El idealista
Capítulo 19
Sobre la puerta abierta lucía el nombre
en neones rojos, escrito
con la misma tipografía que adornaba los recipientes de comida china para llevar, una fuente que quizá se llamara chop suey, ching-chong o tomalpolculo. Por lo menos el Jefe había demostrado cierta elegancia y no había puesto un gong en el interior, listo para que un sirviente dentudo lo tañese cada vez que entraba un invitado. Lo que oíste al entrar era el mismo cuarteto de jazz que había tocado en la orgía y que ahora estaba haciendo swing allí, ya que a diferencia de ti habían tenido la oportunidad de irse a sus casas a descansar. Lo mismo había hecho Chungo, que se había cambiado su disfraz de guardián del harén por un look más contemporáneo, mezcla de bohemio parisino y chic nazi: jersey negro sencillo con cuello de cisne, pantalones de tela negros, chaqueta de cuero negra y botas negras. El look encajaba a la perfección con la atmósfera del
, porque lo que
representaba no era el Oriente de la antigüedad, ni siquiera el Oriente un tanto antiguo del siglo XIX y principios del XX, cuando los monopolizadores franceses y británicos, los originales traficantes de droga a escala global y farmacéuticos señores de la guerra, habían obligado a los nativos a punta de pistola a comprarles su opio. ¡Oh, no! Aquel era el Oriente nuevo y moderno, chic y encantador, adictivo y sin exigencias. El opio era la oferta entera y la amante perfecta. No era de extrañar que hubiera gente, como tú, que prefiriera el remedio.
¿Dónde está el Jefe?, dijo Chungo, que estaba a cargo de la cuerda de terciopelo y de la creación artificial de suspense a base de obligar a que se formara una larga cola de clientes. Las mujeres eran dignas de verse, todas piernas, y los hombres eran dignos de olerse, más bañados todavía en colonia que las mujeres. En cuanto a ti, después de marcharte del Cielo habías pasado por el apartamento de tu tía y te habías puesto el único traje decente que tenías, un traje gris oscuro entallado de segunda mano con americana de tres botones, fechado a principios de los años sesenta, que no casaba para nada con las camisas en tonos pastel y las siluetas exageradas tanto de hombres como de mujeres, cuyos hombros estaban inflados con unas hombreras tan enormes que podían aterrizar águilas en ellas. El traje te lo había regalado el ahora demasiado orondo doctor maoísta, que lo había llevado en sus días de universitario, cuando bailaba el rock de Johnny Hallyday. Tu tía no estaba en casa y habías aprovechado su ausencia para espabilarte con una ducha, que también había lavado de tu cuerpo el sudor, el humo, el miedo y la contaminación de la muerte. Luego te habías bebido el café de civeta que quedaba y habías dejado debajo del sofá en el que dormías la maleta donde estaban el dinero del Jefe y los vídeos de la orgía, unos vídeos que valían mucho más dinero que lo que había en metálico.
Aun después de tomarte el café, todavía estabas un poco aturdido cuando aparcaste lo bastante lejos del
para que ninguno de los enanitos te
viera llegar en el coche del Jefe.
¿Dónde está el Jefe?, te volvió a gritar Chungo.
¿Y yo qué coño sé? La última vez que lo he visto acababa de matar al argelino. Y entonces me he ido a casa.
La excusa te permitiría ganar algo de tiempo. Solo necesitabas el suficiente para sobrevivir a la velada, ver a Lana y besarle los bajos del vestido, y luego verte cara a cara con el hombre sin cara y de alguna manera conseguir hacer algún truco mágico que lo salvara de la venganza de Bon.
Entraste en el
y el olor te lamió, los lánguidos ventiladores del techo removían los rastros de feromonas de la colonia y el perfume, el humo de los cigarrillos, las cachimbas y las pipas de agua de tu tierra, y la neblina del incienso que quemaba en un incensario que transportaba por todo el local una mujer bajita y con la cara enmascarada por un velo arrancado de
las páginas de Las mil y una noches. No viste a Lana cuando escrutaste a la sensual concurrencia, pero sí que viste a unas cuantas mujeres que habían adoptado el espíritu del
y se habían envuelto las caras femeninas
con los velos de seda negra que ofrecía la transportista de incienso.
Entre la mezcla de olores y tu propio aturdimiento y cansancio te habías quedado un poco mareado, y la única cura para aquello era una copa, que es la cura para casi todo. Caminaste por entre los bananeros y las aves del paraíso, los sillones de ratán y los farolillos rojos, las mamparas de papel de arroz y las caligrafías enmarcadas, y esperaste tu turno frente a la barra entre una congregación de jovencitas risueñas que pedían en tono imperioso bebidas servidas en budas de cerámica y decoradas con diminutas sombrillas de papel capaces de proteger del sol a los grillos o al pequeño gusano marchito de tu moral. Cuando por fin te llegó el turno, dijiste, o más bien graznaste: Quiero un Culpa y Vergüenza, por favor.
¿Un qué?
¡Un Culpa y Vergüenza! , vociferaste, más fuerte de lo que había sido tu intención.
Todo el mundo que estaba en tus inmediaciones se te quedó mirando un momento, pero tras comprobar que no había nada que ver volvieron a su misión de colocarse y de intentar llevarse a alguien a la cama sin que se les notara.
El barman se ajustó el turbante y dijo, en tono frío: No sé qué es eso, mientras veía su profesionalismo cuestionado por su ignorancia.
Es fácil, dijiste. Mitad tequila y mitad vodka, sin hielo y sin aderezo.
Tiene que parecer agua bendita y tener un sabor infernal.
Suena asqueroso, te dijo el barman.
Y cuando diste el primer sorbo del Culpa y Vergüenza, tuviste que admitir que estaba asqueroso, pero ¿cómo iba a saber una combinación así?
Unas cuantas dosis de Culpa y Vergüenza y al día siguiente ya no te acordarías de nada, tu cabeza sería un coco al que le habían rebanado la tapa, para que alguien te pudiera meter una pajita y beberse el contenido de tu mente mientras te soplaba burbujas dentro. Con un Culpa y Vergüenza doble en la mano —siempre te lo pedías todo doble, porque eras un hombre con dos mentes—, deambulaste por el
en busca de Lana, pero lo
único que viste fueron camareras vestidas con cheongsams sexis que se terminaban en mitad del muslo y paredes decoradas con fotografías enmarcadas en blanco y negro del siglo XIX: una aristócrata con uñas curvadas del tamaño de cuchillos, mujeres de pechos desnudos con atuendos indígenas, una anciana fumándose un puro del tamaño de una panocha de maíz. ¿Son africanos o asiáticos?, le preguntó una jovencita risueña que tenías al lado a otra jovencita risueña. No lo sé, dijo la otra, con la barbilla apoyada en la cabeza de su buda de cerámica. Pero molan.
Contemplaste el mural que cubría una pared entera. Era hipnótico, una pintura fotorrealista en blanco y negro de tus compatriotas semidesnudos, hombres y mujeres, arrodillados en el suelo de lo que parecía una plantación de caucho, flacos y mugrientos, sin más ropa que unos pantalones hechos jirones y unas cintas en la cabeza para que no les entrara el sudor en los ojos. Estaban de espaldas al pintor, o al espectador, concentrados en la mujer que caminaba entre ellos, vestida con un vestido ceñido de color bermellón que le marcaba una figura increíble. En contraste con el resto del mural, la mujer estaba pintada con colores vivos, y parecía ser la mujer más hermosa de Francia, también conocida como Catherine Deneuve. Solo el pintor sabía por qué la había trasplantado a una plantación de caucho. El único detalle no fotorrealista del mural entero era que Catherine Deneuve no tenía manchas de sudor en los sobacos del vestido ni en la pechera donde se le marcaba el esternón, porque incluso la mujer más hermosa de Francia, y por tanto del mundo, tiene que sudar como todos los demás. Oh, qué embrujo tenía Catherine Deneuve, comparable al de la France misma, y su visión te dejó hipnotizado hasta que sentiste un golpecito en el hombro. Era Bon. A su lado tenía a una mujer delgada con una prenda minimalista con microminifalda que era a los «vestidos» lo que el «biquini» era a los bañadores. Su forma esbelta cautivaba todavía más que la de Catherine Deneuve, como un puñal que se te clavaba entre las costillas y te llegaba extremadamente cerca de los pulmones y el corazón.
Un velo de seda negra le cubría la cara por debajo de los ojos de color caramelo. Una mano de dedos largos y uñas con manicura y tan relucientes como las mentiras de un adúltero se elevó desde su costado para apartarle el velo de la cara. Diste un paso adelante y dijiste su nombre, listo para
plantarle sendos bisous en las mejillas. A su vez, ella echó atrás su elegante mano y te arreó un bofetón tan fuerte que viste hoces y martillos y los oídos te pitaron tanto que apenas pudiste oír a tus omnipresentes fantasmas partiéndose incorpóreamente de la risa.
Cabrón, te dijo Lana, en tono enfático. No sabes cuánto tiempo llevo esperando para hacer esto.
La última vez que habías visto a Lana, en su apartamento de Los Ángeles, pocas horas antes de matar a Sonny, los dos habíais oscilado al compás de la dialéctica eléctrica entre Hegel y Marx, entre el Espíritu y el Ser, entre el Ideal y la Materia, entre la Mente y el Cuerpo, entre Hacer el Amor y Follar. Lana era como uno de los libros rojos prohibidos que Man había compartido clandestinamente contigo en vuestro grupo de estudio, empezando por el Manifiesto comunista y el Libro rojo de Mao. Libros que inflamaban la mente, que daban energía al cuerpo, que quemaban las manos que los abrían y albergaban un conocimiento secreto que paradójicamente se podía compartir con todo el mundo. Tú sabes que quieres, te había dicho Lana. Y yo sé que quieres. Así que la abriste. Los dos plantados frente a las puertas de espejo del armario del dormitorio, actores y espectadores a la vez, todo invertido por la superficie reflectante, a pesar de lo cual tenía sentido. Veros a los dos en aquella escena acristalada, siendo vosotros mismos y a la vez no, te la puso tan dura como un espejo. Cuando se hizo trizas vuestro reflejo, no solo perdisteis el sentido de la visión, sino también el del tacto, y os quedaron todas las extremidades entumecidas, incluidas las yemas de los dedos de las manos y de los pies. Os desplomasteis, todavía unidos, con los restos de tu yo fracturado dentro de ella, y ahora que Lana tenía los ojos cerrados, el lenguaje la volvió a habitar.
Cabrón, te susurró, en tono enfático. Ya sabía que lo harías bien.
¿Acaso Lana no se acordaba de aquella noche? ¿O bien se acordaba demasiado? Era difícil preguntárselo, porque no solo estaba presente Bon, sino también Loan, que nos había guardado una mesa en la segunda planta del
.
Tienes las mejillas muy rojas, te dijo Loan al verte. ¡Estás tan emocionado de ver a Lana como yo!
Murmuraste algo ininteligible que simplemente te hizo parecer un fan, por mucho que el objeto de tu admiración no fuera una superestrella a la que todo el mundo podía reconocer, como Cher, Olivia Newton-John o Karen Carpenter, sino una estrella lejana de una galaxia que solo se podía ver con un telescopio étnico. Todos los vietnamitas conocían a Lana, mientras que nadie que no fuera vietnamita tenía ni la menor idea de quién era, aunque eso no impedía que la estuviera mirando toda la clientela del
—tanto hombres como mujeres—, simplemente porque exudaba el calor y la luz de una estrella.
Solo de sentarte a su lado ya te acaloraste, y esto, junto con tu agotamiento y tu cabeza embotada y el recuerdo del Jefe, del Ronin y de Le Cao Boi, cuyas caras ya estaban pintadas de forma permanente en las paredes de la cueva de tu mente, y todo combinado con el dinero ilícito del Jefe, te llevó a llamar a una de las camareras flacuchas vestidas con cheongsam escarlata y sexy y a pedirle una botella de su mejor champán.
Tenemos mucho que celebrar, le dijiste, y te inclinaste hacia delante y añadiste en voz baja: Trabajo para el Jefe, me merezco el descuento de empleado, a lo cual la camarera sonrió con frialdad, se recolocó los palillos que llevaba en el pelo y dijo que vería lo que podía hacer.
¿Qué estamos celebrando?, dijo Loan. Además de estar aquí con Lana…
Le encendiste a Lana el cigarrillo, que se había pasado un minuto aguantando en el aire, esperando, y dijiste: Sí, estamos celebrando que Lana al fin ha llegado a París. Y también celebrando lo vuestro, tortolitos.
Bon se sonrojó de vergüenza, pero no dijo nada, sino que prefirió ajustarse la corbata, mientras Loan le daba un apretón cariñoso en la otra mano.
Felicidades, dijo Lana, inclinándose hacia delante para iluminarlos con su luz. Te lo mereces, Bon.
Se le notaba que se acordaba de la última vez que había estado en una situación en penumbra con Bon, cuando él y tú la habíais visto actuar en el Fantasía de Los Ángeles. Allí Bon le había confesado cómo había perdido
a los amores de su vida y luego había llorado; la única vez que había llorado en presencia de un adulto que no fuese ni su mujer ni yo.
Loan, siguió diciendo Lana, eres una preciosidad y me alegro muchísimo por los dos.
Uh…, dijo Bon.
¿Estás contento, Bon?, dijo Loan.
Bon se sonrojó todavía más. Estoy… estoy… La emoción lo avergonzaba y lo hacía tartamudear, aunque ni la muerte ni el matar le provocaban aquel efecto. Estoy…
Le diste un golpecito con el pie por debajo de la mesa, y cuando te miró, asentiste de forma apenas perceptible con la cabeza y él dijo: Sí… sí…
contento… y, ya sabes, hum, todos tenemos que seguir adelante…
Sí, hay que seguir adelante, dijo Loan, cogiéndolo de la mano. Pero eso no quiere decir que tengas que olvidar a Linh y a Duc. Nunca tendrás que olvidarlos, aunque de todas formas no lo harías jamás. ¡Siempre formarán parte de ti y por tanto siempre serán parte de mí, querido Bon!
La granada aturdidora de explicitud emocional que le acababan de tirar a Bon en el regazo lo dejó de piedra. En cuanto a ti —pobre, tonto, loco y feo bastardo—, de pronto y de improviso te echaste a llorar a mares, incomodando a todo el mundo. ¿Qué cojones te pasaba? El cuerpo te empezó a temblar mientras te caían las lágrimas a chorros y decías entre sollozos: Dios, lo siento. No sé… qué… argh…
Te pusiste de pie para irte corriendo al cuarto de baño, pero Bon se inclinó sobre la mesa, te agarró por los bajos de la americana y te murmuró: Siéntate, tristón de los cojones. Estamos entre amigos.
Lana te puso la mano en el brazo. No pasa nada, te dijo. Déjalo salir.
Tampoco te podrías haber contenido. ¿De dónde salían aquellas lágrimas y sollozos, más que de algún doble fondo de tu alma? Por debajo de aquel doble fondo, en la tiniebla insondable, por debajo incluso de los fosos del Averno, no había fuego sino agua, se abría el pozo de tus sentimientos, sobre todo hacia tu madre, la única mujer a la que habías amado realmente, una mujer por la que habrías dado la vida, pero nadie te había concedido esa oportunidad. No existía ninguna otra mujer por la que pudieras haber dicho lo mismo, a diferencia de Bon. Viéndole la cicatriz de
la palma de la mano que representaba vuestra hermandad de sangre, sabías que Bon moriría por ti pero que también haría lo mismo por Loan, igual que se habría sacrificado por Linh y Duc si le hubieran dado la oportunidad. En cuanto a ti, tú morirías por Bon, y también por Man, incluso ahora, incluso después de todo lo que este último te había hecho, porque todavía erais hermanos de sangre. Tu amor por aquellos hombres, un amor que quizá algún día te matara, también te hacía saber que eras digno de vivir.
Te quiero, Bon, dijiste.
No era algo que hubieras querido ni planeado decir, y su mirada afligida te comunicó que habías dicho lo que no se podía decir, pero ¿y qué? En tu vida habías dicho tantas obscenidades y cometido tantos pecados que ni siquiera la incomodidad de Bon ni las risas de burla de tus fantasmas te hicieron arrepentirte de decir en voz alta lo que solo debería haber sido representado en forma de actos no verbales de camaradería masculina.
No pasa nada, dijo Bon, dándote unas palmaditas en la mano. Tranquilo.
En aquel momento vino la camarera con el champán y una cubitera, y el minuto siguiente transcurrió en un silencio incómodo mientras descorchaba la botella y servía cuatro flautas de champán, al tiempo que tú llorabas, sollozabas, respirabas hondo, te sorbías la nariz, moqueabas y por fin cerrabas la trampilla que tapaba el doble fondo de tu alma. Hum, dijo la camarera, quizá compadeciéndose de ti; solo quería decirle que sí que le corresponde el descuento de empleado. Te dio la servilleta de tela que había traído para envolver la botella y te dejó que te secaras las lágrimas y te sonaras los mocos de la nariz.
Pues bueno, dijo Loan.
Lo siento, dijiste, o quizá gimoteaste. Lo siento mucho. Lo siento muchísimo, de verdad.
Bon levantó su flauta. Supongo que deberíamos brindar.
Yo también tengo un brindis, dijo Lana.
Todos os girasteis para mirarla con expectación. Ella alzó su flauta y todos la secundasteis. Brindo por ti, te dijo, lo cual te sorprendió y te puso una sonrisa esperanzada en la cara. Felicidades, cabrón. Eres padre.
Hay que reconocerte que ni te desmayaste ni corriste a la salida más cercana. Simplemente te quedaste mirando boquiabierto a Lana, giraste la cabeza de derecha a izquierda para ver las expresiones de asombro en los rostros petrificados de Loan y de Bon y por fin volviste a mirar a Lana, que estaba impávida. Eres padre era el título de la película de terror más horripilante que te pudieras imaginar, a menos que contáramos las secuelas como Eres padre 2, 3 o 4, o bien, si eras católico, Eres padre 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11 o 12. Te conocías a ti mismo y no tenías deseo alguno de continuar aquel ciclo de malos tratos también conocido como vida. Tu mayor contribución a la propagación de la especie humana había sido no propagarte a ti mismo, por mucho que tu madre hubiera querido un nieto.
¡Imagínate qué bonito sería que trajeras a una criatura al mundo! Cada vez que tu madre te decía aquello, tú le sonreías, le acariciabas la mano y le mentías: ¡Pues claro, un día, sí, ya lo creo! Ahora acababa de llegar por fin el Día del Juicio y lo único que se te ocurrió decir para reiniciar el tiempo y el espacio fue: ¡Pero si usé condón!
Lana dio un sorbo de champán y dijo: Quizá compraste un condón de mala calidad.
Si la goma de aquel condón venía de una plantación de caucho francesa, entonces los franceses te habían vuelto a joder a base de bien. Abriste la boca y Lana dijo: No te atrevas a preguntar si puede haber otro candidato.
Tú eres el único gilipollas posible.
Cerraste la boca y miraste a Bon en busca de ayuda, pero él se tragó todo su champán y dijo: No es el fin del mundo. Algunos queremos tener hijos.
Bueno, dijo Loan, con una sonrisa radiante. ¿Niño o niña?
Niña.
Si hubiera sido niño te habrías quedado de piedra, porque seguro que te mataría cuando creciera, aunque te lo merecías, eso está claro, pero que fuera niña no era mucho mejor, o quizá fuera incluso peor, porque ibas a tener que hacer cosas como hacerle trenzas en el pelo, evitar hablar de su menstruación y contemplar cómo un día conocía a alguien clavadito a ti y se casaba con aquel cabrón asqueroso. Respiraste hondo para calmarte.
¿Qué decía la gente normal en situaciones como aquella?
¿Cuántos… cuántos años tiene?
Tres.
¿Está aquí?
Está en Los Ángeles con mis padres.
¿Cómo se llama?
Ada.
Ada. Un nombre ligeramente inusual que los occidentales podían pronunciar, y un nombre completamente extranjero que aun así los vietnamitas podían apañárselas para decir. A-d-a. Un nombre en forma de código morse. A larga, d fuerte y a corta. Tres letras. Palíndromo. Daba igual que lo dijeras de izquierda a derecha o de Oriente a Occidente. Ada, la nieta que tu madre siempre había querido y que por fin le habías dado, demasiado tarde.
¿Tienes una foto suya?
Ada era una niña de cabello completamente negro que le enmarcaba la cara y le terminaba en la barbilla. Odiabas a los niños, lo cual no era un prejuicio, sino más bien una reacción lógica a los años de infancia que habías pasado expuesto a aquellos pequeños troles, que no eran más que adultos monstruosos en formación. En cambio, aquella niña…, todo en su cara era redondo, de los ojos a las mejillas y la punta de la nariz. Tenía los ojos oscuros, los labios rosados y la piel clara. Si hubiera sido del todo blanca, habrían dicho que tenía la piel blanca. Pero como descendía de ti, y tú eras medio blanco, ella solo era una cuarta parte blanca. Su semiblancura no era lo que te interesaba, sin embargo. Lo que más te llamaba la atención de ella, además de aquel encanto gordezuelo que hasta tú podías reconocer, era a quién se parecía.
A tu madre.
Ada, dijiste, Ada.
Así se llama, dijo Lana.
Después de terminaros la botella de champán, y después de que tú vaciaras tu tercer cáliz de Culpa y Vergüenza, y después de que Bon le contara a Lana una versión resumida de lo que os había traído a los dos a la Ciudad
de la Luz, y después de que Lana te preguntara por qué habías ido a Francia en vez de a Estados Unidos, y de que tú le contestaras que era porque habías querido visitar la tierra de tu padre, y después de que ella te preguntara por qué nunca habías avisado a nadie de que estabas aquí, y de que tú le contestaras con sinceridad que era porque no creías que a nadie le fuera a importar si estabas vivo o muerto, lo cual le hizo morderse el labio y apartar la vista, Bon y tú os escapasteis al lavabo de hombres. Frente a los urinarios, informaste a Bon de las muertes recientemente acontecidas, que ni siquiera le hicieron inmutarse. No eran las mejores personas del mundo, que se diga, afirmó al tiempo que se sacudía los destinos de aquellos hombres y se subía la bragueta. Pero es un jaleo del que nos hemos de ocupar.
Claro, dijiste, aunque no tenías intención de ocuparte de nada, ya que eso solo implicaría montar un jaleo todavía más grande a base de alargar la guerra con Mona Lisa y Saïd.
Pero primero nos tenemos que ocupar del hombre sin cara. Esta noche.
Te miraste en el espejo y la visión de tu reflejo te sorprendió un poco.
Ahora la mitad de las veces no esperabas ver a nadie allí, esperabas que tu cuerpo fuera igual de invisible que tu alma. Lo que también viste, además de a Bon y a ti mismo lavándoos las manos, fue a tus fantasmas sonrientes, plantados detrás de ti y llenos de agujeros, de los que todavía manaba el perpetuo fluido vital. Pero no viste al Jefe, ni a Le Cao Boi ni al Ronin, ni a tu padre, ni a la agente comunista.
Irá, dijo Bon, secándose las manos. Lo sé.
No tengo pistola, dijiste, tu única maniobra para evitar matar a Man.
Bon se encogió de hombros, apoyó el pie en el borde del lavamanos y se levantó el bajo del pantalón para revelar una pistolita que tenía sujeta al tobillo. La mía de repuesto, te dijo según te la tendía. Siempre hay que llevar una de repuesto. ¿O es que no te he enseñado nada?
Condujiste el coloso bávaro del Jefe hasta el teatro, con Bon y Loan cogidos de la mano en el asiento de atrás y Lana a tu lado. El Jefe tenía un casete de sus canciones, y mientras conducías, escuchaste su versión de la
canción que te había llevado, cuando la oíste cantarla en el Fantasía de Los Ángeles, a dar los pasos fatídicos que te llevaron hasta ella y en última instancia hasta Ada: Bang Bang (My Baby Shot Me Down).
¿Y ella sabe que soy su… padre?, preguntaste, y el mero hecho de decir la palabra ya te resultó difícil.
No tengo ni una foto tuya, dijo Lana. Pero ha preguntado por ti.
¿Ah, sí?
Quién es su padre y dónde está, y por qué todo el mundo tiene padre menos ella.
¿Y qué le has dicho?
Mis padres me han prohibido decirle cómo te llamas.
Madame. Y el General, que te había metido el calcetín sucio de aquellas palabras en la boca cuando estabas a punto de subirte al avión rumbo a Tailandia y a la invasión: ¿Cómo ha podido creer que permitiríamos que nuestra hija acabara con alguien como usted? Es usted un buen muchacho, pero también es, en caso de que no se haya dado cuenta, un bastardo.
¿Así que me habéis borrado de su vida?, dijiste, todavía recordando el sabor repulsivo.
Siempre le cuento a Ada que su padre es un soldado que se fue a recuperar su país, que dio todo lo que tenía para liberar a su gente. Y que quizá un día volverá con nosotras y lo recibiremos como a un héroe.
Cuando le digo eso, sonríe y la abrazo. Y me compadezco de ti. No por lo que te pueda haber pasado, sino porque nunca sabrás lo que es abrazar a tu niña, cogerla en brazos cuando era bebé, hacerle mimos a su cuerpecillo regordete, darle achuchones y provocarle risillas, conseguir que te bese cuando se lo pides, oírle decir: Papá, te quiero, tal como dice: Mamá, te quiero.
Bang Bang (My Baby Shot Me Down).
Te has perdido todas esas cosas y no las recuperarás nunca. Pero eso no quiere decir que te tengas que perder cómo es ahora, cómo será el año que viene y el resto de su vida.
¿Quieres que…?
No por mí, cabrón. Por ella. Se merece conocer a su padre y formarse su propia idea de ti. Si no, crecerá esperando a que el héroe de su papá vuelva
a casa algún día. O bien se enterará de que está en Francia y que nunca se molestó en decirle a nadie que seguía vivo y que la abandonó. No le hagas eso.
Bon carraspeó. Creo que hace un par de manzanas que hemos pasado de largo el teatro.
Después de aparcar el coche, Bon y tú caminasteis hasta el teatro por detrás de Lana y de Loan, que tenía muchas preguntas sobre Fantasía y sus estrellas. Los dos os fumasteis un cigarrillo en silencio fraternal, preparándoos cada cual por su cuenta para encontraros con el hombre sin cara. Se te habían acabado las ideas, una carencia que atribuías al hecho de haber consumido demasiado remedio o bien de no tener remedio a mano. Te buscaste en los bolsillos y comprobaste que seguía sin haber remedio esperándote allí en secreto. Te echaste a temblar por todo junto: el champán, la Culpa y Vergüenza, el miedo a lo que pudiera pasar, el terror a ser padre de repente, el asesinato del Jefe y la falta de remedio. En la puerta de atrás del teatro te despediste de Lana, que te dijo: Ven a verme después de la función, tenemos más cosas que hablar, me voy mañana a Berlín.
¿A Alemania?
Los vietnamitas de allí nos adoran.
Es un encanto, dijo Loan, fascinada, mientras caminabas al frente. Qué suerte tienes. No me puedo creer que ella… que tú… no digo que ella no fuera a estar con… bueno, ya me entiendes.
Por supuesto que la entendías y no te ofendiste, dado que eras tan asqueroso que te asqueabas incluso a ti mismo. Las únicas personas más desagradables que tú aquella noche eran Enojado y Apestoso, que acechaban en el vestíbulo del hotel.
¿Dónde está el Jefe?, dijo Enojado.
¿Y Le Cao Boi?, añadió Apestoso.
¿Y yo qué coño sé?, dijiste. La última vez que lo he visto acababa de matar al argelino. Y entonces me he ido a casa.
Eh, dijo Enojado. Ahí está la secretaria del Jefe.
La secretaria voluptuosa había llegado a la recepción VIP del vestíbulo; gracias a Dios ya no llevaba un camisón transparente, sino un elegante
vestido de noche de color azul marino con un animal muerto echado sobre los hombros. Visto más de cerca, el pobre bicho resultó ser una simple piel.
Eh, dijo Apestoso, ¿dónde está el Jefe?
¿Y yo qué sé?, dijo la secretaria voluptuosa. Luego te miró, torció el gesto y dijo entre dientes: ¡Qué asco das, cabrón de mierda!
¡Joder!, dijo Enojado, dándote un codazo mientras la secretaria voluptuosa se alejaba. Debe de estar teniendo una regla de la hostia.
O eso, o has hecho algo que no le va a gustar al Jefe, dijo Apestoso.
Enojado y Apestoso te contemplaron de esa manera en que los carniceros examinan a los patos a la barbacoa que cuelgan de ganchos metidos por el ano. Así pues, antes de que la cosa se pusiera fea, confesaste tu metida de pata fecal en el cuarto de baño del Jefe, dejando a Enojado y a Apestoso aullando de la risa hasta que se les saltaron las lágrimas. ¡Cabrón de mierda!, decían entre risas. ¡Cabrón de mierda!
¿De qué iba todo eso?, te dijo Loan cuando te reuniste con ella y con Bon.
Te dio una flauta de champán y dijiste: De nada. ¿Un brindis? Por vosotros dos. Y como era París, y como estabais hablando de amor, dijiste: Levons nos verres à l’amour!
A Loan se le apagó la sonrisa mientras Bon y tú todavía estabais brindando.
¿Pasa algo?, le preguntó Bon, con la flauta suspendida en el aire.
Sí, dijo Loan, pálida. Nos acaba de pedir que brindemos por la muerte.
L’amour ou la mort? ¿El amor o la muerte? ¿Qué diferencia había? No había sido más que un desliz de la lengua, o mejor dicho, había sido tu lengua incapaz, en conjunción con tus labios, de moldear de forma adecuada la palabra crucial. ¡Maldito fuera el idioma de Molière! Siempre poniéndote palabras en la boca que se te pegaban a las muelas, aunque bueno, a fin de cuentas todos los idiomas hacían lo mismo. Por desgracia, el plan ya no se podía cancelar. Ya llevabas la pistola de repuesto de Bon metida en la cintura de los pantalones para guardarte las espaldas, y Bon ya estaba a tu lado escrutando el vestíbulo en busca del hombre sin cara,
mientras seguían llegando más y más espectadores emocionados de Fantasía. Después de tu fatídica trasposición de palabras, Loan se había alejado para charlar con unas amigas, mientras tú te pusiste a charlar con los jóvenes bohemios de la Unión, que te saludaron cordialmente y procedieron a preguntarte en voz baja por la mercancía. Les dijiste que te llamaran al día siguiente, aunque no tenías ni idea de dónde ibas a estar entonces, salvo que los enanitos se enteraran de lo sucedido o Saïd cambiara de opinión, en cuyo caso estarías cubierto de tierra y dos metros más cerca de tu madre. Entretanto, solo querías disfrutar un momento de la poco habitual imagen de armonía del vestíbulo, donde se mezclaba gente vietnamita de todos los colores, esperando jovialmente que empezara Fantasía: de los liberales y los izquierdistas a los abiertamente comunistas miembros de la Unión, que llevaban dos o tres generaciones en Francia y eran en su mayor parte de clase media y media alta o incluso de más arriba; y de los conservadores o derechistas a los abiertamente fascistas miembros de la Asociación, que eran refugiados recientes y en su mayor parte muy pobres o por lo menos medio pobres y de clase obrera; y todo lo que había en medio de aquellos extremos, más quienes ocupaban los márgenes, o aquellos a quienes no les interesaba la política, que solo se lo querían pasar bien, lo cual los aunaba con el resto de la población del planeta.
Es el embajador, dijo Bon.
El embajador tenía forma de bolo de bolera y se le veía bastante bien alimentado, teniendo en cuenta que representaba a un país que pasaba hambre y que vivía del racionamiento, o eso informaban Le Monde y Le Figaro. Estaba con una mujer vestida con ao dai, presumiblemente su mujer, y con dos hijos adolescentes, chico y chica, él con un traje demasiado grande y ella con un ao dai como el de su madre. Los miembros de la Unión se agolparon para darles la bienvenida, pero también para crear una barrera entre ellos y los miembros de la Asociación, que los miraron con expresiones torvas y mascullaron. También me lo voy a cargar, dijo Bon, y tú le murmuraste una expresión de aliento. ¿Quién eras tú para interponerte entre un hombre y sus sueños y aspiraciones?
Y por fin llegó la hora del espectáculo, sin que hubiera aparecido por ninguna parte el hombre sin cara, y seguiste a Bon al auditorio, donde ya
estaba Loan.
¿Todo bien?, le preguntó Loan a Bon, sin mirarte.
Todo bien, dijo Bon. Solo estábamos mirando a la gente.
Los programas susurraban en los regazos de los espectadores, que murmuraban, charlaban y se reían. El telón todavía estaba echado, pero la expectación ya estaba por las nubes, porque tu gente se había pasado meses esperando a que llegara Fantasía. El único decepcionado era Bon, aunque tú estabas aliviado, exactamente por la misma razón: ni rastro del hombre sin cara. Los dos deberíais haber sabido que no podía ser.
Apenas os acababais de sentar cuando alguien dijo en la fila de detrás de la vuestra: Mirad a ese tipo, y eso hicisteis mientras el tipo en cuestión se acercaba por el pasillo de vuestra derecha. Llevaba un traje azul oscuro insulso, un atuendo típico de funcionario oficialmente mal pagado de un país pobre. El pelo ralo dejaba ver por debajo una mancha de piel quemada, cubierta en parte por la banda negra que le rodeaba la nuca. Bon cogió aire bruscamente mientras el hombre se detenía frente a la fila en la que estaba sentado el embajador. Cuando se giró a la izquierda para poder meterse en la fila, el teatro entero vio lo que había captado el hombre sentado detrás de vosotros: no una cara, sino una máscara, sujeta por la banda negra. Una máscara con cejas, pómulos y una nariz ancha pero en absoluto plana. Una máscara con labios, así como agujeros para los ojos, que quizá estuvieran un poco inclinados, o ladeados, pero desde luego no rasgados. Una máscara con una cara que quizá fuera asiática en sus rasgos inescrutables, pero que también podía ser sin más humana en su inmovilidad ilegible. Una máscara que era del todo, completa, absoluta e indisputablemente blanca.
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