El libro de los piratas
HOWARD PYLE Y LOS PIRATAS DEL CARIBE ESPAÑOL (José María Nebreda)
PRÓLOGO
HOWARD PYLE Y LOS PIRATAS DEL CARIBE ESPAÑOL
El nombre de Howard Pyle, brillante
ilustrador y escritor de finales del XIX y principios del XX, siempre estará asociado a la aventura, a un tipo de
literatura y, sobre todo, de ilustración
que en aquellos lejanos tiempos venía a
sustituir a las modernas fuentes de
entretenimiento de hoy en día: la
televisión, el cine, los vídeos y los
juegos de ordenador. Aquellos maravillosos libros ilustrados, firmados
por Robert Louis Stevenson, Stephen Crane, Julio Verne, el mismo Howard Pyle y tantos otros, solían regalarse en cumpleaños, fechas señaladas y fiestas de Navidad, y, si nos fijamos en las dedicatorias escritas en la primera página, hace ya casi un siglo, podremos ver que la mayoría son como la que lleva el tomo del que se ha hecho la traducción: «To Bill from Uncle Douglas. Xmas, 1921».
Hubo un tiempo en el que estos libros eran un preciado regalo. Narraban historias de piratas, de caballeros y dragones, cuentos de misterio, de aventuras… Solían estar bien encuadernados en tela, en papel grueso, con dibujos y adornos grabados en el lomo y las cubiertas; pero, sobre todo, guardaban en su interior un fascinante y colorista tesoro: varias ilustraciones, generalmente a todo color, que mostraban en dibujos una escena importante de la narración y que encendían la imaginación de los niños, que eran sus más ávidos consumidores. Surgió toda una pléyade de magníficos ilustradores:
Howard Pyle, N. C. Wyeth, Frank
Schoonover, Mead Schaeffer y muchos
otros. Aquella fue la Edad de Oro de la
Ilustración Americana y, en general, la
edad de oro del libro ilustrado. Howard
Pyle, junto con Edwin Austin Abbey, fue
uno de los precursores de este
movimiento y, tal vez, la figura que más influyó en las sucesivas generaciones de ilustradores americanos, pudiéndose ver su impronta incluso en muchos de los artistas de hoy en día.
Pyle nació el 5 de marzo de 1853 en el seno de una familia con larga tradición cuáquera, hecho que influyó enormemente en su vida. Sus raíces se remontaban a varias generaciones y siempre vivió en el lugar de su nacimiento: Wilmington, Delaware, en el dulce y maravilloso Valle del Brandywine. Desde bien temprano desarrolló una sorprendente capacidad para la expresión artística y, a los trece años, comenzó a estudiar en la escuela de dibujo del profesor Van der Weilen, en Filadelfia, a la vez que combinaba su aprendizaje con el trabajo en el curtido del cuero en la pequeña empresa de su padre. Pronto escribiría e ilustraría sus propias historias y en 1876 el Scribner’s Magazine aceptó y publicó su primer trabajo, un pequeño poema escrito e ilustrado por él mismo. A partir de entonces comenzaría su dilatada carrera profesional.
La producción literaria y artística de Howard Pyle es sorprendentemente amplia; se calcula que hizo unas 3.300 ilustraciones a lo largo de toda su vida, es decir, más de dos ilustraciones por semana durante su carrera profesional. Pero también su producción literaria es muy amplia: The Merry Adventures of Robin Hood (1883), Pepper & Salt (1886), Otto of the Silver Hand (1888), The Story of Jack Ballister’s Fortune (1895), The Ghost of Captain Brand (1896), The Story of King Arthur and His Knights (1905), Stolen Treasure (1907)… por sólo citar algunos; libros todos ellos escritos e ilustrados por él mismo.
Pero Howard Pyle, hombre extremadamente enérgico y laborioso, no se dedicó sólo a su carrera de ilustrador, sino que también impartió clases de arte en su propia escuela de dibujo, en Chadds Ford, Pensilvania. Estas clases llegaron a ser famosas y entre sus numerosos alumnos (se calcula que pudieron llegar a cien) se encuentran nombres como los de N. C. Wyeth, Frank E. Schoonover, Clifford Ashley, Jessie Willcox Smith y Stanley Arthur. Sus técnicas eran lo más realistas posible, a pesar de que el tema tratado fuera fantástico. La famosa ilustración de «El Holandés Errante» se hizo en una de estas clases; el jardinero de la familia posó como protagonista, se ató su capa a una rama para simular el efecto del viento mientras que los estudiantes echaban cubos de agua sobre el entarimado para simular las condiciones en la cubierta de un barco azotado por la tempestad.
Howard Pyle y su familia solían
pasar las vacaciones de verano en
Rehoboth Beach, Delaware, lugar en el
que abundaban las leyendas sobre
piratas y tesoros enterrados, y en 1889
visitó Jamaica acompañado de su
esposa. Las historias que escuchaba en
Rehoboth y los efectos de luz y
luminosidad que contempló en su viaje a
los trópicos, encendieron la imaginación
de Pyle. De la suma de ambos, y de su
innata capacidad para contar historias y
plasmar en ilustraciones su contenido,
nacieron algunos de los más bellos,
realistas e impresionantes dibujos sobre
piratas, abordajes, náufragos abandonados en playas tropicales y solitarias, y tesoros enterrados; de tal forma que, hoy en día, la imagen que tenemos de los piratas viene en gran medida determinada por la pluma y el pincel de Howard Pyle.
Muchos de estos cuentos y dibujos fueron posteriormente recopilados por Merle Johnson en el Howard Pyle’s Book of Pirates, publicado por Harper & Brothers, en 1921, y que ahora Valdemar nos trae a la luz casi un siglo después de que fueran escritos e ilustrados, en una época en la que aún quedaban lejanos ecos y aromas de aquellos «viejos tiempos» de aventura… No quiero terminar esta breve Semblanza sin elogiar el esfuerzo que se ha hecho por parte de los editores para que todas las ilustraciones, tanto a color como en blanco y negro, pudieran ser reproducidas íntegramente con la mayor calidad posible, ya que algunos de los originales se encontraban en un estado francamente deteriorado. También hay que señalar que me he tomado la libertad de añadir dos ilustraciones nuevas de Howard Pyle a todo color que no figuraban en la edición original, y otras tres a color que en la mencionada edición estaban reproducidas en blanco y negro; creo que el amante de la buena ilustración me lo agradecerá.
Howard Pyle murió el 9 de noviembre de 1911 en Florencia, durante un viaje a Italia, y fue enterrado en el cementerio protestante de la ciudad. Su legado, sobre todo sus pinturas, permanecerá en la imaginación y los ojos del amante del buen arte como una de las obras más bellas de la «edad de oro de la ilustración».
JOSÉ MARÍA NEBREDA
Rivas, abril, 2001