El plan de Zee
Capítulo dos
Pinté la pared durante la noche. Sencillamente, porque no quería que me vieran. Pero la oscuridad, que hace que la noche sea perfecta para esconderse, no es la mejor aliada de la pintura. En la oscuridad, las líneas se ven borrosas y desaparecen los detalles. La oscuridad destruye los colores y hace que todos parezcan grises.
Cuando regresé al lugar del crimen, a la mañana siguiente, parecía que estaba viendo el grafiti por primera vez. En cuanto llegué a la avenida Madison, las palabras de tres pies de alto parecían gritarme.
El primer impulso fue lanzarme sobre la pared y hacerlas callar. El segundo, salir corriendo de allí. Pero no hice ninguna de las dos cosas, sino que me acerqué a Horace, que estaba reclinado junto al roble.
Horace apuntó a la pared y los dueños de las tiendas se acercaron para mirarla asombrados.
—¿Fuiste tú el que lo hizo? —me dijo, mostrando sorpresa.
—Sí, ¿por qué? —le contesté a la defensiva.
Anoche me había parecido una buena idea pintar el grafiti, pero ahora no estaba tan seguro.
En la carota de Horace apareció una mueca. Levantó los hombros y dijo:
—Estoy sorprendido, eso es todo. Lo que pasa es que no se parece a las pinturas que tú haces.
—Claro, porque no es una pintura —le aclaré—, es grafiti.
No quería que fuera a confundir lo que había en la pared con una verdadera obra de arte.
Horace volvió a l evant a r los hombros.
—Para mí, pintura y grafiti son lo mismo —dijo, dándome un golpe en el hombro que casi me tumba.
—¡Oye! —protesté.
Horace flexionó el brazo y admiró el tatuaje que tenía hecho alrededor del bíceps: un alambre de púas.
—Perdóname, socio. A veces me olvido de mi propia fuerza.
No podía contradecirlo en eso. Horace era un toro y si jugaba de manos te podía dejar con varios moretones.
—¿Cómo es que no me incluiste en los planes? —me reprochó.
—Porque yo no tenía ningún plan —le dije—. La idea se me ocurrió cuando encontré las latas de pintura en el sótano de mi casa.
Horace hizo un gesto de aprobación y señaló para el centro comercial.
—Parece que la cosa se está poniendo mala por allá. Si la vieja de la florería mueve los brazos más rápido, va a despegar como un helicóptero —
dijo, y se rió de su propio chiste, para después gritar—. ¡Qué pintura más bella! ¿Quién es el decorador?
Los comerciantes se dieron la vuelta para saber quién les hablaba y pronto la curiosidad se convirtió en ira cuando nos vieron. El dueño del mercado Jackman’s comenzó a caminar hacia nosotros, pero Horace y yo nos quedamos recostados al árbol. Aparenta frialdad, me dije mientras los músculos de las piernas se preparaban para que salieran disparadas.
Otro de los comerciantes agarró al señor Jackman por el brazo y le dijo:
—Olvídalo, Leo. Están tratando de provocarte. No les des ese gusto.
El señor Jackman se detuvo, nos echó una mirada de rabia y nos gritó levantando un puño:
—¡Vándalos! Eso es lo que ustedes son, unos vándalos. Alimañas que no sirven para nada —dijo, señalando para la pared—. ¡Miren esa porquería!
Ustedes no tienen derecho a dañar de esa forma la propiedad ajena.
—Y usted no tiene derecho a acusar a las personas sin tener pruebas —le gritó Horace.
En principio, tenía razón. Los comerciantes no tenían ninguna prueba y no debían asumir que habíamos sido nosotros los que habíamos hecho el grafiti. Pero la verdad era que nosotros lo habíamos hecho, es decir, lo había hecho yo. De pronto, me sentí como un delincuente.
El señor Jackman ignoró las palabras de Horace.
—Ni siquiera tienen el valor de responsabilizarse por sus actos. Bueno, eso no me sorprende. Son unos vándalos, te digo. Alguien tiene que darles una buena paliza.
Horace caminó lentamente hasta el contén y se inclinó hacia la calle.
—¿No me digas? Y quién lo va a hacer, ¿tú? —se rió con sorna y regresó al lado del árbol.
Fue un desafío que el señor Jackman aceptó. Verde de ira, se abalanzó hacia la calle.
¡ Tuuuuuuuuu!
De no se sabe dónde, apareció un carro a toda velocidad. El señor Jackman levantó los brazos, giró en el lugar y cayó al suelo.
Me quedé sin respiración. El tiempo se detuvo. Pensé que nos íbamos a quedar atrapados en ese minuto para siempre.
De pronto, todo comenzó a moverse de nuevo. La gente corrió hacia la calle mientras el señor Jackman trataba de arrodillarse. El carro no lo había atropellado, pero el accidente había sacudido a los comerciantes y ya nadie se acordaba de Horace ni de mí. Todos regresaron a las tiendas.
—Ganamos este asalto —anunció Horace, después de que todos se habian ido.
—Es posible —le dije—, pero tú sabes que ellos…
Un ruido me interrumpió. El señor Feniuk, el viejito de la ferretería, estaba tratando de sacar una escalera de metal de su tienda. Le tomó algún tiempo y cuando finalmente lo logró, recostó la escalera contra la pared donde estaba el grafiti y regresó a la tienda. Un minuto después regresó con trapos, latas de pintura, una bandeja, brochas y un par de rollos para pintar.
Horace me dio dos palmadas en la espalda.
—Lo siento, Zee. Parece que tu mural peligra.
Mientras el señor Feniuk pintaba sobre el grafiti, Horace y yo estuvimos sentados a la sombra del roble, burlándonos de él. En realidad, fue Horace quien se burló.
—Mira, se te quedó una esquinita por pintar —gritaba de vez en cuando, o decía— Yo creo que va a necesitar dos capas.
De vez en cuando le preguntaba si quería una manito y, entonces, aplaudía.
Yo sólo observaba. No se me da bien la burla. En realidad, el grafiti tampoco es mi estilo, así que fue casi un alivio ver desaparecer de la pared los insultos fluorescentes. Al mismo tiempo fue un poco descorazonador, porque el grafiti había sido una forma de protesta por lo injusto que habían sido con nosotros. Cada vez que el señor Feniuk le pasaba pintura por arriba a una palabra, me hacía sentir que no había sido escuchado. ¿Para qué me había molestado en escribirla?
Después de casi dos horas, el señor Feniuk parecía que iba a desmayarse.
Tenía la cara roja como un tomate y sudaba bárbaramente. Podía oír sus resoplidos desde el otro lado de la acera. Cualquiera podía darse cuenta de que él estaba demasiado viejo y fuera de forma para semejante trabajo, especialmente en un día de calor. Cuando, finalmente, arrastró la escalera hasta la tienda, sentí alivio. Ya tenía bastante en mi conciencia como para agregar un ataque al corazón.
En cuanto la puerta se cerró, Horace se paró de un salto y dijo:
—¿Qué tal si hacemos unas compritas?
—Ya no hay grafiti —le recordé—, pero no creo que se hayan olvidado de él tan pronto.
Horace se metió las manos en el bolsillo e hizo sonar las monedas que tenía.
—Tengo dinero y quiero gastarlo, mi socio. Hemos estado sentados toda la mañana y ahora tengo hambre. Vamos a comprar unas donas.
Yo no podía creer lo que me decía.
—¿Quieres suicidarte? —le dije—. Si entramos, ¡el señor Jackman nos va a matar!
Horace hizo una mueca.
—¿Tú crees?
—Obviamente, tú no.
—Es posible que tengas razón —dijo, cambiando la expresión y caminando hacia la calle—. Podemos visitar a Jackman mañana. Vamos.
—¿Adónde vamos? —le pregunté, receloso.
Dio media vuelta y me miró como si yo fuera completamente anormal.
—Ya te lo dije, tengo hambre y necesito comer. Vamos a la farmacia a comprar unas papitas o algo.
De mala gana me puse de pie y comencé a seguirlo.
—Después vamos a la ferretería del señor Feniuk —y antes de que yo pudiera protestar, pasó un dedo por la pared, ahora blanca, y dijo— Vas a necesitar más pintura.
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