El libro de los piratas

Howard Pyle · Capítulo 4 de 11

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El libro de los piratas

Capítulo II: - el Fantasma del Capitán Brand

Capítulo II

 

EL FANTASMA DEL CAPITÁN BRAND

 

mpresiona contemplar a veces cómo el descrédito puede caer sobre una persona por causa de alguna acción inoportuna realizada por su abuelo, pero la gente, que siempre suele estar más dispuesta a resaltar lo malo y callar lo bueno, frecuentemente se complace en hacer sufrir al inocente y perdonar al culpable.

Barnaby True era un muchacho tan bueno y honesto

como cualquier niño de su edad, al que no se le dejaba

de recordar que su abuelo había sido el famoso pirata William Brand, el cual, después de un montón de aventuras (si hemos de creer en las historias y chismorreos que se han escrito sobre su persona), fue asesinado en Jamaica por el capitán John Malyoe, comandante de su propio barco consorte, la galera Adventure.

Nunca se ha negado, al menos eso tengo entendido, que durante el tiempo que el capitán Brand luchó contra los piratas del Mar del Sur había sido un sujeto de gran reputación, querido y tan honesto como cualquier otro capitán.

Comenzó aquella aventura a bordo de un navío, el Royal Sovereign, fletado por varios comerciantes de Nueva York, todos ellos gente honesta. Incluso el mismo gobernador había tomado parte en la aventura firmando los papeles de comisión del capitán Brand. Así que cuando el desafortunado sujeto tomó el mal camino, el mismo seguramente también habría estado tentado de hacerlo, así como muchos otros que veían en aquellos lejanos mares una gran cantidad de presas cargadas de riquezas y fácilmente asequibles.

En todas esas historias y baladas se asegura que nuestro capitán fue un hombre cruel y malvado; si hubiera sido así, Dios sabe que ya ha sufrido y pagado por ello, pues sus huesos yacen en algún lugar de Jamaica, y jamás volvió a ver a su esposa ni a su hijo, a los que dejó en Nueva York al cuidado de extraños, después de hacerse a la mar a bordo del Royal Sovereign y dar comienzo aquella larga y desafortunada travesía.

En la época en la que comenzó a escribirse su desdichado destino en Port Royal Harbor había conseguido hacerse con el mando de dos navíos: el Royal Sovereign, que había sido fletado para él en Nueva York, y la galera Adventure, que él aseguraba haber tomado en algún lugar impreciso de los Mares del Sur. Con estos dos barcos permaneció durante un mes en las aguas de Jamaica hasta su regreso a las costas de África, mientras aguardaba noticias de casa que, cuando llegaron, eran de lo más pesimistas, ya que las autoridades coloniales estaban por entonces cada vez más enojadas con sus acciones y querían colgarle por pirata, con la intención de limpiar así sus conciencias por haber confiado en semejante personaje. Así que a nuestro capitán le pareció más oportuno esconder su mal ganado tesoro en aquellas solitarias playas, y volver más tarde a Nueva York e intentar negociar con sus riquezas su propia libertad; esto le parecía mejor que navegar directamente por las Américas con todo lo que había conseguido en sus piraterías, con el riesgo de perder tanto la vida como el dinero.

Y sin embargo así ocurrió, pues el caso es que el capitán Brand y su artillero, y el capitán Malyoe del Adventure y su oficial de navegación, desembarcaron todos juntos con un cofre lleno de dinero (sin perderse de vista el uno al otro en ningún momento) y enterraron el tesoro en alguna parte de la playa de Port Royal Harbor. Se dice que entonces tuvo lugar una riña sobre la futura repartición del dinero y que el capitán Malyoe, sin previo aviso, disparó en la cabeza al capitán Brand mientras que el oficial de navegación del Adventure hacía lo mismo, aunque en el cuerpo, con el artillero del Royal Sovereign, y que ambos huyeron después, dejando dos cuerpos cubiertos de sangre en la arena bajo el sol agonizante, sin nadie que supiera exactamente dónde estaba escondido el tesoro excepto los dos que habían despachado a sus camaradas de semejante modo.

Es bastante lastimoso tener un abuelo que haya terminado sus días de esta manera, pero sin duda Barnaby True no tenía la culpa, ni podía haber hecho nada para evitarlo ya que ni tan siquiera había nacido cuando su abuelo se hizo pirata y tan sólo tenía un año cuando le sobrevino el trágico final. Sin embargo, los chicos con los que iba a la escuela jamás se cansaron de llamarle «pirata» y muchas veces le cantaban aquella vieja balada que empezaba:

Oh, el capitán Brand era mi nombre,

Un marinero,

Sí, un marinero;

Oh, el capitán Brand era mi nombre,

Un marinero libre.

Oh, el capitán Brand era mi nombre,

Un pecador en tierra y en la mar,

Pues desoí los mandatos de Dios,

Yo, un marinero libre.

No era muy correcto cantar semejante estrofa al nieto de un hombre tan desafortunado, y muchas veces el pequeño Barnaby True apretaba los puños y se enzarzaba a golpes con sus atormentadores, regresando más de una vez a casa con la nariz llena de sangre y haciendo que su madre se pusiera a llorar desconsolada.

Sin embargo no siempre sus días transcurrían entre bromas y tormentos, pues aunque sus compañeros muchas veces se metían con él, otras, en cambio, eran tan buenos amigos como uno pueda imaginar, y juntos iban a nadar cerca de una estrecha franja de tierra que discurría a lo largo del East River, por encima del Fuerte George, de la manera más amistosa posible. Otras veces, incluso a lo mejor al día siguiente de haberse peleado con sus compañeros, corría con ellos por la cuesta de Bowerie Road, seguramente con la intención de ayudarles a robar las cerezas de algún viejo granjero holandés, olvidándose por completo de que su propio abuelo había sido un ladrón de gran calibre.

Bien, pues cuando Barnaby True tenía entre dieciséis y diecisiete años entró a trabajar en la casa administrativa del Sr. Roger Hartright, un conocido comerciante con negocios en las Indias Occidentales y, al mismo tiempo, padrastro de Barnaby.

Gracias a la bondad de este amable personaje, Barnaby no sólo entró a trabajar en su empresa sino que también realizó cuatro viajes como sobrecargo a las Indias Occidentales a bordo del barco del Sr. Hartright, la Belle Helen, cuando nuestro héroe aún no tenía los veintiún años, y estaba a punto de realizar un quinto nada más cumplirlos. Y no sólo actuaba como un simple sobrecargo sino como el confidente del Sr. Hartright, que, no teniendo hijos propios, estaba muy ilusionado procurando a nuestro héroe un puesto importante y de responsabilidad en su empresa, como si realmente fuera hijo de sangre, de tal forma que hasta el mismo capitán del barco apenas tenía más influencia que Barnaby, a pesar de lo joven que era.

También los agentes y colaboradores del Sr. Hartright diseminados por todos aquellos lugares, que conocían los intereses del buen hombre, trataban con gran educación y respeto al Maestro Barnaby, especialmente el Sr. Ambrose Greenfield, de Kingston, Jamaica, que, en las ocasiones en las que visitaba aquellas regiones, hacía todo lo posible para que la estancia de Barnaby fuera de lo más agradable y placentera.

Todo esto debe ser contado antes de empezar con la verdadera historia de nuestro héroe, pues si no difícilmente se entenderá el sentido de las extraordinarias aventuras que cayeron sobre él nada más cumplir la mayoría de edad, ni la lógica de sus consecuencias después de que tuvieron lugar.

Fue durante su quinto viaje a las Indias Occidentales cuando sucedió la primera de estas fantásticas aventuras de las que a continuación hablo.

Había estado en Kingston la mayor parte de las últimas cuatro semanas, alojado en la casa de una viuda muy decente y respetable llamada Srta. Anne Bolles, que, ayudada por sus tres encantadoras y agradables hijas, regentaba una pulcra casa de huéspedes en las afueras de la ciudad.

Una mañana, mientras nuestro héroe sorbía una taza de café, vestido tan sólo en pantalón de pijama, camisa y chaqueta, y en zapatillas, como era costumbre en el lugar, donde la gente intentaba ir lo más fresca posible… pues esa mañana, mientras sorbía su café, la señorita Eliza, la hija más joven, entró y le dio una nota que, según le dijo, le acababa de dar en la puerta un forastero, marchándose rápidamente antes de esperar contestación alguna. Pueden hacerse cargo de la sorpresa de Barnaby cuando abrió el mensaje y leyó lo siguiente:

SR. BARNABY TRUE.

SEÑOR, aunque no me conoce, yo sí a usted, y le voy a decir esto: si se

acerca a Pratt’s Ordinary, en Harbor Street, el próximo viernes a la ocho en punto de la noche, y sigue a la persona que le diga: «El Royal Sovereign ha llegado», descubrirá una cosa que será de gran provecho para usted. Señor, guarde este mensaje, y muéstreselo a la persona que le diga las palabras arriba citadas, de forma que pueda verificar que usted es el hombre al que busca.

Eso era lo que decía la nota que, por otra parte, no llevaba dirección ni ningún tipo de firma.

La primera sensación que embargó a Barnaby fue de extrema y profunda amenaza. Luego se le ocurrió que tal vez algún astuto granuja, de los muchos que rondaban por aquellos lugares —y los había de la peor calaña—, estaba intentando gastarle una broma pesada. Pero lo único que la señorita Eliza pudo decirle cuando le preguntó qué aspecto tenía el portador de la nota es que se trataba de un hombre alto, corpulento, que llevaba un pañuelo rojo alrededor del cuello y hebillas de cobre en los zapatos, y que tenía el aspecto de ser marino ya que a la espalda le colgaba una larga coleta. Pero, ¡por Dios!, aquella descripción no significaba nada en una ciudad portuaria y llena de gente a la que se podría calificar justo de la misma manera. Así que nuestro héroe guardó la nota en su billetera decidido a enseñársela a su buen amigo el señor Greenfield por la tarde, y pedirle consejo sobre qué hacer al respecto. Así lo hizo, y la opinión del caballero coincidió con la suya: que algún granuja pretendía gastarle una mala pasada y que lo que decía la nota no era más que humo.

Sin embargo, aunque a Barnaby le habían confirmado su opinión sobre la naturaleza del comunicado que había recibido, se propuso llegar hasta el final de todo aquel asunto y decidió estar en Pratt’s Ordinary, como pedía el mensaje, en el día y a la hora especificada.

En aquellos tiempos, Pratt’s Ordinary era un lugar hermoso y bastante frecuentado, con buen tabaco y el mejor ron que uno pueda probar, y tenía un jardincillo en la parte de atrás, que miraba al paseo marítimo y al puerto, en el que crecía una densa vegetación compuesta por palmeras y helechos rodeados de flores y otras plantas silvestres. Había en aquel jardín unas cuantas mesas, algunas dentro de pequeñas grutas, como en el Vauxhall de Nueva York, iluminadas con lámparas de papel de color rojo, blanco y azul que colgaban de la vegetación; allí acostumbraban ir las damas y los caballeros a sentarse un rato al atardecer y a tomar zumo de lima con azúcar y agua (y a veces alguna bebida un poco más fuerte), y también a contemplar el mar y los veleros bajo la fresca del anochecer.

De tal forma allí fue nuestro héroe, un poco antes de la hora que ponía en el mensaje, y traspasó el recinto y el pequeño jardín, yéndose a sentar a una mesa que estaba al fondo del patio, cerca de la orilla del agua, desde donde no podría ser visto con excesiva facilidad por nadie que llegara. Pidió una botella de ron, agua y una pipa de tabaco, y se dispuso a esperar a los bromistas que suponía vendrían a la cita para ver cómo terminaba su engaño y para disfrutar de su confusión.

Se hallaba muy a gusto en el recinto; la brisa que venía de la costa, que soplaba fuerte y constante, movía las hojas de la palmera que había sobre su cabeza, susurrando y agitándose contra el cielo, donde la luna, casi llena, las hacía brillar como si fueran sables de acero. Las olas rompían contra la pequeña playa que se abría al lado del jardín, con un agradable murmullo nocturno, llenando de reluciente espuma los malecones del puerto. Había muchos navíos anclados en el agua, y por encima de ellos sobresalía la majestuosa silueta de un buque de guerra recortándose contra la luna llena.

Así estuvo sentado nuestro héroe durante casi una hora, fumando su pipa de

tabaco y bebiendo [14] grog sin percibir absolutamente nada que tuviera que ver con lo que ponía en la nota.

Casi habían pasado treinta minutos de la hora que se indicaba en el mensaje cuando un bote de remos apareció sin previo aviso de entre la noche y se dirigió hacia la pequeña playa que había al lado del jardín para tomar tierra, desembarcando tres o cuatro hombres en medio de la oscuridad. Sin decirse una palabra entre ellos, se sentaron a una mesa cercana, pidieron ron y agua y comenzaron a beber el grog en silencio. Llevaban sentados allí casi cinco minutos cuando Barnaby True empezó a sentir que le observaban con enorme curiosidad, y justo entonces uno de ellos, que era evidentemente el jefe del grupo, se dirigió a él:

—¡Vamos, compañero! ¿Es que no va a venir a tomarse un trago de ron con nosotros?

—Pues no —contestó Barnaby con toda corrección—. Ya he bebido demasiado y si continúo se me subirá a la cabeza.

—Aun así —apuntó el extraño—. Creo que debería venir y beber con nosotros; pues, a no ser que esté equivocado, usted es el Sr. Barnaby True y yo estoy aquí para decirle que el Royal Sovereign ha llegado.

Debo decir ahora, con toda honestidad, que Barnaby True jamás estuvo más desconcertado en toda su vida que al oír pronunciar esas palabras de forma tan inesperada. Se había preparado para oírlas en unas circunstancias tan diferentes que, ahora que en verdad las había escuchado dirigidas a él y pronunciadas por un perfecto desconocido que, junto con otros, había aparecido de entre la oscuridad de manera tan misteriosa, apenas podía creer que sus oídos no le estuviesen engañando. Su corazón comenzó a latir repentinamente con fuerza y, si hubiera sido un hombre más viejo y sabio, estoy seguro de que habría rechazado la invitación, en vez de saltar de lleno, ciego, en una aventura de la que no conocía ni el principio ni el final. Pero con veintiún años recién cumplidos, y en posesión de un espíritu aventurero capaz de llevarle detrás de cualquier cosa que tuviera algo que ver con el riesgo y el peligro, consiguió decir, con toda la naturalidad del mundo (aunque sólo Dios sabe si se correspondía con la ocasión):

—Bueno, si es cierto, si realmente el Royal Sovereign ha llegado, me sentaré con ustedes, ya que me lo piden con tanta amabilidad.

Y acto seguido se dirigió a la otra mesa, llevándose la pipa consigo, se sentó y siguió fumando con toda la naturalidad que podía presentar en semejante ocasión.

—Bien, Sr. Barnaby True —dijo el hombre que le había hablado al principio, tan pronto como Barnaby se acomodó en su sitio, hablando en un tono de voz muy suave, de forma que nadie más pudiera enterarse de lo que estaba diciendo—. Bien, Sr. Barnaby True —le llamaré por su nombre, para que se dé cuenta de que lo conozco, aunque usted no a mí—, estoy muy complacido de que sea lo suficiente hombre como para meterse en este asunto, aunque todavía no conoce realmente de qué trata. Me doy cuenta de que es una persona valiente y merecedora de la buena suerte que va a caer sobre usted esta misma noche. Sin embargo, y antes de nada, debo pedirle que me enseñe un pequeño trozo de papel que usted debe de llevar consigo.

—Por supuesto —dijo Barnaby—. Aquí lo tengo, seguro y a salvo; Véalo usted mismo.

Y acto seguido, sin más palabras, echó mano a su cartera, la abrió y entregó a su interlocutor la misteriosa nota que había recibido un par de días antes. El otro acercó el candil que se encontraba en la mesa para el uso de los fumadores y comenzó a leerla inmediatamente.

Barnaby aprovechó la ocasión para echarle un vistazo más detenido. Era alto y corpulento, llevaba un pañuelo rojo anudado alrededor del cuello y hebillas de cobre en los zapatos, de tal forma que Barnaby True se preguntó si no sería aquel personaje el mismo que le entregó la nota a la Srta. Eliza Bolles en la puerta de la casa de huéspedes.

—Todo está correcto y en regla, como debe ser —dijo el otro, después de levantar los ojos de la nota—. Y ahora que ya he leído el papel —acompañó sus palabras con el movimiento de los brazos—, voy a quemarlo, por la seguridad de todos.

Y así lo hizo, doblándolo y acercándolo a la llama del candil.

—Y ahora —continuó— le voy a decir por qué estamos aquí. He sido enviado para preguntarle si es lo suficientemente hombre como para tomar sus propias decisiones y partir conmigo en ese bote que hay en la playa. Diga «Sí» y saldremos inmediatamente sin perder más tiempo, pues el diablo siempre está en tierra aquí, en Jamaica —aunque usted no sabe a que me refiero—, y si se nos adelanta lo lamentaremos después. Diga «No» y podrá irse por donde vino, y le prometo que jamás volveremos a importunarle con este asunto. Háblenos claro, joven caballero, y díganos qué piensa de todo este asunto, y si está dispuesto a seguir, o no, con la aventura.

Apenas dio nuestro héroe ninguna muestra de duda. No puedo asegurar que su coraje no flaqueara en algún momento; si así fue, juro que no por mucho tiempo, y cuando respondió lo hizo en el más firme de los tonos.

—Puede estar seguro de que soy lo suficiente hombre como para ir con ustedes —dijo—, y puedo cuidar de mí mismo si pretenden hacerme algún daño; y si no pudiera, aquí tengo algo que seguramente me ayudará.

Y metió la mano en el interior del bolsillo de la chaqueta, mostrando la culata de una pistola que había llevado consigo cuando salió de la casa de huéspedes por la tarde.

Los que estaban sentados a su lado estallaron en un coro de carcajadas.

—Bueno —dijo su interlocutor—, en verdad le sobra valor, y me gusta su espíritu. En cualquier caso, nadie en el mundo diría que tiene menos coraje que yo mismo, pero si tiene que usar esa pistola será mejor que no lo haga contra nosotros, que somos sus amigos, sino contra otro que es más maligno que el mismísimo diablo. Venga, pues, con nosotros; partamos ahora mismo.

De esta manera tanto él, como los otros, que no habían dicho ni una sola palabra en todo ese tiempo, se levantaron de la mesa y, una vez pagadas las consumiciones de la mesa, se encaminaron al bote que seguía amarrado en la playa, al fondo del jardín.

Según iban acercándose, nuestro héroe pudo ver que se trataba de un largo bote de remos tripulado por una decena de negros, con dos faroles en la popa y tres o cuatro ganchos de hierro.

El hombre que había estado hablando con Barnaby True durante todo el tiempo y que con toda seguridad era, como ya se ha dicho, el capitán de la partida, saltó inmediatamente al interior de la embarcación, seguido de nuestro héroe y del resto de los hombres que le acompañaban. Nada más sentarse, empujaron el bote mar adentro y los negros comenzaron a remar alejándose de la costa, hasta llegar cerca de la popa del buque de guerra.

Nadie dijo ni una palabra desde que abandonaran la playa y, a causa del silencio, perfectamente podría tratarse de una tripulación fantasma. Barnaby True estaba demasiado perdido en sus pensamientos como para decir algo, unos pensamientos que cada vez se hacían más serios y preocupantes, llenos de inquietud, entre los cuales aparecía la idea de que podrían llevárselo y nadie volvería a saber nada más de él. En cuanto a los demás, ya nadie parecía tener necesidad de decir nada, ahora que se había embarcado definitivamente en su empresa.

Y de esta forma la tripulación siguió remando en perfecto silencio durante casi una hora, con el jefe de la expedición al mando del timón, dirigiendo el bote a través del puerto en dirección a la desembocadura del Río Cobra. Y es que aquél era su destino, como Barnaby pudo deducir después de una breve ojeada; una estrecha franja de tierra delimitada por una larga hilera de cocoteros (cuya situación conocía muy bien Barnaby) que poco a poco empezaba a brillar más cercana bajo la luz lechosa de la luna. Según llegaban a la desembocadura del río vieron que la marea se arrastraba con fuerza río abajo, de tal forma que mar adentro se formaban olas y remolinos que agitaban el bote mientras la tripulación de negros paleaba con fuerza para superarlos. Pronto llegaron a un sitio cubierto de arena, una pequeña isleta en la que crecía una densa vegetación compuesta de mangos. Pero todos seguían sin decir ni una sola palabra sobre su destino o lo que se traían entre manos.

La noche, ahora que estaban cerca de la costa, se llenó del murmullo del agua arrastrada por la marea baja y el aire estaba lleno del olor de los pantanos y del barro, mientras la luz de la luna lo iluminaba todo y apenas dejaba ver unas pocas estrellas brillando aquí y allá en el firmamento; todo era tan extraño y misterioso que Barnaby no podía quitarse de encima la sensación de que estaba dentro de un sueño.

Los remeros siguieron inclinándose sobre los remos y el bote se deslizó lentamente entre la tupida vegetación de mangos y salió de nuevo a aguas más despejadas.

En ese momento el jefe de la expedición dijo algo con tono autoritario y los negros dejaron de remar al instante.

Justo entonces Barnaby se dio cuenta atemorizado de que otro bote se deslizaba aguas abajo, dirigiéndose hacia donde ellos estaban, empujado con fuerza por el reflujo de la marea que le arrastraba hacia el puerto, y supo que aquel era el motivo por el cual su interlocutor había ordenado a los hombres que dejasen de remar.

La otra embarcación, o lo que podía discernir de ella en la oscuridad, estaba llena de hombres, algunos de los cuales parecían armados, pues incluso en aquella terrible oscuridad la luz de la luna se reflejaba de vez en cuando en los cañones de los mosquetes y las pistolas, y en el silencio que siguió cuando la tripulación del bote dejó de remar Barnaby True pudo escuchar perfectamente el chop, chop de los remos de la otra embarcación según se iba aproximando a ellos en la quietud de las aguas nocturnas. Pero no se podía hacer una idea de lo que significaba todo aquello, ni si los de enfrente eran amigos o enemigos, ni que iba a suceder acto seguido.

Los remeros del bote que se acercaba no cesaron ni por un momento en su tarea, no hasta que estuvieron muy cerca de Barnaby y sus compañeros. Entonces un hombre que estaba sentado a popa ordenó que dejaran de remar y se irguió mientras el resto quedaba inclinado sobre los remos. Al pasar delante, Barnaby True pudo verle con total claridad bajo la luz de la luna que le daba de lleno: se trataba de un hombre alto y corpulento, con un rostro rojizo y redondeado, embutido en una bonita casaca roja. En medio del bote había una cesta o cofre sobre un tronco de madera cortado, cubierto con restos de arena y suciedad. Mientras pasaban, el caballero, que aún permanecía erguido, lo señaló con un elegante bastón que tenía el puño de oro.

—¿Buscabas esto, Abraham Dawling? —dijo, y en su rostro se dibujó una mueca tan maligna y desagradable como Barbaby True no había visto en su vida.

Los otros no contestaron ni una sola palabra, sino que siguieron sentados tan rígidos como las piedras. Y entonces, por fin, cuando el otro bote hubo pasado, su interlocutor pareció volver a la vida y se puso a aullar:

—¡Muy bien, Jack Malyoe! ¡Muy bien! Esta vez te nos has adelantado, pero la próxima será la tercera y entonces nos tocará a nosotros, aunque el mismísimo William Brand salga del infierno para unirse a vosotros.

Esas palabras dijo mientras la otra embarcación se alejaba cada vez más, aunque el caballero que iba en ella no se dignó contestar excepto con una ruidosa carcajada.

Había otro hombre entre la tripulación armada, en la popa del bote que se alejaba; parecía un sujeto cruel y malvado, de grandes mandíbulas y con la cabeza tan lisa como la palma de mi mano. Mientras el bote se deslizaba en la noche río abajo, empujado por el reflujo de la marea y el palear de los remos, esbozó una sonrisa y la luz de la luna se reflejó en sus enormes dientes. Acto seguido, sacó una gran pistola y dijo unas palabras que Barnaby escuchó con toda claridad:

—Que así sea, pero dame tu palabra de honor y pondré otra bala en la cabeza del hijo de un cocinero de barco.

Sin embargo el caballero le reprendió algo y el bote terminó perdiéndose en medio de la noche mientras Barnaby podía escuchar cómo los hombres que se encontraban a los remos retomaban su tarea, dejándoles solos en el lugar donde se encontraban, sin que nadie dijera una palabra durante un buen rato.

Al rato alguien del bote de Barnaby hizo una pregunta.

—¿Adónde vamos ahora? —dijo.

Entonces el jefe de la expedición pareció volver en sí mismo y logró decir:

—¿Adónde? —exclamó—. ¡Vayámonos todos al diablo! ¿Ir? ¡A donde te dé la gana! ¿Adónde? ¡Volvamos, eso es lo que vamos a hacer!

Acto seguido se puso a jurar y maldecir hasta que la saliva se le empezó a salir por la boca, como si se hubiese vuelto completamente loco, mientras los negros remaban de vuelta al puerto tan rápidamente como podían meter y sacar los remos del agua.

Desembarcaron a Barnaby True al lado de la vieja casa de aduanas, pero estaba tan aturdido y agitado por todo lo que había sucedido, por lo que había visto y por los nombres que había escuchado, que apenas era consciente de todas las cosas y lugares familiares que le rodeaban. Y de esa manera caminó bajo la luz de la luna por la calle que le conducía a la casa de huéspedes, como si estuviera borracho o enfermo; pues «John Malyoe» era el nombre del capitán de la galera Adventure —el que había disparado al abuelo de Barnaby— y «Abraham Dawling» el del artillero del Royal Sovereign, al que también habían disparado en aquella misma ocasión, y luego había sido abandonado por los asesinos, junto al capitán pirata, bajo la brillante luz del sol.

Toda aquella aventura apenas había durado dos horas, pero daba la sensación de que todo ese tiempo no pertenecía a la verdadera vida de Barnaby, sino a otra totalmente distinta, tan oscura, extraña y misteriosa que no podía tratarse de la suya propia.

En cuanto al cofre cubierto de barro y arena, tan sólo podía hacer suposiciones sobre lo que contenía y sobre el significado último de su encuentro.

De todo aquello nada dijo nuestro héroe, ni una sola palabra de lo que había visto esa noche; se lo guardó en su interior, donde siguió perturbándole durante días y días, sin apenas poder pensar en otra cosa.

El Sr. Greenfield, agente y asesor del Sr. Hartright en aquellos lugares, vivía en una preciosa casa de ladrillo a las afueras de la ciudad, en Mona Road, con su esposa y sus dos hijas, unas vigorosas y simpáticas jovencitas de ojos y cabellos negros, con unos preciosos dientes que podían admirarse siempre que sonreían y otros atractivos no menos evidentes. Barnaby True solía ir bastante como invitado, y en verdad era todo un placer para él ir de visita a aquella casa, y sentarse en la galería a fumar un cigarro con el noble y viejo caballero, y contemplar las montañas mientras las jóvenes damiselas reían y parloteaban, o tocaban la guitarra y entonaban canciones. A veces Barnaby tenía unas ganas enormes de sincerarse con el anciano y contarle todo lo que le había sucedido la noche que salieron del puerto; pero al final siempre se lo pensaba mejor y dejaba el asunto de lado, dedicándose a apurar su cigarro en silencio durante un buen rato.

Un día o dos antes de que la Belle Helen zarpara del puerto de Kíngton, el Sr. Greenfield paró a Barnaby True cuando iba camino de la oficina y le invitó a cenar esa misma noche (pues en los trópicos se desayunaba a las once y se tomaba la cena por la noche, cuando refrescaba, y no a media tarde como hacemos nosotros en latitudes menos calurosas).

—Me he encontrado —dijo el Sr. Greenfield— con su pasajero de honor para Nueva York y con su nieta, para los que están reservados la cabina principal y dos camarotes como ordena esta nota (y se la mostró), el señor John Malyoe y la señorita Marjorie Malyoe. ¿Ha oído hablar alguna vez del capitán Jack Malyoe, señor Barnaby?

Estoy convencido de que por entonces el señor Greenfield no tenía ni remota idea de que Barnaby True era el nieto del capitán Brand, y John Malyoe el asesino de éste, pero cuando pronunció el nombre de aquel personaje, con quien Barnaby se acababa de cruzar en su última aventura y cuyo recuerdo había quedado nítidamente grabado en su cerebro, fue como el detonante que le hizo comenzar a preguntarse un montón de enigmas. Sin embargo pudo contestar, aparentando una total indiferencia, que sí había oído cosas acerca del capitán Malyoe y sobre quién era.

—Bueno —dijo el señor Greenfield—, si Jack Malyoe fue un pirata malvado y asesino, y su sable estaba lleno de sangre, ahora, sin embargo, es Sir John Malyoe, el dueño de una hermosa hacienda en Devonshire. Sí, señor Barnaby, cuando alguien se convierte en caballero y hereda una preciosa propiedad (aunque he oído que está llena de deudas), el mundo hace la vista gorda a su pasado de hace veinte años. Sin embargo, también he oído decir que sus parientes aún lo tratan con frialdad.

Barnaby no contestó a estas últimas palabras, sino que permaneció sentado durante largo rato, fumando pensativamente.

Y entonces, aquella misma noche, Barbaby True se encontró cara a cara por primera vez con el asesino de su abuelo, el hombre más despiadado con el que había estado personalmente en toda su existencia.

Se hallaba en el malecón y había visto de lejos a Sir John Malyoe en medio de la oscuridad; a aquella distancia, le daba la sensación de que jamás había contemplado un rostro tan malvado como el suyo. No es que fuera un hombre feo, pues la nariz y el mentón estaban bien proporcionados, pero sus ojos destacaban como dos esferas rojizas y acuosas, y parpadeaba continuamente, como si le estuviesen escociendo a todas horas; tenía los labios finos y eran de un color rojizo—escarlata, y sus mejillas, coloradas y gruesas, estaban moteadas, aquí y allá, por pequeños coágulos venosos de color violeta; y, cuando hablaba, su voz sonaba tan cascada y agria que a uno le daban ganas de aclararse la garganta para poder escucharle. Así que, delante de aquel par de manos grandes y blancas, de esa voz ronca y de esos labios tan finos y sobresalientes, a Barnaby True le daba la sensación de que jamás había visto un conjunto de rasgos que le desagradaran más que los del hombre al que observaba.

Y sin embargo, aunque a nuestro héroe le repelía la figura de Sir John Malyoe, la de su nieta, en cambio, a pesar de que era la primera vez que la veía, se le antojaba como la más hermosa y admirable de todas las jóvenes que había conocido. Tenía una piel delicada y fina, labios rojos, el cabello rubio —aunque se lo había empolvado de blanco para la ocasión— y los ojos más azules que Barnaby había contemplado en toda su vida. Una criatura tímida y dulce, que no parecía capaz de pronunciar una sola palabra sin el consentimiento de Sir John, y que daba la sensación de que se echaría a temblar y a encogerse si alguien le dirigía la más mínima mirada. Cuando por fin decía algo, hablaba en un tono de voz tan bajo que uno tenía que prestar toda la atención del mundo si quería enterarse de lo que estaba diciendo, incluso cuando sonreía lo hacía con tal timidez que realmente era difícil saber si estaba o no alegre.

En cuanto a Sir John, se sentó a cenar como un verdadero cerdo, engullendo, masticando y bebiendo como tal criatura, haciendo continuos ruidos con los labios, sin dirigir apenas una palabra a su nieta, a la señoritas Greenfield ni a Barnaby True, con un aire tan hosco y malhumorado como si proclamara: «Vuestras vituallas y bebidas no son nada del otro mundo, pero tengo que comérmelas pues no hay otra cosa». ¡Era un hombre obeso y brutal!

Sólo después de acabada la cena, cuando la joven damisela y las otras dos señoritas se sentaron juntas en un rincón, pudo Barnaby escucharla hablar con cierto relajo. Pronto se hizo más comunicativa y estuvo charlando bastante rato, aunque en tono muy bajo, hasta que de pronto la llamó su abuelo diciéndole, en su agrio y ronco tono de voz, que ya era hora de retirarse. En seguida interrumpió su charla y saltó de la silla, tan asustada como si la hubieran pillado diciendo alguna inconveniencia y fuera a ser castigada por ello.

Barnaby True y el señor Greenfield salieron al exterior para ver a ambos coger su calesa, junto a la cual permanecía uno de los hombres de Sir John con una linterna en alto. ¿Y quién era aquel hombre? ¡Pues no era otro que aquel villano de la cabeza rasurada que estuvo a punto de disparar sobre el líder de la expedición de la que había formado parte la noche anterior! Barnaby True le había reconocido cuando la luz de la linterna le dio de lleno en la cara y sus ojos se encontraron con los de él. Aunque no debía de conocer a nuestro héroe, le miró de la manera más descarada y familiar que uno pueda imaginarse, sin dignarse llevar la mano al sombrero en señal de saludo a él o al señor Greenfield; nada más entrar su jefe y la joven dama en la calesa, cerró la puerta y subió al asiento del conductor, partiendo sin decir ni una palabra, pero dirigiendo otro vistazo descarado a Barnaby y al viejo caballero.

Ésas eran las maneras de aquellos dos, el dueño y el criado, y lo que Barnaby pudo ver entonces pronto se confirmó en posteriores encuentros: la pareja más malvada que nunca había conocido; aunque, Dios lo sabe, lo que más adelante les tocó en suerte bien puede apaciguar todas las quejas contra ellos.

Al día siguiente, las pertenencias de Sir John Malyoe comenzaron a ser cargadas a bordo de la Belle Helen, y al atardecer el magro y maligno criado subió dando saltos por la plancha de madera del barco con la agilidad de una cabra, seguido por dos negros que cargaban un enorme cofre de marino.

—¡Vaya! —gritó—, ¿usted es el sobrecargo? Pensé que era algo más cuando ayer noche le vi hablando de igual a igual con Su Honorable. Bueno, no importa; en este negocio hay que ser enérgico, aunque me parece demasiado elegante y joven para ser sobrecargo. Vamos, écheme una mano, a ver si puede ayudarme a poner en orden la cabina de Su Honorable.

¿Cómo se atrevía aquel sujeto a dirigirse a el de aquella manera? Barnaby True se tenía en gran estima y era todo un caballero; os podéis imaginar que el descaro de aquel villano sólo podía tener una contestación posible.

—Encontrará al camarotero por ahí —contestó—. Él le mostrará sus aposentos.

Acto seguido se dio la vuelta, alejándose con gran dignidad y dejando al otro sujeto clavado en donde estaba.

Cuando entró en su propio camarote pudo ver, por el rabillo del ojo, que el villano seguía en el mismo sitio en el que le había dejado, y que le observaba con una expresión maligna y malevolente; de tal forma pudo darse cuenta de que se había hecho un enemigo para el viaje, y que no sería prudente olvidar, ni perdonar, aquella mirada clavada en su persona.

Al día siguiente, el propio Sir John Malyoe llegó a bordo, acompañado de su nieta, y seguido por su hombre de confianza y por cuatro negros cargados con dos baúles, no demasiado grandes pero sí enormemente pesados, sobre los cuales tanto Sir John como el devoto criado parecían tener el mayor cuidado e interés para que fueran llevados con toda presteza al camarote que iba a ocupar. Barnaby True se hallaba en la cabina de mando cuando pasaron por su lado, pero aunque Sir John Malyoe le miró con dureza directamente a la cara, no dijo ni una sola palabra, ni dio muestras de saber quién era nuestro héroe. Ante aquello el criado, que lo había visto todo con los ojos de un felino, se puso a sonreír y burlarse ante la visión de la figura de Barnaby, que parecía tan insignificante.

La joven dama, que también se había dado cuenta de la escena, se puso toda colorada, y luego, cuando pasó delante, miró a nuestro héroe, inclinó un poco la cabeza y le dirigió una dulce sonrisa cargada de amabilidad; pero en seguida recobró la compostura, como si estuviera asustada por lo que acababa de hacer.

Aquel mismo día zarpó la Belle Helen, con el tiempo más bueno y encantador que uno pueda desear.

Sólo había dos pasajeros más a bordo, el reverendo Simon Styles, maestro de una próspera academia en Ciudad Española, y su esposa, una pareja agradable y eminente pero muy reservada, que solían sentarse juntos a leer en la cabina principal; de esta manera, y ya que Sir John Malyoe permanecía casi todo el tiempo en su camarote al cuidado de los dos baúles tan preciados para él, recayó en Barnaby True la tarea de distraer a la joven dama, cosa que le agradaba sobremanera, como puede imaginarse. Pongamos juntos día tras día, durante semanas, a un hombre vigoroso y valiente de veintiún años y a una dulce y bella damisela de diecisiete, un tiempo agradable y cálido, como ya he dicho, y el navío sacudiéndose suavemente al compás de las olas, empujado por una brisa cantarina que levanta pequeñas manchas de blanca espuma en la superficie del mar, sin nada que hacer excepto permanecer sentados contemplando el azul del océano y de los brillantes cielos por encima de sus cabezas; no es difícil imaginar qué va a suceder, y el placer que Barnaby True experimentaba en su compañía.

¡Ah, aquellos días en lo que uno es joven y, para bien o para mal, cae rendido al amor! ¡Cuántas veces durante aquel viaje permaneció nuestro héroe en vela acostado en su litera, pensando sin poder conciliar el sueño y, aunque lo intentaba, no podía dejar de pensar en ella y se quedaba mirando la oscuridad con los ojos abiertos!

¡Pobre infeliz! Debía haberse dado cuenta de que aquel estado de felicidad tenía que terminar muy pronto. Pues, ¿quién era él para interesarse por la nieta de Sir John Malyoe? Él, un simple sobrecargo de un barco mercante y ella, la nieta de un magnate.

Sin embargo, todo siguió de manera agradable y placentera hasta un atardecer en el que las cosas cambiaron de repente. Barnaby y la joven habían estado juntos bastante rato aquella tarde, apoyados en la baranda y contemplando cómo se iba oscureciendo el mar por occidente, donde aún brillaba las brasas del crepúsculo. Ella había estado muy callada y triste todo el rato, pero de pronto, sin venir a cuento, empezó a hablar a Barnaby acerca de sí misma. Le dijo que iba con su abuelo a Nueva York y que desde allí se dirigirían a la ciudad de Boston, donde iban a encontrarse con su primo, el capitán Malyoe, que estaba acuartelado en aquel sitio. Luego siguió diciéndole que el capitán Malyoe era el heredero de la hacienda de Devonshire, y que tenía que casarse con él en otoño.

¡Pobre Barnaby! ¡Qué infeliz había sido! Cuando ella empezó a hablar del capitán Malyoe en seguida supo lo que iba a decirle. Pero ahora que se lo había contado, no acertaba a decir nada, y se quedó mirando el océano mientras el aire le raspaba la garganta con cada inspiración. Ella, pobrecilla, siguió diciendo, en un tono de voz apagado, que le había atraído mucho desde el primer momento en que le vio, y que había sido muy dichosa durante todos aquellos días, y que siempre pensaría en él como un amigo muy querido que la había tratado con gran cariño, a ella que tan poco placeres había tenido en su vida, y que siempre estaría en sus pensamientos.

Después ambos quedaron en silencio, hasta que al fin Barnaby pudo decir, con voz entrecortada y ronca, que el capitán Malyoe era un hombre muy afortunado y que si él estuviera en el lugar del capitán Malyoe sería la persona más dichosa de la tierra. Y así, una vez pudo hablar, dio rienda suelta a su lengua y empezó a decirle, con la mente obnubilada, que él también la amaba y que lo que le había contado le rompía el corazón y le hacía sentirse el hombre más miserable, infeliz y desgraciado del mundo.

Ella no se enfadó ante sus palabras, ni se volvió a mirarle, tan sólo dijo, con voz muy queda, que no debía decir esas cosas porque serían perjudiciales para los dos y que, sintiera lo sintiera, tenía que obedecer las órdenes de su abuelo, pues realmente era un hombre terrible.

Ante aquello Barnaby True se limitó a repetir que la amaba con todo su corazón, que ya no tenía ninguna esperanza y que ahora era el hombre más miserable de la tierra.

En ese preciso momento, tan trágico para Barnaby, alguien que había estado oculto cerca de ellos todo el rato hizo un repentino movimiento y Barnaby True pudo ver entre la oscuridad creciente que se trataba del malvado sirviente de Sir John Malyoe y supo que había estado escuchando todo lo que se habían dicho.

El sujeto se fue directo al camarote principal y el pobre Barnaby, confuso y preocupado, se quedó mirándole, sintiendo que ahora sí que había caído sobre él el último grano de la desdicha.

La joven no pudo ver al sirviente, ya que seguía apoyada en la barandilla, y Barnaby True se quedó quieto a su lado, acosado por un tumulto de pasiones y sentimientos que lo confundían, con el corazón batiendo alocadamente en su pecho.

Así permanecieron no mucho tiempo más cuando, de repente, Sir John Malyoe salió corriendo de su camarote, sin el sombrero pero llevando en la mano su bastón de puño dorado, y se dirigió directamente hacia el lugar en el que se encontraban Barnaby y la joven, con el malvado espía pisándole los talones y sonriendo como un diablo.

—¡Desvergonzada! —gritó Sir John, tan pronto como estuvo lo suficientemente cerca, con tal vozarrón que todo el mundo en cubierta podía oír sus palabras, y mientras hablaba blandía su bastón de un lado a otro, a punto de golpear a la joven que, asustada, retrocedía por la cubierta como si fuera a echar a correr en cualquier momento.

—¡Desvergonzada! —volvió a gritar entre juramentos, demasiado horribles como para ser reproducidos en esta página—. ¿Qué estás haciendo aquí con este sobrecargo yanqui? No es digno de una dama… ¡Vuelve al camarote, desvergonzada (aunque esta vez dijo algo peor), antes de que te azote los hombros con este bastón!

Pero en el estado de agitación en el que se encontraba Barnaby, en quien se mezclaban pasión, amor y desesperación, y con la rabia que le produjo esta escena, cualquier hombre puede perder el control de sus actos. Sin saber apenas lo que hacía, agarró a Sir John Malyoe a la altura del pecho y le empujó violentamente hacia atrás, recriminándole a gritos, con una voz fuerte y ronca, el trato que le había dado a la joven, diciéndole que si continuaba en su actitud le quitaría el bastón de las manos y lo arrojaría por la borda.

Sir John se tambaleó debido al empujón que le había dado Barnaby, pero en seguida recuperó la compostura. Acto seguido, profiriendo un aullido, se dirigió corriendo hacia nuestro héroe con el bastón en alto, y estoy seguro de que lo habría usado contra el (sólo Dios sabe que hubiera sucedido entonces) de no ser porque su criado le sujetó y le hizo retroceder.

—¡Hágase a un lado! —gritó nuestro héroe, lleno aún de rabia—. ¡Apártese! ¡Si me golpea con ese bastón le arrojaré por la borda!

Con el ruido de los gritos y el retumbar de las pisadas, algunos miembros de la tripulación salieron corriendo a cubierta, entre ellos estaban el capitán Manly y su primer oficial, el señor Freesden, que salieron en seguida de la cabina de mando. Pero Barnaby, que por entonces había perdido completamente el control, no fue capaz de parar.

—Quién se cree que es —gritaba— para intentar golpearme e insultarme de esa manera. ¿Se cree mejor que yo? ¡Ni se le ocurra pegarme! Puede que sea capaz de disparar a un hombre por la espalda, como ya lo hizo con el pobre capitán Brand en

río Cobra[15], pero no pretenda golpearme cara a cara. ¡Sé quién es y sé qué clase de persona es!

Por entonces Sir John Malyoe había cesado en sus intentos de golpear a Barnaby, pero aún se le veía agitado y sus ojos saltones parecían a punto de salirse de las órbitas.

—¿Qué es todo esto? —gritó el capitán Manly mientras se abría paso entre los hombres acompañado del señor Freesden—. ¿Qué está sucediendo?

Pero, como ya he dicho, nuestro héroe era incapaz de contenerse hasta que no escupiese todo lo que tenía que decir.

—Ese maldito desgraciado me ha insultado, y también a la joven dama —gritó, lleno de rabia y pasión—, y después ha intentado golpearme con su bastón. Pero sé quién es y sé lo que es. Sé lo que guarda en esos dos cofres que tiene en su camarote, en dónde los ha encontrado y a quién pertenecen. Los sacó de las playas de la desembocadura del río Cobra; no tengo más que abrir la boca y decir todo lo que sé.

El capitán Manly puso la mano encima del hombro de nuestro héroe y comenzó a sacudirle con tanta fuerza que apenas le dejaba mantenerse en pie, diciéndole al mismo tiempo que se callase.

—¿Qué es lo que hace? —le gritó—. ¡Usted es un oficial a mi mando que se está peleando con uno de mis pasajeros! Vaya inmediatamente a su camarote y no salga hasta que yo le dé permiso.

Ante estas palabras, Barnaby volvió repentinamente a sus cabales.

—¡Pero, capitán, ha intentado golpearme con su bastón —gritó—, y eso no se lo consiento a ningún hombre!

—No importa lo que haya hecho —dijo el capitán Manly con severidad—. Váyase a su camarote, como le he ordenado, y quédese allí hasta que yo le diga, y en cuanto lleguemos a Nueva York me ocuparé de informar personalmente a su padre adoptivo de su comportamiento. No pienso consentir esta clase de disputas a bordo de mi barco.

Barnaby True miró a su alrededor, pero la joven había desaparecido. Debido a la ceguera producida por su frenesí ni tan siquiera se había dado cuenta del momento en el que se había ido. En cuanto a Sir John, permanecía erguido a la luz de un farol, con el rostro del color de la ceniza, y creo que si las miradas matasen, la que en esos momentos dirigía a Barnaby True le habría hecho caer a plomo en el mismo lugar en el que se encontraba.

Después de que las sacudidas del capitán Manly hicieron recuperar el juicio a Barnaby, pobre infeliz, se dirigió a su camarote, tal y como se le había ordenado, cerró la puerta tras de sí y se tumbó en su litera sin desvestirse, cayendo en un profundo estado de humillación y desesperanza.

Así permaneció un rato no muy largo, creo, mirando las tinieblas, hasta que poco a poco, a causa del sufrimiento y la angustia, cayó en un sueño ligero, casi una vigilia, siendo constantemente acosado por las más vívidas y desagradables pesadillas que perturbaban su descanso unos instantes hasta que se quedaba de nuevo dormido.

Sucedió justo en medio de una de esas pesadillas, cuando se irguió de repente despertado por el estallido de un disparo de pistola, seguido de inmediato por varios pistoletazos más, seguidos a su vez de un golpe sordo y unos chirridos estridentes, y ruidos de pasos que corrían en dirección a la cabina de mando. Luego sobrevino una marabunta de voces aullantes en la cabina y el ruido de cuerpos que eran arrojados fuera, empujados con violencia entre los mamparos. En ese preciso instante se oyeron gritos de mujer y una voz, la de Sir John Malyoe, que aullaba con todas sus fuerzas:

—¡Villanos! ¡Malditos villanos!

Acto seguido estalló un súbito pistoletazo en el interior de la cabina de mando.

Barnaby se puso en pie de inmediato y, a toda prisa, después de coger una de las pistolas que colgaban de la cabecera de su lecho, se precipitó en el interior de la cabina de mando, que estaba tan oscura como la noche, ya que las linternas que solían iluminarla habían desaparecido o estaban rotas. El recinto, envuelto en espesas tinieblas, estaba lleno de gritos y de un barullo enorme salpicado de cuando en cuando por estridentes chillidos femeninos que salían de la propia cabina principal y del camarote anexo. Casi de inmediato Barnaby se tropezó con dos o tres hombres que estaban enzarzados en una pelea sobre la cubierta y que le hicieron caer al suelo y perder la pistola; sin embargo, pudo recuperarla en seguida.

No sabía que significaba todo aquel tumulto, pero pudo oír la voz del capitán Manly gritando:

—Pirata sanguinario, ¿quieres estrangularme hasta la muerte?

De inmediato se dio cuenta de lo que estaba sucediendo: habían sido atacados por los piratas al cubierto de la noche.

Miró hacia las escalerillas y pudo ver, recortándose contra las tinieblas del exterior, la negra figura de un hombre que permanecía tan quieta como una estatua en medio de la refriega y supo, instintivamente, que debía pertenecer al instigador de aquella malvada trampa. Aún arrodillado en la tablazón de la cubierta, apuntó al pecho de la tenebrosa y negra figura y, acto seguido, apretó el gatillo.

En medio del resplandor rojizo que sobrevino, y tras el retumbante estallido del disparo, Barnaby vio, resplandeciendo en la oscuridad, un rostro flaco y difuso con ojos de pez, una frente huesuda y magra en la que destacaba, en uno de sus lados, lo que parecía ser una gran mancha de sangre, un sombrero lleno de adornos de encaje dorados, un pañuelo rojo anudado alrededor del cuello y el resplandor de unos botones de latón. Acto seguido, la oscuridad volvió a cubrir la escena de tinieblas.

Pero justo en ese instante se oyó la voz de Sir John Malyoe gritando:

—¡Dios mío! ¡Es William Brand!

Luego se produjo el sonido de alguien que caía pesadamente al suelo.

Barnaby recobró la visión de nuevo y pudo distinguir a la oscura y difusa figura que aún permanecía erguida en el mismo lugar en el que la vio por primera vez, y de esta forma descubrió algo en ella que antes se le había pasado por alto, algo de una esencia tan sobrenatural que las simples balas no podrían hacerla daño. Aunque lo que contemplaba Barnaby en aquellos momentos realmente era una aparición, la veía con mayor claridad que a cualquiera de los seres humanos que solía ver día a día.

Aquello fue lo último que pudo recordar nuestro héroe, pues acto seguido —ya fuera por accidente o por los designios del destino— alguien le propinó un golpe en un costado de la cabeza con tal violencia que pudo ver cientos de estrellas bailando delante de sus ojos antes de caer a plomo envuelto en dolor.

Cuando Barnaby True recuperó el conocimiento, se dio cuenta de que alguien estaba cuidándole con gran destreza y cariño, alguien que pasaba un pañuelo mojado de agua por su frente y que le había vendado cuidadosamente su herida con la habilidad de un médico.

Al principio fue incapaz de recordar todo lo que había sucedido, hasta que abrió los ojos y se encontró en un camarote extraño, bellamente decorado y con las paredes pintadas de blanco y oro; la luz de la lámpara brillaba en sus ojos y se mezclaba con los rayos grises del alba que entraban por la claraboya. Había dos hombres inclinados sobre él: un negro que vestía una camiseta de rayas y llevaba un pañuelo amarillo alrededor de la frente y unos aretes de plata en las orejas, y un hombre blanco vestido con extraños ropajes de aspecto extranjero, un gran mostacho que sobresalía por encima de la boca y unos pendientes de oro.

El último había sido el encargado de curar la herida de Barnaby con gran mimo y dulzura.

Todo esto fue lo primero que vio Barnaby tras recuperar la conciencia después de su desmayo. En seguida, después de recordar cómo le habían golpeado, sintiendo que su cabeza le dolía como si estuviera a punto de partirse en pedazos, volvió a cerrar de nuevo los ojos, haciendo un gran esfuerzo para no quejarse por el dolor, preguntándose con qué clase de piratas se había enfrentado, unos sujetos que eran capaces de golpear en la cabeza a un hombre sin ningún tipo de miramientos y que luego se tomaban la molestia de devolverle a la vida y procurarle todos los cuidados y atenciones posibles.

No intentó abrir de nuevo los ojos sino que permaneció con los párpados cerrados hasta que sintió que alguien le ajustaba el vendaje de la cabeza. En ese instante volvió a abrirlos para preguntar quiénes eran sus cuidadores.

Sin embargo, bien porque no sabían la lengua inglesa o porque no querían hablar, ninguno de los dos le respondió con palabras sino por medio de extraños signos; el hombre blanco, al darse cuenta de que Barnaby podía hablar y de que era dueño de nuevo de sus acciones, asintió tres o cuatro veces con la cabeza, mostró el brillo de sus blancos dientes al dibujarse una sonrisa en su rostro y luego señaló con el dedo en dirección a la sala que había más allá. Al mismo tiempo el negro cogió la chaqueta de nuestro héroe y le hizo señas para que se la pusiera. Barnaby se dio cuenta de que querían que viese a alguien que estaba fuera y se levantó con grandes esfuerzos, dejando que el negro le ayudara a ponerse la chaqueta, sintiéndose aún dolorido e inseguro bajo sus dos piernas, con la cabeza latiéndole como si estuviera a punto de partirse en dos mitades, y todo ello aumentado por los intensos cabeceos y balanceos del navío, que parecía navegar bajo los efectos de una fuerte marejada.

Y así, aún mareado y dolorido, entró en lo que realmente parecía ser una sala muy hermosa, pintada de blanco y oro como la cabina que acababa de abandonar, amueblada con gran gusto, con una mesa de caoba pulida muy reluciente que abarcaba casi toda la longitud de la habitación y un importante número de botellas, y vasos de cristal puro, colocados en fila sobre una estantería superior.

A la cabecera de la mesa, de espaldas a nuestro héroe, se hallaba sentado un hombre envuelto en un llamativo chaquetón de marinero, con un pañuelo rojo alrededor del cuello, las piernas estiradas y fumando tranquila y cómodamente una pipa de buen tabaco.

Mientras Barnaby se acercaba el hombre se dio la vuelta, ante los ojos asombrados de nuestro héroe, y sus facciones se hicieron visibles a la luz de la lámpara mientras la luz de la aurora comenzaba a entrar por el tragaluz, revelando el rostro del personaje que había conducido la misteriosa expedición nocturna que había salido del puerto de Kingston hacia el río Cobra.

El hombre miró detenidamente a Barnaby True durante unos momentos y después estalló en carcajadas; y, en verdad, ver a Barnaby de pie con el aparatoso vendaje en la cabeza y la expresión de asombro que apareció en su rostro tras descubrir quién era el pirata en cuyas manos habían caído, daba a toda aquella escena un aire bastante jocoso.

—Bueno —dijo el otro—, por fin puede tenerse en pie, y sin gran perjuicio por lo que veo. ¿Cómo se siente ahora, querido muchacho?

Barnaby no respondió al instante sino que, asombrado y dolorido, se sentó a la mesa enfrente de su interlocutor, el cual puso una botella de ron a su lado, junto con uno de los vasos de la estantería que colgaba encima.

Esperó a que Barnaby llenara el vaso y tan pronto como lo hizo empezó a hablar.

—Supongo que pensará que se le ha tratado con gran brusquedad la pasada noche. Pues bien, es cierto, aunque no sé absolutamente nada de quién fue el que le propinó ese golpe en la cabeza. Siento que se le haya tratado con tan pocos miramientos, pero hay mucho que decir y, puede creerme, le aseguro que sólo le deseo lo mejor y espero que pronto se dará cuenta de ello.

Hizo una pausa para sorber un trago de grog y continuó con lo que tenía que decir:

—¿Recuerda —dijo— la expedición que emprendimos desde el puerto de Kingston hace unas cuantas noches y lo contrariados que estábamos?

—Claro —dijo Barnaby—, no creo que pueda olvidarla fácilmente.

—¿Y recuerda lo que le dije a ese villano, Jack Malyoe, cuando su bote se cruzó con el nuestro aquella noche?

—No estoy seguro —replicó Barnaby True—, pero si me lo repite sabré que responderle.

—De acuerdo —contestó el otro—. Dije que aquel miserable ya nos había robado una vez pero que la próxima las cosas cambiarían, aunque el mismísimo William Brand tuviera que regresar del infierno para solucionar el problema.

—Sí, recuerdo algo parecido —dijo Barnaby—, ahora que lo menciona, sin embargo sigo sin entender qué significa todo esto.

El otro le observó detenidamente durante un rato con la cabeza ladeada y los ojos entornados. Luego, como si estuviera muy complacido, estalló en una carcajada.

—Mire aquí —dijo— y le enseñaré algo.

Se echó hacia un lado y descubrió dos pequeños cofres de viaje con cierres de latón, tan parecidos a los que Sir John Malyoe había subido a bordo en Jamaica que Barnaby estaba casi seguro de que debían de ser los mismos.

Nuestro héroe sentía muchos recelos sobre el contenido de aquellos dos cofres, y estos recelos habían aumentado cuando vio las molestias que Sir John Malyoe se tomaba en su cuidado y cómo su rostro se había puesto lívido, con una expresión maligna y asesina, si se le preguntaba por ellos. Pero, ¡Dios!, Barnaby True no se esperaba lo que vieron sus ojos cuando aquel sujeto levantó las tapas de los cofres — cuyos cierres ya habían sido forzados— y, abriendo primero una y luego la otra, ¡apareció ante la atónita mirada de Barnaby un inmenso tesoro de plata y oro! La mayor parte estaba envuelto en sacos de cuero, aunque había muchas monedas, grandes y pequeñas, blancas y doradas, amontonadas en el fondo como si fueran judías, de tal forma que los saquitos de cuero estaban casi al borde de los cofres.

Barnaby volvió a sentarse totalmente aturdido ante lo que contemplaban sus ojos; aunque no estoy seguro de si era capaz o no de respirar, lo que sí puedo decir con absoluta certeza es que permaneció sentado mirando el tesoro como si estuviera hipnotizado, hasta que, al poco rato, el otro volvió a cerrar las tapas de los cofres y estalló de nuevo en carcajadas, haciéndole recobrar la conciencia de golpe.

—Bueno, ¿qué opina de todo esto? —preguntó—. ¿No es fortuna suficiente como para que un hombre se haga pirata? Sin embargo, no es sólo para mostrarle estos cofres por lo que le he hecho esperar aquí tanto tiempo, sino también para decirle que no es usted el único pasajero a bordo, que hay otra persona que quiero confiarla a su cuidado y protección, de acuerdo a las órdenes que he recibido; así que, si está listo, señor Barnaby, se la presentaré ahora mismo.

Hizo una pausa, como esperando algún tipo de respuesta por parte de Barnaby, pero al no recibir ninguna por parte de nuestro héroe se levantó, recogió la botella de ron y los vasos y cruzó la sala en dirección a una puerta similar a la que Barnaby había atravesado unos momentos antes. La abrió y, después de permanecer un rato en el umbral intercambiando unas breves palabras con alguien que se encontraba en el interior, hizo salir a una joven dama que entró en la sala lentamente mientras Barnaby seguía sentado a la mesa.

Se trataba de la señorita Marjorie Malyoe. Estaba pálida y miraba a todos lados con gran asombro, como si estuviera sorprendida ante el desarrollo de los acontecimientos.

Barnaby True jamás podrá decir si el extraño viaje que tuvo lugar a continuación fue largo o corto, si duró tres días o más de diez. Si queréis haceros una idea, pensad en dos personas de carne y hueso moviéndose y viviendo continuamente como en una especie de sueño o pesadilla, sin embargo tan felices el uno con el otro que el universo que les rodea no tiene ninguna importancia para ellos. ¿Quién puede decir en tales circunstancias si el tiempo transcurrido es corto o largo? ¿Acaso un sueño se puede medir en términos de largura y cortedad?

El barco en el que navegaban era un bergantín de buen tamaño y sólida construcción, gobernado por una tripulación numerosa, la más rara y extravagante que Barnaby había visto jamás; algunos hombres eran blancos, otros amarillos, otros negros, y todos ellos vestidos con prendas de colores llamativos, con pendientes y aros de oro en las orejas, algunos llevaban enormes mostachos, otros tenían pañuelos atados alrededor de la frente, y todos hablaban un lenguaje del que Barnaby no era capaz de entender ni una sola palabra, pero que bien podía ser portugués por una o dos frases que había escuchado. Tampoco esta extraña, misteriosa tripulación de Dios sabe dónde, parecía prestar mucha atención a lo que él, o la joven dama, hacían en el barco. A veces les observaban desde algún rincón con sus ojos amarillos, pero eso era todo; por lo demás, parecían criaturas salidas de una pesadilla nocturna. Sólo el capitán de la estrafalaria tripulación intercambiaba a veces unas pocas palabras con Barnaby para hablar acerca del estado del tiempo cuando ambos se encontraban en la salita para tomar un vaso de grog o fumar una pipa de tabaco, antes de que el pirata volviera a sus tareas en cubierta. Así que nuestro héroe y su joven compañera tenían libertad plena para hacer lo que quisieran, y nadie se interponía en sus andanzas.

Ella no mostraba ningún síntoma de miedo o preocupación, sólo al principio estuvo como aturdida y asombrada por todo lo que la estaba sucediendo. En realidad, creo que su abuelo, esa bestia salvaje, había aplastado su personalidad con tal violencia y despotismo que ya nada de lo que pudiera sucederle la afectaba como lo haría con otras personas de vivencias más normales.

Pero sólo fue al principio, pasado un tiempo su rostro empezó a adoptar un aspecto franco y limpio, como si de él emanara una luz blanca, y se solía sentar muy quieta y tranquila, dejando que Barnaby la mirase directamente a los ojos; y así durante mucho tiempo, un rostro claro en el que se entreabrían unos labios sonrientes, y ambos, como debe ser, apenas respiraban, contentándose con escuchar, como si lo hicieran desde un remoto lugar, la extravagante jerga que usaba la tripulación mientras hablaban bajo un sol cálido y brillante, o los crujidos de las correderas y los aparejos al ser cazadas las velas.

¿Es de extrañar pues que, en estas circunstancias, Barnaby True no supiera con exactitud si el viaje había sido largo o corto?

Podían haber seguido navegando en ese maravilloso crucero por siempre jamás. Imaginaos lo sorprendido que se sintió Barnaby cuando, tras subir a cubierta una mañana, se dio cuenta de que el bergantín estaba amarrado y con el ancla echada en

las cercanías de Staten Island[16], enfrente de una pequeña aldea marinera, a la vista de los familiares tejados y chimeneas de la ciudad de Nueva York, que sobresalían por encima del agua.

Era el último lugar de la tierra que esperaba contemplar.

Y, en verdad, resultó bastante extraño permanecer anclados todo el día en aquel lugar de Staten Island, con la ciudad de Nueva York tan cercana y, sin embargo, tan inalcanzable. Pues, aunque deseasen escapar, tanto él como la joven se daban cuenta de que eran vigilados muy de cerca, como si ambos fueran prisioneros y estuvieran atados de pies y manos; de manera que parecía imposible cualquier tipo de huida.

Durante todo aquel día hubo un extraño ir y venir de hombres por las cubiertas del bergantín, y al atardecer un bote puso rumbo a la pequeña aldea, llevando a bordo al capitán y un gran bulto cubierto con una tela alquitranada en la popa. Barnaby no sabía que era lo que llevaban a la aldea, pero lo cierto es que el bote no regresó hasta el crepúsculo.

El sol acababa de ser engullido por las aguas cuando el capitán puso los pies de nuevo en la cubierta y, encontrándose allí con Barnaby, le hizo señas para que le siguiese a la salita, en donde ya estaba sentada la joven; la violenta luz del crepúsculo entraba por el tragaluz, dándole un aspecto de una belleza resplandeciente.

El capitán ordenó a Barnaby que tomara asiento, pues tenía que decirle algo; en cuanto Barnaby se sentó, al lado de la joven dama, comenzó a hablar con gran seriedad, y vino a decir algo parecido a esto:

—Aunque usted, señor, crea que soy el capitán de este bergantín, en realidad está equivocado, pues tan sólo cumplo órdenes, y me he limitado a llevarlas a cabo en todas las acciones que he emprendido hasta ahora.

Una vez dicho esto, a manera de prólogo, continuó con su explicación, contándoles que sólo había una orden que aún le quedaba por obedecer, y que era la más importante de todas. Dijo que Barnaby y la joven no habían sido trasladados de la Belle Helen por capricho, sino que todo había sido planeado por un hombre mucho más inteligente que él y a quien debía obedecer en todo lo que le ordenase. Dijo que esperaba que, tanto Barnaby como la joven, llevasen a cabo con gusto la tarea que se les iba a encomendar, pero que, quisieran o no quisieran, deberían hacerla, pues eran las órdenes de alguien al que jamás debía cuestionarse.

Es de suponer el asombro de nuestro héroe al escuchar semejantes palabras pero, fueran cuales fueran sus expectativas, ni sus suposiciones más delirantes se acercaron a lo que realmente se le demandó.

—Mis órdenes son éstas —siguió el otro—: Debo llevarles a la playa a usted y a la joven, y asegurarme de que se unen en matrimonio antes de dejarles partir; y, para que todo se desarrolle adecuadamente, un sacerdote honesto y bueno, que vive en la aldea y que ya ha sido puesto al corriente, está, sin lugar a dudas, esperando su llegada. Ésas son mis órdenes, y esta tarea es la última que se me ha encomendado, así que les dejo solos cinco minutos para que puedan hablar del asunto, pero apresúrense pues, lo quieran o no, la orden debe ser llevada a cabo.

Sin más preámbulos salió de la habitación, dejándoles solos tal y como había prometido; Barnaby estaba rígido como una piedra y la joven, con el rostro vuelto hacia un lado, tenía las mejillas tan coloradas como un tizón al rojo vivo.

No puedo decir exactamente las palabras que Barnaby le dijo, tan sólo que habló atropelladamente, sin orden ni concierto, asegurándole que sólo Dios sabía cuánto la amaba, que la quería con toda su alma y corazón, y que no existía nada más importante para él en todo el mundo; pero que, sin embargo, si ella no estaba dispuesta a cumplir lo que se la ordenaba, si no quería casarse con él, preferiría la muerte antes que obligarla a hacer algo que fuera en contra de sus deseos. Le dijo que hablara con sinceridad, que le contestara sí o no, y que Dios sabía que daría el mundo entero porque la respuesta fuera «sí».

Todas estas cosas, y muchas más, dijo apresuradamente, sin orden ni tino, mientras ella seguía sentada en el mismo sitio, con el pecho subiendo y bajando al ritmo agitado de su respiración. Tampoco puedo reproducir las palabras exactas que contestó ella, tan sólo que dijo que sí quería casarse con él. Tras oír su respuesta, Barnaby la tomó entre sus brazos y juntó sus labios a los de ella, con el corazón latiéndole locamente en el pecho.

En esos momentos el capitán volvió a la salita, justo a tiempo de ver que Barnaby tenía la mano de ella entre las suyas, que la joven volvía el rostro hacia un lado y que el corazón la golpeaba en el pecho como el martillo de un herrero; de tal forma se dio cuenta en seguida de que todo se desarrollaba de la manera adecuada. Les deseó mucha felicidad y estrechó la mano de Barnaby.

Uno de los botes del bergantín se encontraba arriado y listo cuando la pareja salió a cubierta, y ambos bajaron de inmediato y se acomodaron dentro. Pronto tomaron tierra y fueron caminando por las calles de la aldea bajo la oscuridad crepuscular, ella agarrada de su brazo como si estuviera a punto de desmayarse, mientras que el capitán de la embarcación y otros dos hombres de a bordo los seguían un poco más atrás. Llegaron a la casa del sacerdote, que les esperaba fumando un pipa en el cálido atardecer, caminando de un lado a otro a la entrada de su morada. De inmediato les hizo pasar al interior de la casa, en donde su esposa ya había encendido una vela y esperaban dos vecinos de la aldea. Tras preguntarles unas cuantas cosas sobre su edad, nombres y lugares de origen, la ceremonia se llevó a cabo y el certificado matrimonial fue firmado por los testigos presentes, excepto por los hombres que habían venido del bergantín que se negaron rotundamente a poner sus manos en cualquier papel oficial.

El mismo bote que les había llevado a la aldea por la tarde esperaba embarrancado en la playa. Allí el capitán les deseó toda la felicidad del mundo, estrechó calurosamente la mano de Barnaby y les hizo embarcar con presteza. El bote se deslizó por el agua con velocidad, empujado por la brisa que soplaba desde la tierra, mientras que aquellos extraños sujetos desaparecían tras ellos en medio de la noche.

Al pasar cerca del bergantín oyeron el susurro de las velas al ser izadas y se dieron cuenta de que se disponía a hacerse a la mar una vez más. Jamás volvió a ver Barnaby a sus extraños tripulantes, ni tampoco nadie de quien yo haya podido escuchar.

De madrugada llegaron a los muelles del Sr. Hartright, a los pies de Wall Street, y las calles estaban oscuras, silenciosas y desiertas mientras caminaban hacia la casa de Barnaby.

Os podéis imaginar el asombro del querido padre adoptivo de Barnaby cuando, vestido con una simple bata y con un candil en la mano, quitó el cerrojo de la puerta y la abrió, viendo quién era en realidad el que le había hecho levantar a aquellas horas de la noche, y que además venía acompañado de una linda jovencita.

Lo primero que pensó el pobre hombre fue que la Belle Helen había regresado a puerto; Barnaby no se lo quiso aclarar hasta que estuvieran en el interior de la casa, seguros y a salvo de oídos indiscretos, donde podría contarle tranquilamente toda aquella extraña y asombrosa historia.

—Dos marineros extranjeros dejaron esto para ti esta mañana —dijo el buen hombre mientras les conducía al cuarto de estar alumbrando su camino con la vela; a su luz Barnaby pudo ver un objeto que descansaba cerca de la puerta del comedor.

Apenas pudo Barnaby reprimir un grito de asombro al descubrir que el objeto en cuestión era uno de los dos cofres del tesoro que Sir John Malyoe había embarcado en Jamaica y que los piratas habían tomado de la Belle Helen. En cuanto al Sr. Hartright, no tenía la más mínima idea de qué trataba todo aquel jaleo.

Al día siguiente la Belle Helen llegó a puerto, portando las terribles noticias de que había sido abordada de noche por los piratas y de que Sir John Malyoe había muerto. Nadie sabía a ciencia cierta si su fallecimiento se debía a la conmoción que le provocó ver la cara del viejo capitán, al que él mismo había asesinado y al cual suponía enterrado y bien enterrado, resplandeciendo en las tinieblas de la noche, o si, por el contrario, había sido producido por las pasiones desenfrenadas que anidaban en su cerebro; lo cierto es que, cuando los piratas dejaron la Belle Helen, llevándose consigo a Barnaby, la joven y los cofres del tesoro, los que quedaron a bordo encontraron a Sir John Malyoe tendido en el suelo, echando espuma por la boca y con el rostro ceniciento, como si hubiera sufrido un ataque de asfixia, y que lo llevaron de inmediato a su camarote, en donde murió sobre las diez de la mañana del día siguiente, sin abrir los ojos ni decir una sola palabra.

Nadie volvió a ver jamás a su malvado sirviente; es posible que saltara por la borda o que los piratas que abordaron el barco se lo llevaran consigo, ¿quién sabe?

El Sr. Hartright, después de escuchar atentamente la historia de Barnaby, no estaba muy seguro de a quién pertenecía en realidad el cofre del tesoro dejado por los marineros para Barnaby, pero las noticias sobre la muerte de Sir John Malyoe facilitaron su decisión. Si no estaba claro que aquel tesoro perteneciera a Barnaby, sí era seguro que tenía que ser propiedad de su esposa, ya que era la heredera legal de Sir John Malyoe. Y de esta manera aquella inmensa fortuna (más de sesenta y tres mil libras al cambio de hoy en día) pasó a Barnaby True, el nieto de William Brand, un famoso pirata; y así lo hizo constar el juzgado inglés de Devonshire pues, al no tener el capitán Sir John Malyoe ningún descendiente masculino, todas sus propiedades debían a pasar a su joven nieta.

En cuanto al resto del tesoro, jamás se volvió a oír hablar de él, y Barnaby no sabía a ciencia cierta si fue repartido entre los piratas o si se lo llevaron consigo a algún lugar extraño y distante en donde poder gastarlo sin temor.

Y así termina esta historia, pero antes quiero hacer una última observación: no se sabe con seguridad si la extraña aparición del rostro del capitán Brand al resplandor del pistoletazo fue una aparición fantasmal o si realmente estaba allí en carne y hueso, pero lo cierto es que nadie ha vuelto a oír hablar de su persona… aunque tampoco se había oído decir nada de él desde aquel lejano día en el que el capitán Sir John Malyoe le disparó a traición en las orillas del río Cobra, allá por el año 1733.