El libro de Julieta

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 2 de 60

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El libro de Julieta

Por donde pisa Atila

 

Junio de 2009

 

S ábado. Seis y media de la mañana. Julieta lleva despierta desde las seis menos diez, trajinando por la casa. Lo primero que ha hecho es desprenderse del pijama, quedarse en pelota picada y buscar su guante —los guantes ocupan un lugar importante en su vida— en el cajón de los guantes. Desde la cama oigo sus pisadas por el pasillo, en dirección a la cocina, y se me contraen las vísceras. Pensar en cómo han quedado las habitaciones por las que ha pasado me paraliza física y mentalmente (¿por qué me habrá tocado esta niña a mí, y no a las infantas Elena y Cristina o a Catherine Zeta-Jones? ¡Ya tiene seis años! ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¿Por qué no puedo tener una mañana de sábado tranquila?). Su padre también se hace el loco en la cama. Después de un caótico recorrido, con objetos que caen a su paso y un ruido que sólo puedo describir como semejante al de una vajilla que está siendo despedazada contra el suelo, la oigo llegar al cuarto-tendedero, donde está la lavadora y el cestón con la ropa sucia. Éste suele ser su destino final. Silencio.

...

Y más silencio.

Es el silencio de un niño que sabe que lo que hace no está nada bien.

Es como si estuviera viéndola: vacía el cestón lanzando las prendas a un lado y a otro por encima de su hombro, cual perro que escarba; escoge un modelo que le gusta y se lo pone. En el cole me dicen que es muy autónoma vistiéndose. «¡Y cómo no lo va a ser —les respondo yo—, si se cambia siete u ocho veces al día!» Otras cosas (hacer pis, por ejemplo) son una pérdida de tiempo para ella y, si puede, las evita. Pero cambiarse de ropa... siempre es un buen momento para eso. Semejante perseverancia tiene que verse premiada de alguna manera.

Entretanto se ha despertado Inés, y esto es lo peor, porque ahora la juerga va a ser conjunta. Están en la cocina y, a juzgar por el ruido, creo que acaban de abrir la nevera. «¿Hay algo peligroso en la nevera? —me pregunto, incapaz de levantarme—. La leche, pueden verter la leche; espero que no se les ocurra.»

—Dame, Julieta.

Es Inés. ¿Qué le estará pidiendo? ¿Qué habrán sacado de la nevera?

—Dame choriso, Julieta.

—Toma.

¿Chorizo...? En la nevera no hay chorizo, salami sí, pero chorizo no.

—Dame que voy a ser un sánwisss.

Vuelve a hacerse el silencio y no me queda más remedio que levantarme, porque seguro que han sacado el pan de molde y lo están haciendo trizas. Sigo el rastro por la casa: por donde pisa Atila, no vuelve a crecer la hierba. En el pasillo yace el pijama. En mi estudio, el bolso por el suelo. Un poco más allá, las tarjetas de crédito, monedas, los tíquets e innumerables papelitos que guardo en el monedero. También hay tierra de un tiesto junto a la mesa. En el salón no ha encontrado nada de su interés (todo lo que le interesa suele estar en alto) pero, como si quisiera vengarse por ello, ha desmontado el sillón y ha tirado los cojines por el suelo. La mesa de la cocina está llena de migas y trozos de galletas: se han subido a una silla y han saqueado el armario.

Por fin las encuentro. Inés tiene el pan de molde y Julieta el salami; están haciendo sándwiches y la mesa es un campo de batalla. Julieta no se ha puesto una prenda del cestón de la ropa sucia, como me había temido, sino un bañador mojado del día anterior (las dos piernas en el mismo agujero). También lleva un gorro de baño metido a presión y las gafas retorcidas cubriéndole la frente y cerrándole a medias un ojo. Y, en una mano, un guante, claro. Al verme, fija una mirada risueña en mí:

—Sánwisss.

Nadie en sus cabales podría soportar esta absurda situación. Se me han fundido los plomos. ¿Para qué negar que, en ese momento, la estrangularía?

Hoy vamos a aprovechar para cortarle el pelo. Esto le gusta y se prepara con diligencia. Corre a ponerse los zapatos. Vacía todo el armario hasta encontrar las botas de agua.

—No llueve hoy, Julieta, por Dios.

—Sí.

Veinte minutos más tarde, finalmente accede a quitarse las botas para ponerse las sandalias. Cuando estamos a punto de salir, se escudriña las uñas y me dice que tiene una pupa y que le ponga una tirita. «No hay tiritas», le digo. Y otra vez: que le ponga una tirita. «No hay, no haberte mordido las uñas, de eso tienes la pupa.»Tirita, exige de nuevo. Otros veinte minutos discutiendo sobre si tiene o no tiene pupa. Daniel, que mientras se afeitaba ha oído ya la discusión por las botas, busca un esparadrapo y enrolla un trozo alrededor de la uña mordida: «¡Ya está!».

A veces, un objeto cualquiera la convierte en la niña más feliz del mundo, y hoy la felicidad está en el esparadrapo.

Salimos para cortarle el pelo. Por la calle, aborda a la gente para mostrarle el dedo. «Pupa», le dice. La mayoría de los transeúntes suelen reaccionar muy bien. Se interesan por su problema, se compadecen de ella, sonríen. Algunos le preguntan cómo se llama. Ella contesta que Julieta, aunque casi nadie la entiende a la primera y esto la incomoda un poco.

Pasamos por delante de un mendigo que suele estar en esa misma esquina de la calle Mayor. Julieta se para ante él para enseñarle la pupa y se crea una situación curiosa. Al mendigo, imbuido en su papel de mendigo, le sobreviene la duda de si puede sonreír, ya que eso es lo único que cabe hacer ante esta situación. Por fin, decide que no: un indigente que pide en la calle no puede sonreír, perdería toda su credibilidad.

Entro en una papelería de la calle Mayor a hacer unas fotocopias. Las empleadas conocen a Julieta y le siguen el rollo de la pupa.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntan.

—Ha sido Inés —miente ella.

—¿Inés, tu hermana? ¡Pero qué mala!

Julieta asiente con satisfacción perruna.

—¿Y hoy no tienes cole?

—No; cortar el pelo.

(A todo esto, he de decir que siempre procuro no intervenir en sus conversaciones. La dejo hablar, porque no hay cosa que más placer me produzca que oírla hablar. Sólo que a veces no se la entiende y tengo que intervenir como traductora simultánea...)

—¿Vas a cortarte el pelo? ¿Vas a la pelu?

—No.

—Pero ¿no me has dicho que vas a la pelu?

Cuando se cansa de la cháchara o ve que ya no va por donde ella quiere, Julieta corta por lo sano.

Al salir de la papelería, se quita el esparadrapo y lo tira al suelo. Se ve que el tema está agotado.

Entramos en la peluquería y mientras hablamos del corte con la peluquera, mi hija echa un vistazo a su alrededor. Ve a otra madre con un bebé en brazos y el cochecito vacío a su lado. Cuando me vuelvo, Julieta se ha sentado en el carrito, se ha abrochado el cinturón y ha caído en una especie de ensoñación: mira al infinito, inmóvil, imperturbable.

—Baja —le ordeno.

—No.

Mientras tanto, llega la peluquera.

—Baja, Julieta —le dice—. Vamos a cortarte el pelo. Eso es para bebés y tú ya eres una niña mayor.

—No. Soy pequeña —replica ella.

No hay manera. Le ofrecemos una cesta con bigudíes y pinzas de colores, un cepillo, una revista. Nada le interesa tanto como estar sentada en el cochecito de bebé, mirando al infinito. Echo un vistazo a mi alrededor y veo un guante de goma de los que utilizan para teñir.

—¿Puedo coger el guante? —pregunto.

Las peluqueras me miran extrañadas pero asienten. Al verlo, Julieta se desabrocha el cinturón y se lanza hacia mí como una posesa.

Mientras le cortan el pelo se mueve tanto que la peluquera acaba perdiendo la paciencia conmigo.

—¡Tiene usted que entretenerla! —me dice, la muy jeta.

A la vuelta aprovecho para comprar el pan, y al ver que la dependienta le hace caso, se quita el guante de goma (las peluqueras no han tenido más remedio que regalárselo) y le enseña la pupa. Antes de irnos, la dependienta, que ya me ha dicho que tiene una niña de cuatro años, quiere saber la edad de Julieta.

—Seis —digo yo.

Ante esto, el comentario habitual sería: «¡Qué alta está!». Pero la mujer me mira perpleja, porque Julieta no aparenta más de cuatro años, por lo que le resulta absolutamente imposible soltarme esa frase. En su lugar, dice (sin duda para no dejar de agradarme):

—Pero es muy sociable...

(Como si por ser bajita, no pudiera ser sociable.)

—¿Cómo te llamas? —le pregunta, entregándole un caramelo.

—Inés —dice ella.

—¿Inés?

Julieta asiente, satisfecha de que esta vez la hayan entendido a la primera.