El millón
Capítulo I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Cuando Patrick Domostroy giró la llave de contacto de su coche, no
llegó ningún ruido del motor ni se encendió ninguna luz en el salpicadero.
Probó una y otra vez y nada ocurrió. La batería estaba agotada, muerta.
Como sabía que en su barrio tardaría por lo menos una hora en
encontrar un mecánico y no queriendo perder tiempo, aflojó los pernos que
sujetaban la batería y la metió en una bolsa de lona que siempre guardaba
en el maletero. Luego la arrastró con cuidado a lo largo del aparcamiento y,
cuando llegó a la calle, llamó un taxi.
En pocos minutos llegó a KnowHow, la estación de servicio más
importante en South Bronx. Encima de la entrada principal se destacaba un
gran letrero que decía: «¿Por qué no prueba en el KnowHow?».
Con la bolsa de lona en la mano, Domostroy se dirigió al encargado, un
tipo de barriga prominente que vestía con una camisa azul de trabajo y un
mono blanco en el que aparecía cosida la palabra JIM.
—¿Pueden cargarme una batería? —preguntó Domostroy.
—Claro que sí —respondió Jim—. Tráigala.
—Aquí está —dijo Domostroy, depositando la bolsa en el suelo.
Jim miró por encima de las gafas la bolsa y luego se fijó en Domostroy.
—El coche —dijo, silabeando deliberadamente cada palabra—. Traiga
el coche.
—No puedo —dijo Domostroy—. No arrancaría con una batería
muerta.
—¿Ha probado a empujarlo? —preguntó Jim.
—No arrancaría, puesto que la batería necesita una carga completa. Me
he limitado a sacar la batería y tomar un taxi. Aquí la tiene —con la puntera
del zapato abrió la bolsa.
Jim levantó los ojos cansadamente e insistió:
—¿Dónde está el coche?
—En el aparcamiento del Old Glory —replicó Domostroy.
—¿Y ha traído eso en un taxi? —Jim señalaba la batería.
—Claro. Pesa demasiado para llevarla andando —dijo Domostroy.
La expresión de Jim mudó. Se quitó las gafas y con la punta del zapato
volvió a cerrar la bolsa. Llamó a otro mecánico.
—Pete, ven un minuto.
Pete, un tipo delgado, levantó la mirada, observó a Jim y a Domostroy,
y dejó sobre un banco la llave inglesa.
—Ya voy —dijo.
Volviéndose hacia Pete, Jim indicó a éste la bolsa de lona.
—¿Adivinas lo que hay aquí? —preguntó festivamente, con el tono de
un animador de un programa-concurso de televisión.
Pete echó un vistazo circular, de la bolsa al desconocido, de éste a la
bolsa y finalmente se posó en Jim.
—No sé —dijo encogiéndose de hombros.
—Adivina —insistió Jim, dándole una palmadita en el hombro.
Pete miró a Domostroy de pies a cabeza y luego a la bolsa.
—¿Ropa sucia? —sugirió.
—Equivocado —contestó Jim con aire triunfal.
—¿Un balón de fútbol?
—Equivocado otra vez. Intenta de nuevo —insistió el encargado.
Pete se quedó un rato pensativo.
—Una perra muerta —dijo al azar.
—Muerta… ¡acertado!; perra… ¡equivocado! —declaró Jim, y abrió la
bolsa de un puntapié—. ¡Es una batería muerta! Y este hombre —agregó,
señalando a Domostroy— nos la ha traído —tras una larga pausa para
producir efecto, agregó—: ¡en un taxi!
—Pero ¿dónde está el coche? —preguntó Pete.
—No podía venir con la batería muerta —intervino Domostroy—, de
forma que tuve que traerla sin el coche.
—¿En taxi? —preguntó Pete.
—En taxi. Para ganar tiempo.
Pete meneó la cabeza y regresó a su trabajo.
Jim empezó a llenar una orden de reparación.
—Hace veinte años que trabajo en la KnowHow —dijo inclinado sobre
el bloc de órdenes—. Han sido muchos los que han traído el coche a
remolque para cargarles la batería. Pero éste es el primer caso de alguien
que llega aquí, llevando a cuestas una batería sin coche —hizo una pausa—.
¿A qué tipo de trabajo se dedica? —preguntó.
—Soy músico —respondió Domostroy.
—Habla con cierto acento —comentó Jim—. ¿De dónde es usted?
—De South Bronx —respondió Domostroy.
—Quiero decir antes de ahora. ¿De dónde proviene su acento?
—De New Atlantis —respondió—. Pero en la música no se notan los
acentos.
Jim se echó a reír.
—¿Qué tipo de música?
—Música seria —dijo Domostroy—. De una seriedad mortal.
—Si está tan muerta como la batería —dijo Jim—, debería haberla
traído también para cargarla —siguió riéndose mientras echaba un vistazo
al bloc de órdenes—. ¿Quiere que le diga una cosa? Creo que en mi vida he
oído hablar de New Atlantis —dijo—. ¿Por dónde queda eso?
—En el País del Sonido —dijo Domostroy—. Francis Bacon escribió un
libro sobre él.
Mientras cargaban la batería, Domostroy abrió las cartas que había
echado en la bolsa de lona, junto con la batería. Se metió en el bolsillo las
facturas y los habituales estados de cuenta de las tarjetas de crédito y luego
hojeó las circulares y demás sandeces. Una carta del Club Nacional de
Vasectomía le preguntaba en gruesas letras: «¿Le han practicado la
vasectomía? —y en seguida sugería—: ¡Si es así, anime a los demás! Si es
uno de los miles de hombres que se han sometido a la vasectomía, únase al
Club Nacional de Vasectomía y aconseje a los demás para que sigan su
ejemplo. Así podremos controlar el aumento de la población». Por sólo
unos pocos dólares, el club ofrecía mandar una insignia para la solapa o una aguja para la corbata en plata de ley, una credencial de socio y una
calcomanía para el coche.
Domostroy se entretuvo en pensarlo. En el caso de que se sometiera a
una vasectomía, aunque ni remotamente podía imaginárselo, ¿qué derecho
tenía a hacer prosélitos? Además, si para afirmar su identidad, concepto que
a él le traía muy sin cuidado, decidiera definirse a sí mismo como un
americano al que han practicado la vasectomía, ¿dónde podría sentirse más
a sus anchas luciendo la insignia de la solapa o el alfiler de corbata del Club
Nacional de Vasectomía? ¿En los cócteles? ¿Cenando con una amiga? ¿En
la iglesia? Y en cuanto a la credencial de socio, ¿dónde y cuándo podría
serle útil? ¿A quién exhibirla? Se imaginaba por un momento que una
patrulla lo detenía en la autopista por exceso de velocidad y se veía
sacando, además del permiso de conducir, su credencial del Club de
Vasectomía: «Así es el asunto, sargento, tenía que dar alcance a todos esos
tipos que no mantienen bajo el crecimiento de la población, ¡y queda tan
poco tiempo para ello!».
En otro impreso venía un folleto ilustrado que anunciaba las
Dulcibragas, la ropa interior ciento por ciento comestible. «Las hay con
sabor a miel con mantequilla, a cereza, a plátano y a limón. Un solo tamaño
sirve para todas». Domostroy se imaginó comiéndose las bragas de Andrea.
Pero vamos a ver, se preguntaba, cuando ella lo excitara ¿perdería el tiempo
comiéndose sus bragas? ¿No era perder el tiempo zamparse su ropa
interior? ¿Qué haría Andrea mientras él se diera un atracón de bragas con
sabor a plátano, cereza o limón? ¿Contemplarlo mientras masticaba?
¿Preguntarle qué sabor tenían? Por un momento se imaginó un juicio por
intoxicación masiva debida al consumo de Dulcibragas, y al fabricante en el
banquillo, asaeteado a preguntas. ¿Son las bragas más peligrosas para la
salud que los caramelos, por ejemplo? ¿Mejoran las relaciones familiares?
¿Hacen más breves los noviazgos? ¿Aumentan o disminuyen un saludable
apetito sexual? ¿Debería prohibirse que los estudiantes, en sus correrías por
los campus femeninos[1], desgarraran más bragas de las que pueden
devorar? Finalmente, ¿cuál era la responsabilidad del fabricante como
catador de sabores en semejante negocio?
En cuanto la batería estuvo cargada Domostroy llamó un taxi y regresó
a Old Glory, que en otro tiempo fue el mayor salón de baile y sala de
banquetes de South Bronx. Ahora estaba cerrado. El aumento de la
criminalidad y las frecuentes guerras entre pandillas del barrio, habían
ahuyentado a la mayoría de sus clientes, en gran parte judíos que en
tiempos pasados se congregaban en el Old Glory para celebrar sus bodas o
para las [2] bar mitzvahs. El propietario, un hombre de edad madura y dueño
de varias de las ruinosas casas del barrio, cerró finalmente el negocio, puso
en venta el edificio y se retiró a Florida.
Diez años atrás, cuando Domostroy estaba en la cúspide de su éxito,
había dado varios conciertos benéficos en el Old Glory para recaudar
fondos para los niños desamparados del barrio. Y hacía dos años que el
dueño, al recordarlo, le había autorizado a que ocupara y viviera en el
cuarto de vestir del salón de baile.
En la esperanza de que algún posible comprador quisiera reabrir el Old
Glory para que luciera con el esplendor de sus días pasados, el dueño había
dejado en el local todo el mobiliario y los accesorios. La inmensa cocina
estaba en condiciones de servir mil doscientas comidas y, en un estrado
bajo, cerca de la pista de baile, se veía un antiguo piano de cola
acompañado por un impresionante conjunto de instrumentos musicales,
todos en pésimo estado y que exigían una urgente reparación. Abarcaba
desde un arpa y un violonchelo, hasta guitarras eléctricas y acordeones y,
como un detalle de tecnología moderna, una consola electrónica que podía
duplicar el sonido de varios instrumentos.
No había de momento ningún comprador en perspectiva. Hasta que se
presentara alguno y para corresponder a la bondad del propietario,
Domostroy se había erigido en guardián y custodio del Old Glory y de todo
cuanto contenía aquel inmenso cascarón.
Pidió al taxista que detuviera el vehículo junto a su coche, solitario en el
inmenso espacio del aparcamiento, y al salir del taxi vio, a la luz del
crepúsculo, el salón de baile como si fuera una enorme nave del espacio que
hubiera aterrizado en una pista provisional. Antes ya se le habían ocurrido ideas semejantes. Su cuarto era el puente de mando de la nave y, cuando
estaba en el interior del salón, era el único pasajero a bordo y estaba a punto
de emprender el último de sus viajes de descubrimiento. Por la noche, los
disparos lejanos de alguna batalla entre pandillas o el ulular de la sirena de
una patrulla de la policía, o de una ambulancia o un coche de bomberos,
eran como signos de vida que lo llamaban y, mientras escuchaba, sentía que
él existía tanto al lado de esa vida como en el interior de ella.
Domostroy instaló la batería y arrancó el motor. Disfrutaba con su
silencioso zumbido, con los mullidos asientos de piel y con la fuerza y la
velocidad que le imprimía la más ligera presión en el acelerador. Siempre le
había gustado conducir y, de todos los coches que había tenido, éste era el
que había gozado de su mayor afecto. Se trataba de un vehículo viejo y
venerable, el mayor de los sedanes fabricados en Detroit en el apogeo de su
poder industrial. Hacía alrededor de quince años que lo había comprado y lo
convirtió en un símbolo de su propia autonomía y opulencia. En sus
tiempos de concertista solía embarcarlo a donde quiera que fuera, a
California, al Caribe, a Suiza, como si fuera una maleta más. Pero ahora era
el único objeto que le quedaba y uno de sus últimos vínculos con un pasado
opulento. Usaba el coche para trasladarse a cualquier parte en donde
trabajara y era su única posesión importante. Su viejo sedán representaba,
para Patrick Domostroy, lo que para una estrella del rock un superjet
privado, un salón volante de la época espacial, hecho por encargo.
El otro vínculo con el pasado era su talento musical. Hacía mucho que
no componía y que no tenía entradas que valieran la pena procedentes de las
ventas de sus antiguas grabaciones, y aquellos últimos diez años había
tenido que ganarse la vida alquilándose para tocar cualquiera de un gran
número de instrumentos: piano, acordeón, clavecín, incluso el sintetizador
electrónico, tan popular entre los músicos rock y pop, a los que él les
doblaba la edad, en pequeñas salas de fiesta aisladas. Lo mismo trabajaba
como solista de jazz que como acompañante de otros ejecutantes: cantantes,
bailarines, malabaristas o ilusionistas. Si andaba apurado de dinero, incluso
actuaba en fiestas privadas, bailes y salas de juego.
Hacía un año que trabajaba en Kreutzer. Su clientela cambiaba muy
poco: parejas que rondaban la sesentena, en su mayor parte habitantes del
barrio, aunque algunos venían de lugares tan distantes como Queens y
Brooklyn, e incluso desde Nueva Jersey, atraídos por los anuncios de los
periódicos, que ofrecían aparcamiento gratuito, música en vivo, dos copas
por el precio de una, un bar con viandas frías y tanto pan con ajo hecho en
casa como se pudiera comer, todo incluido en el precio de la cena. También
había viajantes de mediana edad de fuera de la ciudad, solos o merodeando
con ligonas vestidas ostentosamente que encontraban en los bares cercanos;
y jóvenes parejas del barrio, que acudían sobre todo por el baile, y alguna
fiesta de cumpleaños o aniversario, con ocho, doce o dieciséis asistentes,
normalmente familiares. En el bar, varios hombres solitarios de diferentes
edades contemplaban la televisión, o escuchaban la música de la máquina
tocadiscos, o jugaban ocasionalmente alguna partida en el millón, o en
algún juego electrónico, lanzando miradas furtivas a las tres o cuatro damas
de la noche a las que, a cambio de dispensar sus favores al encargado y de
dar una parte de sus ingresos al matón encargado de sacar del local a los
alborotadores, se les permitía sentarse a la barra y abordar a posibles
clientes siempre que no se salieran de la línea.
Antes de que llegaran los concurrentes de la noche, Domostroy cenaba
en una mesa esquinera, generalmente solo, alguna vez con alguno de los
jefes de comedor o con el encargado. Al terminar iba al servicio para
caballeros, donde se cambiaba el traje de calle por el smoking y siempre se
observaba cuidadosamente en el espejo. Le gustaba que su trabajo le
exigiera acompañar pura y simplemente a cantantes u otros músicos y
nunca como solista, porque eso era como romper con su pasado y no quería
abusar de su nombre.
Desde que no componía, podía dedicar el tiempo a su propia existencia,
en vez de a la existencia de su música. Y debido a que podía predecir con
relativa facilidad cómo sería su vida en el futuro, cosa que no había podido
hacer con su música, su vida se había vuelto bastante simple y desprovista
de angustias. La mantenía, en cierto modo, igual que al coche: una pequeña
reparación aquí, un pequeño pulido allá; y se daba por satisfecho cuando
rodaba suavemente.
Si hubiera vivido entre los Victorianos o durante la prohibición, o se
hubiera quedado en la totalitaria Europa del Este donde pasó su juventud,
sin duda habría encontrado la imposición de reglas morales de cualquier
tipo, arbitrarias y demasiado restrictivas. Estaba seguro de que el mundo del
futuro, rebosante de tecnología de ordenador y de conductas uniformes, y
desprovisto de recursos tanto naturales como humanos, nunca le interesaría
en lo más mínimo, ni sentiría su desafío.
Libre como estaba de la seguridad engañosa que da la riqueza
acumulada y la quimera del éxito, se alegraba de poder vivir la vida a su
antojo, en el tiempo y en el lugar donde la estaba viviendo, y de ser capaz
de seguir su propio código ético de responsabilidad moral, no perjudicando
a nadie, ni siquiera a sí mismo, un código en el cual la libre elección era un
axioma indiscutible.
Pero se sentía solo. No tenía amigos. La mayoría de quienes lo habían
sido cuando estaba en la cumbre daban por sentado que el éxito y el fracaso
corrían por vías paralelas y por lo tanto se suponía que sus caminos no se
cruzaban y, como alguna vez él fue del mismo parecer, le era difícil
achacarles ahora la explicación de su fracaso, haciendo que se sintieran
culpables de su propio éxito e inseguros de su propio talento. A su modo de
ver, y de eso se daba perfecta cuenta, su nueva forma de vida,
particularmente su manera de ganársela, no sólo representaba un fracaso
sino que ese fracaso iba acompañado de aspectos ridículos y grotescos.
Nunca podría convencerlos de la verdad: de que, a pesar de haber llegado
hasta el fondo, se sentía cómodo asentado en él.
A menudo, mucho después de que todos los clientes del Kreutzer se
fueran a sus casas, tomaba el coche y, salvando el puente de la Tercera
Avenida, se acercaba a Manhattan. De madrugada, las largas avenidas se
extendían ante él como pentagramas desnudos de notas. Se estacionaba en
alguna calle desierta en las que ningún sonido rompía el silencio y, sin
moverse del asiento, se imaginaba que algún día el manantial de su música,
ahora tan vacío y silencioso como las avenidas de la ciudad inmensa,
volvería a brotar. Hasta entonces sabía que debía vivir cada instante
asegurándose de que no se le escapara su significado.
De este modo, no sólo por las circunstancias de su carrera, sino también
por propia elección, Domostroy había llegado a amoldar su vida como si
siempre la hubiera vivido en el presente. Elegía por compañeros a personas
que, por su edad, educación o gustos, no recordaran su nombre o, si lo
recordaban, no les importara que hubiera llevado a cabo logros que le
hicieron famoso. La apreciación que tuvieran de él así como la suya
respecto a ellos dependían sólo de su forma de presentarse en cualquiera de
sus encuentros fortuitos y nunca del conocimiento de su pasado. Rehuía la
amistad de quienes estaban informados de su carrera de compositor, ya que
podrían tratar de convencerle de que sus pasadas ejecuciones pesaban
mucho más que su popularidad en descenso, su reciente esterilidad musical
y su fracaso por no lograr un éxito financiero perdurable.
Gradualmente había tenido éxito en convertir su universo privado en
una fortaleza bien defendida y hasta ahora había mantenido fuera de él a
cualquiera que pudiera perturbar la paz que había encontrado.
Cuando se dirigía a casa de Andrea, Domostroy escuchaba su cinta
favorita en el estéreo del coche. La música solía determinar su talante,
como si las olas de comprensión y dilatación en el aire que le rodeaba
influyeran en el tono de sus emociones. Se percibía a sí mismo en los
términos de cómo sentía, y no sólo en los términos de quién era. En esa
edad del vídeo se creía a menudo un anacronismo, acostumbrado a
responder con su oído, no con su retina. Era una criatura de sonido, no de
vista. Reflexionaba que a medida que aumentaba la inseguridad humana en
su superpoblado mundo físico, lo mismo ocurría con su dependencia de un
espacio concreto que podía verse y medirse; y de ahí el arte visual que le
retrataba, desde la fotografía hasta la televisión.
Pero Domostroy se guiaba por su auditorio y su arte era la música, que
ensanchaba su mundo espiritual demoliendo barreras de tiempo y espacio y
reordenando la miríada de encuentros separados y el entrechocar de
hombres y objetos en una fusión mística de sonido, lugar, distancia, estado
de ánimo y emoción. Sus antecesores espirituales comprendían poetas, escritores y músicos, especialmente los que, como los dos amantes de
Shakespeare, podían «sentir con los ojos».
La grabación de dos horas que escuchaba ahora, contenía alrededor de
una docena de piezas y fragmentos musicales, algunos de los cuales sólo
duraban unos minutos. Esas piezas, seleccionadas en el transcurso de los
años, eran aquellas en las que confiaba para facilitarle el acceso a un estado
emocional deseado.
Aprendiendo a entregarse a la música adecuada se había convertido en
un experto en el proceso de reflejos autoinducidos. Podía provocar en sí
mismo una variedad de estados mentales: expectación, tranquilidad,
entusiasmo, apetito sexual y, en sus días de compositor, incluso la necesidad
de componer. En Partituras de la vida habían publicado diez años atrás su
última entrevista, y en ella había confesado: «Componer es la esencia de mi
vida. Cualquier otra cosa que haga, provoca en mí una única pregunta:
¿puedo, debo, quiero usarla en mi próxima partitura? Cada vez que oigo
tocar mi música siento como si toda mi vida estuviera en juego y como si
una sola nota equivocada pudiera provocar un estropicio. No tengo hijos, ni
familia, ni parientes, ni negocios ni patrimonio que valga la pena
mencionar. Mi música es mi único logro, mi sola disposición espiritual de
ánimo».
Sólo de vez en cuando, recordando su pasado creador, Domostroy se
preguntaba qué se había hecho de la esencia de su vida. ¿Estuvo acertado el
crítico musical de la influyente revista Comentario Musical que una vez lo
acusó de componerse a sí mismo en un «aislamiento radical»? ¿Es que su
música era tan fría y desnuda que algún día tentaría a su creador, como otro
crítico una vez había sugerido, a cortarse el pescuezo?
Domostroy recordaba que, también unos diez años antes, había
aparecido en «Entonando con el tiempo», una mesa redonda en la
televisión. El otro invitado era un extranjero, un líder militar que vivía
exiliado en Florida. A pesar de que, hasta que se exilió, el líder había sido
apoyado por Estados Unidos en una guerra que duró años, al final, su país y
su causa habían resultado derrotados. «Aún disponemos de un minuto,
caballeros —dijo el moderador al finalizar el programa; y, volviéndose
hacia el líder militar, preguntó—: Díganos, general, después de tan brillante carrera, ¿qué es lo que le salió mal?». Si le hubieran hecho la pregunta a
Domostroy éste habría sido presa del pánico sin saber qué contestar. El líder
militar, sin traicionar ninguna emoción, dirigió una mirada distraída a su
reloj salpicado de brillantes, miró al sonriente moderador y finalmente a la
atenta audiencia. «¿Qué es lo que me salió mal? —preguntó—. Perdí la
guerra. Eso es lo que me salió mal». Para un militar, una guerra perdida es
la explicación obvia y suficiente del fracaso de su vida. ¿Pero qué nota
equivocada bastaba para destruir la vida de un compositor y hacer que
perdiera, en la flor de su edad, la voluntad de componer?
Domostroy aparcó el coche frente a una casa de piedra, de color pardo,
recientemente restaurada. Una vez hubo entrado, corrió escaleras arriba y
cuando llegó al departamento del quinto piso había perdido el aliento.
Esperó un minuto para que su corazón y sus pulmones recobraran su ritmo
y luego llamó. Andrea abrió la puerta y le invitó a pasar. Tomó su chaqueta
y la colgó en un armario que estaba lleno con sus propios vestidos y abrigos
y le invitó a que se sentara en el bajo y enorme sofá-cama, cubierto por una
colcha multicolor y flanqueado, a un lado, por una mesa con una radio
encima, y al otro, por un aparato de televisión. La habitación era
confortable, aunque escasamente amueblada y los pocos muebles eran
excelentes antigüedades, complementadas por unas magníficas copias de
pinturas prerrafaelistas y, en una mesa aparte, una extensa colección de
antiguas botellas de perfume.
Tanto la cocina como el cuarto de baño estaban al fondo del
departamento. Parecía que se robaban espacio mutuamente y Domostroy
observó a Andrea mientras circulaba por el bien arreglado departamento
preparándole una copa. Vestía sencillamente, pero con ropa costosa: una
blusa de seda y una holgada falda de lana fina.
El día anterior, cuando él la vio por primera vez en Kreutzer, había
logrado fijarse en su juventud y su formidable aspecto: ojos expresivos,
amplia boca, pelo suave y ondulado, un tórax bien proporcionado y piernas
largas. Instantáneamente fue consciente de que despertaba en él una
necesidad, no exactamente por ella, por lo menos de momento, sino quizás por alguien que tuviera su aspecto. Tal vez, como un acorde sonando desde
su pasado, Andrea simplemente había despertado el anhelo de la sensación
del deseo de una mujer.
—La verdad sea dicha, no creía que vinieras —dijo ella, encaramada en
la mesa junto al sofá mientras le tendía una copa—. Anoche, en Kreutzer, al
entregarte la nota, me sentí como una ayudante de la banda.
—¿Una ayudante de la banda? —preguntó inseguro.
—Una ayudante, sí, una de la claque —rió.
Se acercó un poco hacia el sofá, con la copa en la mano, y apoyó la
espalda contra la mesa, cara a él, sus piernas estiradas al frente de forma
que los zapatos estaban a escasos centímetros del muslo de Domostroy.
—En Juilliard[3], donde estudio arte dramático y música, son muchos
los estudiantes a los que les gusta tu obra. Dicen que eres un profesional.
—Un profesional que dejó de grabar ya hace años y con todos sus viejos
discos archivados en el callejón del recuerdo.
—¡Nada de eso! —exclamó Andrea—. El mes pasado Etude Classics
obsequió a la biblioteca de Juilliard con una selección de sus mejores
discos, en la que incluía todos y cada uno de los tuyos.
—Es muy generoso por parte de Etude seguir imprimiendo mis discos y
deshacerse de ellos como obsequio.
Andrea se levantó y fue hacia el otro lado de la habitación, donde había
algunos estantes colmados de discos y de libros. Lentamente, uno por uno,
fue sacando los ocho discos de Domostroy y los colocó uno encima del otro
en la espiga automática del tocadiscos. Puso en marcha el aparato y anunció
en tono confidencial y, arrastrando las palabras, imitando a los disc-jockeys:
—El programa de esta noche, damas y caballeros, estará dedicado a las
obras completas de Patrick Domostroy, el distinguido compositor
americano, ganador del premio nacional de música.
Cuando Andrea se sentó, rozó a Domostroy y éste percibió el perfume
de su pelo.
La música les llegaba desde dos grandes altavoces colocados en repisas
de pared y a extremos opuestos de la pieza. Como de costumbre, cuando oía
sus discos, le sorprendía su propia música, por los sonidos que alguna vez
sólo fue capaz de percibir con su oído interno. Una vez más no estaba muy seguro de su reacción. Nunca podía decidir si su música le gustaba o no.
Más bien se identificaba con ella, conocía cada nota, cada frase. Recordaba
cuánto tiempo y dónde había trabajado en cada una. Incluso recordaba sus
reacciones ante cada pieza cuando la oyó por primera vez en una sala de
conciertos, luego en la radio, más tarde alguna que otra vez en la televisión.
También recordaba la angustia de la espera de cada uno de los discos
editados, la esperanza en el éxito que era mejor no expresar y después de
nuevo la angustia de la espera de las críticas.
—¿No te sientes a gusto como compositor? —preguntó ella,
dirigiéndole una mirada intensa.
—Ya no compongo nada —respondió.
—¿No darás nunca otro gran concierto?
—Se acabaron los grandes conciertos —dijo con firmeza.
—¿Por qué?
—He perdido a mis seguidores —dijo.
—Pero… ¿por qué? Te querían.
—Ellos, los críticos y el público, cambiaron, y yo no. O quizá fue
exactamente al revés.
—Aún eres una estrella de la grabación —dijo Andrea—. Tus discos
llegan a más gente de lo que llegaría un concierto.
Sentía su mirada, sus ojos que imploraban, tan suaves y atractivos como
los de un niño. Y Domostroy tuvo la tentación de besarla.
—Si mis discos te conmueven… ¿puedo yo…?
—¿Quieres «tocarme»? —preguntó Andrea. Se inclinó apoyada en un
codo y le miró a la cara. Al moverse uno de sus pechos rozó la mano de
Domostroy.
—Sólo si tú quieres…
—¿Qué te hace pensar que no quiero? —dijo Andrea. Se acercó más a
él, con los labios entreabiertos.
Mientras estaba mano a mano con Andrea, seguía pensando en lo que
debía hacer. Se acordó de una vez en Oslo, durante una de sus giras de
conciertos por Europa, cuando una joven reportera lo entrevistó mientras cenaban y luego fue con él a su hotel. Le preguntó si podía pasar el resto de
la noche en su cuarto en vez de ir en coche hasta su casa y, a pesar de que él
la encontró tentadora, se quedó perplejo, ya que durante toda la velada ni
por un solo momento demostró coquetería. Domostroy le explicó de la
manera más clara que en su cuarto sólo había una cama y ella dijo que
compartirla con él no le importaría en absoluto, ya que, como mujer,
muchas veces había compartido la cama con amigos. Dada esa confesión
gratuita y la reputación escandinava sobre la franqueza sexual, Domostroy
se sintió lo bastante seguro para confesarle a la joven que durante toda la
cena se había imaginado haciendo el amor con ella en gran variedad de
maneras y que, por tanto, estaba muy satisfecho y ansiaba compartir la
cama con ella, así como llevar a la práctica todas sus fantasías.
La mujer se indignó.
—Creo que no me ha entendido —dijo—. Me he limitado a pedirle
compartir una cama con usted, pero no a usted con la cama. Para mí —dijo
—, compartir la cama sería como ir a nadar juntos. Cuando se nada no se
habla acerca de ello, no pregunta uno al otro si le gusta nadar o si prefiere
nadar de espaldas o sobre el estómago. Sencillamente nada. Hacer el amor
es igual. ¿Por qué no trata de ver las cosas de ese modo?
La mujer se fue, muy enfadada. En cuanto a su lección, fue vana para
Domostroy, porque de muchacho estuvo a punto de ahogarse y desde
entonces le aterrorizaba el agua.
—¿Qué te hace pensar que no quiero que me «toques»? —repitió
Andrea—. Al fin y al cabo, fui a Kreutzer para oírte y te pasé la nota en la
que te decía lo mucho que me gustabas. ¿Fue así? —Volvió a cambiar de
posición, y ahora sentía en el cuello su aliento, y sus senos se apretaban
contra su pecho.
En un momento, podría cubrirla con su cuerpo; pero no se movió.
—¿Estuviste con otros músicos? —preguntó Domostroy.
Andrea le miró burlonamente.
—¿Estar con?
—Quiero decir…
—Quieres decir acostarme con ellos. Claro que sí. Soy una estudiante
de música, ¿recuerdas? ¿Qué me dices de ti? ¿No follas con las muchachas que andan rondando por Kreutzer?
Domostroy se irguió y se apartó un poco de ella.
—Tú no estabas rondando por allí. Viniste con alguna intención.
—Así es —aceptó ella—. Conocerte.
—Pero ya conocías mi música. ¿No te bastaba? La música no pide nada.
Las músicos sí.
—No me importan tus demandas.
—¡No me conoces!
—Me conozco a mí misma.
—¿Habrías venido a verme si en vez de ser lo que soy, fuera, por
ejemplo, un afinador de pianos?
—Los afinadores de pianos no me interesan. Patrick Domostroy, sí.
Se acercó más a él. Puso su mano sobre el muslo de él. Lo atrajo hacia
sí y le besó suavemente el lóbulo de una oreja.
Como no reaccionó, apretó sus pechos contra él y luego le besó en el
cuello. Domostroy se estremeció ligeramente y alargó su mano hacia
Andrea. Una excitación surgía en su interior, empujándolo hacia ella. De
repente, Andrea se detuvo y se echó hacia atrás. El anhelo de Domostroy se
apaciguó.
—No pretendo que sea sólo el sexo lo que me excita de ti —dijo
Andrea, examinándolo con los ojos—. Hay algo que tú, y sólo tú, puedes
hacer por mí.
Un ligero desacuerdo surgía entre ambos.
—¿De qué se trata? —preguntó, temeroso de que pudiera pedirle
dinero.
—¡Quiero que me presentes a Goddard!
—¿A Goddard? ¿A qué Goddard?
—A Goddard, el único.
—¿Goddard, la estrella de rock? —preguntó, sintiéndose perdido. No
acertaba a ver la relación entre él y el mundo de la fama, los éxitos, el
dinero y la música popular que sugería el nombre de Goddard.
—El mismo —dijo Andrea—. Quiero conocer a Goddard.
Personalmente. Es todo cuanto pido.
Domostroy no pudo por menos que sonreír. ¿Bromeaba? Detrás de su
hermosa fachada la joven era muy singular.
—¿Eso es todo? —preguntó en tono sarcástico.
—Sí —dijo Andrea—, eso es todo. Descubre quién es. Mejor aún:
encuéntralo. Quiero conocerlo.
Por unos momentos se sintió desilusionado. Aquella confianza infantil
le fastidiaba. Así que era para eso para lo que lo necesitaba. Un hombre
maduro ayudando a una joven a satisfacer una fantasía de adolescente.
—¿Qué demonios te hace pensar que yo pueda encontrar a Goddard? —
le espetó.
—¿Por qué no vas a poder? —preguntó mirándolo—. ¿No tienes tú
también un renombre?
Domostroy empezaba a impacientarse.
—Fíjate, durante cinco, ¿o son seis?, años —dijo—, Goddard ha sido la
mayor estrella del rock del país. Sin embargo, sigue no siendo nada,
excepto un nombre y una voz, un misterio absoluto. Nadie lo ha visto nunca
o ha logrado encontrar el más mínimo detalle de información acerca de él.
¡Nadie! Y desde el día en que su primer disco grande salió al aire, cada
revista, periódico, estación de radio o televisión, cada profesional, cada
aficionado al negocio de las celebridades lo ha intentado. Pero nadie sabe
hoy algo más sobre Goddard que lo que se sabía el día que empezó. ¿Y tú
quieres que yo averigüe quién es? —Se rió—. ¿Estás segura de saber quién
soy yo?
—Sí sé quién eres —dijo, también enfadada—. Y también que tú
puedes hallarlo. Podrías, pero tendrías que desearlo con todas tus fuerzas. Si
tú creyeras que valía la pena, podrías localizarlo —dijo con énfasis—. Todo
cuanto tienes que hacer es querer encontrarlo. He investigado sobre ti —
agregó— y he averiguado muchas cosas. Sé que ganaste el premio nacional
de música por tus Octavas y que tanto el Gremio de Compositores
Americanos como la Academia Británica para las artes del cine y la
televisión votaron que tu música para Destino era el mejor fondo musical de
película del año.
—¿Qué más? —preguntó Domostroy, en parte complacido ante la
creencia infantil de ella en su importancia.
—Sé que en otros tiempos conociste a todos los peces gordos en el
campo de la música y de las artes. Te he visto fotografiado en compañía de
cantantes de pop, de hombres de negocios, de estrellas de cine, de
presentadores de televisión, de diseñadores de modas. He leído una
resolución suscrita por compositores, autores líricos e intérpretes de MUSE
que fue redactada para honrarte cuando terminaste tu segundo mandato
como presidente de esa organización. Decían que habías demostrado un
sentido de la responsabilidad imaginativo y benéfico para los músicos de
todo el mundo y que los frutos de lo que habías logrado serían disfrutados
durante mucho tiempo en el futuro. Bueno, pues si entonces hiciste todo eso
por ellos, ¿crees que no te harían un favor ahora? Todo lo que deberías
hacer sería llamar, hacer unas cuantas preguntas y seguir unas cuantas pistas
que te llevarían a Goddard. ¿Comprendes?
Estaba impresionado por el fluido informe detallado de sus éxitos
pasados y por su cuidadosa indiferencia ante su carrera truncada.
—No es fácil visitar a gente que entonces conocí y decirles que me
gustaría que me hicieran un favor —dijo suavemente, tratando de no
desalentarla—. ¿No te parece que todos los reporteros, disc-jockeys,
columnistas, comentaristas y músicos de todo el país darían tanto o más que
tú para descubrir quién es Goddard? ¿Qué te hace creer que todo lo que
tengo que hacer es telefonear a unas cuantas viejas relaciones mías y
decirles?: «Te habla Patrick Domostroy. Dime, ¿quién es Goddard?».
—No soy tan cándida —dijo Andrea, pronta a apaciguarlo—, pero con
toda seguridad que, en alguna parte, hay gente que realmente sabe quién es
Goddard, dónde se encuentra, qué aspecto tiene, y lo que come y a quién se
tira o lo que toma, fuma o se inyecta para fliparse. Debe haber buena
cantidad de gente, familia, parientes, amigos, amantes, pájaros gordos,
asesores fiscales, inspectores de impuestos, abogados, pasantes, secretarias,
médicos, enfermeras, técnicos musicales. Por muy importante que sea, por
astuto, listo y rico que sea, no puede haberlo hecho todo él solo. ¿No
comprendes que tiene que haber gente que le ayude? ¿Quién trabaja para él,
ahora? Lo único que debes hacer es encontrar uno de ellos. ¡Sólo uno!
—Aunque encontrara a alguno, ¿crees que cualquiera que haya
guardado silencio durante tanto tiempo va a romperlo… por mí? — Domostroy meneó la cabeza.
Andrea se mostró inflexible.
—¡Encuentra a uno antes de decir que no! Y persuádelo a él, o a ella. —
Hizo una pausa esperando su reacción, pero como no la hubo, prosiguió—:
Si me aseguras que tratarás de encontrarlo yo haré todo lo que pueda para
ayudarte. Lo que sea, Patrick. Te pagaré en efectivo ahora lo que ganarías
en Kreutzer en seis meses. Y tengo dinero sobrado para que podamos vivir
los dos juntos. Todo proviene de mi familia.
La perspectiva de dinero a tocateja —su coche necesitaba reparaciones
— y de vivir con ella era irresistiblemente tentadora.
Se levantó para pasearse por la habitación.
—¿Cuánto tiempo hace que has estado pensando en eso?
—¿En conocerte a ti?
—No. En encontrar a Goddard.
—Hará un año más o menos.
—¿Has hablado con alguien más del asunto?
—No.
—¿Por qué no?
—No contaba con las relaciones adecuadas. Hasta muy recientemente,
tuve miedo de acercarme a ti porque no podía ofrecerte nada que pudiera
interesarte. —Hizo una pausa. En sus labios apareció una sonrisita traviesa
—. Luego, cuando estaba a punto de abandonar mi investigación sobre ti,
me tropecé con un artículo muy revelador. Fue escrito ya hace años, y
hablaba de ciertas inclinaciones tuyas. Y eso me dio esperanzas de que,
después de todo, podría no serte indiferente.
—¿Se trataba de mi reseña biográfica en The Washington Post? —
preguntó.
—No, no fue ahí —sonrió con malicia—. Fue en Hetero, la «revista de
los liberados moralmente», que no se trata de una publicación moral,
precisamente. ¿Lo has leído?
—Puede ser que lo leyera cuando salió —dijo—. Se escribieron tantas
porquerías…
—El artículo lo firmaba una tal señora Ample Bodice —interrumpió
Andrea—, una estrella pornográfica manca que como empleo adicional informaba sobre interioridades del sexo. La señora Bodice describía un fin
de semana en «El aprendiz de brujo», un club privado de Catskills, para
«parejas sexualmente imaginativas», en donde se encontró con Patrick
Domostroy. Contaba que estabas allí con una jovencita sinuosa que se
comportaba como esclava sexual. En el curso del fin de semana y de las
varias actividades «sexualmente imaginativas» que lo llenaron, tu jovencita
se la pasó cambiándose de un vestido a otro, a veces con aspecto
pubescente, otras como puta y algunas como colegiala. Y con cada disfraz
parecía perfecta, hasta el último detalle de atuendo y maquillaje. Y ni una
sola vez repitió ningún disfraz. —Andrea calló y esperó su reacción.
Cambió de lugar y se sentó exactamente frente a él, con las pantorrillas
cruzadas, los muslos bien separados y su carne en exhibición. Andrea lo
observó con calma, como si también él se estuviera exhibiendo, sin nada
escondido que escapara a su escrutinio.
—Has recorrido un largo camino. Desde componer música grandiosa y
dar conciertos a sala llena en Carnegie Hall hasta vivir en el Old Glory
trabajando como empleado a media jornada en Kreutzer, un antro de
máquinas tragaperras que se las da de club nocturno. ¡Un largo camino!
¿No te gustaría cambiar radicalmente?
—Ese largo camino resulta que es mi vida y no me quejo —dijo
esperando poder desviar su argumento—. Y no seas tan rápida en tirar por
los suelos esos tugurios de tragaperras. —Asumió un tono menos solemne
—. Al fin y al cabo, Earle Henry, el hombre que inventó el juego del millón,
también inventó la máquina tocadiscos. ¿Y dónde estaría tu precioso
Goddard sin máquinas tocadiscos?
Andrea no le hizo caso.
—Todo cuanto digo, Domostroy, es esto: sé inventivo en la vida como
una vez lo fuiste en la música y en el sexo. Trabaja para mí. Ayúdame a
encontrar a Goddard. No te arrepentirás. También yo puedo desempeñar el
papel de esclava sexual y vestirme con atuendos raros.
—Estoy seguro de que puedes, pero no soy el indicado para el papel de
amo —dijo Domostroy; se levantó de repente para ir en busca de su
chaqueta e irse.
Andrea se acercó y le puso una mano en el hombro. Con la otra le
desabrochó la camisa e hizo que, deslizándose por los hombros, cayera al
suelo. Luego se estiró todo lo que daba su talla y le miró intensamente
obligando a Domostroy a mirarla a los ojos. Andrea comprendió que ella
había ganado.
—El dinero será sólo una parte del pago —dijo—. Además, esto —se
apretó a él con los muslos y echó una mirada a la cama— será la otra parte.
Por lo menos, no tendrás que seguir malgastando el tiempo tocando en
antros de mala muerte.
—Pero sí perdiéndolo con Goddard.
—¡No vas a perderlo! —Andrea rió, sacudió los pies y se quedó
descalza. Sus manos se deslizaron por su pecho; se quitó la falda y las
bragas y se desabrochó la blusa. Dejó que todas las prendas cayeran al
suelo. Mientras se tendía desnuda encima de la cama, el automático del
tocadiscos dejó caer en el plato otro disco de Domostroy.
Mientras esperaba sus palabras o su reacción, con las yemas de los
dedos empezó a rozarse y trazar círculos alrededor de sus senos; luego, los
trasladó lentamente a su vientre y más abajo, hasta masajearse y darse
golpecitos en los muslos. De pie ahí, bajo su mirada, Domostroy se sentía
torpe y molesto. Aquí estaba él, tratando de salvar su dignidad mientras
mercadeaba la sabiduría y experiencia de un hombre de mediana edad por
los favores sexuales de una mujer joven. Domostroy hubiera preferido
desnudarla. En vez de eso, era ella la que lo observaba como a través de una
lupa.
Antes de que acabara su último disco, Domostroy encendió la radio, que
estaba sintonizada en la emisora preferida de Andrea.
Le confundió no haber tenido la ocasión de desnudarse primero. Por un
momento notó un descenso en la erección. Asustado de que ella pudiera
notarlo, pretendió que debía sentarse para quitarse los pantalones y, dando
la espalda a Andrea, se fue quitando el resto de ropa. Entonces, escondiendo
el miembro ahora fláccido, se arrastró sobre ella y empezó a acariciarle los
hombros y a besarle el cuello, y colocó lentamente su cuerpo encima del de
Andrea, mientras que con una mano entre los muslos se cubría el miembro. Bajó sus labios hacia sus pechos, besó, lamió y masajeó sus pezones con las
labios y la lengua. En seguida notó que otra vez estaba en forma.
Cuando comprendió que ella lo alentaba, que le daba prisa, estuvo
tentado de frenarla. Tendía a establecer su dominio sobre cualquier mujer
que en el ardor del momento bregara insistentemente para provocarle el
orgasmo, que parecía que ella necesitaba como prueba tanto de la excitación
de él como de su propio control. Siempre era él quien tomaba la iniciativa
cuando sospechaba que era eso lo que iba a suceder; de otro modo creía que
su propio clímax pondría un final definitivo a su excitación y contendría,
por lo menos, temporalmente, la corriente de su pasión.
Andrea se estiró para apagar las luces y, en la oscuridad, en medio de la
música que desbordaba de los altavoces, Domostroy se permitió el lujo de
dejarse absorber por las imágenes que Andrea había concitado, notando el
contacto de todo su cuerpo con todo el de ella, hasta que le asustó lo que
parecía un susurro humano, de tono desigual, casi como una tos. Aguzó el
oído para percibir mejor. Parecía salir de algún agujero del techo o desde la
parte superior de alguna de las paredes. Dándose cuenta de que el ruido le
había hecho perder la concentración se esforzó con firmeza hasta hacerse
consciente y recuperarla para entregarse por completo a la tarea amorosa.
Andrea empezó a acariciarlo más intensamente: lo mimaba, lo recorría
con los dedos por todo el cuerpo y Domostroy ya estaba a punto de
entregarse, de hacerla gritar, de sacudirla y luchar como si fuera a
destrozarla, cuando llegó de nuevo el ruido anterior, pero ahora era una voz
profunda con acento español.
«—Vamos a ver, José, ¿qué has dicho? Repítelo, hombre…». En
seguida la voz dejó de oírse y se reanudó la música. Asustado, húmedo de
sudor, con el corazón agitado, Domostroy se apartó de la joven.
—¿Qué ha sido esto? —preguntó, agarrando la colcha para cubrir a
ambos con ella.
—¿Qué? Oh, eso… —Andrea se deslizó de debajo de su cuerpo y
encendió la luz. Domostroy observó cómo se alisaba el pelo y lo observaba
con expresión perpleja—. Ésos —dijo, saboreando las palabras con misterio
y risas— son probablemente taxistas o conductores de camión. De repente,
generalmente en medio de la noche y por algún milagro electrónico, mi radio recoge sus voces cuando hablan uno con otro por sus
radiotransmisores.
De nuevo las voces la interrumpieron. Charlaban y parecía que lo
hacían movidos por el deseo de conversar con alguien.
«—… Realmente te digo que…
»—Vamos, José, ya sabes lo que quiero decir…».
Pronto las voces volvieron a desvanecerse y se oyó la música.
—Estás temblando —dijo Andrea. Volvió a reírse—. Te asustaste,
¿verdad?
—Eso creo. Es extraño. Pero es que además aquí hace un frío que corta
el resuello. ¿Puedo poner la calefacción?
—Puedes intentarlo, pero la válvula está atascada, y el encargado no ha
venido todavía a repararla.
Domostroy salió de la cama, fue hacia el radiador y se agachó bajo la
ventana. Se mantenía conscientemente dando la espalda a Andrea. Se puso
en cuclillas, levantó la cubierta de metal y trató de hacer girar la válvula.
Pero estaba muy dura y a pesar de repetir el intento varias veces no logró
moverla. Agachado en el suelo frío y con la corriente de aire de la ventana
que le recorría el cuerpo, empezó a temblar y, sintiéndose torpe y
desmañado, hizo acopio de todas sus fuerzas y forzó la válvula con ambas
manos. Notó que cedía y en seguida se le rompió en las manos. Al tratar de