El millón

Jerzy Kosinski · Capítulo 4 de 4

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El millón

Capítulo IV

 

Andrea había decidido volver a ver aquella noche a Osten y cenar con

él. Por la tarde, Osten fue a su banco para cobrar un talón y, ya en él, se

dirigió a la cámara acorazada, pensando examinar una vez más las cartas de

la Casa Blanca y buscar en ellas pensamientos y frases que fuesen

reveladores. Pero cambió de idea, y decidió que sería mejor que llevara su

magnetófono automático minisensor.

Se encontró con Andrea en el Stage Fright, un acogedor restaurante

próximo al Lincoln Center. Era conocido por su buena cocina y por sus bien

parecidos camareros y camareras, ya que todos eran actores y artistas que

trabajaban en él cuando estaban sin contrato. Con una blusa de organza y

una falda de seda muy ceñida que delineaban su silueta, con el cabello

ondulado cayéndole hasta los hombros, Andrea tenía un aspecto imponente

y Osten pensó una vez más que era mucho más alta y más proporcionada

que la modelo del desnudo de las fotografías.

Hablaron de la salida de Donna para Varsovia que ambos habían visto

en la televisión. Luego, Andrea, como para distanciarlo más del recuerdo de

Donna, le contó detalles de la aventura de ésta con un artista pornográfico

muy conocido y la historia le hizo reír de buena gana a Osten, a pesar de

que sintió una punzada al descubrir la identidad del tipo tan bien dotado que

figuraba en el álbum de fotografías de Donna.

Poseído por la necesidad de sentirse más cerca de ella, Osten le contó a

Andrea que, cuando la vio por vez primera en la cafetería del Juilliard,

había experimentado curiosidad por saber si salía con algún amigo

regularmente. Y ahora que la conocía un poco más admitió que le picaba la

curiosidad y que quería saber si, en la vida de Andrea, había habido alguien

tan importante como lo fue Donna en la suya hasta muy recientemente.

El semblante de Andrea se ensombreció. Luego dijo que no tenía

ningún amigo regular. La mayor parte del tiempo se le iba en el estudio y

muchos fines de semanas los pasaba con sus padres en Tuxedo Park, el

lugar en donde había nacido y que sólo guardaba agradables recuerdos para

ella. Tal vez algún día, agregó, podría llevarla en coche hasta allí para nadar

en su piscina, que estaba bajo los robles y los cedros más antiguos del

estado.

Cuanto más cómodos se sentían los dos, más satisfecho se sentía Osten

de no haber leído de nuevo las cartas de la Casa Blanca a fin de estudiar sus

palabras y frases. De esta manera podía escuchar a Andrea sin reservas

mentales, entregado al disfrute de sus ideas claras y bien expresadas y al

agradable timbre de su voz, tan distinto del habla de Donna, el cual le

parecía amanerado.

—¿Por qué no le has preguntado a Donna acerca de mí? —preguntó

Andrea llanamente—. Tengo la seguridad de que se hubiera descolgado con

algún chisme de la escuela —agregó, como si fuera una idea repentina.

—A pesar de lo mucho que me gustabas —dijo él—, en este punto no

me hubiera arriesgado a que Donna se pusiera celosa.

Se miraron uno a otro en silencio.

—Sin embargo, después de que tú y yo hablásemos brevemente en

aquella cafetería, empecé a pensar en ti a menudo —prosiguió Osten; luego

le agitó un recuerdo y dijo en voz calmada y con los ojos bajos—: Empecé

a verte… frente a mí… incluso cuando menos debía.

—¿Cuándo? —preguntó ella en un susurro.

—Cuando hacía el amor con Donna —dijo Osten, volviendo a mirarla

fijamente—, cerraba los ojos y me imaginaba que estaba contigo. No podía

evitarlo. Allí estabas tú, como una premonición.

—¿Una premonición… de qué? —preguntó sojuzgada por su franqueza.

—De enamorarme —dijo; y sólo después de oír sus palabras se dio

cuenta de lo simple y directo que era su deseo—. Contigo —agregó,

alargando la mano y dando unos golpecitos cariñosos en la de ella; Andrea

retiró la mano—. Ésta es la primera vez que te toco —dijo suavemente, casi

pidiendo disculpas.

—Me gustas, Jimmy Osten —dijo ella lentamente, sopesando cada

sílaba—. Mucho. Me gustabas incluso cuando estabas con Donna. Sentía

celos de ella. Sentía y esperaba que no hubiera una atracción real entre

vosotros. Que estuvieseis juntos, pero no el uno con el otro, tan alejados

entre vosotros como lo está el blanco del negro. Estoy contenta de que eso

haya acabado. Contenta por ti y ¿para qué callar?, contenta por mí, por

ambos.

Pronto no les quedó nada por decir acerca de sus mutuos sentimientos.

En su lugar, él le pidió que le hablara sobre su vida y la escuchó,

embelesado, mientras le contaba cosas de sus lecciones de vuelo, de sus

intentos de salto en paracaídas, de sus experiencias como comentarista

musical para Sobo Sounds, la revista de vanguardia de la música rock, y,

por encima de todo, de sus esperanzas de convertirse en una directora de

teatro y comedias musicales en Broadway.

Pasó el tiempo. Cuando llevaba a Andrea de regreso notó que ésta se

mantenía sentada todo lo alejada que podía. Osten lo tomó como una

indicación de que aún no había llegado el momento de mayores

intimidades, a pesar de que durante la cena él le había dado a entender su

deseo.

Osten respetaba, e incluso admiraba, su reserva. Siguiendo su humor,

salió del coche para escoltarla hasta la puerta de su casa a la llegada y dejó

el motor del coche en marcha.

—¿No quieres subir? —le preguntó con voz natural.

—¿No será muy tarde… para ti, quiero decir? —preguntó titubeante,

cogido por sorpresa.

—En absoluto —dijo ella—. Mañana no tengo ninguna clase. Y lo que

es peor, ¡padezco de insomnio! «Macbeth, has asesinado al sueño» —recitó.

Mientras Osten aparcaba el coche al otro lado de la calle, Andrea lo

esperó en la puerta de entrada. En el coche, Osten se fijó en el bolso donde

llevaba la minigrabadora. Titubeó. Su instinto le aconsejaba dejarlo. Desde

aquella vez con Leila, nunca había estado tan ansioso de estar con una

mujer y se resistía a la idea de tratar a Andrea como si pudiera ser el

cómplice de alguien tan perverso como Patrick Domostroy. Además, pensó Osten, nada de lo que le había dicho hasta ahora se parecía, ni remotamente,

a los pensamientos y frases de las cartas de la Casa Blanca.

Sin embargo, en la fracción de segundo que precedió al cierre de la

portezuela, pensó que si había la más remota posibilidad de que Andrea

fuera la autora de las cartas, debía saberlo. Y, rápidamente y con

oportunidad, sacó el magnetófono de la bolsa y lo introdujo en el bolsillo

interior de su chaqueta. Inmediatamente fue a reunirse con Andrea.

Mientras subían los peldaños, se sentía vívidamente consciente de su

proximidad, y lamentaba no poder ser más sincero y decirle simplemente

quién era y por qué debía ocultar su identidad.

Le gustó el orden que imperaba en el departamento de Andrea: los

muebles antiguos bien escogidos, las libretas de notas limpiamente

ordenadas, las fotografías familiares en sus marcos de plata, los anaqueles

con sus libros y discos sin una mota de polvo. Andrea sacó una caja de plata

en cuyo interior había una bolsa de plástico con mariguana, unos cuantos

papeles y un pequeño aparato para liar cigarrillos. Mientras le enseñaba su

colección de botellas antiguas de perfume, Osten se le acercó y se puso a

sus espaldas, luego dio un paso adelante y tomó su cuerpo por los hombros

hasta que sus cuerpos entraron en contacto. Hizo que Andrea diera media

vuelta hasta ponerse frente a él. Ella le abrazó suavemente y miró en el

fondo de sus ojos un instante. Luego le dejó para abrir una botella de vino y,

mientras lo hacía, le hablaba por encima del hombro. Le contaba que, a

pesar de que necesitaba más horas de sueño que otra gente, tenía muchos

problemas para dormirse. Luego le preguntó si le gustaría poner algún

disco, agregando, en broma, que tenía algunos de Domostroy para el caso

de que quisiera refrescar la memoria sobre aquel compositor. Cuando se

inclinó para echar una ojeada a su colección de discos, Osten escondió

rápidamente el magnetófono detrás de una pila de álbumes. Su cronómetro

lo pondría en marcha a la mañana siguiente.

Echó un vistazo a los discos, observando con alegría que tenía completa

la colección de Goddard. Estuvo tentado de poner uno, pero renunció a la

idea y, en lugar de eso, encendió la radio.

Andrea trajo los porros y el vino, sacó un cenicero y una boquilla de

plata. Se sentó en la cama junto a él, hundida en un montón de cojines y con las piernas dobladas bajo su cuerpo. Empezaron a fumar, y el humo subía en

espirales hacia el techo.

—Hablando del diablo, ¿conoces a Patrick Domostroy? —preguntó

Osten, mirándola atentamente.

—No, no lo conozco —respondió—; pero sé algunas cosas acerca de él.

Hablaba con tal acento, que él creyó que era verdad. Andrea sorbió un

poco de vino y le pasó el porro.

—Mis padres —dijo— le conocieron hace algunos años en Tuxedo

Park. Solía verse con una escritora que vivía cerca. ¿Es persona interesante?

—preguntó, mirándola fijamente. Luego se echó a reír—. ¡Y no es que

espere que me hables objetivamente de él!

—No lo haré —Osten también rió—. Hasta mi padre, que nunca habla

mal de nadie, no tiene muy buena impresión del estilo de vida de

Domostroy.

—¿Qué me dices de su música?

—Mi padre la califica de visceral —dijo Osten—; es decir, de

rudimentaria. Atribuye esa cualidad a la preocupación anormal de

Domostroy por el sexo.

Andrea parecía estar ingenuamente interesada.

—¿Qué tipo de sexo?

—No lo sé, en realidad —confesó Osten—. Pero me acuerdo de hace

algunos años, creo que yo acababa de salir del instituto de segunda

enseñanza, cuando Domostroy horrorizó a todos los invitados a una fiesta

de mi padre contando una historia asquerosa sobre Chopin.

—Me pregunto si le contará alguna a Donna —dijo Andrea riendo.

—A ella no le gustarían. Chopin es su ídolo.

—¿Cuál era la historia? —preguntó Andrea.

—Todo el mundo sabe que a Chopin le preocupaba el sexo, George

Sand y todo lo demás, ¿recuerdas? Pero, como era tuberculoso, muchos de

sus contemporáneos decían que no podía evitarlo. Lo colocaron en un

pedestal y usaban de su enfermedad para perdonarle sus Pecadillos. De

acuerdo con Domostroy, para proteger el buen nombre de Chopin, o lo que

había quedado del mismo, sus fanáticos no dejaron que vieran la luz pública

una gran cantidad de cartas, memorias y otros testimonios escritos. Pero otros contemporáneos de Chopin, más objetivos, escribieron acerca de sus

repulsivas relaciones. Y todos aquellos documentos fueron guardados en

archivos y bibliotecas. Tal documentación ha podido ser estudiada en

detalle por muchos críticos e historiadores, incluso por Domostroy.

—¿Por qué Domostroy hizo toda esa investigación? —preguntó Andrea.

—Supongo que porque piensa escribir un libro sobre él, ahora que ya no

puede seguir componiendo. Y posiblemente para probar su propio

argumento, el cual, si no me equivoco, es que el genio y el caos sólo pueden

conciliarse en cierto modo a través del sexo, y que la promiscuidad sexual,

al combatir el aislamiento, la timidez y la rutina emocional, puede a fin de

cuentas engendrar la creación. Cuando conocí a Donna, leí yo mismo varios

libros acerca de Chopin y descubrí algunas cosas sobre él, muchas cosas

raras. Chopin estaba relacionado con cierto marqués de Custine, el último

descendiente de una vieja familia de aristócratas, y con un círculo de

amigos de Custine.

—¿Era tan malo Custine como aquel otro marqués?

—¿El marqués de Sade? Sería difícil decirlo. Sade imaginaba él mismo

la mayor parte de sus travesuras sexuales; pero Custine no necesitaba

hacerlo: él y sus amigos, entre los que se contaba Chopin, las llevaban a

efecto.

»Custine había convertido su espectacular casa de campo en escenario

de reuniones perversas a las que invitaba a artistas, músicos estudiantes y

actores. Y, de acuerdo con varias fuentes, Chopin solía ser la pièce de

résistance de aquellas reuniones, aunque no era capaz de resistir mucho.

»Domostroy proclama, muy seriamente, que los excesos del sexo

prolongaron la vida artística de Chopin. Según él, la enfermedad mantenía

tan alta su fiebre que estaba en estado permanente de celo y cualquier

actividad sexual aumentaba aún más su fiebre, hasta tal punto que ésta

mataba algunos de sus bacilos de Koch, de forma que la resistencia de su

organismo a los que quedaban salía robustecida. Se supone que después de

una orgía, Chopin se encontraba, en realidad, mejor y que era, por lo tanto,

capaz de seguir componiendo y ejecutando música y, desde luego, follando.

Era todo cuanto hacía, sin ninguna consideración para sus compañeras

sexuales, a varias de las cuales les contagió su tuberculosis, la más infecciosa de todas las enfermedades de entonces. Bonito enfermo, ¿no

crees?

—¿Follando por todos lados o sufriendo de tuberculosis? —preguntó

Andrea alegremente—. Es evidente que a ti te gustan esos aspectos

literarios. Debes de estar muy fuerte en tu terreno.

Habían dado cuenta del segundo pitillo. Como si sus movimientos

formaran parte de alguna coreografía, se acercaron el uno al otro. Osten

deslizó su mano bajo el pelo de ella, luego pasó a la nuca y, finalmente, los

dos se fundieron en un abrazo. Osten, poco a poco, hizo que Andrea se

tendiera a su lado e, incorporado y apoyado en el codo, contempló su cara.

La mariguana hacía que sus ojos brillaran de forma que parecía que Andrea

estaba soñando despierta. Su anhelo anterior por ella se reafirmó y a medida

que los recuerdos de haberla observado desde lejos con pasión se convertían

en pensamientos presentes, apartó con ternura los cabellos de sus mejillas y

de su cuello y acercó su rostro al suyo. Le besó la frente, las mejillas, el

cuello y los hombros, pero se privó de besarla en los labios para darle a ella

la oportunidad de que lo besara primero y empezara una cadena de sucesos

de la cual, una vez empezada, no tendrían forma de salirse.

Andrea le besó en los labios, primero con lentitud, después rápidamente.

Con la lengua buscaba la suya, metiéndola y luego sacándola de la boca,

ésta aplastada contra la de él, sus manos detrás de su cabeza y atrayéndolo

más, al mismo tiempo que deslizaba uno de sus muslos debajo de Osten.

Éste estaba ahora hundido en ella, con una mano cubriéndole un seno, con

la otra masajeando sus muslos, levantándole la falda, empujando con

insistencia bajo sus bragas, y sus dedos sentían la tibieza de su ingle, la

humedad de su vagina.

Besándose aún y reacios a dejar de tocarse, empezaron a quitarse la

ropa, torciendo y retorciendo sus cuerpos. Andrea se quitó la blusa y dejó

que él le quitara la falda y las bragas y, con los pies desnudos, ella enrolló

los pantalones y los calzoncillos de Osten hasta los tobillos a fin de que éste

pudiera verse libre de los mismos con sólo sacudir los pies.

Ahora, Andrea estaba desnuda, abierta a él. Mientras Osten deslizaba la

mirada a lo largo de la estatura de Andrea, empezó a sentir los efectos de la

droga y la imagen del desnudo sin cara de la Casa Blanca se interpuso entre él y Andrea como si fuera una cortina transparente. De manera confusa,

antes de poseerla, se dio cuenta de que, a pesar de la similitud de ambas

mujeres, no advertía ninguna prueba en las fotografías de que Andrea fuera,

o no fuera, la mujer de la Casa Blanca. Pero ahora lo que importaba era la

relación que estaba a punto de iniciar penetrando en su carne.

 

Osten se despertó alrededor de mediodía. Andrea seguía durmiendo.

Salió de la cama y se dirigió rápidamente al baño poniendo mucho cuidado

en no despertarla. Se sentía mareado y le dolía terriblemente la cabeza. El

resplandor de la luz del cuarto de baño hizo que el dolor de las sienes

empezara a latir. Él y aquella mariguana no casaban ya, tal vez porque no

estaba acostumbrado a fumarla en tanta cantidad o porque era más fuerte

que la que fumaba de vez en cuando en California.

Se vistió sin hacer ruido y se preparó para irse. La cara de Andrea

estaba vuelta del otro lado. La dejaría que durmiera. Se agachó frente a los

anaqueles y buscó detrás de los discos. En vez de sacar el magnetófono,

como había sido su intención inicial, lo puso de nuevo en marcha.

A pesar del dolor de cabeza se sentía regocijado. A pesar de que sólo

recordaba vagamente lo ocurrido durante la noche con Andrea, estaba

seguro de que se había mostrado espontáneo y feliz haciendo el amor.

Recordaba haberle dicho lo libre y abandonado que se sentía con ella y, más

tarde, cuando la mariguana los había llevado a alturas frenéticas y

apasionadas, recordó que había llegado más lejos con Andrea de lo que

nunca había conseguido antes con otra mujer.

 

Se fue a su departamento y tomó un baño prolongado y mientras estaba

en la bañera recordó tras algún esfuerzo que Andrea había hablado

extensamente de su fascinación por lo oculto. También recordaba algo que

dijeron acerca de la escritura automática. Cuando estaban ambos bien

intoxicados de mariguana, envueltos en nubes de incienso y con una velita

como única iluminación, Andrea le había hecho escribir con los ojos

cerrados. Casi en trance, en un estado de ánimo estúpido y abandonado, Osten había escrito… ¿Qué? No podía acordarse. ¿Fue su nombre? ¿Una

frase de Macbeth? Recordó que Andrea le había dicho que su escritura le

diría mucho más acerca de sus pensamientos de lo que él mismo pudiera

decirle nunca.

Encontró a Andrea tan natural como a Leila y lo pasó bien con ella,

llena de deliciosas contradicciones: una estudiante seria de teatro, brillante

y bien informada sobre música y que al mismo tiempo creía en la magia y

en los signos zodiacales, encantadoramente cándida.

Le había hecho oír sus discos favoritos, en su mayoría de Chick

Mercurio. Eso le divirtió, pues le trajo el recuerdo de que, cuando el primer

disco de Goddard salió al aire y batió el récord de éxito en las tiendas de

discos, sus ventas espectaculares pronto alcanzaron y superaron las de

Chick Mercurio y los Atavists, que era el conjunto de rock más popular del

momento, y los desplazaron de su posición de número uno en la lista de

éxitos. Pocas semanas después de ello, Osten había leído en los periódicos

que Chick Mercurio se había vuelto loco. La policía de Nueva York le había

detenido y encontrado suficiente heroína en su poder para abastecer a un

pelotón de drogadictos. Fue hospitalizado y durante varias semanas las

columnas de la prensa sensacionalista anduvieron llenas de historias acerca

de su sórdida vida sexual. Como resultado, Chick Mercurio y su conjunto

desaparecieron tan rápidamente de la circulación como habían entrado en la

misma.

De eso hacía alrededor de seis años y si Andrea seguía oyendo los

discos de los Atavists era evidente que no disponía de tiempo para ponerse

a tono con los gustos cambiantes del país. Al menos, escuchaba también a

Goddard, se dijo a sí mismo, algo que Donna nunca hizo.

Y a pesar de que Andrea era por encima de todo una estudiante de arte

dramático con un discreto interés por la música, a Osten le impresionaron

tanto sus pensamientos acerca de la forma musical como su belleza física.

Creía firmemente, le había dicho, en las innovaciones musicales y creía que

la música instrumental del Oeste estaba empobrecida en cuanto al tono.

Creía que sólo los nuevos equipos electrónicos de sonido podrían conducir

a una real libertad rítmica y melódica, tal vez al redescubrimiento de nuevos

valores de entonación.

Deseó llamarla, pero Andrea le había dicho que, durante un día, estaría

muy ocupada. Mientras tanto, cada vez que se acordaba del magnetófono,

aumentaba su embarazo y aprensión. Se prometió a sí mismo retirarlo a la

primera oportunidad que se presentara. El orgullo de Andrea no era inferior

al de Donna y, si llegara a darse cuenta de que la espiaba, se acabarían todas

sus esperanzas de estar de nuevo con ella.

 

Osten miraba críticamente las ampliaciones del desnudo de la Casa

Blanca, tratando de decidir si algo en la forma y en la constitución del

desnudo coincidía con la fresca imagen que tenía de Andrea, desnuda,

inspiradora, incansable haciendo el amor, una imagen que ahora no estaba

dispuesto a dejar que se desvaneciera.

Ansiaba estar de nuevo con ella. Había algo tranquilizador en su fácil

aceptación de Osten. Andrea no había fisgoneado en su pasado, ni

formulado preguntas acerca de sus valores sociales o estéticos, ni hallado

motivos de crítica en sus antecedentes familiares. Y eso era precisamente lo

que había hecho Donna. Y al revés que ésta, cuyo único foco de talento y

energía creadora radicaba en el piano, con exclusión prácticamente de

cualquier otra cosa, Andrea tenía intereses variados y abundancia de

encantos y logros. Le había dado a leer sus poesías y Osten las había

encontrado tan profundas como sus quintillas humorísticas; sus caricaturas,

dibujos, bosquejos y diseños estaban muy bien ideados y ejecutados

impecablemente y, según ella misma había dicho, en Juilliard consideraban

prometedores sus comedias y guiones cinematográficos. A pesar de que

acababa de conocerla, ya había descubierto diferencias sorprendentes entre

Andrea y Donna. La inclinación de ésta era sombría, obsesionada; en

cambio, Andrea era despreocupada y de trato fácil. Donna era la

personificación de la seriedad, no disponía de tiempo para bromas o juegos

y nunca toleraría supersticiones como la astrología o la quiromancia. A

Andrea, juguetona por naturaleza, le gustaban esas cosas y no necesitaba

disimular su interés por temas paracientíficos porque tenía al mismo tiempo

preocupaciones serias. Osten sonrió al recordar la total convicción de

Andrea de que podría hacerse una perfecta idea de la mente inconsciente de Osten estudiando meticulosamente su caligrafía. Para Donna, la pasión

sexual era una fuerza tan excesiva e intensa que no podía ni controlarla ni

compartirla adecuadamente; se apoderaba de ella desde su interior mucho

antes de que su amante pudiera reclamarla para él. Pero Andrea, hermosa y

al mismo tiempo apasionada, llevaba al sexo tanto reserva como seguridad

y se sentía feliz dejando que su amante apreciara su entrega al placer físico.

Por un momento Osten se puso a pensar que un día, dentro de algunos

meses, quizá sólo semanas, llevaría a Andrea a un viaje por California. Le

mostraría el esplendor del desierto Anza Borrego con sus oasis de

miraguanos, sus escarpados cañones y sus empinados barrancos.

Identificaría para Andrea el lejano y raro ulular del coyote. Luego la

llevaría, pasando por Julián, al rancho situado en la cima de la colina

cercana. Lentamente, pretendiendo desconocer el camino, metería el coche

por el sendero que llevaba al rancho y pasaría la verja. Se detendría frente a

la casa grande, saldrían del coche y, como si nunca hubiera estado antes allí,

abriría para ella la puerta: a New Atlantis y a todo su pasado.

 

El teléfono lo despertó. Era Andrea.

—Por favor, ayúdame —dijo con la voz temblorosa—. Estoy en un

apuro.

—¿Dónde estás? —preguntó Osten. Se sentía débil y desorientado y una

rápida mirada al reloj le indicó que ya era muy entrada la noche. Había

dormido todo el día.

—En el Old Glory. Ya sabes, donde vive Domostroy… donde estuviste

el otro día…

Le sorprendió. Todavía ayer le había dicho que no conocía a

Domostroy.

—¿Qué estás haciendo allí? —preguntó.

—Te lo explicaré cuando nos veamos, Por favor, Jimmy, debes venir

inmediatamente… ¿recuerdas el camino? Toma la…

En su voz se percibía una gran urgencia.

—Conozco el camino —la interrumpió—. No temas. Salgo ahora

mismo.

Ya en el coche, su mente trabajaba a toda velocidad. Si Andrea conocía

a Domostroy, podría muy bien ser ella la que le había escrito todas aquellas

sorprendentes cartas. Ojalá lo fuera, ya que entonces tendría finalmente a

una mujer adorable, inteligente, bien educada y refinada a quien amar.

¿Acaso no había admitido ya que le quería? Con su fascinación por el teatro

y la música sería la persona ideal con quien compartir su secreto creador.

Luego sus pensamientos se fueron a Domostroy. ¿Cuál era su papel? ¿Era

sólo su fotógrafo o había tomado alguna parte en lo que pudiera ser un

complot para desenmascarar a Goddard? Pero ¿en que consistía ese

complot?

La puerta del Old Glory estaba abierta. También estaban abiertas las

portezuelas de los dos coches estacionados ante la entrada. Osten aparcó

junto al antiguo sedán de Domostroy y entró corriendo en el local. En la

sala de baile estaban encendidas todas las luces y en el escenario brillaba el

piano de cola. Los atriles de la orquesta y la mayor parte de los muebles

estaban protegidos contra el polvo por sus fundas. El lugar parecía el

escenario abandonado de un teatro. Tan pronto como entró Osten oyó

rápidos movimientos a sus espaldas y al volverse vio a Patrick Domostroy,

pálido y desaliñado. De pie y a espaldas de Domostroy estaba un hombre de

pelo oscuro con camisa abierta en el cuello, unos pantalones muy holgados

y guantes de goma que empuñaba una pistola y apuntaba a Domostroy. La

cara del hombre, a pesar de las grandes gafas de sol, le pareció ligeramente

conocida a Osten. Cerca de ellos, con suéter y vaqueros, estaba Andrea, que

también llevaba guantes de goma y empuñaba otra pistola. Con ésta

apuntaba a Osten.

—¿Cómo estás, Jimmy? —dijo Domostroy, con los labios exangües.

—¡A callar! —gritó Andrea—. Quítate la chaqueta, lentamente —le

dijo a Osten—, y tírala al suelo.

—¿Pero qué pasa? —preguntó Osten, que aún no estaba seguro de si se

trataba de una broma o iba en serio.

—Haz lo que te mandan —dijo el desconocido que seguía apuntando a

Domostroy. Cuando Osten titubeó, el tipo gritó—: ¡Hazlo! ¡En seguida! —

su voz retumbó y produjo ecos en el salón. Cuando gritó, Osten le reconoció, puesto que había visto aquella misma cara muy recientemente en

la cubierta de un álbum de discos de Andrea.

—Eres Chick Mercurio, ¿verdad? —preguntó Osten, quitándose la

chaqueta y echándola a los pies de Andrea—. ¿Qué quieres? —preguntó a

Andrea. Se le helaba el corazón ante el temor de perderla.

Sin dejar de apuntarle, Andrea se agachó y con la mano izquierda buscó

en los bolsillos de la chaqueta. Luego alargó la mano para coger un maletín

que estaba en el suelo y de su interior sacó el magnetófono que Osten había

dejado en su departamento.

—¡Sorpresa, sorpresa! —exclamó, sosteniéndolo en alto—. Ya no lo

necesitaremos más, ¿verdad? —Estrelló el aparato contra una mesa y

volviendo a meter la mano en el maletín sacó de éste un bloc de papel de

escribir.

Lo lanzó a Osten y éste lo recogió en el aire.

—Encontrarás una pluma en el maletín —explicó; y cuando Osten la

hubo encontrado, Andrea prosiguió—: Siéntate y escribe lo que dictaré.

Desconcertado por el desdén de su voz, Osten se hizo el ofendido.

—¿Y si me niego? —le preguntó—. ¿Me matarás?

—No la provoques —dijo Mercurio—. Limítate a obedecer.

Cuando vio que Osten seguía inmóvil, Andrea empuñó la pistola con

ambas manos, separó sus pies y apuntó a la ingle de Osten.

—¡Escribe! —gritó Mercurio.

—Escribe, Jimmy —secundó Andrea con voz queda—, o dispararé

directamente a tu barriga.

—¿Qué queréis que escriba? —preguntó Osten. Tomó la pluma y se

sentó a una mesa próxima, buscando en su mente alguna razón que hubiera

hecho coincidir aquí a Andrea y Mercurio.

—«Querida Andrea —dictó ella y en seguida Osten empezó a escribir

—: Estuve aquí alrededor de las cuatro, pero no te encontré en casa y por

eso te dejo esta nota bajo la puerta. Patrick Domostroy me ha pedido que él

y yo nos veamos esta noche en su casa. Dice que si no voy… —Andrea

esperó un momento para que Osten pudiera seguirla— dirá a todo el mundo

quién soy en realidad y no puedo permitir que esto ocurra —hizo una nueva

pausa. Luego siguió—: Desde que me sorprendió con esas inteligentes cartas de la Casa Blanca, que mandó al cuidado de Nokturn, me ha estado

chantajeando y exigiendo dinero. Ahora quiere más y me amenaza con

desenmascararme si no pago. No puedo negarme a ir, pero el tipo está loco

y me sentiría más seguro con alguien a mi lado durante la entrevista —

Andrea volvió a detenerse y Osten sólo percibía el rasguear de su pluma en

el silencio del salón—: Por esa razón —resumió—, espero que tú y Chick

podáis venir al Old Glory, en South Bronx, que es donde vive Domostroy.

Estaré allí alrededor de las once de la noche. Urgente. Te quiere, Goddard».

Cuando Osten acabó de escribir, dejó la pluma sobre la mesa, pero

Andrea chilló:

—¡No he terminado aún! —reflexionó unos momentos y luego

prosiguió—: «P. S. Por favor, guarda bien escondidos los papeles que te di.

No confío en Domostroy».

Cuando Osten terminó levantó la mirada hacia Andrea.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—¡No! —tronó—. Échame el bloc.

Lo echó al suelo, tan cerca como pudo de sus pies. Andrea lo recogió y

lo guardó en el maletín del que extrajo entonces algunas hojas de papel

oficio mecanografiadas a un solo espacio. Apuntó con su arma directamente

a la cabeza de Osten, dio unos pasos al frente y extendió delante de ella las

hojas dobladas y en seguida se echó rápidamente hacia atrás. Pudo oler su

perfume. Recordó la última vez que lo había olido en su cuerpo. Ahora le

parecía que hacía un siglo.

—Fírmalos. Original y copias, con ambos nombres, como James

Norbert Osten y como Goddard —ordenó—. Hay una crucecita en todos los

lugares donde debes firmar. ¡Y nada de truquitos con la firma!

Osten firmó los documentos, los echó al suelo y con un puntapié los

mandó donde estaba Andrea. Ésta los recogió, examinó las firmas, y volvió

a guardarlos en el maletín, con una sonrisa jubilosa.

—¿Puedo saber qué acabo de firmar? —preguntó Osten a Andrea

irritadamente.

—Tu última voluntad, tu testamento, eso ha sido. Con fecha de hace tres

meses —explicó Chick Mercurio—. Todo redactado por un abogado y

firmado y sellado por un notario público.

—Muchas gracias, Jimmy —dijo Andrea—. Veo que has firmado

correctamente.

Osten se quedó mirándola, con la mirada vacía, estupefacto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con desprecio.

—¡Idiota! ¿No recuerdas haber firmado con tu nombre en mi casa

cuando te solté todo ese rollo de la escritura automática?

—Estaba drogado —dijo Osten.

—Eso esperaba —resopló Mercurio—. Esa mariguana era mucho más

fuerte que la corriente. ¡Estarías como un zombi!

—Lo estaba —dijo Andrea con desdén—. Parecía un sonámbulo. ¡Ni

sabía dónde estaba! Dos veces me llamó Leila e hizo todo cuanto le pedí,

incluso cantar Volver, volver, volver para mí y con la voz de Goddard.

Osten se fijó en que Domostroy le miraba fijamente.

—Me asombra, Jimmy —intervino Domostroy—, cómo puedes cambiar

la voz. Jamás hubiera adivinado que eras Goddard.

—Uso un micrófono modificado para cantar y mi voz ronca para hablar

—dijo Osten, cambiando a su voz normal y como respuesta al ceño

desconcertado de Domostroy, agregó—: Aunque, sinceramente, dudo que

nadie, aun escuchando mi voz normal, pensaría en Goddard.

—Es fascinante —dijo Domostroy—. Incluso una vez le dije a Andrea

que Jimmy Osten sólo era «un cuclillo… una voz errabunda… algo

invisible… un misterio». Ahora me siento como un imbécil —se echó a

reír.

—No deberías sentirte así —dijo Osten—. ¡Fíjate que yo estaba a punto

de titular mi próximo disco Andrea!

—Ya está bien, a callar —dijo Chick Mercurio empujando a Domostroy

con la punta de la pistola—. Andrea, tú vigila a éste mientras nuestra

«Máscara de hierro» y yo nos retiramos a la cocina para sostener una

plática.

Mientras Andrea apuntaba el arma a Domostroy, Mercurio dio unos

pasos hacia Osten.

—Vámonos —dijo con un movimiento del arma—. A la izquierda, y al

otro lado de aquella puerta. ¡Andando! —gritó, hundiendo el cañón del

arma brutalmente en la espalda de Osten.

—Chick, ¿es preciso hacerlo? —preguntó Andrea.

—Sí, no faltaba más —respondió Mercurio por encima del hombro

mientras empujaba a Osten hasta la cocina.

—¿Qué va a hacer tu amigo? —preguntó Domostroy a Andrea en un

tono falsamente cordial—. ¿Comerse a Jimmy en crudo? ¿O piensa

cocinarlo antes?

—¿Desde cuándo te preocupa tanto la suerte de Jimmy? Nunca temiste

que Donna se lo comiera, ¿no es así? —preguntó—. A propósito, ¿cómo

está nuestra ratita sepia?

—Ya sabes que está en Varsovia. —De repente Domostroy se preocupó

por la seguridad de Donna—. Ella no sabe nada de lo nuestro, créeme —

imploró.

Apretó el arma contra Domostroy.

—Eso espero… ¡por ella!

Domostroy contuvo su ira.

—Dime, ¿cómo supiste que Osten era Goddard?

—Sospeché de él inmediatamente que entró con Donna en la clase de

literatura sobre el piano donde estuvimos estudiando las cartas de Chopin.

Tú y yo citamos una en la última carta a Goddard, ¿te acuerdas? Eso me dio

una pista, especialmente cuando empezó a mirar a todos los de la clase

hasta detenerse en mí. Era evidente que sospechaba que yo era la muchacha

de las fotografías. Fue entonces cuando Chick y yo nos pusimos a la tarea y

redactamos un testamento para que Jimmy lo firmara, por si acaso. Y luego

Jimmy me dijo que ya me había echado el ojo desde hacía tres meses.

Mintió, ya que cuando Donna me lo presentó, Jimmy dijo que hacía más o

menos un mes que estaba en Nueva York. La noche que vino a mi

departamento noté que llevaba algo en el bolsillo. Cuando dormía registré

la chaqueta y lo que había notado que llevaba ya no estaba. En

consecuencia, deduje que había escondido algo en mi habitación. En

seguida di con el grabador de cinta. Ahora bien, ¿por qué Jimmy Osten

quería espiar a la pobrecita Andrea? Y durante la noche, volando alto en el

firmamento con mi marca especial de mariguana, se preguntó en voz alta si

mis tetas crecerían y mis pezones se agrandarían si me preñaba y dio mucha

importancia a mi pubis afeitado. Y para terminar, ¡tarareando esa canción mexicana con su voz real! Ahí fue su revelación involuntaria. Comprendí

que había llegado el momento de ver su firma y caligrafía para asegurarme

que sería idéntica a la de su testamento. —Hizo una pausa y luego agregó,

como si fuera una idea tardía—: ¡Eso es todo lo que quería desde el

principio!

—Y gracias a mí, lo lograste —dijo Domostroy, confiando ablandarla.

—¿Y qué? Tú ya te divertiste. Ahora me toca a mí. Y a Chick.

—Dime —siguió Domostroy—, ¿tú y tu amigo tratáis de matarnos a

Jimmy y a mí y arreglarlo todo para que parezca que nos hemos matado

mutuamente? O, para andar acorde con mi supuestamente naturaleza

romántica, ¿me suicidaré tras matar a Jimmy?

—Ya lo verás —dijo Andrea—. Soy estudiante de arte dramático, ¿no te

acuerdas?

—Y ahora te licenciarás en crimen. ¿Cuál será el final de este drama

cruel?

—Artaud dijo: «La crueldad es una idea llevada a la práctica». —Se

echó a reír—. Así que, en la práctica, cuando tú y Jimmy hayáis

abandonado el escenario, me convertiré en la única heredera legal de toda

su fortuna, incluyendo, claro está, todas las futuras regalías que den sus

obras. ¿Cuántos millones dijiste que valía nuestro muchacho invisible?

¿Quince… dieciséis?

—Nunca lo dije —respondió Domostroy—. Debes de haber obtenido

esa información en alguna otra fuente. Dime una cosa, ¿por qué me elegiste

a mí en primer lugar? —le preguntó, aunque no estaba seguro de si quería o

no saber la respuesta.

Andrea le miró con una expresión de desdén y de compasión.

—Probablemente crees que te escogí porque has visto mucho, has

estado en muchas partes y has conocido a mucha gente. Pero estás en un

error —dijo—. Ni siquiera fuiste el primero. Antes que a ti, alquilé uno tras

otro a tres tipos, todos ellos mejor informados y más expertos que tú… Y

mejores jodedores, además. Pero todos fracasaron en encontrar a Goddard.

Así que me fijé en ti, Domostroy, porque, a pesar de toda tu música y tu

experiencia, eres un perdedor y creí podría comprarte más barato. Además, eres un hijo de puta tan frío, calculador y obsceno que de algún modo

presentí que eras lo bastante bueno para lograr que Goddard saliera a la luz.

Justo entonces llegó al salón el eco de un desgarrador grito de dolor

procedente de la cocina. Domostroy se estremeció. Sin pronunciar palabra,

Andrea empujó el cañón del arma contra la espalda de Domostroy y le

obligó a ir con ella hasta la cocina.

Allí encontraron a Jimmy Osten de pie, con la cabeza parcialmente

metida en el congelador, la boca abierta y la lengua, extendida todo lo que

daba de sí, pegada a la pared metálica del congelador. De su pecho brotaba

un estremecedor gemido. Detrás estaba Chick Mercurio, balanceando en el

aire la pistola y riendo ante la mirada sorprendida de Andrea.

—¡Chick! ¿Qué haces? —gritó.

—Todo lo que queda por hacer es dar un buen tirón y todos podremos

echar una ojeada a la lengua más escondida de los Estados Unidos —estiró

el brazo para agarrar a Osten y estaba a punto de arrancarlo del congelador

cuando la puerta que estaba detrás de Andrea se abrió violentamente y dos

miembros de la pandilla de los Born Free, empuñando sendas pistolas,

apuntaron a bocajarro a Andrea y Mercurio.

—¡Armas al suelo! —gritó uno de ellos, y en ese preciso instante

Mercurio se volvió en dirección de la voz y disparó a quemarropa. Cuando

el Born Free se derrumbaba, chorreando sangre por el vientre, devolvió el

fuego a Mercurio con mortal puntería: el balazo le dio en la garganta.

Casi simultáneamente, Andrea disparó contra el otro Born Free y le

voló el mentón. Un segundo antes de derrumbarse éste, su dedo apretó el

gatillo y un balazo atravesó el pecho de Andrea. En un segundo reinó el

silencio en el lugar, Mercurio se sacudía en un espasmo, con la boca

manando sangre. Andrea, tendida en el suelo, estaba inmóvil, boca arriba,

con los ojos nublados. De su jersey rezumaba un círculo de sangre que se

iba ensanchando. Demasiado trastornado para moverse, Domostroy estaba

de pie, paralizado, observando la sangre que empezaba a formar un charco.

Los cuatro estaban muertos. Un espanto le sacudió: si Andrea hubiera

vivido podrían haberle juzgado como su cómplice en la intriga para

chantajear a Goddard. Se preguntaba si habría encontrado algún jurado en

el mundo que lo hubiera declarado inocente. Se imaginaba día tras día con titulares sensacionalistas y crónicas incesantes en la prensa y en la

televisión con todos los aspectos espeluznantes del trato hecho con Andrea

para desenmascarar a Goddard. Pensó también en Donna, una inocente

espectadora arrastrada por todo el asunto sólo por haber correspondido a su

amor. Era seguro que cualquier juez le habría mandado a la cárcel por

muchos años, terminando así su vida como la había vivido hasta ahora.

Domostroy hizo un esfuerzo por acercarse y doblarse sobre Andrea.

Con los pulgares le cerró los ojos. Luego le puso la mano en el cuello. Aún

estaba tibia como si su cuerpo se resistiera a entrar en el vacío. Pensó en

ella cuando había sido suya, llenando el espacio y el tiempo a su alrededor

con belleza vibrante, su carne, ahora sin vigor y muerta, que era fuente de

alegres sorpresas cada vez que le permitía poseerla. Si estuviera en su

mano, se preguntaba, ¿querría volverla a la vida?

Una triste voz interior le decía que la pregunta era ociosa. Estaba

muerta. La iluminación fluorescente de la cocina daba un brillante fulgor a

su suelta cabellera; sus labios, entreabiertos con el último aliento, estaban

pálidos, y su cara exangüe. Volvió la vista a Chick Mercurio. Fiel a su

imagen en vida, hasta en la muerte tenía el cantante sus ojos tapados con

oscuras gafas de sol. Su mano aún empuñaba el arma. Cerca de ambos, los

dos duros pandilleros aparecían inmóviles y grotescos.

El ahogado gemido de Osten volvió a Domostroy a la realidad. Sentía

náuseas y tragaba una bilis amarga que de repente le subía por la garganta.

Domostroy buscó el interruptor del congelador, lo cerró y empezó a

empapar toallas en agua caliente y a escurrirlas en la lengua de Osten,

librando gradualmente a la delicada mucosa de la superficie metálica.

Temblando, Osten se volvió y miró a los cuatro cadáveres. Su cara

estaba tan pálida como la de éstos. En seguida, sin decir palabra, dando un

rodeo al charco de sangre, salió de la cocina.

Domostroy lo siguió.

En su cuarto, Domostroy ayudó a Osten, el cuerpo sacudido aún por

escalofríos, y le aplicó un antiséptico en la lengua y los labios quemados.

—Tengo que llamar a la policía —dijo Domostroy, tratando en vano de

controlar sus propios temblores—. Lo mejor que puedes hacer es irte. Y

pronto.

—¿No vas a necesitarme como testigo? —murmuró Osten, que apenas

podía hablar con la lengua hinchada y los labios desgarrados.

—Con un testigo bastará —respondió Domostroy.

—¿Qué le contarás a la policía?

—Les diré —explicó Domostroy— que mi viejo amigo Chick Mercurio

y su amiguita Andrea Gwynplaine vinieron a visitarme. Y que

inesperadamente llegaron dos pandilleros de los Born Free, amigos míos

que cuidan de este lugar porque vivo solo. Cada bando creyó que los otros

eran unos intrusos, fueron presa del pánico, sacaron sus armas y abrieron

fuego. La policía deducirá el resto. Eso es todo.

—¿No preguntarán dónde estuviste durante el tiroteo?

—Lo harán. Y les diré que estaba en mi cuarto.

—¿No les extrañará que los cuatro anduvieran armados?

—Tal vez. Pero la policía sabe que es mucha la gente que por la noche

anda armada en el South Bronx —dijo.

—Creo que será una explicación plausible —dijo Osten—. Antes de

irme, ¿vas a contestarme una pregunta? —Miró fijamente a Domostroy.

—¿Qué quieres saber?

—¿Estabas metido en eso? —preguntó Osten—. ¿Ayudaste a Andrea y

Mercurio a encontrar a Goddard?

—Sólo a Andrea —confesó Domostroy—. Pero sólo me dijo que quería

conocerte.

—¿Y las cartas?

—Las escribí yo —dijo Domostroy.

—¿Todas?

—Sí. Todas. Excepto las citas de las cartas de Chopin —sonrió.

Osten le dirigió una larga mirada.

—Entonces… —con momentánea voz quebrada, visiblemente

emocionado, dijo—: Tú me comprendiste a mí, y también a mi música,

mejor que nadie.

—Quizás haya otros que te entiendan tan bien como yo. Piensa en todas

las ideas perspicaces que pueden encontrarse en las cartas de tus fanáticos y

que no tienes tiempo para leer —dijo Domostroy—. A propósito, ¿qué te

hizo pensar que yo tuviera que ver en todo ese asunto? Todas las pistas de las cartas llevaban a Andrea. No había nada ni nadie, excepto Andrea, que

hubiera podido llevarte hasta mí.

—Sí, había algo. Solamente una cosa: las fotografías —dijo Osten.

—¿Las fotografías? Pero si todas eran de Andrea… Nada había en ellas

que me señalaran a mí.

—Había una pista. El ángulo extraño de toma en una.

—¿El ángulo de la cámara?

—Una vez fotografiaste a Vala Stavrova desde el mismo ángulo: bajo,

cerca del suelo, supongo que a fin de captar los muslos. Vi la foto que le

tomaste a Vala: está en el dormitorio de mi padre. Incluso llegué a pensar

que pudiste repetir el ángulo con la intención de llevarme hasta ti si no daba

con Andrea.

—Pues no fue así —dijo Domostroy—. Ni siquiera me di cuenta de que

el ángulo fuera raro. ¡Pero Vala! ¡Era una remota posibilidad!

—No más leve que cualquier otra —dijo Osten. Levantó el estropeado

magnetófono y lo metió con cuidado en el maletín de Andrea.

—¿Estás seguro de que no me necesitas para que apoye tu declaración a

la policía?

—Seguro, absolutamente —dijo Domostroy—. En cualquier caso tienes

un nombre, Goddard, que debes proteger.

Osten le dirigió una mirada.

—¿No le contarás a nadie lo que sabes sobre mí? —preguntó en voz

baja.

—¿Con qué objeto? Lo que sé sobre ti no mejoraría mi música.

—Gracias —dijo Osten—. Mi padre dijo que las ventas de Etude han

subido como la espuma en estos últimos meses. Y tus discos continúan

siendo el orgullo de su lista de Clásicos Contemporáneos.

—Me encanta saberlo. Sólo quisiera tener tu celo, el celo de componer

música. ¿Dónde grabarás el próximo disco?

Osten cogió su chaqueta y el maletín.

—En New Atlantis —dijo—. La Casa del Sonido.

—¿Francis Bacon? —preguntó Domostroy—. También yo viví allí

alguna vez —Domostroy rió.

—¿Qué me dices de ti? ¿Qué harás?

Domostroy se levantó y se abrochó la chaqueta.

—Me limitaré a quedarme aquí y esperar a Donna —dijo.

—Ojalá que gane en Varsovia —dijo Osten—. Dile que le deseo mucha

suerte.

Salió del salón de baile. Y hasta que oyó que su coche se iba y

comprendió que Osten estaba a salvo y ya lejos, Domostroy no descolgó el

auricular para llamar a la policía.

 

Domostroy no tenía televisor en el Old Glory y, como no quería

perderse el último telediario de la noche, en el que sabía que aparecería

Donna, fue al Kreutzer. Era su noche de descanso y para evitar que lo

reconocieran los reporteros, que lo estuvieron acosando desde hacía días

para sacarle alguna declaración sobre lo sucedido, se caló un sombrero y

unas gafas de sol y se colocó un bigote postizo. A pesar de que ya había

decaído el impacto inicial del tiroteo en el que murieron Chick Mercurio,

Andrea y los dos miembros de la pandilla de los Born Free —uno de los

primeros titulares rezaba SANGRIENTO OLD GLORY—, proseguían las

averiguaciones de la policía y en los periódicos aún aparecía de vez en

cuando el nombre, y alguna fotografía, de Domostroy.

Cuando pensaba en Goddard, ahora que sabía quién era, Domostroy se

lo imaginaba completamente recluido en su vida diaria a pesar de que como

cantante estaba en contacto con millones de personas. Igual que Domostroy,

probablemente contaba con pocos conocidos y aún con menos amigos

auténticos. No obstante, al permanecer oculto de su público, Jimmy Osten

podía por lo menos hacer lo que quería con su vida y mantener su arte en

las máquinas de discos. En cambio, Domostroy, a causa de su anterior

celebridad como artista y compositor, nunca podría separar su vida de su

arte y, teniendo en cuenta que había dejado de componer, su vida constituía

su único arte, sin propósito fijo, como el errático recorrido de la bolita de

acero en el juego del millón. Para Goddard, el éxito público de su música

indudablemente siempre sería fuente de placer y tranquilidad. Para

Domostroy, despojado de su voluntad de componer, las fuentes de placer y

tranquilidad se habían encogido y limitado a alguna proeza ocasional de intimidad sexual que ahora, en su espontaneidad, era tan tentadora como lo

fue en algún tiempo escribir música.

Con una dolorosa punzada, Domostroy recordó momentos de su propia

carrera cuando era acosado por los periodistas las veinticuatro horas del día,

así como por ejecutivos de empresas musicales, directores de películas y

televisión, y numerosos admiradores. ¿Qué hubiera ocurrido si él, como

Goddard, hubiera decidido entonces, o antes, huir de toda publicidad y vivir

recluido o disfrazado?

Meditaba cómo sería su vida si él fuera Goddard. ¿Se retiraría a la

seguridad de una propiedad lejana junto al mar o a algún refugio remoto en

el campo? ¿O preferiría, por obstinación, vivir en el Old Glory? ¿Desafiaría

su destino de vez en cuando, por aburrimiento o por necesidad creadora,

actuando en público, quizás en los mismos tugurios en donde estaba

obligado a actuar ahora?

Cuanto más se ponía Domostroy en el lugar de Goddard, más

convencido estaba de que, si él fuera de verdad la estrella misteriosa, viviría

su vida exactamente igual a como la vivía ahora cediendo a lo que era

natural en él. Porque la vida vivida contra la incitación espiritual que le

daba elevación era como una corriente que discurriera cuesta arriba,

destinada con el tiempo a desbordar su propia fuente.

Para Karlheinz Stockhausen, cuyas composiciones electrónicas habían

influido tan claramente a Goddard, un éxito musical no tenía ni un principio

determinado ni un inevitable final; ni era una consecuencia de algo que lo

precediera ni la causa de algo que fuera a seguirle: era eternidad, alcanzable

en cualquier momento, no al final de los tiempos.

¿No eran así también los acontecimientos de la vida?, se preguntaba

Domostroy.

 

El televisor colgado sobre la barra estaba encendido, pero habían

quitado el sonido. Acababa de empezar A tono con el tiempo, pero Donna

no saldría hasta finales del programa.

En el taburete de al lado estaba sentada Lucretia, una ramera que

Domostroy había visto frecuentemente en el lugar y que, por razones que no alcanzaba a comprender, nunca le había alentado en ningún sentido para

que gozara de sus encantos. Lucretia era negra, bien parecida, frisaba la

treintena y siempre vestía con el discreto estilo de una colegiala. Debido a

sus maneras correctas y a su buena apariencia, la dirección de Kreutzer

toleraba que rondara por el lugar. Lucretia reconoció inmediatamente a

Domostroy a pesar de su disfraz. Le puso una mano en el brazo y le dijo

que aquella noche era su invitado. Pidió un cubalibre para Domostroy y un

cóctel de champaña para ella. Después de algunos sorbos, Lucretia se

acercó un poco más a Domostroy.

—Siento mucho el desgraciado incidente ocurrido en tu casa —dijo—.

¡Qué terrible ver a tus amigos matándose unos a otros de esa manera…! Y

ese Chick Mercurio… ¡era tan mono!

Domostroy agachó la cabeza como manifestación de pesar.

—Leí en el periódico algo sobre Donna Downes, esa pianista negra —

prosiguió en tono confidencial—, y cómo ha manifestado que tú la ayudaste

mucho. Dijo que eras como su espíritu y su guía que, sin ti, no hubiera

ganado ni remotamente el gran premio de Varsovia —hizo una pausa—. Lo

que hiciste por ella fue maravilloso: ayudar a una chica negra a que se

abriera camino en el mundo.

—Donna Downes ha trabajado con empeño —dijo Domostroy un poco

ásperamente—. Puedes creerme, nada le debe a nadie.

Lucretia le dirigió una mirada escéptica.

—¿Había algo entre los dos de lo que no quieres hablar?

—No hubo nada —dijo Domostroy, amoscado.

Lucretia adoptó aires de conspiradora.

—Dime —dijo—, ¿estás casado?

—No, no lo estoy —dijo Domostroy.

—¿Ningún hijo?

—Ninguno.

Lucretia se quedó pensativa unos momentos.

—¿De qué murieron tus padres? Quiero decir… ¿de alguna

enfermedad?

—Murieron de viejos —dijo Domostroy—. ¿Por qué lo preguntas?

—Es igual —respondió con firmeza—. ¿Cuántos años tienes?

Domostroy se lo dijo.

Ella le dirigió una ojeada apreciativa.

—Tienes muchas arrugas para tu edad —dijo ella—. Y tienes aspecto de

cansado. ¿Cómo te encuentras?

—No me quejo —Domostroy empezaba a divertirse.

—Eso se debe a que no fumas y no comes en exceso, a que te cuidas —

dijo. Titubeó—: Bueno, tengo algo en lo que podrías estar interesado —

soltó de buenas a primeras.

—¿De qué se trata? —preguntó Domostroy, sorprendido por su

determinación.

—Estoy pensando —dijo— tener un hijo. Estoy en la mejor edad para

tenerlo —Lucretia le dirigió una larga mirada.

Domostroy no dijo nada.

—Y quiero que mi hijo tenga lo mejor de lo mejor —agregó—. Puedo

permitírmelo. He trotado por las calles desde que tenía doce años y he

ahorrado mucho dinero. Lo tengo todo bien guardado —le aseguró, con una

ligera advertencia en su tono.

Domostroy se limitaba a observarla.

—Pude casarme —siguió Lucretia—, pero estoy segura de que aquel

tipo habría querido saber lo que hice antes. No creas, no me avergüenzo de

ello. Pero no tengo por qué buscarme un follón. Todo cuanto quiero es un

padre para mi hijo. Eso es todo: un padre, no un esposo.

—Comprendo —asintió Domostroy.

Lucretia apuró su copa.

—Ahora bien, si tú y yo emprendiéramos un viaje… —se calló para

apreciar si no se precipitaba demasiado, pero Domostroy le sonrió—. Tú y

yo, juntos. Un viaje a alguno de esos países que se ven en la televisión. Tal

vez incluso una vuelta al mundo… ¡en ochenta días! —agregó riendo.

Luego recuperando la seriedad, siguió—: Tengo dinero bastante para que

ambos disfrutemos de todo. Viajes en primera, comidas, hoteles, clubs

nocturnos, lo que tú digas. Y estoy sana. Cuido mucho de mi cuerpo. Y

también soy buena en la cama, eso es algo que debe saberse muy bien en mi

profesión. Nunca se ha quejado ningún fulano. —Hizo otra pausa. El

camarero le sirvió otra copa y ella empezó a beberla a sorbos—. Nunca lamentarás hacerme un crío. Incluso te enseñaré el dinero por delante, si es

que no me crees.

—Te he visto con frecuencia —dijo Domostroy— y sé que no eres

embustera.

—¿Has comprendido mi idea? —preguntó Lucretia.

—Sí, quieres que vivamos juntos hasta que te haya embarazado.

—Quiero que vivamos juntos hasta que el niño haya nacido, caballero

—manifestó con firmeza—. Los nueve meses completos. Y entonces quiero

tener mi hijo en la mejor clínica que exista, en alguno de esos países,

¿Suiza… Noruega?, donde tratan a todas las criaturas igual, lo mismo a las

blancas que a las negras. Un crío, blanco o negro, necesita de mucho amor

desde el principio —se quedó mirándole fijamente.

—¿Y luego qué? —preguntó Domostroy—. ¿Qué haremos después?

—Regresaremos de Europa —explicó como si ya hubiera vivido la

experiencia—. Y tú sigues tu camino y yo el mío. Y el niño se queda

conmigo.

—¿Podría veros a ti y al niño, después?

Lucretia suspiró.

—No, no nos verás. Entonces el niño será mío. Por lo que a ti concierne

es como si no hubiera nacido. Ésas son las condiciones. ¿Qué dices a ello?

Domostroy no respondió en seguida.

—¿Y por qué yo? —preguntó por fin.

—Tienes música en tu interior. Leí en el periódico que solías escribir

música, que te lo pasabas en grande, que ganabas mucho dinero, salías en

televisión e incluso en películas. Quiero que mi hijo se te parezca, pero que

se lo haga por su cuenta, que no dependa de nadie. Pero yo no sé tocar el

piano, no tengo ningún talento para darle. —Calló unos segundos—.

Además, apuesto cualquier cosa a que serás bueno con una muchacha

negra. ¡Ayudaste a esa Donna Downes! —otra vez hizo una pausa—.

También en el periódico se decía que habías viajado mucho y debes saber

dónde ir y qué ver. Puedes encontrar el mejor médico y la mejor clínica. Y

si me llevas allí como esposa tuya, me respetarán a mí y al niño desde el

principio. Todo lo que conozco… —Movió las manos en un círculo cansado

— es el South Bronx. ¡Ni siquiera conozco Atlantic City! —Apuró su copa —. Podemos irnos cuando quieras. Lo único que debes decirme es qué tipo

de trajes y de maletas comprarás. Para ambos, quiero decir…

—Voy a serte franco, Lucretia —dijo Domostroy, conmovido ante su

candor—. Nada me gustaría más que irme contigo, pero no puedo. De todas

formas, no sería muy buena compañía para ti. Te mereces lo mejor.

Domostroy percibió que la había herido, pero que trataba de disimular

sus sentimientos adoptando una actitud indiferente y pintándose los labios.

Pagó las copas, dio propina al camarero y lentamente se volvió hacia

Domostroy.

—¿Es porque se trata de mí?

—No —aseguró Domostroy sinceramente convencido—. Créeme, no es

por eso.

Lucretia le dirigió una mirada larga e intensa. Satisfecha, preguntó:

—¿Otra mujer?

Domostroy asintió y una sonrisa suavizó la expresión de Lucretia.

—¿Se trata de… esa chica, Donna Downes?

Asintió otra vez.

—Lo suponía —dijo. Bajó del taburete y se dirigió a la máquina

tocadiscos. Leyó la lista de piezas, luego echó una moneda y pulsó un

botón. Mientras salía del bar, éste se llenó con el suave sonido del blues de

Champion Jack Dupree:

 

Desperté esta mañana y vi que mi niña se había ido.

Me desperté esta mañana, mi niña se había ido.

Bueno, me escribió una carta, diciendo que algún día regresaría.

 

Domostroy volvió la mirada al televisor colocado encima de la barra.

Aún no habían puesto el sonido. Observó al locutor hacer ademanes de

presentación y señalar a una cortina hacia el fondo del escenario. El público

aplaudió y Donna entró en escena. Todo ello sin palabras. Una vez más,

mirándola desde lejos, como si nunca la hubiera conocido, fue consciente

de su belleza sin par. Llevaba un vestido largo negro y el pelo peinado

como una corona: podría haber sido la estrella en un plató de Hollywood.

Domostroy observó cómo se sentaba para charlar con el presentador, un californiano afable y bien parecido que además era pianista aficionado y

que, de vez en cuando, tocaba el piano para amenizar su programa. A pesar

de que no llegaba ningún sonido del televisor, Domostroy adivinaba que

estaba hablando acerca de su triunfo en Varsovia y de sus planes para el

futuro.

Incluso antes de que Donna regresara, Domostroy había visto en los

telediarios fragmentos del concurso, incluso algunos de su asombroso

triunfo y además había leído numerosas reseñas en los periódicos tratando

del tema. En contraste con el frío porte de los demás concursantes y con el

ambiente rígido que impregnaba el local de los recitales, Donna, desde el

momento que pisó el escenario, había sido ella misma, había estado a sus

anchas, más espiritual y más ágil que cualquier otro de los concursantes;

pero también fue la más consumada artista, la más segura de sí, y la música

había surgido de las yemas de sus dedos tan fuerte y tan excitante, tan

inmediata y tan cargada de emoción como la misma Donna.

Desde el comienzo, había dominado al piano, al auditorio y a los

jurados con la asombrosa dinámica de su ritmo musical, su conocimiento y

control absoluto de la partitura y su rara habilidad para transportar sus

sentimientos directamente, intensamente a sus oyentes.

Domostroy la había observado y oído tocar el Séptimo Estudio de

Chopin en do sostenido menor, una de las grandes y nostálgicas obras de

Chopin, pero también la más extensa, la más compleja, tal vez el cantabile

para mano izquierda más difícil jamás escrito. En sus manos, los dos temas

melódicos del estudio, las dos voces, el macho impulsivo y la sentimental

hembra, habían sido brillantemente distintas, tan reacias a fundirse como a

separarse, apasionadas en sus claves distantes, calmadas en sus interludios

suaves para luego culminar, con clásica precisión, en el inmenso aliento de

su tema dominante. Al escucharla se acordó de aquella vez en que tocó para

él ese tema y en que Domostroy le había recordado un consejo de Chopin:

«Nuestra intención no es tocar cualquier cosa con un tono uniforme. La

característica de una técnica desarrollada es combinar una variedad de

matices».

En Varsovia, Donna no había olvidado las lecciones del Old Glory.

Había observado su serenidad cuando la computadora registraba los votos del jurado y la declaraba netamente vencedora. ¡Qué graciosa y digna se

mostró al aceptar el premio! Domostroy había admirado el tacto y el buen

juicio de su breve discurso y le había conmovido su breve mención al żal.

Había dicho que era una cualidad que ella creía compartir, a través de la

música de Chopin, con todo el pueblo de Polonia. Había visto y leído los

detalles de la recepción que le había ofrecido el primer ministro polaco en

Zelazowa Wola, el lugar de nacimiento del compositor, y del concierto al

aire libre que había dado en los astilleros de Gdansk para Solidaridad, el

mayor sindicato del país, donde se vio rodeada por miles de obreros y

obreras que la vitorearon como si hubiera salido de sus propias filas para

ganar el premio tan codiciado.

Más tarde, había ido a recibirla al aeropuerto, en medio del bullicio

organizado a su llegada por los medios de comunicación. La había llevado

en coche, cansada pero excitada por el viaje, directamente al edificio de la

RCA para grabar el video que ahora veía en el televisor.

El presentador hizo un ademán de invitación. Donna se levantó y las

cámaras la siguieron en su breve recorrido hasta el centro del escenario para

sentarse a un piano de cola. Mientras tocaba, se alternaban los ángulos de

toma: imágenes de sus manos en el teclado, primeros planos de su cara,

planos medios para que se viera su cuerpo, y primeros planos de sus pies en

los pedales.

Mientras contemplaba a Donna tocar en la pequeña pantalla, observaba

con calma, estudiaba sus movimientos y su postura perfecta. Y pensó en el

otro aspecto que conocía de ella. La recordaba como su amante, que cada

día, después de las prácticas de piano, corría hacia él con la desesperación

de su necesidad. La vio con sus mejillas arreboladas, quitándose la ropa con

un gemido en los labios, luego ayudándole a él a desvestirse, lanzando a lo

lejos almohadas y colcha, empujándole a la cama, hundiéndose entre sus

rodillas, sus manos y su boca pegadas a él, retorciéndose, estirándose,

bregando, hasta que Domostroy la depositaba en la cama como a una

criatura presa de la fiebre. E incitado por sus dientes apretados, sus piernas

en movimiento, el temblor de sus manos, sus chillidos repentinos, su pelo

alborotado, su mirada, su cuerpo agitado, la penetraba con todas sus fuerzas

y sus sensaciones fluían hacia ella desde el interior de una persona que ya no parecía ser él mismo: de un yo arcaico, un yo sin nombre, cuya

existencia él conocía pero que no podía identificar. La recordaba en lo que

parecía ser un trance sexual, envolviéndose en su cuerpo, aferrada a sus

hombros y muslos como si un centímetro de espacio entre ambos fuera a

crear un abismo insalvable. Luego Donna buscaba con su boca y su lengua

la boca de Domostroy y a cada movimiento gritaba y gemía. Después de

enroscarse tras el orgasmo, corría hacia él, implorando más, bañada en

sudor, lloriqueando. Entonces era ella la que lo abrazaba apretadamente,

pero para desasirse casi de inmediato, casi brutalmente; y en seguida se

mordía la lengua, bajos los ojos, y con los puños apretados, le golpeaba

repetidamente en la cara y en el pecho. Y Domostroy, para defenderse, la

sujetaba a la fuerza, sus brazos en los de ella, las rodillas sobre sus

hombros. Donna se detenía un instante y luego, implorante, agarrándolo por

los muslos, se arrastraba bajo sus piernas y enterraba su cabeza entre los

muslos de Domostroy. Al llegar al clímax gritaba y gemía, su orgasmo

parecía recorrerle el cuerpo como un relámpago, se ponía tirante bajo él,

con la respiración rabiosa, y los labios secos. Donna no dejaba que se

separara sino que le hacía que se aferrase aún más, temblando, negándose a

parar, apremiándole para que la penetrara más profundamente para recobrar

la tensión que sentía que se le escapaba y prolongar la liberación que ya

empezaba a desvanecerse.

En la pantalla, Donna terminó de tocar una breve pieza. Se levantó para

saludar graciosamente a los oyentes y luego regresó a su lugar para seguir

charlando con el presentador. Donna era la última invitada y al terminar el

programa ambos se levantaron y se despidieron, saludando con la mano, de

los asistentes y del público. Y su imagen silenciosa se fundió en seguida

con el anuncio de una cerveza. Domostroy terminó su cubalibre, cedió el

taburete a un cliente que esperaba y abandonó la barra.

En el billar, dos ases argüían sobre la estrategia de una tacada. En la

cabina telefónica, una mujer de mediana edad y borracha gritaba

incoherentemente con el auricular pegado a la boca. Se dio cuenta de que

Domostroy la miraba y, furiosamente, cerró la puerta de un puntapié. Junto

a la mesa del billar tres jóvenes jugaban desganadamente a una guerra

interplanetaria en la pantalla de un juego electrónico y en un espacio adyacente al bar una vieja pareja negra zapateaba torpemente siguiendo el

ritmo de un rock que salía de una máquina tocadiscos.

Era tarde, casi demasiado tarde para hacer cualquier cosa que no fuera

irse a dormir. Pero Domostroy no tenía sueño. De regreso a su estudio de

Carnegie Hall, fatigada por su actuación en la televisión, Donna ya debía

saber que él no iría y que debería dormir sola. Una vez más pensó en la nota

que Donna le había mandado desde Varsovia. «Por si aún no lo hubieras

descubierto, te amo. Si soy reacia a admitirlo, incluso conmigo misma, se

debe a que no estoy segura de cuál es mi lugar en tu vida».

Su decisión de no ver a Donna le pesaba como una capa de plomo. Los

horribles sucesos del Old Glory habían manchado su reputación. Las

columnas de chismorreo habían recordado su pasado, aludiendo a su

indeseable conducta. Hasta su música había sido atacada, descrita como

malsana, con tendencia hacia desagradables disonancias. Era evidente que

su presencia no beneficiaría la imagen pública de Donna y, en

consecuencia, decidió dejarla sola. Debía estar sola a fin de ir de un éxito a

otro, que era lo que indudablemente ocurriría. Igual que él, un testigo del

fracaso que también algún día podría ocurrirle a ella, como a cualquier otro

artista, debía permanecer solo, en su propio refugio.

No tenía nada que hacer, ningún lugar adonde ir. Siempre le quedaba el

recurso de tomar el coche. Había oído hablar de un desván de artistas en el

Soho donde un grupo llamado «Un mejor medio de amar» celebraba

reuniones a horas desusadas. Pero llovía y sentía temor de conducir hasta la

parte baja de la ciudad con el limpiaparabrisas funcionando, porque sus

movimientos regulares le recordaban un metrónomo.

Se volvió hacia una máquina del millón. Se trataba de un modelo

popular denominado el Mata Hari. Sus avisos luminosos, PUEDEN JUGAR

DE UNO A CUATRO y JUEGO TERMINADO, aún destellaban tras la

partida anterior. El panel de cristal iluminado del Mata Hari representaba a

una mujer ligera de ropas, reclinada voluptuosamente en un sofá y

entregando un documento a un anciano caballero. Al pie de la pintura decía:

«¡El mapa secreto, barón!». Los ojos de Domostroy se rezagaron en la

pintura de la mujer, joven y esbelta, en las deleitosas curvas de su cuerpo

suave y sensual. Echó una moneda en la rendija. Donde un segundo antes se leía JUEGO TERMINADO otro rótulo, EMPIEZA EL JUEGO, empezó a

destellar. Pulsó el botón y saltó la primera bola en su canal. Pero, durante

unos segundos, Patrick Domostroy estuvo pensando si jugaba o no.

 

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Terminaste El millón

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