El imperio de Ornax
Capítulo II
La mujer se sentó frente al panel de comunicaciones. Pulsó un botón y la esfera que flotaba delante de ella se iluminó. Un segundo después aparecía la cabeza de un hombre, que dijo:
—La línea especial vía láser está establecida.
—Bien, Gromm. Pásame la comunicación. ¿Has tomado todas las precauciones?
—Sí. No podrá ser intervenida la comunicación, pero le ruego que sea breve. El coste de energía será enorme mientras navegamos por el hiperespacio, dama…
Ella se llevó los dedos a los labios.
—Nada de nombres por ahora, Gromm.
El hombre emitió una sonrisa leve, preguntando:
—¿Solo princesa Aimarla?
—Será suficiente.
—Ah, princesa. Me olvidaba decirle que Ward Bertram insiste en verla. De hecho lo está pidiendo desde que partimos de Lxitio.
—Hágale pasar a mi cabina cuando termine la comunicación.
La imagen desapareció.
Transcurrieron unos minutos, que ella soportó con gesto impaciente, hasta que una nueva cara surgió dentro del globo.
Era esta vez un hombre mayor, de facciones serenas. Su nariz aguileña indicaba una respiración, empero, algo alterada.
Cuando el hombre abrió la boca para hablar, la imagen osciló y la mujer emitió un sonido de malestar, temiendo que el contacto quedase interrumpido. Existían muchos pársec por medio y tal cosa podía ocurrir.
—Debe apresurarse, Coordinador —dijo ella.
—Bien, pasemos al asunto —dijo el hombre apenas la imagen recobró nitidez—. Comprendo las dificultades para mantener contacto instantáneo. ¿Qué tal sucedió?
—Bien. Era nuestro hombre. Está a bordo.
—¿Está segura que podrá reemplazar a Evergren?
—Perfectamente. Solo necesita unas sesiones. Ayer partimos de Lxitio y las comenzaremos hoy mismo, apenas termine de hablarle dentro de unos instantes. El sujeto está un poco incómodo e insiste en verme.
—Sea prudente.
—Lo seré. Coordinador, quería que supiera que todo el plan está controlado. Dentro de siete días llegaremos a Tránsito Tres. Allí se efectuará el cambio. Me pregunto si nuestros agentes allí no fallarán.
—Estoy seguro que lo encontrará todo dispuesto. Aquí celebraremos que los acontecimientos sigan la línea trazada.
—Entonces debo cortar el contacto, Coordinador. Gromm está inquieto por el consumo energético —rio ella—. Todas las precauciones respecto a la pila de plasma en el hiperespacio son pocas.
—Lo comprendo. Adiós, princesa —los finos labios del hombre dibujaron una sonrisa irónica—. Nos veremos pronto personalmente.
—Eso espero.
Ella pulsó un botón y la imagen se disolvió en medio de una nube opaca.
Luego dijo a un micrófono:
—Groom, que pase Ward Bertram.
La voz de Gromm dijo:
—¿Quiere que esté presente? Ese sujeto está un poco nervioso.
—No será preciso.
Ward Bertram entró en la cabina. Su ceño fruncido escrutó la estancia.
Silbó admirativamente ante el lujo reinante.
—Vaya, esto está en consonancia con su categoría, alteza imperial.
—Siéntese, Ward —dijo ella mostrando unos cojines cerca del sillón que ocupaba—. Me alegro que quisiera verme. Usted y yo tenemos que hablar.
—Por supuesto. Y mucho, me temo —gruñó él echándose sobre los acogedores cojines.
—¿Le agrada su camarote? Ordené que le dieran uno de los que suelen ocupar mis invitados especiales.
—Me abruma su hospitalidad, señora. Pero no conseguí descansar bien.
—¿Por qué? Nuestra partida de Lxitio ha sido perfecta y también la entrada en el hiperespacio de la nave. No entiendo…
Ward se tocó la cabeza con un dedo.
—Es por esto. No dejo de pensar. Cuando usted me soltó de repente mientras nos dirigíamos al espaciopuerto que me contrataba como asesino me dejó paralizado por la sorpresa. Luego todo fue demasiado rápido. Casi no me di cuenta cuando me metieron en esta nave y partimos. Entonces me puse a pensar, y la verdad es que mis deducciones no fueron nada tranquilizantes.
—¿Y qué ha deducido, señor Bartram?
—Que usted bromea.
—Yo nunca bromeo —dijo ella muy seria.
—No puede ser que pretenda que yo mate a su hermano el emperador Foxten III.
—Dígame por qué no puede ser.
Ward se movió nervioso entre los cojines.
Tenía a la princesa a mayor altura que él y se veía obligado a alzar la mirada, lo que le producía cierto malestar.
—¿Por qué yo? No soy un asesino a sueldo, ningún profesional. En mi vida he matado a nadie, ni siquiera a animales en una cacería. Odio la violencia.
—Le comprendo —ella sonrió y Ward se sintió atraído por aquellos labios rojos—. Pero usted fue elegido entre cientos de personas capaces de alterar sus facciones. Tenemos una lista extensa de tales hombres. Usted es el mejor. Además se adapta a las medidas corporales, lo cual no puede modificar, ¿no es cierto?
—No, claro…
—Entonces la elección fue la adecuada. Usted será nuestro hombre. El simple hecho de que yo haya viajado hasta Lxitio para verle actuar y dar mi visto bueno definitivo debe hacerle comprender la importancia de la misión que queremos encomendarle. ¿Sabe que tuve que decirle a Gorgol quién era para que accediera a cederme su contrato? Claro que luego le dije que si decía a alguien que yo había hablado con él no duraría ni un minuto. Dejé a algunos agentes vigilándole. Estoy segura que no dirá una palabra. Mi estancia en ese planeta debe ser ignorada por todos.
—Usted lo ve todo excesivamente fácil, alteza imperial.
Pero no olvide que está hablando de matar a un emperador, a su hermano concretamente. Y aunque nunca he estado allí, sé que el Imperio de Ornax es muy poderoso. El emperador, está muy bien custodiado y es imposible matarle. Creo que no sabe lo que dice.
—Pero usted no se sorprende que yo le insinúe que lo mate.
—No mucho. Conozco un poco las intrigas palaciegas que siempre han jalonado la historia de Ornax. Es difícil que un emperador allí muera de viejo en la cama. Suelen morir asesinados. Pero está muy lejos de mi mente convertirme en un ejecutor de la tradición. ¿Por qué no me deja marchar tranquilo?
—¿Recuerda la holografía que le mostré?
—Si, claro. Era la de un humano, un hombre de mediana edad.
—Quiero que transforme su cara y sea como él.
—No será muy difícil. Lo recuerdo bien y son facciones fáciles de reproducir. Pero sigo sin comprender…
—Ese hombre es el embajador Evergren, de la República Terrestre.
—¿Y qué?
—Dentro de un mes se celebrará en la capital del Imperio de Ornax la celebración del décimo aniversario de la coronación de Foxten III. El embajador de la República Terrestre, Evergren, como representante del poderoso dominio que hace sombra a Ornax en la Galaxia, será el invitado de honor. Tendrá un sitio privilegiado en los eventos. Usted, ocupando el lugar de Evergren, podrá matar fácilmente al emperador.
Ward soltó una risotada.
—¡Estupendo! —dijo—. Yo desintegro al emperador, la guardia cae sobre mí, me hace pedazos y todo el mundo feliz. Creo que estaba muy bien dejándome explotar por Gorgol. ¿Por qué no me regresa a Lxitio?
—Ganará un millón de créditos, colocados en la República Terrestre, en el planeta que desee —susurró la princesa.
Ward abrió desmesuradamente los ojos.
—¿Cómo un hombre muerto puede disfrutar de esa fortuna? ¿Es que no ha oído que seré un cadáver unos minutos después que mate al emperador?
—Usted no morirá, señor Bertram.
—Está bien. La guardia imperial no me hará pedazos, pero me encerrará y luego un tribunal me condenará a muerte, a ser desintegrado en la cámara atómica. ¿Qué importa el hecho que gane unas horas? Seguiré sin disfrutar de mi dinero. Oh, usted me ofrece algo que nunca será mío.
Ella se levantó.
Parsimoniosamente se dirigió a una mesita y llenó dos copas talladas con un licor ambarino.
Tendió una copa a Ward y luego volvió a sentarse frente a él.
Le sonrió amablemente.
—Nadie puede ser condenado a muerte en su caso, señor Bertram.
—Explíquese.
—Usted disparará contra el emperador, pero lo que caerá al suelo no será un ser humano, sino…
—Siga.
Aimarla extrajo de debajo de su sillón una pistola, de corto y fino cañón. Se la entregó a Ward, explicando:
—Es un arma especial. Cuando usted esté frente al emperador Foxten III saludándole en nombre de la República Terrestre, disparará. El emperador no caerá desangrándose, sino hecho pedazos. Mostrará a todos sus súbditos, a la corte, a los embajadores de mil naciones galácticas lo que es realmente. Nadie le tocará a usted un cabello.
Ward tragó saliva.
Se inclinó hacia Aimarla. Preguntó entrecortadamente:
—¿Qué sucederá?
—Toda la Galaxia sabrá entonces que Foxten III es un robot.
Ward había estado llevándose la copa a los labios.
Las palabras de Aimarla casi le hicieron derramar el líquido ambarino.
—¿Un robot?
—Sí. Ha oído bien. Desde hace algunos años, un robot ocupa el lugar de mi hermano.
—¿Medidas adoptadas por él o por sus consejeros ante posibles atentados?
—No. Sé que mi hermano murió hace años en un trágico accidente. Yo siempre le quise. Pero su muerte permaneció en el más total secreto. Entonces no lo supe, pero lo averigüé hace poco. ¿Ha oído hablar del mariscal Rabz?
Ward negó con la cabeza y la mujer siguió:
—Es un ambicioso. Siempre intentó dominar a Foxten, impulsándole a guerras de conquista. Pero mi hermano titubeaba demasiado. Tal vez Rabz se impacientó y él provocó la muerte de mi hermano. Entonces hizo que un robot ocupase su lugar e hiciese todo cuanto él deseaba. Desde entonces la política de Ornax ha sido peligrosa. La guerra puede estallar en cualquier momento en la Galaxia y las consecuencias pueden ser funestas.
—Existen robots casi perfectos, pero no conozco ninguno que haya conseguido suplantar con eficacia a un ser humano. Es sencillamente imposible.
—Pues existe ese tipo de robot. Y si a esa perfección le añade que pocas personas pueden acercarse al emperador comprenderá que la suplantación planeada por el mariscal Rabz ha tenido éxito.
—Y usted quiere desenmascarar el fraude. ¿Por qué ha esperado tanto?
—Las medidas de seguridad en torno al robot que suplanta a mi hermano son extremas. Solo existirá una posibilidad de echar por tierra los planes de Rabz durante las fiestas conmemorativas de la coronación. Entonces los embajadores se acercarán al emperador lo suficiente. Creo que unos tres o cuatro metros. Será el momento de disparar contra el robot esta arma, que no es más que un disgregador molecular. Los efectos serán radicales. Todo el mundo verá que es un robot, no un ser humano. Entonces nadie podrá matarle, señor Bertram. Yo intervendré como pariente más allegado al emperador y pondré las cartas al descubierto sobre la mesa.
—Entonces yo no seré ejecutado…
—No. Por el contrario, el pueblo de Ornax agradecerá su intervención. Podrá salir de la capital del Imperio… con su millón de créditos.
—Y usted será coronada emperatriz, ¿no? —preguntó con sorna.
—Es posible. Digamos que seguramente. Pero no ambiciono el cargo. Solo quiero evitar una guerra estúpida que está planeando el mariscal Rabz como jefe supremo de los ejércitos imperiales. Será castigado y Ornax nunca atacará la Federación Lateral.
—¿Por qué la Federación Lateral?
—Es el paso inevitable para alcanzar los planetas de la República Terrestre. Los mundos que forman la Federación Lateral son aliados de la Tierra y esta no quiere verse inmiscuida en un conflicto que se desarrolle tan lejos de sus bases.
—¿Quiere decir que usted está en combinación con la Tierra?
—No exactamente. Pero conozco sus intenciones y yo, como ella, deseo la paz.
—Alguna vez leí que en los mundos de Ornax la gente no es muy feliz… —se atrevió Ward a insinuar.
—Eso sucede últimamente. Pero es consecuencia de la política de rearme llevada a cabo por iniciativa de Rabz. Mientras el poder militar aumenta el pueblo se empobrece. Pero el pueblo ama a su emperador. Cierto que sufrirá una especie de trauma cuando conozca la verdad, pero confío que yo pueda hacerles olvidar a mi hermano. Estoy segura de ello.
Eard suspiró.
Contempló la belleza de Aimarla y lamentó que la distancia entre ellos resultase tan abismal.
Se encogió de hombros y dijo:
—De acuerdo. Haré lo que usted desea. Es muy diferente disparar contra un robot. Pero…
—¿Alguna duda?
—Si. Tengo que representar al embajador Evergren de la Tierra. ¿Cómo podré hacerlo?
—Disponemos de todos los datos de Evergren, señor Bertram. Nuestra próxima parada será un planeta, exactamente Tránsito Tres, en donde nuestros agentes le tienen secuestrado. El tiempo que tardemos en llegar allí usted lo empleará en estudiar la forma de actuar de Evergren. A bordo disponemos de todos los datos suficientes. Quiero que ensaye hasta que consiga un rostro exacto al de Evergren.
—Recuerde que mi tiempo de cambio facial es limitado…
—Serán suficientes cinco horas.
Ward asintió. Parecía que la mujer lo tenía todo pensado.
—¿Por qué precisamente el embajador Terrestre?
—Yo no odio a la Tierra como ocurre en algunos lugares de la Galaxia, señor Bertram. Aunque muchos lo duden, yo sé que de allí partieron nuestros antepasados, que todos los humanos descendemos de terrestres. Espero que el pueblo de Ornax agradezca a la Tierra, a la República que representa, el hecho de haber desenmascarado al usurpador. Además, por la importancia diplomática de Evergren, este podrá pasar ante los controles imperiales. Su arma no podrá ser requisada porque siempre el embajador terrestre ha disfrutado del privilegio de portar armas incluso ante el emperador.
Ella calló, quedándose mirando a Ward expectante.
—Está bien —asintió él—. Estoy dispuesto a colaborar.
—Sabía que la oferta de un millón de créditos sería tentadora para usted, señor Bertram —sonrió la princesa.
Pero Ward hubiera hecho lo que le pedía sin recibir nada a cambio. Le habría bastado una mirada de agradecimiento de Aimarla.
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