El poder y el delirio

Enrique Krauze · Capítulo 29 de 62

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El poder y el delirio

III. Venerador de héroes: biografía y mitología

III

Venerador de héroes: biografía y mitología

Buena estrella

 

«Bolívar y yo dimos un golpe de Estado. Bolívar y yo queremos que el país cambie». El comandante pronunció estas palabras sacramentales en la primera entrevista que concedió a la prensa. Y el comandante hablaba en serio. Pero quizá nadie, ni siquiera él, entrevio el grado en que las reverberaciones del pequeño sismo militar que había encabezado —uno más en la telúrica historia venezolana— cambiarían, en pocos años, la vida de aquel país y de América Latina, y perturbarían la geopolítica mundial de principios del siglo XXI.

Un mes antes, el 4 de febrero de 1992, todo parecía distinto. El fracaso de su acción revolucionaria lo había «derrumbado»: «hubiera preferido la muerte», recordaba. No era para menos. Llevaba cerca de quince años de vivir dos vidas, y vivirlas peligrosamente.

Por un lado, había sido un oficial modelo del ejército: apenas graduado en 1975 de licenciado en Ciencias y Artes Militares (octavo de un total de 67 en la Academia Militar), había ascendido el arduo escalafón sirviendo en diversos estados y distintas encomiendas. Esforzado y curioso, había impartido clases de historia militar, tomado cursos para el Estado Mayor y dado inicio a un posgrado en Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar. En su trato personal con los superiores era formal y cortés; con sus compañeros, cordial, alegre y animoso. Pero su verdadero yo era el de un conspirador que trabajaba para la revolución incrustado en las Fuerzas Armadas.

Carismático, idealista, incansable, apasionado, temerario, impaciente, lenguaraz, fue —desde fines de los setenta— el interlocutor principal de los personajes más radicales de la izquierda insurreccional que se negaban a admitir el fracaso de la revolución. Uno de ellos era Douglas Bravo, el veterano de la guerrilla de los sesenta que nunca había sido apresado. Otro era William Izarra, teniente coronel de la Fuerza Aérea, viajero frecuente a La Habana, Trípoli y Bagdad que en los setenta había recibido una beca (del sistema democrático que odiaba) para estudiar en Harvard (en el país que odiaba) y escribir una tesis revolucionaria para las Fuerzas Armadas.

Chávez se reunía con estos y otros personajes en casas, departamentos, parques públicos, siempre sigiloso, a veces disfrazado. ¿Qué sospechas, delaciones o pesquisas no había librado en esos quince años? Su buena suerte lo salvaba siempre: sus superiores —extrañamente indulgentes o desaprensivos— lo invitaban a cenar o lo trasladaban fuera de la capital.

Su buena estrella lo protegió especialmente el 27 de febrero de 1989, cuando el presidente Carlos Andrés Pérez llamó al ejército para reprimir el saqueo de comercios en la capital del país. Aquel día Chávez contrajo una providencial varicela. A partir de aquellos hechos de sangre la cuenta regresiva del ansiado golpe se aceleró.

El plan —ideado por Kleber Ramírez Rojas, prominente ideólogo de la revolución socialista— no dejaba nada al azar: capturar al presidente; disolver el Congreso, los parlamentos regionales, el Tribunal Superior, el Consejo Electoral y los partidos políticos; instaurar un Consejo de Estado Revolucionario y hasta la formación de un robespierrano Comité de Salud Pública que incluía decretos que ordenaban el fusilamiento de una larga lista de políticos y empresarios. No podía fallar, no debía fallar, pero falló, por razones que aún ahora son materia de disputa. Según algunos de sus propios compañeros, la rendición de Chávez sin disparar un tiro había sido prematura, inexplicable, hasta cobarde. Y había costado 17 vidas, entre civiles y militares. Él aduciría que de no haberse rendido, las bajas habrían sido mucho mayores. Como quiera que sea, en aquel 4 de febrero nada mitigaba el dolor de la derrota: cuando «se cayó el poder del fuego», también él se había precipitado en el mayor abatimiento. Tras quince años de vivir frente al abismo, era un héroe caído, un antihéroe.

Pero ni siquiera entonces su buena suerte lo abandonó. Un golpe, no de Estado sino de azar, transformó su derrota en victoria. El general Ochoa Antich le ordenó aparecer en televisión con un llamado a la deposición general de las armas. Increíblemente, le regalaban el sueño de cualquier revolucionario, desde Fidel Castro en la Sierra Maestra hasta los guerrilleros salvadoreños de los años ochenta: llevar la guerra a los medios y ganar, a través de ellos, la conciencia pública del país.

Chávez no desaprovechó la oportunidad de «editar» su realidad presente para producir su futura victoria. Se acicaló, se colocó la boina roja de su batallón de paracaidistas, y con perfecta calma, cuidada dicción y tono exacto —como en sus tiempos de locutor de radio y maestro de ceremonias en concursos de belleza— pronunció un mensaje en vivo de solo 169 palabras en el que saludaba cortésmente al pueblo venezolano, llamaba a la rendición de sus compañeros y, como un MacArthur del trópico, advertía: «Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados […] vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor». Quizá sin saberlo, escenificaba una página extraída de Curzio Malaparte en su clásica Teoría y práctica del golpe de Estado (1931): tomar los medios para comunicar desde el primer momento la impresión de un hecho consumado, irreversible y feliz, hacia tiempos mejores.

A las pocas horas de arresto, el capellán de la cárcel, primer visitante en su celda, le susurró al oído el bálsamo de la resurrección: «Levántate, en la calle eres un héroe». La gente comenzó a acudir en caravana en espera de una fotografía o un autógrafo. En el carnaval, los niños se disfrazaban de Chávez. «A mí me ponían velas al lado de Bolívar —recordaba ya siendo presidente, en 2002— […] el pueblo hasta inventó una oración: Chávez nuestro que estás en la cárcel, santificado sea tu nombre». Sí, el comandante hablaba en serio: «El verdadero autor de está rebelión es Simón Bolívar».

* * *

 

Los datos anteriores son archiconocidos. Provienen de tres fuentes: Hugo Chávez sin uniforme, de Alberto Barrera Tyszka y Cristina Marcano; Hugo!, de Bart Jones, y Habla el comandante, libro que recoge la serie de catorce entrevistas que el historiador Agustín Blanco Muñoz sostuvo con el comandante Hugo Chávez entre marzo de 1995 y junio de 1998.

Publicado inicialmente en 2004 y reeditado varias veces con un epílogo de 2006, el trabajo de Barrera y Marcano cubre sobre todo la etapa de formación de Chávez, aunque se adentra también, con una composición temática, en varios aspectos centrales del régimen: la súbita afición al turismo que contrajo Chávez desde el primer año, la crisis de abril de 2002, su estilo mediático de gobernar (los autores lo llaman «El Showman de Miraflores»), su política exterior (los desafíos al «pendejo de Bush», su pacto de sangre con Fidel, los pleitos con sus vecinos), su entorno privado, y un análisis del cuadro político en 2006 de cara a una hegemonía que en ese momento parecía casi asegurada hasta 2021. De fácil lectura, estilo claro y tono objetivo, se asienta en una rigurosa investigación bibliográfica, hemerográfica e internética que recoge obras pioneras sobre el chavismo (como las de Alberto Garrido y Alberto Arvelo Ramos) así como en entrevistas con personajes clave de la oposición. De particular importancia es el acceso que los autores tuvieron a los diarios juveniles de Hugo Chávez y que quedaron en poder de Herma Marksman, su compañera amorosa y revolucionaria en la etapa fundamental de su conspiración. Quizá la laguna principal del libro es la falta de entrevistas con representantes del chavismo.

El libro de Jones, mucho más extenso, es una biografía oficial de Chávez que en algunos tramos linda con la hagiografía. No sin razón, Jones trae a cuento y admira la energía, la actividad incansable y la genuina y antigua indignación de Chávez ante la injusticia social y la pobreza, pero adopta sin más la visión que el comandante tiene de sí mismo: conecta la vida de Chávez con la de Bolívar, cree que Bolívar era revolucionario en el sentido social que pregona Chávez, decreta en varios pasajes que el periodo de «Punto Fijo» era una falsa democracia: «Una democracia en el papel, pero que funcionaba para beneficiar a las elites». Punteado aquí y allá por errores históricos, no por risibles menos gruesos (como imaginar una emboscada del general Ezequiel Zamora —caudillo de las Guerras Federales de los años cincuenta del siglo XIX— a los «ingenuos españoles»), el libro de Jones es también un ejemplo de doble moral: llama «rebelión de los ángeles» al «buen» golpe de Chávez y dedica 60 de las 570 páginas del libro a desentrañar el «mal» golpe de 2002; ve a los antiguos aliados de Chávez como desertores por interés o ceguera ideológica; desprecia a los gobernantes del pasado por tener amantes, beber whisky importado o presidir regímenes corruptos, pero no se refiere con ese nombre a las mujeres de Chávez, ni le parecen demasiado mal los whiskies y la corrupción de hoy. Cuando no tiene más remedio que mencionar aspectos negativos del régimen o de su héroe, invariablemente emplea la fórmula antiséptica: «Según sus críticos…». No obstante, el libro de Jones contiene materiales sumamente valiosos provenientes sobre todo de las entrevistas que Jones pudo llevar a cabo con figuras relevantes de las últimas décadas: Adán, el hermano mayor de Chávez; la propia Herma Marksman (a quien Jones equipara primero con la legendaria Manuela Sáenz, amante apasionada y compañera insurgente de Bolívar, pero luego critica por «no haber sido leal a Chávez hasta la muerte»), Jesús Urdaneta (conspirador de primera hora, separado tempranamente de Chávez y a quien Jones llama «firme anticomunista»), Francisco Arias (compañero de Chávez a todo lo largo de la historia conspiracional, arrepentido luego de apoyarlo —hasta el punto de ser candidato presidencial de la oposición en 2000— y más tarde arrepentido de su arrepentimiento, tanto que hoy es embajador de Venezuela ante la ONU), Fernando Ochoa Antich (ministro de la Defensa en el momento del golpe de 1992), Mario Iván Carratú y Ramón Santeliz (protagonistas centrales en esos hechos) y, por supuesto, copiosamente, el propio Hugo Chávez. En el prólogo y el epílogo, Jones asienta la fascinación que le provoca la charla con el presidente a bordo del jet: «Su cabina era más pequeña de lo que yo esperaba, dada la indignación de sus críticos en torno a la compra de este avión Airbus 319 en 65 millones de dólares». Sin aparente sorpresa ni acotación alguna, escribe que Chávez afirmó que su proyecto socialista buscaba promover la igualdad, la libertad, la fraternidad y satisfacer las necesidades básicas… En suma, buscaba el reino de Dios, pero «aquí en la tierra». Jones, que trabajó en el grupo Maryknoll perteneciente a los Catholic Peace Corps, quedó, más que convencido, convertido.

El libro del profesor Blanco Muñoz es prolijo en su presentación y un tanto engorroso de leer. Dotado de un buen índice onomástico y temático, se trata de un conjunto de testimonios de la mayor importancia. Gracias al empeño de Blanco Muñoz —que se acerca a su entrevistado con esperanza de redención para lo que él llama «pueblo-pobreza»— podemos escuchar a Chávez antes de su acceso al poder. Allí está la visión de Chávez sobre Chávez, anécdotas frescas de su infancia y juventud, su trayectoria conspirativa, su explicación puntual (obsesiva, casi sospechosamente obsesiva) de por qué fracasó el golpe, su paulatino convencimiento de la necesidad de ir a elecciones para convocar a una Constituyente y borrar toda huella de la democracia liberal que «¡fo!, huele mal», sus ideas sobre Bolívar, su imagen de Castro, su fidelidad al ejército, su identidad militar, la confesión de su orfandad ideológica, etcétera.

Con candidez y veneración, en el caso de Bart Jones; con discreción y economía, en Alberto Barrera Tyszka y Cristina Marcano, la imagen del conspirador resulta similar. Lo que Chávez aportó esencialmente a la historia política de su país (y a la de América Latina) fue la reanudación del proyecto revolucionario de los años sesenta que había sido derrotado por el régimen democrático de Betancourt y Leoni, y que luego de la caída del Muro y la crisis del mundo socialista parecía ya imposible y anacrónico.

Él mismo lo ha declarado: «Yo creo que la lucha de los sesenta dejó una fragmentación tal y un veneno que hasta nosotros fuimos impregnados de sus productos». Él fue el antídoto contra el veneno. Aunque el irreductible Douglas Bravo lo considera ahora demasiado tibio y hasta «neoliberal», admite que Chávez fue «el conspirador más activo, tanto teórico como práctico». Lo había reconocido como tal desde principios de los ochenta: representaba la «pata» que, junto a la popular, la intelectual y la obrera, faltaba al diseño revolucionario: la «pata» militar.

La narración biográfica de la vida de Chávez entre 1977 y 1992 (más esquemática en Barrera y Marcano, más detallada y digresiva en Jones) no deja duda de su tesón, nacido probablemente de una intensa identificación inicial con la guerrilla en cuya zona operó (con remordimiento y vergüenza, según ha dicho repetidamente) hacia el año de 1977 en el estado de Anzoátegui. Chávez se desempeñaba entonces como oficial de comunicaciones.

«Ahí caí en mi primer conflicto existencial», confesó Chávez a Gabriel García Márquez, en una entrevista de febrero de 1999. «Llegué incluso a pensar en irme a la guerrilla y hasta fundé un Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela. Ahora me río cuando lo recuerdo, porque sus miembros no llegábamos a diez», recordaría en otro momento. Su simpatía resalta sobre todo en el acucioso diario personal de Chávez que Barrera y Marcano pudieron consultar gracias a su contacto con Herma Marksman. En septiembre de 1974, durante un ejercicio de ataques, le había tocado «interpretar» el papel del Che Guevara y apunta: «Teníamos un campamento guerrillero en el cual cantábamos canciones de protesta y emboscábamos a los nuevos. Gocé un puyero, estoy ronco de tanto gritar». Al poco tiempo lamenta: «Qué estarán haciendo los jóvenes de mi edad en otras partes, aquellos que viven libres de tantos sacrificios como este [una prueba militar]. De seguro estarán bonchando en una discoteca». Y dibuja su proyecto heroico:

Si ellos supieran lo que estamos haciendo, dirían que estamos locos. Pero yo no

estoy loco. Sé muy bien lo que busco y lo que hago, y por qué me sacrifico.

Recuerdo en estos momentos un pensamiento del Che: «El presente es de lucha.

El futuro nos pertenece».

Tres años más tarde, en octubre de 1977, mientras opera ya en Anzoátegui, la contigüidad física con los guerrilleros ahonda su convicción. No solo invoca al Che («Vietnam. Uno y dos Vietnam en América Latina») y a Bolívar («Vengan. Regresen. Aquí. Puede ser») sino que, significativamente, se inscribe ya a sí mismo en la saga revolucionaria: «Esta guerra es de años […] Tengo que hacerlo. Aunque me cueste la vida. No importa. Para eso nací. ¿Hasta cuándo podré estar así? Me siento impotente. Improductivo. Debo prepararme. Para actuar». Dos días más tarde anota:

¿Quién agitará la llama? Se puede hacer un gran fuego. La leña está mojada. No

hay condiciones. No hay condiciones. No hay condiciones. Maldita sea. ¿Cuándo

las habrá? ¿Por qué no crearlas? No hay condiciones. Subjetivas sí. Objetivas no.

Tremenda excusa. Allí nos encontramos.

A fines de los setenta, mientras su padre, el profesor Hugo Chávez, es director de educación en su estado natal de Barinas, bajo la administración copeyana de Luis Herrera Campins (1979-1984), su hijo, el subteniente Hugo Chávez, busca acelerar las «condiciones» y entabla los primeros vínculos con los grupos civiles radicales de Causa R. que, para su desencanto, le hacen ver que «esta guerra es de años».

La verdadera acción comienza en los ochenta cuando, estacionado en Maracay, Chávez conoce a Izarra y a Bravo. Con este último se reúne en el mayor sigilo y de él adopta la idea del «árbol de las tres raíces», en referencia a tres prohombres venezolanos que debían ser el emblema y la inspiración, ya no internacional sino autóctona, del movimiento: Simón Bolívar, su maestro Simón Rodríguez (llamado históricamente «Robinson») y el caudillo de la Guerra Federal, Ezequiel Zamora. Con el juramento en el «Samán de Güere» nace el EBR, el Ejército Bolivariano Revolucionario.

En 1983 sobreviene en Venezuela una agudísima crisis económica debida al desplome de los precios petroleros y a la devaluación ya mencionada, recordada hasta hoy como la del «Viernes Negro».

Un año más tarde, tras volver a Caracas, desde su puesto de instructor de historia, Chávez se dedica a reclutar cadetes. Estudia sus perfiles personales con detenimiento, los llama «mis centauros», les toma el juramento bolivariano y les escribe poemas. Por un tiempo, todo camina sobre ruedas: asciende a capitán, habla en pequeños grupos sobre historia y política, organiza hasta cinco «congresos» subrepticios, acumula rifles, granadas, equipo radial. Sus células actúan en «anillos de seguridad», incomunicadas entre sí. Para entonces, la dualidad había invadido todas las esferas de su persona, no solo la militar y profesional sino la íntima: se había casado y crecían sus hijos Hugo Rafael, María Gabriela y Rosa Virginia, pero al mismo tiempo en 1984 había establecido una relación amorosa con su compañera revolucionaria, Herma Marksman.

En 1985 los peligros suben de intensidad en su vida. La sospecha de sus superiores interrumpe su trabajo y lo conduce a las lejanías de Elorza, junto a la frontera con Colombia, donde compagina (y enmascara) su actividad conspiratoria plantando árboles, organizando festivales y ligas locales de béisbol. Ascendido a mayor, en 1986 su impaciencia bordea la temeridad: en un momento emprende una larguísima marcha con tanques, cientos de kilómetros desde Elorza hasta San Cristóbal. Afectado como Alonso Quijano por la lectura de libros, no de caballerías sino de historia venezolana, busca emular (representándolas) las hazañas guerreras del legendario general Páez a quien —según su compañero Raúl Baduel— Chávez admiraba entonces profundamente. Otro compañero, Francisco Arias («un soldado que más bien parecía y caminaba como un sacerdote», dice despectivamente Jones, en referencia quizás a su estancia por años en el Seminario Arquidiocesano de Mérida), le sugiere calma, pero Chávez anhela trasmutarse en héroe de la nueva independencia de su país, en guerrillero de la revolución: quiere desestabilizar, volar puentes, pozos petroleros y torres eléctricas. Por un tiempo rompe con los grupos civiles que aconsejan esperar, y sin embargo espera. En septiembre de 1986, tras una delación, debe ordenar súbitamente la destrucción de los comprometedores papeles que guarda Marksman y tolerar que sus superiores lo arrinconen aún más, en un ostracismo que le recuerda el de Lorenzo Barquero, personaje de Doña Bárbara, la célebre novela de Rómulo Gallegos. Pero en todos los casos, ya sea por su simpatía o su ingenio, o por contar con la coartada perfecta, o por no haber dejado rastros claros, se le tolera con lenidad. Sus discursos incendiarios y los himnos guerreros que hace cantar a sus cadetes tienen —como tantas cosas en la personalidad de Chávez— dos significados: el revolucionario y el patriótico. Sus superiores prefieren escuchar el segundo. No menosprecian su enjundia pero acaso sí su inteligencia estratégica. Creen que es posible controlarlo.

Por un tiempo el movimiento va de picada. Chávez no desfallece. De pronto, sobreviene el Caracazo y el desplome casi total de la confianza pública no solo en el gobierno sino en los partidos tradicionales y en la política toda. En Venezuela se pone de moda la antipolítica.

A partir de ese episodio traumático —el esperado arribo de «las condiciones objetivas»— el golpe de Estado entra en cuenta regresiva. A fines de 1989, Chávez trabaja en el propio Palacio de Miraflores con el ministro de Defensa Fernando Ochoa Antich. El ministro no simpatiza con él pero prefiere tenerlo cerca creyendo que así lo vigila.

Pero Carlos Julio Peñaloza Zambrano, director de la Academia Militar, sospecha de su participación en un complot para asesinar al presidente. La conjetura no es fantasiosa: Chávez tiene acceso amplio al presidente. En un momento de telenovela, Peñaloza lo reta a duelo. El ministro Ochoa Antich alivia la tensión: también sospecha de Chávez pero solamente decide alejarlo de Caracas. Tras leer estos hechos casi surrealistas en el libro de Jones, un comentarista británico escribiría: «Uno de los aspectos más sorprendentes de la biografía de Chávez es la indulgencia con la que lo trataban sus enemigos […]. Todo resulta deliciosamente sudamericano».

En 1991 Chávez comanda por fin un batallón propio, el de Paracaidistas, y elige con sus amigos Arias, Urdaneta y Acosta Chirinos varios momentos para hacer estallar el movimiento. La agenda del presidente Carlos Andrés Pérez dicta la fecha del 4 de febrero de 1992, cuando Pérez regresa del Foro Económico Mundial en Davos. Hay todavía varios hechos azarosos: dudas, divisiones, delaciones, deserciones, retractaciones. Aunque Jones hace la cuidadosa reconstrucción del golpe (con escenas de película, como el asalto con tanques al Palacio Presidencial del que Pérez se salva por segundos, gracias al arrojo del jefe de edecanes Mario Iván Carratú, que abatió de un disparo al ametralladorista de un tanque que logró tener en la mira la limusina presidencial), la verdad permanece en la bruma y acaso nunca se aclarará por completo. El silencio, la complicidad, la confusión, el miedo y hasta el olvido han dejado en el aire muchas preguntas. Basta un solo ejemplo: ¿por qué, habiendo sido un oficial en comunicaciones, le fallaron a Chávez, precisamente, las comunicaciones?

En las pláticas que sostuvo con Blanco Muñoz, Chávez dedica horas a justificar sus decisiones. Más allá de la veracidad o sinceridad de sus argumentos (copiosamente vertidos en las entrevistas con Blanco Muñoz), lo cierto es que importan menos como elementos históricos que biográficos. Son piezas de una inútil ucronía: ¿qué hubiera pasado si Chávez ataca Miraflores, si recibe los refuerzos de Fuerte Tiuna, si se comunica con sus aliados, si logra el esperado apoyo de la población civil? Tal vez habría muerto. O ganando, habría instaurado de inmediato un Comité de Salud Pública. O habría sido desbancado. Quizá si Chávez triunfa aquel día, su victoria hubiera sido una derrota. Tal como ocurrió fue lo contrario: su derrota fue una victoria. Malaparte tenía razón: para llegar al fin, el mejor medio son los medios.