El plan de Zee
Contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
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Capítulo uno
Abrí la ventana de mi habitación y saqué la cabeza a la noche. La lluvia había parado de caer a la hora precisa y las nubes que ella había traído se estaban alejando. Así había sido todo el verano: días calientes, noches húmedas y, justo después de la medianoche, una hora exacta de lluvia.
Condiciones perfectas para la guerra.
No era que yo la deseara. Ninguno de mis amigos quería problemas.
Todo lo que queríamos era un lugar donde reunirnos. Los que estaban buscando pleito eran los dueños de las tiendas del centro comercial Fairhaven.
Mientras metía la última lata de pintura en mi mochila, pensé en el día en que Horace y yo fuimos al centro comercial a medio construir. En un barrio viejo, como el nuestro, cualquier tipo de construcción es digna de atención.
Pero esta construcción tenía cierta repercusión entre nosotros. Antes de que las bulldozer lo derribaran todo, ese lugar había sido nuestro punto de reunión. Bueno, comprendo que para los demás no era más que un almacén abandonado con un aparcamiento, pero para nosotros, era el lugar de pasar un buen rato. Allí usábamos nuestras patinetas, pateábamos la pelota de fútbol o nos refugiábamos de la lluvia.
Al principio, nos enfureció que nos desalojaran, pero después del impacto inicial, pensamos que un centro comercial nos valdría lo mismo, o sería mucho mejor, si abrían una sala de máquinas de juegos o una cafetería.
La cosa es que nunca pudimos averiguarlo. Dos minutos después de aparecernos por allí, un loco nos amenazó con un hierro en la mano.
¿Por qué? Todo lo que estábamos haciendo era mirar el lugar. ¿Desde cuándo mirar era un crimen?
—No te lo tomes tan a pecho —me dijo mi padre cuando le conté lo que había pasado—. Los dueños de los negocios son los que están financiando esa construcción y tratan de proteger su inversión.
Negué con la cabeza y me alejé. Debí haber sabido de antemano que mi padre se pondría de su lado.
Cerré el zíper de la mochila y me la eché sobre el hombro. Me subí de un tirón en la ventana, pasé las piernas sobre el alero y salté a la calle. Me mantuve en los lugares oscuros, mirando todas las viejas casitas de tejas que se alineaban en mi barrio. Si alguno de los vecinos me veía dando un paseo nocturno, mi padre lo sabría antes del desayuno. Tendría que encontrar una buena explicación.
A no ser por las luces de la calle, la avenida Barret estaba oscura. La luz de la sala de la señora Lironi estaba encendida, pero eso no quería decir que ella estuviera despierta. Siempre dejaba una luz encendida para ahuyentar a los ladrones. Todo el mundo lo sabía, hasta los ladrones.
Atravesé el patio corriendo y salté sobre los arbustos. Mi sombra se estiró a mi lado en la calle y se dobló artríticamente cuando cogí la curva. De reojo, la pude ver corriendo a mi paso y le agradecí la compañía. En la acera había un papel mojado pegado al suelo. Me recordó los folletos que repartieron para anunciar la gran apertura del centro comercial.
Fue un gran evento. Toda la gente del barrio fue a disfrutar de los descuentos. Dos por el precio de uno en la tienda Oscar’s Video Emporium, ningunos impuestos en The Loonie Bin y 25 por ciento de descuento en la farmacia. La cafetería Mario’s vendió los capuchinos grandes por el precio de los pequeños, y en la tienda Jackman’s dieron muestras gratis de embutidos y quesos.
También hubo actividades en el aparcamiento. Repartieron perros calientes y hamburguesas. Un payaso con unos zapatones inmensos daba forma de animales a globos. Otro le pintaba la cara a los niños. Había hasta una banda de música y la estación local de radio no podía faltar.
Mis socios y yo llegamos cerca de la una de la tarde. A esa hora había tanta gente que casi no se podía caminar. Habían colgado un cartel justo en
el medio: “Centro Comercial Fairhaven ¡Gran apertura! Algo para cada miembro de la familia”, decía en letras azules.
En el minuto que llegamos, se acabó la fiesta. Mejor dicho, la fiesta no se detuvo, sólo que a nosotros no nos permitieron participar.
No era otra cosa que discriminación, estaba claro. Ni siquiera nos dijeron que nos fuéramos, simplemente actuaron como si no existiéramos, excepto cuando no estábamos mirándolos. No nos quitaban la vista de encima.
Está bien, lo admito, ninguno de nosotros suele pasar inadvertido. Danny tiene el pelo azul y Horace tiene la cabeza rapada. Benny tiene un anillo en el labio, Mike usa ropa de piel y aretes y, además, todos tenemos tatuajes.
¿Bueno, y qué? Si nuestro dinero vale lo mismo que el de los demás, ¿qué importa cómo lucimos?
Traten de explicárselo a los comerciantes de Fairhaven. Nadie los podría sacar de su idea. No nos querían por allí, ni el primer día, ni nunca.
Siempre que entrábamos en una tienda, alguien nos tenía que seguir: “No toquen la mercancía.” “No lean las revistas.” “No se paren en los pasillos.”
El mismo cuento todas las veces. Las señoras con sus cochecitos se podían parar en el medio de los pasillos. Los ancianos podían tocar la mercancía y las personas de mediana edad podían hojear las revistas. Sólo a los de quince años les estaba prohibido.
Afuera teníamos el mismo problema. Todo lo que teníamos que hacer era pararnos frente a la tienda y los dueños nos echarían esas miradas de lárguense. Ni siquiera podíamos pasar patinando por el aparcamiento sin que nos gritaran. Como no teníamos otro lugar a donde ir, teníamos que aguantarlo.
Hasta un buen día en que pusieron un cartel que decía “Prohibido merodear por este lugar.” Ese día decidimos que teníamos que hacer algo.
No significaba que íbamos a hacer algo diferente a lo que ya veníamos haciendo, sólo que íbamos a hacer más. Y lo íbamos a hacer de propósito.
No como el día de la ventana rota en el mercado Jackman’s. Eso había sido, sin duda, un accidente.
Sucedió un domingo por la mañana. Las tiendas no estaban aún abiertas y jugábamos al fútbol en el aparcamiento. Lo que pasó fue que Benny no calculó su propia fuerza y antes de que pudiéramos darnos cuenta, había
pateado la pelota justo a la ventana de Jackman’s, haciendo disparar la alarma.
No esperamos a la policía. Accidente o no, sabíamos que no nos iban a creer. Y teníamos razón. Los dueños de las tiendas dijeron que no necesitaban más prueba que la pelota de fútbol. Desde ese momento, nos trataron como a criminales. Nos era permitido entrar a las tiendas solamente de dos en dos y sólo por cinco minutos. Al salir, teníamos que alejarnos inmediatamente del lugar. Si nos demorábamos siquiera treinta segundos, se aparecía la patrulla de la policía.
Miré al cielo. Las nubes habían desaparecido y se podía ver el resplandor de las luces del centro comercial en la distancia.
En la esquina de Madison y Harper, me recosté a un roble grandísimo y miré a ambos lados de la calle desierta. Cuando me aseguré de que el camino estaba libre, crucé la avenida corriendo.
La ferretería Feniuk era la última tienda. Entre la ferretería y la acera no había nada, solamente un contenedor de basura. Me agaché detrás del contenedor y miré a la pared de la tienda. Iluminada por la farola de la calle, se veía vacía y de un blanco que daba pena.
Saqué una de las latas de spray de mi mochila y comencé a sacudirla. Le di otra buena mirada a la pared.
No iba a estar así de blanca por mucho más tiempo.
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