El medico hereje
Capítulo III
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Para tu edad, hablas como un doctor en filosofía —le dijo Ameaux.
—He leído a Platón y a Aristóteles —se justificó Perrin.
—¿Y a Servet? —le preguntó Castellio.
—Es un hereje —precisó Perrin.
—Es un librepensador. Su libro sobre el cristianismo tiene desquiciado a Calvino y agitada a la Iglesia católica —dijo Castellio.
»Todos lo consideran un hereje, incluso ha sido quemada su efigie en Vienne.
—Parece que lo admiráis —le dijo Perrin a Castellio.
—Creo que es un hombre que busca la razón por encima de todo; es decir, lo contrario que Calvino o que el papa de Roma, que pretenden imponer sus criterios a sangre y fuego allá donde gobiernan. Por lo que he podido leer en sus libros, Servet ama la vida, esta vida, y la defiende como el bien supremo; por el contrario, calvinistas y católicos sostienen que la existencia terrenal no constituye sino un tránsito para preparar la otra, la eterna.
—¿Creéis que Calvino irá contra Servet? —preguntó Perrin.
—Si estuviera a su alcance, no me cabe la menor duda. Calvino no consiente que nadie le lleve la contraria ni que se cuestionen sus asertos, y Servet lo ha hecho de manera contundente, demostrándole con sus cartas y con su libro que sus argumentos son más sólidos y más convincentes. Y
eso, un ser tan arrogante como Calvino no lo tolera. Pero creo que no hay que preocuparse por Servet. Es un hombre inteligente; a estas horas habrá puesto tierra de por medio y me lo imagino a muchos miles de millas de aquí.
Pedro Ameaux asintió ante las palabras de su amigo Castellio.
Cerca de la ciudad de Annecy, mediados de julio de 1553
Dos días más de camino y Servet y su criado alcanzarían los pies de las montañas que separaban Francia del Piamonte. El buen tiempo era propicio para atravesar los últimos pasos de los Alpes y, si todo salía conforme a lo previsto, a comienzos del mes de agosto llegarían a Milán, y allí disfrutarían de la protección de su amigo el médico del duque.
Con el pasaporte falsificado en Briançon a nombre de Miguel de Normandía, médico en París, no tendrían problemas si en la travesía de los Alpes o en el descenso hacia Italia por el valle de Aosta, mezclados con alguna caravana de mercaderes camino de las ferias de verano de la Lombardía, algún oficial les solicitaba sus credenciales.
Habían tomado aposento en la venta La Taza de Oro, en las cercanías de la ciudad de Annecy, y se disponían a cenar cuando escucharon una conversación en la mesa de al lado. Un hombre hablaba a voz en grito sobre lo ocurrido en Ginebra hacía unos días: el reformador Juan Calvino, al que tachaba de perro, había conminado en uno de sus concurridos sermones dominicales a un tal Miguel Servet para que se presentara en esa ciudad a fin de librar entre ambos un debate teológico sobre la existencia de la Trinidad.
—Claro que ese tal Servet no asistirá. Dicen que ya se retaron en París hace tiempo y que ese falsario hereje se achantó y no acudió a la cita; debe de ser un consumado cobarde. Nadie tiene la inteligencia necesaria para rebatir los argumentos de Juan Calvino, a quien el diablo lleve consigo pronto —sentenció aquel hombre, que dio un buen tiento a su vaso de vino
—. ¿Y sabéis por qué? —Los que lo escuchaban callaron y aguardaron expectantes la respuesta—. Porque sus palabras las inspira el demonio, y el demonio es más listo que cualquier hombre.
Servet, desde la mesa de al lado, aguzó sus oídos a cuanto decía aquel tipo envarado y que parecía algo achispado aunque lo suficientemente sereno como para no irse de la lengua más de lo necesario.
—Habla de vos, señor —bisbisó el criado al oído de Servet.
—Sí, no estoy sordo.
Servet parecía molesto aunque interesado con lo que aquel hombre estaba contando.
—Decidlo a cuantos os crucéis en los caminos: Calvino reta a Servet a un debate en Ginebra. Y a la vez, le ofrece acogida en la ciudad, a cubierto de la Inquisición romana, como ya ha hecho con un tal Guéroult, uno de esos malditos chupatintas que ayudó a Servet a imprimir uno de sus libros, el que lo ha llevado a la hoguera en efigie en Vienne. Porque todos los enemigos del papa son bienvenidos en Ginebra. Pero descuidad, Servet se volverá a esconder como una rata y no acudirá, de modo que os perderéis el espectáculo.
Aquel hombre dio otro largo trago de vino rojo y rió a carcajadas, golpeando con el puño sobre la mesa. Luego siguió bravuconeando ante todos cuantos quisieron escuchar su relato sobre el enfrentamiento entre
Calvino y Servet, maldiciendo a los herejes, a los reformadores y a cuantos se le ocurría mentar.
—Nos quedaremos aquí un par de días, de momento —le dijo de pronto Servet a su criado.
—Pero debemos avanzar cuanto sea posible, señor...
—Ya me has oído, Benito.
—Señor, si permanecemos demasiado tiempo en un mismo lugar podrían identificarnos...
—Has escuchado, como yo mismo, esa conversación. Calvino se está burlando de mí.
—¿No pensaréis dar pábulo a esas bravuconadas? —le preguntó Benito un tanto asustado.
Miguel Servet no contestó; se limitó a comer una manzana, que peló con un cuchillito. Cuando la terminó, se limpió las manos con un paño y bisbisó:
—Tal vez...
—¿Tal vez? ¿Qué queréis decir con «tal vez»?
—Que tal vez vaya a Ginebra.
—No, mi señor, no...
—La Inquisición católica ya me ha quemado en efigie en Vienne, no creo que los calvinistas hagan lo mismo en Ginebra.
—¿No estaréis hablando en serio?
—Por supuesto que sí. Incluso podría ganarme la vida como editor en Ginebra o en Basilea, donde ya viví unos meses. Suiza es una región de excelentes editores y abundan los lectores ávidos de buenos libros que cuestionan los dogmas de la Iglesia romana. Existe un buen mercado en ciudades como Zúrich y Basilea, y alemanas como Frankfurt, Colonia y Estrasburgo. En estos tiempos se están imprimiendo además muchas obras de geografía. El descubrimiento del Nuevo Mundo y las cada vez más frecuentes expediciones por el océano han provocado una notable demanda de mapas y de libros de geografía. Me podría dedicar de nuevo a ello, quizá con Guillermo Guéroult, que se ha refugiado en esa ciudad.
—¿También sabéis de geografía? —Benito Perrin no dejaba de asombrarse ante la amplísima erudición de su señor.
—Me ocupé de esa disciplina en la época en que viví en Lyon, hace dieciocho años. Para ganarme la vida trabajé como editor en esa ciudad.
Fue aquel infausto año en que el vanidoso y lascivo rey Enrique de Inglaterra ejecutó al honrado Tomás Moro tras mantenerlo durante muchos meses en prisión. Trabajé dos años en la imprenta de Trechsel como corrector de textos. En aquel tiempo editamos uno de los libros más célebres de la historia: la Geografía del sabio griego Ptolomeo. Hicimos un buen trabajo. Ya existía una edición impresa por Bilibaldo Pirkeimer, pero contenía decenas de errores. Para esa nueva edición manejé varias copias a las que pude acceder gracias a otros amigos impresores, y realicé una nueva traducción del texto griego. Además, enmendé las medidas de longitud y de latitud que presentaban algunos errores en esas otras ediciones y corregí los nombres equivocados que se asignaban a algunos países, ciudades, montañas y ríos. Cotejé los libros de grandes viajeros como Anglería, Grineo o Munster e incorporé algunas de sus descripciones sobre los pueblos que ellos visitaron. El texto se editó junto a cincuenta mapas que elaboramos a partir de planchas de madera, y que hubo que corregir minuciosamente para descartar cualquier errata. Tuvo mucho éxito, hasta el punto de que imprimimos una segunda edición cuatro años después, ya en Vienne.
»Pero antes de instalarme en Vienne visité Aviñón y luego ejercí la medicina durante algo más de un año en Charlieu; y viajé a Montpelier, donde obtuve el doctorado. En Charlieu fui feliz; allí conocí a una mujer...
—Servet hizo un pequeño alto en su relato al recordar a la única mujer con la que había mantenido relaciones durante algún tiempo—, y también a varios anabaptistas, a los que la Iglesia romana condena como herejes a pesar de que son tan inofensivos como una mosca.
—Os admiro, señor —se limitó a comentar el criado, que lo observaba pasmado.
La posada había quedado en calma. Aquel tipo que vociferaba sobre el reto de Calvino a Servet se había marchado, y en las mesas sólo quedaban los clientes que habían reservado habitación para esa noche en La Taza de Oro.
Servet se retiró a descansar y no tardó demasiado en quedarse dormido. En el silencio de la noche, sólo interrumpido por los ronquidos de algunos clientes de la posada y el traqueo de algún catre desplazándose sobre la tarima bajo el movimiento de los cuerpos de dos amantes, el médico hereje se despertó alterado. Estaba sudando y tenía convulsiones en brazos y piernas. Abrió los ojos y apenas pudo entrever un resquicio de pálida luz amarillenta bajo la puerta, quizá el candil de algún cliente que bajaba a aliviarse a las cuadras.
Y entonces recordó lo que acababa de soñar, la causa de su sobresalto.
Juan Calvino, muy joven, de rostro acerado, mirada irónica y risa burlona, lo señalaba con el dedo y lo acusaba de cobarde por haber evitado el envite dialéctico al que lo retó en París. En su sueño, Servet se alejaba cabizbajo y derrotado a través de un largo pasillo, bajo unas bóvedas sucias y desconchadas. Humillado y herido en su orgullo, el médico aragonés no podía dejar de ver el rostro burlón de Calvino, riendo a mandíbula batiente, burlándose de su huida y llamándole cobarde una y otra vez.
Y entonces no tuvo duda. Iría a Ginebra y se las vería con el reformador. Sí, eso es lo que haría. Derrotaría de una vez a los fantasmas del pasado y aquella pesadilla no se repetiría jamás.
A la mañana siguiente Servet desayunaba pan con mantequilla, un huevo cocido con col hervida y dos manzanas, mientras su criado engullía un buen pedazo de embutido ahumado y un cuenco de gachas aliñadas con manteca de cerdo.
—Esa comida es demasiado grasienta; no es buena para la sangre —le previno Servet.
—Pero es muy sabrosa y da mucha fuerza, señor.
—Uno o dos días por semana, a lo sumo y en cantidades moderadas, tal vez no resulte demasiado perjudicial. Pero si se consume en proporciones desmedidas y a diario, provoca la putrefacción del quilo, el líquido que se genera en las venas del mesenterio, y causa la enfermedad de
la gota. ¿Te has fijado en que sólo padecen esa dolencia los ricos? Eso es debido a que abusan del consumo de faisanes y de perdices, y de carne de carnero y de vaca, regada con abundante vino o cerveza.
—¿Por eso los frailes apenas padecen gota, y en cambio los cardenales sí? —supuso Benito.
—Así es. En la mayoría de los cenobios suele seguirse una buena dieta, según prescribe la regla monástica; los monjes comen cada día verduras, legumbres, pan y frutas, pero sólo consumen carne y pescado, y en cantidades moderadas, dos o tres veces a la semana —precisó Servet—.
Si sigues comiendo tanta carne, cuando cumplas los cuarenta años comenzarás a tener problemas de gota, se te hincharán los pies, te saldrán úlceras en los dedos y las llagas te supurarán produciéndote un dolor insoportable.
—Como dicen que le ocurre al emperador Carlos.
—En efecto, como le ha sucedido a él. Cuando el papa lo coronó en Bolonia ya sufría intensos dolores en los pies. Entonces comenzaba su desayuno con cerveza bien fría y seguía después con empanadas de carne, lechón asado, faisán en salsa, cabeza de ternero al horno y varios platos igual de pesados e indigestos. Pero entonces era joven y fuerte; ahora sufre de hemorroides y arrastra un catarro mal curado. No quiero imaginar los dolores que lo atormentarán ahora que ya ha superado los cincuenta. Hay quien rumorea que podría estar pensando en dejar el trono de España en manos de su hijo Felipe y el imperial en las de su hermano Fernando, y así todos sus dominios quedarían en el seno de la familia de los Habsburgo.
—No creo que yo llegue a esa edad, señor.
—Si te alimentas así, ni lo dudes, Benito. Y sé bien de lo que hablo.
Hace quince años publiqué un libro al que llamé Tratado universal de los jarabes, donde sostengo que muchas enfermedades se producen por la perversión de las funciones naturales, a veces causadas por la ingestión desordenada y excesiva de carne y de licores. De este modo, la enfermedad de la gota se desarrolla como consecuencia de un consumo abusivo de carnes, lo que provoca la descompensación de los cuatro humores del
cuerpo. Para evitarlo, es necesario consumir alimentos vegetales, que actúan como medicinas naturales, así como disfrutar de un sueño abundante y relajado, y recibir masajes una vez a la semana —comentó Servet.
—Procuraré haceros caso.
—He decidido ir a Ginebra —soltó de pronto Servet.
Su criado dio un respingo y casi se atragantó con un pedazo de embutido.
—¿Lo habéis decidido esta noche?
—Sí; apenas he podido dormir. Me desperté mediada la madrugada y he tenido muchas horas para reflexionar sobre ello.
—Allí estaremos en grave peligro.
—Iré yo solo.
—Os acompañaré.
—Tú no vendrás conmigo.
—Pero, señor, ¿adónde puedo ir yo si no es con vos?
—A ti no te buscan.
—Quiero ir con vos; soy vuestro criado.
—Ya no lo eres.
—Pero, señor...
—Te daré sesenta coronas de oro.
—¡Sesenta coronas!
—Con ese dinero podrás vivir una larga temporada donde desees.
—¡Es una fortuna, señor!
—Te la has ganado; en Vienne te jugaste la vida por mí.
—Es mi obligación obedecer a mi señor.
—Sin tu ayuda me hubieran atrapado enseguida.
—Señor, yo preferiría seguir a vuestro lado.
—No. A donde yo voy nada puedes hacer.
—Si os vais a dedicar a ser impresor, yo podría trabajar en ese gremio.
—Desconoces ese oficio.
—Me encargaría de preparar los paquetes de los libros, de llevarlos al mercado, de...
—No, mi querido amigo, tu sitio no está en Ginebra, sino en tu tierra.
—Mi lugar está donde vos estéis.
—Cuando te contraté, me dijiste que habías nacido en una aldea de la región de Auvernia.
—Sí, allí florecen los campos de cereales y el agua es abundante y fresca.
—Bien, con este dinero podrás comprar una pequeña hacienda.
—No quiero dedicarme al cultivo de la tierra; no soy agricultor.
—Es un oficio digno y necesario.
—¿Yo, propietario? Si regreso a mi pueblo con tanto dinero creerán que lo he robado.
—Emitiré un documento en el que certificaré que es tuyo legalmente, y también las dos mulas; yo no las necesito. Lo firmaré ante un notario de esa ciudad cercana, Annecy creo que se llama. Espero que haya alguno.
Al día siguiente Servet y su criado se dirigieron a Annecy. El ventero de La Taza de Oro les confirmó que en la ciudad había tres notarios, y en casa de uno de ellos firmaron el documento por el cual el criado recibía sesenta coronas de oro y dos mulas como compensación a los años de servicio al lado de su señor, el médico Miguel de Normandía.
De regreso a la posada, Benito Perrin insistió en permanecer al lado de Miguel Servet, pero la decisión de éste era inamovible.
Tras el almuerzo, se despidieron a la puerta del establo.
—Señor, habéis sido muy generoso conmigo.
—Y tú un buen amigo.
—Pero os lo ruego, llevadme con vos.
—Acabamos de firmar un acuerdo.
—Romperé este papel, os serviré...
—No hay vuelta atrás. Regresa a tu pueblo, cásate con una muchacha de tu aldea, ten muchos hijos y recuérdame de cuando en cuando.
Benito entendió que resultaba inútil insistir, y se resignó.
—Si alguna vez tengo hijos, os prometo, señor, que mi primer vástago varón se llamará como vos.
—Te lo agradezco. Y ahora, debemos separarnos.
—Si alguna vez pasáis por Auvernia, no dejéis de visitarme.
—Así lo haré.
—Mi casa será siempre la vuestra.
—Vamos, márchate ya, tienes un largo camino por delante.
—¿Me permitís una última pregunta, señor?
—Claro —dijo Servet.
—¿Por qué habéis decidido ir a Ginebra?
—Tal vez porque no tengo ningún otro lugar a donde ir.
—Pero habíais pensado viajar a Italia, incluso al Nuevo Mundo...
—Mi destino está en Ginebra.
—Podríais venir conmigo a Auvernia.
—No me veo cultivando campos de trigo.
—Hacen faltan buenos médicos en aquellas tierras. Yo sería vuestro criado...
Servet alzó la mano silenciando a su criado. Apreciaba mucho a aquel muchacho, que durante varios años le había servido con lealtad absoluta. Le hubiera gustado mantenerlo a su lado y seguir compartiendo juntos el viaje, pero aquello estaba resultando demasiado peligroso, y aunque habían tenido mucha suerte hasta entonces, en Ginebra las cosas podían ser diferentes.
—Lo siento, Benito, sabes bien cuánto te aprecio y te considero más un amigo que un sirviente, pero a Ginebra debo ir yo solo. Eso es lo correcto.
—Pero así, de pronto... Yo quisiera permanecer a vuestro lado...
—No es posible. Deseo lo mejor para ti, y si sigues conmigo, tu vida también está en peligro. No quiero ser el causante de que te pueda ocurrir algún daño.
—Insisto, don Miguel, por última vez, dejadme ir con vos, os lo ruego, os lo suplico...
—No, nunca me perdonaría que pudieras sufrir prisión o algo peor por mi culpa. Regresa a tu pueblo y sé feliz.
Benito Perrin se convenció al fin de que no había manera alguna de persuadir a Servet para que cambiara de opinión y de lugar de destino, y mucho menos de que le dejara ir con él.
—Rezaré por vuestra alma, señor.
—Adiós, Benito, adiós.
—Id con Dios, don Miguel.
—Que Él te guíe, amigo, que Él te guíe.
Se dieron un abrazo y se alejaron en direcciones opuestas. Los dos sabían que nunca más volverían a verse.
Ginebra, finales de julio de 1553
—Ni rastro de Servet, señor —informó Germán Colladon a Calvino.
—No puede habérselo tragado la tierra —comentó el reformador.
—Nuestros agentes han rastreado los caminos de Borgoña y Provenza y los pasos hacia Saboya, y no han podido localizarlo. Yo creo que se ha marchado a su tierra, supongo que allí debe de tener familia y amigos que lo escondan y lo protejan.
—No. La Inquisición española también ha dado orden de buscarlo y detenerlo. Y además, Servet se naturalizó francés hace cinco años, de manera que en su tierra natal ahora sería considerado un extranjero. Intuyo que no está demasiado lejos. Sé que se esconde en estas montañas; lo presiento.
—Pero si no se ha dirigido a España, no tiene ningún otro sitio donde refugiarse —supuso Colladon.
—Es un hombre hábil en la huida y el disfraz, y podría permanecer oculto durante años, pero estoy seguro de que lo perderá su soberbia. No es uno de esos tipos anónimos que desean pasar el resto de su vida desapercibidos. Por lo que sé de él, le gusta mucho la notoriedad.
—Hemos hecho lo que ordenasteis. Varios de nuestros agentes han pregonado vuestro reto por ventas y tabernas y han comentado que si Servet se refugia en Ginebra gozará de inmunidad frente a la Inquisición católica.
Tal vez así...
—Los libertinos son los únicos de los que se fiaría Servet. Si ellos le ofrecieran su protección, ese hereje podría aceptarla y venir a Ginebra —
supuso Calvino.
—Desde luego, los libertinos han sido quienes han difundido su obra en nuestra ciudad, aunque tal vez Servet no lo sepa.
—Claro que lo sabe. En este mundo todos sabemos quién está de nuestra parte y quién es nuestro enemigo.
—Los libertinos siguen ganando terreno en el Consejo Mayor y en el Pequeño Consejo, y ya hacen ostentación de sus extravagancias del modo más impune. Imagino, señor, que los habéis visto utilizar en sus trajes los tejidos más vistosos, la lana más flexible, el algodón estampado y la seda más fina, y calarse esos estrambóticos y carísimos sombreros llenos de plumas multicolores.
—Sí, y eso repugna a los ojos de Dios. En cuanto nos hagamos de nuevo con el gobierno de la ciudad prohibiremos el uso de paños bordados con hilo de oro, el terciopelo y las telas adamascadas. Dios exige que sus hijos vistamos con decoro.
—Aunque esas telas suponen una importante fuente de riqueza para nuestra ciudad —alegó Colladon.
—Al contrario. Semejante derroche de damascos y rasos, de birretes y sombreros tocados con perlas y piedras preciosas y agujas de oro y exóticas plumas son un derroche innecesario y un lujo indecente que Dios no admite.
—Pero dejan dinero en los talleres...
—Y también hemos de acabar con esas fiestas irreverentes que repugnan a la fe. —Calvino estaba exaltado—. Hace unos días se celebró en esta ciudad la festividad de la Magdalena, el único día del año en que cierra el burdel, y yo mismo pude presenciar cómo la gente festejaba por las calles con máscaras y música, alardeando de su locura y realizando gestos procaces y voluptuosos. Incluso se ha vuelto a celebrar el impúdico baile que llaman «volte», ese en el que el hombre sujeta a la dama por un lugar indecoroso en el que se coloca un apósito de madera; y lo han hecho incluso en el interior de algunas iglesias, formados los bailarines en hileras, desfilando al modo de impúdicos ejércitos satánicos. Cada día proliferan por doquier los músicos con sus laúdes, guitarras, trompetas y timbales, que acompañan a cantantes que se mofan de la religión y la fe con canciones cuyas letras son un insulto para los creyentes y una afrenta permanente a Dios y a Su Hijo Jesucristo.
»No pasa un solo día sin que en tabernas y posadas se juegue impunemente a los dados o a los naipes; y durante esos juegos se blasfema y se menta el nombre de Dios en vano. —La indignación de Calvino crecía por momentos—. Las apuestas que se cruzan en las peleas de gallos, las carreras de caballos o los combates entre seres humanos provocan altercados cada vez más graves. Incluso los nobles han vuelto a dirimir sus diferencias batiéndose en duelos y retos a muerte que ofenden a Dios.
»Este mismo año todos hemos sido testigos de una nueva celebración del carnaval, esa maldita fiesta pagana en la que se pervierten todos los valores del cristianismo, se parodia el orden divino del mundo, se baila indecorosamente, se come y se bebe sin medida con una gula sin freno, se altera el equilibrio de las cosas y se burlan los principios de la doctrina cristiana. Todos los domingos se celebran obscenos espectáculos teatrales que incitan a la juventud al jolgorio y la alejan de la oración y de la asistencia a los oficios religiosos.
El reformador alzó su puño amenazante y prosiguió:
—Han vuelto a organizarse opíparos banquetes donde se derrocha comida y bebida con una ostentación escandalosa. Las surtidas mesas de los ricos rebosan de las viandas más exquisitas; no falta la carne de buey y de ciervo, gallinas trufadas, perdices escabechadas, capones, pollos y cisnes asados, salmones, carpas, esturiones y lucios. Entre tanto, las de los pobres carecen de un simple pedazo de pan. Comer sin mesura hasta hartarse y beber hasta resultar completamente ebrio se ha convertido para los ginebrinos en un signo de ostentación de la riqueza, algo totalmente contrario a la moderación y a la frugalidad que debe observar todo buen cristiano a la hora de alimentarse.
»La ciudad de Ginebra no puede seguir por esta senda de locura y de sinrazón. Debemos hacernos con el poder en el consejo y prohibir todas esas manifestaciones que inspira el diablo para lograr la condena eterna de las almas de los hombres.
—No sé si los ginebrinos entenderán esas medidas, señor. Recordad que cuando quisisteis ponerlas en vigor hace unos años tuvisteis que huir de la ciudad...
—Pero regresé porque el pueblo de Ginebra me reclamó. En mi ausencia, esta ciudad se convirtió en un caos y yo la devolví al orden divino. Ahora es necesario acabar la tarea que comenzamos hace tiempo.
Calvino no albergaba la menor duda de que había sido elegido por Dios para hacer cumplir el plan divino en la tierra.
En una aldea cerca de Ginebra, principios de agosto de 1553
Miguel Servet había llegado sobre una carreta hasta una aldea situada apenas a poco más de dos jornadas de viaje de la ciudad de Ginebra. Pese a algunas dudas, había decidido presentarse en la ciudad donde Juan Calvino predicaba su peculiar visión de la Reforma protestante y donde había logrado establecer una Iglesia propia.
En los últimos días se había enterado de que el partido de los libertinos estaba ganando adeptos y que la posición de los calvinistas se había debilitado mucho en los últimos meses. Aquella situación jugaba en su favor; si conseguía que los libertinos lo protegieran de Calvino, y dado que los católicos no ejercían influencia alguna en el consejo de la ciudad, tal vez pudiera encontrar en Ginebra el asilo que necesitaba, al menos por un tiempo y en espera de continuar viaje hacia el sur, donde pensaba encontrar un lugar en el que librarse definitivamente de la persecución de la Inquisición católica. Y, además, podría tener la oportunidad de derrotar dialécticamente a Calvino, a quien consideraba inferior en inteligencia y en capacidad retórica, resolviendo así veinte años después aquel encuentro pendiente desde París. Servet estaba convencido de que el vencedor en ese debate sería él mismo. Su orgullo lo había empujado hacia el encuentro con el reformador, a pesar de que sabía que era muy peligroso.
La familia de campesinos con la que se había alojado Servet habitaba una casa alejada unos mil pasos de la aldea. Las monedas que les había ofrecido el viajero por unos días de cama y comida contribuirían a mitigar la escasez de ingresos, aquel año disminuidos a causa de una mala cosecha.
En aquellas montañas era duro y difícil ganarse la vida; la tierra cultivable era escasa y apenas rentaba, de manera que muchos jóvenes suizos, sobre todo los segundones de cada familia, se veían obligados a
emigrar y a alistarse como mercenarios en todos los ejércitos de Europa, donde su arrojado valor y su habilidad en el manejo de las armas eran muy apreciados, hasta tal punto que algunos generales los consideraban los mejores soldados de la cristiandad. Los que no podían heredar ya sabían desde muy jóvenes que debían aplicarse en el ejercicio de tiro con arco y con ballesta, en lo cual eran insuperables, y en el uso del mosquete y de otras armas de fuego, además de practicar la esgrima, el manejo de la lanza, la lucha cuerpo a cuerpo y diversos ejercicios físicos.
Tras varios días en aquella casa, la hija mayor del propietario, una joven de unos dieciocho años, de pelo pajizo, rostro redondo y risueño, piel lechosa y suave, pechos abundantes y carnes prietas, había intimado con Miguel. Era una joven atractiva a la que pretendían varios muchachos de la misma aldea y algunos de otras cercanas. No poseía una belleza extraordinaria, pero su aspecto era saludable, su faz risueña, sus modales agradables y su naturaleza exuberante. Sería una buena madre y daría numerosos hijos, sanos y fuertes, a su futuro marido.
Un día, al atardecer, la muchacha se acercó a Servet. El aragonés había cenado un poco de queso, un potaje de verduras y tarta de ciruelas, y tras un corto paseo por un sendero cercano se había sentado en un poyete de madera a contemplar la puesta del sol sobre las montañas azules del oeste.
—¿Puedo acompañaros? —le preguntó la joven.
—Por supuesto.
—Os he observado estos días y os he visto mirar al cielo todas las noches. ¿Qué buscáis en él?
—Respuestas.
—¿En las estrellas?
—En sus movimientos. ¿Te has fijado en ellas? Se trasladan por el firmamento, cada noche giran alrededor de la estrella polar, y lo hacen despacio pero sin cesar, y con una precisión extraordinaria. Esa perfección en sus movimientos sólo puede ser obra de Dios.
—Algunas se mueven muy deprisa; apenas se pueden seguir con la vista, y enseguida desaparecen.
—Ésas son las estrellas fugaces. Se mueven por debajo de las estrellas fijas. Y hay otras que lo hacen de forma diferente; son los planetas: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Mira, ¿ves aquella estrella, la más luminosa, la de luz blanca que no titila? —Servet señaló la más brillante de la media docena de estrellas que comenzaban a dibujarse en el violáceo cielo del ocaso.
—Sí. Es el lucero del atardecer.
—Es el planeta Venus.
—¿Venus?
—Los antiguos le dieron ese nombre porque es el más hermoso de los astros. Y Venus era la diosa pagana del amor, la más bella de las deidades del Olimpo.
—No os entiendo.
—Es fácil de comprender. Los antiguos griegos y romanos creían que los astros eran sus dioses, y les pusieron sus nombres. Identificaron a Venus, la diosa del amor y de la hermosura, con ese astro, porque es el más rutilante de todos tras el Sol y la Luna.
—La diosa del amor...
La oscuridad iba ganando espacio a la luz, y el cielo parecía poblado de más y más estrellas conforme el rojo resplandor del sol se apagaba tras las montañas. La noche era cálida y una suave brisa del sur impregnaba el aire de una delicada esencia a hierbas aromáticas y a frutas en sazón.
La muchacha se acercó un poco más a Miguel hasta que el médico pudo sentir su calor y el roce de su pierna.
—Supongo que habéis amado a muchas mujeres —comentó de pronto la joven.
Servet se sobresaltó.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Se nota que sois un hombre experto, que habéis viajado mucho y que conocéis muchas cosas.
La muchacha colocó su mano sobre la rodilla de Servet y la deslizó despacio a lo largo del muslo. Cuando casi había alcanzado su entrepierna, el médico la detuvo con delicadeza.
—Lo siento... —bisbisó nervioso.
—¿No os gusto?
—No es eso...
—¿Estáis casado?
—No, no lo estoy, sigo soltero.
—¿Sois clérigo católico entonces? No me importa. Tampoco seríais el primer cura en conculcar el voto de castidad.
—No, no... Yo...
Servet estaba muy nervioso. La muchacha olía a lavanda y su generosa anatomía podría hacer las delicias de cualquier hombre..., pero no de él.
A los cinco años, Miguel Servet perdió un testículo en un accidente.
Ocurrió en su aldea natal de Villanueva de Aragón, jugando con varios muchachos de su edad. Se habían subido a uno de los pocos pinos que quedaban en los Monegros, una comarca desforestada y árida pero que en otro tiempo albergó enormes bosques de pino negro. Empujado por uno de los chiquillos, Miguel resbaló, perdió el equilibrio y cayó desde lo alto del árbol golpeándose con varias ramas. Una de ellas, astillada, le rasgó el escroto y le arrancó uno de los testículos. Durante varias semanas el joven Miguel se debatió entre la vida y la muerte, pero un médico de Sariñena, una localidad cercana a Villanueva, logró salvarle la vida.
—Dejadme hacer; no soy virgen, como podéis imaginar.
Las manos de la muchacha acariciaban los muslos de Servet, que se sentía atorado y confuso.
—No puedo...
Servet se levantó y se alejó un par de pasos.
—No temáis, no soy un demonio.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Servet.
—El párroco de la aldea dice que algunas veces los demonios se convierten en mujeres para confundir a los hombres y acostarse con ellos.
—Los llaman súcubos, demonios que adquieren la forma de una mujer para seducir a los varones, ganarse su alma y arrastrarlos al infierno. Pero yo no creo en esas patrañas. Esa añagaza la emplean los clérigos para evitar la profusión del sexo fuera del matrimonio, lo que consideran un pecado —
le explicó Servet.
—Tampoco soy una bruja. Algunas muchachas, e incluso algunas mujeres ya ancianas, han sido acusadas de brujería y quemadas en la plaza de la iglesia. Los oficiales del obispo suelen venir de vez en cuando por estas aldeas de las montañas y hacen lo que ellos llaman una encuesta para descubrir qué mujeres practican la brujería. A veces han encerrado en prisión a pobres viejas que sólo se dedicaban a recoger hierbas en los campos para curar males de tripas o dolores menstruales. Hace un par de semanas se llevaron a una mujer casada con un pastor que vive a una hora de camino de aquí. La acusaron de acordar tratos con el diablo y de acostarse con él, encarnado en un macho cabrío. Pero yo la conozco bien.
Es una pobre desgraciada que rechazó las pretensiones de un cura que la pretendía, y éste la acusó de bruja por no aceptar acostarse con él. Dicen que la quemarán viva muy pronto.
—En eso, luteranos, calvinistas y católicos coinciden plenamente.
Todos queman a mujeres acusadas de brujería, y lo hacen porque anhelan que sea su forma de entender el cristianismo la única que se imponga. No, no creo que tú seas una bruja.
—¡Vaya!, entonces... ¿sois marica? ¿Os gustan los chicos? Conozco algunos de ésos, pero no se comportan como vos.
—No, simplemente no me atrae el sexo. La ley de Dios prohíbe las relaciones entre hombre y mujer fuera del matrimonio —se excusó Miguel.
—¡Todavía no habéis conocido mujer! Se trata de eso, ¿verdad? No os preocupéis por ello, yo sabré cómo confortaros; dejadme hacer.
—No puedo, no puedo...
—¿Acaso...?
—No soy un hombre completo... —se sinceró Servet—. Siendo un niño sufrí un accidente y perdí uno de mis testículos...
—Lo siento. No podía imaginar... Pero conserváis el otro, ¿no? Basta con uno solo para satisfacer a una mujer, mientras mantengáis intacta vuestra verga.
—Sí, mi pene está bien, pero el otro testículo también resultó dañado más tarde, con una hernia.
—Entonces, ¿no podéis erguir vuestra verga? ¿Es eso...? Dejadme que lo intente.
Era la primera vez que Miguel Servet le confesaba a una mujer sus carencias. La pérdida de su testículo y la hernia del otro lo habían dejado impotente e incapaz de eyacular, o al menos así lo había asumido desde su adolescencia. A lo largo de su vida se le habían presentado numerosas ocasiones para acostarse con mujeres, pero ni tan siquiera lo había intentado, convencido de que sus problemas físicos le impedirían completar el coito.
En una ocasión, cuando vivía en Charlieu y ya era un afamado médico, tuvo una relación con una joven dama de esa localidad. Durante varios meses la estuvo visitando e incluso llegaron a hablar de un posible matrimonio, pero aquel noviazgo se interrumpió ante el miedo de Servet a no poder consumar el acto sexual y, aun si pudiera conseguirlo, nunca podría fecundar a su esposa al carecer de semen.
Durante la práctica de su oficio se le habían insinuado e incluso ofrecido abiertamente algunas mujeres, tanto solteras como casadas, y siempre las había rechazado; a las solteras les decía que Dios sólo permitía el sexo entre esposos y con la exclusiva misión de procrear, en tanto a las casadas les recordaba que el adulterio repugnaba a los ojos de Dios y que estaba prohibido y duramente castigado por las leyes terrenales. Solía asustar a esas mujeres, que le pedían que las montara, explicándoles que Dios castigaba a los fornicadores con la terrible enfermedad de la sífilis, que provocaba tremendas heridas y enormes aflicciones a los afectados, que no tardaban en morir aquejados de dolorosos sufrimientos.
En ocasiones, y para huir de una posible tentación, recordaba una carta que el emperador don Carlos le había escrito a su hijo Felipe, el heredero de los dominios hispanos, en la que le decía que el exceso de la práctica sexual podía llegar incluso a matar a un hombre.
La muchacha obvió las palabras de Servet y siguió masajeándole los muslos hasta alcanzar la entrepierna. El médico estaba ofuscado y le dejó hacer. Las manos de la joven se introdujeron dentro del calzón y buscaron el sexo masculino. Una sensación extraña se apoderó de ella cuando alcanzó su objetivo y palpó unos atributos carentes de uno de los testículos, pero de un considerable tamaño, aunque estéril, en la única gónada existente.
La verga de Servet seguía flácida, rendida en su permanente inapetencia pese a los tocamientos de la joven. Pero la muchacha no se arredró. Le bajó los calzones hasta dejarlos a la altura de las rodillas y se introdujo el pene en la boca, lamiéndolo una y otra vez, procurando proporcionarle el mayor deleite posible. Servet, paralizado y rígido como una estaca de palo, miraba entre las sombras de la noche la cabeza de la joven, enterrada en su entrepierna, afanada en despertar aquel miembro dormido.
Tras un buen rato y numerosos intentos por enhestarla, la verga del médico continuó flácida y derrotada. Entonces, la joven también se rindió.
—Es la primera vez que me pasa. Hasta ahora ningún hombre había...
Servet le selló los labios con su mano.
—No es culpa tuya. Ya te dije que no me interesa el placer que deviene del sexo.
Miguel se subió los pantalones y se alejó sumido en un profundo desasosiego.
Las estrellas rielaban en un firmamento que ahora le parecía más oscuro y hostil que nunca.
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