El proyecto

Courtney Summers · Capítulo 2 de 7

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El proyecto

Prólogo

EL

PROYECT

COURTNEY SUM ER

Traduc ión de Aida Candel rio

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Este es para mí.

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PRÓLOG

19 8

Bea se encuentra en la casa de la señora Ruthie, comiendo una de las gal etas de mantequil a de cacahuete de la señora Ruthie, mirando por la ventana de la sala de estar de la señora Ruthie mientras espera a que sus padres vuelvan a casa.

Desde aquí, puede ver su casa con todas las luces apagadas y la puerta principal cerrada con l ave. El columpio de madera que cuelga del árbol en el jardín delantero se mece con suavidad en la brisa veraniega. El camino de acceso está vacío. Todo esto hace que le duela el estómago, pero no lo suficiente como para dejar la gal eta, tan deliciosa y blandita. Bea quiere encontrarse donde está la acción… al menos, eso es lo que le oyó decir a su padre cuando la dejó con la señora Ruthie. No se lo puso fácil: gritó y se aferró a las piernas de su padre como un animal salvaje mientras la señora Ruthie observaba, horrorizada. (Se sintió sumamente aliviada cuando la rabieta disminuyó dando paso a afligidos sol ozos, y fue entonces cuando aparecieron las gal etas de mantequil a de cacahuete).

Papá se puso en cuclil as delante de Bea y le dio un beso.

«Te l evaría si pudiera, bichito». Ese era uno de los muchos apodos que le había puesto. Bea, abejita, bichito. El a esperó que le hiciera una promesa («Mamá y yo te arroparemos esta noche»), pero no fue así. Su padre se iba al hospital. Había una hermanita esperando al í, pero l egaba mucho antes de lo esperado. Se suponía que todavía debía pasar otra hoja del calendario.

Bea tiene seis años, la edad suficiente como para saber lo que es ser la hermana mayor. Su mejor amiga, El en, es la hermana mayor y también ha

visto muchas en la televisión. Entiende que significa que el a l egó primero y, si ser la hermana mayor solo consistiera en eso, sería bastante fácil. Pero implica algo más que le parece más difícil de aceptar: Bea tiene la sensación de que El en, y esas chicas de la tele, no son el centro de atención, se encuentran en segundo plano. No quiere ser la hermana mayor. Siempre ha sido la persona a la que más quieren sus padres y desea que eso siga siendo así.

Bea pasa una noche incómoda en la habitación de invitados de la señora Ruthie. Su vecina no sabe darle las buenas noches como hacen sus padres y, a la mañana siguiente, cuando papá viene a recogerla, cansado y estresado, Bea lo golpea en el costado como cuando tenía tres años y él le decía algo que no quería oír. Su padre le sujeta suavemente las muñecas con las manos y le dice: «No se pega a la gente, Bea, ya lo sabes». El a empieza a l orar. Él le suelta las muñecas, la abraza y le pregunta qué le pasa. «Me dejaste con la señora Ruthie y te olvidaste de mi osito y no quiero una hermana», eso es lo que quiere decir, pero no lo hace. Su padre le da las gracias a la señora Ruthie y l eva a Bea de vuelta a casa. Cuando la deja en el suelo en el umbral, el a echa a correr hacia la habitación del bebé; no hay ningún bebé al í y eso la l ena de alivio. Llama a su madre, pero su madre tampoco está al í.

«Están en el hospital», le dice papá, donde está la acción.

Cuando se reúnen con mamá en la sala de espera, Bea se queda muy confundida, porque todavía parece l evar al bebé dentro. Mamá le da un abrazo a su abejita y espera a que le diga algo dulce, pero Bea no puede.

«Vamos a ver a tu nueva hermanita», dice por fin su madre. Bea chil a: «¡No quiero una hermana!» y se sienta en el suelo con los brazos cruzados y haciendo un mohín con el labio. Sus padres intercambian una mirada de impotencia por encima de su cabeza. Al final, papá la toma en brazos, pero Bea quiere que la l eve mamá. Mamá no puede cargarla porque está dolorida y le han dado puntos por el parto.

Otra razón más para odiar al nuevo bebé.

Tienen a su hermana en un lugar especial. Al menos, así es como se lo describen sus padres. «Es que estaba deseando l egar para verte», le explican.

Claro. Cuando Bea piensa en algo «especial», le vienen a la mente cosas de bonitos tonos pastel y adornadas con purpurina, pero la habitación a la que la conducen sus padres (después de hacer que se lave las manos) es fría y da miedo. La l evan hasta una caja transparente, dentro de la cual hay un pequeño bebé. Unos tubos entran y salen de su cuerpo, se le introducen por la nariz, sujetos por una cinta adhesiva que apenas parece capaz de adherirse a la piel de la recién nacida.

La imagen es tan perturbadora que Bea se echa a l orar.

«Será duro tener un nuevo bebé», le dice mamá cuando se encuentran en la zona para las familias, que no consigue disimular que continúa siendo un hospital. Se han sentado en un sofá raído. Bea está acurrucada contra el costado de su madre, con la cabeza apoyada contra sus pechos hinchados.

«Te resultará duro tener una hermana». Bea no quiere oír esto. Quiere oír que será fácil y que nada cambiará.

«Espero», continúa mamá, «que todavía te quede sitio para querernos a tu padre y a mí».

Una pregunta se forma en los ojos de Bea y su madre le explica lo diferente que es la conexión entre hermanos. No es como la que Bea tiene con mamá y papá. Mamá le asegura que, al tener una hermana, se crea un lugar que solo el as compartirán, hecho de secretos que nunca tendrán que decir en voz alta… pero, si lo hicieran, sería en un idioma que únicamente el as dos sabrían hablar.

«Tener una hermana supone una promesa que nadie salvo vosotras dos podéis hacer… y que nadie salvo vosotras dos podéis romper».

Cuando regresan a la habitación fría y que da miedo, Bea observa al bebé.

Es tan diminuta y nueva. La recién nacida parece sentir que su familia está cerca y sus extremidades increíblemente pequeñas se mueven un poco hacia el os. Mamá y papá tienen una mano apoyada en cada uno de los hombros de Bea. Su padre le pregunta si le gustaría ponerle nombre al bebé. Bea se plantea un buen rato si quiere hacerlo cuando, de pronto, un nombre le l ega como un fogonazo, con una voz que no es la suya: como si proviniera de ese lugar del que acaba de hablarle su madre, forjado con secretos aún

por compartir. El comienzo de un idioma que solo el as dos saben hablar.

Una promesa.

201

Bea se yergue sobre el cuerpo de su hermana pequeña. Unos tubos entran y salen de todo su cuerpo, sujetos con una endeble cinta adhesiva de uso hospitalario y conectados a máquinas cuyo rítmico y persistente sonido ofrece la única prueba de que sigue viva. Un respirador la ayuda a respirar.

«Respira por el a», se corrige Bea.

Porque Lo no respira por su cuenta.

Las partes de su hermana que resultan visibles bajo todo el material hospitalario parecen fruta magul ada… pero de la que uno tira a la basura, la que ni siquiera puedes pelar para intentar rescatar algún trozo. Bea estira el brazo y mantiene la palma suspendida sobre el dorso de la mano de Lo. Le da miedo tocarla, le da miedo que cualquier contacto pueda interferir con la tenue conexión de Lo con la vida.

«Y no puedes morirte».

Bea estaba en el cine con Grayson Kel er cuando pasó. La cosa. Un desventurado equipo de un puesto avanzado en la Antártida, que no sabía cuándo dejar las cosas quietas, salpicaba la pantal a mientras la mano de Grayson se introducía debajo de la blusa de Bea y luego, a pesar de intentar impedírselo, de los pantalones. No está segura de cuál era la escena que proyectaba la película cuando el camión se estrel ó contra el todoterreno de sus padres, matándolos en el acto, ni sabe si los créditos se estaban proyectando cuando los bomberos consiguieron sacar a Lo de los restos del accidente. Bea había apagado el móvil, como el cine solicitaba que hicieras, y se olvidó de volver a encenderlo. Luego, Grayson la l evó a una fiesta en la

que el a se aseguró de que la viera contra una pared con otro chico, que le permitió guiar sus manos hacia donde a el a le gustaba y no intentó ir más al á.

De camino a casa, cerca de la medianoche, le extrañó que sus padres no le hubieran enviado un mensaje. Vale, ya era lo bastante mayor como para no tener toque de queda, así que no tenían que hacerlo, pero a Bea le gusta encontrarse donde está la acción y ahora, más que nunca, eso hace que mamá y papá se preocupen.

Cuando l egó a su casa, el camino de acceso estaba vacío.

La puerta principal estaba cerrada con l ave y las luces estaban apagadas.

Bea enterró a sus padres sola porque no podía demorarse. Espera haberlo hecho bien. La señora Ruthie fue de gran ayuda. Y ahora se pasa los días intentando localizar a su tía abuela Patty, el único pariente vivo que les queda a Bea y a Lo por parte de su madre (difunta madre). No se conocen, pero Patty probablemente debería saber lo ocurrido.

La situación de Lo es tan grave ahora que lo que ocurrió en el accidente no va a ser lo que la mate. Se trata de la infección que sufrió después. Los médicos la han tratado con todos los antibióticos de los que disponen y Lo está tan l ena de fluidos que tiene las manos, los brazos, los pies y la cara hinchados. Hoy, cuando Bea entra en el hospital, una enfermera le pide que se quede a pasar la noche, si puede soportarlo. Bea no puede soportarlo.

«Quédate de todas formas», le dice la enfermera.

Lo fue una niña rara; toda su infancia le resultaba incomprensible a Bea, pues carecía de los impulsos mágicos que había tenido la suya. Bea corría hacia el mundo sin mirar atrás, mientras que Lo no parecía poder dirigirse en ninguna dirección sin la certeza de tener adónde regresar. Cuando tenía seis años, Lo se despertaba por las noches l orando con las sábanas empapadas y acudía a Bea para solucionarlo, nunca a mamá o papá.

Siempre tenía un aspecto tan lastimero que Bea no lograba enfadarse.

«Tuve una pesadil a», decía Lo y, acto seguido, le rogaba a Bea que no le contara a nadie que había mojado la cama. Bea no tenía el valor de decirle

que mamá y papá ya lo sabían: ¿quién hacía la colada si no? Aun así, cambiaban las sábanas juntas y limpiaban a Lo y Bea la volvía a arropar en la cama, intentando, sin éxito, desentrañar por qué su hermana se había despertado aterrada, para poder ponerle fin. Una noche, después de que Bea la acostara, Lo la miró con los ojos muy abiertos y le preguntó si le daban miedo todas las cosas que no sabía si podrían pasarle. Bea le aseguró que no.

El a solo creía en lo que podía ver.

Lo quiere ser escritora.

A Bea le atormentan todas las historias que su hermana nunca tendrá la oportunidad de contar.

Bea acude a la capil a del hospital, donde no hay nadie. El trayecto consiste en un titubeante paso tras otro hasta que concluye. Se desploma delante del altar y la cruz, lastrada por el peso de su pena, y l ora.

«Haré lo que sea», le dice al suelo, porque no sabe adónde mirar.

«Haré lo que sea».

Se tumba al í mismo, con los ojos inyectados en sangre, las mejil as empapadas de lágrimas y la piel alrededor de los labios y la nariz despel ejándose, dolorida y en carne viva de tanto restregarla.

«Dios», susurra, y eso es lo único que dice, una y otra y otra vez. «Dios, haré lo que sea. Por favor, Dios…».

Y, entonces, él aparece.

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