El invierno de la Corona
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Jose Luis Corral
El invierno de la Corona
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CAPÍTULO 1
Barcelona, 11 de octubre de 1377
Doña Sibila aspiró el aroma a incienso que inundaba la capilla del palacio Mayor, que ella misma había ordenado decorar con jarrones de rosas rojas y amarillas, y cerró los ojos pausadamente. En un rincón de la nave sonaba una melodía monorrítmica en un órgano, un arpa y un laúd, y un coro polifónico de frailes del monasterio de Ripoll entonaba un kyrie. En sus delicados labios, bien perfilados con carmín, se dibujó una sonrisa de triunfo; miró al rey don Pedro y se volvió hacia los asistentes a la ceremonia con orgullo: al fin era esposa legítima.
Durante los dos últimos años había sido la amante del rey, pero con la boda abandonaba su condición de concubina para convertirse en reina.
Desde que quedara viuda del noble aragonés don Artal de Foces, Sibila de Forcia había despertado el interés del rey, y cuando la reina murió, la bella dama ampurdanesa no dudó ni un instante en acudir corriendo a sumergirse entre las sábanas de lino de su rey. Convertida en barragana real, Sibila tejió en torno a su obnubilado amante una verdadera red de pasiones y deseos ante la que don Pedro sucumbió como lo hubiera hecho un joven enamorado; quedó encinta del rey y dio a luz una hija a la que llamaron Isabel. Poco después, a comienzos de 1377, se traslado al palacio Mayor de Barcelona, donde cohabitó con el rey a los ojos de toda la corte como si fuera su esposa, e incluso gozó de una asignación oficial. En septiembre nació su segundo hijo; le pusieron de nombre Alfonso, como el padre del rey, pero sólo vivió un día. Fue entonces cuando Sibila se cansó de su situación como concubina y pidió a don Pedro que la hiciera su esposa. El rey apenas podía resistir uno solo de los deseos de su amante y, pese a la oposición de sus hijos, que veían en la ampurdanesa una rival para sus intereses, anunció su compromiso matrimonial con doña Sibila.
Éste era el cuarto matrimonio de don Pedro, rey de Aragón y conde de Barcelona. Los anteriores se habían celebrado por conveniencia política. El primero, hacía ya casi cuarenta años, con María, hija del rey de Navarra, que murió de parto. El segundo, con Leonor, hija del rey de Portugal, a quien se llevó la gran peste. Y del tercero, con la también Leonor, hija del rey de Sicilia, nacieron el príncipe Juan, el heredero, y el infante don Martín. Los intereses políticos de la Corona habían condicionado los tres
primeros matrimonios del rey, siempre atento a la salvaguarda de sus derechos dinásticos. Don Pedro sabía que enfilaba el último tramo de su vida, estaba próximo a los sesenta años, una edad en la que un hombre no puede esperar otra cosa de la vida que la propia muerte. Su cuarto matrimonio era el único por amor, o por pasión, pues ninguna mujer hasta entonces había logrado despertar una atracción semejante en el ceremonioso monarca aragonés. Poco antes de este enlace real había muerto el rey de Sicilia don Fadrique, y, entre los preparativos de la ceremonia nupcial, don Pedro no dejó de interesarse por la situación política de esa isla. María, hija de don Fadrique, había sido proclamada reina de Sicilia pero don Pedro no la reconocía como soberana. Argüía el testamento de don Fadrique en el que, en virtud de la ley sálica, se prohibía reinar a las mujeres. El propio don Pedro se consideraba el legítimo heredero de Sicilia, pues no en vano había estado casado con Leonor, también hija de don Fadrique, y era además bisnieto de Pedro el Grande, quien en 1282 conquistara la isla.
Jerónimo de Santa Pau, sentado en uno de los bancos asignados a los altos funcionarios de la corte, asistía a la ceremonia nupcial como a una más de las obligaciones que su cargo de notario real conllevaba. Hijo y nieto de notarios, había nacido en el seno de una familia muy allegada a la casa real. Uno de sus antepasados se había convertido al cristianismo en tiempos del gran Jaime I: los Santa Pau eran conversos. De generación en generación, la religión de los judíos se transmitió de padres a hijos de manera ininterrumpida hasta que don Jaime conquistó el reino de Mallorca y lo incorporó a sus dominios. Desde que se tenía noticia, los Salamó habían vivido dedicados al comercio del oro con Oriente, pero tras la conquista de Mallorca uno de los Salamó pasó al servicio del rey de Aragón, que lo nombró consejero y miembro permanente de su curia y lo distinguió con privilegios y mercedes. Yuce Salamó no tardó en abandonar las viejas creencias de la familia, que él nunca había practicado con la devoción de un buen hebreo, y abjuró de la fe de sus mayores para ser bautizado; el propio don Jaime asistió a su bautizo y ofició como padrino.
Salamó trocó entonces su apellido judío por el de Santa Pau y, para evitar las críticas de algunos familiares que se mantenían fieles a la ley de Moisés, abandonó Mallorca y emigró a Barcelona, donde fue nombrado notario de la Cancillería Real. Desde entonces, hacía ya casi siglo y medio, los Santa
Pau habían permanecido leales a los reyes de Aragón, siempre a su servicio como notarios y secretarios en la corte de Barcelona.
Jerónimo era hijo único de Joan de Santa Pau, quien hacía apenas dos años había dejado, a causa de su edad y de sus achaques, su cargo de secretario real. Don Pedro, agradecido por los servicios del padre, había nombrado a su hijo para substituirlo en el oficio; hasta entonces el joven Santa Pau había trabajado como agente especial en diversas misiones diplomáticas, y se convirtió en el máximo experto en relaciones mediterráneas de la Corona. A fines de ese año del Señor de 1377 tenía veintinueve años. Su fecha de nacimiento no era difícil de olvidar, pues en 1348 se produjo la gran mortandad. Fue en esa aciaga data cuando la pestilencia se extendió por todo el orbe causando millones de muertos; fallecieron dos quintas partes de la población de Europa y desde entonces, periódicamente, nuevos brotes de peste asolaron la cristiandad lo que, unido a las guerras y a las hambres, parecía anunciar que el fin del mundo estaba cerca.
–Fijaos en los ojos de Sibila, brillan con la codicia del mercader que intuye un negocio fabuloso -le susurró al oído el Canciller, jefe de la Cancillería Real y superior inmediato de Santa Pau.
Doña Sibila de Forcia acababa de dibujar su más sutil sonrisa cuando, ante el obispo de Barcelona, don Pedro aceptó a la dama ampurdanesa como esposa legítima «hasta el final de mis días».
La ciudad de Barcelona se había despertado aquel domingo con el sonido de las campanas que anunciaban la boda real. La ceremonia no se celebró en la catedral, como la ocasión hubiera requerido, sino en la intimidad de la capilla del palacio Mayor. El volteo se incrementó cuando a mediodía los dos nuevos esposos salieron de la capilla y se dirigieron hacia el contiguo salón del Tinell, donde se serviría el banquete de bodas. El Canciller y Jerónimo de Santa Pau caminaban tras la comitiva. Los dos altos funcionarios sabían que Sibila no era una mujer desestimable.
–La ampurdanesa no es instruida, ni siquiera sabe leer, pero es una de esas raras mujeres que unen a su belleza un encanto y un atractivo naturales. Ha sabido emplear todas sus armas para ganarse al rey.
Deberemos estar atentos o no tardará en gobernar por sí misma -dijo el Canciller.
–El rey nunca ha permitido que nadie lo haga por él; no creo que ahora lo consienta -replicó Jerónimo de Santa Pau.
–Esta mujer es bien distinta a sus tres esposas anteriores. El rey es un hombre mayor, un anciano, y si no lo impedimos será Sibila quien disponga de estos reinos. Logró engatusar a su majestad rechazando sus proposiciones, pero siempre dejando una puerta abierta, lo que no hizo sino incrementar los deseos de don Pedro hacia ella. A los pocos días de la muerte de doña Leonor de Sicilia, la ampurdanesa ya estaba calentando la cama del rey, quien desde entonces no ha cesado de hacerle valiosos regalos.
–Todo amante suele corresponder a su amada con aquellos presentes que más le agradan -replicó Santa Pau.
–Así es y así ha sido, pero recordad el episodio de las andas.
–No sé a qué os referís.
–Cuando la reina Leonor murió en Lérida, las andas con las que ella siempre viajaba quedaron allí. El rey le compró a Sibila una mula blanca que costó nada menos que ciento cuarenta florines. Lo recuerdo muy bien porque fui yo quien encargó buscar y pagar esa mula. Pero cuando se la entregaron, dijo que no le gustaban las andas que portaba. ¡Caprichosa mujer!; eran unas andas que adquirimos a uno de los mejores guarnicioneros de Vic. Pero no, ella quería unas especiales, las que había dejado la reina Leonor en Lérida al morir. Se lo pidió al rey con la excusa de que estaba embarazada y de que aquellas andas eran las más apropiadas para su estado.
»Y tanto es así -continuó musitando el Canciller a Santa Pau- que envié a uno de mis ayudantes camino de Lérida en busca de las andas de doña Leonor para colocarlas sobre la mula blanca de doña Sibila. Aquellos días yo acompañaba al rey y con nosotros venía doña Sibila, que al llegar a Monzón se empeñó en que le trajeran las andas de doña Leonor que, según decía, eran las únicas que le permitirían cabalgar sobre la mula sin fatigarse.
Bien sé que lo único que pretendía era demostrarnos a todos que era digna de montar sobre las andas de una reina.
–Tal vez estuviera enferma de veras -alegó Jerónimo.
–No conocéis a esa mujer. Habéis estado más de un año fuera de la corte atendiendo vuestra misión en Cerdeña; desde que os fuisteis han empeorado muchas cosas en el entorno del rey, y Sibila es la causante de ello.
–Veo que no la apreciáis demasiado.
–Si cuando tan sólo era su amante, don Pedro le concedió una renta de dos mil florines sobre los impuestos de la villa de Alcira, imaginad qué no le dará ahora que es su esposa.
El Canciller era uno de los funcionarios más apreciados por el rey. Tenía sesenta años y había dedicado toda su vida al servicio de la Corona, siempre velando por los intereses de la Monarquía. Era un hombre de baja estatura y bastante grueso, con muy poco pelo y todo cano. Hábil diplomático y experto político, don Pedro requería siempre sus consejos debido a su extraordinaria experiencia y a sus amplios conocimientos jurídicos y diplomáticos. Santa Pau también lo estimaba mucho, pues desde que entró a trabajar a sus órdenes lo había protegido y promovido.
El cortejo penetró en el salón del Tinell entre banderas, a franjas rojas y amarillas, de los soberanos de Aragón y Barcelona, siguiendo el rígido protocolo establecido en el ceremonial que don Pedro dictara en el año 1353. Desde las paredes, las figuras de las pinturas al fresco parecían fijar sus fríos ojos en doña Sibila. Ante las pocas decenas de personas invitadas al banquete de bodas de don Pedro y doña Sibila, sólo asistían los condes de Pallars y de Prades de entre la alta nobleza, la bella dama ampurdanesa vestía sus encantos con ricos paños de seda y oro de Berbería y los enjoyaba con collares de perlas y esmeraldas, encantos que lograron rendir al mismísimo rey de Aragón. En el centro del salón, sobre una gran mesa, destacaba, por su vistosidad, un enorme pavo real asado con las plumas de su propia cola desplegadas.
Barcelona, principios de enero de 1378
Las botas de cuero que acababa de adquirir en una zapatería de la plaza de la Lana le apretaban un poco, pero no tenía tiempo para ir a casa y ponerse otras más cómodas. Jerónimo de Santa Pau recibió la orden de presentarse inmediatamente ante el Canciller. El mensajero lo había encontrado probándose el calzado y Jerónimo aceleró su compra sin reparar en que le estaban pequeñas; su criado regresó a casa con las usadas en tanto Santa Pau se dirigió presuroso hacia la Cancillería. Aquella mañana hacía un frío de mil demonios y es probable que los pies, al calentarse dentro de las botas de piel forradas de fieltro, se hubieran hinchado un poco, lo suficiente como para sentirse incómodo con su calzado nuevo. Santa Pau atravesó a toda prisa la calle que bordeaba la catedral, intentando olvidar las
apreturas de sus pies, y entró en la cancillería, donde había trabajado desde muy joven y hasta que fue enviado a resolver unos asuntos a la siempre inquieta Cerdeña.
–Pasad, Jerónimo, pasad.
–Canciller, me alegra veros de nuevo.
–Os preguntaréis el porqué de tan urgente llamada. Le he dicho al mensajero que os hiciera venir sin dilación. Sé que merecéis un descanso, pero este asunto es de una trascendencia que no admite demora.
El Canciller se levantó de su asiento y se acercó a un armario de madera con puertas talladas. Lo abrió, extrajo un pergamino enrollado, le quitó la cinta roja que lo sujetaba y lo desplegó.
–¿De qué se trata? – preguntó Santa Pau.
–Es un informe de nuestro agente en Alejandría. Hace unos meses detectamos ciertos movimientos de algunos mercaderes barceloneses, y al fin hemos logrado descubrir sus planes; son sorprendentes: varios comerciantes, entre los que se encuentran algunos de los más influyentes de esta ciudad, están empeñados en lograr que su majestad convoque a sus subditos a una nueva cruzada contra el islam.
–Desde la toma de Algeciras no se ha vuelto a combatir contra los musulmanes.
–No, no; no me habéis entendido. No se trata de una cruzada contra los musulmanes de Granada, sino contra los que ocupan Tierra Santa -
puntualizó el Canciller.
–¿Estáis de broma? – objetó Santa Pau.
–Ni mucho menos. Varios ricos mercaderes pretenden convencer al rey para que conquiste los Santos Lugares y establezca una cabeza de puente en Asia, para desde allí controlar el comercio con Oriente.
–Deben de estar locos.
–No creo; los ciega el afán por obtener oro.
–Bien, si sabéis quiénes son, será fácil desarticular esa trama.
–En absoluto.
–¿Quién lo impide? – preguntó Santa Pau.
–La reina.
–¿Doña Sibila?
–Sí, la Forciana; ejerce una enorme influencia sobre nuestro rey.
–¿Y qué tiene que ver ella en esto?
–Los mercaderes la han convencido para que influya ante el rey y los ayude a lograr sus propósitos. Han halagado sus oídos con ciertas profecías que predicen que un rey cristiano gobernará de nuevo Jerusalén, quieren hacer creer a don Pedro que él es el elegido por Dios para recuperar la Ciudad Santa para la cristiandad, y le han prometido a la reina ayuda en la pugna que mantiene con sus hijastros, el príncipe don Juan y el infante don Martín.
–¿Y no hay manera de persuadir al rey para evitar el desastre?
–Lo he intentado, incluso aludiendo a su carta astral en la que tanto cree, pero de nada sirve. En cuanto le digo algo que no aprueba la reina, me ordena silencio y cambia de conversación; no creo que se atreva a contradecir a su bella y joven esposa.
–Esa cruzada sería una catástrofe -afirmó Jerónimo de Santa Pau.
–Más que eso, podría suponer el final de la Corona. Francia y el papa están haciendo todo lo posible para que nuestro rey no frene sus ansias expansionistas en el Mediterráneo. Genova espera su oportunidad y busca la revancha de sus recientes derrotas, e incluso Venecia, pese a ser nuestra aliada, no dudaría en aprovechar la mínima muestra de debilidad por nuestra parte para acrecentar su presencia comercial en el Mediterráneo oriental.
El Canciller extendió el pergamino sobre la mesa, sujetó los extremos con sendos tinteros de cerámica vidriada en azul y verde y leyó el informe del agente real en Alejandría:
En el nombre de Dios. Anteayer, primer día antes de las calendas del mes de diciembre del año de Nuestro Señor de mil trescientos setenta y siete, arribó al puerto de Alejandría una nave procedente de Barcelona. En ella han viajado dos mercaderes que se hacen llamar micer Joan de Centelles y micer Marimón de Plegamans, ciudadanos honrados de la ciudad de Barcelona. Esa misma tarde fueron recibidos por nuestro cónsul en Alejandría, con quien estuvieron hablando hasta la puesta de sol. No he podido averiguar de qué conversaron, pero creo que siguen adelante con sus planes sobre la cruzada a Tierra Santa. A la mañana siguiente un mercader sirio subió a bordo de la nave portando un gran cofre. Un criado de los comerciantes me ha informado, a cambio de un puñado de monedas, que dicho cofre contiene un cáliz de piedra, y que pudo oír con claridad cómo sus amos decían que aquel cáliz era el que usó Jesucristo en la Ultima Cena.
De momento esto es cuanto sé. En esta ciudad cada hombre es un espía, aunque no se sepa para quién trabaja; muchos, incluso, lo hacen para dos o tres señores a la vez. Intentaré obtener nueva información, pero para ello necesito más dinero. Los cien florines que me enviasteis en el último navio se están agotando, y aquí nada puede lograrse sin un puñado de monedas.
Por otra parte, los genoveses están muy activos. Creo que la república de Genova está preparando algún asunto de importancia, pues en las últimas semanas he visto cómo embarcaban una gran cantidad de trigo y aceite en sus mercantes. No me extrañaría que estuvieran pertrechándose para una guerra a gran escala.
Os volveré a informar en una próxima carta; entre tanto, no dejéis de enviar dinero.
El Canciller recogió el pergamino de encima de la mesa y miró a Jerónimo con una expresión aparentemente incauta.
–¿Cuándo ha llegado esa carta? – preguntó Jerónimo.
–Ayer tarde, en una galera procedente de Alejandría.
–Hace ya casi dos meses que fue escrita.
–Nuestra galera ha navegado lo más rápido que le ha sido posible, desafiando al mar pese al invierno -apostilló el Canciller.
–Y bien, ¿qué esperáis de mí? – preguntó Santa Pau.
–Que me ayudéis a desarticular esa trama. El rey no debe convocar ninguna cruzada, está en juego el futuro de la Corona. En cuanto sea posible partiréis hacia Venecia; es nuestra tradicional aliada. Allí deberéis convencer al dogo para sellar una gran alianza que declare la guerra definitiva contra Genova. Tened mucho cuidado, pues las orillas del Mediterráneo están llenas de agentes enemigos. Si os descubren, sois hombre muerto. Viajaréis con identidad falsa: os llamaréis Jerónimo de Santa Fe, mercader castellano especializado en lana. Os acompañará uno de mis nuevos ayudantes, que será vuestro secretario.
El Canciller hizo sonar una campanilla y momentos después entró en la estancia un hombre cercano a la treintena.
–Os presento a Romeu Crespiá. El recién llegado saludó con una leve inclinación de cabeza a Jerónimo.
–Me alegra conoceros; vuestro prestigio es muy grande -dijo Romeu.
Jerónimo de Santa Pau ladeó la cabeza en respuesta al saludo de Crespiá.
–Sentaos, tenemos mucho de que hablar -indicó el Canciller.
Romeu Crespiá descendía de una familia de cristianos viejos establecida en Barcelona trescientos años atrás. Hijo de un funcionario real de segunda fila, inició su carrera administrativa como correo, para ser luego copista de los documentos expedidos por la Cancillería en los registros del Archivo Real. No destacaba por ninguna especial habilidad; había sido elegido para esta embajada por su discreción y por su físico. Su pelo rojizo y ensortijado, su piel blanca y lechosa moteada con algunas pecas pardas, sus dientes separados y su nariz larga y afilada le conferían un aspecto de difícil clasificación, de tal modo que igual podía pasar por franco que por genovés, veneciano o incluso normando. Era el contrapunto perfecto a Jerónimo de Santa Pau. El notario real era un hombre de mediana estatura, con un rostro de facciones duras y acusadas, barbilla cuadrada y nariz grande y gruesa que dotaba a su rostro de una marcada personalidad. Su pelo castaño claro estaba ligeramente rizado, y presentaba unas incipientes entradas en las sienes. Lo llevaba siempre muy corto, lo que unido a su inmaculado rasurado le confería una manifiesta pulcritud. Su complexión fuerte y sus miembros bien proporcionados lo distinguían con tal porte que más parecía un noble que un funcionario.
–En Venecia os recibirá uno de nuestros agentes; su nombre es Antic Titó. Podéis confiar plenamente en él. Tiene muy buenos contactos y su ayuda os será muy útil. Conoce a la perfección la Ciudad de los Canales.
Sois afortunados; yo siempre quise visitar Venecia, pero me temo que mis deseos ya no podrán cumplirse.
»Vuestra misión consistirá en lograr que los venecianos distraigan a la armada genovesa mediante ataques combinados a sus barcos y a sus colonias en el Mediterráneo oriental; entre tanto, nuestras galeras acosarán a las naves genovesas en el Mediterráneo occidental. Si todo marcha conforme al plan previsto, el poderío genovés quedará tan debilitado que no tendremos ningún problema para asentar nuestro dominio en Cerdeña y recuperar Sicilia y Córcega. Una vez logrados estos objetivos, nos repartiremos con los venecianos las posesiones genovesas en Oriente, y seremos la primera potencia del Mediterráneo sin necesidad de suicidarnos en una cruzada -concluyó orgulloso el Canciller.
–Observo que vuestros objetivos coinciden con los de los comerciantes a los que consideráis enemigos -intervino Santa Pau.
–Los fines son parecidos, pero no los medios, ni la estrategia. Si triunfa el plan de los comerciantes, estamos abocados al fracaso. No es posible conquistar Jerusalén y retenerla sin antes asentar las bases de un sólido imperio en el mar. Eso mismo ya se intentó en los siglos pasados mediante desdichadas cruzadas que para nada han servido. En las guerras de Tierra Santa murieron los mejores caballeros de la cristiandad y, pese a ello, Jerusalén continúa en manos de los musulmanes. Es preciso seguir otra táctica, la que yo llamo del «paso a paso». Estamos jugando una gigantesca partida de ajedrez en la que cada ficha tiene una importancia vital. Si queremos dar jaque mate al dominio sarraceno sobre Jerusalén, es preciso acabar antes con las piezas que lo protegen. Para ganar la partida hemos de jugar «paso a paso». Enfrente no tenemos a un inexperto jugador, sino a toda una constelación de campeones. Un ataque masivo con todas nuestras piezas sería una inmolación. Sólo podremos vencer empleando la inteligencia y la astucia.
–Vuestro plan es muy ambicioso -intervino Santa Pau.
–No es mi plan; es el del rey -puntualizó el Canciller.
Mar Mediterráneo, marzo de 1378
Un húmedo viento del noroeste henchía las velas listadas de la Santa Eulalia. Jerónimo de Santa Pau y Romeu Crespiá observaban desde la cubierta de la galera las maniobras de partida. La Santa Eulalia era una de las naves armadas por la ciudad de Barcelona.
–Nos espera un viaje peligroso -comentó Santa Pau.
–Nunca antes he navegado -musitó Crespiá un tanto amedrentado.
Santa Pau suspiró abnegado.
Los remeros hundieron los remos en el agua y a una señal del timonel ciaron con fuerza. El capitán de la galera, un mallorquín en otros tiempos corsario en las costas del norte de África, dirigió la nave con maestría entre los bajíos del puerto y la Santa Eulalia no tardó en encarar el mar abierto.
–¿Cuánto tiempo tardaremos en arribar a Venecia? – preguntó Santa Pau al capitán.
–Si tenemos viento favorable y no encontramos sorpresas desagradables, unas cuatro semanas, tal vez cinco. Esta galera es muy rápida, no en vano es un navio de guerra. Sólo nos retrasaríamos si nos topáramos con la Gigante.
–¿La Gigante? – preguntó Crespiá.
–Sí, la Gigante. Bueno, ése es el nombre que le damos los marinos; en realidad se llama la Bechignana y es la mayor galera jamás construida. Es un navio genovés de tres puentes con una tripulación de más de trescientos hombres. Siempre navega escoltada por varias galeras de guerra armadas con cañones, bombardas y trabuquetas. Los venecianos la temen más que al diablo. Hace tiempo que Aragón y Venecia desean hundirla, pero todavía no lo han conseguido.
–¿Vos la habéis visto? – preguntó Santa Pau.
–No, ni lo deseo. Si eso ocurriera en alta mar, tal vez fuera lo último que contemplaran mis ojos -respondió el capitán-; ya ha hundido al menos una docena de naves venecianas.
Romeu Crespiá se inclinó sobre la baranda; sus miembros desgarbados y sus grandes manos y pies parecían entenas de una nave desarbolada por la tormenta.
–¿Qué te ocurre, Romeu? No tienes muy buen aspecto -le dijo Santa Pau.
–Este maldito barco, señor, no deja de moverse de un lado a otro. Siento la cabeza como la piel de un tambor y el estómago a punto de salírseme por la boca.
–Pues hazlo por la borda, no quiero que tus tripas queden esparcidas por toda la cubierta -gritó el capitán.
Si algo faltaba para provocar el vómito de Crespiá, las palabras del capitán fueron el detonante. El ayudante de Santa Pau se. abocó sobre la borda y vertió al mar la última comida entre estertores y convulsiones que provocaron la hilaridad de la tripulación.
–Vuestro ayudante no parece muy ducho en viajes marítimos -intervino el capitán.
–No lo es. Hasta esta ocasión no había salido de nuestras oficinas en Barcelona, pero ya era hora de que se iniciara en alguna travesía. Puede que nunca llegue a ser un buen marinero, pero es un excelente contable y sabe llevar al día los cuadernos de cuentas como nadie -terció Santa Pau.
El capitán esbozó una sonrisa e ironizó:
–Espero que vuestros negocios en Venecia tengan más éxito que vuestro ayudante como marinero.
Hicieron escala en Mallorca y sin apenas dilación pusieron rumbo a Cerdeña.
–Atracaremos en Alguer, es el puerto más seguro para las naves barcelonesas -aseguró Santa Pau.
–¿Conocéis Cerdeña? – preguntó el capitán.
–Sí, muy bien. He pasado algún tiempo en la isla.
En Alguer repostaron agua fresca, carne salada y pan. Habían transcurrido varios días desde que salieran de Barcelona y siguieron adelante sin contratiempo alguno.
–Todo marcha conforme lo previsto. No hemos avistado ninguna nave genovesa -aseguró Santa Pau.
–No os confiéis. Los genoveses son como los buhos: nunca se ven, pero siempre están ahí -dijo el capitán.
–Me parece que los admiráis.
–Son excelentes marinos y magníficos comerciantes. He combatido contra ellos en algunas ocasiones y he podido comprobar su valor y su arrojo. Si los hemos derrotado ha sido gracias a nuestro pacto con Venecia.
Aragón y Venecia juntos forman una alianza formidable.
Uno de los puntos críticos del viaje era la travesía del estrecho de Mesina, entre Sicilia e Italia. La galera lo atravesó sin dificultades y bordeó el sur de Italia hasta penetrar en el Adriático. A la altura de Bari los abordaron dos galeras de guerra venecianas que patrullaban la entrada del que, no sin razón, consideraban su mar. La Santa Eulalia navegaba enarbolando el estandarte cuatribarrado del rey de Aragón, pero los venecianos, acostumbrados a todo tipo de estratagemas, decidieron inspeccionarla. Varios soldados subieron a la Santa Eulalia y recorrieron sus bodegas y sus dos puentes. El que mandaba la guardia examinó los documentos que portaba el capitán mallorquín y, tras comprobar que su salvoconducto estaba en regla, le permitió seguir adelante.
La Santa Eulalia bordeó la orilla oriental del Adriático entre miles de islas frente a una costa escarpada y bajo un cielo gris plomizo. Tras varios días bogando al norte llegaron a Venecia. La capital de la señoría de San Marcos tenía más de cien mil habitantes y era la mayor ciudad de la cristiandad. Construida sobre unas islas, dentro de una laguna abierta al mar por una estrecha embocadura, su situación le confería un carácter único.
–¡Ahí está! – exclamó el capitán mallorquín-. No hay en el mundo ninguna ciudad como ésta para los negocios y para el amor.
La Santa Eulalia penetró en la Laguna por la angosta embocadura abierta en la franja alargada de tierra que llamaban el Lido. La iglesia de San Nicolás quedó a su izquierda y frente a ellos, entre una leve bruma, se desveló Venecia. Mediante las señales que todos los marineros conocían, la galera catalana fue dirigida hacia el puerto del Arsenal, junto a la pequeña isla donde estaban el castillo y la iglesia de San Pedro. Los marineros se pusieron de inmediato manos a la obra y lanzaron los orinques a tierra. La galera quedó anclada en el puerto donde fondeaban todas las naves extranjeras que arribaban a Venecia.
–Hemos llegado, don Jerónimo -comentó alegre el capitán.
–Espero despachar mis asuntos en tres semanas, después regresaremos a Barcelona -dijo Santa Pau.
–Estupendo, aprovecharemos para hacer algunas reparaciones en la nave. Es preciso calafatear todo el casco y ajustar algunas piezas de la quilla. Los mástiles y las velas también necesitan de ciertos remiendos.
–En ese caso poneos manos a la obra.
Venecia, abril de 1378
Jerónimo de Santa Pau y Romeu Crespiá se dirigieron hacia la Fonda de los Alemanes. Era allí donde debían reunirse con su contacto en Venecia.
Los dos catalanes entraron en la posada y pidieron una habitación. El hospedero era un hombre orondo que hacía años regentaba una de las más afamadas casas de huéspedes de toda Venecia. La llamaban la Fonda de los Alemanes porque eran muchos los mercaderes de esa nación los que la elegían para su estancia en Venecia.
–Sed bienvenidos a mi humilde establecimiento, caballeros. ¿En qué puedo serviros? – los saludó el posadero en el dialecto veneciano.
–Necesitamos cama y comida para tres semanas -contestó Jerónimo de Santa Pau usando palabras de varios idiomas, una especie de jerga en la que más o menos se entendía todo el mundo en el Mediterráneo.
–Habéis elegido el lugar ideal; esta fonda es la mejor de Venecia, en ninguna otra encontraréis camas más limpias ni comida más abundante y sabrosa que aquí.
Los dos marineros que portaban el equipaje dejaron los bultos en la habitación que se les indicó y, tras recibir unas monedas de Jerónimo, se marcharon.
–Espero que ese Antic Tito dé pronto señales de vida. Sin él nada podemos hacer -dijo Jerónimo cuando quedaron solos en la habitación.
–¿Sabéis cómo ha de ponerse en contacto con nosotros?
–No, no hay ninguna clave establecida. El Canciller me aseguró que Tito sabría quiénes somos y cómo encontrarnos. Debemos aguardar a que aparezca. Las únicas instrucciones son que nos instalemos en esta fonda y esperemos. Entre tanto, cumpliremos con las apariencias; esta misma tarde iremos a las oficinas de banqueros y cambistas que están junto a la iglesia de San Juan de Rialto, justo allá enfrente, al otro lado del Gran Canal.
Santa Pau, acercándose a la ventana de la estancia que daba justo sobre el Gran Canal, señaló el amplio brazo de agua que separa las dos islas mayores que configuran Venecia.
–¿Conocéis la ciudad? – preguntó extrañado Crespiá.
–No, jamás hasta hoy había estado aquí, pero he aprendido de memoria unos planos que me proporcionó el Canciller; nunca inicio una misión sin saber cómo es el terreno que piso. Y ahora vayamos a comer, tengo el estómago vacío y necesito un buen almuerzo. Comprobemos si lo que ha prometido el hostelero es cierto.
Bajaron al comedor y se sentaron a una de las mesas. Más de la mitad estaban ocupadas por mercaderes procedentes sobre todo del centro y del norte de Europa, de pelo claro y ojos azules. Santa Pau y Crespiá pasaron inadvertidos; en aquella fonda, en la que iban y venían tantas gentes, nadie reparaba en nadie.
–Tenemos unos deliciosos tallarines con nata y pimienta -les propuso una robusta mujer que cubría sus rubios cabellos con una pañoleta roja y su vestido con un delantal a rayas azules y blancas.
–¿Tallarines? – repitió Crespiá no muy seguro de lo que había entendido.
–Sí, tallarines, pasta veneciana con nata, ¿comprendéis? – insistió la mujer.
–He entendido tallarines, ¿qué es eso? – inquirió Crespiá a Santa Pau.
–Se trata de una pasta seca de trigo que después se cuece con leche. Es una comida que Marco Polo trajo de su viaje a China. De acuerdo, comeremos tallarines y pescado frito -le pidió Santa Pau a la mujer, que acostumbrada a oír diversas lenguas extranjeras no tuvo ninguna dificultad en entenderlo.
–¿Habéis leído el famoso libro de Marco Polo? – preguntó Crespiá.
–Sí, un par de veces; me interesa mucho Oriente, allí he aprendido que, aunque los europeos nos creemos el centro del mundo, sólo somos un pequeño apéndice en su extremo occidental.
Centenares de personas se arremolinaban alrededor de la iglesia de San Juan de Rialto, en cuyas inmediaciones se agrupaban las oficinas de los cambistas. Jerónimo de Santa Pau se dirigió a una de ellas y depositó sobre la mesa una bolsa con florines de Florencia y blancas de plata castellanas.
El cambista observó con detenimiento cada una de las monedas, comprobó al peso su valor y certificó su autenticidad.
–Perdonad tanta cautela, pero en los últimos tiempos son muchos los que falsifican moneda. No podemos arriesgarnos a efectuar un cambio sin antes establecer las oportunas verificaciones -se excusó el tasador.
–Lo comprendo; en mi país, en Castilla, también abundan los falsificadores.
–¿Sois castellano? – preguntó el cambista.
–De Valladolid, la más noble tierra del mundo.
–No son muchos los castellanos que se acercan hasta Venecia, hace tiempo que no hablaba con alguien de vuestra nación.
–Eso se debe a que Castilla y Aragón han estado en guerra hasta hace pocos años. Ahora nos mantenemos en paz y los castellanos hemos vuelto a comerciar en el Mediterráneo -alegó Santa Pau.
–En ese caso, ¿habéis venido hasta Venecia por negocios?
–En efecto, represento a una compañía lanera que desea fabricar paños con la excelente lana castellana. Es en Italia donde se tejen los mejores paños, y mi misión consiste en aprender las técnicas de hilado para implantarlas en Castilla. Hasta ahora nos hemos dedicado a exportar lana a Flandes, pero queremos fabricar telas; ese negocio es más rentable.
–Deberíais ir a Florencia, que es la ciudad italiana donde se tejen los mejores paños, aunque los viajeros que llegan de allí aseguran que la situación anda muy revuelta y cunde el malestar entre las gentes que trabajan en los telares y en las tintorerías. Espero que en Castilla os vayan las cosas bien, porque corren malos tiempos para los nuevos negocios en esta parte del mundo; la mismísima Florencia ha reducido su producción de paños a la mitad. Los turcos controlan todas las rutas de Oriente y los mercados de Venecia se resienten de ello; son varias las compañías que han
quebrado, y sin duda muchas más las que lo harán en los próximos años si nadie lo impide. Puedo ofreceros cuarenta ducados -continuó hablando el cambista que había seguido pesando las monedas mientras conversaban.
–¡En esa bolsa hay treinta florines y sesenta blancas de plata! – protestó Santa Pau aunque sin demasiada firmeza.
–Lo siento, es todo lo que puedo hacer, ya os he dicho que la situación es muy difícil.
Santa Pau recogió los cuarenta ducados y el recibo y salió de la oficina.
–Ese cambista es un usurero -alegó Crespiá-. No me extrañaría que fuera judío. ¡Oh!, perdonad, no he querido…
–No te excuses, Romeu. Es cierto que mis antepasados eran judíos, pero yo no lo soy. Además, no me parece justo asignar a todos los judíos un desmedido afán de lucro -alegó Santa Pau.
–Es lo que piensa la mayor parte de la gente -se justificó Crespiá.
–La gente muda de opinión con suma facilidad -asentó Santa Pau dando por zanjada la cuestión.
A la hora de la cena, la Fonda de los Alemanes estaba llena de comensales. Santa Pau y Crespiá degustaban un plato de pescado frito y legumbres guisadas, junto a la luz de una vela de cera que iluminaba la mesa de tablas de madera.
–Un poco salado, pero sabroso -observó Santa Pau.
–A mí me encanta la sal; no sabría comer sin ella -repuso Crespiá.
–¿El señor Jerónimo de Santa Fe? – preguntó un hombre enjuto de perfil aguzado y sombrío que, de manera sigilosa e inadvertida, se había colocado al lado de los dos catalanes.
–¿Quién pregunta por él? – demandó Santa Pau.
–Su honrado servidor Antic Tito.
Al oír el nombre del agente del rey de Aragón en Venecia, Santa Pau tensó sus músculos y miró alrededor. Por un momento creyó que en el comedor se había hecho un silencio absoluto y que todos los miraban, pero comprobó de un vistazo que todos los que ocupaban las otras mesas seguían enfrascados en sus conversaciones sin prestar la más mínima atención a los catalanes.
Santa Pau, más tranquilo tras la rápida comprobación visual, miró fijamente a aquel hombre y le preguntó:
–¿Sois vos don Antic Tito?
–Depende -contestó el extraño.
–¿De qué depende? – inquirió Santa Pau.
–De que vos seáis Jerónimo de Santa Fe.
–Sí, yo soy Jerónimo de Santa Fe, ciudadano de Valladolid, subdito de su majestad don Enrique de Castilla, y éste es Romeu Crespiá, mi ayudante.
–No parece un nombre castellano.
–No lo soy. Soy barcelonés, pero trabajo para don Jerónimo -repuso Crespiá.
–En ese caso, yo soy Antic Tito, cónsul en Venecia de su majestad el rey don Pedro de Aragón.
Santa Pau invitó a Tito a cenar, pero éste alegó que ya lo había hecho.
Esperó a que los dos catalanes acabaran el pescado y les propuso pasear por las calles de Venecia.
–Todas las paredes de las casas de esta ciudad tienen oídos -aseguró.
Los tres hombres salieron de la posada y enfilaron la calle de la Mercerie, la principal arteria peatonal de la Ciudad de los Canales. Tito les había dicho que cogieran sus capotes, pues aunque hacía algunos días que había entrado la primavera, los atardeceres en la Laguna eran muy húmedos y el frío todavía se dejaba sentir.
–Me alegra que hayáis arribado sin ningún contratiempo a Venecia.
Hace un par de semanas que el Canciller me comunicó vuestra pronta llegada a la ciudad, y me puso al corriente de los planes que tenéis encomendados y de vuestra falsa identidad. Mi misión consiste en abriros las puertas de los palacios de los miembros más influyentes en el Consejo Mayor, el principal órgano de gobierno de la Señoría, y lograr que os entrevistéis con el mismísimo dogo. El resto es cosa vuestra.
–¿Conocen esas personas mi verdadera identidad? – preguntó Santa Pau.
–No. Esperan a un enviado del rey de Aragón que se presentará con una propuesta.
–¿Y cómo saben que ese enviado no es un espía genovés?
–Lo saben, mi querido amigo, lo saben.
Una leve bruma comenzaba a adueñarse de las calles de Venecia. De vez en cuando el sonido metálico de una campanilla precedía al chocar de unos cascos sobre las losas del suelo que anunciaba la inminente presencia
de un jinete; los peatones sabían que debían apartarse a un lado so pena de ser atropellados.
–Dentro de un par de días os entrevistaréis con Luigi Pico; es el jefe de uno de los linajes más nobles y antiguos de Venecia. Su opinión es muy respetada en el Consejo Mayor y es además miembro del Senado. Este año preside la Quarantia, una institución delegada del Consejo Mayor para asuntos extranjeros. Entre tanto, no os alejéis demasiado de la posada y, sobre todo, no hagáis nada que pueda delataros, la discreción es norma fundamental en nuestro oficio.
Luigi Pico recibió a Jerónimo de Santa Pau en su palacio a orillas del Gran Canal, en el barrio de Dorsoduro, frente a la iglesia de Santa María Zobenigo. Era un edificio de piedra recubierta de cal teñida con pigmentos de color mostaza en cuya fachada principal, de tres plantas, se abrían varias ventanas de arcos apuntados trazados con mármol blanco.
–Uno de mis antepasados era judío, como los vuestros -dijo Luigi Pico sin dar ocasión a Santa Pau a presentarse.
–Todos mis antepasados lo eran -replicó Santa Pau, y miró asombrado a Tito, quien le había asegurado que su verdadera identidad era desconocida en Venecia.
Antic Tito se encogió de hombros y mostró un gesto de resignación.
–Sentaos, Santa Pau, y no receléis de Tito, no ha sido él quien me ha revelado vuestros orígenes. Seamos francos desde el principio: vuestro rey quiere reforzar la alianza de Aragón con Venecia y así quitar de en medio y para siempre a esos detestables genoveses. Yo y los ciudadanos que represento pretendemos lo mismo. Nuestro pacto con Aragón nos ha reportado muchos beneficios, pero los tiempos están cambiando. Desde que se han interrumpido las rutas con Oriente, el comercio no resulta tan rentable como antaño; algunas compañías han quebrado y otras están al borde de la bancarrota. Vivimos en un mundo convulso, mi querido amigo, y sólo los que sepan encontrar las soluciones adecuadas sobrevivirán.
Luigi Pico tomó un vaso de vino blanco y se lo ofreció a Santa Pau.
–Bebedlo sin cuidado, es malvasía, el mejor vino de nuestras colonias en el Egeo, una verdadera bebida de dioses.
Santa Pau apuró la copa y en su paladar estallaron intensos aromas a frutas, resina y miel.
–Mi misión era convenceros de la necesidad de una acción conjunta entre el reino de Aragón y la señoría de Venecia, y por lo que veo ya estáis suficientemente convencido.
–Siempre lo he estado. Mi padre fue el principal valedor de dicha alianza; la derrota de Genova le dio la razón. Aunque las cosas han cambiado algo, sigo creyendo que dicho pacto es indispensable para ambas partes. No obstante, no creáis que va a ser fácil lograrlo; en el Consejo Mayor hay quienes piensan que Venecia debe abandonar sus intereses en el Mediterráneo oriental a causa del avance turco. Algunos mercaderes ya lo han hecho y están orientando sus negocios hacia tierra firme. Desde hace una década, más de la mitad de los beneficios de Venecia proceden del interior de Italia, y eso ha provocado que muchos consejeros apuesten por esa nueva opción. Por el contrario, yo pienso que Venecia sólo seguirá siendo grande si mantiene su poderío en el mar. El mar es nuestra razón de ser; hace años que celebramos en el día de la Ascensión los esponsales de nuestra ciudad con el mar, ratificados por el dogo al arrojar a las aguas su anillo desde la galera que llamamos Bucentauro. El mar ha hecho grande a nuestra ciudad; si le volvemos la espalda, los venecianos no tendremos futuro.
–Nuestros planes avanzarían mucho si lográramos convencer al dogo.
¿Podréis ayudarme? – preguntó Santa Pau.
–Lo intentaré. Aquí en Venecia la diplomacia funciona a un ritmo muy distinto a como acostumbra en otras partes del mundo, no olvidéis que en eso también somos herederos del imperio Bizantino.
Barcelona, abril de 1378
El rey don Pedro había decidido trasladar el brazo de san Jorge de la capilla del palacio Menor a la del palacio Mayor. Desde que doña Leonor, la tercera esposa de don Pedro, decidiera construir un palacio en Barcelona para su uso exclusivo, la reliquia de san Jorge había estado ubicada en el altar de la capilla del llamado palacio Menor, residencia oficial de la reina.
Pero se decía en la corte que doña Sibila quería borrar todos los símbolos que recordaran a Leonor, y uno de ellos era el relicario de san Jorge, un estuche en forma de brazo de plata sobredorada, hacia el que la anterior reina había mostrado una especial devoción. El traslado de la preciada reliquia se realizó en una solemne ceremonia presidida por los reyes y a la que asistieron todos los altos funcionarios de la corte. Durante la procesión,
todo el mundo comentaba los recientes acontecimientos ocurridos en Roma.
A fines de marzo de 1378 había muerto el papa Gregorio XI, quien apenas dos meses antes había regresado a la Ciudad Eterna tras el largo destierro de los papas en Aviñón. Nada más llegar a Roma el papa había declarado que nunca más abandonaría la sede de San Pedro, pero apenas dos meses después de regresar del exilio murió dejando a la Iglesia en una dificilísima situación. A la semana de la muerte de Gregorio XI dieciséis cardenales se reunieron para elegir nuevo papa. Mientras estaban congregados en cónclave, una muchedumbre de más de veinte mil personas exigió que el nuevo pontífice fuera romano, o al menos italiano. La mayoría de los cardenales eran franceses y los romanos temían que un papa francés volviera a instalarse en Aviñón, arrastrando consigo negocios y capitales. El ánimo de los manifestantes se enardeció de tal modo que gentes armadas irrumpieron en la sala donde los prelados estaban celebrando el cónclave, amenazándolos con cuchillos y dagas e increpándolos para que eligieran a un papa italiano. Los aterrados cardenales quedaron paralizados por el miedo y sólo fue capaz de reaccionar el único prelado hispano. Se trataba del aragonés don Pedro de Luna, que había sido nombrado cardenal por Gregorio XI y a cuyo servicio siempre se había mantenido leal. Tras una terrible noche de amenazas, gritos e insultos, los dieciséis purpurados fueron incapaces de ponerse de acuerdo en la persona que debería regir desde entonces a la Iglesia; al fin, a la mañana siguiente, entre el miedo, la coacción y el cansancio de muchas horas sin sueño, decidieron designar nuevo papa a Bartolomé Pignano, hasta entonces arzobispo de Bari, que ni siquiera era cardenal. El pueblo de Roma festejó la nominación de un italiano y aclamó al elegido. Los cardenales pudieron abandonar el cónclave sin ser molestados por los romanos, que habían conseguido colocar a uno de los candidatos que pretendían. Pero en cuanto se alejaron unas cuantas millas de Roma, varios cardenales recelaron de la solución que habían adoptado.
–La elección del cónclave no ha sido canónica -comentó don Pedro a la reina Sibila, mientras penetraban en la capilla del palacio Mayor tras el obispo de Barcelona que portaba el estuche de plata sobredorada con los huesos del brazo de san Jorge.
–Al menos el nuevo papa Urbano VI no es francés -alegó doña Sibila.
–Sí, eso es un consuelo, pero los cardenales franceses, que son mayoría, no ratificarán su decisión. Alegarán para desdecirse que fueron coaccionados por las gentes armadas que irrumpieron en el cónclave y que por tanto la elección de Urbano VI no es legítima.
El obispo de Barcelona llegó ante el altar y elevó el relicario con ambas manos. Todos se arrodillaron y el coro comenzó a cantar un aleluya. El olor y el humo del incienso lo inundaron todo.
Barcelona había amanecido cuajada por una dorada luz primaveral. Los reyes habían madrugado y, acompañados por algunos miembros de la corte, desayunaban en los jardines del palacio Menor tras haber presenciado cómo el cuidador de los animales alimentaba a los leones, guepardos y osos del zoológico real, ubicado en una zona baja vallada con rejas de hierro. A pesar de la tibia mañana primaveral, la reina usaba sombrero de hilo de oro y paño verde y rojo de Perpiñán y un mantón escarlata sobre un delicado vestido de paño leonado de Malinas, con el escote orlado dé aljófares.
Jaime de Cabrera, recién nombrado consejero de la reina, estaba citado a primera hora de la mañana. Este caballero se había ganado la confianza de doña Sibila gracias a sus grandes dotes como orador, a las que unía una elegancia y una altivez que lo hacían tan odiado como admirado.
–Majestad, traigo noticias para vos -intervino Cabrera, a quien acompañaba Bernardo de Forciá, hermano de la reina, quien, para disgusto de la alta nobleza, había sido nombrado camarlengo real.
–Os atenderé ahora. Mis queridos amigos, retiraos.
El rey, la reina, Bernardo de Forciá y Cabrera quedaron a solas y don Pedro invitó al consejero a tomar asiento a su izquierda.
–Majestad, me han asegurado que el papa Gregorio murió pocas semanas después de regresar a Roma desde Aviñón, envenenado por agentes del rey de Francia. Roma es un hervidero de rumores y puede pasar cualquier cosa. La ciudad se ha convertido en un foco de predicadores en busca de ingenuos a los que convencer: dominicos y franciscanos se disputan con agustinos y carmelitas la atención de los fieles, no faltan los que predicen que el fin del mundo está cerca, y se han dado casos de grupos de personas que han recorrido las calles semidesnudos flagelándose la espalda. Me temo que Roma puede tornarse ingobernable.
–Los asuntos de la Iglesia se complican cada vez más -intervino la reina.
–Sólo vos, majestad, podéis impedir que la Iglesia se desgaje y se divida la cristiandad -aseveró Cabrera.
–¿Y cómo suponéis que debo hacerlo? – preguntó don Pedro.
–Encabezando una cruzada a Tierra Santa que proporcione un mismo objetivo a todos los cristianos.
El rey de Aragón alzó sus ojos, hasta entonces posados en un perrillo de lanas que se recostaba a sus pies, y miró fijamente a Jaime de Cabrera.
–No os he entendido; ¿pretendéis que organice una nueva cruzada? – se extrañó el rey.
–Así es, majestad. Hace ya casi una centuria que los cristianos fuimos expulsados de Tierra Santa, que sigue bajo dominio de los herejes mahometanos. Una profecía asegura que un rey cristiano regresará a Jerusalén y la conquistará, ese rey será conocido como el Emperador de los Últimos Días, se ceñirá la corona y el manto imperial en Jerusalén, en el monte Gólgota, y desde allí gobernará toda la cristiandad por la gracia de Dios.
–¿Y quién creéis que es ese rey-emperador?
–Corre por Francia una leyenda en la que se asegura que se llamará Carlos; pero no, eso es falso, el elegido sois vos, majestad. Si me lo permitís, os lo demostraré. Para ello necesito la ayuda de un hombre. Me he permitido la licencia de traerlo conmigo; está esperando. Es un astrólogo francés muy afamado. Se llama Felipe de Viviers.
–Hacedlo venir.
Jaime de Cabrera hizo una reverencia y se dirigió hacia el interior del palacio Menor. Instantes después apareció en el jardín con un personaje que vestía una extraña túnica negra festoneada de azul y que ocultaba su rostro tras una pobladísima barba cana.
–Majestades, os presento a don Felipe de Viviers, el más importante astrólogo del reino de Francia.
El de Viviers inclinó su cabeza en señal de respeto.
–Es un honor conocer al más grande monarca y a la más bella reina de la cristiandad.
–Me ha dicho don Jaime que sois capaz de interpretar la profecía que habla del triunfo de un rey cristiano sobre Jerusalén poco antes del fin de los tiempos. ¿Qué podéis decirme de ello?
–Puedo demostraros, majestad, que la profecía es cierta y que vos sois ese rey.
–¿Cómo podéis estar tan seguro? – inquirió doña Sibila.
–Los signos del cielo no dejan lugar a dudas, señora.
Felipe de Viviers pidió permiso al rey para extraer un pergamino de una bolsa de cuero y lo desplegó ante los monarcas.
–Me he tomado la libertad de estudiar vuestra carta astral. Aquí -señaló el pergamino- quedan representados todos los signos que rigen vuestra vida.
He realizado un completo horóscopo de vuestra real persona y las conclusiones no dejan el menor resquicio de duda.
»Escuchad, mi señor. Hace casi ochenta años que vuestro ilustre antepasado el rey don Jaime el Segundo, sabedor por uno de sus astrólogos de que no estaba lejos el fin de los tiempos, reunió aquí en Barcelona a varios sabios para que observaran las señales del cielo y dictaminaran la veracidad de esas aseveraciones. El equipo de astrólogos trabajó durante varios meses trazando cartas astrales, estudiando los movimientos de los planetas y analizando los textos proféticos. Después de arduos trabajos y profundas reflexiones llegaron a una conclusión: el fin del mundo tendrá lugar en el año del Señor de 1385. Ese informe se ha perdido, aunque creo que estoy en condiciones de recuperarlo en poco tiempo.
–Han sido muchos los visionarios que han anunciado para una fecha concreta el fin del mundo, y hasta ahora todos se han equivocado. ¿Por qué estáis tan convencido de que ése será el momento? – preguntó don Pedro.
–Por la Biblia, majestad, por la Biblia. San Juan, en el libro del Apocalipsis, dice que Satán será liberado de su prisión al cabo de mil años.
Algunos han creído que esa fecha debía contarse a partir del año del nacimiento de Cristo, asegurando que el fin del mundo tendría lugar en el año mil. Es evidente que erraron en sus cálculos. Pero el Apocalipsis no se equivocó, se equivocaron quienes calcularon la fecha. Contaron desde el año del nacimiento de Nuestro Señor, cuando debieron hacerlo a partir del triunfo del cristianismo.
–Y, según vos, ¿desde qué fecha habría que calcularlo? – preguntó don Pedro.
–El Apocalipsis lo deja bien claro: desde que se inició el reino de Cristo. Y es evidente que el reino de Cristo comenzó cuando el emperador Teodosio declaró al cristianismo religión oficial del Imperio romano; es