El imperio de Ornax
Capítulo V
—El asunto es confuso —dijo Zerder a la mujer.
—Ciertamente, señor —dijo ella.
Estaba pálida y por un momento Zerder se había sentido confuso ante el nerviosismo de su secretaria. No era de Ornax, sino de un mundo en los Ducados Galácticos. No comprendía por qué se había sentido tan profundamente impresionada por lo que había sucedido apenas hacía dos horas.
—Yala, se aproximan momentos difíciles.
—¿La guerra?
—¿Qué otra cosa puede esperarse? Es el instante de Rabz.
Quiero que convoques a todos los ministros y consejeros para dentro de seis horas como más tarde. Es precisa una reunión urgente.
El rostro de la mujer se iluminó brevemente.
—¿Confía en detener la declaración de guerra?
—Es muy difícil: pero debo intentarlo. Sobre todo, detener a Rabz. Pero ahora él es el hombre más poderoso del Imperio. Cuenta con el apoyo de Aimarla, la futura emperatriz.
Yala ayudó a Zerder a vestirse con una nueva túnica. La otra tenía manchas de sangre. Sangre del emperador. Yala acarició la túnica sucia. Sus dedos temblorosos recorrieron las partes rojas. Luego, de un impulso, arrojó la túnica al incinerador.
Al volverse notó la mirada preocupada de Zerder.
—Te veo nerviosa, Yala. Has regresado en mal momento de esas dos semanas que me pediste de descanso. ¿Dónde estuviste?
—En mi ciudad, señor. Está en un pequeño planeta de los Ducados…
—Ah, sí. Lo había olvidado. De todas formas debes serenarte. Todos debemos mantener la calma en estos instantes.
—Temo por mí, señor.
—No te entiendo…
—Los extranjeros serán mal mirados a partir de ahora en Xandur.
—Olvida eso. Tú eres mi ayudante más estimada —sonrió el anciano. Nadie te molestará en palacio. Ya sabes que puedes recorrerlo porque todo el mundo sabe que gozas de mi confianza. Si tienes algún problema no dudes en comunicármelo. Por favor, Yala, ve llamando a todos los ministros y consejeros. Pero procura que Rabz no se entere.
Cuando Yala se quedó a solas corrió a asegurar la puerta de entrada a las habitaciones del ministro Zerder. Luego regresó a la sección de comunicación.
Se sentó delante del comunicador especial. Con él usaba una línea que no podía ser interferida. Dudó unos segundos. Luego, mordiéndose los labios, pulsó el código y esperó. Pese a usar el medio instantáneo la respuesta tardó unos segundos.
Una diminuta esfera parpadeó y un hombre apareció en su interior.
—Coordinador… —empezó a decir Yala.
—Lo sé todo. Las noticias han llegado aquí.
—¿Cómo es posible? —preguntó ella frunciendo el ceño—. No puede ser. La retransmisión por televisión no ha podido llegar ya a la Tierra…
—Pero sí a Tránsito Tres —el hombre estaba muy serio, ligeramente tembloroso—. Desde allí me llamó el Regidor.
—Es preciso que el verdadero Evergren aparezca y…
—Precisamente el Regidor me llamó para comunicarme que apenas soltó a Evergren y este se dirigía al astropuerto, unos desconocidos le han matado. Su cuerpo es un montón de carne negra, irreconocible.
—No…
—Sí, Yala, así es. Ahora el único Evergren es el que tienen prisionero acusado de magnicidio. ¿Cuánto tiempo tardará él en recobrar su aspecto? Es la única esperanza que tenemos ahora de evitar la guerra.
—No estoy segura, tal vez unas tres horas o poco más.
Pero dudo que le dejen con vida ese tiempo. El mariscal quiere un juicio rápido y una ejecución casi al mismo tiempo. Dice que eso calmará a la multitud.
—Si muere nada ni nadie podrá convencer a la Galaxia que no ha sido la Tierra quien ha asesinado al emperador…
—¡Ni ese hombre tampoco! —estalló Yala—. Él creía que…
—Él creyó lo que le dijeron, Yala —dijo el Coordinador gravemente—. Y tú ya me entiendes. Oh, Yala, ¿cómo hemos caído en esa trampa?
Ella apretó los labios.
—Vamos, diga que cómo he caído yo en la trampa. ¿No es eso lo que quiso insinuar?
—No es momento de recriminaciones. Los informes pasaron por mí y yo lo planeé todo, de acuerdo con los datos que me proporcionaste. Aunque siempre me parecieron un poco fantásticos… Pero dejemos eso. Ahora debes intentar que ese hombre viva lo suficiente para que su verdadera personalidad quede al descubierto.
—¿Y luego señor?
El Coordinador tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo su mirada no pareció querer encontrarse con los ojos de Yala.
—Confundir a Ornax. Tendrán que pensar en una conjura que no ha partido de la Tierra. Aunque Ward es terrestre vive desde hace mucho tiempo fuera de la República y nunca ha llevado una vida decente…
Furiosa. Yala cortó la comunicación.
Se quedó un momento mirando el globo vacío. Luego, sin poder dominar el nerviosismo que parecía aumentar a cada segundo, empezó a enviar mensajes a los ministros y consejeros. No esperó respuestas. Les serían entregados por los enlaces.
Salió de la habitación de Zerder y anduvo por los pasillos de palacio. Había soldados por todas partes. Algunos nobles formaban grupos que cuchicheaban entre sí. Pasó delante de una ventana. Aunque no podía oír nada a causa del grueso cristal, la ingente multitud que llenaba la explanada debía estar enronqueciendo, gritando tal vez pidiendo la vida del asesino.
Cruzó varias dependencias.
Los guardias miraban su insignia. Como colaboradora principal del ministro Zerder no podía ser detenida. Tal vez algunos se preguntaban si dadas las circunstancias aquella prerrogativa debía ser mantenida.
Llegó hasta donde se había reunido un apresurado tribunal militar que estaba deliberando sobre la suerte del magnicida.
Yala se volvió hacia la puerta de al lado. Allí dos soldados montaban guardia. Al otro lado estaba el embajador de la Tierra.
—Quiero entrar —les dijo resueltamente.
Los soldados se miraron entre sí.
—Me envía el ministro Zerder. Precisa unos datos del asesino.
A Yala le asqueó en la boca el calificativo.
—Esto es irregular… —empezó a decir uno.
—¿Es que no veis mi insignia? —protestó ella—. Gracias a ella puedo hacerlo. Si dudáis preguntadle a Zerder —sonrió presagiando un funesto futuro a los soldados—. O quizás sería mejor que entréis ahí y preguntéis al mariscal si mi prerrogativa puede ser vulnerada.
Por toda respuesta uno de los soldados manipuló en el cierre y la puerta se abrió.
—Uno de nosotros estará presente, dama Yala —dijo.
—Ni lo penséis. Lo que me diga el prisionero será confidencial. ¿Lo han interrogado ya los componentes del tribunal?
—¿Para qué? Solo están decidiendo si lo matarán dentro de una hora o de dos —rio el otro soldado—. Y creo que también la forma. Al pueblo le gustará una muerte dolorosa para el asesino del emperador, un digno preludio a los funerales.
Yala entró en la estancia.
Era una celda de seguridad, usada por los servicios de inteligencia del palacio. Estaba dividida en dos. Al otro lado de una barrera invisible, permanecía, sentado y ahora sin esposas, el embajador terrestre.
Al volverse y ver a Yala, exclamó:
—¡Princesa Aimarla!
Luego, endureciendo sus facciones y acercándose a la barrera, pero evitando tocarla, añadió:
—Maldita ramera, embustera. Me has engañado bien, me has utilizado. Y ahora vienes a recrearte con tu obra, ¿eh? Incluso pusiste tu cuerpo al precio por mi crimen. ¡Vaya princesa imperial!
—Lo siento, Ward.
—¿Lo sientes? ¿Me has convertido en el asesino de un emperador y dices que lo sientes? —estalló él.
—Puedes gritar cuanto quieras. Nadie te oirá al otro lado; pero te ruego que me escuches.
—¡Lárgate, princesa de las rameras!
—No soy la princesa Aimarla.
Ward soltó un juramento.
—¿No? Entonces… ¿La que se sentó junto al trono era realmente la princesa? —Ward se llevó las manos a la cabeza—. Creo que voy a volverme loco antes de que me frían. ¿Qué endemoniada trama es esta?
—Yo soy Yala Wolf, principal ayudante del ministro Zerder.
—Suplantaste a la princesa.
—Sí.
—Y me dijiste que yo solo desactivaría a un robot con mezcla de clon.
—Es cierto. Yo estaba convencida —Yala se restregó las manos—. Oh, Ward, si tuviera tiempo te lo contaría todo. Pero no lo hay. La Galaxia se convertirá en un infierno si Ornax sigue creyendo que todo ha sido una conspiración de la Tierra.
—¿Y crees que puedo arreglarlo?
—Tú podrías.
—¿Cómo?
—Recobra tu aspecto, que todos vean que no eres el embajador Evergren.
—¿Eso salvaría mi vida?
Yala no quiso seguir mirando a Ward.
El hombre abatió los hombros.
—Comprendo. No salvaría mi vida, pero podría evitarse una guerra.
—Existiría una posibilidad de que no murieras.
—No me hagas reír. Dime al menos qué papel juegas tú en esto.
Ella aspiró hondo.
—Te lo diré como prueba de que estoy desolada por lo sucedido, Ward. Soy agente de la Tierra. Llegué aquí hace unos años y conseguí ganarme la amistad del ministro Zerder.
—¿Y también su amante? —preguntó Ward con ironía llena de despecho.
—Es un buen hombre. Se convirtió casi en un padre para mí. Pese a ser extranjera, cree que procedo de un mundo de los Ducados, me quiere. Zerder siempre trató de evitar la guerra. Incluso ahora mismo lo está intentando…
Yala calló. La puerta se había cerrado. Zerder avanzó hacia ella.
—Me habían dicho que estabas aquí y no pude comprender para qué — dijo el ministro. En sus ojos podría leerse un profundo pesar—. No he podido evitar escuchar tus últimas palabras. Yala. Lo que has dicho me ha dolido tanto como la muerte del emperador.
—Lo siento, señor. Nunca he querido hacerle daño. Pero ahora que está aquí debe oírlo todo. Tal vez podamos evitar que el mariscal provoque la guerra…
Zerder estaba muy pálido.
Se llevó la mano a la frente y dio un paso en falso.
—Todo está perdido. La princesa ha otorgado plenos poderes al mariscal Rabz. Están deteniendo a los ministros y consejeros que tú habías convocado. Solo me están respetando a mí porque…
—Con usted no se atreverán a nada, señor. Su prestigio es demasiado grande en el Imperio —dijo Yala con entusiasmo.
—Siempre había logrado tener apartado a Foxten de la aventura bélica a que le quería empujar el mariscal. No era un mal emperador. Me apreciaba. Tal vez por eso su hermana no se atreve a destituirme. Ni siquiera su amante, el mariscal…
Zerder vaciló.
Antes de que Yala llegase hasta él caía al suelo pesadamente.
Ella se inclinó sobre el ministro.
Al cabo de unos segundos alzó la mirada hacia Ward.
—Está muerto, Ward —dijo en un hilo de voz—. Le ha fallado el corazón. Ni siquiera ahora podrán revivirle los médicos. Ya lo habían hecho otras veces y le habían dicho que la próxima parada cardíaca sería definitiva.
Ward se arrodilló junto a la barrera invisible.
Movió la cabeza.
Por un instante estuvo tentado de arrojarse sobre la mortal barrera.
Sabía que si lo hacía su cuerpo quedaría carbonizado.
De pronto abrió los ojos.
Llamó a Yala y dijo:
—Escucha, tal vez aún podamos hacer algo. ¿Puedes sacarme de aquí?
Ella le miró estúpidamente.
—¿Qué pretendes?
—Demonios, que si puedes bajar la barrera y luego alzarla.
Yala movió el cadáver del ministro. Sacó un anillo grande del dedo índice derecho.
—Algunas dependencias del palacio tienen barreras como esta. Solo Zerder, aparte del mariscal, dispone del dispositivo para anularlas. De todas formas no podrías salir de aquí. Fuera hay soldados.
—Por el dios que adores, Yala, sácame de aquí y lo irás comprendiendo.
Yala acercó el anillo a la barrera, esta emitió unos débiles relámpagos y Ward la cruzó.
El terrestre se inclinó sobre el muerto y estudió su rostro.
Luego sus dedos empezaron a aprisionar su rostro, que todavía seguía siendo el de Evergren.
—Ward… —susurró Yala—. ¿Podrás?
—Es difícil sin espejo. Por lo tanto tú deberás decirme si lo consigo.
Ward sonrió cuando Yala asintió aprobadoramente.
—Por ahora es efectivo tu cambio. Eres casi igual que Zerder.
—Si consigo salir de aquí deberás mostrarme unos hologramas de él y perfeccionaré el cambio —Ward hizo un gesto de amargura, añadiendo—: Claro que me hubiese gustado imitar el rostro de un hombre más joven y guapo.
—¿Por qué?
—Oh, nada. Ya te lo explicaré más tarde… si me dejan.
Ward terminó de vestir con las elegantes ropas del embajador al cadáver, una vez que él vestía la túnica de Zerder. Entonces lo empujó al interior del recinto que había estado rodeado por la barrera. Dejó que unos flecos dorados del uniforme de diplomático quedasen fuera de la línea negra sobre la que caía la barrera. Entonces tomó el anillo y siguiendo las instrucciones de Yala volvió a levantar la barrera.
Yala se apartó un poco, horrorizada. Empezaba a comprender lo que Ward tenía proyectado realizar.
Ward tiró del adorno. La tela empezó a arder. Siguió tirando y la cabeza de Zerder empezó a cruzar la mortal cortina energética.
El terrestre se tapó la nariz, atosigado por el penetrante olor a carne quemada. Cuando más de medio cuerpo de Zerder estuvo al otro lado, ennegrecido y pestilente, se alzó y corrió hacia la salida, gritando:
—¡Soldados! ¡El asesino se ha suicidado! ¡Ayuda!
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