El imperio de Ornax
Capítulo I
CAPÍTULO PRIMERO
El dueño de aquel tugurio lanzó una mirada furibunda contra Ward Bertram, movió sus grandes manos sonrosadas y golpeó la mesa.
—¡No! —gritó.
Ward abrió la boca y deseó en aquel momento seguir luciendo el disfraz de monstruo de Lxitio que exhibió poco antes en el escenario. Claro que él no habría tenido los afilados dientes del monstruo de la leyenda oscura del planeta ni tampoco sus aceradas garras. De haber dispuesto de estas habría desgarrado la garganta del obeso propietario de la sala de fiestas.
—Escuche, Gorgol, me debe la paga de dos meses y…
—Calla, Ward. Tienes mala memoria.
—¿Qué dice? Mire, Gorgol, le estoy llenando su mugrienta sala todas las noches desde hace dos meses y aún no he visto un crédito.
—Los verás cuando termines con tus deudas.
—¿Que deudas? —preguntó Ward presintiendo una trampa.
—No te hagas el tonto.
—Yo no le debo nada.
Entonces Gorgol sacó unos papeles de un cajón y los movió delante de los asombrados ojos de Ward.
—¿Los reconoces? —preguntó Gorgol, irónico y Bertram tragó saliva y asintió.
—Mis pagarés… —musitó.
Pero Gorgol tenía buen oído y movió afirmativamente la cabeza.
—Exacto. Hasta ayer los tenían algunos jugadores, pero yo los compré todos. Y a mitad de precio. No tienes buena garantía por ahí. Ward.
—¿Qué pretende?
—Nada. Trabajarás para mí hasta que liquides tus deudas.
Ward cerró los ojos.
Había sucedido lo que había estado temiendo. Aquel sucio tipo cebado le tenía bien agarrado.
Su espectáculo era un éxito y se estaba forrando con él. El local se llenaba todas las noches y Gorgol no quería perderle.
Demasiado bien sabía Gorgol que cuando Ward dispusiese de dinero saldría huyendo de aquel planeta.
Y Ward se marchó del despacho de Gorgol pensando que iba a resultarle demasiado difícil escapar.
Gorgol había estado aconsejando a los jugadores de Dix de la ciudad a prestarle dinero.
Luego compró los pagarés y ahora era su dueño.
También sabía Bertram que Gorgol tenía comprado al jefe de policía de la sucia ciudad capital de Lxitio.
Si pretendía acercarse al espaciopuerto con la pretensión de entrar furtivamente en una nave y era sorprendido por los policías, se llevaría una tremenda paliza antes de ser devuelto a Gorgol.
Ward regresó a su camerino, se sentó pesadamente en el sillón delante del espejo y se quedó mirando un rostro triste y desalentado.
Su propio rostro.
Esperó unos minutos, hasta que sus facciones originales regresaron.
Ya no quedó el más mínimo rastro de la caracterización que tanto gustaba a la escandalosa clientela del tugurio de Gorgol.
Se encogió de hombros y se limpió la cara con agua clorizada.
Luego encendió un cigarrillo y quedóse pensativo.
Tenía que pensar serenamente. Con Gorgol no podía jugarse.
Uno tenía que ser precavido si quería salir indemne de la aventura.
Por el momento debería olvidarse de jugar de nuevo al Dix. Aquel maldito juego de cartas y dados, tan popular en los Ducados Galácticos le estaba convirtiendo en el esclavo de Gorgol. Se preguntó si sería capaz de resistirse a los llamativos anuncios de las salas de juego.
Sacó de detrás del espejo su copia del contrato que firmó dos meses antes con Gorgol.
Emitió una sonrisa sarcástica.
La paga era buena y había calculado que antes de dos meses dispondría de suficiente dinero para adquirir un pasaje y largarse.
Claro que no tenía el menor interés en pagar sus deudas de juego; pero aquel maldito Gorgol sabía que debía dinero y había comprado sus pagarés a bajo precio.
Maldijo la hora en que llegó al planeta.
Procedía de las Baronías Centrales… donde nadó en la abundancia gracias a sus dotes interpretativas. Pero en el anterior planeta tuvo la mala ocurrencia de imitar en público al dictador y se vio precisado a salir sin recoger su maleta y dinero.
Tiró el contrato al suelo, murmurando:
—Esto es una mierda. Solo sirve para Gorgol.
Escuchó un rumor de sedas a su izquierda y luego vio aparecer una mano que recogió del suelo el contrato.
Se levantó de un brinco y se encontró delante de una mujer muy hermosa, que le sonreía al tiempo que con sus manos blancas y enjoyadas alisaba el arrugado papel.
—¿Quién es usted? —preguntó Ward, y se alegró de tener su verdadero rostro.
—¿Ward Bertram? —preguntó ella con cantarina voz.
—Por los dioses, no me diga que solo viene a pedirme un autógrafo. Me desmoralizaría aún más.
—¿Está desmoralizado?
—Lo estaba hasta que usted entró. Ahora me encuentro mejor.
—Es muy amable, pero vengo a hablar con usted de negocios.
Ward tiró al suelo un montón de ropas de una silla e indicó a la mujer que se sentase.
—Aún no me ha dicho cómo se llama, preciosa.
—Dejemos eso por el momento, señor Bertram.
—Llámeme Ward.
—Supongo que este es su contrato —dijo ella agitándolo.
—Es una bazofia.
—Parece interesante. Aquí pone que usted ganará mensualmente diez mil créditos.
—Nunca los veré juntos —suspiró Ward.
—¿Qué le ata a Gorgol?
—Creo que alrededor de cincuenta mil créditos. Los desparramé por la ciudad entre veinte tahúres y ahora él los tiene todos. Creo que moriré de viejo trabajando aquí.
—Sería una lástima, señor Bertram. Usted es un verdadero artista. Esta noche le vi representar el clásico monstruo local, pero me aseguraron que hizo antes otras interpretaciones más difíciles. Al parecer le gusta imitar políticos de renombre.
—Lo dejé ya. Me trajeron complicaciones. Ahora me dedico a lo espectacular.
—Ya. Pero usted podría ganar mucho más dinero que trabajando aquí.
—¿Dónde? ¿Acaso es usted una agente teatral?
—Algo por el estilo —rio la chica. Sacó de su bolso una reproducción holográfica, que mostró a Ward—. ¿Podría imitar a este hombre?
Ward sonrió despectivamente.
—Físicamente, sí. Pero tendría que estudiarlo más a fondo para…
—Por el momento solo es preciso una demostración facial.
—¿Ahora?
—Sí.
Ward negó con la cabeza.
—Los efectos han pasado…
—¿Qué efectos son esos?
—¿No lo sabe? Bueno, creí que estaría enterada —Ward sonrió—. Resulta que sufrí una mutación cuando nací. Mi piel puede moldearse cada cierto tiempo, como si fuera arcilla. Claro que solo yo puedo hacerlo. Pero el efecto no es duradero. Puedo recobrar mi aspecto cuando lo desee, pero no mantener la imitación más allá de unas horas.
—¿Cuántas horas, señor Bertram?
—Eso es secreto.
—Está bien. ¿No puede hacerla ahora?
—¿No lo entiende? Acabo de usar mi cualidad en ese sucio escenario hace apenas unos minutos y los efectos han pasado. Podría intentarlo, pero el resultado no le agradaría —Ward la miró fijamente—. Oiga, ¿qué pretende? Es usted muy atractiva y creo que si dispusiera de algún dinero la invitaría a tomar unas copas. Es todo lo que puedo hacer por usted.
Ella se levantó.
Seguía sin soltar la copia del contrato.
—Estoy segura que hará mucho más por mí, señor Bertram. Tengo suficientes informes suyos para creer que no me defraudará —guardó el holograma y se dirigió a la puerta—. Espéreme aquí. Vuelvo en seguida.
—¿Qué va a hacer?
—Hablar con el empresario. Quiero comprarle su contrato.
—Bien, hágalo. Si tengo que depender de alguien prefiero ser su esclavo —rio Ward.
Ward la miró mientras salía. Suspiró y regresó delante del espejo. Terminó de quitarse la pasta.
La chica estaba muy bien, pensó.
Pero ¿qué pretendía? ¿Burlarse de él? Se preguntó de dónde podía ser. Por supuesto no del condenado planeta. Era delicada y hablaba el galacto con fluidez, como aprendido en una universidad de alto estilo.
Terminó de vestirse y a punto estaba de salir del camarote cuando Gorgol entró. Venía secándose su abundante sudor con un pañuelo sucio. Miró nerviosamente a Ward y dijo:
—Muchacho, prepara tus cosas —hablaba nerviosamente y sin su clásica ironía—. Te marchas.
Ward puso las manos en jarra.
—¿Cómo que me marcho? ¿Adónde?
—No lo sé, la verdad.
—Un momento —dijo Ward poniéndole su dedo índice delante de la colorada nariz—. Usted ha vendido mi contrato. ¿No?
—Sí, eso es.
—¿A esa mujer? Creí que ella estaba bromeando, que era una turista rica con ganas de divertirse a mi costa…
—Pues no bromeaba. Hemos llegado a un acuerdo. Ahora tiene tu contrato.
—¿Así de fácil? —Ward estalló en una carcajada que tenía mucho de nerviosa—. No puedo creerlo. ¿Qué será ahora de su tugurio sin la máxima atracción?
—Ya me las arreglaré. Vamos, Ward, date prisa. Ella te espera fuera.
—Eh, un momento. No me gusta que se me trate como una propiedad que se puede dar o vender. En este planeta, aunque esté lleno de porquerías no existe la esclavitud y tengo mis derechos. Usted puede retenerme hasta que cumpliera con mi parte y le pagara mis deudas, pero no puede entregarme a otra persona sin yo saber adónde demonios me van a llevar.
—Por favor, Ward, no compliques más las cosas. Todo es legal. En la sala había un interventor que puso su sello a la operación.
—Ha sido todo muy rápido, ¿no? Demasiado.
—Ella ya había hablado conmigo antes de venir a verte.
Solo teníamos que concretar algunas cosas.
Gorgol sacó de debajo de la mesa una maleta raída y la abrió.
Empezó a llenarla con las escasas pertenencias de Ward.
—No tengo todas mis cosas aquí, Gorgol. Tendré que ir a buscarlas a la consigna del astropuerto. Si no las saqué antes es porque debo el alquiler de dos meses y…
Gorgol movió su gruesa boca.
Con gestos nerviosos sacó un puñado de monedas y las puso entre las manos de Ward.
—Esto será suficiente para que te olvides de tus miserables propiedades, muchacho. Ahora lárgate de una vez.
Sorprendido. Ward tomó el dinero y la maleta que le puso en la mano Gorgol.
El dueño del garito le empujó fuera del camerino.
Incluso siguió empujándolo a través del estrecho pasillo hasta sacarle a la calle por la puerta trasera.
Aún estaba Ward estupefacto en el callejón cuando sintió la puerta cerrarse a sus espaldas sonoramente.
Anduvo unos metros. Alguien salió de la oscuridad.
Era un hombre. Vestido de gris, que se limitó a decirle con profundo acento del Borde:
—Sígame. Le está esperando.
Salieron del callejón.
Fuera esperaba un vehículo mixto, aparcado cerca.
La puerta estaba abierta y el hombre le indicó que entrase. Ward lo hizo y se acomodó al lado de la mujer quien le sonrió ligeramente.
—Hola, señor Bertram.
Ward soltó un bufido y se arrellanó.
El interior del vehículo olía agradablemente, quizá al mismo perfume de ella.
—Llámeme Ward. Los amos llaman por el nombre de pila a sus esclavos.
—Usted no es mi esclavo, señor Bertram.
—De acuerdo. Su empleado. ¿Cuándo será la siguiente representación?
El vehículo se puso en marcha. Después de avanzar unos metros por el pavimento se elevó silenciosamente. Debajo de ellos quedaron las brillantes luces de la destartalada ciudad.
—Calculo que no antes de dos meses —replicó ella, extrayendo un cigarrillo del reposamanos, que se encendió apenas lo acercó a los labios.
—Creo que me tiraré en marcha si no me explica algunas cosas.
—Tal vez pueda darle ahora algunas explicaciones. ¿Qué quiere saber?
—Mire, ese viejo Gorgol es un tipo de cuidado en la ciudad. Si él no quería desprenderse de mí no lo habría hecho ni por una fortuna. Sé que es testarudo y no le gusta que las mujeres le manejen. Y como estoy seguro que no valgo lo suficiente como para pagar por mí una fortuna, me gustaría saber de qué medios se ha valido para poner a ese montón de grasas tan nervioso. Nunca vi a Gorgol tan fuera de sí.
Ella le arrojó una perfumada bocanada de humo.
A través de él, Ward siguió encontrándola muy atractiva.
—Me gusta hacer las cosas bien. He pagado algo a cambio de su contrato, pero no mucho. Algo más de cien mil créditos.
Ward abrió la boca, estupefacto.
—¿Solo eso? Es imposible. Gorgol se habría reído en su cara ante propuesta tan ridícula, señorita… —Calló un instante y añadió—: Por cierto, aún no me ha dicho su nombre. ¿Para quién trabajo ahora?
—Soy la princesa Aimarla de Ornax —respondió ella. Ward conocía lo suficiente aquella parte de la Galaxia para saber quién era aquella mujer, pero de todas formas seguía dudando que le hubiese dicho la verdad.
—Me estoy cansando de bromas —empezó a decir, pero la expresión seria de la mujer le hizo tragar saliva muy a su pesar. Había algo en ella que le obligaba a creerla.
—Ahora nos dirigimos al astropuerto, señor Bertram. Embarcaremos inmediatamente y estaremos en el espacio antes de una hora. ¿No me cree, duda que sea quien le he dicho?
—No lo sé. Nunca he visto una reproducción holográfica de la princesa Aimarla, pero…
—Ya se convencerá.
—Es que resulta ilógico —Ward movió la cabeza—. No puede ser.
—¿Por qué no?
—Una princesa no va por ahí contratando artistas. Y mucho menos Aimarla, del Imperio de Ornax.
—Pues lo es.
—¿Acaso se celebrará pronto una fiesta en el palacio imperial y desea que divierta a sus cortesanos?
—Nada de eso. Su representación será muy especial. ¿Recuerda la imagen del hombre que le mostré en su camerino?
—Algo, sí.
—Quiero que le imite, que sea como ese hombre.
—¿Para qué? ¿Una broma palaciega?
—No. Suplantando a ese hombre matará al emperador Foxten III, Señor y Dueño de Ornax.
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