todos se apelotonen ante la pequeña puerta del dormitorio, la acumulación que se genera en el pasillo casi no deja respirar, la muerta se queda sola con esos dos desconocidos que manipularán su cuerpo sin ningún reparo, como maneja el carnicero su género antes de ofrecérselo sonriente a la mujer del quinto, esa que trabaja en Sanidad y a la que conviene tener contenta
No vaya a ser que cualquier día me mande una inspección, a ver, que yo no tengo por qué temerla, que todo lo mío está en regla y más fresca y más de confianza no puede ser esta carne, eso es evidente para todos, pero más vale prevenir, lo sabemos de sobra
en el pasillo no se puede respirar, muchos aprovechan ahora para salir de la casa, ya han dado el pésame a la familia, ya han cumplido, volverán quizá dentro de un rato, depende de las ganas que tengan
Tampoco hay que exagerar, la cosa no es para tanto
Tenía ochenta años, y hasta hace unos tres meses con todo su conocimiento y bien de salud, ya me cambiaba yo por ella, llegar a su edad así de bien
Llegar y estar atendida hasta el último día, que no le ha faltado detalle, su hija ha estado pendiente de ella hasta el último momento
Lástima dan todos los muertos, eso que quede claro, pero hay muertos y muertos, la pena de verdad hay que guardarla para los que se mueren en accidentes o para los jóvenes a los que les entra cosa mala
El año pasado, sin ir más lejos, acuérdate de lo que le pasó al pobre de mi sobrino
No me voy a acordar, dos días después de la feria de mayo fue
Guapo como un sol que era el pobre mío, tres meses le faltaban para cumplir los veinte, eso sí que es para hacerse polvo
No llevaba el casco
No quiso ponérselo, esta juventud que cada día está más loca
Pero si voy aquí al lado, a tomar café, no me voy a estar todo el día poniendo y quitando el casco cada vez que me mueva un chispa
un bache, una piedrecilla, una mancha de aceite en mitad de la calle, el muchacho cae sin mucha convicción, más parecía un juego o una especie de teatrillo que un accidente de verdad, dos mujeres que estaban barriendo las puertas de sus casas lo vieron
No iba demasiado corriendo, que hay otros que da susto cuando pasan como si fueran a apagar fuego, y un ruido que hacen con los motores que se le encoge el corazón a una, pero este niño iba despacio, hasta le dio tiempo a decir adiós cuando pasó al lado nuestra, era muy cumplido, a todo el mundo saludaba aunque fuera por la acera de enfrente, y en eso que escucho el golpe, levanto la cabeza y lo veo en el suelo, la moto por un lado y él por otro, se dio en la nuca con el bordillo y listo papeles, es que no se puede tener más mala suerte, si llega a caer un palmo más hacia un lado o al otro no se hace ni un arañazo y míralo ahora, casi un año metido en el boquete
historias como esta sí son para que el dolor y el silencio se instale por todos los rincones del pueblo durante días, llenando todas las conversaciones, todas las miradas, son días en que incluso hay quien, al anochecer, se queda en el balcón de su casa, solo y en silencio, contemplando la calle con la mirada perdida, incapaz de estar dentro de la casa, a la espera de que traigan el cuerpo del chico desde el tanatorio adonde lo han llevado para hacerle la autopsia y entonces puedan todos reunirse en su velatorio para ver que es cierto lo que todavía se niegan a creer
Pero si se ha criado con mis hijos, no lo voy a sentir, desde que tenían edad para estar en la calle siempre juntos los tres, en la escuela, en el fútbol, en todo lo que se moviera, y ahora verlo cuando voy al cementerio me revuelve las tripas, pensar que igual que él podía haber sido uno de los míos, vamos, es que me pongo en el lugar de su madre y me dan ganas de pegarme un tiro
para esos días se guarda el sentimiento de verdad, lo de hoy, en cambio, es solo un muerto más, algo previsible, incluso deseable vista la enfermedad gozando en el cuerpo añoso
Tanto pasar para al final morirse, más vale que a uno le diera un infarto cuando le llegara la hora y listo, y no este sufrimiento para nada
al fin y al cabo solo es una persona que acude a llenar el nicho que en buena lógica le corresponde en el nuevo cementerio.
Carlos y Luis han estado sentados en un rincón de la cocina desde que se vistieron, acaban de terminar un desayuno rápido, engullendo a grandes mordiscos unos dulces que una prima de su madre ha traído.
Dejo la caja en la nevera, os coméis ahora los que tengáis ganas y luego cogéis más si os entra hambre
asienten los hermanos con gestos casi idénticos, más tarde vendrán otras mujeres y traerán más cosas para almorzar: una olla de caldo, una tortilla de patatas, una ensaladilla rusa, mujeres que llegarán con sus grandes cestas de esparto llenas hasta el borde y dispondrán de la cocina como si fuera de ellas durante esta jornada, mujeres que pasarán al lado de Carlos y Luis, que siguen mirándolo todo extrañados y atentos, es su primer velatorio, no saben cómo deben comportarse, por eso se limitan por ahora a estar ahí sentados, al lado de la nevera, recibiendo el pésame de los que pasan por la cocina, algunos de los viejos que vengan por aquí ni siquiera sabrán que son los nietos de la muerta, las personas mayores no distinguen bien a los críos del pueblo, los confunden unos con otros
Para mí son todos iguales
Yo conozco a mis nietos y poco más
Como para conocerlos a todos, si pasan por el lado de uno y ni lo miran, ni un buenos días, ni un cómo está usted ni mal rayo que los parta, igual que si pasaran al lado de un mueble
Hay de todo, tampoco se puede exagerar, algunos son bien hablados y otros ariscos, como ha habido toda la vida de dios
De eso nada, en mi época si no saludaba yo a una persona mayor enseguida le iba con el cuento a mi padre y para qué quería más, de una somanta de palos no me libraba nadie
Pues qué quiere que le diga, a mí eso me parece mucho peor que lo de hoy en día, que salude el que quiera cuando de verdad le salga de dentro y no que lo hagan temiendo lo que les pueda pasar
Pues yo no me corto, y si hay alguno de esos que pasan sin mirar me planto delante y le pregunto que de quién es
(Niño, tú de quien eres
y el muchacho explica en pocas palabras de qué familia viene, los viejos asienten a esas palabras con aire de concentración, como si estuvieran procesando dentro de su cabeza una cantidad enorme de información en busca de un esquema que lo aclare todo
Pero si a tu padre lo conocí yo cuando aún llevaba pañales, cómo es posible que tenga ya un hijo de tu edad
se encoge de hombros el interpelado contestando con un
Pues ya ve usted
o simplemente guardando silencio, divertido tal vez por la perplejidad que se pinta entre las arrugas que le interrogan, muchachos de la edad de Carlos y Luis, los dos hermanos que se aburren ahora en la cocina
Vaya asco
dice uno de ellos, da igual el que lo haya dicho porque el otro asiente rápido, compartiendo el comentario, quizá se refieran a las incomodidades del día, quizá se refieran a la muerte de su abuela, quizá sea que se quejan porque la muerte ha venido precisamente un sábado y no ha servido para librarse de un par de días de instituto
Asco de los grandes, y encima hace un frío de muerte
hace un frío de muerte en esta casa que ha abierto sus brazos a las corrientes heladas esta abril mañana, Carlos se frota las manos con fuerza, las pone delante de su boca e intenta calentarlas con el aliento, inútilmente
Con esto de tener todas las puertas abiertas de par en par vamos a terminar cogiendo una pulmonía).
En el salón se está bien, al lado del brasero eléctrico, ha estado encendido toda la noche anterior y seguirá prendido a lo largo del día y hasta mañana cuando llegue la hora del entierro.
No sé cómo aguanta tantas horas seguidas, cuando menos nos lo esperemos explotará
cuatro mujeronas se apretujan en el sofá, gordas y algo aceitosas, todo manos revoloteando, todo risas y palabras cruzadas, alrededor de la mesa otras mujeres en sillas, una ha tenido más suerte y ha ocupado un enorme sillón verde
No te creas, no es tan cómodo como parece, me está dejando la espalda lista
Pues déjame a mí y vente tú a mi silla
Quita, quita, eso sí que me deja para el arrastre, en una silla normal no aguanto yo ni media hora, luego se me mete el dolor en la columna y me empiezan los vértigos y los mareos y es un sinvivir
el sillón verde, desgastado y un poco fuera de lugar, el sofá azul, cubierto con una funda oscura, las mujeres alrededor de la mesa parecen reunidas para jugar a las cartas o para invocar a los espíritus
Encaja una chispa la puerta para que no entre corriente, que no hay manera de que se caldee esto
ni siquiera la llegada de los hombres de la funeraria cargados con el ataúd acalla la charla del salón
Pues yo tengo ya sitio donde echar la noche, cuando me venga a las diez o cosa así pillo el sillón y de aquí no me muevo, me pongo una silla por delante para tener las piernas en alto y aquí mismo me harto de dormir
Mujer, pues para hartarte de dormir mejor te quedas en tu cama, que seguro que estás mejor, además, acabas de decir que te estabas fastidiando la espalda y ahora dices que te vas a quedar ahí toda la noche, a ver si te aclaras
Una cosa no quita la otra, incómodo es pero peor es estar las horas muertas en una silla o apretujada en el sofá como están estas, y lo de mi cama sí que es verdad, que me he comprado un colchón de esos que anuncian en la tele y ahora duermo como los ángeles, pero las cosas son como son y hoy me toca estar aquí, que cuando me ha pasado a mí algo han venido a cumplirme y ahora no puedo yo hacerme la tonta.
Los hombres de la funeraria preparan a la muerta.
Envuelven el cuerpo escaso, desgastado por los años y por la enfermedad.
Ochenta años cumplidos, tres meses metida en la cama, es normal que la pobre estuviera en los huesos
en un sudario blanco (impersonal, aburrido)
la meten en el ataúd
algodones dentro de la boca, para que no tenga los pómulos hundidos, le han quitado el pañuelo que hasta ese momento había tenido atado alrededor de la cabeza
(En mi mesita de noche tengo un par de pañuelos grandes, tráelos para poder sujetarle la mandíbula)
gestos blandos para intentar ordenarle los tres pelos y medio que le quedan en el flequillo
un poco de maquillaje
(Mejor pecar por defecto que por exceso, os lo he dicho millones de veces, aquí no estamos en América, a ellos les gusta ver a los muertos pintados como puertas, como si fueran a una fiesta en vez de ir al cementerio, aquí los muertos tienen que parecer muertos, todo lo más un toque para las ojeras y los labios, en caso de duda mejor dejarlos como están)
una tela blanca
una tela blanca, en los bordes un dibujo, un enramado algo extraño
una tela blanca para tapar el cuerpo y dejar solo visible la cara
en los rincones de la caja (bajo los pies, a los lados de la cintura) unos tarros con un ambientador muy fuerte
Hoy hace frío, pero más vale prevenir, no quiero ni acordarme del año pasado, en un pueblo cerca de aquí, pleno mes de julio, casi no se podía respirar, el aire quemaba por dentro la garganta, el cadáver empezó a descomponerse a las ocho o diez horas de haberse muerto, al poco rato no quedaba dentro de la casa nadie, todo el mundo se tuvo que ir a la calle porque dentro no había quien aguantara la peste que se formó, con decirte que el entierro iba a ser a mediodía y al final lo hicieron nada más amanecer, y ni pasaron por la iglesia, del tirón al cementerio y allí el cura dio un responso, al aire libre y con el ataúd ya metido en la bóveda, yo no he pasado peor rato en mi vida que cuando tuve que acercarme para levantar la caja, con un pañuelo mojado en Vicks Vaporub atado para taparme la boca
teatral, la preparación de la muerte.
Queda la cara vieja y amarillenta en mitad de ese decorado (función de fin de curso, poco más)
queda la presencia inmensa de la caja (no cabe bien encima de la cama, la han tenido que poner algo ladeada, rozando con la parte superior la mesita de noche y con la inferior las cortinas de un beige algo desvaído)
quedan las muchas horas de espera hasta llevar el féretro en su último vuelo entre cabezas.
Un viento helador sopla en la calle, buscando quizá algo que arrastrar, algo con lo que entretenerse en su desigual carrera con las casas.
(En este pueblo todo está limpio, amigos míos que han venido de visita me lo han dicho, ni un papel ni un paquete de pipas vacío tirado en cualquier sitio, cada mujer barre el trozo de calle de delante de su casa, cubos de agua hay que al amanecer despiertan a quien intente dormir, el restregar de un cepillo duro contra la acera, cuando hay sequía un bando prohíbe echar cubos de agua en las puertas, pero aún así muchas siguen haciéndolo.)
No encuentra nada a su paso el viento juguetón así que se limita a pasar casi cortando la respiración de los hombres apostados como vigilantes frente a la casa.
Parece mentira que va a llegar el buen tiempo, en abril que estamos ya y es como si siguiéramos en enero, valiente año llevamos
Luego por la otra punta llegará el mes de octubre y estaremos sudando la gota gorda, cuando el calor tarda mucho en venir tarda mucho también en irse
Que se vaya cuando quiera, pero que venga ya, que está uno aburrido de tener que estar todo el día liado con más cáscaras que un palmito, lo bien que se está en verano, una camisa de manga corta y listo, y no ahora, que no se sabe lo que te vas a poner en lo alto y al final siempre terminas tiritando
en esto también la costumbre manda: las mujeres permanecen dentro de los velatorios, los hombres en la calle, entran a dar el pésame a los familiares, luego salen y se quedan al lado de la puerta. Su charla, tranquila, llega al interior de la vivienda. Algunos sacan sillas y se sientan en la acera, la mayoría aguanta de pie o apoyándose en alguna pared. Todos protestan por el mal día para el muerto
Yo se lo digo a mi mujer, que si me ve que estoy para estirar la pata que me pegue un sartenazo por el mes de mayo o el de octubre, que no quiero yo que las criaturas pasen un mal día por mi culpa, tan malo es el mucho frío como el mucho calor, que en este pueblo todo tiene que ser a lo bestia, invierno no lo hay peor y en verano nos asamos como pollos, un día templado lo echa uno con gusto en estos sitios, bueno, con gusto no, que al fin y al cabo es un muerto, pero al menos no se está malamente, a ver si me explico, ya que se tiene que venir por lo menos que uno pueda estar de charla un rato y no como estamos nosotros ahora, dando retemblidos.
Los hombres de la funeraria salen del dormitorio.
Ya está lista
dice uno de ellos, esta vez ha hablado en femenino. Asienten los hijos de la muerta, poco a poco van entrando en la habitación, recuperando los mismos lugares en los que se habían sentado antes. Impresiona la presencia rotunda del ataúd, atravesado sobre la cama.
El yerno saca las coronas de flores a la terraza, las acaban de subir los dos hombres del seguro.
Dónde las ponemos
han preguntado
Démelas, yo las pongo en el balcón
ha contestado el yerno
Vamos abajo por los ramos
De acuerdo
dos coronas, un puñado de claveles rojos y blancos en una, naranjas y blancos en la otra. Unas cuantas rosas algo mustias. Tristes, descuidadas. Se mantendrán bien hasta mañana con el fresco que hace fuera, si estuviéramos en verano no las habían podido traer hasta el mismo día del entierro, pero en este tiempo sí aguantan con facilidad. Las deja en un rincón, tendidas en el suelo. Dos cintas negras, letras doradas
Tus hijos no te olvidan
Tus nietos no te olvidan
el hombre aprovecha para fumar un cigarro. Escucha distraído las conversaciones que le llegan desde la calle. Observa el techo del destartalado coche fúnebre, especie de barco horrible encallado en mitad de la nada. Llegan los ramos de flores
Póngalos ahí, al lado de las coronas
impersonales, tristes, parecen el resultado de una cadena de montaje más que un detalle cariñoso
A qué hora será el entierro
A las diez
Pues entonces a eso de las nueve estaré aquí con el coche
De acuerdo
Le doy mi pésame
Gracias
contesta el yerno con un gesto maquinal (No hace falta que me dé usted el pésame, piensa mientras arroja la colilla del cigarro a medio fumar hacia la calle. Esta será mi casa, pero este muerto no es mío).
No es su muerto.
Nunca se llevó bien con su suegra, este hombre
Mi suegra es una bruja
contaba cada vez que surgía la ocasión
Mi suegra era una bruja
piensa ahora mientras ve el coche de la funeraria alejándose
Era una bruja y morirse no lo va a cambiar.
Una vieja sentada en el pasillo estornuda de un modo estruendoso, tanto que hasta se le saltan las lágrimas. Gorda, colorada, la mujer parece a punto de estallar cuando la cara se le contrae. Una inmensa papada que se agita por el esfuerzo. Unos pelos de aspecto pringoso se le pegan a ambos lados de la frente. El sonoro estornudo se eleva por encima de las conversaciones, incluso provoca algunas risas mal disimuladas.
Jesús
dicen algunas de las mujeres
Por poco se desmonta
afirma una de ellas, con una sonrisa en la cara
Gracias
musita la vieja sin hacer caso del último comentario. Sus manos, bichejos repulsivos, rebuscan un pañuelo por todos los rincones de su ropa. Finalmente encuentra uno hecho un rebujo en la manga de su jersey. Es blanco, bordado. Contrasta con el luto grave de su vestimenta.
El entierro será mañana a las diez. El yerno de la muerta insistió para que fuera esta misma tarde.
Ya llevamos una noche en vela
le dijo al cura por teléfono
Antes de las veinticuatro horas no entierro yo a nadie a no ser que se trate de un caso de fuerza mayor
inflexible, la voz lejana del sacerdote
Pero hombre de dios, que va usted a acabar con nosotros, que no sé cómo vamos a aguantar otra noche de imaginaria, eso es un matacriaturas
insiste el yerno
Que no, ya te he dicho que es mañana y no hay nada más que hablar, si la queréis enterrar antes os vais directamente para el cementerio sin pasar por la iglesia y todos contentos
mira el hombre su reloj, apenas son las siete y media cuando cuelga el móvil. Si por mí fuera, no pasaba por la iglesia ni para coger monedas, se dice, entre dientes.
Algunas mujeres aprovechan para observar con detenimiento la casa. Las cortinas. Los muebles. Las lámparas. Los cuadros. La limpieza. El color de las paredes. Las losas del suelo. Muchas de ellas no habían entrado aquí antes. Buscan algo de lo que hablar durante los próximos días, incluso durante los próximos meses. Aún van de boca en boca los comentarios sobre la mujer que vive en la última casa del pueblo, saliendo por la carretera del pantano, a mano derecha, su marido se murió hace más de un año, a primeros de febrero sería.
Las paredes del salón estaban amarillas como no he visto yo cosa igual
Eso es del humo de la chimenea
Pues pasando una fregona con lejía se quedan otra vez blancas
Para mí que ni con lejía, lo menos diez años lleva esa sin encalar la casa
Y la telaraña que había en la escalera, que casi me quedo enganchada al pasar
Al lado del muble-bar del salón vi yo un desconchón como mi mano de grande
Lo que yo he dicho, que lo menos lleva diez años sin encalar
Y la ropa sucia que tenía amontonada al lado de la lavadora
Eso no lo vi, no entré yo tan adentro
Yo iba buscando el cuarto de baño, no vayáis a pensar que estaba cotilleando
Vamos, vamos, cómo voy yo a pensar eso de usted
Que, por cierto, la papelera del váter estaba hasta arriba
Qué asco más grande
Dímelo a mí, hasta peste echaba, tuve que hacer mis cosas con la nariz tapada
Al lado del sofá había unos zapatos
Vaya sitio para dejarlos
A mí me dio apuro y los empujé debajo, para que no los viera nadie más
Allí seguirán
Seguramente, me extrañaría que hubiera pasado la escoba allí debajo
No digáis eso, no creo yo que sea para tanto
Es para eso y más, te lo digo yo, había pelusas por todos los rincones
Y lo que pringaban las cortinas de la cocina, que se quedaban las manos pegadas
Y usted por qué tuvo que tocarlas
Eso es lo de menos, niña.
Una mujer ciega se acerca, cabizbaja, rozando apenas las fachadas de las casas. No vive demasiado lejos de aquí, viuda sin hijos, un caserón enorme que heredó de sus padres.
(Mi marido les compró su parte a mis hermanas, así que no puede decir la gente que la casa fue herencia, que su buen trabajo le costó al pobre conseguir el dinero
Y en cuanto terminó de pagarla se fue al otro barrio dejándola a ella como una marquesa
dice alguna que otra mala lengua.)
La mujer camina sin bastón, sin perro que la guíe, sin brazo amigo que le sirva de apoyo. Conoce de memoria todos los rincones del pueblo.
Sesenta años llevo dando vueltas por estas calles sin haberlas visto nunca
lo único que representa algún problema para ella son las obras, las nuevas esquinas que surgen como por ensalmo de un día para otro, los escalones que cambian de lugar, las aceras que suben o bajan sin saber demasiado bien el porqué
Algunas veces me parece a mí que los del ayuntamiento se lían a hacer obras porque no saben lo que hacer para entretenerse, no es posible que un pueblo tan chico necesite estar todo el día con las tripas al aire, maldita sea su estampa
cualquiera que no conozca a esta mujer tardaría en darse cuenta de que no ve nada de cuanto la rodea, tal es la seguridad con la que camina acercándose a la casa de la muerta. Cuando llega, algunos hombres se apartan para dejarle paso libre hasta la puerta.
Buenos días
dice la recién llegada
Buenos días
contesta un coro de voces masculinas. La ciega entra en la casa, aquí se siente más perdida que en el exterior, no ha estado dentro más que un par de veces.
Creo que la última vez que vine es cuando operaron de apendicitis a su niño, el chico, lo menos hace cinco años
por eso se le nubla el recuerdo de la distribución de la vivienda, así que tantea un poco hacia los lados hasta que la voz de un hombre llega desde la calle
La escalera está a la izquierda
la mujer se dirige con paso resuelto hacia el lugar indicado, no da las gracias a quien le ha prestado ayuda, no le gusta tener que recibir indicaciones de nadie
Me apaño perfectamente sola, un par de segundos más y hubiera encontrado el pasamanos, si ya hasta estaba oyendo las conversaciones que llegan desde arriba cuando ese listo ha querido quedar bien
va musitando entre dientes la ciega mientras sube con paso rápido los escalones.
Los hombres, quizá con más disimulo, quizá más intransigentes, también critican. La casa. La familia. La muerta. Los comentarios cambian cuando el yerno sale a la calle y se sienta en una de las sillas, con uno de sus eternos cigarrillos colgando de la mano. El tiempo. El fútbol. La política. Algún cotilleo del pueblo, con cuidado para no hablar de ningún familiar de los que están aquí. Hace frío, no aguantarán mucho. El yerno, aburrido, juguetea con el paquete de tabaco. Lo compró al anochecer, solo le quedan dos cigarros. Ha fumado mucho durante la noche, pronto tendrá que comprar más para poder entretenerse hasta mañana. Maldita sea la casta entera del cura, otra noche en vela porque a él le da la gana.
Ya descansó, la pobre
la hija recibe los pésames sin levantarse de la silla en la que se ha sentado, al lado de la cama
Lo siento
besos rápidos, palabras que de puro repetidas van perdiendo el significado que alguna vez pudieron tener
Para como estaba, mejor así
las manos se buscan con gestos reflejos, los pequeños apretones en el hombro, una intimidad deslucida y de compromiso que acaba quedando en nada
Te acompaño en el sentimiento
rostros compungidos, preñados con una seriedad que parece recién estrenada y que se ha utilizado en infinidad de ocasiones antes y que de nuevo saldrá a la luz en los próximos entierros
Paciencia, hija
el rito repetido, cambian los protagonistas, cambia el escenario, cambia sobre todo el muerto, siempre extraño encima de su cama
Qué se le va a hacer
apenas musita una respuesta la hija de la muerta, apenas insinúa un breve movimiento con los labios
Es ley de vida
el ataúd al lado, solo con levantar la mano puede tocarlo, la frialdad extraña de la madera (No es madera, es aglomerado o vete tú a saber qué, hoy día ya no hacen esas cosas de verdad, las hacen con lo más barato que encuentran)
Qué lástima, con lo buena que era y mírala ahora
Mírala ahora
piensa la mujer
Mírala ahora.
Han tenido que sacar la pequeña estufa del cuarto.
La verdad es que ya estaba hasta mareada
Tanta gente entrando y saliendo, y el cuarto tan chico
Es que no se podía ya respirar aquí dentro
Ahora se está bien, no hace frío
Más bien al contrario, yo sigo notando algo de bochorno
Mi marido ha abierto una rafita la ventana, para que entre aire
han tenido que sacar la pequeña estufa del cuarto, en el rincón donde el aparato ha estado toda la noche han puesto un sillón algo destartalado. En él se ha sentado la hermana menor de la muerta, setenta y siete años. Le han puesto una pequeña manta sobre las rodillas
Me parece a mí que no le hace falta la manta, aquí hace más bien calor
Las personas mayores se quedan heladas en seguida, mejor que la tenga por si acaso, no vaya a ser que coja algo
la mujer, reseca y viuda, intercala sollozos con breves cabezadas, algunas veces incluso parece que hace las dos cosas al mismo tiempo, dormir y llorar de un modo entrecortado, con una especie de ronquido húmedo
Da repeluco escucharla, parece que se está ahogando
Mujer, no digas eso de la pobre vieja
A ver si ahora no se puede comentar nada porque estemos en un entierro, tampoco creo yo que lo que he dicho sea algo malo
a la anciana no le dijeron ayer que su hermana se estaba muriendo para no hacerle pasar todo el día en andas.
(No tiene edad para muchos trotes y de todas maneras no va a servir de nada que esté aquí, así que mejor la dejamos tranquila.)
Eran siete hermanos, y ahora ella es la única que queda viva, así que es la sexta vez que tiene que pasar por la misma situación. Está acostumbrada a estas cosas.
La sobrina de la muerta entra en el cuarto de baño. Al cerrar la puerta se da cuenta de que el pestillo está medio suelto, no le inspira confianza. Orina en una postura incómoda, sujetando con la mano derecha la puerta, por si alguien intenta entrar mientras ella está dentro. Cuando termina busca papel higiénico pero solo encuentra el cilindro de cartón, abandonado encima de la cisterna. Por suerte lleva un paquete de pañuelos de papel en un bolsillo. Se limpia, se pone de pie y rebusca en el armarito que hay al lado del lavabo, pero no encuentra ahí ningún rollo de papel. Coge dos de los pañuelos y se los guarda en el bolsillo, deja el resto encima de la cisterna, por si alguien los necesita.
Los dos hombres de la funeraria, antes de irse, preguntan
Quieren ustedes que pongamos el crucifijo y los candelabros
los hijos de la muerta se miran, los tres saben que su madre era muy creyente, tenía la mesita de noche plagada de estampitas con las imágenes de vírgenes y santos, un rosario guardado en el cajón de arriba, siempre al alcance de la mano, misa los domingos mientras tuvo fuerzas para caminar hasta la iglesia, a pesar de eso la hija prefiere que no pongan el cristo
Este cuarto es muy chico, casi no cabemos los que estamos ahora, mejor no meter más chismes
sus dos hermanos asienten sin decir nada, los hombres de la funeraria se alegran de poder ahorrarse un viaje hasta la furgoneta para traer los armatostes y tener que ponerse a montarlos, se despiden
Si necesitan cualquier cosa, no duden en llamar, mañana estaremos aquí una hora antes del entierro
Hasta mañana, pues
Hasta mañana.
La ciega llega al pasillo, ahora sí empiezan las verdaderas dificultades, muy a su pesar tendrá que aceptar la ayuda de alguna de las mujeres que está sentada cerca, en una casa normal la mujer podría guiarse sin dificultad tocando las paredes, pero aquí todo se complica por la multitud de sillas alineadas por todas partes, así que en cuanto llega al pasillo nota que alguien se levanta y se le acerca.
Buenas tardes
saluda la recién llegada
Buenas tardes
le contesta un coro de voces cansadas, la mujer que se le ha acercado le habla en voz baja, casi susurra
Yo le ayudo
la ciega reconoce la voz rápidamente, una mujerona voluntariosa y alegre que trabaja cuidando viejos y enfermos, hizo un curso de especialización en geriatría y desde entonces no le ha faltado trabajo
(Si hay algo que sobra en este pueblo son los viejos, así que nunca ha de faltarme uno al que atender
suele decir la mujer entre sonoras carcajadas)
Yo le ayudo
ha dicho ahora, cogiendo del brazo a la ciega
Gracias, hija
contesta, resignada a aceptar esa asistencia que tanto le gustaría poder rechazar, contenta al menos de que haya sido esta mujer y no otra la que se le haya acercado, con ella ha charlado en muchas ocasiones y mantienen una cierta amistad que les permite hablarse con confianza. Caminan las dos hacia el dormitorio, la ciega escucha el tenue rozar de telas que le indica cómo las mujeres sentadas en el pasillo van apartando las piernas a su paso para que no tropiece.
Siempre es igual en cuanto aparezco por cualquier sitio, la gente se aparta como si tuviera la peste
dice la ciega al oído de su acompañante
Mujer, es normal que quieran quitarse de en medio para que no tropiece
Bah, seguro que muchos lo hacen para que no les toque, no vaya a ser que les dé mala suerte
No diga pamplinas, sabe perfectamente que en el pueblo se la mira bien a pesar de que usted no sea fácil de tratar
se queda callada la ciega. No sabe si contestar con una fresca o admitir abiertamente que la mujer tiene razón.
El ataúd color cedro, inmenso. La muerta parece perdida en la blancura intensa de su interior, apenas visible un breve esbozo de su rostro.
La miro y no parece ella
Es normal, a los muertos se les cambia la cara
Y mucho peor que será mañana, cuando pase la noche por encima sí que le habrán cambiado las facciones
asas, cerraduras y esquinas de algún tipo de metal
Eso no es metal, es plástico, igual que la madera tampoco es madera de verdad, es contrachapado o aglomerado o cualquier porquería de esas que sale más barata, con tal de ahorrarse un duro son capaces de cualquier cosa
Hay que reconocer que algo bueno tiene eso, ahora las cajas pesan mucho menos que antes, se veían las criaturas negras para llevarlas hasta el cementerio
Eso es verdad, no hay mal que por bien no venga
en los laterales, la última cena. Las figuras de los apóstoles y del cristo son algo desproporcionadas. Parece una reunión de enanillos cabezones. La tapa del ataúd está puesta de pie, entre la cama y la cortina que cubre la ventana, en un difícil equilibrio. Encima de la tapa un crucifijo enorme, los brazos casi se salen por los lados. La figura tampoco está muy lograda. Las manos y los pies son gigantescos. Da un poco de lástima.
Llega el alcalde del pueblo para dar el pésame a la familia. El yerno de la muerta trabaja en el ayuntamiento, es el secretario. Lleva allí muchos años, casi desde que terminó la carrera. Buen horario. Buen sueldo. Un trabajo para toda la vida. No puede quejarse, el hombre. Por supuesto, no para de quejarse.
El alcalde, cincuenta años, barrigón, aburrido, serio. Dos veces viudo, tres hijos que viven fuera
(Yo creo que se han ido todos con tal de estar lo más lejos posible de su padre, no hay quien tenga cojones de vivir a su lado, sus dos mujeres se dejaron morir con tal de librarse de él
Por dios, no diga usted esas barbaridades, el hombre ha tenido muy mala suerte, con lo buenas que eran las dos
Por eso mismo se casaron con él, de buenas que eran rayaban en la tontería, porque nadie con la cabeza en su sitio es capaz de cargar con este bulto)
saluda al llegar a la casa, algunos de los hombres allí reunidos no le contestan. Da el pésame al yerno, quien recibe sus palabras con indiferencia.
Mi mujer y mis cuñados están arriba
dice, dejando claro que él tiene poco que ver con el asunto.
Una vieja de mandíbula temblorosa llega a la cocina, se acerca a donde Carlos y Luis están sentados.
Me podéis dar un vaso de agua
pregunta la anciana
Es que me tengo que tomar las pastillas
explica con un aire de impostada inocencia.
Carlos se levanta, Luis está concentrado en la pantalla de su móvil. El muchacho coge un vaso del armario y lo llena del grifo.
Gracias, hijo
De nada.
La vieja pone el vaso en la mesa, rebusca en sus bolsillos con movimientos algo espasmódicos, no solo parece incapaz de encontrar las pastillas, es que ni siquiera parece posible que encuentre los bolsillos donde deberían estar guardadas.
Dónde las habré metido, siempre termino perdiendo todas las cosas
musita la mujer entre dientes mientras Carlos se vuelve a sentar y se la queda mirando hasta que la anciana saca un paquetito de papel de plata
Aquí están las puñeteras
dice, con un tono de voz triunfal. Traga las cápsulas haciendo leves aspavientos, parece algo así como un pato, levantando la cara hacia el techo para hacerlas pasar por el gaznate. Se bebe el agua de un tirón, apurando el vaso. Lo deja en el fregadero y regresa a la salita.