El invierno de la Corona
Capítulo 7
viejo que conozco, tras el maestre de Rodas, claro.
–Antes de cualquier otra empresa, asegurar Grecia me parece primordial. Rocabertí se está mostrando como un soldado muy eficaz.
–Lo es. Y lo será más aún cuando logre destruir esa galera gigante que tantos problemas está causando a las naves venecianas; tiene instrucciones personales mías para localizarla y hundirla. Ya he comunicado al dogo de Venecia que intentaremos acabar con esa galera genovesa; espero que sepa agradecer la ayuda que le estamos prestando -dijo el rey.
–Por lo que me ha informado Santa Pau, el dogo Andrea Contareno es un hábil diplomático.
–Todos los venecianos lo son. Vos habéis conocido y negociado con muchos embajadores de esa república y sois testigo privilegiado de su habilidad. Están formados en la mejor escuela del mundo y son herederos de la más relevante tradición diplomática; ¿qué otra cosa podría esperarse de ellos que una extraordinaria capacidad para la política? – alegó don Pedro.
–Vuestra majestad no tiene nada que envidiar a los venecianos en el arte de la alta política.
–Me aduláis, Canciller, pero al lado de los venecianos todos somos meros aprendices.
El rey hizo sonar una campanilla y al instante apareció un paje.
–Haced que venga el notario; he de dictar una serie de documentos. El Canciller los testiñcará.
El notario pidió permiso para entrar y el rey se lo concedió. Don Pedro y el Canciller redactaron durante toda la mañana diversos documentos dirigidos a los agentes catalanes en diversas ciudades de Italia y algunas instrucciones a Rocabertí sobre el gobierno de los ducados de Atenas y Neopatria. El rey, pese a sus más de sesenta años, parecía infatigable.
Dictaba órdenes a tal velocidad que el notario apenas podía seguir su ritmo.
A mediodía el escribiente estaba agotado y el Canciller solicitó al rey un receso para comer. – De acuerdo, continuaremos por la tarde hasta que anochezca; estos asuntos no pueden esperar.
CAPÍTULO 7
Atenas, primavera de 1382
Aquel invierno fue muy suave en Atenas: sólo algunos días de lluvia, frío durante las noches de principios de año y casi siempre un límpido cielo azul. Rocabertí visitó todas las localidades importantes de los ducados para llevar a sus condes y gobernadores los ánimos del rey de Aragón y revisar su administración. En una expedición a la isla de Naxos, Rocabertí se vio obligado a hundir la galera Ambrós, que quedó inservible tras soportar un violento temporal. A cambio Nicolo, duque del Archipiélago, le hizo entrega de la galera San Antonio. En Atenas, Santa Pau se dedicó a organizar la cancillería de los ducados y a estudiar la cultura helénica. El catalán estaba asombrado ante la capacidad creativa del arte griego y lamentó el estado de deterioro en que se encontraban algunos de sus magníficos monumentos. Instalado en unas pequeñas dependencias del palacio de gobierno, ubicado en lo que fuera la monumental entrada de la Acrópolis llamada los Propileos, ordenó eliminar algunos añadidos arquitectónicos que afeaban los templos de la Antigüedad. Consiguió dejar expedita la entrada a la capilla de San Bartolomé, que antaño fuera la Pinacoteca clásica, suprimió ciertos catafalcos de madera que se habían adosado a la catedral de Santa María, el otrora templo de Atenea Pártenos, y restauró el tejado del templo de Teseo, ahora iglesia cristiana dedicada a san Jorge.
A comienzos de primavera, cuando Santa Pau estaba más afanado con su trabajo en Atenas, Rocabertí recibió la orden de regresar a Barcelona. El mensaje real lo portaba una coca valenciana que navegaba hacia Chipre cargada con trigo, azafrán y lana; en la nave viajaba un embajador del rey de Aragón con un salvoconducto dirigido al soldán de Egipto para liberar al rey de Armenia, que llevaba preso varios años. El vizconde hubiera preferido continuar como gobernador en Atenas, pero no podía desobedecer a su rey y tenía una cita ineludible en el mar. Durante mes y medio se prepararon las cuatro galeras para el regreso.
Tras la Semana Santa, los catalanes atenienses ofrecieron una gran fiesta de despedida a Rocabertí y a sus hombres. En un teatro semiderruido, a los pies de la Acrópolis, se celebraron danzas y representaciones dramáticas.
Actores llegados de Salónica y de la misma Constantinopla actuaron de manera excelente y los músicos acompañaron a los saltimbanquis con melodías de flautas y cítaras que recordaban antiguos sones ya casi olvidados. Un ateniense, cuyos abuelos habían llegado hacía ochenta años a
Grecia, recitó en catalán un largo poema en el que se glosaban las hazañas de los almogávares que durante décadas fueron los dueños del Oriente mediterráneo: en una de las estrofas se decía que hasta los peces que nadaban en esas aguas llevaban pintados en el lomo los colores del rey de Aragón. En grandes calderas de bronce se freía pescado en aceite de oliva y en enormes espetones de hierro se asaban sobre las brasas varios carneros y dos bueyes. El vino griego, de intenso olor a resina y a maderas aromáticas, corría por las mesas en antiguas jarras de cerámica roja y negra, y en bandejas de mimbre se amontonaban naranjas, limones y cidras.
Don Pedro había ordenado a Rocabertí que en cuanto atracara en El Pireo una galera con refuerzos para relevar a la guarnición de la Acrópolis, partiera con sus cuatro naves de regreso a Barcelona. Las tropas de refresco arribaron una soleada mañana. Rocabertí y Santa Pau las recibieron sobre el malecón del muelle: el vizconde, apesadumbrado porque aún no había podido cumplir sus sueños de convertirse en el segundo Roger de Lauria, y el notario real, alegre porque pronto volvería a encontrarse en los cálidos brazos de Francesca.
El capitán de la galera recién llegada era un espigado mallorquín de rostro afilado y pelo negro y rizado. Una fina cicatriz cruzaba su rostro desde la ceja derecha hasta la barbilla.
–Sed bienvenido, capitán -lo saludó Rocabertí en cuanto puso pie a tierra.
–Gracias, señor -respondió el mallorquín.
–¿Habéis tenido una buena travesía?
–Sí, señor vizconde, excelente. En Sicilia nos advirtieron que la galera genovesa Bechignana ha vuelto a navegar tras varios meses atracada en puerto. Dicen que ha sido mejor armada todavía y que su nueva tripulación asciende a más de cuatrocientos hombres. Debe de estar patrullando la entrada al mar Adriático, en espera de presas venecianas.
–Todo el mundo habla de esa galera gigante genovesa -dijo Rocabertí.
–No es para menos, vizconde -intervino Santa Pau.
–¡Ah!, perdonad, capitán, os presento a Jerónimo de Santa Pau, es notario real.
El mallorquín y el catalán se saludaron con una inclinación de cabeza.
–Yo he visto esa galera, estaba anclada en el puerto de Genova junto a una flotilla de navios genoveses y milaneses -dijo Santa Pau.
–No la temo. Por muy grande que sea, esa Bechignana poco podrá hacer contra nuestras cuatro galeras -aseguró Rocabertí.
–La Bechignana nunca navega sola. Es la nave principal de una escuadra compuesta por varias galeras que siempre la acompañan -aclaró Santa Pau.
En el palacio de los Propileos, en el acceso a la Acrópolis, Rocabertí requirió la presencia de Santa Pau.
–El capitán mallorquín trae una orden sellada de nuestro rey. Don Pedro me ratifica por escrito sus órdenes orales y me ordena que localice esa nave gigante genovesa y la capture o la hunda; después iremos a buscar a doña María de Sicilia y la dejaremos en lugar seguro.
Rocabertí extendió hacia Santa Pau el pergamino con la orden real.
–Esto puede significar la guerra con Francia y la ruptura con el papado -
alegó Santa Pau.
–Creo que ninguna de esas dos cuestiones le importa lo más mínimo a su majestad.
–Los genoveses no se resignarán a perder su influencia en el Mediterráneo; están haciendo un esfuerzo extraordinario por mantenerla.
–Y nosotros por impedirlo -aseguró Rocabertí.
Seis días después de que llegara el relevo, el vizconde ordenó a sus hombres que embarcaran en las cuatro galeras; antes advirtió a Santa Pau que no comentara nada sobre la posibilidad de un encuentro con la galera gigante genovesa, pero el notario lo convenció de que sería mucho mejor prevenir a todos los marineros.
Rocabertí reflexionó un instante:
–Sí, creo que tenéis razón. Informaré a todos los oficiales.
–Sería conveniente que exagerarais un poco; así, si nos encontramos con esa galera, la impresión será menor para los marineros.
El vizconde explicó a sus oficiales que Ja Gigante surcaba el Mediterráneo en busca de presas venecianas, pero que no haría ascos a un buen bocado catalán, y los conminó a que fueran ellos los que hicieran que se le atragantara.
Los expedicionarios se despidieron de Atenas una vez que Rocabertí dio las instrucciones oportunas al vicegobernador. Cuando abandonaban la ciudad camino de El Pireo, la bandera cuatribarrada seguía ondeando en lo más alto del Partenón.
En la cabina de Rocabertí, en la galera Santa Coloma, el vizconde explicó a los oficiales de la flota la nueva misión.
–Los genoveses cuentan con la Bechignana y varias galeras de escolta, pero nuestras naves son mejores y más veloces, y sobre todo tienen una mayor potencia de fuego. El factor sorpresa, con el que sin duda contaban los genoveses, ha desaparecido, lo que supone una ventaja para nosotros.
Vos, capitán de la Santa Coloma, sois el más experto de todos los oficiales; preparad un plan de batalla. Lo discutiremos después de zarpar.
Al día siguiente las cuatro galeras bogaron hacia alta mar dejando a su popa el puerto de El Pireo. A lo lejos, entre una tenue calina, parecía dibujarse el rotundo contorno de la Acrópolis.
Mar Mediterráneo, junio de 1382
El plan de combate que expuso el capitán de la Santa Coloma era sencillo, pero aparentemente muy eficaz. Se basaba en mantener agrupadas a las cuatro galeras navegando en formación de cuadrado, con las dos galeras reales, la Santa Coloma y la San Antonio, en primera línea y la de los diputados catalanes y la mallorquina inmediatamente detrás. Sobre una mesa, el experto marino desarrolló la táctica con ayuda de unas pequeñas maquetas, explicando los movimientos que cada uno de los pilotos debía realizar en caso de ataques por cualquiera de los lados. Si la flotilla genovesa aparecía por proa, la formación en cuadro debería desplegarse de inmediato en un frente que arremetería a toda velocidad contra el centro de la escuadra genovesa, donde suponía que navegaría la Bechignana. Si los genoveses aparecían por los flancos, bien a babor bien a estribor, las dos galeras del flanco opuesto realizarían una maniobra envolvente, la una por delante y la otra por detrás del frente que de inmediato tenían que formar las dos galeras del lado que recibiera el ataque. Si las naves aparecían por popa, las dos galeras de la parte posterior se abrirían una a cada lado de las dos anteriores y, una vez lograda la formación en línea, girarían al unísono en el sentido que se ordenase en función del viento para ofrecer un único frente y atacar según el plan previsto para un encuentro en proa. La primera en entrar en combate sería en todo caso la Santa Coloma. Rocabertí aprobó el plan y ordenó que en cuanto navegasen en mar abierto, todos los días se realizarían simulacros de batalla a fin de coordinar la ejecución de los movimientos.
Desde ese mismo día, las maniobras se repitieron dos veces por jornada, una por la mañana y otra tras la comida de mediodía. Rocabertí era consciente de que estas prácticas retrasaban el viaje de vuelta en dos o tres semanas al menos, pero no estaba dispuesto a dejarse sorprender por los genoveses. Había jurado ante el altar de la Virgen, en el Partenón, que regresaría a Barcelona pese a los genoveses, al mar y a sus tempestades.
La travesía del Egeo y el periplo del Peloponeso se hicieron sin problemas, pero cuando enfilaban rumbo a Italia estalló una tormenta que obligó a la flotilla a buscar refugio hacia el norte. La única galera dañada resultó ser la sufragada por los diputados catalanes, que registró algunos desperfectos en el casco y en el mástil de proa. Rocabertí culpó de esas averías a la rapidez con que se armó la nave por el retraso de los diputados catalanes en librar los pagos que les correspondían, pero el capitán de la Santa Coloma, en quien Rocabertí confiaba plenamente, le aseguró que los desperfectos se debían a que la tempestad había golpeado con mayor dureza a la galera catalana que a las otras tres. El vizconde aceptó las explicaciones pero mantuvo ciertas dudas.
El retraso aumentaba mucho más de lo previsto. La tempestad les obligó a buscar refugio hacia la costa y recalaron cerca de la isla de Corfú, donde se ubicaba la principal base veneciana en el Adriático sur. En unas calas solitarias pudieron reparar los destrozos causados por el temporal y diez días después estuvieron en condiciones de volver a navegar. El mástil de mesana de la galera sufragada por los catalanes tuvo que ser repuesto, pero pese a ello no navegaba con la agilidad y rapidez que las otras tres; con fuerte viento de popa se retrasaba enseguida y no podía seguir el ritmo de las demás.
–Dentro de poco avistaremos las costas del sur de Italia; hemos navegado en zigzag y no hay rastro de los genoveses, tal vez no estén esperándonos -dijo el capitán de la Santa Coloma, que desde el puente, junto a Rocabertí y Santa Pau, trazaba el rumbo a seguir con la ayuda de un astrolabio árabe una vez terminó el segundo ejercicio del día.
–La maniobra de reagrupación debe ser más rápida. Si nos sorprenden los genoveses cuando estemos totalmente desplegados, nos derrotarán con facilidad -indicó Rocabertí.
Aquel amanecer parecía presagiar algo importante. Los primeros rayos de sol teñían el cielo de tonos rojos y malvas. Rocabertí estaba sobre el
puente, apoyado en la barandilla de popa.
–Parece un atardecer -comentó Santa Pau, que acababa de salir a cubierta.
Rocabertí, sin volverse a mirarlo, lo corrigió:
–No, señor notario, es como si el cielo estuviera sangrando.
La frase del vizconde parecía un presagio. A media mañana, justo al terminar la primera de las maniobras del día, dos mástiles fueron avistados a babor.
–¿Qué opináis? – preguntó Rocabertí al capitán de la Santa Coloma.
–No estoy seguro, señor vizconde; es probable que sean genovesas, o tal vez venecianas. No tardaremos en averiguarlo.
Poco más tarde el vigía, mirando a través de un tubo con cristales ópticos de aumento, pudo distinguir una bandera ondeando en lo más alto de los mástiles.
–¡Es la cruz de San Andrés, la cruz de San Andrés! – gritó.
–Bien, ahí están los genoveses -ratificó el capitán.
–¿Es alguna de esas dos la Bechignana? – inquirió Rocabertí.
–Desde luego, por el tamaño no. Se trata de dos galeras de un solo puente; apenas ciento cincuenta hombres de tripulación en cada una de ellas
-contestó el capitán.
–Unas presas fáciles para nosotros -sonrió Rocabertí.
–Sí, tal vez, pero hay algo que no me gusta -intervino Santa Pau.
–Explicaos.
–Los genoveses conocen nuestra ruta de regreso, y sin duda ellos también nos han visto y se habrán percatado de que en nuestros mástiles ondea la bandera del rey de Aragón. Pero si tan sólo son dos pequeñas galeras, ¿cómo es que mantienen la distancia y no han huido?
–Buena pregunta, señor notario -observó el capitán-. Tal vez la solución esté unas cuantas millas más allá.
–De modo que suponéis que detrás de esas galeras puede estar la Bechignana con el resto de la flota genovesa -supuso el vizconde.
–Creo que esas dos galeras son un cebo.
–En ese caso sigamos vuestra táctica.
–Si lo hiciéramos y detrás estuviera el resto de la escuadra, la ventaja estratégica estaría de su parte. No podemos atacar su centro si en él no está la Bechignana.
–Bien, en este caso, ¿qué aconsejáis? – demandó Rocabertí.
–Esperar. En no pocas ocasiones la paciencia es un arma para la victoria.
Durante varias horas las cuatro galeras del rey de Aragón se mantuvieron a barlovento, navegando de bolina para no perder la formación en cuadro. Las horas pasaban lentas y calmosas; los ballesteros estaban apostados con sus armas en la borda, las bombardas y trabucos se habían cargado con pólvora y bolaños de hierro de treinta y seis libras y los artilleros aguardaban en sus puestos. De vez en cuando los aguadores acudían a sofocar la sed de los hombres cuyas gargantas resecas y labios agrietados reflejaban la tensión previa a cualquier batalla. A medio día se repartió una ración doble de comida, un buen puñado de galletas y un cuartillo de vino por persona. La refriega podía estallar en cualquier momento y sería mucho mejor afrontarla con el estómago lleno y la cabeza alegre. Sobre el puente de la Santa Coloma, Rocabertí, Santa Pau y los oficiales mantenían un silencio denso y opaco, como de bronce.
–Ellos ya sabrán que nosotros suponemos que la Bechignana está allí, en cualquier parte -susurró Rocabertí.
–Pero también saben que desconocemos cuántos son ni dónde se encuentran, aunque en Genova me aseguraron que la Bechignana siempre viaja con cuatro galeras de escolta -musitó Santa Pau.
–¿Y ahora qué hacemos? – se dirigió Rocabertí al capitán.
–Seguir esperando con paciencia, con mucha paciencia -respondió lacónicamente.
Durante la tarde las posiciones no variaron: al oeste las dos galeras genovesas y al este las cuatro del rey de Aragón. En todas ellas gentes tensas, marineros asidos a sus puestos como las rocas al suelo, rostros endurecidos por el sol, el aire y la sal fijos en el enemigo. Pasó la tarde, cayó la noche y amaneció un nuevo día. Las posiciones apenas habían variado. La calma chicha se había tornado en un ligero oleaje movido por una suave brisa del oeste que hacía cabecear las naves de proa a popa.
Rocabertí, que apenas había podido dormir, se movía por el puente de la Santa Coloma como un león enjaulado.
–Esta espera es peor que combatir. Si mañana antes de mediodía no atacan esos genoveses, lo haremos nosotros -dijo Rocabertí.
–Sería un error -comentó el capitán de la Santa Coloma-. Eso es lo que desean que hagamos; su estrategia se basa en que seamos los primeros en atacar.
Rocabertí aceptó de mala gana las opiniones del capitán y arengó a la tropa para que se dispusiera a una larga espera.
Al tercer día arreció el viento del oeste. Rocabertí ordenó que todos permanecieran alerta en sus puestos.
–Si no me equivoco, los genoveses nos atacarán hoy mismo. Este viento los empujará hacia nosotros, y no les queda otro remedio que atacar antes de que se deshaga su formación. Es el momento de poner en práctica los movimientos que hemos ensayado. Creo que cargarán de frente. Como ha supuesto Santa Pau, deben de ser cinco, a lo sumo seis galeras, pues si fueran más nos hubieran atacado antes. Lo más lógico es que estén formadas esas dos que tenemos delante y tras ellas otras tres, dos en los flancos y la Bechignana en medio. Lanzarán la Bechignana al centro de nuestra formación y con sus galeras de retaguardia tratarán de envolver nuestro cuadro.
El capitán de la Santa Coloma explicaba a Rocabertí, a Santa Pau y a los oficiales el planteamiento de la batalla sobre una mesa con las pequeñas maquetas de galeras; las del rey de Aragón estaban pintadas en rojo y las genovesas en azul.
–Si el ataque genovés se produce como suponéis, nuestras galeras deberán abrirse en un frente único -intervino Rocabertí.
–En efecto, señor vizconde. Pero este viento y la disposición de los genoveses nos obliga a hacerlo de modo distinto a como hemos practicado.
La Santa Coloma y la San Antonio se abrirán a los lados para dejar el centro a las galeras catalana y mallorquina. Estas dos deberán aguantar cuanto puedan el empuje de la Bechignana, que sin duda irá a por ellas. En el último momento virarán una a babor y otra a estribor para dejar entre ambas a la galera gigante. Así, mientras la Bechignana está ocupada con nuestras dos galeras menores, la Santa Coloma y la San Antonio tendrán tiempo para destruir a las galeras genovesas de apoyo. Hemos de aguantar el flanco débil protegido por las otras dos naves. Se trata de aislar a la Bechignana en el centro de nuestra formación. Si conseguimos mantener la serenidad hasta el último momento y las galeras catalana y mallorquina pueden aguantar a
la Bechignana mientras la Santa Coloma y la San Antonio se deshacen de la escolta, la victoria será nuestra.
A mediodía las dos galeras genovesas que podían avistarse desde la Santa Coloma se lanzaron hacia delante aprovechando el viento de popa.
Estaban a una distancia de seis millas cuando entre ambas apareció la Bechignana y a sus flancos otras dos galeras de apoyo.
–Como suponíais, Santa Pau, son cinco -gritó Rocabertí.
–Hemos tenido suerte, de ser una o dos más nos veríamos en un mayor aprieto.
Rocabertí ordenó trasmitir mediante banderas de señales a las otras tres galeras que estuvieran prestas a iniciar la maniobra diseñada por el capitán de la Santa Coloma en cuanto se diera la orden.
–Ojalá que ningún piloto se ponga nervioso; si se rompe la formación antes de tiempo no tendremos ninguna posibilidad -comentó el capitán de la Santa Coloma.
–¿Habrá combate cuerpo a cuerpo?
–Sin duda, señor notario, por eso sería conveniente que os procurarais una buena espada. En esta situación, vuestra pluma es un objeto inútil.
Santa Pau acudió a uno de los oficiales, que le entregó una espada de doble filo, un cuchillo largo y un yelmo de hierro.
–Sobre todo no cerréis nunca los ojos en la pelea -le recomendó el oficial-. Y tened siempre presente que vuestros enemigos tienen tanto miedo como vos.
Los genoveses se acercaban con toda la fuerza de los remos y del viento.
–¡Que nadie se mueva!, ¡todo el mundo quieto hasta que ordene el despliegue! – gritaba Rocabertí desde el puente de mando.
Las galeras genovesas se encontraban apenas a una milla de distancia cuando el capitán de la Santa Coloma indicó a Rocabertí que ése era el momento apropiado. El vizconde ordenó a su ayudante que ondeara la bandera roja y las dos galeras reales clavaron sus timones del lado hacia el que iban a girar y se abrieron en abanico a fuerza de remos, la Santa Coloma a babor y la San Antonio a estribor. En unos instantes las cuatro naves del rey de Aragón mostraron un único frente compacto a las genovesas, que bogaban en formación de cuadro, con la Bechignana en el centro. Los genoveses no esperaban una maniobra tan audaz y apenas
pudieron esquivar las proas de sus adversarios. La Bechignana, demasiado grande para virar en tan poco espacio, quedó aislada en medio de la formación aragonesa.
La siguiente orden de Rocabertí tuvo el eco de las bombardas de las cuatro naves del rey de Aragón disparando andanadas a discreción. Los proyectiles de hierro de treinta y seis libras barrieron las cubiertas de las galeras genovesas y desarbolaron los mástiles de dos de ellas. La Bechignana estaba siendo acosada por los dos flancos. La galera de los diputados catalanes bombardeaba por su lado de estribor mientras la mallorquina lo hacía por el de babor. Con uno de sus dos flancos protegidos por una galera amiga, emparejadas la Santa Coloma con la galera de los diputados catalanes y la San Antonio con la mallorquina, las naves del rey de Aragón podían concentrar todo su fuego en un solo costado. Tras las primeras descargas de bolaños, Rocabertí ordenó lanzar desde las catapultas los frascos de cerámica rellenos con nafta, azufre y aceite de linaza. Una lluvia de fuego cayó de improviso sobre las naves genovesas cuando aún no se habían repuesto de las andanadas de proyectiles. En cada una de las galeras del rey de Aragón se habían dispuesto decenas de jarras de cerámica que en Atenas se habían llenado de nafta, un líquido espeso y muy inflamable que los griegos venían usando desde hacía siglos en sus combates en el mar. En el momento de lanzar los jarros se envolvían en un trapo impregnado de resina al que se prendía fuego; cuando el jarro chocaba con algo sólido, en este caso sobre las cubiertas de las galeras genovesas, se rompían en mil pedazos y el líquido que contenía estallaba al contacto con el fuego y el aire provocando un incendio.
Santa Pau, asido a su espada como un niño asustado a la mano de su madre, contemplaba la formidable batalla como sumido en un pesado sueño. En ocasiones no sentía otra cosa que un profundo silencio, y creía que sus oídos se habían quedado sordos de repente. Por el contrario, en otros momentos escuchaba en el interior de su cabeza un sonido atronador, como si mil caballos golpearan con sus cascos al unísono sobre los huesos de su cráneo.
Tras media hora de fuego de artillería, dos de las cinco naves genovesas habían sufrido graves daños y la Bechignana parecía no poder librarse del acoso de las dos galeras, la catalana y la mallorquina, que la habían
encajonado entre sus flancos y que, pese a recibir muchos impactos, mantenían firmes sus posiciones.
–¡Ahora, que actúen los ballesteros ahora! – gritó Rocabertí a su ayudante, el cual movió las banderas de órdenes según las claves acordadas.
En un instante las bordas de las cuatro galeras del rey de Aragón se poblaron de los precisos ballesteros catalanes, valencianos y aragoneses que lanzaron una certera tanda de virotes y de dardos incendiarios embreados con copos de cáñamo hacia las naves enemigas. Decenas de soldados genoveses cayeron ensartados por las saetas de los expertos ballesteros, quienes siguieron lanzando flechas con una cadencia y una precisión como sólo ellos eran capaces de hacer.
–¡Mantened la posición!, ¡sobre todo mantened la posición! – gritaba Rocabertí.
El almirante genovés, consciente de que su situación era delicadísima, ordenó al piloto de la Bechignana que intentara retroceder usando los remos para salir de la trampa en la que había caído, pero el capitán de la San Antonio se dio cuenta de lo que pretendía y le cerró el paso. Una de las galeras genovesas de escolta trató de socorrer a la Bechignana, pero una andanada de proyectiles de hierro procedente de la Santa Coloma le partió el artimón, que cayó sobre cubierta, y la dejó sin posibilidad de maniobra.
Una hora después de iniciado el combate tres galeras genovesas ardían, una cuarta estaba inutilizada y sólo la Bechignana aguantaba las descargas de bolaños de hierro, cántaros de nafta y saetas que le lanzaban desde las maltrechas galeras catalana y mallorquina.
–Es demasiado grande para esas dos galeras. Comunicad al capitán de la San Antonio que se coloque a babor de la Bechignana y substituya a la galera mallorquina; nosotros con la Santa Coloma haremos lo mismo con la galera de los diputados catalanes en el lado de estribor. ¡Nos lanzaremos al abordaje! – clamó Rocabertí.
La Santa Coloma y la San Antonio no eran tan grandes como la Bechignana, pero desde sus cubiertas podía alcanzarse la borda de la galera gigante genovesa.
–¡Listos para el abordaje! – gritó Rocabertí encaramado en el puente de mando de la Santa Coloma.
Santa Pau contempló al vizconde y por el brillo de sus ojos, que atisbo entre la abertura del yelmo de combate, pudo adivinar que Rocabertí había
logrado al fin su sueño de convertirse en un segundo Roger de Lauria.
Los soldados aragoneses y catalanes abordaron la cubierta de la Bechignana como si estuvieran poseídos por el dios de la guerra. Gritaban
«¡Aragón, Aragón!» y «¡Desperta ferro!», y cada uno de ellos estaba convencido de emular las glorias de los legendarios almogávares; se emplearon con tal furia en la refriega que los genoveses se vieron desbordados y perdidos. El mismo Santa Pau, embriagado por el olor a humo, a salitre y a sangre, peleó con toda la contundencia de que era capaz y no dudó en trepar a la cubierta de la galera gigante genovesa repartiendo mandobles con su espada.
Cuando acabó todo, la cubierta de la Bechignana estaba alfombrada de cadáveres que parecían nadar en una enorme bañera llena de sangre. Sobre el puente de proa Rocabertí sostenía la cabeza cortada del almirante genovés, cuyos ojos salidos de sus órbitas y su rictus de terror hicieron despertar a Santa Pau de aquella pesadilla de sangre y muerte.
Al atardecer, se procedió al recuento tras la batalla. Tres naves genovesas se habían quemado y hundido con la mayoría de sus tripulaciones, otra había sido capturada, pero sufría graves desperfectos en los mástiles, y la Bechignana se mantenía a flote, aunque había perdido el trinquete y el palo de mesana y estaba muy seriamente dañada en su casco, en sus otros dos palos y en los tres puentes. De los más de mil combatientes genoveses sólo se habían salvado dos centenares, la mayoría heridos; los demás se habían ahogado o habían sido muertos por los bolaños y las saetas o atravesados por las espadas y las hachas de combate.
Rocabertí había perdido dos galeras, la de los diputados catalanes, que se hundió lentamente a causa de los destrozos que le causara la Bechignana, y la galera mallorquina, que estaba tan dañada en su casco y en sus mástiles que no podía seguir navegando; la Santa Coloma tenía destrozado el mástil de proa y buena parte del velamen, pero con algunas reparaciones llegaría a Barcelona sin dificultades; por fin, la San Antonio tenía desarboladas las entenas del mástil de popa y del palo mayor, dos de sus tres puentes estaban destruidos y había perdido parte del lateral de la borda de babor. De los novecientos tripulantes de la escuadra aragonesa habían muerto cuatrocientos y otros ciento cincuenta estaban heridos.
–Bien, disponemos de poco más de trescientos hombres útiles y cuatro barcos, dos de ellos muy dañados y los otros dos con serios problemas.
Navegar así hasta Barcelona resultará una empresa más arriesgada que esta batalla que acabamos de librar -dijo Santa Pau.
–En estas condiciones nunca llegaríamos a Barcelona -intervino el capitán de la Santa Coloma-. Hemos de desprendernos de los genoveses y de su galera de escolta.
–¿No pretenderéis que los arrojemos al mar?
–No, desde luego que no. Se han batido con bravura, merecen un destino mejor.
–Si los dejamos libres, volverán a enfrentarse con nosotros en alguna ocasión -alegó Rocabertí.
–Vos sois quien dirigís esta empresa, vizconde, pero demostraríais una extraordinaria grandeza si, visto que no podemos llevarlos con nosotros, los desembarcarais en algún lugar de la costa -propuso Santa Pau.
–Si así lo hacemos, ¿imagináis lo que les espera? Esa solución sería peor que arrojarlos al mar, en tierra firme no tardarían en matarlos.
–En ese caso dejémosles la única galera que se ha salvado de las cuatro de escolta. Si les proporcionamos algunos víveres y material para las más urgentes reparaciones podrían llegar hasta Genova, o al menos a Córcega -
propuso de nuevo Santa Pau.
–Si vos hubieseis perdido la Bechignana, ¿desearíais regresar a Genova? – inquirió Rocabertí.
–Veo que no juzgáis como viable otra solución que arrojarlos al mar.
–El mar ha regido buena parte de su vida y de su destino, dejemos que siga siendo el mar quien decida su fortuna.
Santa Pau creyó que Rocabertí había decidido ejecutar a los doscientos genoveses, pero el vizconde ordenó que fueran trasladados a la galera de escolta genovesa y les proporcionó alimentos suficientes para un mes y algunos materíales para reparar los principales desperfectos.
–Al mar os encomiendo, él fijará vuestro futuro -les dijo Rocabertí cuando se alejaban.
–Con esa galera no llegarán muy lejos. Una pequeña tempestad los echará a pique -comentó el capitán de la Santa Coloma al oído de Santa Pau.
–Es lo único que podíamos hacer -aseguró el notario real.
Con muchas dificultades, la Santa Coloma, la San Antonio y los restos de la Bechignana alcanzaron las costas de Sicilia. Durante tres semanas se
dedicaron a curar a los heridos y a rehacer las naves. La Bechignana estaba mucho peor de lo que habían imaginado. Los genoveses la habían reparado en multitud de ocasiones; la mayor parte de su estructura estaba muy dañada y, ante la imposibilidad de mantenerla a flote, se optó por desguazarla para con sus despojos recomponer la Santa Coloma y la San Antonio.
–Fijaos, Santa Pau, han usado pernos de cobre para ensamblar la armadura de la quilla; en verdad que debió de costar una fortuna construir esta nave -comentó Rocabertí al contemplar el desguace de la Bechignana-.
Lástima que no hayamos podido llevarla hasta Barcelona; hubiera sido magnífico entrar sobre su puente de mando en el puerto de las Atarazanas mientras el rey y la reina nos aguardaban en el muelle y miles de barceloneses nos aclamaban desde la playa.
–Regresáis victorioso, habéis asegurado los dominios de nuestro rey en Grecia y habéis destruido una escuadra genovesa y a su galera más valiosa; los barceloneses os aclamarán igual -dijo Santa Pau.
–No lo creáis así; los mercaderes barceloneses que fletaron la galera que se ha hundido nunca me perdonarán esa pérdida. Para ellos es más importante su dinero que el honor y la gloria del rey. Esta expedición y esta batalla han sido como una derrota.
–Pero habéis hundido la Bechignana.
–Esa galera genovesa era en cierto modo una aliada de los comerciantes de Barcelona. A veces he llegado a pensar que tal vez fueran ellos quienes pagaban el flete de esa nave, pues no en vano la Bechignana sólo ha causado destrozos a la escuadra veneciana, y aunque nuestro señor el rey de Aragón y el dogo de Venecia son aliados, los comerciantes venecianos y los mercaderes de Barcelona no dejan de ser rivales y competidores en los mercados mediterráneos.
Santa Pau quedó en silencio reflexionando sobre las palabras de Rocabertí y consideró que, aunque las suposiciones del vizconde parecían en principio descabelladas, bien pensado no dejaban de contener cierta razón.
–Nos queda una última misión por cumplir. En el castillo de Licana nos aguarda don Guillen Roger de Moneada con la reina doña María. Hemos de recogerla y llevarla a Cerdeña. Vos lograsteis que la escuadra milanesa no
arribara a Sicilia, pero doña María sólo estará segura en Barcelona. El rey desea casarla con su nieto, ya que no pudo hacerlo con su hijo.
–¿Fue el rey quien os ordenó que recogierais a doña María?
–Su majestad en persona. La orden la oí de sus propios labios en su palacio de Zaragoza.
Las dos galeras se dirigieron hacia el castillo de Licana. Santa Pau puso su firma notarial en un documento por el que don Guillen de Moneada entregaba a la reina doña María de Sicilia al vizconde de Rocabertí. Desde allí las dos naves navegaron hacia Cagliari, en Cerdeña, donde dejaron custodiada a la reina doña María y se aprovisionaron antes de partir hacia Barcelona.
Barcelona, julio de 1382
El mar estaba en calma y el aire era tan limpio que la cima de la montaña de Montjuich se distinguía con claridad desde muchas millas de distancia mar adentro. Las galeras Santa Coloma y San Antonio navegaban directas al puerto de Barcelona. El vizconde de Rocabertí ordenó que se hicieran señales luminosas anunciando su inminente arribada y desde el castillo de Montjuich concedieron permiso para atracar. Las dos galeras se deslizaron suavemente sobre las olas hasta que quedaron varadas en la playa; en cada galera ondeaban tres banderas, una larga con las armas reales y dos cuadradas con las del almirante de la flota, el vizconde de Rocabertí.
–Aragón tiene otra victoria más y el Mediterráneo seis galeras menos -
comentó el vizconde a Santa Pau.
–No parecéis muy contento con el resultado de esta empresa.
–No lo estoy. Salimos de aquí mismo hace casi un año con cuatro galeras y regresamos con dos, hemos dejado en el camino otras dos y hemos hundido cuatro genovesas. Más de mil hombres han muerto y otros muchos han quedado mutilados. Regresamos victoriosos pero a costa de grandes pérdidas.
–Habéis logrado derrotar a la Bechignana y habéis llevado a la reina María a puerto seguro en Cerdeña; esas hazañas son dignas de un gran héroe.
–Agradezco vuestras palabras pero la galera gigante genovesa ya no estaba en condiciones de librar una gran batalla. Vos mismo comprobasteis que había sufrido muchas reparaciones y que su estructura estaba muy
dañada. Y en cuanto a doña María, nos fue entregada en bandeja por don Guillen de Moneada.
–Luchasteis con cuatro galeras frente a cinco genovesas y las derrotasteis y, pese a los daños que nos causaron, fuisteis en busca de la reina de Sicilia y la llevasteis a Cerdeña; eso no deja de ser una gran empresa.
–Los doblábamos en potencia de fuego.
–De todos modos creo que Roger de Lauria hubiera actuado como vos.
–En los tiempos de Roger de Lauria la pólvora no se empleaba en las batallas marítimas, pues aquellos guerreros la consideraban un invento diabólico. Los hombres luchaban usando sus manos y sus armas blancas, como los héroes; pero ahora corren otros vientos, la edad de la caballería ha llegado a su fin también en el mar.
Rocabertí era un guerrero de otra época. Tenía como modelo de soldado al legendario rey Arturo y a los otros ocho grandes paladines de la historia: Héctor de Troya, Alejandro Magno, Julio César, Josué, David y Judas Macabeo de Israel, el emperador Carlomagno y el cruzado Godofredo de Bouillon. A veces el vizconde se imaginaba como uno de los caballeros de la Tabla Redonda, un Lanzarote o un Parsifal, como los de la Historia del Grial que había leído en una traducción catalana que le proporcionara tiempo ha el infante don Juan.
Santa Pau fue de los primeros en pisar tierra. Sobre la playa aguardaban varios operarios de las Atarazanas y algunos miembros de la Cancillería Real, pero no estaban los reyes ni multitud alguna que aclamara a los vencedores de la Bechignana, sólo un notario encargado de tomar nota de cuántos hombres regresaban en las dos galeras. En la San Antonio se contaron doscientos trece, de ellos ciento trece de su tripulación y entre ellos sesenta y tres remeros, y en la Santa Coloma doscientos treinta y cuatro en total, con ciento treinta y cuatro tripulantes. Cuatrocientos cuarenta y siete nombres de muchos lugares, Barcelona, Mallorca, Villarreal, Burriana, Calatayud, Daroca, Salamanca, Toledo, Pamplona y Córdoba, fueron anotados uno a uno en la lista que firmaron Rocabertí y Santa Pau.
–¿Qué vais a hacer ahora, Jerónimo? – le preguntó el vizconde.
–De momento descansaré un par de días y después redactaré el informe que debo presentar al rey. Aunque tengo ya mucho avanzado, me llevará al
menos una semana. Quiero ponerme al día de cuanto ha pasado en este año y esperar nuevas órdenes del Canciller o del rey. ¿Y vos?
–Iré a Valencia a ver al rey y después me retiraré por unos meses a mis posesiones. Mi administrador deberá rendirme cuentas de lo que ha ocurrido en ellas durante mi ausencia y eso me tendrá ocupado por algún tiempo. Después, dentro de uno o dos años, volveré a Atenas para seguir gobernando aquellos ducados en nombre del rey.
–Os enviaré una copia del informe -finalizó Santa Pau antes de despedirse de Rocabertí.
Jerónimo de Santa Pau marchó a su casa y desde allí, tras asearse un poco, se dirigió de inmediato a la cancillería. Cuando lo vio llegar, el Canciller acudió a su encuentro y ambos se abrazaron.
–Me alegro de veros gozando de tan buena salud.
–Los aires del Mediterráneo me sientan bien.
–Sentémonos, tenemos mucho de que hablar -dijo el Canciller.
Los dos amigos conversaron sobre lo acontecido en aquel largo viaje de Santa Pau hasta que el Canciller se dio cuenta de que su subordinado necesitaba un descanso.
–Perdonad, Jerónimo; en mi afán por conocer los detalles de vuestro periplo he olvidado que merecéis descansar.
–Así es, Canciller, un par de días al menos.
–Tomaos una semana. Poseo una pequeña casita de campo en la ladera del Tibidabo en la que podréis recuperar fuerzas. Vuestra casa está en medio de la ciudad y ése no es el lugar más apropiado. Mi ñnca está a una hora de camino de Barcelona; un criado mío os acompañará. Ya le he ordenado que tuviera todo dispuesto para vos.
–Sois muy amable, pero no quisiera…
–Vamos, mi querido amigo, lo hago por mi propio interés. Seréis mucho más útil para la Cancillería una vez os hayáis repuesto.
–Pero el rey estará esperando el informe del viaje; he de redactarlo enseguida.
–El rey está en tierras de Valencia. Hasta dentro de un mes no he de entrevistarme con él; tendréis tiempo de sobra para redactar vuestro informe y lo haréis mucho mejor tras un merecido reposo. Además, necesito esta semana a todo el personal de la Cancillería para preparar un informe sobre el estado de la Tesorería Real. Hace unos días estuvo aquí el maestre de la
orden del Hospital, que también atraviesa por dificultades económicas y que se ha trasladado a Aviñón para dirigir desde allí la orden y tratar de acabar con el cisma de la Iglesia. Hablamos sobre la posibilidad de una cruzada dirigida por el rey don Pedro y tras, su fallida experiencia, está de acuerdo en que sería un fracaso.
La casita del Tibidabo era un edificio de una planta que se abría a un jardín poblado de árboles frutales y con una fuentecilla de la que manaba un chorro de agua.
–Ese manantial -le dijo el criado señalando hacia la fuente- no se agota jamás. Llevo más de veinte años al servicio del Canciller y nunca lo he visto secarse, ni siquiera en los estíos más áridos. El agua que mana de él es extraordinaria, sobre todo para el riñon y para el estómago. Creo que su excelencia adquirió esta casa sólo por ese manantial. En la alacena de la cocina he preparado queso, pan tierno, una cántara de vino, un cesto con frutas y dos ollas con carne y pescado. Soy un buen cocinero, aunque el Canciller ya me ha avisado de que vos sois una persona de gusto exquisito.
Santa Pau escuchaba al criado como quien asiste a la lectura cansina de un oficio religioso, sin prestar otra atención que la mínima necesaria para poder enterarse de lo imprescindible.
–Tienes que hacerme un favor -lo interrumpió.
–Tengo órdenes de su excelencia de atender todos vuestros deseos.
–En ese caso esta misma tarde irás a mi casa de Barcelona y llevarás un mensaje a mi criado. Escucha bien: dile que acuda a ver a Francesca y que le indique dónde me encuentro; que haga todo lo posible por traerla aquí.
–El Canciller me ha dicho que no os deje solo.
–Necesito un criado, no una niñera. Ante la contundencia de Santa Pau, el criado titubeó un instante y asintió:
–De acuerdo; si eso es lo que queréis, así lo haré.
El criado del Canciller bajó a Barcelona y regresó a la finca casi al anochecer. Santa Pau había pasado la tarde sentado a la puerta de la casa, a la sombra de un emparrado, con los ojos puestos en el largo y serpenteante camino que descendía desde la falda del Tibidabo hasta Barcelona.
–¿Le has trasmitido el mensaje a mi criado? – preguntó ansioso al sirviente del Canciller.
–Sí, don Jerónimo, lo he hecho. He quedado con él en que mañana volveré a bajar a la ciudad para que me dé noticias.
Santa Pau salió al jardín tras la cena; en la cabeza del notario real sólo había lugar para el recuerdo del cuerpo de Francesca.
Al día siguiente el criado del Canciller volvió a Barcelona, y cuando regresó a la finca le dijo a Santa Pau:
–Vuestro sirviente me ha informado de que esa muchacha no puede visitaros por el momento, pero que os verá dentro de unos días.
Esta noticia sumió a Santa Pau en un profundo desasosiego.
–Ahora mismo volvemos a Barcelona -dijo lacónicamente.
–Pero el Canciller me ordenó que…
–Ya he descansado suficiente. Regresamos.
–¿Habéis sido vos, verdad?
Santa Pau irrumpió en la cancillería como un ciclón.
–Sí, en efecto. No quería que convirtierais mi casa del Tibidabo en un lupanar -le respondió el Canciller depositando sobre la mesa un pergamino que estaba leyendo.
–No, no es eso. Desde el principio os ha molestado mi relación con Francesca. Tal vez estéis celoso, Canciller.
–Mi querido amigo, tengo una edad en la que los celos pueden proceder de cualquier causa menos de una mujer.
–Yo no lo creo. Cuando os presenté a Francesca observé cómo la mirabais; vuestros ojos reflejaban lascivia.
El Canciller retomó el pergamino y siguió leyendo.
–Sois injusto, Jerónimo -dijo sin levantar los ojos del pergamino.
–¡Miradme cuando os hablo! – exclamó Santa Pau a la vez que daba un manotazo al pergamino.
El Canciller recogió el documento con cuidado, lo enrolló y lo ató con una badanita de cuero.
–Esperaba que os hubierais dado cuenta vos mismo, pero, como han escrito los clásicos, «el amor abotarga los sentidos». Lo que voy a contaros no os gustará, pero es hora de que lo sepáis. Sentaos.
–Estoy bien así.
–¡Sentaos, maldita sea!
El Canciller, pese a su edad, gritó con tanta energía que Santa Pau obedeció de inmediato.
–Bien -continuó el Canciller con el tono mesurado y frío que solía emplear en los actos oficiales-, esa muchacha, la tal Francesca, es una espía
del conde de Pallars y de Jaime de Cabrera. Os engatusó para convertirse en vuestra amante y sonsacaros información para nuestros enemigos.
–¡Eso es falso!
–Lo intuí desde un principio, pero no estaba seguro; por eso os dije que quería conocerla. Vos estabais ciego, como suelen estar los enamorados. De nada hubiera servido intentar persuadiros del doble juego de Francesca sin disponer de pruebas concluyentes. He debido esperar a tenerlas para convenceros de ello. Aquí están.
El Canciller sacó de un cajón un cuadernillo de varias páginas y se lo alargó a Jerónimo.
–Ahí está todo. Como veréis, el informe es contundente. Santa Pau hojeó el cuadernillo. Era un completo trabajo sobre Francesca, con fechas, lugares y nombres en el que quedaba de manifiesto que trabajaba para Jaime de Cabrera.
–¿No hay ninguna duda? – preguntó apesadumbrado Santa Pau.
–Ni la más mínima.
–¿Cómo me ha podido engañar de esta manera?
–Vos lo dijisteis una vez, mi querido amigo: «Dios ha dotado a las mujeres de semejantes encantos para atraer a los hombres».
Afortunadamente nos hemos dado cuenta a tiempo y hemos podido remediar la situación. Vos seguiréis como hasta ahora, haciéndole creer a Francesca que no sabéis nada de su doble juego. Le proporcionaréis tan sólo la información que nos interese y la utilizaremos para confundir a la reina y a Cabrera.
–Ahora entiendo por qué la reina aceptó a Francesca sin ninguna objeción. Me llamó la atención en su momento, pero no pensé…
–Eso fue lo que me hizo poner en duda la sinceridad de la muchacha.
–Entonces… vuestro criado no habló ayer con el mío, no le dio mi recado.
–Por supuesto que no. Mi criado acudió a mí de inmediato para contarme vuestras intenciones.
–De modo que recluirme en vuestra casa del Tibidabo fue una añagaza vuestra para evitar que me encontrara con Francesca.
–Estabais como loco por yacer en sus brazos y hubierais cometido muchos errores. No me quedó otro remedio que prepararos esa trampa; afortunadamente ha salido bien.
–Y ahora pretendéis utilizarme a mí para que, a través de Francesca, Jaime de Cabrera se entere únicamente de lo que vos deseéis.
–Así es, mi querido amigo, todo sea por el servicio al rey. Además, este trabajo seguirá siendo muy placentero para vos, pues en él está comprendida Francesca. Si os gusta su cuerpo seguid gozando de él como hasta ahora, pero tened en cuenta que no es sino un instrumento que Cabrera ha usado contra nosotros. Por cierto, tal vez os reconforte saber que no es una prostituta, los clientes que vos veíais salir de su cuarto eran agentes de Jaime de Cabrera que se movían delante de vuestras propias narices. Ahora id a ver a esa muchacha. No le digáis nada importante de vuestro viaje y manteneros como si todo siguiera igual. No os vendrá mal aliviar vuestra entrepierna, y a lo que parece, esa Francesca sabe hacerlo como nadie.
El Canciller y Santa Pau se miraron y comenzaron a reír.
–¿Cómo prepararon mi encuentro con ella en el burdel?
–Jaime de Cabrera sabía de vuestra debilidad por las mujeres. Durante varios días os siguieron. Francesca estaba esperando en el burdel y en cuanto llegasteis os abordó. El resto lo conocéis mejor que nadie.
–Me está bien empleado; nunca más subestimaré a una mujer, pese al aspecto que tenga.
–No debisteis hacerlo -dijo el Canciller-, pero está bien que aprendáis de vuestros propios errores; ahí radica la mejor enseñanza.
–Te he echado mucho de menos.
Francesca, que había acudido a casa de su amante cuando recibió su aviso, y Santa Pau acababan de comer en el patio de la casa del notario real.
Jerónimo, acompañado de una mandolina, le cantaba a Francesca una balada según la moda del Ars Nova.
–¿Qué tal te va en palacio? – preguntó Jerónimo interrumpiendo su canción.
–Bien, bastante bien. Nadie sospecha de mí.
–¿Te has… acostado ya con Cabrera? – preguntó Santa Pau.
–No, todavía no somos amantes. Francesca dibujó en su rostro una mueca de despecho que a Jerónimo le pareció, ahora sí, una mera ñcción.
–Entonces, ¿no has logrado averiguar nada?
–Ese Jaime de Cabrera es mucho más listo de lo que crees. He intentado atraerlo a mí con todo tipo de insinuaciones. Hasta ahora nunca me habían
fallado, pero creo que necesitaré más tiempo. Ese hombre está siempre alerta, si me precipito descubrirá mis intenciones y entonces no te seré útil.
»Pero hablemos de tu viaje. ¿Son tan bellas las griegas como dicen los marineros?
–No vi a ninguna que pudiera siquiera semejarse a ti.
–Me hubiera gustado acompañarte, estar contigo en esa ciudad tan lejana.
–No es una ciudad agradable. Tiene un clima parecido a Barcelona, quizás algo más húmedo y caluroso, pero no es comparable con Barcelona, a la que sigo considerando la más hermosa ciudad del mundo.
–¿Más hermosa que Jerusalén?
–No conozco Jerusalén.
–¿Crees que el rey iniciará ahora esa cruzada de la que me hablaste? –
preguntó Francesca.
Santa Pau volvió a mirar los ojos de la muchacha. Desde que supo que era una agente al servicio de Jaime de Cabrera, le parecían distintos, como si la revelación del Canciller le hubiera cambiado su percepción de las facciones de su amante. Ahora las veía más afiladas, como si los rasgos de la muchacha se hubieran alargado en el transcurso de esos largos meses.
Pero, por otro lado, consideraba la nueva situación todavía más excitante.
–Tal vez; mientras la cristiandad esté dividida y existan dos papas al frente de la Iglesia, todo puede pasar.
Hicieron el amor con más fuerza que nunca. La muchacha creyó que era a causa del tiempo que había pasado lejos de ella, pero Jerónimo sólo estaba descargando la frustración provocada por su amante.
Barcelona, septiembre de 1382
–La situación es muy grave -el Canciller explicaba a Santa Pau los difíciles momentos que atravesaba la Corona-. La Casa Real adeuda a distintos particulares casi trescientas mil libras, en tanto todas las rentas de un año apenas alcanzan las ciento noventa mil. Varios bancos han quebrado y las finanzas de Barcelona están en bancarrota, pero aquí nadie parece querer admitir esta realidad, muchos ciudadanos viven ajenos a la terrible crisis que ya ha estallado, y si nada cambia, si no se pone algún remedio, dentro de muy pocos meses habrá un verdadero colapso económico.
–¿Siguen presionando a su majestad los mercaderes que pretenden que conquiste Jerusalén? – preguntó Santa Pau.
–Por supuesto, y lo hacen cada vez con más fuerza. Se dice que Carlos de Durazzo ha estrangulado con sus propias manos a la reina Juana de Napoles y pese a ello el papa Urbano VI ha coronado a ese asesino como nuevo rey de Napoles; lo ha hecho a cambio de su fidelidad. Su majestad me ha escrito desde Valencia y me pide que acudamos allí de inmediato.
Necesitamos dar una respuesta a esta provocación.
–¿Queréis que le diga algo a Francesca?
–Sí. Cuando os despidáis de ella dejad caer, sin darle importancia, que en la Cancillería estamos convencidos de que el rey está deseando iniciar esa cruzada cuanto antes. Ella se lo contará de inmediato a Cabrera, lo que aumentará las prisas que ya tiene el consejero de la reina.
–Nunca he estado en Valencia.
–Os gustará. Tiene el más bello burdel del mundo.
Poco antes de que el Canciller y Santa Pau partieran hacia Valencia, se conoció en Barcelona la noticia de la muerte de la reina Leonor, la esposa del rey de Castilla e hija de don Pedro de Aragón, que falleció de sobreparto.
–Su majestad estará muy dolido por la muerte de su hija; era a la que más quería -comentó el Canciller.
–Y era una pieza clave en su política de alianza con Castilla. Espero que no se rompa la tregua con nuestros vecinos los castellanos; una nueva guerra en la frontera oriental sería en estos momentos un verdadero desastre
-dijo Santa Pau.
–Los castellanos están ocupados en sus disputas con los portugueses; por ahora nos dejarán tranquilos.
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