El proyecto

Courtney Summers · Capítulo 3 de 7 · parte 1/3

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El proyecto

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

PRIME A PARTE

SEPTI MBR DE 2017

Cuando desperté, se avecinaba una tormenta. No se notaba en el aire, pero lo sentí en los huesos. La luz del sol bordeaba las esquinas de la ventana cubierta de mi habitación y, si se me hubiera ocurrido sugerirle a alguien que cogiera un paraguas, me habría tachado de loca porque, cuando abrí las cortinas de par en par, no había ni una nube en el cielo. Pero mi cuerpo nunca miente y, cuando l ego a la estación de tren, ya ha empezado a l over.

—Maldita sea.

Levanto la vista despacio de mi regazo al mismo tiempo que aflojo los puños. Mi taxista está inclinado hacia delante, observando a través del parabrisas el velo de color gris oscuro que cubre el cielo. Me saco la cartera del bolsil o, rebusco unos bil etes y se los paso por encima del asiento antes de bajarme. Las primeras gotas de fría l uvia me caen sobre la piel y el aguacero empieza de verdad en cuanto me resguardo al otro lado de las puertas automáticas. Al girarme, veo cómo las personas que no han tenido tanta suerte buscan refugio a toda prisa.

—Joder —mascul a una mujer mientras entra a trompicones, empapada, arrastrando a dos pobres críos: un niño y una niña. El niño empieza a l orar.

Me vuelvo hacia la estación y compruebo el tablón de anuncios situado contra la pared. Llego diez minutos pronto, no hay retrasos. Me siento aliviada, aunque no por estar aquí. Al cerrar los ojos, veo el revoltijo de mantas sobre la cama de la que obligué a mi cuerpo dolorido a levantarse, esperándome.

Me giro y choco con una pared humana: un hombre. O un chico. No estoy muy segura. Podría ser un poco mayor que yo, tal vez algo más joven.

El tiempo todavía no lo ha marcado de una forma definible. Lo veo ensanchar ligeramente los ojos al fijarse en mi rostro.

—¿Te conozco? —me pregunta.

El intenso tono rojo de sus mejil as destaca contra su pálida piel blanca y tiene profundas ojeras bajo los ojos castaños, como si no hubiera dormido últimamente. Cuenta con una grasienta maraña de cabel o negro y rizado, y está muy delgado. No lo he visto nunca y su forma de mirarme me gusta cada vez menos, así que lo esquivo y me alejo sin sacarlo de su error.

—Te conozco. —Le oigo decir a mi espalda.

Me uno a la multitud congregada en el andén. Odio los empel ones previos a subir al tren, encontrarme en medio de un colectivo impaciente que no comprende el concepto de asientos asignados. Enseguida, me veo rodeada de pasajeros inquietos cuyos hombros y codos tocan los míos.

Aprieto los labios y cierro los ojos, restregándome las manos. Me encanta malgastar un día libre en la consulta del médico para mi diagnóstico anual de que sigo «dando guerra», signifique lo que signifique eso.

—El que pierda la vida por mi causa, la hal ará.

Me quedo inmóvil al oír esas extrañas palabras, la desagradable familiaridad de la voz a la que pertenecen. Abro los ojos y echo un vistazo a mi lado para comprobar si alguien más lo ha oído; pero, de ser así, hacen lo contrario que yo: seguir mirando hacia las vías, esperando el tren. Decido hacer lo mismo, ignorando la intensa presencia detrás de mí hasta que me empujan por la espalda y oigo de nuevo esas palabras… salvo que más cerca.

—El que pierda la vida por mi causa…

Me vuelvo hacia él.

—Oye, ¿por qué no das un puto paso…?

—Eres Lo —me dice.

Me quedo muda de la impresión. Sus ojos no dejan lugar a discusiones, están más seguros de mi identidad de lo que lo he estado yo misma nunca.

Antes de poder preguntarle cómo sabe mi nombre, dónde ha podido oírlo,

él abre la boca de nuevo. El estruendo del tren acercándose ahoga sus palabras, pero le leo los labios: «Hál ala». Me agarra del brazo y me aparta a un lado antes de abrirse paso a través de la masa de viajeros descontentos que se interponen entre el borde del andén y él. El borde del andén y el…

—Eh —digo en dirección a su espalda—. ¡Eh!

Nadie lo ve hasta que salta a las vías y entonces todos lo observan y se quedan mirando, esperando a ver qué piensa hacer a continuación.

—Todavía queda tiempo —grita alguien.

Todavía queda tiempo. Tal vez él solo tenía que acercarse tanto al otro lado para comprender que siempre lo había tenido al í; porque, en ocasiones, la vida te l eva a ese momento. Sin embargo, la mayoría de las veces, se parece a lo que está sucediendo ahora: te tumbas en las vías mientras el tren se aproxima.

El chico levanta la cabeza, temblando, para asegurarse.

Me doy la vuelta, con el corazón palpitándome con fuerza, y me obligo a retroceder entre todos aquel os cuerpos hasta que me libero de la multitud que me rodea, pero entonces me atrapa otra oleada de curiosos aún mayor.

Uno de el os grita: «¡No lo hagas!». Pero ya está hecho.

OCTUBRE DE 2017

Llevo contestando al teléfono de Paul Tindale, respondiendo a los correos electrónicos de Paul Tindale, organizando las reuniones de Paul Tindale y preparándole café a Paul Tindale durante un año exactamente. Lauren me informa de el o (como si yo no lo supiera perfectamente) cuando l ego a la oficina de SVO, a las ocho en punto como siempre, sosteniendo el desayuno en equilibrio en los brazos. Coloco de forma artística el surtido de bol os, cruasanes y dónuts en la isla de la cocina y observo cómo Lauren coge un pastelito del centro de mi obra maestra, jodiendo toda la estética. Va impecable como siempre: l eva el cabel o negro recogido en un desenfadado moño alto, unas gafas grandes con montura negra crean una elegante interrupción en su rostro y su característico pintalabios color vino hace juego a la perfección con el dorado tono de su piel morena. Me dice: «Feliz aniversario, novata», antes de dar el primer mordisco con delicadeza y luego se marcha.

El leve sonido de un trueno retumba por encima del edificio, anunciando una tormenta aún mayor. Cojo un cruasán de chocolate y me dirijo a mi mesa, que se encuentra en una esquina, justo fuera del despacho de Paul.

Paso por delante de una hilera de cubículos para l egar hasta al í. Están vacíos por ahora, pero, dentro de sesenta minutos, los sonidos disonantes del golpeteo de los teclados y las bromas de oficina flotarán sobre las paredes divisorias. Se trata de un lugar pequeño, pero SVO lo aprovecha bien, ya que cuenta con muy poco personal. Paul fundó la revista de su propio bolsil o hace dos años, con el objetivo de ofrecer visibilidad a «perspectivas radicales

y nuevas voces audaces». Lleva pagándolo desde entonces. Tiene la esperanza de que algunas de las decisiones poco convencionales que ha tomado (establecerse fuera de Nueva York y centrarse en contenido de gran calidad) acabarán teniendo recompensa con el tiempo y harán que lo absorba una editorial que le permita regresar a la ciudad al mismo tiempo que conserva un control total sobre su visión creativa. Por ahora, la incipiente revista progresa a buen ritmo y resulta emocionante aguardar el momento en el que despeguemos, con la certeza de que, cuando eso ocurra, podré decir que formé parte de el o.

Inicio sesión en mi ordenador y compruebo el calendario de Google de Paul. Tiene un compromiso a la hora del almuerzo, pero no pone cuál.

Después de eso, dos teleconferencias con posibles patrocinadores.

Suena el teléfono de mi mesa. Descuelgo.

— SVO. Despacho de Paul Tindale.

Después de veinte segundos, no obtengo respuesta… solo el tenue sonido de la respiración de alguien. Miro a Lauren, poniendo los ojos en blanco.

—¿No contestan? —me pregunta.

Cuelgo.

—Estoy harta de esta mierda. ¿A quién ha cabreado este mes?

—¿A quién no cabrea?

Cierro el calendario y luego abro el buzón de comentarios, separando los mensajes de odio de las críticas constructivas y, de vez en cuando, algún que otro cumplido. Acabo de borrar un mensaje que dice que «Paul Tindale es un auténtico gilipol as» cuando el aludido hace su entrada, dando una palmada.

—Hay que ponerle más empeño, gente.

Ese es su grito de guerra. Todavía recuerdo la embriagadora emoción que sentí al presenciar por primera vez el ritual matutino sobre el que había leído (y me había aprendido de memoria) en el artículo que le dedicaron en The New York Times.

«Paul Tindale: toda la verdad, a toda costa»

Paul le guiña el ojo a Lauren, da un golpecito con los nudil os sobre mi escritorio al pasar y me dice: «En marcha, Denham», que significa «café».

Me dirijo a la cocina y enciendo la cafetera eléctrica, procurando ignorar el sonrojo de vergüenza que me produce que no haya mencionado mi aniversario. No me lo podía creer cuando el mismísimo Paul Tindale se me acercó al final de su charla de puertas abiertas en la Universidad de Columbia. Me había atrevido a ir sola a Nueva York por primera vez simplemente para asistir y (por una vez en mi vida) obtuve una recompensa de inmediato: me pidió que trabajara para él. Paul se hizo famoso con veintipocos años al unir los puntos en una serie de casos sin resolver, lo que le l evó a descubrir a un violador en serie todavía en activo que resultó ser una nueva promesa en el ámbito político de Nueva York… y luego se hizo aún más famoso al desenmascarar a todos los peces gordos que lo sabían y ayudaron a taparlo. Acepté de inmediato, con la sensación de que mi vida nunca se parecería tanto a una película. Ahora l evo contestando a su teléfono, respondiendo a sus correos electrónicos, organizando sus reuniones y preparándole café durante exactamente un año.

Arthur Lewis es el compromiso de Paul de las doce. Trae la tormenta consigo, empapándole la ropa. Comprendo de inmediato que es algo a lo que se ha sometido de manera voluntaria: una forma de que el mundo sea testigo de su dolor. El traje le cuelga pesadamente del cuerpo, lo que me recuerda a un niño jugando a disfrazarse con la ropa de su padre, aunque este hombre hace mucho tiempo que dejó la infancia atrás. La l uvia se acumula en las severas líneas de su rostro rubicundo y le adhiere el ralo cabel o negro a la frente. Su mirada enrojecida recorre la habitación con una convicción que se ve rebatida por su lastimero aspecto. Resulta una yuxtaposición extraña: este hombre está completamente fuera de lugar y, sin embargo, de algún modo da la sensación de que este es justo el sitio en el que debe estar. Esta es la primera vez que veo a Arthur en más de un mes.

Una serie de palabras de pésame me surcan la mente, pero todas el as me parecen pobres de un modo ofensivo. Aunque eso da igual porque, cuando

se acerca a mi mesa arrastrando los pies, el agujero negro de su dolor me roba la voz.

No le conté a Paul que yo estaba en la estación el día que murió Jeremy.

No se lo conté ni siquiera después de que me dijera que Arthur era el padre de Jeremy. Arthur, que se pasa por la oficina de vez en cuando para almorzar con Paul. Siempre me ha tratado con amabilidad.

El recuerdo de lo ocurrido me atormentó después. Me quedaba tumbada en la cama por la noche y revivía el momento una y otra vez: la l uvia y el tren, Jeremy pronunciando mi nombre, unas palabras formándose despacio en sus labios («Hál ala») y la sensación de su mano en mi hombro al apartarme con suavidad antes de ponerle fin a su propia vida. Me sentí aliviada cuando se reveló su conexión con Arthur, porque entonces supe que yo debía ser una historia que le había contado su padre y Jeremy no había conseguido olvidar. Una chica con una cara como la mía. La única pregunta que quedaba era qué hacer con la historia que me había proporcionado Jeremy. ¿Contársela a Paul? ¿Dejar que Paul se la contara a Arthur?

Hay una frase pintada con letras negras en la inmaculada pared blanca de la oficina de SVO:

«TODAS LAS BUENAS HISTORIAS TIENEN UN PROPÓSITO».

Comprendí que la mía no lo tenía.

Así que no se la conté a Paul.

Arthur parpadea, aturdido como los heridos, pero Paul sale de su despacho antes de que ninguno de los dos pueda decir ni una palabra. El contraste entre ambos resulta casi obsceno. El rostro de Paul no ha perjudicado su carrera precisamente, algo que nunca se me ocurriría decirle.

Incluso después de haber cumplido los cuarenta, cuenta con un atractivo duro que, cuando era más joven, definían como bel eza. Es blanco, l eva el denso pelo rubio engominado y una cuidada barba le cubre la parte inferior de la cara. Los indicios de la mediana edad en las comisuras de sus ojos y boca sugieren una vida disfrutada al aire libre. Su complexión sugiere lo mismo. Paul podría ser el amanecer frente al ocaso de Arthur y me resulta terriblemente incómodo mirarlos.

—Art —dice Paul, arrugando la frente—. Hola.

Arthur se pierde en la ternura de Paul y estira las manos hacia su viejo amigo. Aquel o se convierte en toda una escena: Paul abraza a Arthur, interponiéndose como un escudo entre el otro hombre y las demás personas presentes en la oficina, que no parecen ser capaces de apartar la mirada.

Arthur sol oza y verlo hace que se me revuelva el estómago. Paul, sin embargo, lo maneja bien, porque Paul lo maneja todo bien. Comienza a guiar a Arthur hacia su despacho y entonces sus ojos se encuentran con los míos por encima de la cabeza de su amigo. Me pide que les traiga el almuerzo.

SVO comparte el edificio con un bar y es posible que Paul se refiriera a algo líquido al decir almuerzo, pero cruzo la cal e hasta una cafetería de mala muerte, La cocina de Betty, y compro dos raciones para l evar de macarrones con beicon, porque es lo que suena más reconfortante del menú y puede que Arthur necesite algo así, si es que es capaz de comer siquiera. El local está más concurrido de lo habitual: la gente busca refugio del mal tiempo a cambio de un dólar. Espero mi pedido junto a la puerta, apoyada contra el tablón de anuncios de la pared con los ojos cerrados. La l egada de cada nuevo cliente hace que los carteles se agiten contra mi hombro. Los tenedores y los cuchil os repiquetean contra los platos. Se oyen conversaciones en voz baja por encima de ese sonido. En el televisor del rincón están poniendo Days of Our Lives, lo que me hace pensar en Patty, que se perdía más misas que episodios a pesar de que no había nadie a quien quisiera más que a Jesús.

—Mami, fíjate en su cara.

Abro los ojos.

—Mami, ¿qué tiene en la cara?

La vocecita inquisitiva procede de mi izquierda. Al girarme hacia al í, encuentro a una niña (de unos cuatro años) mirándome desde la mesa en la que está sentada con su madre. Lleva el alborotado cabel o rizado recogido

en unas apretadas coletas que parecen pompones a ambos lados de su cabeza.

—Mami —repite, mirándome fijamente—. ¿Qué tiene en la cara?

La madre levanta por fin la vista del teléfono.

—¿Qué pasa, cielo?

A continuación, sigue la mirada de su hija hasta la mía y su expresión se vuelve desesperada de inmediato, suplicándome una salida. Quiere que finja que no lo he oído o, en todo caso, que se lo explique con amabilidad a su hija para satisfacer la curiosidad de ambas. Miro a la niña, que abre mucho los ojos. Contar con toda mi atención y la ausencia de calidez en mi mirada la inquietan tanto que le empieza a temblar el labio inferior y se echa a l orar.

—Trece —dice la mujer del mostrador. Mi pedido—. El trece de la suerte.

Cuando regreso a la oficina, Jeff me para en la puerta. Jeff es guay. El trabajo de Jeff es ser guay. Es alto e impresionante, con la piel de color negro intenso y rastas a media espalda atadas en una coleta. Su trabajo en SVO consiste en encargarse de las redes sociales (lo cual a mí me parece una pesadil a), pero él tiene toda la pinta de un influencer con el móvil pegado permanentemente a la mano.

—Yo, en tu lugar, no entraría —me aconseja.

Miro hacia el despacho de Paul y, antes de poder preguntar a qué se refiere, lo oigo: Paul y Arthur se están gritando al otro lado de la puerta cerrada. Es un sonido impactante y, a pesar de la advertencia de Jeff, lo sigo hasta situarme junto a mi mesa, observando las siluetas de Paul y Arthur a través del cristal esmerilado. Arthur se mueve de acá para al á, alterado.

—No me estás escuchando, joder… No me has estado escuchando…

—Art, he hecho todo lo que puedo…

—¡Y una mierda! ¡Mataron a mi hijo!

Un breve silencio se extiende por toda la oficina.

Las conversaciones se detienen, los dedos se mantienen inmóviles sobre los teclados.

La puerta de Paul se abre de golpe. Arthur aparece en el centro de la entrada y su rabia tiene algo que lo hace parecer completo. Sale del despacho hecho una furia. La puerta de Paul se balancea despacio y, si le corresponde a alguien cerrarla, es a mí, así que me dispongo a hacer justo eso. El despacho de Paul tiene buenas vistas, probablemente las mejores de nuestro piso. Este lado de SVO está alejado del centro de Morel, que se compone de una serie de edificios feos y viejos, y da al río Hudson, que tiene un aspecto precioso en verano, con la luz del sol bril ando sobre la superficie que refleja el cielo azul. Morel es una pequeña ciudad de unos diez mil habitantes, situada justo después de Peekskil , como a una hora en tren de Nueva York.

A veces, parece encontrarse en los confines del mundo y otras es como si no estuviera lo bastante lejos de él. Hoy, el río Hudson muestra un temperamental y espumeante tono negro mientras la embravecida corriente absorbe el aguacero. Llueva o truene, Paul siempre le da la espalda al paisaje y, cuando le pregunté por qué, me contestó: «No estoy aquí por las vistas».

Ahora le está dando la espalda. Está apoyado contra la parte delantera de su mesa y yo nunca lo había visto tan disgustado.

—No preguntes —me dice antes de poder preguntar.

Me muero de ganas de preguntar.

—Te he traído el almuerzo.

—Déjalo ahí. —Cuando lo coloco sobre la mesa, él levanta la mano—.

Espera. Come conmigo. Felicidades por l evar un año en SVO. —Sonríe al ver la expresión de mi cara—. ¿Crees que me olvidaría de algo así?

—No lo pusiste en el calendario.

Seguramente se lo habría dicho Lauren.

—Deberíamos hacer algo para celebrarlo. Creo que es lo correcto.

—Se me ocurren cosas mejores que un almuerzo rechazado. —Observo las bolsas de papel marrón, dentro de las cuales se está solidificando el queso

—. Y no habría elegido macarrones con beicon y queso.

Paul finge animarse al oír lo de los macarrones, pero es evidente que necesita lamerse las heridas tras el enfrentamiento con Arthur y es la clase de tío al que le gusta hacer ese tipo de cosas en privado. Me acabo de girar hacia la puerta cuando me pregunta:

—¿Qué cosas?

—¿Tú qué crees, Paul?

Me vuelvo hacia él y veo que me está mirando de una forma que detesto.

«Ya hemos tenido esta conversación», pienso con su voz justo antes de que él lo diga en voz alta:

—Denham, ya hemos hablado de esto.

—Así es. Me limitaré a responder al teléfono para siempre.

Paul se restriega la cara con la mano.

—Oye, nunca he dicho eso. Tus ideas están verdes. Te falta garra. Tu forma de escribir no está a la altura. —Coge la bolsa de comida para l evar y empieza a vaciarla—. Y últimas noticias: hay cosas mucho peores que ser la ayudante de Paul Tindale. Por cierto, ¿me vuelves a recordar qué preparación tenías para ese trabajo?

Dirijo la mirada más al á de él, hacia el río situado fuera, mientras me muerdo el interior de la mejil a para impedir que sus palabras se reflejen en mi rostro. Sé que tengo suerte al menos en este pequeño sentido: Paul Tindale, al que le fascinó el hecho de que yo fuera la única «cría» en una sala l ena de adultos que habían pagado por oírle hablar (e hiciera mejores preguntas que cualquiera de el os), me había sacado del anonimato y me había invitado a trabajar para él a pesar de mi absoluta falta de preparación y estudios universitarios. Pero ya l evo un año aquí y ahora sé cosas. No quiero ser una chupatintas eternamente. Quiero escribir. El mes pasado, no pude contenerme y se apoderó de mí un impulso temerario: dejé una carpeta con mi mejor trabajo sobre la mesa de Paul y luego me senté a esperar que me dijera que era un genio.

Sigo esperando.

—No estás sacando nada de esto solo porque no estés consiguiendo justo lo que quieres. Podrías aprovechar el año que l evas trabajando aquí para mí

y obtener cualquier otro trabajo en una publicación menor.

—Probablemente, me dejarían escribir artículos.

Él me sostiene la mirada durante un largo e incómodo momento que hace que me sienta descarnada y expuesta. Paul tiene algo que me hace pensar que casi puede leerme la mente y, si lo está haciendo ahora mismo, sabe que me estoy imaginando un futuro en el que lo más destacable que hay en su página de Wikipedia es un párrafo en el que pone que me descubrió.

—Mira, Denham… —Hace una pausa—. Estoy agotado. Ha sido un día duro, así que ¿por qué no te tomas el resto de la jornada libre? Empieza el fin de semana por adelantado a cuenta de SVO. Regresa el lunes. Haremos borrón y cuenta nueva.

«¿Ya está?», quiero preguntar, pero no lo hago. Me limito a asentir con la cabeza y salgo del despacho, haciendo uso de todo mi autocontrol para cerrar la puerta detrás de mí en lugar de dar un portazo. Mientras cierro la sesión en mi ordenador, siento la presencia de Lauren antes de que se sitúe en mi campo de visión.

—¿Adónde vas, Lo? —me pregunta.

—A casa.

Lauren y yo no somos amigas, pero Paul le habla de mí como si necesitara una perspectiva femenina para ayudarle a definir la forma de tratarme. Me resulta un tanto insultante. Hay escasez de mujeres en SVO, lo cual supone una de las debilidades de Paul más difíciles de conciliar, y también hay una pequeña y retorcida parte de mi ser a la que le gusta ser una de las pocas elegidas. Me parece que Lauren piensa lo mismo y creo que es probable que no seamos amigas justamente por ese motivo… eso y los quince años de diferencia. También está el hecho de que el a empezó siendo la ayudante de Paul y ahora se encuentra justo donde yo quiero estar. Me resulta difícil no odiarla un poco por el o, sobre todo porque el a sabe cómo me siento. Y le divierte saberlo.

Se apoya en el borde de mi mesa.

—¿Quieres un consejo de una antigua ayudante?

—Me muero de ganas.

—No puedes decirle nada a Paul. Tienes que demostrárselo, porque con él no valen las medias tintas.

—¿Y?

—Y tú te pasas el día sentada en esta mesa.

El teléfono suena, como si quisiera darle la razón. Lauren esboza una sonrisita de suficiencia. Dejo que salte el buzón de voz y me voy a casa, adentrándome en la l uvia y pasando por delante del bar McCray’s de camino. A veces, Paul y el resto de empleados acaban al í tras un largo día de trabajo, pero yo casi nunca los acompaño. Una figura de aspecto lamentable sentada en uno de los reservados me l ama la atención. Arthur. No había l egado muy lejos. Me detengo y lo observo, empapándome cada vez más.

Me resulta tan espantoso y triste ver a este hombre en un bar, completamente solo en su dolor…

¿Y qué clase de amigo es Paul si deja a Arthur aquí sentado, a solas con su pena?

«Mataron a mi hijo».

Entro en el bar. La iluminación es tenue y el arrul o de antigua música country surge de unos altavoces con poca potencia. Tiene el aire de un lugar que ha presenciado muchas mierdas y, con un grupo de periodistas trabajando justo encima, no me cabe ninguna duda de que ha sido así. Me dirijo al reservado de Arthur, que está encorvado hacia delante, con la cabeza gacha. En cuanto me sitúo delante de él, me arrepiento de lo que sea que creo estar haciendo. Pensándolo bien, apenas lo conozco. Él sabe cómo me l amo y muestra un interés un poco más que superficial por mi vida al preguntarme cómo estoy cuando me ve o por cosas que recuerda de la última vez que hablamos. Le gusta usarme como excusa para tomarle el pelo a Paul mientras salen de la oficina. («¿Cuándo vas a ascenderla, eh?»).

Fueron juntos a la universidad y siempre me promete que me va a contar historias increíblemente vergonzosas sobre mi jefe «para presionarlo», pero nunca lo hace. Arthur levanta la mirada hacia mí al mismo tiempo que me pregunto si no debería retroceder, sin que nadie se entere.

Lo veo entornar los ojos.

—¿Lo?

Me aclaro la garganta.

—Solo quería decirle que siento mucho lo de Jeremy.

—Ah. Gracias. Te… —Aparta a un lado el vaso de cerveza y coge una servil eta arrugada para limpiar el círculo de condensación que queda. No sé por qué lo hace, tal vez para tener algo que hacer con las manos. No parece borracho. Solo derrotado—. Te lo agradezco. Lamento que tuvieras que presenciar… —Gesticula levemente con las manos señalando encima de nuestras cabezas—. Pero gracias.

Vacilo. La tristeza de Arthur me planta cara, pone de relieve la trascendencia de haber presenciado los últimos momentos de su hijo. Me hace sentir que le debo algo menos de lo que sé… pero más que dejarlo así.

—¿Cómo era? —le pregunto.

—¿Jeremy?

Asiento con la cabeza y eso parece animar a Arthur tanto como lo destroza. Endereza la espalda, pero se le iluminan los ojos. Se trata de una pregunta increíblemente importante, ahora que se ha convertido en el guardián del recuerdo de su hijo. Clava la mirada de modo significativo en el asiento vacío delante de él. Me deslizo en el reservado.

—Era un buen chico. Y un… un chico difícil. Mi novia y yo teníamos veintidós años cuando lo tuvimos. No fue algo planeado. Pero íbamos a hacer que funcionara. Bueno… —Suelta una carcajada—. El a se largó aproximadamente un mes después de tenerlo y nos quedamos Jeremy y yo solos. Pero lo conseguimos, hicimos que funcionara. —Hace una pausa—.

¿Te gustaría ver una foto?

Se saca la cartera del bolsil o. Está desgastada, se mantiene unida a duras penas. Arthur se da cuenta de que me he fijado en eso y dice:

—Era… Es la cartera de Jeremy. Es lo único que l evaba encima cuando murió. —El estómago me da un vuelco mientras la abre y señala un lado con unos cuantos carnés—. Este es su lado.

Qué triste, joder.

Una tarjeta pequeña, un poco más grande que una identificación de empresa, me l ama la atención.

—¿Qué es eso? —pregunto, señalando.

Arthur parpadea, confundido, luego la saca y me la enseña.

—Una tarjeta bíblica —me explica.

Es de color azul cielo y l eva un versículo en el centro. «“Pero fiel es el Señor, que os fortalecerá y os protegerá del maligno”. 2 Tesalonicenses 3, 3».

Por lo visto, Jeremy la usaba para hacer anotaciones. Hay algo garabateado en la parte delantera con letra de aspecto tembloroso, acompañado de una hora: 15:30.

Arthur traga saliva y me ofrece una suposición sin que yo se lo pida:

—Creo que tenía una cita… en algún sitio. ¿Y por qué iba a l evar eso en el bolsil o, para acordarse, si iba a suicidarse?

No señalo que no hay fecha en la tarjeta, que tal vez la cita ya había tenido lugar. Arthur ha centrado su interés en el plato fuerte: una fotografía guardada en el compartimento de los bil etes. Es una foto de graduación de instituto y la versión de Jeremy que aparece en el a es más joven que la que me encontré. Nunca me habría fijado en su cara si no la hubiera visto ya; pero, al ser así, algo me l ama la atención. Jeremy no parece feliz, pero tampoco triste. Hay una ausencia de intensidad en él. Podría imaginarme una sonrisa en sus labios que se refleja en sus ojos. Noto una opresión en la garganta mientras le devuelvo la foto a Arthur.

—Nunca lo había mencionado —comento.

Él aprieta los labios.

—Llevábamos unos años distanciados. Apenas hablábamos.

Me invade un escalofrío.

«¿Te conozco?».

Arthur se remueve en el asiento, malinterpretando mi tensión repentina.

—Porque Jeremy… era una persona complicada. Sufría depresión grave.

Intentó quitarse la vida unas cuantas veces y, en ocasiones, tuve que intervenir en contra de su voluntad. Nunca me lo perdonó del todo, así

que… en cuanto pudo marcharse, eso fue lo que hizo. Y a mí no me importaba mientras estuviera…. mientras estuviera aquí.

—Lo siento mucho, Arthur.

—Se juntó con una gente muy mala. —Cierra los ojos y luego, con la misma rapidez, los vuelve a abrir. Se saca el móvil del bolsil o—. Mira esto.

—Inclina la pantal a para mostrármela—. Lo mantuvieron alejado de mí.

No me dejaban ver a mi hijo.

Abre la galería y empieza a pasar fotografías de Jeremy. Todas se han tomado en lugares públicos y, en todas, Jeremy está rodeado de un pequeño grupo de personas de distintas edades y razas. «Gente muy mala» no serían las primeras palabras que se me ocurrirían para definirlas. Jeremy muestra la sonrisa por la que aposté antes, la que se le refleja en los ojos… pero esta es una versión mucho más reciente de él que la que Arthur l eva guardada en la cartera. Las fotografías se han tomado desde una distancia que resulta inquietante, como si lo estuvieran vigilando.

—¿Las sacó usted?

—Contraté a alguien.

Arthur continúa revisando la galería, retrocediendo cada vez más, el cambio de estaciones es evidente por el entorno de cada foto. Jeremy es la constante, ajeno al hecho de que lo observan y aparentemente feliz en estos pequeños momentos captados. No consigo entrever siquiera su futuro en este pasado.

—¿Ves? —me pregunta Arthur—. ¿Lo ves?

«No», pienso… pero entonces aparece una mujer a la derecha de Jeremy, rodeándole los hombros con el brazo y con la cara cerca de la de él. El corazón se me detiene por completo y todo lo que me rodea parece desvanecerse despacio. El zumbido que me l ena la cabeza ahoga los sonidos del bar…

«Te conozco».

Le arrebato el móvil a Arthur y, en cuanto lo tengo en las manos, mi corazón se pone en marcha de nuevo, latiendo como loco. Los sonidos del

bar regresan más fuertes que antes. Me quedo mirando la foto un buen rato y luego retrocedo en el tiempo. Y al í está el a otra vez… y otra…

—¿Jeremy estaba en El Proyecto Unidad?

—¿Cómo lo sabes?

Niego con la cabeza. La respuesta a la pregunta de Arthur reside en un lugar situado más al á del alcance de mi voz mientras mis ojos siguen pegados a la pantal a, a un rostro que no he visto desde hace…

—¿Lo?

Años.

—Lo siento —consigo decir por fin—. Es que…

—Lo entiendo —contesta, pero no es así.

Arthur recupera su móvil y debo permitírselo, a pesar de que todo mi ser quiere seguir mirando un poco más. Para siempre. Lo miro a los ojos y él me observa fijamente. Me recuerda tanto a su hijo que tengo que apartar la vista.

—Es que no lo entiendo —dice—. ¿Por qué saltaría? ¿Por qué?

Los flecos de la tormenta han conseguido entrar y el aire se vuelve más denso debido al olor a moho y con un toque casi metálico de la l uvia y el asfalto. Ese olor a moho y con un toque metálico de la l uvia y la estación de tren. Cierro los ojos y veo a Jeremy, pero ahora es diferente.

—Mataron a mi hijo.

Abro los ojos.

Arthur se rodea la cabeza con los brazos y se echa a l orar.

El Proyecto está limpio —me asegura Paul.

Me encuentro de pie en una esquina de su despacho con los brazos cruzados mientras que él está frente a la ventana contemplando el lúgubre paisaje del exterior. Supongo que es una de las escasas ocasiones en las que se ha permitido ese placer, aunque ahí no hay nada de interés que mirar. Se aparta de la ventana y se sienta en su mesa, con los ojos clavados en la pantal a del ordenador y las manos sobre el teclado.

Normalmente, yo captaría la indirecta («La conversación ha terminado, vuelve al trabajo»), pero no estoy en mi horario laboral y no pienso volver a salir de este edificio hasta saber todo lo que hay que saber sobre la relación de Jeremy Lewis con El Proyecto Unidad.

—Es una puta secta, Paul.

—Igual que la Iglesia católica —responde él sin mirarme—. Y no eres la primera persona que dice eso sobre El Proyecto. Investigué acerca de este tema todo lo que pude, Denham. Me pasé el último mes indagando, poniéndome en contacto con sus representantes y hablando con todas las personas relacionadas con el os…

—¿Hablaste con Lev Warren?

Paul frunce el ceño, pero mantiene la mirada clavada en el monitor. Lev Warren no ha vuelto a hablar con la prensa desde que le concedió una entrevista a Vice en 2011. La revista (supuestamente) no le reveló que el artículo formaría parte de una serie mayor sobre sectas: «¿Movimiento social en aumento o secta emergente? Todo lo que necesitas saber sobre el antiguo seminarista Lev Warren, El Proyecto Unidad y su misión divina para salvarnos de nosotros mismos». El veredicto de Vice: había potencial al í.

Cuando se publicó el artículo, El Proyecto emitió un comunicado de inmediato diciendo que los habían entrevistado usando pretextos falsos y que Lev ya no accedería a más peticiones de los medios de comunicación.

Dos semanas después, Lev volvió a aparecer en las noticias por un motivo diferente: convenció a una persona de que no saltara del puente Mil s.

El suceso se prolongó durante tres horas. Subieron a YouTube una temblorosa grabación hecha con un móvil mientras ocurría todo, al mismo tiempo que se emitía en directo por televisión. Identificaron a Lev unas veinticuatro horas después. La página web de El Proyecto Unidad y el artículo de Vice compitieron por el primer puesto en todas las búsquedas por internet relacionadas con el nombre de Lev, exponiendo a una incalculable cantidad de personas a la nueva teoría sobre la expiación y la redención de Warren, que postula que los pecados de la humanidad nos han apartado de la gracia de Dios y que las buenas obras colectivas de El Proyecto expiarán nuestros pecados «y l evarán la salvación hasta los confines de la tierra».

La batal a de búsquedas por internet fue prácticamente una invitación al público a decidir en qué querían creer; pero, al final, el vídeo viral de la figura de Lev retirándose mientras evitaba cualquier tipo de reconocimiento y se alejaba del puente para adentrarse en una multitud de gente como si él mismo fuera una persona cualquiera, resultó más convincente.

Desde entonces, Lev ha mantenido el misterio que lo rodea mientras el trabajo de El Proyecto habla por él. Cualquiera que quiera oírlo hablar puede acudir a su sermón público anual o convertirse en miembro. Huelga decir que, si Paul consiguiera ahora una entrevista con Lev, SVO podría sacarle rendimiento durante mucho tiempo.

—Te voy a decir lo mismo que le dije a Arthur: no hay ni el más mínimo indicio que sugiera que tuvieron algo que ver con la muerte de Jeremy.

—No me lo creo.

—Te dije que te fueras a casa, Denham.

Aparto una sil a de la pared, la coloco justo delante de la mesa y me siento.

Paul suspira y cede al fin, apartando la mirada de la pantal a para dedicarme toda su atención.

—Vale. Echémosle un vistazo a El Proyecto Unidad. —Su tono sugiere que me está haciendo un favor. Se gira de nuevo hacia el ordenador, abre un archivo y empieza a leer sus notas—. Están presentes en Morel, Bel wood y Chapman. Cuentan con refugios en cada ciudad que funcionan a todas horas, los siete días de la semana. Esos refugios también se encargan de La Conexión Unidad, que pone en contacto a personas necesitadas con los servicios, programas o asesores profesionales afiliados a El Proyecto más adecuados para ayudarlos a afrontar su situación en particular: varios programas para quien quiera empezar de nuevo, mentores para jóvenes y adultos, programas de apoyo para jóvenes en riesgo, supervivientes de violencia doméstica, adictos, asesoramiento y ayuda legal, etcétera. Por no mencionar las habituales campañas de reparto de alimentos y ropa y varias campañas para recaudar fondos para organizaciones benéficas no relacionadas con El Proyecto… La gente acude a ese sermón anual en la granja Garrett y, al volver, quiere hacer del mundo un lugar mejor. ¿Puedes decirme qué tiene eso de malo?

—Creen que Lev Warren cuenta con la autoridad espiritual para redimir a la humanidad…

—Mediante actos de servicio y programas comunitarios. ¿Quieres saber en qué andan ahora mismo? ¿En este preciso momento? Están movilizando ayuda para Puerto Rico.

—¿Eres un fan o un miembro, Paul?

—Ninguna de las dos cosas, pero ¿crees que voy a acusar de asesinato a uno de los grupos más queridos a este lado de Nueva York sin una mísera prueba que lo respalde? Es más: nadie obligó a Jeremy a saltar. Lev Warren es famoso por convencer a la gente para que no se suicide, no al revés.

—Hay muchas formas de obligar a alguien a hacer algo.

—Entonces, lo que estás diciendo es que he pasado alguna cosa por alto, lo que significa que crees que no sé hacer mi trabajo —contesta y me pongo colorada—. Vale, picaré. Entiendo lo de Arthur. Su hijo ha muerto. Quiere justicia y tiene alguien a quien culpar. ¿Cuál es tu motivo, Denham?

Me miro las manos y cierro los dedos, deteniéndome justo antes de apretar el puño. Pienso en el chico de El Proyecto Unidad aplastado bajo el peso de un tren.

El chico muerto de El Proyecto Unidad que conocía a Bea…

—Denham.

Y a mí.

—Yo estaba al í.

—¿Qué?

Me obligo a mirarlo.

—Estaba en la estación de tren cuando pasó.

Paul frunce el ceño.

—Cuando Jeremy…

—Lo vi morir.

Él lo procesa despacio. Cuanto más tarda, lo revivo con más claridad.

—Dios mío, Denham…

—Sí —digo como una idiota—. Fue horrible.

Noto el ardor de las lágrimas en las comisuras de los ojos. Me froto la cara, pero no consigo adelantarme a el as. Paul se levanta y cruza la habitación. Oigo el suave murmul o del agua procedente del dispensador que hay en un rincón del despacho y, un segundo después, Paul me toca el brazo con delicadeza. Cojo el vaso de papel que me ofrece sin mirarlo a los ojos.

Se vuelve a sentar.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque no habría cambiado nada.

—Bueno, ¿y qué cambia ahora?

Dejo el vaso sobre la mesa, tengo la garganta demasiado rígida para beber.

—Dijo algo antes de morir.

—¿A ti?

—Más bien… a todo el mundo. Yo estaba cerca.

Paul vacila.

—¿Qué dijo?

—«El que pierda la vida por mi causa, la hal ará». —Me resulta escalofriante oír esas palabras con mi voz. Incluso sin el respaldo de ningún tipo de convicción, son tremendamente inquietantes. Paul cierra los ojos un instante, pues también lo abruman—. Es un versículo de la Biblia. ¿Dónde crees que lo habría oído Jeremy?

—Denham…

Me inclino hacia delante.

—Deberías haberme dicho que estabas investigando esto, porque habría podido contarte lo que sabía antes.

—En primer lugar, le estaba haciendo un favor a un amigo. Algo que requería emplear mucho mucho tacto —repone con tono brusco—. Y, en segundo lugar, Denham, trabajo en muchas cosas que no te cuento. Algunas historias requieren más discreción que otras. Sabes lo que necesitas saber, cuando necesitas saberlo.

—Bueno, pues tienes que echarle otro vistazo a esto.

—Aquí no hay nada.

—Pero acabo de decirte…

—Deja que te lo explique —me interrumpe—. Jeremy estaba enfermo. Vi crecer a ese chico y, si no estaba peleando consigo mismo, estaba peleando con su padre. Arthur no se detuvo ante nada para mantenerlo con vida, y lo entiendo, pero eso destrozó su relación. En cuanto cumplió los dieciocho, Jeremy desaparecía a menos que necesitara dinero. Vi esta situación con mis propios ojos. Cuando su abuela murió, Jeremy heredó veinticinco mil dólares. Art no volvió a saber de él hasta que se unió a El Proyecto Unidad.

—Y ¿qué paso luego?

—Según dicen, le iba estupendamente. Trabajaba como mentor de jóvenes. Adoraba a Lev Warren, como todos. Eso le sentó mal a Arthur.

Jeremy quiso recuperar el contacto con él a través de El Proyecto y el orgul o de su padre se interpuso. Esa fue la gota que colmó el vaso entre ambos.

—Pero lo que dijo Jeremy antes de saltar…

—Solía decir un montón de cosas cuando sufría una recaída.

—Arthur me contó que no tenía dinero ahorrado cuando murió…

Seguir: parte 2 de 3