El número de Dios
Parte III
LA LUZ Y LA PIEDRA
CAPÍTULO I
Teresa Rendol contempló las torres de Nuestra Señora de París mediada la primavera del año del Señor de 1247. Había seguido a Enrique de Rouen a través de diversos reinos y Estados de Europa desde Burgos, a través del Camino Francés. Todavía se preguntaba qué extraño e irrefrenable impulso la había empujado a acompañar a su amante, a dejar todo por cuanto había luchado y caminar mil millas al lado de un hombre al que amaba profundamente, pero con quien había rechazado casarse pese a las reiteradas peticiones de éste para contraer matrimonio.
Teresa sentía en su corazón que era una cátara, que las creencias que obligaran a sus padres a huir del Languedoc y buscar refugio y anonimato en Castilla habían prendido en ella desde que su padre, poco antes de morir, le transmitiera las enseñanzas de «los perfectos» en aquellas tierras húmedas y brumosas de Galicia. Desde entonces, había mantenido en secreto sus sentimientos y ni siquiera Enrique sabía que la mujer a la que amaba y con la que compartía la vida era una hereje a la que la Iglesia no hubiera dudado en quemar en la hoguera.
Llovía sobre París. Un cielo gris y cubierto por nubes plomizas brillaba sobre la ciudad con una luminosidad perlada, como de ensueño. Aquel cielo era muy distinto al azul intenso y limpio de Burgos y los colores parecían como desvaídos, aunque algo singular, una especie de aura de reflejos de plata, se extendía por el horizonte y le confería una sensación maravillosa.
Nada más llegar a la ciudad, se instalaron en una posada próxima a la iglesia de San Germán de los Prados, en la orilla izquierda del río Sena. Enrique había confiado varios miles de maravedís a los hermanos templarios de Burgos, donde le habían expedido un documento para que pudiera hacerlos efectivos en su equivalente en plata en cualquier encomienda de la orden. Los caballeros templarios, cuya poderosa orden militar había sido fundada poco después de la conquista de Jerusalén por los cruzados de Godofredo de Bouillon en la conocida como Primera Cruzada, se habían extendido por toda la Cristiandad y,
gracias a las enormes donaciones de reyes, nobles y mercaderes, se habían convertido en los principales cambistas.
En la casa parisina de la Orden del Temple comprobaron la autenticidad de los sellos, descifraron la clave secreta contenida en el documento de depósito y le entregaron a Enrique ciento ochenta y ocho libras de plata, suficiente para comprar una pequeña casa y disponer de una renta para vivir al menos durante un año sin otros ingresos.
Apenas un mes después de llegar a París, Teresa y Enrique compraron una casita en el barrio de San Miguel. Desde el tejado podían ver las torres de Nuestra Señora. Enrique decidió buscar algún empleo relacionado con su oficio y pronto consiguió un encargo para construir una casona de piedra para uno de los canónigos de la catedral, que no puso ninguna objeción cuando Enrique le comunicó que era hijo del maestro de obra de Chartres y que él mismo lo había sido de la catedral de Burgos. Teresa habilitó la planta bajo el tejado, una habitación abuhardillada aunque con poca luz, como estudio de pintura. Y tampoco tardaron en llegar algunos encargos recomendados por el mismo canónigo.
En la isla de la Cité, donde se alzaba la catedral de Nuestra Señora, el rey de Francia había decidido que se construyera una capilla para guardar las preciadas reliquias propiedad de la Corona de Francia, entre las cuales estaban la Túnica Sagrada que portaba Jesucristo en el momento de la Pasión, la Corona de Espinas, la Santa Lanza con la que el soldado romano Longinos atravesó el costado de Cristo, la Santa Esponja con la que le mojaron los labios en la Cruz, un pedazo del Santo Sudario, un fragmento de la toalla con la que María Magdalena le secó los pies a Cristo, una ampolla con sangre de Jesús y otra con leche de la Virgen María, un manto azul de la Virgen, los pañales del niño Jesús, huesos de varios apóstoles, el cayado de Moisés y un cáliz del que se aseguraba que había sido el que se utilizó en la eucaristía de la Ultima Cena y en el que José de Arimatea había recogido algunas gotas de la sangre del hijo de Dios antes de ser enterrado en el sepulcro, entre otras muchas.
Estas reliquias de la Pasión habían sido adquiridas por los reyes de Francia, que habían pagando por ellas verdaderas fortunas. El rey Luis IX, a quien todos consideraban un santo pese a su juventud, había
reservado una enorme cantidad de dinero del tesoro real para que se construyera la capilla más hermosa del mundo, una especie de relicario de piedra y vidrio destinado tan sólo a contener aquellas reliquias. La cruzada que propusiera pocos años antes ya estaba convocada y el rey había comenzado los preparativos para partir hacia Tierra Santa.
Desde que los cruzados ocuparan Constantinopla y la saquearan en 1204, las numerosísimas reliquias que se guardaban en sus iglesias y monasterios fueron robadas y vendidas después por todo Occidente; algunas eran las existentes en aquellos templos, pero otras muchas consistían en burdas falsificaciones de chamarileros que comerciaban con huesos de perro, hierros roñosos o paños ensangrentados, asegurando que eran las verdaderas reliquias de la época de la pasión de Cristo o restos de los santos de los primeros siglos del cristianismo.
Teresa y Enrique se acercaron hasta la Cité para ver aquella obra de la que todos decían que iba a ser el edificio más hermoso del mundo.
Ante la capilla, un hombre estaba dibujando algunos detalles en unos pliegos de papel.
–Perdonad, señor, ¿sois vos el maestro de obra de esta capilla? – le preguntó Enrique.
–¿Quién pregunta por ello?
–Mi nombre es Enrique; soy maestro de obra.
–Pues no, mi querido amigo. Y bien que lo siento, porque me hubiera gustado construir este edificio. Yo soy Villard de Honnecourt, también maestro de obra, como vos.
–En ese caso, conoceréis al arquitecto de este edificio…
–Por supuesto -asintió Villard.
–Hace unas semanas que hemos llegado a París; os presento a mi…
-Enrique dudó sobre cómo calificar a su amante-, a mi esposa, Teresa; es maestra de pintura.
Villard de Honnecourt hizo una reverencia y se quitó la gorra.
Teresa miró a Enrique y le hizo un mohín al oír que la presentaba como su esposa.
–Si vuestras obras son tan bellas como vos, no habrá ningún pintor que os supere.
–¿Estáis trabajando en París? – le preguntó Enrique, un tanto azorado y celoso.
–No. No me gusta permanecer en el mismo lugar demasiado tiempo.
Corres el peligro de cogerle cariño y quedarte en él para siempre. Soy un maestro errante. He visitado todas las grandes obras de Francia: Laon, Reims, Meaux, Chartres…
–¿Habéis estado en Chartres?
–Cuatro veces. Me interesaba mucho el trabajo del maestro Juan de Rouen.
–¿Llegasteis a conocerlo?
–Era el mejor de todos nosotros -aseguró Villard.
–Yo soy su hijo, Enrique de Rouen.
–¿Vos?, pero ¿no estabais en Castilla?, al menos eso me dijo vuestro padre en una de las ocasiones en que lo visité.
–Ya os he dicho que acabamos de llegar a París. Venimos de Burgos, la fábrica de cuya catedral está a mi cargo.
–Permitid que me descubra ante el hijo del gran Juan de Rouen.
Villard de Honnecourt volvió a quitarse la gorra.
–¿Y cuál va a ser vuestro próximo destino? – le preguntó Enrique.
–¿Quién sabe? Recorro la Cristiandad con mis cuadernos, dibujando detalles de edificios, esculturas, arcos…, todo aquello que me llama la atención, lo mejor de cada obra que visito. Algún día construiré una catedral que sea la más hermosa de todas, que contenga los mejores elementos de cada una de las que he visto.
–Eso no será posible si no os quedáis durante mucho tiempo en un mismo lugar -intervino Teresa.
–Sólo en ese caso dejaría de ser un maestro de obra itinerante, señora. O tal vez, si en algún lugar me esperara una mujer como vos…
Enrique volvió a recelar de Villard.
–¿Cuál decís que es vuestro próximo destino?
–Quizá me quede algún tiempo en París; esta ciudad me parece desde hoy mucho más atractiva.
Villard miró a Teresa con una amplia sonrisa.
–No sería propio de vos, según parece -dijo Enrique.
–Bueno, en ese caso seguiré hacia el este. Hay una ciudad en el corazón de los Alpes, Lausana se llama, de la que me han hablado maravillas. Y me gustaría ir todavía más hacia el este, al reino de Hungría. Allí construyen unos extraordinarios edificios de madera.
»Pero venid conmigo, os presentaré al maestro de obra de la Santa Capilla.
Villard de Honnecourt cerró su cuaderno de pliegos de papel con los dibujos, lo guardó en una carpeta de cuero y se caló la gorra. Teresa y Enrique lo siguieron por las callejuelas de la Cité, atravesaron el puente que unía la isla con la orilla derecha y se presentaron ante una casona de piedra, ladrillo y madera.
–Maestro, maestro -gritó Villard, a la vez que golpeaba la puerta con su puño.
–¿Quién va? – preguntó una voz femenina desde el interior.
–Soy el maestro Villard. ¿Está el maestro Jacques?
Una anciana abrió la puerta.
–Sois vos. Pasad, pasad, mi hijo está en casa.
–¡Ah!, éstos son Teresa y Enrique de Rouen, esposos. Enrique es el hijo del maestro que construyó Chartres; eso le interesará a vuestro hijo.
–Aguardad, ahora lo llamo.
Enseguida apareció el maestro Jacques.
–Os creía en Lausana -dijo en cuanto vio a Villard.
–Quería aprovechar la luz de la primavera para copiar algunos dibujos de la Santa Capilla. Pero he venido con estos dos amigos. Doña Teresa y don Enrique de Rouen, ya sabéis, el hijo de…
–Sí, sí. Me lo ha dicho mi madre. Señora, don Enrique…
El maestro Jacques estrechó la mano de Enrique y besó el dorso de la de Teresa.
–Vuestra obra es maravillosa, señor.
–Gracias. Pero permitidme que os ofrezca un poco de vino; me lo traen de la Champaña. Es ligeramente dulce, doña Teresa, os gustará.
Jacques sirvió unos vasos de vino de una botella de cristal.
–Muy ligero -comentó Teresa al probar el vino.
–Oí que el hijo del gran Juan de Rouen estaba construyendo, una catedral en Castilla, en Burgos. ¿Ya habéis acabado ese templo?
–Por desgracia, no. El nuevo obispo ordenó paralizar las obras. El rey de Castilla y León, don Fernando, decidió que todas las rentas destinadas a la fábrica de la catedral se dedicaran a la guerra contra los sarracenos.
–Claro, en Castilla no es necesario ir a Tierra Santa para combatir a los infieles; están allí mismo. ¿Teníais la obra muy avanzada? –
preguntó Jacques.
–La cabecera y el crucero están totalmente listos; bueno, faltan por colocar las esculturas de la portada norte. Y ya están preparados los cimientos de la nave mayor, e incluso levantadas algunas hiladas.
–Imagino que habréis seguido el modelo que vuestro padre planificó para Chartres.
–Cuando me hice cargo de la fábrica, mi tío Luis ya había trazado los planos y levantado la cabecera. Hay algunos elementos que recuerdan a Chartres, pero mi tío Luis aplicó el modelo de Bourges, en donde fue segundo maestro de obra, aunque modificó el plano, pues la catedral de Burgos tiene sólo tres naves y un crucero muy destacado en planta; al parecer, el obispo que la fundó insistió en que su catedral tuviera la forma de una cruz.
–¿Es muy grande? – preguntó Jacques de nuevo.
–No demasiado. Poco más que la mitad de Chartres.
–Una escala humana, a lo que parece. Por aquí los obispos se han vuelto locos. Hace unos días me dijeron que en Beauvais van a levantar la nave mayor a casi ciento cincuenta pies de altura.
–¡Ciento cincuenta pies! Mi padre elevó la de Chartres por encima de los ciento diez pies, y se dijo entonces que nadie superaría esa altura.
No se mantendrá en pie -sentenció Enrique.
–Ya lo creo -intervino Villard, que había permanecido callado hasta entonces-, el arco ojival, los muros rasgados, los arbotantes y las bóvedas de crucería permiten construir tal alto como se desee, y lo sabéis.
–No. Una catedral no es sólo piedra y vidrio. Es también una cuestión de método y de números. Si fallan las proporciones, el edificio se vendrá abajo. En nuestro trabajo, la armonía del número es esencial.
–Sois demasiado rígido, don Enrique. Estáis sometido a las leyes de la geometría -dijo Villard.
–Alguno de nuestros maestros sostiene que los arquitectos imitamos al Gran Maestro, que construyó la naturaleza a partir del número divino. Si no nos sometemos a las reglas de la geometría, no lo hacemos a las reglas de Dios y desbaratamos el plan divino de las cosas, y si se
rompen las reglas, el mundo, la catedral, todo se vendrá abajo -sostuvo Enrique.
* * *
Al día siguiente los cuatro maestros visitaron las obras de la Santa Capilla. Jacques estaba orgulloso de su obra. El arquitecto de Luis IX
de Francia había diseñado una capilla de una sola nave pero con dos pisos. El inferior parecía una cripta, pero al estar al nivel del suelo, recibía luz directa a través de las ventanas. La planta superior era un salón cuyos ventanales de vidrio cubrían todo el espacio de las ventanas, rasgadas por completo desde el arco hasta cerca del pavimento. Nunca nadie se había atrevido a tanto.
–Es magnífico, don Jacques, maravilloso. Habéis logrado capturar la luz, toda la luz.
Enrique estaba extasiado. Allí, delante de sus ojos, estaba la fórmula que él había buscado, la que deseaba aplicar en su catedral.
–El rey me indicó que quería un templo para sus reliquias en que sólo hubiera luz. «Hacedlo de luz, y sólo de luz», me ordenó. Y entonces ideé una capilla con el mínimo espacio posible de piedra, que apenas hubiera muros, sólo espacios abiertos para las vidrieras, para la luz.
Quise convertir este templo en un universo transparente.
–Y bien que lo habéis conseguido -terció Villard.
–Aquí no hay paredes; sólo un armazón de columnas y pilares, los imprescindibles para sostener las bóvedas y el tejado -dijo Jacques.
–La luz, su propagación, su reflexión, su refracción, su óptica… Eso está bien, maestros, ¿pero acaso creéis que la gente entiende vuestro lenguaje? Los fieles cristianos estaban acostumbrados a contemplar los murales de los templos del viejo estilo. En las pinturas veían la Historia Sagrada y así la comprendían. Tal vez ahora no entiendan nada -
intervino Teresa.
Jacques la miró un tanto asombrado.
–Mi esposa es maestra del taller de pintura de la catedral de Burgos, don Jacques.
–No importa que la mayoría de la gente no lo comprenda. Lo importante es que sepamos reflejar las medidas del universo en
nuestras iglesias. Dios es el destinatario de nuestras obras; los hombres deben limitarse a admirarlas -explicó Jacques.
–Vivimos en un mundo hecho con la mesura de Dios, Teresa, y a esas reglas nos debemos -recalcó Enrique.
–Dios hizo el mundo hermoso para deleite de los ojos de los hombres -dijo Teresa.
–Señora, Dios fue el primer arquitecto; Él hizo el orden a partir del caos. Adriano de Lille nos enseñó que el Creador construyó el cosmos a modo de un perfecto palacio real, una morada para la Divinidad.
Después le dijo al hombre cómo quería que fuera su ciudad ideal, la Jerusalén celestial. Las iglesias y catedrales que construimos han de ser una imagen de esa Jerusalén celestial, la verdad inefable, el modelo a escala humana del cosmos creado por Dios. Por eso utilizamos las leyes geométricas de la proporción armónica. Con cada catedral del nuevo estilo anunciamos al hombre la perfección del mundo venidero, el mundo que Dios ha reservado para disfrute del hombre. Así son estas cosas, doña Teresa -replicó el maestro Jacques.
–Yo he estudiado en la escuela de Chartres y en la Universidad de París; allí me enseñaron que este nuevo estilo se debe a la geometría, pero que tiene que reflejar la mística de la luz -añadió Enrique.
–La luz, la piedra, el vidrio… Recuerdo que en una ocasión me dijiste que una catedral inglesa ardió por tener una techumbre de madera, y que aquel incendio impactó de tal modo en todo el mundo que a partir de entonces todos los obispos quisieron tener una catedral con la techumbre de piedra. Ahí no existe ninguna mística de la luz, sino de la necesidad -adujo Teresa.
–Esa catedral era la de Canterbury. Y en efecto, su techumbre de madera ardió, y con ella toda la catedral, hace de eso más de setenta años, pero ésa no fue la razón para construir las nuevas catedrales en el nuevo estilo. El abad Suger ya lo había hecho unos cuantos años antes -
se explicó Enrique.
–El azul; ese azul es horrible -dijo de pronto Teresa.
–Perdonad, señora, ¿a qué os referís? – se extrañó Jacques.
–Al color azul con el que habéis pintado las bóvedas de la planta baja de esta capilla. Deberíais cambiarlo.
–Es el azul más hermoso del mundo.
–Si me lo permitís, maestro Jacques, yo os mostraré un azul más hermoso todavía, el del color del cielo de Burgos en las mañanas de primavera -aseguró Teresa.
–Si es tan hermoso como ella, yo le haría caso, maestro Jacques -
dijo Villard de Honnecourt, que asistía divertido a aquella conversación.
–Mi esposa ha logrado un tono de azul que ha causado admiración en Castilla y en León, os lo aseguro -terció Enrique.
–¿Podríais preparar una muestra? – le preguntó Jacques.
–La tendréis en una semana; si encuentro aquí los pigmentos que necesito, claro -afirmó Teresa.
–Os aseguro, señora, que lo que no encontréis en los mercados de París no lo hallaréis en ninguna otra ciudad del mundo -asentó Jacques.
–El mundo es muy grande -replicó Teresa.
* * *
Teresa Rendol recorrió tiendas y mercados y consiguió varios pigmentos y polvos de óxido de cobalto y antimonio; como le había dicho el maestro Jacques, había tal variedad de productos como jamás había visto en Burgos, Compostela o Salamanca. Tras varias pruebas, consiguió el tono azul deseado, «como el color del cielo en las mañanas de primavera de Burgos». Cuando lo tuvo listo, le llevó una muestra a Jacques.
–Maestro, aquí está el azul que os prometí la semana pasada.
Jacques observó la pintura azul que Teresa portaba en una vasija.
–Su aspecto es como el de cualquier otro azul.
–Hay que verlo aplicado sobre el muro.
–Acompañadme.
Jacques llevó a Teresa a la parte posterior de su casa, a un patio abierto a través del cual se accedía a un pequeño establo.
Teresa cogió un pincel, lo impregnó en la pintura y la aplicó sobre un pedazo de muro encalado en ocre. La pintura adquirió una tonalidad brillante, en un azul que Jacques miró asombrado.
–El fondo es demasiado oscuro. Este tono luce mucho más sobre un estuco de cal blanca, pero esperad a que seque -dijo Teresa.
–Teníais razón; al lado del vuestro, nuestro azul es decepcionante.
¿Os gustaría pintar los fondos de la Santa Capilla?
–¿Lo decís en serio?
–Por supuesto, señora. Me habéis convencido con esta prueba.
Cuando Teresa regresó a casa, su rostro lucía la más radiante de las sonrisas.
–¡Me ha encargado pintar la Santa Capilla! – exclamó, eufórica, ante Enrique.
–Pero no hay espacio para murales en esa iglesia -dijo el maestro de Rouen.
–¡Qué importa! Voy a pintar las bóvedas de la planta baja. Mi azul le ha encantado.
–Eso es estupendo. ¿Cuándo empiezas?
–Enseguida, en cuanto unos operarios acaben algunas tareas menores.
Teresa estaba feliz. Enrique había tenido miedo por si su amante no era capaz de adaptarse a la vida en la gran ciudad de París, pero ahora la veía entusiasmada. Aquella noche hicieron el amor como si se tratara de un juego, entre risas, susurros y zalamerías. Teresa estaba dichosa, Enrique había recuperado la estima por su trabajo al encargarse de la construcción del palacio del canónigo, y algunos ricos burgueses de la ciudad se habían interesado por ello. Las cosas les iban bien, pero Enrique echaba de menos Burgos y su catedral, y anhelaba que llegara el día en que un mensajero o una misiva le pidieran que regresara a Burgos para acabar su gran obra.
* * *
Teresa y Enrique estaban alegres con su nueva vida, pero la Cristiandad seguía convulsa. El rey Luis IX de Francia era tachado de débil y los juglares del reino ironizaban en sus canciones sobre el carácter pusilánime de su soberano. Y ello pese a que durante su reinado Francia había logrado ganar terreno a Inglaterra.
El maestro Jacques explicó esta aparente contradicción con claridad a Teresa y a Enrique durante los actos de despedida al rey Luis IX, que partía hacia la Cruzada. Era el día 12 de junio de 1248. El rey de Francia salió de su fortaleza del Louvre entre un alarde de
caballeros y soldados que gritaban eufóricos y aireaban estandartes y pendones con los colores de sus señores.
–Es curioso, el rey de Francia se va a Egipto y deja su reino abandonado a su suerte, y la gente lo aclama -se sorprendió Teresa.
–La política tiene estas cosas, queridos amigos. El rey Luis está siendo un gran soberano para Francia y para la Cristiandad, y en cambio los juglares no cesan de crear poemas satíricos en su contra, ironizando sobre la debilidad de su espíritu, aspecto que para muchos otros no es sino prueba de su santidad.
»Por el contrario, cuando el rey Ricardo de Inglaterra, el Corazón de León, se marchó a la cruzada y dejó a su reino desamparado y abandonado a su suerte, los poetas cantaron su valor y su arrojo y lo convirtieron en ejemplo del caballero y del buen cristiano. Todavía se escriben versos en los que es comparado con Alejandro Magno, con el rey Arturo o con los mismísimos héroes de la antigua Troya.
»Fue su hermano Juan quien tuvo que hacerse cargo del peso del gobierno de Inglaterra y quien promulgó la que llaman Carta Magna, un estatuto que para sí quisieran muchos otros reinos. Pero las ironías del destino y de los hombres han convertido al rey Juan en un ser despreciable. En la mayoría de las crónicas que he podido leer es tildado de inestable y conspirador; se asegura que destruyó la moral al llevar en sus venas la sangre diabólica de la bruja Melusina, como si no fuera la suya la misma sangre que la de su hermano Ricardo. Se decía de él que estaba podrido en el interior, poseído y enloquecido con sortilegios y maleficios, que no tenía continencia y que era mala persona, adulador y contrariado, que abusaba de la fuerza y que violó a muchas hijas y esposas de sus súbditos.
–Eso mismo han asegurado de otros muchos soberanos; la opinión de los hombres es cambiante, demasiado mudable -replicó Teresa.
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