El invierno de la Corona

Jose Luis Corral · Capítulo 2 de 14

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El invierno de la Corona

Capítulo 2

decir, en el año 385. Por tanto, el fin del mundo tendrá lugar dentro de siete años.

»Todas las escrituras ratifican esta fecha: san Mateo predijo que antes del fin del mundo se armarían las naciones unas contra otras, como ocurre en la actualidad, y que habría hambres, terremotos y muchos falsos profetas; y san Lucas anunció el fin del mundo para cuando cayera Jerusalén en manos de los gentiles, y hace ya años que la Ciudad Santa está en poder de los musulmanes. Pero hay más. En 1385 se producirá un fenómeno astronómico único: Mercurio y Venus de un lado y Júpiter, Marte y Saturno de otro se hallarán en oposición. Es la señal del cielo para el fin de los tiempos. Vos sois el rey del milenio, el monarca que anuncian todas las profecías que llegará de Occidente para liberar a Jerusalén del Anticristo; sólo vos podéis evitar el Apocalipsis.

–¿Pero cómo debo hacerlo?

–Conquistando Jerusalén y devolviendo el Santo Grial al templo de Salomón -respondió de inmediato Felipe de Viviers.

–Nadie sabe dónde está el Santo Grial. Muchos libros hablan del sagrado cáliz de la Última Cena, pero nadie ha podido encontrarlo -dijo el rey.

–Nosotros lo hemos hallado, mi señor -intervino Cabrera.

–Es cierto, tenemos el Grial -repitió Bernardo de Forciá.

Don Pedro se levantó como impulsado por un resorte, se acercó hasta Cabrera, lo sujetó por el antebrazo y dijo:

–Espero que habléis en serio.

CAPÍTULO 2

Venecia, fines de abril de 1378

Jerónimo de Santa Pau y Antic Tito paseaban por la plaza de San Marcos. Aquella mañana de abril amaneció cubierta por un ligera neblina que satinaba los edificios venecianos confiriéndoles un aspecto etéreo, como si estuvieran trazados con la materia de las nubes. Esperaban a Luigi Pico, quien les había concertado una entrevista con el dogo. El jefe de la Quarantia apareció junto a la puerta de la catedral de San Marcos. Antic lo vio enseguida y, con Santa Pau, se dirigió hacia él.

–Buenos días, amigos -saludó Pico.

–Buenos días -respondió Tito en tanto Santa Pau hacía una leve reverencia con la cabeza.

–El dogo nos recibirá hoy. Le he comentado la pretensión del rey de Aragón de reforzar la alianza contra Genova y está de acuerdo -dijo Pico mientras se dirigían hacia la puerta principal del palacio Ducal.

En la puerta, ante la guardia, Luigi Pico se identificó. El capitán comprobó que tenían una cita con el dogo y les franqueó la entrada.

Acompañados por un soldado, atravesaron una amplia sala en la que decenas de hombres iban y venían de un lado para otro con rollos de papel y libros bajo el brazo. Al fondo de la gran sala había una escalera protegida por dos guardias que se apartaron al verlos acercarse. Subieron un par de tramos y entraron en una estancia de paredes cubiertas con cortinas de terciopelo rojo. El soldado les pidió que esperaran allí.

A los pocos minutos entró un hombre vestido con un sencillo traje negro que cubría su cráneo, totalmente afeitado, con un bonete de fieltro.

–Su excelencia el dogo os recibirá ahora; seguidme -les indicó.

Atravesaron otra sala y un pasillo y llegaron a una antecámara custodiada por dos pajes. El hombrecillo vestido de negro los acompañó hasta el centro de la sala, les pidió que aguardaran de nuevo y desapareció tras una pequeña puerta. Poco después regresó anunciando a su serenísima Andrea Contareno, dogo de Venecia. El dogo era un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta años de edad. Tenía la cabeza grande y el rostro algo congestionado. No parecía el jefe de una república de mercaderes, sino más bien un tabernero cuyos modales hubieran sido refinados por varios años de estancia en alguna corte palaciega. Santa Pau advirtió que el dogo se había vestido con el ropaje de las grandes solemnidades: portaba un manto púrpura ribeteado de armiño, como solía hacer el rey de Francia, y calzaba unas sandalias carmesíes, a imitación de los emperadores bizantinos; en la mano llevaba el cuerno ducal, el símbolo del poder de los dogos venecianos. Durante unos instantes eternos nadie habló. El dogo observó a los tres visitantes y, con una ligerísima indicación a su secretario, se dirigió hacia un estrado ubicado en uno de los rincones de la sala, junto a un gran ventanal que daba a la plaza de San Marcos. En cuanto se sentó, el secretario les invitó a sentarse en unas sillitas colocadas frente al solio ducal y dio la vuelta a un reloj de arena que dictaría la duración de la entrevista. Luigi Pico fue quien rompió el silencio:

–Serenísima, a Antic Tito ya lo conocéis -el dogo asintió con la cabeza-, y su compañero es don Jerónimo de…

–Pico se detuvo un instante y miró hacia los pajes; después continuó-, trae un mensaje muy importante.

El dogo observó a Santa Pau con la indiferencia con que se mira a un insecto y después le indicó a su secretario que se acercara. Le cuchicheó algo al oído y el secretario se aprestó a ordenar a los dos pajes que salieran de la sala; él también lo hizo, cerrando la puerta tras sus pasos.

–Don Jerónimo de Santa Pau, embajador del rey de Aragón, viaja con nombre e identidad falsa. Es portador de un mensaje de la Cancillería Real de Barcelona para vuestra serenísima.

–¿Cómo se encuentra nuestro afectísimo hermano el rey don Pedro? –

preguntó el dogo con la mirada perdida en el ventanal.

–Perfectamente, serenísima. Su cuarto matrimonio lo ha rejuvenecido y su salud es envidiable -respondió presto Santa Pau.

–Una esposa joven y bella puede obrar milagros sobre un marido anciano -añadió el dogo a la vez que dibujaba una sonrisa entre sutil y sardónica.

–Su majestad no aparenta la edad que tiene.

–Eso me alegra; que Dios le conceda larga vida y muchos hijos -dijo el dogo sin abandonar su rictus.

–Me ha ordenado que os transmita esos mismos deseos -repuso Santa Pau.

El dogo tomó entre sus dedos una campanilla y la hizo sonar. De inmediato aparecieron dos criados con sendas bandejas, una con cuatro copas y una botella de vino blanco y otra con varios pasteles de almendras y miel. Sirvieron las copas con presteza, siguiendo una estudiada y compleja etiqueta, y se retiraron.

–Y bien, embajador, ¿qué desea nuestro hermano el rey? – El dogo resaltó de nuevo la palabra hermano indicando que consideraba a Venecia y a Aragón como a iguales.

–Don Pedro desea reforzar la alianza con la república de Venecia.

Estamos en guerra con Genova, nuestra secular enemiga común, y hasta el momento nuestra estrategia ha consistido en sumar fuerzas en alguna que otra batalla; pero su majestad opina que esos esfuerzos no han sido todo lo provechosos que debieran a causa de una falta de continuidad de nuestras

acciones. Hace más de veinte años que derrotamos a Genova; creíamos entonces que ese golpe sería definitivo, pero los genoveses mantuvieron su base de la isla de Quíos, y con ella el monopolio del comercio del alumbre, y han vuelto a resurgir con tanta o más fuerza que entonces. Mi rey es partidario de una guerra total. No basta con asestarles algunos golpes y debilitar su poderío, pues siempre consiguen rehacerse. Es preciso que la acción militar sea de tal envergadura que la amenaza genovesa desaparezca para siempre del Mediterráneo.

–Muy ambicioso, en verdad. ¿Y ha preparado nuestro queridísimo hermano algún plan? – inquirió el dogo.

–Sí, serenísima. Se trata de atacar simultáneamente a la propia ciudad de Genova y a sus colonias. Nuestra armada lo haría en el Mediterráneo occidental. Una escuadra saldría de Barcelona hacia Genova y otra de Valencia y Mallorca hacia Córcega. Entre tanto, vuestras galeras, unidas a una tercera armada aragonesa, atacarían las posesiones genovesas en el Mediterráneo oriental, en el Peloponeso y en la isla de Quíos, y un ejército desembarcaría en la costa ligur, a unas cincuenta millas al este de Genova, y la ocuparía. El golpe sería de tal calibre que los genoveses no tendrían otro remedio que rendirse sin condiciones.

–¿Y para cuándo todo eso? – el dogo preguntaba sin aparentar demasiado interés en la conversación.

–Para principios del verano de aquí a dos años.

–Una campaña de esa magnitud requiere de un enorme desembolso;

¿está nuestro hermano el rey de Aragón en condiciones de asumir semejante dispendio?

–El botín que obtendríamos cubriría todos los gastos de la guerra. Y

después…, la riqueza para nuestras naciones sería colosal. La ciudad de Genova sería gobernada por dos cónsules, uno catalán y otro veneciano, que rotarían cada seis meses. Aragón se quedaría con Córcega y la mitad de las posesiones genovesas en el Mediterráneo oriental, y Venecia con la otra mitad.

–Nuestro hermano el rey de Aragón es muy astuto. Si Venecia accede a esos planes y tenemos éxito en la empresa, Aragón será dueño de todo el Mediterráneo occidental y de la mitad del oriental. Su posición sería hegemónica, y quizás entonces nuestro amado hermano el rey don Pedro

tuviera la tentación de…, digamos, de ambicionar también nuestras riquezas.

–Aragón ha sido un fiel aliado de Venecia. Su majestad el rey don Pedro siempre ha cumplido su palabra. Si Venecia observa su parte, no debe haber ningún problema entre ambos estados.

–Embajador, sois demasiado diáfano, y ése ha sido siempre un defecto de la diplomacia de la corte de Barcelona. Nosotros, los venecianos, entendemos la política como un arte. Y aquí, en esta serenísima república, ese arte lo ejercen maestros excepcionales. Vuestros reinos se han forjado a partir de la voluntad de unos reyes, señores casi absolutos, pero en Venecia las cosas no funcionan del mismo modo. Yo no soy un monarca; mi poder no procede de Dios, sino del Consejo Mayor, el principal órgano del pueblo veneciano. Lo componen unos dos mil quinientos miembros representantes de las familias más ricas de la ciudad; de entre ellos se eligen los trescientos representantes que componen el Senado y los nueve del Consejo Menor; cada uno de estos organismos está dotado de amplios poderes legislativos y administrativos. ¿Entendéis ahora lo complejo que es hacer política en Venecia?

–Con los aliados no es preciso emplear semejantes «sutilezas»

diplomáticas -alegó Santa Pau.

–No se trata de sutilezas, querido amigo, sino, os repito, de arte. Para nosotros los venecianos, la diplomacia es una más de las bellas artes, al igual que la pintura, la arquitectura o el comercio.

Antic Tito y Luigi Pico asistían en silencio a la conversación entre el dogo y Santa Pau. De vez en cuando bebían un poco de vino blanco evitando hacer el menor ruido. Luigi Pico era uno de los más interesados en que la alianza de Venecia y Aragón se concretase cuanto antes. Era dueño de una gran compañía mercantil con intereses económicos en la costa asiática del Mediterráneo, y la presión turca, cada vez más intensa, estaba provocando un descenso muy notable en el volumen de sus negocios. Sus dos últimos envíos apenas le habían reportado beneficios y sus finanzas se encontraban en una situación complicada. Entendió que debía descubrir sus cartas e intervino:

–Serenísima, si me permitís, creo que el plan que ha expuesto el embajador aragonés nos conviene. Los venecianos estamos en las mismas condiciones, tanto en fuerza naval como en capacidad financiera, que los

genoveses; es probable que los superemos en habilidad comercial y diplomática, pero su audacia contrarresta esa ventaja. Con este equilibrio de fuerzas no creo que pueda imponerse nunca una república sobre la otra, y en tal caso estaríamos abocados a una guerra de desgaste permanente; de ser así, la decadencia de nuestras naciones sería inevitable -profetizó Pico. –

Ese es vuestro análisis; bien, ¿cuál es vuestra proposición? – inquirió el dogo.

–Coincide con la del rey de Aragón, pero el reparto de las posesiones de Genova habría que discutirlo mucho más a fondo. Es cierto que con la propuesta aragonesa los mercaderes catalanes coparían todo el comercio del Mediterráneo occidental y más de la mitad del oriental; su superioridad sería inaceptable para nosotros. Sin embargo, podríamos llegar a un acuerdo por el cual Venecia y Aragón se dividieran el Mediterráneo en dos; la línea divisoria se trazaría de acuerdo con la vieja partición del mundo que hiciera el Imperio romano en el siglo V; al fin y al cabo, los venecianos somos herederos de la cultura y la civilización de Bizancio y los aragoneses pueden reclamar para sí Occidente. Por su parte, los mercaderes de Barcelona seguirían manteniendo sus consulados en Oriente en condiciones mucho más ventajosas -expuso Pico.

–Mi señor el rey de Aragón nunca estará de acuerdo con ese reparto.

Sabéis muy bien -alegó Santa Pau dirigiéndose a los dos venecianos- que la principal fuente de riqueza del Mediterráneo es el comercio con Asia. Las especias, la seda, el alumbre, todas aquellas mercancías que han hecho del comercio un gran negocio proceden de Oriente. Quien controle las costas asiáticas monopolizará el comercio marítimo. Si lo hiciera Venecia, a los mercaderes catalanes sólo les quedaría el norte de África occidental, demasiado poco.

–No tan poco, mi querido amigo. Tendríais el monopolio del polvo de oro, del marfil, de las plumas de avestruz, de la goma y grandes cantidades de incienso y almizcle.

–Vamos, Pico, sabéis perfectamente que las minas de oro del centro de África, como las del Sudán, están casi agotadas -dijo Santa Pau.

La negociación había entrado en un callejón sin salida. Las dos partes estaban de acuerdo en una gran alianza contra Genova y en la destrucción de su poder naval y comercial, pero disentían sobre el reparto de los dominios genoveses.

El dogo se incorporó de su sitial y tomó una copa de vino en la mano.

Pico, Tito y Santa Pau también se levantaron e hicieron lo propio.

–Si estamos de acuerdo en uno de los puntos, llevémoslo a cabo; ya discutiremos más adelante el reparto de los despojos de Genova. Podéis decir a mi hermano el rey de Aragón que las galeras de guerra de Venecia seguirán luchando al lado de las suyas contra las genovesas -aseveró el dogo cuando caían los últimos granos de la parte superior del reloj.

–Así lo haré. Mi señor don Pedro se alegrará de vuestra resolución.

Santa Pau, Luigi Pico y Antic Tito salieron del palacio Ducal.

–Sois un gran negociador -le dijo Santa Pau a Pico.

–Sólo defiendo mis intereses, y los de mi república, por supuesto. Venid esta noche a cenar a mi casa, celebraremos el acuerdo -se despidió Pico.

–¿Acuerdo?; estos venecianos son inescrutables. Pese a que Venecia está casi arruinada, se resisten a una solución definitiva. La guerra la está agotando; si no hubiera sido por nuestra ayuda, hace tiempo que los genoveses hubieran acabado con ellos. Y pese a que nos necesitan, no hemos avanzado nada. Si pudieran nos echarían del Mediterráneo oriental para acaparar todo el comercio con Oriente; hace tiempo que, de manera taimada, intentan que los catalanes no naveguemos por el golfo de Salónica.

Por lo demás, las cosas siguen como estaban, sólo hemos logrado mantener la alianza contra Genova, pero ni un solo avance sobre la guerra total y sobre el reparto de los dominios genoveses -se lamentó Santa Pau camino de la Fonda de los Alemanes.

–Los catalanes no hemos dudado, cuando ha sido oportuno, en emplear ciertas prácticas de piratería en el mar Egeo. Los venecianos, como nosotros, defienden sus propios intereses; no esperéis de ellos otra cosa -

aseguró Tito.

Cuando llegaron a la posada encontraron a Romeu Crespiá sentado a una mesa junto a una mujer que tenía el rostro pintado de manera muy exagerada, con dos grandes cercos verdes en torno a los ojos y unos labios carmesíes muy resaltados. Al ver entrar a los dos catalanes, Crespiá se levantó y se dirigió a ellos:

–Estáis de vuelta muy pronto. No creí que vuestra entrevista con el dogo fuera tan breve. Pero venid, permitid que os presente a esta hermosa dama.

Los tres hombres rodearon la mesa donde se había quedado sentada la mujer del rostro pintado.

–Señores, esta dama es Catalina la Milanesa. Mis dos amigos son Antic Tito y Jerónimo de Santa Pau -señaló Crespiá.

Santa Pau, al oír de labios de Crespiá su verdadero nombre, sintió ganas de estrangular a su ayudante allí mismo, pero se contuvo y corrigió:

–Jerónimo de Santa Fe, señora; mi ayudante suele confundir los nombres en cuanto ha bebido un poco.

La mirada de Santa Pau sobre Crespiá fue tan fulminante que el pelirrojo ayudante del notario real bajó la vista y tragó saliva.

–¿Catalina la Milanesa, decís, acaso sois de Milán? – pregunto Tito.

–No, soy de Pellestrina, una aldea en la laguna de Venecia -respondió la mujer en un italiano mezclado con palabras catalanas.

–Es una estupenda guía. Nos encontramos esta mañana, por casualidad, en la puerta de una iglesia que está aquí al lado. Me vio recorrer la ciudad un tanto despistado y se dirigió a mí por si necesitaba ayuda. La he invitado a comer para agradecerle su amabilidad.

–Vuestro amigo es muy simpático y cortés.

–Lo es, señora, lo es. Y ahora, si nos permitís, debemos tratar de nuestros negocios.

–Volveré más tarde -aseguró Catalina, y se despidió de Crespiá con un arrumaco que despertó el brillo en el rostro del pelirrojo.

–¡Maldito idiota! – clamó Tito en cuanto la Milanesa salió por la puerta-, ¿no te has dado cuenta de que todos nuestros planes pueden venirse abajo por tu estupidez? ¿En qué estaba pensando el Canciller cuando os asignó de ayudante a un imbécil como éste?

–Has de tener más cuidado, Romeu, son varios los errores que has cometido: me has llamado Santa Pau, has citado nuestra entrevista con el dogo y te has dirigido a mí en catalán en vez de en castellano. Si esa Catalina era algo más de lo que parecía, ¿qué crees que estará pensando ahora? Es probable que tu indiscreción haya supuesto el fracaso de nuestra misión -dijo Santa Pau.

Barcelona, mayo de 1378

El rey don Pedro estaba furioso. El Canciller acababa de entregarle un amplísimo informe del embajador aragonés en Roma en el que se afirmaba que el nuevo papa Urbano VI era un hombre de carácter áspero y trato muy difícil: en su primer discurso rechazó cualquier sentimiento de benevolencia y afirmó que su pontificado se regiría por la severidad y el rigor. La

mayoría de los cardenales proclamaban abiertamente que la elección había sido ilícita y algunos proponían que debía repetirse, quedando sin efecto la proclamación del arzobispo de Bari. Los rebeldes se habían refugiado en Agnani y desde allí conminaron a Urbano VI a abandonar el pontificado y a abstenerse entre tanto de gobernar la Iglesia hasta que se eligiera a un nuevo sumo pontífice.

–No esperaba este contratiempo. Si la Iglesia se divide, la cristiandad correrá un serio peligro. Nuestros intereses van a verse muy afectados -se lamentó el rey.

–Majestad -intervino el Canciller-, los cardenales están decididos a elegir un nuevo pontífice si Urbano VI no renuncia de inmediato, aunque creo que no está dispuesto a hacerlo puesto que amenaza con excomulgar a todos los purpurados que se le opongan y a nombrar un nuevo colegio cardenalicio. El cisma en la Iglesia es algo inminente, debemos prepararnos para afrontarlo.

–Dejad que las cosas de la Iglesia las arregle la propia Iglesia. No pienso decantarme por ninguno de los posibles papas, haya dos, tres o un ciento. Nuestros estados permanecerán neutrales. Hay demasiado en juego como para apostar por un determinado candidato y equivocarnos -asentó el rey.

El Canciller salió de la cámara real y se dirigió a toda prisa hacia sus oficinas.

–Rápido -ordenó a sus secretarios-, enviad un mensaje urgente a Venecia mediante el código secreto. Santa Pau y Crespiá han de regresar de inmediato.

La Corona de Aragón se encontraba en una situación complicada. El rey don Pedro dio instrucciones para que todos sus territorios estuvieran en estado de máxima alerta; se ordenó a los gobernadores de las provincias que redoblaran la vigilancia en las fronteras y que se guardaran los pasos hacia Francia. Por si los problemas fueran pocos, la situación de la corte de Barcelona era muy grave.

La nueva reina, la bella Sibila, estaba dispuesta a que su influencia fuera mucho mayor que la que deseaban sus hijastros. El príncipe don Juan, el primogénito, y el infante don Martín no habían visto con buenos ojos el cuarto matrimonio de su padre, pues estimaban que la dama ampurdanesa sólo pretendía convertirse en la verdadera dueña de la Corona.

Los estados mediterráneos eran un enorme rompecabezas en el que cada pieza desempeñaba un papel determinante. A la muerte de Fadrique de Sicilia, que ostentaba el título de duque de Atenas y Neopatria, el noble don Artal de Aragón, gran maestro de justicia de Sicilia, tomó a la nueva reina doña María bajo su protección y durante dos años controló la isla. Don Artal pactó el matrimonio de doña María con el joven Giangaleazzo Visconti, miembro de la poderosa familia que gobernaba el ducado de Milán. Don Pedro de Aragón, que se consideraba legítimo heredero al trono de Sicilia, no podía consentir esa unión y se puso manos a la obra para impedirla. Sus planes con respecto a Sicilia pasaban por reintegrarla a la Corona. En Cerdeña la situación era muy inestable; el juez de Arbórea se había convertido en dueño del gobierno, aunque don Pedro mantenía su influencia sobre esta gran isla.

Venecia, mayo de 1378

Santa Pau, sentado en el pequeño escritorio de su habitación de la Fonda de los Alemanes, cogió papel y pluma y se puso a descifrar la carta que le había enviado el Canciller mediante el código secreto que se empleaba en las comunicaciones diplomáticas; leyó lo siguiente: De la Cancillería Real a micer Jerónimo. Nuestro rey ha decidido que sus estados se mantengan neutrales en los graves acontecimientos que están ocurriendo en la Iglesia. No debe acordarse ningún cambio en la situación actual. Regresad de inmediato.

El catalán suspiró profundamente y quemó la carta escrita en clave y el papel en el que había transcrito la conversión de lo cifrado. Salió de su cuarto y bajó en busca de Romeu Crespiá. Su ayudante pelirrojo no estaba allí. Preguntó por él y la posadera le dijo que había salido hacía una hora.

Lo buscó por las tabernas más próximas y lo encontró en una de ellas, en brazos de Catalina la Milanesa.

–Romeu, vuelve a la posada. Hemos de hablar -le ordeno Santa Pau, Crespiá estaba ebrio de vino blanco. Tenía la cabeza apoyada entre los generosos y abundantes pechos de Catalina y miró a Jerónimo con el desdén de quien se siente ajeno a cuanto ocurre a su alrededor.

El catalán volvió a repetir su orden pero Romeu se mantuvo asido al talle de Catalina. Jerónimo lanzó entonces una patada al taburete en el que se sentaba Crespiá, que cayó de bruces al suelo arrastrando con él a la Milanesa.

–¡Animal!, ¡cerdo! – chilló Catalina en dialecto veneciano.

–¡Fuera! – gritó Santa Pau cogiendo a su ayudante por los hombros sin hacer caso a la Milanesa, que quedó tumbada en el suelo con la piernas abiertas, el pelo descompuesto y profiriendo imprecaciones e insultos en una jerga ininteligible.

–¿Qué le has dicho a esa mujer? – le preguntó Santa Pau mientras lo arrastraba fuera de la taberna.

–¿Yo?…, nada, no he dicho nada -balbució Crespiá.

–Más vale que sea así, pues en caso contrario tu cuerpo será pasto de los peces del Adriático.

Santa Pau puso la cabeza de Crespiá bajo el caño de una fuente para que se le pasara la borrachera y ambos se dirigieron hacia la posada. Poco después llegaban al puerto donde estaba atracada la galera que los había llevado a Venecia. El capitán de la Santa Eulalia había recibido previamente la orden de Santa Pau de aprestarse a partir hacia Barcelona en cuanto tuvieran permiso y el viento fuera favorable.

La Santa Eulalia zarpó de Venecia una cálida mañana de mayo. Sobre el muelle, Santa Pau se despidió de Antic Tito y le transmitió las órdenes del Canciller: ningún nuevo pacto con nadie, ni siquiera con la Señoría de Venecia. Navegaron por la Laguna bordeando Venecia por el norte y pasaron al lado del Arsenal; allí trabajaban más de mil operarios. Era sin duda la mayor instalación industrial del mundo, el lugar donde se construían las naves venecianas, el orgullo de Venecia, la raíz de su poder en el mar. La galera catalana atravesó el estrecho del Lido, salió al Adriático y viró a estribor, rumbo a Barcelona.

Barcelona, junio de 1378

El Canciller y Santa Pau se saludaron con cortesía.

–Sentaos, mi querido amigo, espero que hayáis disfrutado de un buen viaje de regreso.

–Sufrimos una pequeña tormenta cerca de Cerdeña, pero sin más contratiempo. Esta es la mejor época para navegar por el Mediterráneo.

Santa Pau entregó un minucioso informe al Canciller sobre su entrevista con el dogo.

–De modo que Venecia no aceptará el reparto del Mediterráneo oriental

-dijo el Canciller.

–Ni siquiera lo harán los mercaderes más propicios al acuerdo con Aragón. Los venecianos tienen como único objetivo la obtención de beneficio; el oro es su dios y su única religión el dinero.

–En ese caso, el rey don Pedro va a jugar otra carta: está dispuesto a firmar la paz con Genova -aseguró el Canciller.

–Esa decisión podría significar la guerra con Venecia -alegó Santa Pau.

–No lo creemos así. En el Consejo Real hemos estimado esa posibilidad y la hemos descartado. La situación en Italia ha cambiado, el papa Urbano VI no ha renunciado al solio pontificio y los cardenales que lo eligieron afirman que lo hicieron forzados por el pueblo romano; estudian la posibilidad de elegir un nuevo papa. Un cisma de imprevisibles consecuencias puede abrirse en la Iglesia, y eso acarreará serios problemas.

–¿Y qué piensa el rey? – preguntó Santa Pau.

–Ha ordenado a todos sus estados que se mantengan neutrales, lo que ha sentado muy mal a Urbano VI. Don Pedro ha enviado al obispo de Segorbe con una carta al papa reclamando el reconocimiento de sus derechos a la corona de Sicilia, pero Urbano VI se ha mostrado desde el principio contrario al rey y ha llegado a decir públicamente que no reconoce los derechos de don Pedro sobre Cerdeña ni sobre Sicilia. Creo que planea proclamar rey de Cerdeña al juez de Arbórea, el verdadero dueño de la isla.

El papa no quiere ni oír hablar del dominio catalán sobre las islas del Tirreno. Me temo que deberemos utilizar toda nuestra habilidad para mantener nuestra influencia en Sicilia y Cerdeña.

Santa Pau vivía en Barcelona con sus padres. A sus treinta años seguía soltero, lo que no era bien visto por la sociedad barcelonesa. Un hombre como él, miembro de una distinguida familia, con un importante cargo en la Cancillería, a su edad debería estar casado. Sus padres se lo recordaban de vez en cuando, aunque sabían que a Jerónimo no le hacía ninguna gracia hablar del asunto. Su dedicación a la Cancillería Real le condujo desde muy joven de un sitio para otro. A los dieciocho años ya había participado como ayudante de escribano en los acuerdos entre los reyes de Castilla y de Aragón para acabar con la sangrienta guerra que había destruido las fronteras de los dos reinos peninsulares más poderosos, y a los veinte años se distinguió como secretario en una embajada a Alejandría para negociar con el soldán la mejora de las condiciones de atraque y comercio de los mercaderes catalanes; pero sus mayores éxitos como funcionario real

acontecieron en Cerdeña y en Sicilia, donde sus buenos oficios habían propiciado que la Corona siguiera ejerciendo una influencia decisiva en las dos islas. Era quizá por tan intensa vida, siempre en camino, siempre de un lado para otro al servicio del rey don Pedro, por lo que apenas había tenido tiempo para conocer a una mujer con la que contraer matrimonio. Eso no quiere decir que Jerónimo no amara a las mujeres. Todo lo contrario; sus hazañas amorosas eran tan abundantes o más si cabe que las diplomáticas.

Su distinguido porte, sus exquisitos modales, la pulcritud con que siempre vestía y sobre todo su extraordinario atractivo, mezcla de un agradable físico y de una sin par capacidad de seducción, hacían que muy pocas mujeres se le resistieran, lo que le había proporcionado muchos placeres pero también algún que otro quebranto. Le gustaba amar y practicar el amor de una manera que muy pocos sabían hacer. Era un hombre de su tiempo, atento a las modas y a los gustos estéticos que imperaban en la alta sociedad europea tras la terrible peste del año de su nacimiento, pero era un ferviente seguidor de lo que habían sido las ya olvidadas cortes de amor. Erudito y elegante, hubiera preferido vivir en el siglo anterior, antes de que la gran peste lo contaminara todo, en aquella época dorada en que los trovadores cantaban la belleza de las damas y los caballeros acudían a los torneos portando el pañuelo de su amada ondeando en la punta de su celada.

En Barcelona cortejaba a varias damas entre las que no faltaban algunas casadas. No era partidario de los burdeles, aunque solía acudir a ellos no sólo en busca del placer del sexo, sino también porque allí encontraba un ambiente bien distinto al de la cancillería. Cierto que había quien sostenía que ambos lugares eran «una casa de putas», pero en el burdel no había lugar para la hipocresía; cada cual sabía cuál era su papel y a él se atenía.

No creía que la prostitución fuera un mal necesario, como sostenía la mayoría de los miembros del Consejo de Ciento, que afirmaba que como mal había que perseguirlo y como necesario, consentirlo. Por el contrario, en la política nunca se estaba seguro de quién era amigo o enemigo. Era preciso moverse con sumo cuidado, siempre con la mentira por delante como la única forma de mantenerse en aquel ambiente en el que la intriga y el enredo no conocían otros amigos que los que propiciaba el interés mutuo.

Era consciente de que la ciudad necesitaba un lugar en el que los hombres pudieran descargar su contenida violencia a través del sexo, y estaba

convencido de que sin prostitución, la vida en la ciudad sería mucho más violenta de lo que ya era.

Dos semanas después de su regreso de Venecia decidió acudir al burdel.

Las prostitutas de Barcelona eran famosas por su belleza; el ideal de mujer mediterránea, rosada, blanca, pulida y sabida, estaba bien representando allí. Los hostaleros que regentaban este negocio, por lo general hombres sin escrúpulos, buscaban muchachas de buen aspecto físico, de tez clara, cabellos castaños y nariz con personalidad. A los varones de Barcelona no les gustaban las mujeres de nariz pequeña y chata, que parecían muñecas.

Al igual que la mayoría de las mujeres, las prostitutas se depilaban las cejas de tal modo que alcanzasen la forma de un gran arco estrecho y largo y se pintaban la cara y se acentuaban el tono de las mejillas con colorante rosado. Pero las rameras barcelonesas se diferenciaban de las demás mujeres sobre todo por sus vestidos. Eran las únicas a las que se permitía llevar ricos bordados en sus trajes, con adornos de oro, plata, perlas y seda.

La riqueza de sus trajes estaba en consonancia con su éxito; las más requeridas por los nobles y ricos mercaderes eran las que más dinero ganaban y las que podían comprarse los mejores atuendos.

Desde que en 1371 el rey don Pedro ordenara al veguer de la ciudad que despejara la calle Claramunt, detrás de la plaza de Santa Ana, de prostitutas y las recogiera en un espacio cerrado, en Barcelona funcionaban dos burdeles; el más refinado era el de la calle Viladalls, en el centro de la ciudad, allí acudían los ciudadanos de las clases altas y siempre estaba abierto, sobre todo para los clientes más importantes; el otro estaba situado en la Rambla y se llamaba Volta de la Torre, por su situación era frecuentado por los marineros y comerciantes que acudían a Barcelona y por las gentes del Rabal, así como por comarcanos que acudían una vez a la semana al mercado. El de Viladalls siempre estaba abierto, sobre todo para los clientes importantes.

Jerónimo de Santa Pau llegó al prostíbulo a media tarde. Durante la mañana estuvo ocupado en las oficinas de la cancillería asesorando al Canciller sobre ciertos asuntos relacionados con la situación en la isla de Cerdeña; había comido en una taberna un poco de queso y un guiso de lentejas y cerdo ahumado frito, cosa que hacía a menudo para que nadie le reprochara su ascendencia judía, y se había acostado un par de horas a la sombra de una palmera que se erguía solitaria en el pequeño patio de la casa

de sus padres. Aquella tarde la mancebía de Viladalls registraba escasa afluencia de clientes. Corrían los primeros días del verano y estimó que quizás era demasiado temprano. El portero le abrió y Jerónimo entró en el recinto que el concejo de Barcelona había acotado para uso privado del burdel. El prostíbulo era una pequeña ciudad, pues disponía de varias casas, tres tabernas e incluso unos pequeños almacenes, todo ello alrededor de una plazuela y una calleja de apenas treinta pasos de largo. Se fijó en una muchacha que departía con dos hombres a la puerta de una de las tabernas y decidió entrar en ésa. Observó que tan sólo había media docena de hombres y siete u ocho mujeres. Todavía no se había sentado a una de las mesas cuando se le acercó la jovencísima muchacha de piel clara y cabellos castaños teñidos en tonos cobrizos que acababa de ver en la puerta y que entró tras él.

–Caballero, ¿buscáis amor? – le preguntó la muchacha.

–¿Cómo te llamas? – le preguntó Santa Pau.

–Mi nombre es Francesca.

–Pareces muy joven.

–Tengo diecisiete años.

–¿Eres nueva aquí? No te había visto antes.

–Me trajeron desde Gerona hace cuatro meses. Desde los trece años estoy en un burdel, pero un mercader barcelonés que comerciaba con Francia se encaprichó de mí y procuró que el hostalero de Gerona me trasladara aquí. Es un hombre muy rico y poderoso; este vestido es un regalo suyo.

Francesca vestía un lujoso traje de seda con brocados dorados y dos filas de pequeñas perlas bordeando un generoso escote.

–Seré vuestra por tres dineros; normalmente cobro cuatro, pero con vos haré una excepción -asentó Francesca.

Santa Pau escrutó con detenimiento el talle, las formas ya acusadas y los juveniles pechos, en parte descubiertos por el amplio escote, de Francesca.

–Te daré seis dineros y a cambio disfrutaré de ti toda la tarde.

–Disfrutaremos juntos.

Jerónimo y Francesca subieron al piso superior donde había varias habitaciones. La joven lo condujo de la mano hasta una de ellas, lo hizo entrar y cerró la puerta tras de sí. La habitación estaba limpia y adornada con guirnaldas de flores. La cama tenía un frontal de madera labrada en

forma de corazón y a los pies se extendía una alfombra de lana en tonos ocres y rojizos. La luz exterior penetraba a través de una pequeña ventana de vidrieras emplomadas que daba a la estrecha calle del burdel. La muchacha se desnudó con suma rapidez y comenzó a soltar el cinturón del jubón de Santa Pau.

–No tan aprisa, jovencita, no tan aprisa, tenemos tiempo -alegó separándose con delicadeza de Francesca.

–No os entiendo; otros clientes vienen con tantas ganas de tomarme que apenas entran en la habitación ya me están desnudando. Vos habéis reparado en cada uno de los detalles de esta alcoba pero apenas os habéis fijado en mí. ¿No os agrado?

–Sí, me pareces una joven muy bella, pero me gusta hacer las cosas despacio. En el amor, como en la vida, es preciso saborear cada momento.

Santa Pau le dijo que se vistiera, y Francesca, aunque no entendía semejante propuesta, así lo hizo. El catalán se acercó a la muchacha y la besó con ternura.

–Nunca me han besado de semejante forma. Los clientes que recibo son hombres ricos y de buenos modales, pero suelen comportarse conmigo de manera brusca, sólo pretenden aliviar su entrepierna y descargar su acumulada pasión, por lo que mis encuentros apenas duran unos momentos.

Ninguno ha mostrado nunca el menor interés por disfrutar de otra cosa que no fuera la momentánea sensación de sentir su semilla derramándose en mi interior -comentó Francesca.

Tras varios largos y delicados besos, Santa Pau la levantó en brazos y la llevó hasta la cama, dejándola sobre la colcha con mayor delicadeza todavía. Poco a poco, deleitándose en todos sus movimientos, rozando suavemente cada porción de piel de la joven que quedaba al descubierto, la desnudó. Recorrió cada palmo de su cuerpo recreándose en sus pequeños pechos de pezones enhiestos y rosados, llenó sus manos con la tersura de las juveniles nalgas, firmes y tensas pero suaves y delicadas, y acarició el rizado pelo de su pubis. La muchacha estaba limpia, como recién bañada, y olía a aceite de lirio y esencia de violeta. Santa Pau sabía que esos perfumes eran de los más caros, pues procedían de Alejandría. Intuyó que los clientes de Francesca debían de ser realmente muy ricos y pensó que eso podría serle útil más adelante, pero se desprendió de inmediato de semejantes pensamientos y se hizo el propósito de preocuparse de la muchacha y del

placer. Francesca tenía los ojos cerrados y apretaba los cabellos de Santa Pau con fuerza. El notario real pasó de los besos a las caricias y de las caricias a recorrer el cuerpo de la joven con la lengua, bajando desde el cuello, deteniéndose en los pezones y luego descendiendo por el centro del vientre hasta alcanzar la hermosa y anaranjada hendidura entre sus piernas.

Francesca sintió como si un enorme fuego la abrasara en una enorme hoguera de placer. Pero aquello fue apenas nada con lo que vino después.

Jerónimo se desvistió despacio, contemplándola desnuda sobre la cama, todavía contorsionándose por el placer que le acababa de proporcionar. Se tumbó encima de ella, apoyando los codos para evitar que todo su peso descansara sobre el cuerpo de la muchacha, y la volvió a besar. Francesca, como si hubiera existido un acuerdo previo entre ambos, abrió las piernas, tomó el pene enhiesto de Jerónimo y lo acercó hasta su húmedo sexo, listo para recibirlo. Un ligero vaivén de las caderas de ambos bastó para que el miembro de Santa Pau desapareciera entre la rizada entrepierna de la joven.

De manera acompasada, con un ritmo cadencioso, entró una y otra vez en el cuerpo de Francesca. Los movimientos de Jerónimo comenzaron siendo muy lentos, dejando discurrir un gran espacio de tiempo entre uno y otro; después se hicieron más rápidos, aunque igualmente delicados. Entonces Francesca sintió de nuevo el calor del fuego, ahora mucho mayor, como si en el imaginado horizonte sólo existiera una gigantesca hoguera que abrasaba todo, una ola de fuego que la joven ansiaba la quemara cuanto antes y la sumiera de nuevo en aquel placer casi infinito. Las contorsiones de Santa Pau se fueron acelerando más y más hasta un momento en el que la muchacha contrajo todo su cuerpo y empujó con sus caderas, al tiempo que la alcanzaba el fuego y una llamarada que inundó su interior de una sensación ardiente pero suave. Santa Pau dejó de moverse y Francesca percibió que todos los músculos de su amante se tensaban como las cuerdas de un laúd, y entonces comprendió que era ella quien lo tañía.

Barcelona, julio de 1378

La reina Sibila aguardaba junto a su hermano don Bernardo de Forciá y el conde de Pallars la visita de Jaime de Cabrera y de varios mercaderes de Barcelona. Estaba radiante, pues hacía apenas unos días que había nacido su hijito Pedro, el nuevo fruto de sus amores con el rey y el primero como reina. Doña Sibila estaba trazando grandes planes para su retoño, al que imaginaba como futuro rey de Jerusalén y tal vez de Aragón. El intrigante

consejero de la reina sabía que el Canciller estaba maquinando una alianza con Venecia. Sus planes eran muy distintos: para Cabrera, y con él el grupo de mercaderes que representaba, era prioritaria la conquista de Tierra Santa.

De nada serviría repartir las posesiones genovesas con Venecia si las costas orientales del Mediterráneo seguían en manos turcas. El partido de Cabrera, a quien apoyaba el conde de Pallars, consideraba necesario un gran acuerdo de toda la cristiandad y que fuera el papa quien encomendara al rey don Pedro la dirección militar de esa alianza. Una vez conquistada Jerusalén, don Pedro sería coronado como su rey.

La reina, sentada en su camarín del palacio Menor, jugaba con su hijita Isabel cuando entró el grupo que encabezaba Jaime de Cabrera. Lo acompañaban los mercaderes Pere Ferrer, Joan Cerdán y Bonanat Alfonso y el astrólogo Felipe de Viviers.

–Sentaos, caballeros -dijo la reina a los recién llegados.

–Majestad, ya conocéis a don Pere, don Joan y don Bonanat, y por supuesto a nuestro afamado astrólogo don Felipe de Viviers.

La reina asintió con un gesto y Bernardo de Forciá hizo lo propio.

–Majestad -intervino Pere Ferrer, el cabecilla de los mercaderes-, estaríamos dispuestos a patrocinar una gran cruzada a Tierra Santa, siempre que el rey y vuestra majestad estuvierais de acuerdo, para reconquistar Jerusalén y los Santos Lugares.

–Es una empresa muy arriesgada -alegó la reina.

–Hemos tenido en cuenta todos los factores. Sería preciso lograr una alianza entre Aragón, Francia, Alemania y Venecia, y contar con la bendición del papa -dijo Cabrera.

–El papa está cuestionado; habría que apresurarse -intervino el conde de Pallars.

–Hay tiempo para ello -prosiguió Cabrera-. Con esa alianza podríamos fletar trescientos navios y cincuenta mil hombres; sería el mayor ejército del mundo. Según nuestros cálculos, con esos contingentes apenas tardaríamos tres semanas en conquistar Jerusalén. También hemos tenido en cuenta la disposición de los astros. Sabemos que el rey no iniciará una campaña de esa envergadura sin saber si las estrellas le son propicias.

Jaime de Cabrera hizo una indicación a Felipe de Viviers y el astrólogo, desplegando un pergamino, dijo:

–Majestad, he estudiado cuál será la posición astral más adecuada para la cruzada a Tierra Santa; he consultado todas las tablas y tratados astronómicos y he podido encontrar el libro que en el año del Señor de 1302

el rey Jaime el Segundo encargó a dos magos astrólogos. Os dije que lo recuperaría: bien, éste es.

Felipe de Viviers mostró un cuadernillo de veinte folios de papel ahuesado y encuadernado en pergamino. La reina, lamentando una vez más no saber leer, cogió no obstante el libro y lo hojeó; estaba lleno de dibujos y de tablas.

–Lo más interesante está en las dos últimas páginas; son las conclusiones de tan arduo trabajo.

Jaime de Cabrera tomó el libro de manos de la reina y leyó: La región celestial es incorruptible. Dios creó el firmamento y en el cielo nos dejó escrito el futuro. Las estrellas fijas y los astros son el mensaje de Dios, que mediante signos y profecías los hombres podemos descifrar.

En los libros sagrados, los profetas nos han ido comunicando algunos de esos signos. Jesucristo nos previno para que estuviéramos siempre preparados, pues desconocemos el día y la hora, pero Dios nunca ha abandonado a sus hijos y se ha revelado a los profetas para que en los astros podamos leer su mensaje. Ahora hemos llegado al principio del fin de los tiempos. La tierra tiembla y la cristiandad ha perdido Jerusalén. El fin no está lejos. Los signos de la herejía anuncian que el Anticristo no tardará en mostrarse ante nosotros. Eso ocurrirá dentro de ochenta y tres años.

–Exactamente en el año del Señor de 1385, majestad. Como recordaréis, esos cálculos coinciden con los que os presenté en el jardín de este mismo palacio hace unos meses -concluyó Viviers.

–Sólo si la cristiandad recupera Jerusalén puede evitarse la catástrofe del fin del mundo. San Juan lo anunció en el Apocalipsis, donde habla de una Jerusalén nueva, una Jerusalén celestial que volverá a la tierra como ciudad perfecta. El rey don Pedro es el designado por Dios para llevar a cabo esta empresa y vos, majestad, seréis su reina, la reina de Jerusalén -

apostilló Jaime de Cabrera.

Doña Sibila reflexionó por unos instantes. Aunque confiaba en la astrología, no entendía de astros y estrellas, y mucho menos de la interpretación de sus movimientos. Creía, como su esposo, que el destino de

las personas estaba escrito en el cielo, pero su ignorancia sobre cómo realizar e interpretar una carta astral le hacía recelar de ciertos astrólogos.

–Seríais la reina más excelsa desde Leonor de Aquitania -observó Jaime de Cabrera.

–Eso sería extraordinario -dijo Bernardo de Forciá.

–Nuestro partido apoyaría en el Consejo de Ciento, y luego en el Consejo Real, que vuestro hijito el infante don Pedro fuera proclamado heredero del reino de Jerusalén; seríais reina y madre de un futuro rey -

recalcó Pere Ferrer.

Los ojos de doña Sibila brillaron como dos rubíes.

–Intentaré convencer a mi esposo de la conveniencia de esa gran cruzada, pero no os aseguro que tenga éxito. Para don Pedro, los intereses de la Corona están por encima de cualquier otra cosa; creo que es el único amor que supera al que siente por mí -observó la reina.

–Nuestros únicos intereses son los de la Corona -añadió Pere Ferrer, aunque sus palabras no parecían sinceras.

El rey don Pedro estaba encantado con su hijo recién nacido, al que la reina Sibila se había empeñado en poner de nombre también Pedro.

–Fijaos, mi reina, cómo mueve los bracitos; será un gran príncipe -

aseveró el rey.

–¿No preferiríais que fuera un gran rey? – objetó la reina.

–Sabéis que eso es imposible. Los derechos dinásticos pertenecen a mi hijo mayor el príncipe Juan, las Cortes no admitirían otra cosa.

–No en el caso de Aragón, Barcelona y Valencia, pero Mallorca es una conquista vuestra, podéis legarla a quien deseéis.

–Toda mi vida ha estado al servicio de reintegrar a la Corona las tierras que algún día pertenecieron a ella; no voy a caer en el error contra el que tanto he luchado. La división no acarrearía sino problemas en el futuro. La Corona debe ser gobernada por un único monarca, la experiencia de Mallorca ha sido suficiente. Mi antepasado el rey don Jaime el Conquistador nunca debió segregar las islas del resto de sus estados. Tuve que librar una guerra para corregir aquel error, no quiero que mis hijos se vean obligados a hacer lo mismo.

–Todavía quedan Sicilia y Cerdeña -insistió la reina.

–Son casos similares a Mallorca; ambas islas han de pertenecer a la Corona.

–¿Y en el caso de nuevas conquistas?

–¿A qué nuevas conquistas os referís? – preguntó don Pedro.

–A las que pueda hacer vuestra majestad y que ya sean un reino.

–¿Castilla? ¿Francia? No, son demasiado poderosas y tienen sus propias dinastías.

–Me refiero a Jerusalén, al reino de Jerusalén.

–Veo que os ha dejado huella la idea de ese consejero vuestro, el tal Cabrera. ¿Sigue empeñado en que el rey de Aragón encabece una cruzada a Jerusalén?

–Las profecías y los astros así parecen indicarlo.

–No soy joven, pronto cumpliré sesenta años; soy una de las personas más viejas del mundo. Hace más de cuarenta que fui coronado rey. Cuando inicié mi reinado, vos no habíais nacido; ni siquiera recuerdo quién era entonces el papa. Es probable que sólo el Canciller y el maestre de Rodas, don Juan Fernández de Heredia, sean más viejos que yo.

–No conozco a nadie tan vital como vos: habéis tenido tres esposas antes de mí, habéis engendrado una docena de hijos, habéis batallado con Castilla, con Francia y con Genova y habéis dominado el Mediterráneo. Me habéis hecho tres hijos, uno por año, y en vuestros ojos atisbo nuevos deseos de tomarme en cuanto me recupere del último parto. Ni por un momento he dudado de que, si así lo quisierais, sobre los muros de Jerusalén no tardaría en ondear el estandarte del rey de Aragón.

–Y vos seríais reina de Jerusalén.

–Y nuestro querido hijito, el príncipe de la Ciudad Santa -añadió doña Sibila.

–Sois tan adorablemente ambiciosa…

–Sólo quiero que estéis orgulloso de mí; nada mejor para ello que vuestra cuarta reina sea también madre de un futuro rey.

El rey se acercó a su esposa y le acarició los cabellos. Pese a lo avanzado del verano una suave brisa marina refrescaba la estancia del palacio Menor de Barcelona. Doña Sibila tomó la mano de su marido y la estrechó en su pecho. Don Pedro no pudo verla, pero una sutil sonrisa se perfiló en los labios de la reina.

Barcelona, agosto de 1378

El Canciller se movía nervioso de un lado para otro; en sus manos sostenía un breve informe recién llegado desde Alejandría. Los gruesos

muros de piedra de la cancillería apenas mitigaban el calor sofocante del verano barcelonés.

Jerónimo de Santa Pau entró en el gabinete del Canciller.

–Os esperaba con impaciencia -dijo el Canciller.

–He venido todo lo rápido que me ha sido posible. A esta hora las calles están llenas de gente y es difícil avanzar con celeridad, hoy es día de mercado -se excusó Santa Pau.

–El Grial ya está aquí.

–¿Qué?

–El Grial, el cáliz de la Última Cena -repitió el Canciller-. Nuestro agente en Alejandría consiguió embarcarse a bordo de una nave que partió hace meses hacia Barcelona. No he recibido antes noticias suyas porque ha tenido una travesía muy accidentada. Una tempestad desvió su nave hasta Creta, donde estuvo varada casi tres meses mientras se reparaban los desperfectos que causó la tormenta. Cuando pudieron navegar de nuevo, una galera veneciana los detuvo cerca de Bari y tuvieron que amarrar en Sicilia varias semanas. Ayer atracaron en el puerto. El cáliz ha viajado custodiado en una caja de madera precintada. No sé cómo lo han logrado, pero me temo que la reina es quien está detrás de todo esto. Los mercaderes Joan de Centelles y Marimón de Plegamans son miembros del partido que está haciendo todo lo posible para lograr que nuestro rey se comprometa en una cruzada. Consideran que ofreciendo el Grial a don Pedro conseguirán que se decida al fin a emprender esa aventura.

–¿Qué os hace pensar que el rey aceptará ese cáliz como el verdadero Grial? – preguntó Santa Pau.

–Su majestad tiene una fe ciega en la astrología. Yo mismo he intentado persuadirlo en muchas ocasiones de que esa…, llamémosle ciencia, carece de fundamento, pero él está convencido de que la astrología sirve para escudriñar el futuro de los hombres. Un astrólogo francés contratado por Jaime de Cabrera, ese intrigante… -masculló el Canciller-, está intentando convencer a don Pedro de que él es el monarca que conquistará definitivamente Jerusalén para la cristiandad y derrotará al Anticristo. Los mercaderes le prometieron el Grial y ya lo tienen. La reina los apoya y no cesa de presionar al rey para que inicie esa cruzada. ¿Os dais cuenta? Los astros, las profecías, el Grial…, la trampa en torno al rey está perfectamente trazada.