El número de Dios

Jose Luis Corral · Capítulo 1 de 33

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El número de Dios

Parte I

LA CIFRA Y EL NÚMERO

CAPÍTULO I

El enlucido de cal todavía estaba fresco. Con extraordinaria habilidad, Arnal Rendol acababa de trazar las líneas maestras del dibujo que el cabildo de la catedral le había encargado para decorar la bóveda del ábside lateral izquierdo. Encaramado sobre un andamio de madera, con varias lámparas de aceite encendidas a su alrededor, el maestro pintor inspeccionaba el revestimiento de cal con el que sus ayudantes habían cubierto los sillares de piedra. Había elegido la zona central de la bóveda, en el punto más alto, para comenzar a pintar la escena de la Virgen en el momento de la Visitación.

Al pie del andamio, ensimismada ante la bóveda parcialmente cubierta de un blanco reluciente y bruñido, la pequeña Teresa contemplaba a su padre sin perder un solo detalle del movimiento seguro y firme de su experta mano, que iba y venía de izquierda a derecha y de arriba abajo llenando de color un dibujo perfilado en negro.

Teresa Rendol tenía cinco años. Había nacido en Burgos en el año del Señor de 1212, el de la victoria cristiana en la batalla de las Navas de Tolosa, justo tres años después de que sus padres se instalaran en la ciudad que era considerada cabeza del reino de Castilla, huyendo de la persecución que el papa Inocencio III había decretado contra los herejes del sur de Francia. Sus padres eran originarios de la villa occitana de Pamiers y en su tierra habían profesado las creencias y los ideales de «los hermanos perfectos», los cátaros, a quienes la Iglesia romana consideraba como herejes irreductibles a los que había que combatir hasta la muerte. Convencidos de la fuerza de su fe, de la razón de sus creencias, de la bondad de sus sentimientos y de que eran los verdaderos imitadores de Cristo, los cátaros habían logrado atraer a su lado a un gran número de gentes de todo el país del Languedoc, hasta que Roma consideró que se habían convertido en un movimiento demasiado peligroso y que ante su contumacia no quedaba otro remedio que iniciar contra ellos una cruzada que los guiara por la

correcta senda trazada por la Iglesia o los eliminara de la faz de la tierra.

Arnal Rendol se había ganado una buena reputación en Languedoc como pintor de frescos de escenas religiosas. Miembro de un prestigioso linaje de maestros pintores, había aprendido el oficio en el taller de su padre y a él le debía también sus creencias religiosas, que intentaba plasmar en todas sus obras. Los cátaros se consideraban a sí mismos como «los perfectos», «los puros», «los hijos de la luz», y Arnal entendía que no existía nada mejor para iluminar sus ideales religiosos que la pintura al fresco.

Su vida en Pamiers había transcurrido feliz y con cierto bienestar, el que le procuraban los ingresos que recibía al realizar los encargos de murales al fresco, que no cesaban de llegar a su taller. En aquel tiempo, Europa entera florecía y prosperaba; los campos recién roturados proporcionaban cosechas copiosas, los ganados engordaban en los abundantes y ricos pastos, los mercaderes ganaban verdaderas fortunas comerciando con lana, trigo, sal y especias, y los artesanos encontraban con facilidad mercados donde acudían adinerados clientes ansiosos de adquirir sus productos; las malas cosechas, el hambre, la peste y las enfermedades eran un triste recuerdo de un pasado remoto.

Arnal había unido su vida a la de una mujer también cátara, y vivía dichoso en su casa del burgo nuevo de Pamiers; y una vez conseguido el grado de maestro, había logrado fundar su propio taller en el que llegaron a trabajar tres oficiales y siete aprendices.

Pero aquel nefasto día de fines de primavera de 1209 el mundo de sueños que había comenzado a construir se vino abajo de manera estrepitosa. El belicoso Simón de Monfort, hombre decidido e impetuoso, irrumpió en Languedoc al frente de un ejército de soldados mercenarios bendecido por el Papa y asoló villas y aldeas, dejando a su paso un sangriento reguero de muerte y dolor sin cuento. Los cátaros fueron perseguidos y masacrados por millares.

Incapaz de empuñar un arma para defenderse, tal como le obligaban sus creencias, y antes de que la justicia pontificia cayera sobre su alma cátara, Arnal Rendol y su compañera Felipa huyeron hacia occidente siguiendo el Camino Francés que bajo el nocturno cielo

lechoso de la Vía Láctea acaba en Compostela, allá donde la leyenda señala que había sido enterrado el apóstol Santiago.

Durante varias semanas, ocultando su verdadera identidad bajo la inocente apariencia de un matrimonio de peregrinos en camino hacia Compostela en busca del perdón de sus pecados, fueron ganando etapas en la ruta y alejándose de la matanza que las tropas pontificias estaban perpetrando en su tierra. A fines del verano, confundidos entre la marea de peregrinos, llegaron a Burgos.

La ciudad castellana, casi a mitad de camino entre los Pirineos y Compostela, hervía de bullicio y de oportunidades para quien se decidiera a establecer una tienda o un taller. Nacida al abrigo de una recia fortaleza, Burgos estaba creciendo gracias a las donaciones reales y a los negocios que surgían por doquier en torno al caudal de peregrinos que hacían el Camino. Cuando Arnal y Felipa llegaron a esa ciudad, la catedral fundada por el rey Alfonso VI, el conquistador de Toledo, estaba terminada y varios pintores habían recibido diversos encargos para decorar con escenas bíblicas todo el interior.

Arnal, que llevaba varias semanas sin pintar, no lo pensó dos veces, y al enterarse de que el cabildo y el obispo demandaban artistas que fueran capaces de plasmar las escenas de la Biblia en una pared, se presentó para hacer una prueba.

El canónigo encargado de la obra de la catedral, un adusto y casi etéreo individuo de perfil aguileño y vivaces ojos pequeños y hundidos, lo sometió a examen. Arnal dibujó con delicada precisión un pantocrátor, el Cristo en figura mayestática rodeado de los símbolos de los cuatro evangelistas, la misma escena que había realizado en Pamiers para obtener el grado de maestro; ante la perfección del dibujo, fue contratado de inmediato.

Teresa nació tres años después de que la pareja se instalara en Burgos.

La muchachita tenía el iris del color dorado de la arena. Su madre había muerto en el momento del parto y desde entonces Arnal la había cuidado con esmero, dedicándole tanta atención que apenas se separaba un instante de su lado. Desde el momento en que comenzó a dar sus primeros pasos, Teresa solía acompañar a su padre en el trabajo. Mientras el maestro de Pamiers dibujaba o pintaba sobre la

pared encalada de alguna iglesia, la niña se sentaba frente a su progenitor y observaba cómo iban surgiendo de su prodigiosa mano ángeles y demonios, santos y pecadores, mártires y verdugos. Pero lo que más le fascinaba eran los colores. Cuando Arnal preparaba los intensos pigmentos con los que más tarde colorearía sus precisos dibujos sobre la cal fresca, Teresa contemplaba extasiada los rojos sangre, los ocres dorados, los verdes esmeraldas y los azules cobalto; sus ojos curiosos de niña parecían querer atrapar todos y cada uno de los matices de todos y cada uno de los tonos que su padre creaba mezclando esencias vegetales, óxidos metálicos y pigmentos minerales.

Arnal acababa de trazar el perfil del manto de la Virgen y estaba a punto de comenzar a aplicar las primeras pinceladas de azul cobalto cuando volvió la mirada hacia abajo. Apostado desde lo alto del andamio, contempló a su hijita, que recostada sobre una de las paredes miraba hacia arriba absolutamente fascinada.

–Teresa -le dijo-, ¿te gustaría pintar?

La muchachita hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

–Sí, padre, pero no sé.

–No te preocupes, yo te enseñaré.

Arnal bajó con precaución del andamio y le pidió a uno de sus aprendices que le ayudara a subir a su hija.

–¿No tendrás miedo, verdad?

–No, padre.

–Ten mucho cuidado y haz cuanto te ordene.

Con la ayuda del aprendiz, Arnal y su hija ganaron la plataforma del andamio sobre la que el maestro occitano estaba pintando los últimos frescos de la catedral. Una docena de candiles de aceite colocados en un círculo en la plataforma del andamio iluminaba la pared recién enjalbegada de cal, sobre la cual Arnal había trazado unas líneas negras que perfilaban los dibujos que había que colorear de inmediato, antes de que se secara el enlucido. La técnica de la pintura al fresco requería de una habilidad extraordinaria. Los colores tenían que aplicarse necesariamente sobre la cal todavía húmeda, de modo que los pigmentos penetraran y se fijaran de manera que, cuando se secara, la pintura no se desprendiera y acabara desapareciendo, o con

los colores tan rebajados que no quedaran con el aspecto luminoso y brillante que se requería.

–Coge ese pincel, empapa la mitad de la longitud de las cerdas en el cuenco de pintura azul y rellena el espacio que hay entre esas dos líneas negras; hazlo despacio, con movimientos seguros, sin miedo, pero antes de dar cada una de las pinceladas piensa bien lo que vas a hacer, y no dudes nunca. Si te equivocas, no habrá lugar para rectificaciones.

Teresa cogió el pincel, lo untó en la pintura tal como le había dicho su padre y lo aplicó en el lugar que le había señalado. El pincel, guiado por la mano de la niña, se desplazó sobre la superficie encalada con tal seguridad que a Arnal le dio la impresión de estar dirigido por un buen oficial.

Lentamente pero con firmeza y serenidad, Teresa rellenó el espacio de pared que le había delimitado su padre.

–¡Hija mía! – exclamó Arnal emocionado-, jamás había visto a ningún aprendiz manejar el pincel con tanta seguridad.

–Es muy divertido, padre, me gusta.

–Bien, en ese caso te incluiré entre los aprendices del taller. Aún eres demasiado pequeña para hacer ciertas cosas, pero puedes ayudar a preparar las pinturas e incluso a rellenar de color los dibujos que no presenten demasiada dificultad. Si tu madre pudiera verte ahora estaría orgullosa de ti.

–Me gustan los colores, padre, sobre todo el azul.

–El azul es el color más difícil de conseguir, y el más caro; bueno, después del púrpura, pero a estos austeros castellanos no les gusta demasiado el púrpura, prefieren colores más sobrios.

–Mi favorito es el azul.

–Mira -le dijo Arnal señalando una zona de la pared pintada en azul-, el azul es un color frío y el rojo es cálido.

–Pero no quema -dijo Teresa.

–No, no quema, pero da sensación de calidez. Fíjate en esas escenas

-Arnal dirigió a su hija hacia un lado del andamio. En el ábside central de la catedral un gran fresco representaba la Coronación de la Virgen rodeada de ángeles músicos-. Observa cómo se alternan prendas en colores rojo y azul en los ropajes de esas figuras. Parece que las azules están más lejos y da la impresión de que las rojas estén mucho más

cerca. Las coloreamos así para que veamos las figuras como si tuvieran relieve, como si fueran esculturas. Si no lo observas bien, entorna un poco los ojos y mira de nuevo.

–¡Es verdad! – exclamó la niña.

–Bueno, no es más que un truco. Hay otros muchos; si te gusta pintar, te los enseñaré todos.

–¡Sí, sí! – gritó Teresa un tanto excitada.

–Pero a su tiempo. Si quieres ser pintora deberás cumplir con todos los requisitos. Yo te ayudaré, pero sobre todo ha de ser cosa tuya. ¿Lo entiendes?

La niña asintió con la cabeza.

–Bueno, y ahora es el momento de que descanses.

–Quiero pintar más -dijo Teresa.

–A su tiempo, hija mía, a su tiempo, todo a su tiempo.

* * *

El joven soberano Enrique de Castilla estaba jugando con varios muchachos de su edad, hijos de nobles y de las altas dignidades del reino. Heredero del gran Alfonso VIII, el vencedor de las Navas de Tolosa, y de Leonor de Inglaterra, tenía apenas diez años cuando fue proclamado rey a la muerte de sus padres. A sus trece años era un apuesto muchacho, de complexión fuerte y de rostro delicado. Por sus venas fluía la sangre de su abuela, la bella duquesa Leonor de Aquitania, la mujer más famosa de la última centuria, reina de Francia primero y de Inglaterra después, y llevaba el nombre de su abuelo, el rey Enrique II de Inglaterra, el soberano más osado, ambicioso y temerario del siglo anterior.

Fue un accidente. Una teja se desprendió del alero y fue a impactar en la cabeza del joven rey Enrique mientras jugaba con unos muchachos, produciéndole una gravísima fractura craneal. Los médicos judíos de la corte de Castilla intentaron salvar la vida del monarca e incluso le practicaron una trepanación, procurando restañar los maltrechos sesos, pero nada pudieron hacer por su vida. El joven soberano de Castilla murió a los trece años de edad dejando al reino sin un heredero varón al frente.

En aquel año de 1217 hacía ya sesenta que León y Castilla se habían separado. Fue a la muerte del rey Alfonso VII, llamado el Emperador, quien dividió en dos sus dominios y los entregó a sus dos hijos: a Sancho le dio Castilla y a Fernando, León.

Mientras reinó el joven Enrique, fue el noble don Álvaro Núñez de Lara quien se hizo cargo efectivo del gobierno de Castilla. Cabeza de una de la familias más influyentes y poderosas del reino, este personaje había ejercido durante la minoría de don Enrique como verdadero soberano, apoyado por las todopoderosas órdenes militares.

Fallecido su hermano Fernando, al malogrado rey Enrique sólo le habían sobrevivido varias hermanas; Berenguela era la mayor. Nacida unos años antes que él, se había casado con el rey Alfonso de León, un hombre ambicioso y de fuerte carácter que también anhelaba la corona de Castilla. De ese matrimonio real habían nacido varios hijos, pero en la primavera de 1204 el papa Inocencio III lo había declarado nulo, pues los dos esposos estaban emparentados por línea directa; el abuelo de Berenguela de Castilla y el padre de Alfonso de León fueron hermanos.

Uno de los hijos del rey de León y de Berenguela de Castilla se llamaba Fernando. Era cuatro años mayor que su tío Enrique y el favorito de Berenguela.

Un caballero anunció a Berenguela que su hermano el rey Enrique había muerto.

–Los médicos nada han podido hacer por su vida, mi señora. Tenía quebrados los huesos de la cabeza y hundidos los sesos. El cirujano judío hizo cuanto pudo y le practicó al rey una operación en el cráneo, pero su majestad falleció.

–Escucha. Hay que mantener en absoluto secreto la muerte del rey.

Mi antiguo esposo, don Alfonso de León, desea anexionarse Castilla más que cualquier otra cosa, y eso no debe ocurrir.

–Pero, señora -intervino el caballero-, Castilla no puede estar sin rey.

–Y no lo estará. Sal inmediatamente hacia las tierras de León y preséntate ante su rey. Serás portador de una carta personal mía en la que le solicitaré que permita que mi hijo Fernando venga a pasar una temporada conmigo. Le dirás que hace tiempo que no lo veo y que

añoro su presencia. Y sobre todo, no reveles que ha muerto don Enrique.

El rey de León estaba en aquellos días en la villa de Toro con su hijo Fernando y con las infantas Sancha y Dulce, hijas a su vez de su primera esposa, la infanta Teresa de Portugal, cuyo matrimonio también había sido anulado por la misma razón de consanguinidad.

Alfonso de León, que nada sabía de la muerte de su joven primo el rey de Castilla, no sospechó de las intenciones de Berenguela y permitió que Fernando, de diecisiete años, viajara a Castilla para reunirse con su madre.

Para entonces, Berenguela ya había urdido todo su plan. Apoyada en varios nobles, la nieta de Leonor de Aquitania fue proclamada reina de Castilla en Valladolid, alegando para ello sus derechos como hija primogénita del rey

Alfonso VIII, el vencedor de las Navas. La ceremonia tuvo lugar en Valladolid, el día 2 de julio. En aquella misma ceremonia, Berenguela renunció a la corona de Castilla y ante la muchedumbre congregada en una explanada junto a una de las puertas de la villa del Pisuerga cedió sus derechos al trono a su hijo Fernando, tras un discurso en el que aseguró que una mujer podía transmitir la potestad regia, pero no podía defender al reino de las graves amenazas que sobre él se cernían, y añadió que gracias al prudente consejo de los ricos hombres consideraba que el rey legítimo no era otro que su hijo Fernando. Ni siquiera había transcurrido un mes desde la muerte del joven Enrique.

La multitud estalló en vítores que alentaban algunos agentes de Berenguela, convenientemente distribuidos entre aquella muchedumbre. Fernando era un joven atractivo y de buen juicio.

Cuando el matrimonio de sus padres fue declarado nulo, el joven infante permaneció en León, al lado de su padre, aunque de vez en cuando viajaba a Castilla para pasar alguna temporada con su madre, la reina Berenguela. Muerto Enrique, Fernando era la única esperanza de Castilla para mantenerse independiente de León.

Los castellanos vieron en el joven Fernando al soberano capaz de hacer frente a las ansias anexionistas del ambicioso rey leonés.

Aclamado por varios miles de personas, el nuevo monarca entró en Valladolid encabezando un desfile de caballeros y escoltado por todos

los ricos hombres de Castilla. En la iglesia de Santa María los obispos de Burgos y de Ávila rezaron un solemne tedeum y Fernando, arrodillado ante el altar de la Virgen, dio gracias a Dios y aceptó defender a Castilla y a la fe cristiana de todos sus enemigos.

* * *

En cuanto se enteró del engaño urdido por doña Berenguela, Alfonso de León se sintió burlado y ofendido, y convocó a los nobles leoneses al ejército. Sin pérdida de tiempo penetró en Castilla y se dirigió por el Duero hacia Valladolid. Enterada de que el rey leonés se acercaba furioso al frente de su poderoso ejército, doña Berenguela ordenó a los obispos Mauricio de Burgos y Domingo de Ávila que salieran a su encuentro enarbolando las cruces episcopales y que procuraran entretenerlo para ganar tiempo y poder huir hacia Burgos y organizar desde allí la defensa.

Los dos obispos se encontraron con don Alfonso apenas a una hora de camino de Valladolid. El monarca leonés bramaba como un toro furioso y no cesaba de clamar contra su antigua esposa Berenguela, a la que llamaba arpía y bruja. Los prelados Mauricio y Domingo intentaron calmarlo aduciendo que la sucesión al trono de Castilla se había realizado conforme al derecho castellano, y que era necesario evitar por todos los medios un enfrentamiento entre cristianos. Le recordaron que el verdadero enemigo estaba en el sur, y que no había que malgastar fuerzas en luchas estériles entre castellanos y leoneses, sino saber aprovechar la victoria conseguida cinco años atrás en las Navas de Tolo-sa sobre los musulmanes almohades para engrandecer los reinos de Castilla y de León y con ellos toda la Cristiandad.

Pero Alfonso de León no estaba dispuesto a escuchar discursos de hermandad entre cristianos. No era demasiado inteligente, pero su orgullo no conocía límite y se sentía humillado por la farsa que había tejido Berenguela para alzar al hijo de ambos al trono de Castilla.

–Yo soy el legítimo heredero de Castilla, señores obispos -les dijo-.

Muerto el joven rey Enrique, mi primo, la corona castellana me corresponde sin duda. Habéis coronado como rey a un mozalbete nacido de un matrimonio que su santidad el papa Inocencio III anuló convenientemente. Ese muchacho a quien ahora llamáis rey no tiene

legitimidad para serlo. Yo soy el heredero de mi abuelo el emperador Alfonso, rey de Castilla y de León.

–Pero, majestad -intervino Mauricio-, don Fernando es vuestro hijo.

–Vos, señor obispo de Burgos, sois un ministro de la Iglesia, y vuestro sumo pontífice dijo en su momento, y de ello hace ya trece años, que mi matrimonio con mi prima Berenguela era nulo de pleno derecho, y por tanto son nulas todas sus consecuencias, y el infante Fernando -el rey de León puso especial énfasis en la palabra infante- es una más de ellas.

–Os pedimos que recapacitéis, señor. Los castellanos hemos vitoreado la proclamación de don Fernando, lo hemos aceptado como legítimo soberano y nuestros ricos hombres han jurado defender a su rey con su propia vida. En el nombre de Dios y de su santa madre la Virgen María, os pedimos que no provoquéis un enfrentamiento entre nuestros dos reinos que sólo acarrearía la LIBROS LIBRES LIBROS

LIBRES

muerte y la destrucción mutua.

* * *

En tanto los dos prelados entretenían a Alfonso de León, Fernando y Berenguela cabalgaban a toda prisa hacia Burgos, en el corazón de Castilla, donde habían planeado hacer frente a su padre y antiguo esposo.

Burgos era una floreciente ciudad en plena expansión urbana, recostada sobre la ladera de un cerro dominado por un poderoso castillo, a cuya sombra crecía. Hacía poco más de un siglo, y gracias a que el Camino Francés a Compostela atravesaba la ciudad, que se habían instalado allí decenas de comerciantes y artesanos que habían contribuido a su desarrollo.

Instalados en la fortaleza, Fernando y Berenguela fueron informados por un correo de que los obispos no habían logrado convencer a don Alfonso para que desistiera de su idea de atacar a Castilla, y que avanzaba hacia Burgos al frente de su mesnada.

El rey de León estableció su campamento a dos horas de camino de Burgos. Sobre una colina desde la que podía contemplarse la vega del

río Arlanzón y las torres del castillo burgalés, don Alfonso plantó sus estandartes. El león rampante, símbolo inmemorial del viejo reino, tremolaba desafiante con el viento del oeste que arrastraba etéreos olores de humedades atlánticas.

Unos legados del rey leonés cabalgaron hasta Burgos demandando la rendición de la ciudad y el sometimiento a su soberanía. Don Alfonso había estimado que los castellanos claudicarían enseguida ante la sola presencia de su ejército y que no moverían un dedo ni arriesgarían su vida por defender los derechos de una mujer y de un jovenzano de diecisiete años.

No obstante, la respuesta de los castellanos fue tan contundente como inesperada. La inteligente Berenguela no se había limitado a replegarse hacia Burgos; en su retirada había ido recabando apoyos de nobles, villas y ciudades de Castilla, y había logrado poner de su parte a la mayoría de ellos. Nadie en Castilla deseaba verse sometido al poder del rey de León, pues estaban convencidos de que entregaría el gobierno del reino a sus ambiciosos nobles.

El alcaide de Burgos respondió a la demanda de capitulación del rey leonés aseverando que toda Castilla había jurado defender la causa del rey Fernando y que ese juramento sagrado les obligaba a resistir hasta el final.

Cuando leyó la misiva, Alfonso de León contempló a lo lejos las murallas blancas de Burgos. Sabía que, sin apoyo interno, sus deseos de someter a Castilla eran inútiles.

Bien a su pesar y tragando buena parte de su orgullo, ordenó a sus hombres levantar el campamento y dar media vuelta hacia León. Por el momento, Castilla había logrado salvaguardar su independencia.

Sin embargo, la amenaza del leonés no era el único problema de Castilla. Desde que don Fernando fuera coronado en Valladolid, don Álvaro Núñez de Lara, quien durante la minoría del rey Enrique detentara todo el poder, no había cesado de conspirar contra el nuevo rey. Envalentonado, don Álvaro había retado a combatir con él en una justa a todos los nobles castellanos que habían jurado obedecer a don Fernando. Su tentativa fue vana y acabó derrotado y apresado. Don Fernando debería ganarse a la nobleza.

A fines de 1217 Berenguela podía sentirse satisfecha. Su hijo Fernando era rey de Castilla, las familias más poderosas, como los Girón, los Haro o los Téllez, y los grandes concejos urbanos del reino, como Burgos, Palencia, Valladolid, Toledo, Ávila o Segovia, lo habían aceptado unánimemente, y el único disidente, el señor de Lara, estaba a buen recaudo. El camino de don Fernando para construir la gran Castilla que doña Berenguela había soñado para su hijo estaba libre de obstáculos.

* * *

La pequeña Teresa había sentido miedo. Uno de los canónigos de la catedral burgalesa había irrumpido en el templo anunciando a gritos que el rey de León se acercaba con un poderosísimo ejército dispuesto a arrasar la ciudad y a degollar a cuantos en ella moraban si no se sometían a su dominio. Entre los aprendices del taller de pintura de Arnal Rendol se había organizado un revuelo al escuchar al exaltado canónigo que amenazaba con las más terribles calamidades si Alfonso de León entraba en Burgos.

Arnal habló con la gente de su taller, que estaba afanada en ultimar el gran fresco de la Visitación de la Virgen.

–Si lo que este canónigo dice es verdad, nuestro trabajo puede estar llegando a su fin. En cualquier caso, hemos recibido el encargo de realizar este fresco y yo al menos pienso acabarlo en tanto me sea posible. Por lo que a vosotros respecta, el que desee marcharse a su casa puede hacerlo. El que quiera quedarse conmigo a terminar el espacio encalado hoy…

–Nos quedamos todos -terció Ricardo, el primer oficial del taller-.

¿No es así?

El resto de oficiales y aprendices asintieron con la cabeza.

–Os lo agradezco, a todos. Tú, Ricardo -le dijo al oficial-, coge a Teresa y llévala a mi casa. Dile a mi criada que cierre bien la puerta y que no salgan de ahí hasta que yo regrese.

–Yo quiero quedarme contigo, padre -protestó la niña-. Dijiste que sería uno más de los aprendices.

–Ya me has oído, Teresa. Claro que eres uno más de mis aprendices, pero eres demasiado pequeña todavía para algunas cosas. Vamos,

obedece.

Ricardo tomó de la mano a Teresa, que salió de la catedral a regañadientes.

A su regreso, el primer oficial informó que los leoneses habían acampado muy cerca de Burgos, pero que toda la ciudad estaba del lado de don Fernando y de doña Berenguela, y que los defensores se habían juramentado para no rendirse.

–Es curioso, esta ciudad se ha poblado con franceses y con sus descendientes, con vascos y con judíos, e incluso quedan algunos sarracenos, pero en los momentos más peligrosos todos se sienten castellanos antes que cualquier otra cosa.

»Bueno -reflexionó Arnal-, nosotros nada podemos hacer. Volvamos al trabajo, esta cal no se mantendrá eternamente húmeda.

Cuando el rey de León se retiró a sus dominios, todos respiraron aliviados. Don Fernando había logrado ganarse la estima y el respeto de los burgaleses.

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