El idealista
Capítulo 18
A fin de cuentas, ¿qué diferencia había entre la historia y la histeria? Si fueras una mujer, te podrías haber hecho una histerectomía para solucionar el histrionismo de tu histeria, pero como eras un hombre, o eso te habían dicho, la única solución era una historectomía. El Jefe tenía una solución mucho mejor. Te dio un bofetón en toda la cara, fuerte y seco, tal como les gustaba abofetear a sus mujeres tanto a los franceses como a los vietnamitas. Contrólate, dijo el Jefe, y aunque te lo dijo en sentido figurado, dejaste de reírte y te agarraste a ti mismo, poniéndote la mano izquierda en el bíceps derecho y sosteniendo todavía el martillo con la derecha.
Hazlo de una vez, dijo el Jefe.
Miraste a Mona Lisa y volviste a ver la cara de la agente comunista sobre la mesa de reconocimientos del cine, rodeada por los tres policías. La agente te había suplicado con la mirada, y tú no habías hecho nada cuando deberías haber hecho algo. Pero ahora la situación era la inversa, y, de hecho, había llegado el momento de ponerle fin.
Le ofreciste al Jefe su martillo y dijiste: No.
¿No?, tu coro de fantasmas ahogó una explicación. ¡Pero si nunca te ha detenido nada!
Le Cao Boi soltó un silbido. Chaval, dijo, ahora sí que la has cagado del todo.
¿Cómo que no?, dijo el Jefe.
No hay nada que hacer, dijiste, parafraseando, o interpretando, a Dios.
Me niego.
No puedes negarte, dijo el Jefe. Esto no es un club de campo. No puedes darte de baja y largarte.
Sabes demasiado, dijo el Ronin con pesar.
Y sin embargo, no sabías lo suficiente. No sabías si Marilyn Monroe se había suicidado. No sabías si a John F. Kennedy lo había matado realmente un francotirador actuando por cuenta propia. No sabías si el Tío Ho había tenido una esposa secreta, tal como se rumoreaba. No sabías por qué Johnny Hallyday era tan popular entre los franceses, aunque estabas bastante seguro de que los historiadores del futuro entenderían que la versión de Je t’aime… moi non plus cantada por Brigitte Bardot era la cumbre de la civilización francesa. Tampoco sabías dónde estaba ahora tu madre, aunque a base de no hacer nada lo averiguarías pronto.
¿Entiendes lo que estoy diciendo?, preguntó en tono imperioso el Jefe.
Entiendo lo que estás diciendo, le contestaste, con la boca completamente seca, la lengua untada de la bilis del miedo. Pero ¿entiendes tú lo que me propongo? He elegido hacer… nada.
Y nada más decir esto no te pudiste contener, por mucho que necesitaras desesperadamente contenerte; te echaste a reír otra vez de aquel chiste firmado por un dios que no existía. Dios nunca había pedido a nadie que hiciera nada, porque en su vida Él jamás había dicho nada de nada; ¡era la monda! El chiste más grande de todos, sin embargo, era que muchísimos millones de personas se podrían haber salvado de ser aniquilados si toda la gente que los había matado hubiera hecho… nada. Si la gente suficiente se hubiera alzado, o en este caso se hubiera sentado, y se hubiese limitado a decir que no, por mucho que les hubiera costado la vida, por medio de un acto mundano de heroísmo que estaba al alcance de todos…
¿No lo entiendes?, le gritaste al Jefe, cuya falta de sentido del humor siempre le impediría captar el chiste. ¿Acaso la falta de sentido del humor no era la mayor carencia de todas? ¡Si todo el mundo poseyera el sentido de lo absurdo, el mundo no sería un sitio tan absurdo! Y al Jefe le dijiste: ¿No ves que es mucho más difícil no hacer nada que hacer algo? ¡Pero si nadie hiciera nada, entonces la nada sucedería!
¡Dame eso, puto chiflado!, dijo el Jefe, quitándote el martillo de la mano. Te lo blandió despacio frente a la cara y casi te pusiste bizco siguiendo sus movimientos de cobra. Primero te voy a enseñar cómo se hace algo. Y luego te voy a hacer algo a ti.
El Jefe presionó la cabeza metálica del martillo contra tu frente.
Está clarísimo, dijo Beatles. Es un martillo lo bastante duro como para aplastarte el cráneo.
Qué lástima, añadió Feo, esto se va a poner desagradable.
Muy desagradable, ratificó Más Feo. ¡Por eso nos va a encantar mirarlo!
A Bon no le va a gustar, dijo el Ronin.
Solo tenemos que contarle que el árabe se ha soltado y ha matado a su amigo.
No podías estar en desacuerdo con el Jefe. Si fueras él, habrías escrito exactamente la misma trama. El único giro positivo que le podías ver a la historia era que el Jefe te iba a tener que matar deprisa, de un golpe en la cabeza, o dos como mucho, ya que siendo realistas Mona Lisa no tendría ocasión de machacarte todos los huesos del cuerpo. Mientras el Jefe se daba golpecitos en la mano con el martillo y caminaba hacia Mona Lisa, te frotaste el punto donde el Jefe te había presionado con el martillo en la frente y donde seguramente te había dejado una marca roja para guiar su mano cuando volviera a él. El tambor taiko de tu corazón redoblaba, presagiando el golpe que ibas a recibir en la cabeza en cuanto el Jefe acabara con Mona Lisa, que estaba temblando de frío y de miedo, pero aun así no cerró los ojos y miró de frente a su destino. Era imposible no admirarlo. Como él mismo había afirmado, era cien por cien gánster.
Me equivocaba contigo, dijo Sonny con voz emocionada.
¡No tan deprisa!, protestó el mayor libertino. Todavía no está muerto.
El truco, por supuesto, era saber cuándo tenías que hacer algo y cuándo no hacer nada. O para ser más precisos, como lo que tenías que hacer solía estar bastante claro en muchos casos, el truco era hacer algo o no hacer nada al margen de lo que tuvieras que hacer. No hacer nada te costaría la vida, pero bien pensado, ¿qué valor tenía tu vida?
El Jefe se detuvo delante de Mona Lisa. ¿Últimas palabras?
Déjame pensar, dijo Mona Lisa. Ah, sí. Que te jodan.
El Jefe soltó un soplido de burla, levantó el martillo por encima de la cabeza y tú apartaste la vista, a diferencia de Le Cao Boi, el Ronin, Gruñón y Tapón, todos felizmente expectantes, y por eso fuiste el único que vio cómo se abría la puerta de una patada y entraba en tromba un tipo con pasamontañas, vestido todo de negro y empuñando un AK-47, cuya visión
te hizo tirarte a tierra con un reflejo cobarde que era como una segunda piel para ti —¡bang, bang, bang!—, y desde aquella posición vergonzosa, con la mejilla pegada al suelo, viste a un segundo hombre con pasamontañas negro y también vestido todo de negro, siguiendo los pasos del primero y empuñando un AK-47 idéntico —¡bang, bang, bang!— y te tapaste los oídos con las manos para protegértelos del ruido entrecortado del fuego de rifle automático, que tan bien conocías de los años de la guerra, el martilleo inconfundible del AK-47, estruendoso en todas partes pero ensordecedor en el recinto minúsculo de aquella sala de interrogatorios que acababa de convertirse en una cámara de ecos donde rebotaban de lado a lado los gritos de asombro y los alaridos de los hombres agonizantes:
¡¿Qué
coño
pasa?!
¡Dios
bendito!
¡Joder,
hostia
puta!
¡Mierda,
mierda!
Aquellas, por desgracia, fueron las no muy elocuentes últimas palabras de Gruñón y Tapón, cuyos cuchillos de carnicero no les sirvieron de nada contra la lluvia de balas de 7,62 milímetros disparadas a una velocidad máxima de seiscientas descargas por minuto o de diez descargas por segundo, tal como habías aprendido durante tu aprendizaje con Claude.
¡Bang, bang, bang! El primer asaltante disparaba con ráfagas breves y precisas y el segundo, con espasmos largos e indisciplinados, como resultado de lo cual el segundo tuvo que hacer una pausa en mitad de la carnicería y recargar el arma con un nuevo cargador de treinta balas, mientras que al primero le quedaron balas suficientes para acercarse al Ronin, que estaba tumbado bocarriba y sangrando por varias heridas en el
abdomen, y dispararle una bala a la frente, un acto que el asaltante llevó a cabo de forma desapasionada, al tiempo que su compañero seguía intentando insertar el nuevo cargador con manos temblorosas, cosa que por fin logró cuando el asaltante frío y tranquilo giraba en redondo y daba sus últimos pasos hacia Mona Lisa y el Jefe, ambos sentados contra la pared, Mona Lisa en estado de shock, a juzgar por la expresión de su cara, y el Jefe con aspecto aterrado —por primera y única vez desde que lo conocías
—, angustiado por la incógnita de cómo podía existir alguna incógnita para alguien como él, con el mono de trabajo rezumando sangre oscura, y entretanto el segundo asaltante, el amateur, roció con una larga ráfaga de balas el espinazo de Le Cao Boi, que estaba arrastrándose absurdamente hacia un rincón después de haber sido tiroteado en las piernas y en la cadera, y Le Cao Boi murió junto a las piernas extendidas del Jefe, que había dejado caer el martillo a su lado y se estaba aguantando las tripas con las manos para evitar que se le salieran, y estaba soltando semejantes gritos de dolor que casi te echaste a llorar, pero sus gritos se detuvieron de golpe cuando el asaltante frío y tranquilo le pegó un tiro en la boca y desparramó sus recuerdos contra la pared.
La cámara de ecos quedó en silencio salvo por los jadeos de Mona Lisa y la sangre de tu cabeza, cuyas oleadas podías oír porque tenías una oreja pegada al suelo de cemento, y cuando el asaltante se apartó de la carnicería y echó a andar hacia ti, cerraste los ojos y te hiciste el muerto. Las botas de los asaltantes aporrearon el cemento, más y más cerca, hasta que uno de ellos dijo: No, déjamelo a mí, y luego algo duro y caliente se te pegó a la sien y te estremeciste y abriste los ojos.
¡Ja!, dijo el asaltante amateur, apuntándote con el cañón a la cara. Sabía que estabas vivo. Se quitó el pasamontañas y viste que era Rolling Stones.
Eh, puto chiflado, ¿te acuerdas de mí?
¿Cómo olvidarlo?
El asaltante frío y tranquilo se quitó el pasamontañas y captaste el parecido al instante, la rima visual con Mona Lisa en aquellos pómulos que parecían codos, en la mirada enigmática, en las cejas negras y gruesas como capullos de seda y en los labios de ídolo adolescente.
Saïd, dijiste.
Los capullos de seda temblaron. Así que has oído hablar de mí, dijo. Yo también he oído hablar de ti.
Se arrodilló para mirarte más de cerca, y aunque había venido para matarte, no pudiste evitar pensar: Pero qué guapo es el cabrón.
Ocupaste mi lugar, te quedaste con lo que no era tuyo, siguió diciendo Saïd, mientras te daba golpecitos con el dedo en el mismo punto exacto de la frente donde el Jefe te había presionado con el martillo. Y ahora vas a pagar por ello.
Rolling Stones se echó el AK-47 al hombro y desviaste la mirada de los ojos tranquilos de Saïd al cañón que te estaba apuntando entre los ojos. Mao decía que el poder político brota del cañón de un arma, pero tú no te podías imaginar nada brotando de aquella clase de cañón. Lo único que veías era el poder del horror en el agujero negro del cañón, cuyo centro de gravedad era una bala de 7,62 milímetros sin más nombre que el tuyo, y te ordenaste a ti mismo cerrar la boca y no provocar ni a Rolling Stones ni a Saïd, que a diferencia del Jefe no parecían empeñados en prolongar la agonía de sus víctimas. Tanta gente había intentado meterte un balazo en la cabeza que lo único que querías ahora era que aquello se terminara deprisa. Ya te habías matado tú también una vez, y esta bala de ahora sería el signo de exclamación de la última frase de tu vida, una despedida que o bien resultaba realmente desafortunada o bien muy deseable, dependiendo del punto de vista, y como eras un hombre con dos mentes, estabas al mismo tiempo horrorizado y con ganas de celebrarlo.
¿Tienes un último deseo?, dijo Rolling Stones, y experimentaste un momento de déjà vu.
¿Me puedes dar un poco de remedio, por favor, Ahmed?
El hecho de que usaras su nombre de verdad irritó a Rolling Stones, porque era un pequeño recordatorio de aquella (in)humanidad cálida que compartíais, y te dijo: Te voy a matar sin más, y tu mirada se clavó en el dedo que tenía en el gatillo, que ya había empezado a moverse, pero entonces Saïd dijo: Le has hecho una pregunta y él te ha respondido; ahora tienes que cumplir con tu palabra.
¡Oh, por el amor de Dios! Rolling Stones bajó el arma. Muy bien, gilipollas. ¿Dónde puedo encontrar el remedio ese?
Hiciste una conjetura y dijiste: En los bolsillos de los enanitos, y acertaste. Mientras Rolling Stones volvía con los paquetitos del remedio, una parte de ti pensó en que sería agradable morir, mientras que otra parte que se aferraba obstinadamente a la vida le dijo a Saïd: ¿Quizá te gustaría saber dónde puedes encontrar más de este remedio?
Saïd estaba de rodillas junto a su hermano, ayudándolo a ponerse los pantalones. Te miró y dijo: ¿Crees que eso te va a salvar la vida?
Te anestesiaste a toda prisa, inhalando primero una dosis del remedio y después otra. Aunque la magia del remedio consistía en producirles a sus usuarios una sensación intensa de euforia y megalomanía, mezclada con el entumecimiento de varias partes del cuerpo y de la mente y con un incremento paradójico de la sensibilidad erógena, en ningún caso pretendía aumentar la inteligencia. Por tanto, sintiéndote un poco mejor pero no más listo, te quedaste perplejo ante el enigma de la pregunta que te acababa de plantear Saïd, un problema que Mona Lisa solucionó por ti.
No lo matéis, dijo Mona Lisa.
¿Qué?, exclamó Rolling Stones.
«¿Qué?», pensaste, aunque eras lo bastante inteligente como para no decirlo en voz alta.
¡Con las ganas que tenía yo de matar a este niakoué!, dijo Rolling Stones, y por fin, por fin entendiste lo que estaba diciendo. Te volviste a echar a reír y Rolling Stones dijo: ¿Y ahora de qué te ríes, puto chiflado?
Nhà quê! ¡Estás intentando decir nhà quê!
¡Es lo que he dicho!
Significa «campesino», «palurdo», «tonto». Supongo que es de justicia que los franceses hayáis cogido un insulto que usábamos para la gente de campo y lo hayáis vuelto contra nosotros.
¡Me importa una mierda cómo lo digáis en vuestro idioma!, dijo entre dientes Rolling Stones. ¡Niakoué, niakoué, niakoué!
Me ha salvado la vida, dijo Mona Lisa.
La vida no te la ha salvado él, dijo Saïd. Te la hemos salvado nosotros.
Es verdad: me iban a matar, pero este puto chiflado se negó a matarme y lo iban a matar justo después de matarme a mí. Mona Lisa terminó de
abotonarse la camisa y se puso de pie muy despacio con la ayuda de Saïd.
No me ha querido matar y ahora os pido que no lo matéis.
Y una mierda, dijo Rolling Stones, y me volvió a apuntar con el AK-47.
Para, dijo Saïd, y Rolling Stones volvió a bajar el arma con una palabrota. Saïd me dirigió aquella mirada serena y dueña de sí, procesando lo que le había dicho su hermano. Y por fin añadió: Con la palabra de mi hermano me basta.
¡Saïd!, dijo Rolling Stones.
Ahmed, deja de pensar como el pequeño gánster que eres. Saïd se plantó frente a ti, y desde tu perspectiva en el suelo te pareció un gigante.
Cumple con tu palabra. Matas cuando hace falta y muestras compasión cuando hace falta, pero siempre has de cumplir con tu palabra, para que nadie dude de quién eres y de qué representas.
Vale, muy bien, fantástico, dijo Rolling Stones. Dejadme que empiece después de matarlo a él.
Ahmed, demuestra un poco de compromiso.
¡Estoy comprometido! ¡Estoy comprometido a matar a este cabrón!
Tienes que aprender a creer en algo más grande que tú mismo y tus pequeñas intrigas, dijo Saïd, mirándote desde arriba. Solo porque sea un ladrón y un camello y un criminal como tú —como lo fui yo también en el pasado—, eso no significa que tengas que comportarte como él. No es un hombre, Ahmed, y tú tampoco. ¿Y sabes por qué?
¿No soy un hombre?, dijo Rolling Stones. ¡Vete a tomar por culo, Saïd!
Tienes que entender que Ahmed viene de una larga estirpe de marineros, aunque hay quien los llama piratas, te dijo Saïd. Todavía lleva en el cuerpo la sangre de los piratas de Annaba, pero ya está diluida. Es fácil de entender, teniendo en cuenta que sus padres huyeron de la guerra de independencia para venir aquí. Igual que los míos. Pero el Frente de Liberación Nacional tenía razón. No deberíamos estar matándonos entre nosotros con crímenes, drogas y violencia. Tendríamos que ser djounoud y usar la violencia para liberarnos.
No quiero oír otro sermón, dijo Rolling Stones.
No te haría falta un sermón si hubieras hecho las lecturas que te recomendé, dijo Saïd. En ese caso sabrías que Fanon dijo que «la violencia
desintoxica».
«Libera al colonizado de su complejo de inferioridad y de su desesperación e inacción», dijiste. La mirada de Saïd encontró la tuya en un momento de reconocimiento mutuo y los dos dijisteis: «La violencia le quita el miedo y restaura su respeto por sí mismo».
¿Ves por qué no me cae del todo mal este tipo?, le dijo Mona Lisa a Saïd.
Leer a Fanon sigue siendo leer sin más, dijo Saïd. Es mejor que nada, pero luego hay que hacer algo. Y es necesaria la clase adecuada de violencia, la que te hace hombre, no la que te hace ladrón. Ahmed, ¿sabes por qué ni tú ni este ladrón que me robó sois hombres?
Rolling Stones suspiró. ¿Porque no tenemos compromiso?
Exacto, dijo Saïd.
La mirada que te dedicó fue una variante de la mirada de la secretaria voluptuosa, una mezcla punzante de lástima, desprecio y comprensión. Te dieron ganas de protestar y de decir que, aunque quizá (ya) no fueras muy hombre, sí que estabas profundamente comprometido, entregado incluso, y solo había que ver adónde te había llevado. Pero te callaste para poder vivir y hablar otro día, que era lo más acertado.
Puedes irte, dijo Saïd. Ya.
Hostia puta, masculló Rolling Stones.
Te pusiste de pie dando tumbos antes de que Saïd cambiara de opinión o de que Rolling Stones te pegara un tiro por accidente. Quedaban preguntas sin responder: ¿cómo se había enterado Saïd de lo de su hermano, y cómo había llegado tan deprisa a París? ¿Y cómo había encontrado a Mona Lisa?
Pero demorarte más en compañía de Saïd y de Rolling Stones entrañaba poner en peligro tu vida para satisfacer tu curiosidad, y aquellas no eran preguntas por las que valiera la pena morir. De manera que hiciste una reverencia y juntaste las manos para transmitir una forma vagamente oriental de sumisión, que quizá fuera más india que vietnamita, pero a quién le importaba. Todos los presentes erais orientales.
Gracias a los dos por vuestra generosidad, dijiste, y lanzaste unas cuantas expresiones más de agradecimiento servil, porque a servil no te ganaba nadie. Y luego añadiste: Solo para daros las gracias, os sugiero que
miréis bien dentro de esas cajas de café que hay en el almacén, y al oír aquello Saïd enarcó una ceja. Y luego dijiste: Ya habéis hecho mucho por mí, pero ¿os puedo pedir otro pequeño favor? ¿O quizá dos?
Tal como señaló una vez tu exjefe, el General: Si alguien ya te está haciendo un favor, tendrá inclinación a hacerte otros bajo las circunstancias adecuadas, razón por la cual el General se ganaba incansablemente el favor de quienes tenía por encima a base de pedir favores, mientras que en casi todos los casos se negaba con firmeza a otorgar favores a quienes tenía por debajo. Saïd ya te había concedido, a su manera regia, la cortesía de no matarte, y ahora, ante la magnitud de su propia nobleza, quizá te echara otra manita. Y en efecto, en vez de matarte o hacer que alguien te matara, Saïd suspiró y te dijo: ¿Qué quieres?
Lo que querías eran las gafas de sol de aviador auténticas de Le Cao Boi, que llevaba puestas al morir, porque siempre las llevaba puestas, y que ya no iba a necesitar. Les contaste que las querías de recuerdo para conmemorar a Le Cao Boi, tu mejor amigo, o eso le dijiste a Saïd, suponiendo que un hombre de honor como él entendería aquel sentimiento.
Las gafas de aviador te venían como un guante y cumplieron con su cometido de ayudarte a conducir por primera vez por las calles soleadas de París. Conducir anestesiado por el remedio se parecía a dirigir una bola de pinball por un pinball, o al menos eso pensaste, o eso recordaste haber pensado cuando introdujiste la llave en la cerradura del apartamento del Jefe. Era aquella llave lo que habías querido en realidad, aunque a Saïd le dijiste que necesitabas el coche del Jefe para ir a tu casa. Dabas por sentado que Saïd habría venido con su propio vehículo, aunque no fuera tan sofisticado como el fenómeno bávaro del Jefe. Rolling Stones lo sabía bien y protestó que se te concediera el favor, pero para entonces ya habías negociado con Saïd un intercambio implícito con aquella cueva del tesoro de la que ahora era amo. Saliste del almacén pasando por entre las filas de cajas llenas del remedio blanco como la nieve y camuflado de café intestinalmente procesado, y confiaste en que aquel intercambio fuera el final de todo, pero sospechaste que no lo sería cuando pasaste junto al
cuerpo atado de Grandullón cerca de la salida, amordazado, con los ojos abiertos y degollado, una pista de cómo habían encontrado el almacén Saïd y Rolling Stones. Durante la orgía, Grandullón se había marchado para encargarse del Delicias de Asia, y allí era donde lo debían de haber encontrado Saïd y Rolling Stones.
El apartamento del Jefe estaba limpio y en silencio. Si no tuvieras prisa, habrías ido con calma, te habrías servido medio palmo del whisky escocés o del coñac más caro del Jefe, te habrías repanchingado y habrías admirado la lejana Torre Eiffel, que en realidad era enorme aunque vista desde allí solo medía una pulgada de largo, pero ya era pasado mediodía y dentro de pocas horas tenías que estar en el Opium para asistir a la fiesta previa al estreno de Fantasía, así que te pusiste a buscar el lugar donde el Jefe guardaba sus objetos de valor. Hurgaste en los cajones de la cocina, debajo de los cojines del sofá, en su armario, detrás de su televisor y de su equipo estéreo, y ya estabas a punto de ir a su dormitorio cuando una voz femenina y suave te dijo:
¿QUÉ COJONES CREES QUE ESTÁS HACIENDO?
Otra pregunta profundamente filosófica que te habías planteado de vez en cuando, aunque no en aquel momento. Empezaste a darte la vuelta, pero la voz que reconociste como la de la secretaria voluptuosa te dijo: Levanta las manos y muévete despacio o disparo. Para cuando terminaste tu lenta pirueta, ya estabas preparado para ver la pistola tipo Luger, que parecía enorme en aquella mano pequeña y firme. Llevaba un camisón transparente y el pelo largo y lustroso todo alborotado y despeinado, lo cual solo la hacía más voluptuosa.
El Jefe te va a matar, te dijo.
Llevabas las gafas de sol puestas, pero aun así te dio la sensación de que más te valía usar todos los músculos del cuerpo para no dejar de mirarla a los ojos, lo cual te dificultó tragarte el miedo y el deseo que te inundaban la boca. Conseguiste decirle: El Jefe está muerto.
La secretaria voluptuosa se te quedó mirando durante cinco segundos —
los contaste—, y te dijo: Tú nunca tendrías cojones para matar al Jefe.
Cierto. Le explicaste lo sucedido con toda la tranquilidad que pudiste. A ella se le nublaron los ojos, no de dolor, no de alivio, sino de otra cosa,
¿incertidumbre? No expresó shock ni tampoco sorpresa, sino que dijo:
¿Cómo sé que no estás mintiendo?
¿Crees que habría conseguido esta llave si el Jefe estuviera vivo?
Quítate esas gafas de sol, te dijo sin dejar de encañonarte.
Ya habías perdido la cuenta de las veces que te habían apuntado con un arma. Tampoco estabas seguro de cuántas veces habían apretado el gatillo, ni de cuántas de tus vidas habías gastado para llegar a este punto en que el contacto del aire en la piel te provocaba un temblor de algo limítrofe con el estado de placer, que era casi contiguo al estado de dolor.
¿Y qué estás haciendo aquí?, dijo.
El pinball en el que ibas te impulsó hacia delante con un plan que no habías tenido hasta aquel momento, ignorante de que la secretaria voluptuosa estaría allí, algo que deberías haber imaginado si hubieras estado pensando con claridad. Estoy seguro de que el Jefe guarda dinero aquí, dijiste, mirando el reloj de encima del televisor, el que estaba tallado en la forma de tu país. El General había tenido el mismo reloj nostálgico en su restaurante de Los Ángeles, un reloj cuyo secreto a la vista era que para los refugiados el tiempo solo se movía en círculos. Pero el reloj del Jefe revelaba otro secreto a la vista, que era que para los refugiados el tiempo a veces se detenía del todo.
Doy por sentado que guarda el dinero en una caja fuerte, dijiste. Y sé la combinación. Pero no sé dónde está la caja fuerte. Y sospecho que tú sí lo sabes.
Lo cierto es que no tenías ni idea de si había una caja fuerte y tampoco sabías la combinación, pero la primera intuición resultó ser correcta cuando ella te preguntó: ¿Y cómo sabes la combinación?
Enséñame primero la caja fuerte, le dijiste.
Yo me quedo la mitad de lo que haya dentro.
Primero baja el arma.
Ya sé que crees que soy estúpida, pero no lo soy.
Yo no creo que seas…
Veo cómo me miras.
La forma en que ella te miraba a ti indicaba que creía que el estúpido eras tú, y admitiendo ante ti mismo que jamás te habías planteado la inteligencia de la secretaria voluptuosa, continuaste tensando hasta el último músculo del cuerpo para seguir mirándola a los ojos, pese a las tentaciones que te prometía tu visión periférica. Tienes razón, le dijiste, tragándote aquella mezcla familiar de culpa y de vergüenza a la que ya hacía tanto tiempo que le habías cogido el gusto. Encajaban tan bien la una con la otra —como la ginebra y la tónica, como la civilización y la colonización, como la resistencia y el colaboracionismo, como Hitler y Goebbels, como Nixon y Kissinger, como Vietnam y Argelia, como Francia y Estados Unidos— que debería existir un cóctel, o por lo menos una novela rusa menor, o quizá solo un baile de moda adolescente, que se llamara Culpa y Vergüenza. Lo siento. Lo siento mucho.
No, no lo sientes. Eres el típico hombre vietnamita. O medio vietnamita.
No importa. Sois todos iguales. No nos tomáis en serio. Dais por hecho que os vamos a hacer la comida, a fregaros los platos, a lavaros la ropa, a reíros las bromas idiotas y a derretirnos con vuestra poesía o vuestras canciones de amor, que os encanta escribir hasta el día en que os casáis con nosotras, después del cual ya no nos escribís más poemas ni canciones de amor porque entonces se las escribís a vuestras novias. Creéis que siempre vamos a estar ahí para hacer el amor con vosotros, parir a vuestros hijos, criarlos solas, hacer la compra, escuchar vuestras quejas, doraros la píldora, llevar la contabilidad, fingir que no sabemos que tenéis amantes, remendaros la ropa, encontrar vuestras llaves, asentir ante todas vuestras chorradas, caminar por lo menos cinco pasos detrás de vosotros, hacernos cargo de vosotros cuando seáis viejos, y por último, por último, por fin, morirnos después de vosotros, solo para garantizar que alguien llore en vuestro funeral, que os monte un gran velatorio, que atienda vuestro altar y visite vuestra tumba, que os recuerde todos los días y luego, cuando muramos y nos reunamos con vosotros, volver a hacerlo todo otra puta vez y para siempre.
Aunque la voz le temblaba de furia, el cañón de la Luger no se desvió ni un instante. Como hombre vietnamita que eres, o medio vietnamita, sabías en el fondo de tu alma, un fondo que te llegaba hasta las pelotas, en un momento de rara sinceridad motivado por el hecho de que aquellas pelotas
se veían gravemente amenazadas, que ella tenía razón. Como representante de la masculinidad vietnamita, te merecías su furia, por todo lo que les habías hecho a las mujeres vietnamitas cada día de sus vidas. Tienes razón, le dijiste. Y lo siento. Lo siento mucho.
¿Crees que el Jefe se iba a casar conmigo algún día?, dijo la secretaria voluptuosa.
Sí, ya lo creo que sí. Estaba enamorado de ti…
No me mientas. Me da igual que me quisiera. Casarse solo significaría que estaba cumpliendo con su parte del trato. Ahora eso ya no va a pasar.
Lo menos que merezco es su dinero. ¿No crees?
Asentiste vigorosamente con la cabeza y soltaste más gruñidos afirmativos. La secretaria voluptuosa te llevó al dormitorio del Jefe, donde había estado durmiendo antes de que la despertaras, y señaló una estantería situada junto al armario empotrado. El Jefe no leía francés, y sin embargo aquellos estantes estaban completamente llenos de libros en francés. Les echaste un vistazo rápido y te alegraste de ver que los franceses no solo leían filosofía y literatura de calidad, todos esos tomos sesudos que se pueden exhibir junto con el licor bueno. Aquellos libros y autores solo merecían cerveza y garrafas de vino a granel. Eran originales franceses o traducciones al francés de los típicos superventas vulgares que se encontraban en los aeropuertos o los hipermercados, aquella pulpa tan chabacana que resbalaba de la frente del lector para quedársele en forma de bigote sobre el labio superior. No hace falta mencionar nombres, sin embargo. Para qué molestarse, si el Jefe no había leído a aquellos autores; no leía nada que no fueran sus facturas y libros de contabilidad.
Tira de ese estante, dijo la secretaria voluptuosa, señalando con su pistola.
Igual que los seres humanos, las pistolas tenían una desagradable tendencia a dispararse de improviso, de forma que le dijiste, con tu voz más cortés: ¿Quizá podrías quitar el dedo del gatillo?
Ella te apuntó con la pistola, manteniendo el dedo sobre el gatillo, y tiraste del estante, que se deslizó hacia delante sobre unas ruedas invisibles ocultas debajo de su base. Cuando deslizaste el estante a un lado, quedó al descubierto la caja fuerte, una caja de hierro gris del tamaño de una
neverita, encajada en un nicho de la pared contiguo al armario empotrado.
Muy bien, listillo, te dijo la secretaria voluptuosa. Ahora, enséñame lo que sabes.
Solo tenías una idea, de manera que hiciste tu segunda conjetura.
¿Has visto esos relojes que hay en el despacho del Jefe y aquí?, le dijiste.
Nunca han funcionado. Era demasiado vago para cambiarles las pilas.
No, demasiado vago no, dijiste con una seguridad despreocupada que pronto se revelaría como genialidad o bien como locura. Son pistas.
Recordatorios. Por si acaso se olvidaba de la combinación. Lo dijiste sin jactarte, porque si te jactabas, a juzgar por su expresión, la secretaria voluptuosa te pegaría un tiro. Quizá no para matarte, pero sí para mutilarte de por vida. Las siete cincuenta y nueve, dijiste, haciendo crujir los nudillos. O bien siete-cinco-nueve.
Demuéstralo.
La cerradura de la caja fuerte tenía un dial que había que mover alternativamente en el sentido de las agujas del reloj y en el sentido contrario. Te arrodillaste para tener el mecanismo delante de la cara y te pusiste manos a la obra, intentando no sudar mientras movías el dial de un lado a otro. Siete a la derecha una vez, cincuenta a la izquierda dos veces, nueve a la derecha una vez. La manecilla de la caja fuerte no se movió. Te empezaron a sudar los sobacos mientras probabas siete a la izquierda, cincuenta a la derecha, nueve a la izquierda. La manecilla siguió sin moverse. Ahora te sudaba la cabeza y eras intensamente consciente de la presencia de la secretaria voluptuosa, sentada en un sillón a tu izquierda, con las piernas cruzadas, la mano de la pistola apoyada en una rodilla, el dedo todavía en el gatillo, todavía vestida con un camisón transparente que habría hecho mirar al papa de Roma. Qué coño, Dios en persona debía de estar mirando a aquella creación suya, una de las más perfectas, mientras a lo largo de los minutos siguientes probabas todas las demás combinaciones de siete, cinco, cincuenta y nueve que se te ocurrían. En algún momento perdiste la cuenta de las combinaciones y te limitaste a girar el dial al azar, jugando a otra versión más de la ruleta.
Eh, Einstein, dijo la secretaria voluptuosa. ¿Por qué no pruebas con mil novecientos cincuenta y nueve?
Alguien pulsó el botón de stop del mundo y todas las cosas y personas quedaron momentáneamente paralizadas. Dentro de tu cabeza, la manecilla de las horas del reloj hizo una rotación completa, de las siete de la mañana a las diecinueve de la noche. Luego se reanudó el movimiento y giraste el dial, diecinueve a la derecha una vez, cincuenta a la izquierda dos veces y nueve a la derecha una vez. La manecilla de la caja fuerte hizo clic y se movió sin resistencia cuando tiraste de ella; a continuación, la puerta de la caja se abrió con un susurro hidráulico.
El Cielo estaba tranquilo cuando llegaste al cabo de dos horas. Todo el mundo está muy cansado, señor, te dijo la obsequiosa ama de llaves, y te preguntaste cómo se había librado de participar en la orgía. Le diste cien francos para que te dejara entrar y te encontraste al gorila escatólogo durmiendo en el sofá de la sala de espera, con un ejemplar abierto de Viaje al fin de la noche subiendo y bajando sobre el pecho desnudo, y el televisor emitiendo, como siempre, un debate intelectual. Una franja pálida nueva le surcaba el bíceps en diagonal, una tirita que no le habías visto la noche antes. Madeleine dormía en el piso de arriba, y le abriste la puerta sin llamar. Estaba bajo las sábanas de su cama queen-size, con el pelo desparramado en torno a la cabeza y la cara limpia de maquillaje o de alguna otra señal de la fantástica orgía de la noche anterior, salvo por los moretones que le habían dejado en torno al cuello las manos de BFD. Se te ocurrió despertarla, pero lo importante de aquella visita no eras tú. Así pues, te limitaste a dejar junto a Madeleine la bolsa de la compra del Monoprix que habías cogido del armario de la cocina del Jefe. Dentro estaba la mitad del dinero que la secretaria voluptuosa te había dejado coger de la caja fuerte del Jefe, que a la hora de la verdad no había sido la mitad del total.
Los dos os habíais quedado mirando los fajos de francos de la caja fuerte, todos ligados con bandas de papel que llevaban la cantidad total de su valor escrita en tinta azul. También había bolsitas transparentes de plástico para bocadillos llenas de barritas de onzas y taeles de oro, todas envueltas una a
una en plástico y con el nombre del emisor impreso en cada paquete. El número de onzas y taeles también venía escrito en cada bolsa con rotulador negro indeleble. Igual que en el caso de los fajos de billetes, todo iba rotulado con la caligrafía del Jefe.
Creo que somos ricos, dijiste, confiando en que la secretaria voluptuosa no te traicionara y te volara los sesos de un disparo en la sien. Llevabas tanto tiempo muerto que ahora querías vivir. Seguirá siendo una fortuna aun después de dividirlo por la mitad.
¿Dije la mitad?, replicó la secretaria voluptuosa, cubriéndose recatadamente la boca con la mano que no sostenía la pistola. ¡Ups! Qué tonta soy. Quería decir setentatreinta.
¿Setenta-treinta? Mantuviste la calma y dijiste: Sin mí, no habríamos abierto la caja fuerte. Digamos cincuenta y cinco-cuarenta y cinco.
La secretaria voluptuosa ladeó el cañón. Digamos setenta y cinco-veinticinco y te dejo salir de aquí con las pelotas en su sitio.
Así es como terminaste dándole a Madeleine la mitad del veinticinco por ciento de los ahorros en metálico del Jefe. El oro no estaba incluido en el reparto, tal como procedió a clarificar la secretaria voluptuosa antes de ponerte a contar el dinero, que fue una tarea larga, porque había mucho, y sin importarle que le señalaras el hecho de que el Jefe había envuelto convenientemente y etiquetado con el precio todos los paquetes. Solo quiero asegurarme de que lo hacemos todo bien, te dijo con calma la secretaria voluptuosa, desafiándote a que la miraras mientras descruzaba y volvía a cruzar las piernas mientras tú contabas el dinero de rodillas junto a la caja fuerte. Una parte de ti sentía nostalgia de Saïd y del firme idealismo de su palabra, pero otra parte de ti daba gracias porque el veinticinco por ciento de un montón de dinero seguía siendo bastante. Cuando terminaste de contar, dijiste: ¿Puedo usar el cuarto de baño?
La secretaria voluptuosa puso los ojos en blanco y te acompañó hasta el lavabo del pasillo. Igual que la mayoría de los apartamentos franceses que habías visto, el del Jefe solo tenía un lavabo, lo cual estaba bien según los estándares vietnamitas, pero resultaba primitivo incluso para los estándares de clase media de América. Los americanos eran lo bastante listos como para tener siempre una segunda opción en caso de atasco. Les causaba
ansiedad ver la mierda, pero no engordar; para los franceses, era lo contrario. En cuanto a los vietnamitas, no conseguíamos engordar ni aunque lo intentáramos, de tan pobre que era nuestro país, lo cual comportaba que nos alegráramos de disponer aunque fuera de un solo retrete, teniendo en cuenta el estado del sistema de alcantarillado del país. Pero ¿qué excusa tenían los franceses? Simplemente debían de tener una relación distinta con el excremento, tal como demostraba su tratamiento laissez faire de la caca canina. La mierda era el secreto de todas las sociedades, y la forma en que cada sociedad trataba su mierda le decía mucho al forastero, aunque una escéptica como la secretaria voluptuosa te diría que esta era una mierda de teoría. Pero lo que dijo cuando intentaste cerrar la puerta tras de ti fue: Déjala abierta.
Pero…
Déjala abierta. No me vas a enseñar nada que no haya visto.
Sí, pero es que necesito, hum, ya sabes…
Oh, por el amor de Dios. La secretaria voluptuosa puso cara de asco total. Eso no necesito verlo. Deja la puerta entreabierta y no trates de correr el pestillo o te pego un tiro a través de la puerta.
No tenías ganas de morir sentado en el trono como Elvis, y tampoco tenías planeado escaparte de aquel lavabo sin ventanas. Para tu plan, consistente en quitar la llave del coche del Jefe del llavero donde también estaba la llave del apartamento, te bastaba con tener la puerta entrecerrada.
Pero como no estaba cerrada del todo, y eso permitía a la secretaria voluptuosa oír tu sórdido drama personal, te bajaste la cremallera de los pantalones, abriste la tapa, te sentaste y fingiste un movimiento de vientre mientras manipulabas el llavero del Jefe. Por desgracia, o por suerte, dependiendo del punto de vista, fingir el movimiento de vientre te indujo un movimiento de vientre auténtico, o quizá fueran las emociones las que lo indujeron, sorprendiéndote como te sorprendían a menudo tus emociones, con una fuerza tan repentina y tan real —Oh, por el amor de Dios, exclamó la secretaria voluptuosa desde el otro lado de la puerta— que te vino a la cabeza la Tercera Ley del Movimiento de Newton, según la cual toda acción genera una reacción idéntica y opuesta, de tal manera que, mientras uno de tus orificios daba a conocer su presencia en popa, el otro orificio
emitía un gruñido de dolor mezclado con alivio y sorpresa, porque no habías sido consciente de tener aquello dentro, aquella ristra mortal que salía y salía de tus entrañas sin final aparente, un sedimento completamente repulsivo y acumulado a lo largo de los años, cuyo grosor, densidad y pestilencia sugerían que aquella bestia muerta de tus entrañas era la materia recalcitrante que a tu cuerpo le había resultado imposible digerir —¿Puedes parar?, te gritó la secretaria voluptuosa—, la materia oscura de tu interior más oscuro, la abominación bíblica que se había escondido en los recodos de los recovecos de los rincones de aquellas largas y retorcidas tripas que tanta gente te había intentado sacar — Hostia puta, dijo la secretaria voluptuosa—, hasta que por fin pareció que habías empezado a tirar del sacacorchos, pero mientras aquella cosa se enroscaba de manera críptica debajo de ti, tan única como un copo de nieve industrialmente contaminado, tan individual como tu yo moralmente corrompido, puesto que no hay dos manifestaciones del interior de uno que sean idénticas, el vacío repentino que dejó atrás la rápida salida de tu habitante intestinal te dolió casi tanto como la evacuación, y te dejó gimoteando mientras tirabas de la cadena para hacer que se marchara aquella calamidad colónica, solo para oír que el retrete gorgoteaba en vez de tragar, y cuando viste que el pobre y atormentado retrete galo se había atragantado con tu excremento, cerraste a toda la prisa la tapa con horror y humillación, te lavaste las manos de cualquier vestigio de desechos, esbozaste una sonrisa de disculpa y saliste con la llave del apartamento en la mano, que la asqueada pero aún voluptuosa secretaria te indicó que dejaras en la mesilla contigua a la puerta para no tener que tocarla.
Te detuviste en la puerta y dijiste: ¿Crees que me podrías dar un par de zapatos del Jefe? Ibas en calcetines y le explicaste que, cuando estabas a punto de irte del almacén, Mona Lisa te había dicho: Todavía me gustan tus zapatos; y te había obligado a darle aquellos zapatos de Bruno Magli que podrían haber pagado el alquiler de un mes. La secretaria voluptuosa dijo: Llévatelos y lárgate; y tú, todavía resistiendo heroicamente el impulso de mirar a través de su camisón transparente, le dedicaste tu sonrisa más apuesta de chico malo y le dijiste: Hacemos un gran equipo, ¿sabes?, a lo que ella contestó: Acuérdate de lo que te he dicho de tus pelotas.
Y así fue como terminaste con la llave del coche del Jefe, que habías separado de la llave de la casa mientras estabas en el lavabo, previendo que la secretaria voluptuosa te la pediría. Contemplaste por última vez la cara de Madeleine, viste que le temblaban los ojos tras los párpados y te preguntaste si estaría teniendo un sueño o una pesadilla. Antes de cerrar la puerta tras de ti, te grabaste su cara dormida en la cera blanda de la memoria, confiando en que su cara enmascarase la faz completamente despierta de la agente comunista. Fuera lo que fuera que le había pasado, estuviera donde estuviera, sabías que aún podía verte.
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