El medico hereje
Capítulo III
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Entre el Ródano y los Alpes, mediados de abril de 1553
Caminaron tres días, sin apenas detenerse, siempre hacia el este, durmiendo junto a sus mulas en casas abandonadas o al abrigo de algunas cuevas.
Servet supuso que los inquisidores de Vienne los perseguirían aguas abajo del Ródano, de camino hacia Aragón, en las Españas, su nación de origen.
Pero el médico hereje y su criado tomaron el camino de Italia; tenía la intención de dirigirse hasta Grenoble y desde allí ascender por las laderas de los Alpes y atravesarlos por alguno de los puertos que a comienzos de mayo empezaban a quedar libres de las nieves invernales. Tal vez podrían unirse a algún grupo de mercaderes y pasar desapercibidos hasta alcanzar las tierras de Italia, lejos de los dominios de la Inquisición francesa.
—Italia es el único lugar adonde podemos ir —le confesó Servet a su criado mientras descansaban al pie de una empinada ladera, poco antes de llegar a la localidad de Briançon, donde comenzaba el último tramo del camino hacia Italia—. Sé de algunos perseguidos por la Inquisición francesa que han conseguido refugio en la ciudad y en el reino de Nápoles.
Todos los que son acosados por los franceses encuentran buena acogida en esa ciudad, donde todavía se permite cierta relajación religiosa. Lo sé bien porque en Nápoles se pueden adquirir sin problemas ejemplares de uno de mis libros, Sobre los errores de la Trinidad, que Giorgio Filatello ha traducido al italiano.
—Pero Italia es católica; allí tampoco os dejarán en paz.
—Nápoles es una posesión del reino de las Españas y el papa Julio III acaba de librar una guerra contra el rey de Francia. Por consiguiente, los enemigos de Francia son bien recibidos por el papa y por el emperador. Y si las cosas fueran mal dadas, siempre queda la posibilidad de viajar al Nuevo
Mundo. Desde Nápoles es fácil navegar hasta el sur de España, de cuyos puertos salen a menudo barcos hacia esa tierra de promisión; tal vez allí sí sea posible iniciar una nueva vida.
—¿Y si nos detienen en el camino?
—Tienes razón. Necesitamos un salvoconducto, y sé cómo lograrlo.
—¿Conocéis a alguien en esa ciudad? —preguntó el criado señalando el caserío de Briançon.
—No, pero disponemos de dinero suficiente para conseguirlo.
Briançon es la última ciudad notable antes de Italia y lugar de paso de numerosos mercaderes, seguro que hay un notario con pocos escrúpulos que se dedica a falsificar pasaportes a cambio de un buen puñado de monedas.
No olvides, Benito, que el dinero abre todas las puertas.
Aguardaron pacientes bajo un saliente rocoso a que dejara de llover y arrearon a las mulas hacia la ciudad, ubicada en el cruce de dos valles, con el caserío de tejados de pizarra encaramado en la ladera de un escarpado cerro coronado por una fortaleza.
Al atravesar el angosto arco de su puerta oeste, entre dos torreones de la muralla, nadie les pidió cuentas; preguntaron por un buen albergue a un panadero que anunciaba sus productos a voz en grito, y éste les indicó que siguieran rectos por la calle Meana unos cincuenta pasos, hasta llegar a la calle Mayor, en cuyo cruce encontrarían la Oca azul, la mejor posada de la ciudad que disponía además de un establo propio.
Al salir a la calle Mayor, enseguida localizaron la taberna de la Oca azul; estaba ubicada en un notable edificio y tenía la fachada pintada de amarillo, con una gran oca dibujada en color azul encima de la puerta.
Servet entró en la posada mientras Benito se quedó afuera al cuidado de las mulas.
—Necesito cama y comida para dos personas, y una cuadra para mis dos mulas —le dijo al posadero.
—Primero decidme quién sois y luego enseñadme vuestro dinero.
—Me llamo Miguel de Normandía —Servet soltó el primer nombre que le vino a la cabeza— y soy ciudadano de París y físico de profesión.
Me dirijo a Italia con mi criado para trabajar al servicio de los duques de
Milán. Necesitaría, además, un salvoconducto, el que traía de París lo he perdido en el camino.
El mesonero se rascó la cabeza y observó con ironía a Servet.
—Creo que me estáis mintiendo, pero me importa un rábano quién seáis, adónde os dirigís y qué vais a hacer. Sólo quiero ver vuestro dinero.
—Tomad: una corona de oro por adelantado; creo que con eso llegará para unos días y para que mantengáis vuestra boca bien cerrada.
Los ojos del mesonero se abrieron como dos lunas llenas.
—Claro, señor, claro. ¡Rápido! —le ordenó el mesonero a uno de sus sirvientes—, sal ahí afuera y lleva las acémilas de este señor al establo. Que no les falte agua, cebada y heno. Y para vos y vuestro criado dispongo de una excelente estancia, la mejor de esta casa.
—Dejemos eso para más tarde. Ahora decidme dónde puedo encontrar a un notario que me extienda un pasaporte.
Un par de horas después Servet regresó a la posada con una flamante cédula de papel expedida por el preboste de París en la que reconocía al portador como Miguel de Normandía, ciudadano de París y miembro de la ilustre cofradía de médicos de San Lucas de esa ciudad.
—Ya está —le confesó a su criado—. Tengo la cédula que me acredita como médico de París. Podremos pasar a Italia sin más problemas.
—Malas noticias, señor —le dijo Benito mostrando una notable excitación.
—¿Qué ocurre?
—El mozo de cuadras me ha informado de que unos oficiales de la Inquisición estuvieron aquí ayer preguntando por un reo fugado de la cárcel de la Inquisición en Vienne que tal vez viajara acompañado de un joven criado. La descripción de ese reo corresponde a la vuestra.
—Maldita sea... ¡Cómo han podido adelantarnos!
—Montaban caballos, señor, son menos seguros y resistentes pero mucho más rápidos que nuestras mulas.
—No podemos quedarnos aquí por mucho tiempo. Cenaremos caliente, dormiremos en esta posada y mañana saldremos temprano. Si nos apresuramos podemos cruzar los Alpes en dos días. Pasado mañana estaremos a salvo en Italia.
—Los inquisidores controlan el paso, señor.
—¿Todo eso te ha dicho el mozo de cuadras?
—Os aseguro que nadie dispone de más información sobre los viajeros que los que sirven en los establos.
—¿Qué podemos hacer?
—Me ha propuesto una alternativa. Lo más seguro es desandar nuestros pasos y tomar un camino hacia el norte, a algo más de media jornada de aquí. Esa ruta atraviesa un puerto llamado Galibier, que en esta época del año todavía tiene mucha nieve, pero que con esfuerzo tal vez sea transitable.
—¿Y ya estaremos en Italia?
—No, todavía no. Ese camino nos llevará a una localidad llamada San Miguel, de donde sale un camino hacia el col de Cenis; al otro lado está Italia.
—Al parecer no tenemos otra posibilidad.
—Creo que no, señor.
Cenaron una sopa de gachas con pan y queso fundido y unos huevos fritos; Servet retiró con su cuchara las dos tajadas de tocino que acompañaban a los huevos y se las ofreció a su criado, que las aceptó gustoso.
Poco antes del amanecer aparejaron sus mulas y cargaron una bolsa con dos panes, embutido de ciervo, un queso cremoso, un cuarto de costillar de cerdo ahumado, un buen pedazo de cecina de vaca y un boto lleno de cerveza. Al ver tanta carne, Servet le pidió al posadero que incluyera manzanas confitadas, un bote de miel y algunas legumbres.
—Si la administráis bien, tenéis comida suficiente para una semana —
le dijo el posadero.
—Os agradezco la hospitalidad. Tomad, y compartidlo con vuestro mozo de cuadras.
Servet le entregó media docena de monedas de plata.
—Dejadlo. Con lo que me disteis ayer estoy muy bien pagado; y todavía sobra. Si alguna vez regresáis por aquí, la casa os invitará a un asado de buey y a una buena botella de borgoña. Id con Dios, quien quiera que seáis...
—Quedad con él.
Ginebra, fines de abril de 1553
Juan Calvino y Guillermo Farel, que seguía en Ginebra de visita, paseaban a orillas del lago Leman. La mañana era agradable y luminosa y el sol comenzaba a calentar con cierta fuerza mediada la primavera.
—Echo de menos a mi esposa y a mi hijo. Ideleta era una buena mujer; murió demasiado joven —comentó Calvino al recordar a Ideleta de Bures, fallecida cuatro años atrás, y a su jovencísimo hijo, que lo hizo poco después de su madre. Cuando se casó con Calvino, Ideleta era viuda de un anabaptista convertido al calvinismo.
—Tenéis cuarenta y cuatro años, todavía podéis tomar una nueva esposa.
—No, estimado Guillermo, no. Dios lo ha querido así. Él ha decidido que ahora mi vida debe consagrarse en exclusiva a la defensa de la verdadera fe. Dios me ha elegido para ello y no puedo decepcionarlo. Si tomara una nueva esposa, debería prestarle parte de mi atención, como ordenan las Sagradas Escrituras, y eso detraería mucho tiempo del que debo dedicar a mis estudios, a mi misión y a mis lecturas.
»Además, nuestras ideas están ganando terreno en todas partes. Cada vez tenemos más partidarios en los Países Bajos, pues los mejores predicadores de Brabante se forman aquí, en Ginebra, en nuestro colegio.
Muerto Enrique VIII, su débil hijo Eduardo VI ha continuado la segregación con Roma; incluso Catalina Parr, la sexta esposa de Enrique, fue fiel a nuestra doctrina hasta su muerte. Y hace cuatro años que la ciudad de Zúrich, gracias al recordado Zwinglio, que murió luchando por la Reforma, se ha unido a nosotros merced a su pastor Bullinger.
Los calvinistas habían firmado un acuerdo, conocido como el Consensus Tigurinus, mediante el cual la ciudad de Zúrich se comprometía a seguir las normas dictadas por la Iglesia reformada de Juan Calvino.
—La Reforma, impulsada por vos, triunfará en todo el orbe cristiano.
El sacrificio de Zwinglio no será en vano.
—Dios lo quiera, pero para ello deberemos acabar con todos los herejes que cuestionan los fundamentos de nuestra fe. Y hay uno que debe ser el primero en caer.
—¿Os referís a Servet? —le preguntó Farel.
—Ese ser diabólico... Ha logrado escapar de la cárcel de la Inquisición en Vienne y todavía, que yo sepa, no han conseguido detenerlo.
—Los muy inútiles...
—No es tan fácil. Servet es un verdadero especialista en burlar a la justicia. Ya lo hizo hace unos años en Toulouse y en París, y ahora también lo ha conseguido en Vienne.
—Acabarán atrapándolo. No tiene adónde ir.
—Por lo que sé, los espías de la Inquisición francesa están desplegados por todos los caminos a cien millas alrededor de Vienne, y controlan los pasos hacia Italia y los embarcaderos del Ródano —explicó Calvino.
—En ese caso, tarde o temprano caerá en sus redes.
—No lo creo, al menos mientras tenga el apoyo del arzobispo de Vienne. Estoy convencido de que algunos soldados, si lo ven, harán la vista gorda.
—¿A qué se debe ese apoyo? —preguntó Farel.
—Monseñor Palmier fue alumno de Servet en París, donde asistió a sus clases de geografía, astronomía y astrología en el colegio de los Lombardos; allí se hicieron muy amigos. Cuando Palmier se convirtió en arzobispo de Vienne, llamó a su lado a Servet para ofrecerle refugio y para que le sirviera como su médico personal. Todos estos años ha permanecido allí, oculto bajo el alias de Miguel de Villanueva, protegido por el arzobispo, y creo que lo sigue estando. Sólo así se entiende la manera en que ha logrado escapar de la prisión y cómo ha eludido una muerte cierta.
Si no se hubiera fugado, el tribunal de la Inquisición de Vienne lo hubiera considerado culpable de herejía y hubiera sido ejecutado de inmediato.
En una aldea de los Alpes, mediados de mayo de 1553
A pesar de que lo intentaron, el paso del Galibier resultó por el momento infranqueable. Servet y su criado tuvieron que desistir ante la gran cantidad de nieve acumulada en aquel puerto y descendieron el camino andando hasta una pequeña aldea.
Unos granjeros aceptaron cederles una habitación con unos sacos de paja limpia para dormir y comida a cambio de unas monedas en tanto el paso se mantuviera bloqueado por la nieve, lo que algunos años solía ocurrir hasta bien entrado el verano.
Conforme transcurrían las semanas, las jornadas se hacían cada vez más largas y la monotonía y la rutina se adueñaron de la vida de Servet, que pasaba los días aguardando a que la nieve acumulada en el Galibier disminuyera y le permitiera atravesar aquel puerto.
Tras la cena, Servet solía sentarse en un poyo a la puerta de la casa de los granjeros y contemplaba el cielo estrellado, buscando en el firmamento las respuestas a las preguntas que se seguía haciendo. En el silencio de la noche solía observar las estrellas y recordaba las enseñanzas de Copérnico, el hombre sin dios, el primero que cambió la manera de entender el universo, el científico que desencadenó el estallido de la vieja tensión entre la razón y la fe.
En algunas ocasiones lo acompañaba su criado Benito, que escuchaba atento los relatos de la vida de su señor, una existencia repleta de experiencias asombrosas.
—Nací en una pequeña aldea de Aragón; se llama Villanueva y está ubicada en el centro de una estepa, casi un desierto. Aquella tierra es llana y amarilla, el sol y el viento la azotan sin piedad y apenas llueve media docena de días a lo largo del año —comentó el médico.
—¿La echáis de menos? Todo el mundo quiere volver alguna vez a su tierra natal —dijo el criado.
—A veces sí. En algunas ocasiones rememoro sus campos de cereales, tan ralos que apenas producen pan para sus vecinos, sus páramos resecos azotados por el viento de poniente y sus cálidos atardeceres rojos estivales, sin duda el momento más plácido del día. Pero sobre todo echo en falta a
mis padres. ¿Sabes, Benito?, mi padre, Antón Serveto, era notario, heredero de una familia de infanzones, y mi madre, Catalina Conesa, pertenecía al linaje de los Zaporta, una rica e influyente familia de conversos.
—¿Conversos...? ¿Qué significa conversos?
—En el reino de Aragón se llama así a los judíos que voluntariamente abandonaron su religión y se bautizaron cristianos. Bueno, en realidad se bautizaron para evitar la expulsión de su país.
—Entonces ¿vos sois judío?
—No. Soy cristiano, como tú. Aunque algunos de mis enemigos me han acusado de ser judío tan sólo para desprestigiarme, como si haber nacido de padres de una determinada religión constituyera una mancha indeleble para cualquier hombre.
—Pero los judíos asesinaron a Nuestro Señor Jesús, por eso son malditos a los ojos de Dios.
—Ningún hombre es maldito a los ojos del Creador, no lo olvides.
—Pero no están bautizados, y rechazan los sacramentos.
—Los sacramentos son una creación humana, salvo el bautismo y la cena, que los católicos llaman eucaristía. Ningún niño que muera antes de recibir el bautismo irá al infierno, pues los pequeños no tienen percepción del mal y sin esa circunstancia no se comete pecado. Por eso nadie debería ser bautizado antes de cumplir los veinte años. El pecado se produce cuando existe el conocimiento de cometerlo, por eso los niños deberían ser educados poco a poco, pero no según las costumbres de los hombres, que han demostrado ser perversas, sino según la palabra de Dios.
—Pero los sacerdotes...
—La mayoría de los sacerdotes, obispos y cardenales se ha corrompido por el afán desmesurado de acumular riquezas. La pureza de la primitiva Iglesia de Cristo, que era la Iglesia de los pobres, resultó contaminada por el poder y el dinero cuando un emperador romano llamado Constantino la transformó en un brazo más del poder de su imperio. Desde entonces, el papado ha seguido la senda del error, Roma se ha convertido en la nueva Babilonia y el mal se ha adueñado de la Iglesia y de sus jerarquías.
Ahora, el papa es el verdadero Anticristo que anunciaron los profetas, los únicos por los que Dios se reveló al hombre antes de que llegara su hijo
Jesucristo. Por eso hay que acabar con esta Iglesia, restituir al cristianismo a su orígenes puros, volver a las genuinas enseñanzas del Evangelio y rehacer las vivencias ejemplares de las primeras comunidades cristianas.
—Eso significaría que los poderosos perderían sus abundantes privilegios, y jamás lo consentirán —dijo el joven Perrin.
—Lo que dices suena a herejía; un tribunal de inquisidores podría condenarte por ello.
—Alegaría desconocimiento de la teología —repuso Benito.
—Ni siquiera eso te libraría de la hoguera. Los inquisidores sólo entienden de remedios ejemplares.
Vienne, mediados de junio de 1553
La fuga de Servet había dejado en ridículo a la Inquisición de Vienne. No obstante, Mateo Ory, el inquisidor general de Francia, ordenó a los jueces burlados que siguieran adelante con el proceso, pese a la desaparición del principal acusado.
El impresor Baltasar Arnoullet fue interrogado en varias ocasiones, pero, aconsejado por el arzobispo Palmier, negó una y otra vez conocer lo que estaba imprimiendo. Alegó que Servet encargaba cada día ocho páginas de su libro y que en cuanto eran corregidas y resultaban impresas, deshacía las planchas originales, quemaba las hojas manuscritas y se llevaba a un lugar secreto los cuadernillos impresos.
—Yo no sé latín y, aunque hubiera leído aquel texto, no hubiera podido entender lo que se estaba imprimiendo. Miguel de Villanueva me convenció cuando me dijo que aquella obra era un alegato contra la doctrina de los protestantes, y que con ella pretendía desmontar los argumentos de la Reforma —se excusaba el responsable de la imprenta.
—¿No sospechasteis nada cuando ese Villanueva, o mejor, Servet, os indicó que la impresión debía realizarse en un taller secreto y no en vuestra imprenta? —demandaban los inquisidores.
—Yo desconocía que mi cliente era un hereje y que estaba utilizándome para difundir su doctrina; ni siquiera lo sospechaba. Hacía tiempo que ese médico vivía en Vienne; todo el mundo lo consideraba un
ciudadano honorable, había sido prior de la cofradía de médicos y habitaba en unas dependencias del palacio arzobispal. Sus servicios como físico eran requeridos por los ciudadanos más notables de esta ciudad, e incluso por el propio arzobispo, de quien era médico personal. ¿Cómo podía dudar nadie de él? —Arnoullet respondía a las preguntas con seguridad—. Yo creía que las precauciones que nos hizo adoptar para imprimir su obra se debían a que los protestantes podrían causarle algún daño con agentes infiltrados si se enteraban de lo que estábamos editando, pues entendí que se trataba de un alegato contra ellos.
—A pesar de que no sepáis latín, deberíais haberos dado cuenta de lo que se estaba imprimiendo bajo vuestra dirección —le dijo uno de los jueces a Arnoullet.
—Ya os he dicho que nunca imprimíamos más de ocho páginas y, además, yo no soy teólogo; confié en la palabra y en las justificaciones de ese hombre —insistió el impresor.
—Vuestro cuñado, el maestro impresor Guillermo Guéroult, sí que debía saberlo; él conoce el latín y estuvo al cargo de la edición. Hemos intentado localizarlo, pero ha desaparecido, lo que es una prueba de su culpabilidad. ¿No os dijo nada?
—Mis relaciones con mi cuñado eran bastante distantes. Sí, le pregunté alguna vez por ese trabajo pero se limitó a decirme que aquél era un libro contra los reformadores, y al tratarse de la autoría de un amigo del arzobispo, yo lo creí. Desde que mi cuñado desapareció de la ciudad hace unas semanas no he vuelto a saber nada de él.
Los tres empleados de Arnoullet que habían intervenido en la edición de la Restitución también se declararon inocentes de toda culpa y alegaron que ellos no comprendían el latín, y que no entendían nada de lo que estaban editando. Straton, Du Bois y Papillon declararon que se habían limitado a cumplir con su trabajo y con lo que les ordenaba el maestro Guéroult, que eran buenos cristianos, que acudían a misa los domingos y que creían en la Trinidad y en los mandamientos de la Santa Madre Iglesia.
—¿Dónde imprimisteis esa obra llena de calumnias y mentiras?
Desveladlo o acabaréis en manos del verdugo, que cortará las vuestras y las clavará en las puertas de la ciudad —les amenazó el juez si no confesaban.
Atemorizado ante las amenazas de que les iban a aplicar tormentos como la rueda o el potro, estirándoles con cuerdas sus miembros hasta que se descoyuntaran, Du Bois reveló el lugar donde habían instalado la imprenta clandestina, pero añadió que Servet les había dicho que era para despistar a los protestantes.
Todos sabían que los dominicos eran consumados maestros en extraer confesiones de los reos de la Inquisición. Nadie podía mantener la boca callada cuando se le ataba a la rueda de tortura, un diabólico artefacto que estiraba los miembros de los interrogados hasta casi el desmembramiento, o cuando se aplicaban sobre la piel hierros candentes que la quemaban y dejaban en ella huellas indelebles. Habían visto en más de una ocasión a herejes ejecutados mediante el sistema de atar cada una de sus cuatro extremidades a cuatro caballos que tiraban en direcciones contrarias hasta despedazar al reo en caso de que mantuviera su boca cerrada. De vez en cuando algunos miembros de los ejecutados por la Inquisición eran colgados en lo alto de las murallas, junto a las puertas de la ciudad, donde se pudrían al sol o bajo la lluvia mientras sus despojos eran devorados por los cuervos.
Examinado el lugar donde se había instalado la imprenta secreta, los inquisidores no hallaron otra cosa que cinco paquetes cerrados y sellados que tenían cosido un pedacito de tela con el nombre del destinatario: «Pedro Merrin, librero, ciudad de Lyon.» Cuando los abrieron, comprobaron que contenían unos cuantos ejemplares de Restitución del cristianismo.
Arnoullet explicó que esos paquetes habían sido confeccionados por el propio Servet, a quien ayudaba su criado, un jovencito de apellido Perrin o algo parecido, con quien convivía, y que él no había tenido nada que ver en la distribución de aquellos ejemplares.
—Una vez que se acababan de imprimir los libros, Miguel de Villanueva y su joven criado los agrupaban por paquetes que envolvían en lienzos de tela y los cerraban cuidadosamente colocándoles un sello de lacre y el nombre con el destinatario. Yo no sé nada más —declaró Arnoullet.
El arzobispo Palmier y el vicebaile De la Court asistieron a varios de los interrogatorios que los inquisidores realizaron a los impresores. La sola presencia de Palmier, alto, serio, elegante, de mirada convincente y cargada
de autoridad, era suficiente para amedrentar y condicionar a aquellos tres jueces cobardes e inmorales, el irónico e inane canoso, el desgarbado y cobarde pelirrojo y el afeminado gordito grasiento, incapaces de aguantar por un instante la mirada de unos ojos serenos y francos.
Cada vez que finalizaba uno de los interrogatorios, el arzobispo se acercaba a los jueces y con su voz profunda y cargada de sentido decía:
«Esos hombres no han hecho otra cosa que ganar el pan para sus familias.
Son inocentes.» Y los jueces callaban y agachaban sus cervices humillados ante la poderosa figura del arzobispo Palmier.
Por más que las buscaron, los inquisidores no dieron con las planchas de la edición; o habían desaparecido o, como alegaron los declarantes, se habían destruido, de manera que no fue posible encontrar pruebas materiales que acusaran a los impresores ni que contradijeran sus declaraciones ante el tribunal.
Mediado el mes de junio, Mateo Ory solicitó una entrevista con Pedro Palmier; el arzobispo accedió a recibirlo en su palacio de Vienne durante el almuerzo. La mesa arzobispal, siempre servida con las mejores viandas, estaba ocupada por una sopera de crema de puerros, ajos y queso, un asado de venado aromatizado con hierbas provenzales, salsa de arándanos y verduras, pan de cebolla, pasteles de pichón, salmón ahumado con estragón, truchas en escabeche, tarta de manzana, bollos de mantequilla, una botella de vino rojo de Borgoña, otra de blanco del Rin y una jarrita humeante con un líquido negro como ala de cuervo.
—¿Qué es esta bebida negra? ¿No pretenderéis envenenarme? —
preguntó el inquisidor al arzobispo a la vista del humeante vaso que le estaban sirviendo.
—Se llama café; es muy estimulante, facilita la digestión y previene el sueño —respondió Palmier.
—Una bebida traída del Nuevo Mundo, supongo.
—No. Lo toman los turcos y se dice que proviene de las semillas de una planta que sólo crece en Arabia. Un tabernero de Viena, que había visto cómo lo preparaban en los campamentos que desplegaron los ejércitos
otomanos durante el asedio a esa ciudad, se hizo con unos cuantos sacos que abandonaron tras levantar el sitio hace ya unos años, cuando el sultán Soleimán el Magnífico estuvo a punto de conquistarla. Comenzó a servirlo en su mesón de Viena y pronto alcanzó un éxito extraordinario.
—Bebida de paganos —masculló el inquisidor a la vista del café.
—Tomadlo sin miedo, pero hacedlo en poca cantidad o no podréis pegar ojo en un par de días. Y bien, ¿cuál es el motivo de vuestro repentino interés por hablar conmigo? —le preguntó el arzobispo.
—Quiero ofreceros un acuerdo. Tenemos que acabar cuanto antes con el proceso contra Servet y los impresores —le propuso el inquisidor general de Francia.
—¿Ya lo habéis atrapado?
—No. Tenemos a cincuenta agentes desplegados por el Delfinado y la Borgoña, pero ese hereje se escabulle como una anguila en el barro. Mis hombres lo andan buscando por los caminos que van hacia Hispania y hacia Italia, porque supongo que se dirige hacia el sur, aunque todavía no hemos podido dar con él. En esta época los caminos están llenos de mercaderes italianos, flamencos e hispanos, de soldados y de vagabundos. Supongo que de momento ha logrado ocultarse entre semejante tropel de gente.
—Entonces ¿no podéis seguir con el juicio?
—Claro que puedo. Sabéis bien que la ley nos permite hacerlo en ausencia del reo.
—¿Y qué requerís de mí?
—Que no pongáis ningún inconveniente a la condena de Servet por hereje y a la quema pública de su efigie en caso de que no logremos apresarlo.
—¿Y qué me ofrecéis a cambio? —preguntó el arzobispo.
—La puesta en libertad sin cargo alguno de los tres empleados de la imprenta, y la aplicación de una ligera amonestación y una pequeña multa a Arnoullet.
—Todos ellos son inocentes; lo sabéis bien, y así ha quedado demostrado en el proceso.
—¿Aceptáis el trato?
El arzobispo se levantó de su sitial preferente en la mesa del comedor de palacio, tomó una copa del borgoña y la apuró despacio, saboreando el líquido rojo y degustando cada gota en su paladar.
—Magnífico; en Borgoña se han empeñado en elaborar los mejores vinos del mundo. ¿No lo creéis así?
—Por supuesto, eminencia, pero... ¿aceptáis el acuerdo?
—Si ésa es la decisión del tribunal, nada tengo que oponer, pese a la manifiesta incompetencia de esos tres ridículos idiotas que nombrasteis para juzgar este caso. No debo inmiscuirme en los asuntos de la Santa Inquisición, pero Arnoullet y sus empleados deben quedar absueltos.
—Así se hará —habló el inquisidor Ory.
El tribunal de la Inquisición de Vienne emitió su fallo al fin: los tres empleados de la imprenta fueron declarados inocentes de todo cargo y absueltos, y Arnoullet fue condenado al pago de una multa de una cuantía ridícula por no haberse dado cuenta de que en su imprenta Servet estaba editando un libro blasfemo y herético. Toda la culpa de la edición material de Restitución del cristianismo recayó en el huido Guillermo Guéroult.
El diecisiete de junio de 1553, el tribunal de la Inquisición de Vienne emitió la condena a muerte de Miguel Servet por los cargos de herejía contumaz, traición, evasión y rebeldía. Fue sentenciado a morir en la hoguera, y se dictaminó que también ardieran cuantos libros de su autoría pudieran confiscarse, tanto por requisa de las autoridades civiles como de las religiosas.
Ante la ausencia del reo, cuyo paradero seguía siendo un misterio, la Inquisición ordenó que se fabricara un muñeco a modo de efigie que representara al médico aragonés y que ardiera en un auto de fe junto con los cinco paquetes con los ejemplares de Restitución que habían sido incautados en la imprenta clandestina con la etiqueta de envío al librero Pedro Merrin de Lyon y todos cuantos libros pudieron requisarse del médico hereje.
La pira de haces de leña se levantó delante de las puertas del palacio del Delfinado, en la plaza de Chèrneve de Vienne. El vicebaile De la Court contempló las llamas de la mano de su hija, la misma que Miguel Servet
había salvado de una muerte cierta, y sonrió al ver que era un muñeco lo que ardía, imaginando a su amigo, libre ya, camino del cálido sur.
En una aldea de los Alpes, mediados de junio de 1553
Los días transcurrían con pesada lentitud en aquella pequeña aldea en la ladera del paso del Galibier. Todas las mañanas, poco después de amanecer, Servet miraba al cielo y observaba las cumbres de los picos aguardando una señal que indicara que el puerto quedaba libre de nieve.
El deshielo se había acelerado en la última semana con la subida de las temperaturas y los granjeros le advirtieron que estuviera preparado, pues en cualquier momento el puerto del Galibier sería practicable. También le previnieron de que, aunque el paso pudiera transitarse al derretirse la nieve y pese a la inmediatez del verano, podría ser sorprendido por una de las terribles tormentas que solían descargar en aquellas enormes alturas de manera imprevisible.
—Me hubiera gustado estudiar como vos —le dijo su criado mientras le servía el desayuno, unas gachas de avena con leche de vaca recién ordeñada y una manzana asada.
—Yo pasé toda mi juventud estudiando. —Servet hizo memoria—. Mi padre, que pretendía que fuera notario como él, me llevó a la escuela monacal de un convento cerca de mi aldea natal. Está ubicado en lo alto de un cerro y se llama Montearagón. En otro tiempo, cuando los cristianos de mi tierra luchaban contra los sarracenos, fue un castillo, del cual conserva todo el aspecto. Allí permanecí bastante tiempo, mientras los monjes me enseñaban las primeras letras. A la edad de trece años completé estudios de matemáticas y gramática en Zaragoza, y luego en Lérida y en Barcelona. En esta última ciudad fue donde conocí a mi maestro.
—¿Vos habéis tenido maestro? —se sorprendió el criado.
—Por supuesto, ¿acaso crees que alguien nace enseñado? Se llamaba Juan de Quintana; había sido secretario y consejero del rey Fernando de Aragón, al que llamaron el Católico, y luego lo fue de su nieto el emperador Carlos. Aunque era fraile franciscano, también se sentía un devoto adepto de las teorías del gran Erasmo de Rotterdam, y se había doctorado en París,
la universidad más prestigiosa del mundo y la que disponía entonces de los mejores profesores. Hace siglos en sus aulas enseñó retórica Pedro Abelardo, el primer filósofo que situó a la razón por encima del dogma, y por eso fue perseguido. Con don Juan asistí a unas Cortes en la villa de Monzón. A su lado mejoré el latín que me habían enseñado los monjes de Montearagón y aprendí griego y hebreo; estas lenguas son básicas si se quiere ser un buen médico, pues en el pasado los mejores tratados de medicina los escribieron los griegos y ahora los más afamados médicos son judíos —precisó Servet.
El criado lo contemplaba con la boca abierta.
—¿Vuestro maestro era médico, como vos?
—Quintana sabía de medicina, la ciencia para conocer a los hombres, pero se había doctorado en teología, la ciencia para comprender las obras de Dios. Él también era confesor de don Carlos...
—¿Don Carlos?, ¡el emperador de Alemania! —El criado estaba impresionado.
—El mismo, Benito, el mismo. Durante siete años, el hombre más poderoso del mundo le confió sus pecados a mi maestro, y yo estaba a su lado. Siguiendo al emperador, que acababa de derrotar al rey Francisco I de Francia en la batalla de Pavía, asistí a los debates que mi maestro mantuvo con los moriscos de Granada, unos sarracenos que habían sido obligados a bautizarse tras la conquista de su reino por los reyes Fernando e Isabel, los abuelos del emperador. Esos moriscos fingían ser cristianos, pero mantenían de manera clandestina muchas de las prácticas relacionadas con su religión mahometana.
—El sacerdote de mi aldea natal decía que los mahometanos eran los hijos del diablo.
—Todos somos hijos de Dios, aunque algunos se descarrían y eligen el camino equivocado. A su lado —continuó Servet— recorrí Italia, y allí pude comprobar la voracidad humana y el ansia desmesurada de riquezas.
Todavía me estremece recordar al papa Clemente VII refugiado en su fortaleza del castillo de Sant’Angelo mientras las tropas imperiales, formadas por católicos y luteranos, saqueaban y quemaban Roma sin que nadie pudiera evitar aquella barbarie.
—Los soldados siempre han saqueado las ciudades que han conquistado.
—Además del robo de más de diez millones de ducados y del expolio de cientos de obras de arte, hubo varios miles de muertos y violaciones. Mi maestro —Servet siguió recordando a Quintana— también me enseñó a debatir sobre teología. Recuerdo una conferencia que se celebró en la ciudad castellana de Valladolid en la que se cuestionó la ortodoxia de las teorías de Erasmo...; a esa reunión acudieron unos clérigos idiotas, incompetentes hasta el extremo, que renegaron de las ideas del sabio de Rotterdam, a pesar de que condenaba la guerra, defendía la justicia y preconizaba la práctica de un cristianismo interior más sincero y puro.
Ninguno de cuantos lo acusaban de bordear la herejía le llegaba a la altura de la hebilla de su zapato.
—¿Y qué más estudiasteis? —le preguntó Benito.
—En aquel tiempo, y tras visitar los grandes monumentos de Roma y Florencia, me interesé por el arte de la construcción de edificios, y leí los libros de Vitrubio y de Serlio, dos arquitectos romanos que asentaron las reglas de la construcción, pero pronto dejó de interesarme la arquitectura; las grandes obras humanas, aunque a veces se pretenden levantar para mayor gloria de Dios, son demasiado terrenales y, en verdad, suelen erigirse para engrandecer la soberbia de los gobernantes.
—¿Y el emperador, qué hacía entre tanto?
—En aquellos años don Carlos era joven, poderoso y arrojado; se sentía con la fuerza necesaria para conquistar el mundo y construir un gran imperio universal donde todos los hombres fueran cristianos, incluidos los habitantes de las tierras descubiertas por el almirante Cristóbal Colón al otro lado del océano. Algunos acólitos le regalaban los oídos diciéndole que era el monarca elegido por Dios para conducir a la cristiandad al triunfo definitivo sobre los sarracenos, como ya hicieran con su abuelo Fernando de Aragón. Todas las naciones de la tierra unidas bajo un mismo soberano y una misma religión: ése era el anhelo del emperador don Carlos, pero la amenaza de los turcos y los problemas y quebrantos en la Iglesia han acabado con su sueño, y él se ha convertido en un hombre taciturno.
—Y entre tantos viajes, ¿pudisteis seguir estudiando? —Benito Perrin continuaba atento a las explicaciones de su señor.
—Dios me ha dotado de buena memoria y suelo recordar con cierta facilidad cuanto leo. Sí, estudié derecho y leyes en Toulouse, pero allí fue donde decidí abandonar el estudio de la filosofía al comprender que lo que realmente me atraía era la teología y el aprendizaje de la Biblia. Las leyes son obras humanas, aunque algunos afirmen, por su propio interés, que han sido inspiradas por Dios. Pero la Biblia es la palabra de Dios, y yo la leí y la estudié con pasión. También leí las obras de algunos reformadores que cuestionaban los dogmas de la jerarquía católica. Recuerdo un libro de Melanchthon, Lugares comunes se titulaba, que hablaba de la teoría del libre examen; entonces me causó una buena impresión, pero luego lo he criticado en varias de mis obras. Fue en algunas de esas lecturas donde descubrí que había otro modo de ver, entender y explicar el mundo, de manera diferente a la que me habían enseñado los clérigos católicos. Y así fue como descubrí que el dogma de la Trinidad ha sido el gran obstáculo que ha impedido la evangelización de los judíos y de los musulmanes, porque, pese a todo, ellos también creen en nuestro mismo Dios, aunque lo hacen con visiones y prácticas erráticas.
—Hoy brilla el sol con fuerza y hace ya bastante calor —comentó el criado, que seguía atento aquellas disquisiciones cultas de su señor, aunque no entendía algunas cosas.
Servet se dio cuenta de que su criado había cambiado de conversación de repente al percibir que se acercaba el dueño de la granja.
—Sí; tal vez en tres o cuatro días podamos pasar al otro lado de ese collado.
—Señor —le anunció el granjero—, uno de los vaqueros me acaba de comunicar que el paso del Galibier ha quedado abierto. Todavía resta bastante nieve por derretirse, pero si salís de madrugada podréis llegar al otro lado antes de que anochezca.
—Gracias. Buena noticia. Lo haremos mañana mismo. —Servet miró a su criado y sonrió—. ¿Cuánto nos queda hasta llegar a Saboya?
—Si avanzáis a buen paso con vuestras mulas, cuatro, tal vez tres días desde el otro lado del Galibier. Las ranas croan toda la noche, las abejas vuelan tranquilas y las hormigas abundan por todas partes; son las señales que anuncian la llegada de unos días plácidos y sin tormentas. Deberíais aprovecharlos.
—Así lo haremos.
Ginebra, fines de junio de 1553
Hacía calor, mucho más calor del que era habitual a comienzos del verano en Ginebra. Juan Calvino, vestido con su sencillo hábito negro, repasaba unas cartas en su modesta casa. Las noticias que le enviaban sus partidarios en el Consejo Mayor de la ciudad no eran nada halagüeñas. Sus detractores, los miembros del partido de los libertinos, se habían hecho en la última elección con la mayoría de los puestos correspondientes a los consejeros urbanos y estaban en condiciones de seguir controlando el gobierno de la ciudad, aunque sin mayoría absoluta.