El idealista

Viet Thanh Nguyen · Capítulo 1 de 23

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El idealista

Prólogo

NOSOTROS

Éramos aquellos a quienes nadie quería, nadie necesitaba y nadie veía, invisibles para todo el mundo salvo para nosotros mismos. Éramos menos que nada y tampoco veíamos nada, acuclillados a ciegas en la bodega sin iluminar de nuestra arca, ciento cincuenta almas sudando en un espacio que no estaba pensado para mamíferos, sino para los peces del mar. Con las olas empujándonos de lado a lado, hablábamos en nuestras lenguas nativas.

Algunos elevaban sus plegarias; otros, maldiciones. Cuando un cambio del oleaje impulsó con más fuerza nuestra embarcación, uno de los pocos marineros que había entre nosotros susurró: «Ya estamos en el océano».

Después de varias horas de serpentear por río, estuario y canal, habíamos dejado atrás nuestra tierra natal.

El timonel abrió la escotilla y nos llamó para que subiéramos a la cubierta del arca, que el mundo en su indiferencia denigraba y llamaba simplemente barco. Bajo la sonrisa chueca de la luna creciente, nos vimos solos en la superficie de aquel mundo acuático. Por un momento nos sentimos mareados de euforia, hasta que las olas del océano nos hicieron sentir mareados de otra forma. Vaciamos nuestras entrañas por toda la cubierta, y hasta los unos encima de los otros, y aun cuando ya no nos quedaba nada dentro, seguimos sufriendo arcadas, noqueados por las náuseas. De esta forma pasamos la primera noche en alta mar, temblando bajo la brisa oceánica.

Amaneció, y allá donde miráramos solo veíamos el horizonte alejándose hasta el infinito. Era un día caluroso, sin sombras y sin alivio, sin nada que

comer más que un bocado y sin nada que beber más que una cucharada, sin conocer la duración de nuestro viaje y con raciones limitadas. Pero aun comiendo tan poco, dejamos las huellas de nuestra humanidad por toda la cubierta y en la bodega, y al anochecer ya nadábamos en nuestra propia porquería. Cuando divisamos un barco en el crepúsculo, cerca del horizonte, gritamos hasta perder la voz. Pero el barco mantuvo las distancias.

El tercer día nos encontramos con un carguero que surcaba el desierto inmenso del mar, un dromedario con el puente elevado sobre la popa y los marineros en cubierta. Gritamos, agitamos las manos y nos pusimos a brincar, pero el carguero siguió su camino y solo nos tocó con su estela. El cuarto y el quinto días aparecieron dos cargueros más, cada uno más cerca que el anterior, cada uno bajo una bandera distinta. Los marineros nos señalaban, pero daba igual cuánto les suplicáramos, les rogáramos y sostuviéramos en alto a nuestras criaturas, los barcos ni viraron ni aminoraron la marcha.

El quinto día murió la primera de las criaturas, y antes de que ofreciéramos su cuerpo al mar, el sacerdote rezó una plegaria. El sexto día murió un niño. Algunos rezaron a Dios con fervor redoblado; algunos empezaron a dudar de Su existencia; algunos que no habían creído en Él empezaron a creer; y otros que no creían reafirmaron su escepticismo. El padre de una de las criaturas muertas se lamentó: Dios mío, ¿por qué nos estás haciendo esto?

Y entonces caímos todos en la cuenta de la respuesta a la eterna pregunta humana de ¿por qué?

La respuesta era, y es, simplemente: ¿por qué no?

Antes de subir a bordo del arca no nos conocíamos de nada, pero ahora teníamos una relación más íntima que si fuéramos amantes, revolcándonos en nuestros excrementos, con las caras verdes, la piel llena de ampollas por la sal y tostada por el sol hasta que a todos se nos quedó el mismo tono. La mayoría habíamos huido de nuestra tierra porque los comunistas que tenían el poder nos habían tachado de títeres, o de seudopacifistas, o de nacionalistas burgueses, o de reaccionarios decadentes, o de intelectuales de la falsa conciencia, o porque estábamos emparentados con alguno de

aquellos. También había un adivino, un geomante, un monje, el sacerdote y por lo menos una prostituta, cuyo vecino chino le escupió y dijo: ¿Qué hace esta puta con nosotros?

Incluso entre aquellos a quienes nadie quería, había algunos a quienes nadie quería, y eso nos hizo reír a algunos.

La prostituta nos puso mala cara y dijo: Pero ¿qué queréis?

Nosotros, aquellos a quienes nadie quería, queríamos muchas cosas.

Queríamos comida, agua y parasoles, aunque nos habría valido con paraguas. Queríamos ropa limpia, baños y retretes, aunque fueran de esos donde te pones en cuclillas, ya que incluso ponerse en cuclillas en tierra era más seguro y menos vergonzoso que agarrarse al parapeto de un barco en movimiento con el trasero colgando por encima del borde. Queríamos lluvia, nubes y delfines. Queríamos que hiciera más frío en la canícula del día y más calor durante las gélidas noches. Queríamos una fecha aproximada de llegada. Queríamos llegar con vida. Queríamos que nos rescatara alguien de morir abrasados por el sol implacable. Queríamos televisión, películas, música, cualquier cosa para matar el rato. Queríamos amor, paz y justicia, salvo para nuestros enemigos, a quienes les deseábamos que ardieran en el infierno, preferiblemente para toda la eternidad. Queríamos independencia y libertad, salvo para los comunistas, a quienes había que mandar a reeducación, preferiblemente para el resto de sus vidas. Queríamos líderes benévolos que representaran al pueblo, con lo cual nos referíamos a nosotros y no a ellos, fueran ellos quienes fueran.

Queríamos vivir en una sociedad donde reinara la igualdad, aunque si debíamos conformarnos con tener más que nuestro vecino, nos parecía bien.

Queríamos una revolución que derrocara la revolución que acabábamos de vivir. En suma, ¡queríamos que no nos faltara de nada!

Lo que ciertamente no queríamos era una tormenta, y sin embargo eso fue lo que nos llegó el séptimo día. Los fieles volvieron a exclamar:

«¡Ayúdanos, Dios!». Los infieles exclamaron: «¡Dios, maldito seas!». Pero daba igual que fueras fiel o infiel, no había manera de evitar la tormenta, que ya dominaba el horizonte y cada vez se acercaba más. Irritado hasta el frenesí, el viento cobró ímpetu, y a medida que crecían las olas, nuestra arca ganó velocidad y altura. Los relámpagos iluminaban los surcos oscuros de

las nubes de tormenta, y los truenos se imponían a nuestros gemidos colectivos. Un torrente de lluvia nos estalló encima, y mientras las olas impulsaban nuestro barco hasta una altura todavía mayor, los fieles rezaban y los infieles maldecían, pero todos lloraban. Luego nuestra arca coronó la cúspide y, durante un momento eterno, quedó suspendida sobre la cresta rematada de nieve de un precipicio acuático. Contemplando desde las alturas aquel valle profundo y del color del vino que nos aguardaba, nos quedaron claras dos cosas. ¡La primera era que no cabía duda de que íbamos a morir! ¡Y la segunda, que era casi seguro que íbamos a salir vivos!

Sí, estábamos seguros. ¡Íbamos… a salir… vivos!

Y entonces nos precipitamos, aullando, al abismo.

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