El regreso
14. La bala
14
La bala
Los días complicaban mis noches. Daba vueltas en la cama. A menudo tardaba varias horas en dormirme. Una verdad parecía alzarse en la oscuridad. Los ruidos de Bengasi, el murmullo del mar al fondo, entraban por la ventana como si fueran formas físicas sólidas. La noche había convertido la ciudad en una idea cuyos sonidos eran tan materiales como el pan y la piedra. Nunca había estado en un sitio tan plagado de recuerdos y al mismo tiempo tan lleno de posibilidades de futuro, positivas y negativas, y cada una igual de poderosa y probable que la otra. Todo el país caminaba por el filo de la navaja. En menos de dos años, las calles del centro de Bengasi, en torno al hotel donde entonces estaba tumbado mirando el techo, se convertirían en un campo de batalla. Los edificios, ocupados por familias, con sus secretos, se alzarían como esqueletos fantasmales, calcinados y vacíos. Varias de las personas que conocí —sólo del acto en la biblioteca ya puedo contar tres— morirían asesinadas. No lo sabíamos en ese momento, pero vivíamos un intervalo precioso en el que la justicia, la democracia y el gobierno de la ley estaban al alcance. Pronto, en ausencia de un ejército y una fuerza policial fuertes, los grupos armados tomarían el mando con la única intención de incrementar su poder. Las facciones políticas se atrincherarían y, en medio de la disputa, irrumpirían violentamente milicias y gobiernos extranjeros en busca de su oportunidad. La cifra de víctimas aumentaría. Las universidades y escuelas cerrarían. Los hospitales funcionarían sólo a medias. La situación se tornaría tan sombría que ocurriría lo impensable: la gente echaría de menos los tiempos de Gadafi. Por supuesto, era imposible imaginar semejante pesadilla en marzo de 2012, pero en esas horas nocturnas, tumbado en la penumbra escuchando la ciudad, llegué a percibir la posibilidad del horror.
Incapaz de dormir, leí el segundo relato corto de mi padre, titulado «Una lucha con el destino». Tenía un comienzo enigmático:
Lo conocía. Parece que haya pasado mucho tiempo y sin embargo es como si
hubiera ocurrido ayer. Fue cuando su familia todavía vivía en nuestro pueblo.
Su padre llevaba el café de la calle principal. Los viejos ladrillos de adobe del
interior parecían calaveras, cada uno con una sonrisa sarcástica. Yo era uno de
los habituales que frecuentaban el lugar. Entraba y ocupaba cualquiera de las
sillas de madera dispersas desordenadamente por el local.
El narrador anónimo y el hombre al que se refería, el tiempo sin especificar, los ladrillos fantasmales, los muebles colocados sin ningún orden concreto, todo contribuía a aumentar mi desorientación. El relato narraba la terrible desgracia de un niño. Nunca se decía su nombre y, paradójicamente, eso lo hacía más íntimo para mí. Quizá era un recipiente de ficción en el cual el autor, a sus dieciocho años, podía depositar sus peores temores. La «lucha con el destino» del chico lo lleva a perderlo todo —su familia, su hogar— hasta que queda en la indigencia. «Vagué sin rumbo y no encontré ningún sitio que me aceptara, salvo ese único lugar que había acogido a miles de almas miserables antes que a mí: la calle.» Pero entonces, de repente, embargado por el miedo y la humillación, regresa al lugar donde está enterrado su padre para poder «verter las mismas lágrimas otra vez». Después de hacerlo, sale al mundo y la historia termina con esta declaración suya: «Decidí trabajar y sobrevivir.»
Esa frase final me atrapó. Las palabras del chico coincidían con una vieja orden misteriosa que, en los momentos más oscuros y durante el último cuarto de siglo desde que perdí a mi padre, venía a mi encuentro con la fuerza imponente de un timbre de alarma que suena con urgencia. «Trabaja y sobrevive. Trabaja y sobrevive.» La oí en la universidad. La oí cuando trabajaba de albañil después de licenciarme. La oí cuando me convertí en delineante y luego en diseñador arquitectónico. La oí cuando, tras decidir consagrarme a la escritura, trabajé en la construcción, pinté casas y tuve empleos esporádicos en una pequeña ciudad de Bedfordshire. La oí en las dudas de aquellos días. La oí cuando, de pie al borde del Pont d’Arcole de París, miraba el agua. Y la sigo oyendo hoy. Nunca me ha abandonado y, sin embargo, nunca la he sentido del todo propia. Pertenece a alguna otra presencia implantada en mí, una que sabe mejor que nadie, quizá incluso mejor que yo mismo, que estoy mucho más cerca del precipicio de lo que puedo imaginar.
Ir al encuentro de esa llamada familiar que durante mucho tiempo ha representado mi rescate, y hallarla en la forma de frase final de uno de los dos únicos relatos que publicó mi padre, era extrañamente consolador e inquietante. Le daba un vuelco completo al tiempo. Esas palabras ya no me llegaban de una autoridad parental, sino a través del joven de dieciocho años que todavía tenía que convertirse en mi padre, un hombre lo bastante joven como para ser mi hijo, un estudiante con talento y ambición, que podría haber comprendido mis deseos de convertirme en escritor. Releí los relatos varias veces y, aunque traté de no ceder a la fantasía, me veía felicitándolo por su capacidad e instinto, sugiriéndole cómo mejorar sus historias, quizá terminando con una recomendación de qué leer y anotando su dirección para enviarle libros, tal vez regalándole una suscripción a alguna de las mejores revistas literarias, y luego, al separarnos, sería yo el que pronunciaría la advertencia: «Trabaja y sobrevive.»
Los relatos fueron un gran descubrimiento. Eran un regalo enviado a través del tiempo, abrían una ventana al paisaje interior del joven que iba a convertirse en mi padre. Tenían visión de futuro, intentaban descubrir una forma contemporánea en la que escribir de Libia, pero también estaban comprometidos con el pasado. Sus jóvenes protagonistas sufrían las consecuencias y repercusiones del colonialismo: la violencia y la pobreza que trajo la invasión italiana.
Me quedé de pie junto a la ventana de la habitación del hotel, mirando la Cornisa hacia ambos lados, las farolas que se esforzaban por iluminarla, y el mar desplegándose, perfilándose en la negrura. Era imposible no ver en los cuentos una expresión latente de la ansiedad de mi padre, que había estado a punto de perder al suyo. Los riesgos extraordinarios que había corrido el abuelo Hamed al enfrentarse a la ocupación italiana, las muchas experiencias casi letales que había vivido, narradas de forma colorista en historias que se han convertido en parte de la mitología de nuestra familia, tuvieron que representar para el joven escritor un contacto formativo con la injusticia. Pero también imagino, al leer esos relatos en los que los hombres mayores son tan vulnerables, que aquel adolescente entendió de una manera gráfica el principio universal según el cual cada uno de nosotros, en demasiadas ocasiones, ha estado peligrosamente cerca de no nacer. En otras palabras, mi padre era un escritor que respondía a los fantasmas y a la historia. Luego, en algún momento, se abrió una rendija y se filtró la política. Recuerdo las grandes ocasiones en las que, entre los viajes incesantes y las reuniones políticas, mi padre me llevaba a la librería de la plaza Talaat Harb, en el centro de El Cairo. El librero lo conocía y nos conducía al piso de arriba, privado, donde se guardaban todos los libros prohibidos. Salíamos con varias bolsas de plástico llenas de novelas que a la censura egipcia, por una u otra razón, le habían parecido inaceptables. Durante los siguientes dos o tres días, mi padre leía un libro tras otro y apenas salía de su dormitorio.
El abuelo Hamed tuvo una vida excepcionalmente larga. Hay diferentes estimaciones de la edad que tenía cuando falleció. La mayoría coinciden en que tenía entre ciento tres y ciento nueve años, aunque una vez me dijeron con mucho énfasis que vivió hasta los ciento doce. Eso significaría que nació entre 1876 y 1885.
El Royal Relief Atlas «de todas las partes del mundo» publicado en Londres en octubre de 1880, festejaba en su prefacio el «gran avance» de «la enseñanza científica de la geografía» en los últimos años. El atlas proclama la máxima del pedagogo suizo Johann Pestalozzi: «Del ojo a la mente.» Según esa teoría, Libia ni siquiera existía en ninguna mente. «Los países en los que se divide [el norte de] África —nos explica el atlas— son Marruecos, gobernado por un sultán, capital Marruecos; Argelia, colonia francesa, capital Argel; Túnez, gobernado por un bey, capital Túnez; Trípoli gobernado por un bajá, capital Trípoli; Egipto, gobernado por un jedive, capital El Cairo.» Luego, para aclararlo, los autores nos informan de que «Todos éstos, salvo Argel, dependen del Imperio turco u otomano». Lo más cercano a una mención de Libia en ese atlas la encontramos en el rótulo arqueado que ocupa desde Fezán hasta el delta del Nilo, en el que se lee: «DESIERTO LIBIO.»
En Libia, el primer censo se llevó a cabo en 1931. La población era entonces de 700.000 personas. Por consiguiente, guiándonos por el crecimiento del número de habitantes desde 1931, sería razonable suponer que en la década de 1880, en el territorio que hoy conocemos como Libia había entre 250.000 y 500.000 personas. Cuando nació el abuelo Hamed, Trípoli era un estado, pero el resto del país era un paisaje enorme y casi vacío, punteado por unos pocos pueblos y aldeas al servicio del comercio y de las rutas de viaje que se dirigían al norte desde el resto del continente, así como las que iban al este, hacia La Meca. Blo’thaah, el hogar ancestral del abuelo Hamed, estaba casi exactamente a mitad de camino entre Trípoli y Alejandría, un viaje de tres semanas en ambos casos.
El abuelo era hijo único y había nacido en la Libia otomana. Fue testigo de la invasión italiana y del reinado de Idris, y presenció las dos décadas que siguieron al golpe de estado de Gadafi en 1969. Tenía cincuenta o cincuenta y pocos años cuando nació mi padre, y casi setenta cuando nació su hijo menor, el tío Mahmoud. En un tiempo en que la esperanza de vida para un hombre libio rondaba los sesenta y cinco años, la gente lo consideró un irresponsable: «No vivirás para verlo caminar», le dijeron. Vio al tío Mahmoud licenciarse en la universidad, casarse y tener hijos. Murió en su casa de Ajdabiya en 1989.
Esa casa era muy adecuada para él. Ajdabiya era entonces un grupo de edificios en medio de un enorme territorio vacío. En esos tiempos, el abuelo no viajaba, salvo para recorrer los cerca de treinta kilómetros que lo separaban de Blo’thaah, donde todavía prefería pasar los meses de primavera, más cerca de lo que él llamaba «la amplitud».
—Allí se sentía libre —recuerdo que me dijo una vez mi padre—. Y, como hombre que valoraba el silencio, el lugar le venía como anillo al dedo.
Pero incluso en los tiempos en que el abuelo Hamed iba a visitar parientes, era bien conocido por hacer todo lo posible por no pasar ni una noche en casa ajena. Tal vez venga de ahí mi incomodidad cuando ejerzo de huésped. Aun así, cuando yo era niño, y después de mucha insistencia, mis padres lo convencieron para que viniera a visitarnos a Trípoli. Por fin iba a ver dónde vivíamos. Nunca vi a mi padre más nervioso o excitado. Los preparativos se intensificaron. El abuelo llegó muy animado. Mi madre y él se profesaban un cariño mutuo muy especial. Parecía contento de haber hecho el viaje, pero al pasar las horas se quedó en completo silencio. Mis pobres padres no tenían idea de qué había provocado ese cambio repentino. Al día siguiente, hizo la maleta y dijo que quería irse. Todos nos metimos en el coche y emprendimos el largo trayecto hasta Ajdabiya. Mi padre conducía, el abuelo iba a su lado, en el asiento del pasajero, y mi madre, Ziad y yo nos apiñábamos atrás. Su silencio resultaba particularmente inquietante. Daba la impresión de que estuviera conteniendo la respiración. Se sentaba muy tieso, sin tocar el asiento con la espalda. Cuando salimos de la capital y las amplias llanuras del desierto se abrieron a nuestro alrededor, suspiró y se apoyó en el respaldo.
—Por fin —dijo—, el horizonte.
Mis padres rieron y el abuelo se pasó todo el viaje contando historias.
Su casa estaba en el centro de la ciudad. Para mi mente infantil, era el punto desde el cual se desplegaba no sólo Ajdabiya, sino todo el mapa del mundo. Su arquitectura sugería esta idea. Para un niño, la casa era tan misteriosa y mágica como un laberinto. Y no puedo separar sus diversos giros sorprendentes, su aparente infinitud, su estética sobria y en cierto modo austera, de la vida y la personalidad de mi padre. Muchas veces me perdía en aquellas habitaciones, pasillos y patios interminables. Algunas ventanas daban a la calle o a uno de los patios; en cambio otras, por extraño que parezca, daban a otras habitaciones. Nunca parecía del todo claro si estabas dentro o fuera. Algunos de sus pasillos y corredores carecían de tejado o contaban con una abertura a través de la cual se filtraba un rayo de luz que se desplazaba con el paso de las horas. Algunas de las escaleras te llevaban fuera, al descubierto, antes de volver a curvarse hacia el interior. La decoración era sencilla. Las paredes estaban enyesadas y pintadas en dos mitades: la parte inferior oscura, normalmente de un azul, verde o morado intenso, y la parte superior, en blanco o rosa pálido o amarillo pastel. En algunos sitios, el suelo estaba embaldosado, y en otros, cubierto de manera irregular —como queso cremoso en una tostada, pensaba yo entonces— por un material parecido al cemento. Donde había mucha circulación, como en la entrada, brillaba oscuro y suave. De los techos colgaban bombillas desnudas y casi no había muebles. La casa era como uno de los largos poemas de mi abuelo: austera, impredecible, sencilla, inacabada y, sin embargo, habitada.
Hasta donde alcanzo a recordar, el estado inacabado de gran parte de la arquitectura moderna de Libia siempre me ha resultado inquietante. Es una manifestación de descuido más activa que, por ejemplo, las ruinas o edificios viejos a punto de derrumbarse. Cuando se construye algo, damos por sentado que responde a una necesidad, intención o deseo. Por lo tanto, asociamos el hecho de que no se complete con una negligencia y una indiferencia deliberadas, o bien con una impotencia sobrevenida. Los edificios inacabados parecen un agravio mayor, más ofensivo y opresivo, que un edificio acabado que pasa por tiempos difíciles. La epidemia es tan extrema —paredes exteriores sin enlucir, sin pintar— que cuesta no interpretarlo como una falta de autoestima. Nuestros hogares inacabados son, en otras palabras, un reflejo de nuestro presente. Nosotros los hemos hecho y ellos nos definen. Aunque tal vez me equivoque al permitir que se entrometa mi gusto personal, mi afición por una superficie pulida y acabada. Porque sé que al abuelo Hamed su casa y sus poemas le proporcionaban una gran libertad. Para él —tanto en arquitectura como en literatura o en buenas maneras— la grandeza, el buen gusto y demás se expresaban mejor mediante un minimalismo modesto, que huía de los excesos de refinamiento. No le gustaban las cosas relucientes. Nunca se elogió a sí mismo, ni siquiera de forma indirecta.
El abuelo Hamed se tumbaba en un rincón del salón, que era un gran espacio rectangular bordeado de cojines. Una de las fotografías que conservo de él —de la que envié una copia a la artista forense canadiense para ayudarle a hacer un retrato del aspecto que mi padre podría tener hoy— muestra al abuelo Hamed tumbado en ese mismo rincón. Su figura, excepcionalmente alta y delgada, aparece tumbada sobre unos cojines y tiene la radio y un par de cartones de cigarrillos Kent a su lado. Su rostro me mira con amable solemnidad. Sostiene un cigarrillo entre sus dedos largos y oscuros, y la fina línea de humo se eleva sobre su cabeza.
La impresión que siempre he tenido de formar parte de una familia horizontal probablemente se originó en esos primeros encuentros con mi abuelo. Es en parte literal, tiene que ver con nuestra tendencia a buscar el cojín más cercano cuando leemos, charlamos o hemos de considerar con atención un problema, pero también en nuestras maneras de mostrar afecto y de relacionarnos había siempre un movimiento lateral. La imagen que se me ocurre es la de leche derramada, que va extendiéndose al tiempo que se desperdicia. Tal vez ésta sea la razón de que en nuestras reuniones siempre haya habido, además de exuberancia y calidez, esa desesperación tácita por recoger todas las piezas.
Recuerdo que mi abuelo me llamó una vez, colocó sus dedos en torno a un botón problemático de mi camisa, lo hizo pasar por el ojal, me enderezó el cuello y luego me pasó una mano temblorosa por el pelo con un toque extraño, ligero, como si apenas estuviera allí. Le pregunté por sus combates contra los italianos. No recuerdo lo que dijo, si es que dijo algo. En otra ocasión, alguien, quizá fuera el tío Mahmoud, contó la historia —en voz un poco más alta de lo necesario, porque el abuelo Hamed era duro de oído por entonces— de cuando el abuelo recibió un disparo en la batalla. Lo llevaron a una casa de un pueblo cercano. Nadie podía contener la hemorragia. Una niña conocida por su inteligencia corrió a buscar a la hechicera de un pueblo vecino. La anciana le dio a la niña una bolsita de polvo blanco y le dijo que se lo pusiera en la herida. La hemorragia cesó y unos días más tarde el abuelo Hamed estuvo lo bastante recuperado como para unirse otra vez a la resistencia. Yo había oído esa historia antes, pero nunca en presencia de su protagonista. Al darse cuenta de que no dejaba de mirarlo, mi abuelo dio un golpecito en el asiento que tenía al lado.
—No hace falta que pongas una cara tan triste —dijo.
—¿Dónde te dispararon? —pregunté.
Él guardó silencio un momento y a continuación se desabotonó la camisa. Pasó la tela por encima de su hombro y me mostró el lugar por donde había entrado la bala: una pequeña roseta justo por debajo de la clavícula.
—Muéstrame por dónde salió —dije, y tiré de su camisa hacia abajo para verle la espalda, esperando encontrar una cicatriz idéntica. En cambio, allí la piel estaba completamente lisa.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Sigue dentro —dijo.
Recuerdo que me alteré muchísimo, no inmediatamente, sino al cabo de un rato, cuando volví a su lado para preguntarle si no había ninguna forma de sacarla. Para distraerme, mi abuelo me llevó a pasear. La gente se paraba a saludarlo. Él me presentaba: «Le quiero presentar a mi nieto Hisham. Ha venido desde Trípoli especialmente para verme.»
Ser el nieto de Hamed Matar —tal como se me hacía saber de infinitas maneras, sin palabras— era una fortuna. De niño me daba cuenta de que muchas personas lo idealizaban y, como esa clase de idealización sirve más para oscurecer que para revelar a las personas, eso nubló mis primeras impresiones de él y me provocó una curiosidad aún mayor respecto a la clase de hombre que era. Cada vez que se mencionaba su nombre, yo prestaba mucha atención. Sabía que su vida se había visto profundamente perturbada por la invasión italiana y, dada la escasez de relatos de ese período, las lagunas en la biografía del abuelo Hamed están en parte conectadas con la historia más amplia de la ocupación. La tendencia al silencio continuó. Incluso hoy, ser libio implica vivir con preguntas.
Todos los libros sobre la historia moderna del país caben sin problemas en un par de estantes. El mejor de ellos es tan delgado que cabe en el bolsillo de mi abrigo y se lee en un día o dos. Claro está, hay otras muchas obras históricas dedicadas a quienes, en los últimos tres milenios, ocuparon Libia: los fenicios, los griegos, los romanos, los otomanos y, más recientemente, los italianos. Un libio que quiera atisbar algo de ese pasado, debe, como un intruso en una fiesta privada, abordar esos libros con el conocimiento pleno de que la mayoría no fueron escritos para él y, por consiguiente, en el fondo, son relatos referidos a las vidas de otros, a sus aventuras y desventuras en Libia, como si el país de uno fuera una oportunidad para que los extranjeros se liberen de sus demonios y cumplan sus ambiciones.
Esta escasez de relatos históricos es en parte resultado del doloroso nacimiento de la Libia moderna. El país experimentó una de las campañas más violentas de la historia de la represión colonial. Los italianos llegaron en 1911. Habían acertado al prever que las pocas guarniciones otomanas asentadas en ciudades costeras caerían con rapidez. En cambio, lo que no esperaban era la determinación, disciplina y vitalidad de la resistencia local. Entre 1911 y 1916 —y en represalia por un levantamiento popular en Trípoli que los italianos denominaron «revuelta árabe»— más de cinco mil hombres fueron desterrados de la ciudad y enviados a pequeñas islas dispersas alrededor de Italia —islas como las Tremiti, Ponza, Ustica y Favignana— y encarcelados allí. Cinco mil es una cifra muy alta, pero es todavía más significativa si se tiene en cuenta que la población de Trípoli en esa época era de sólo treinta mil personas. En otras palabras, a uno de cada seis habitantes de la capital libia lo sacaron de allí y lo hicieron desaparecer. El daño fue aún más duradero, porque las autoridades italianas seleccionaron a los hombres más señalados y prestigiosos: académicos, juristas, comerciantes prósperos y funcionarios. Las condiciones a bordo de los barcos eran tan malas que centenares de prisioneros murieron durante la travesía, pese a que no pudo prolongarse más de un par de días. Algunos historiadores sostienen que una cuarta parte de los cinco mil hombres perdieron la vida durante el viaje. La mayoría de los que llegaron a las prisiones de las islas perecieron en cautividad. No parece existir un registro de supervivientes. Es un ejemplo extraordinario de devastación de una ciudad por parte de una potencia europea ocupante. Sin embargo, como ocurre con los crímenes italianos en Libia en general, es un hecho poco conocido hoy en día. El episodio ha quedado diluido por las atrocidades mayores que cometieron más adelante los italianos y que son, ay, sólo un poco menos oscuras.
Al llegar los italianos, casi de inmediato surgió un líder local: Omar al Mukhtar, el hombre al que en nuestra infancia nos referíamos de manera afectuosa como Sidi Omar. Formaba parte de la orden senussi, una familia religiosa mística que tenía escuelas y hacía obras benéficas desde la Cirenaica, en el noreste del país, hasta Argelia por el oeste y más al sur, en el África subsahariana. Su patriarca, Idris, iba a convertirse en rey y primer jefe de Estado de Libia después de la independencia. A pesar de contar con muy pocos recursos, Omar al Mukhtar condujo a hombres de las tribus libias a caballo en lo que se convirtió en una campaña muy eficaz. No obstante, después de que los fascistas marcharan sobre Roma en 1922 y Benito Mussolini tomara el poder, la destrucción y la matanza pasaron a ser masivas. Recurrieron a la aviación para gasear y bombardear pueblos. Practicaron la política de la despoblación. La historia recuerda a Mussolini como el bufón fascista, el italiano bobo e incompetente que dirigió una penosa campaña militar en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en Libia llevó a cabo una campaña de genocidio.
La población tribal fue conducida a pie a diversos campos de concentración del país. Todas las familias perdieron algunos de sus miembros en esos campos. Varios de mis antepasados murieron allí. Las historias de tortura, humillación y hambre se han contado a través de generaciones. El reportero danés Knud Holmboe, que estaba viajando por Libia en ese momento, es el único periodista occidental que conozco que ha visitado los campos. Su libro Desert Encounter: An Adventurous Journey through Italian Africa [«Encuentro en el desierto: un viaje azaroso por el África italiana»] es un relato profundamente inquietante y un documento excepcional. Su anfitrión italiano, un oficial del ejército, lo lleva a uno de los campos:
El campo era inmenso. Había al menos mil quinientas tiendas, que albergaban
una población de entre seis mil y ocho mil personas. Estaba vallado con
alambre de espino y había guardias con ametralladoras en cada entrada. Al
acercarnos a las tiendas, los niños corrían hacia nuestro coche. Vestían
harapos y parecían medio muertos de hambre, pero evidentemente estaban
acostumbrados a conseguir dinero del comandante en sus visitas, porque
extendían las manos y gritaban en italiano: «Un soldo, signore, un soldo!»
[…] Los beduinos se reunían en torno a nosotros. Iban increíblemente
andrajosos. En los pies llevaban trozos de cuero atados con cuerda; sus capas
eran una mezcla de toda clase de retales multicolores. Muchos de ellos
parecían enfermos y destrozados, apenas podían caminar con aquellas
espaldas torcidas o brazos y piernas terriblemente deformados.
Holmboe se indigna, pero intenta guardarse sus opiniones para no perder el acceso que sus anfitriones italianos le han concedido. Aun así, en un momento dado, en el campamento, cuando nadie puede oírlo, habla con un interno en su árabe perfecto:
Pregunté a uno de los beduinos:
—¿Dónde está Ahmar Moktar [Omar al Mukhtar]? Él mostró sus dientes blancos en una sonrisa.
—Ahmar Moktar —dijo, haciendo un gesto con el brazo para abarcar el
paisaje— está en todas partes, en las montañas y los valles.
El libro enfureció a los italianos, que lo prohibieron y detuvieron a su autor. Unos meses después de su liberación, el danés fue hallado al sur de Aqaba, en Jordania, asesinado. Se sigue sospechando que fue el servicio secreto italiano.
No está claro cuántas personas perecieron en los campos. El censo oficial italiano muestra que la población de la Cirenaica cayó de 225.000 a 142.000 personas. Enviaron a miles de huérfanos a los campos fascistas para «reeducarlos». Ametrallaban rebaños de ganado con aviones recién estrenados. Un general italiano alardeó de que, entre 1930 y 1931, el ejército había reducido el número de ovejas y cabras de 270.000 a 67.000. Como consecuencia, mucha gente murió de hambre.
El poeta libio Rajab Abuhweish, que fue académico y maestro y después sirvió como jurista en Argelia y el Chad, regresó a Libia en 1911 para unirse a la resistencia. Cuando atacaron su pueblo, los italianos quemaron las casas y echaron cemento en los pozos. Los hicieron marchar, a él y su familia, junto con el resto de habitantes del pueblo, a lo largo de cuatrocientos kilómetros, hasta el infame campo de concentración de El Agheila. Al estar prohibidos los bolígrafos y el papel, Abuhweish compuso mentalmente un poema de treinta estrofas, que memorizó. También otros lo memorizaron y de esa forma se extendió por el país. Fortaleció de tal modo el espíritu de la resistencia que, cuando los italianos descubrieron la identidad del autor, lo azotaron. El poema se titula «No tengo ninguna enfermedad, salvo…». Empieza así:
No tengo ninguna enfermedad, salvo el campo de El Agheila, el encarcelamiento de la tribu
y estar apartado del campo abierto.
No tengo ninguna enfermedad, salvo esta desesperación sin fin, la escasez de todo y la pérdida de mi yegua alazana, con sus patas delanteras negras hasta los cascos.
Cuando ocurrió el desastre,
mi yegua galopó, extendiendo su largo cuello
con una belleza incomparable.
El poema de Rajab Abuhweish fue uno de los primeros que aprendí. Lo enseñaban en la escuela como parte de la historia de la lucha de Libia por su independencia. Me impresionó mucho. La vigésimo tercera estrofa en particular, y su imagen del niño viejo, me obsesionó en mi niñez.
No tengo ninguna enfermedad, salvo la pérdida de gente noble y los infames que ahora
nos gobiernan con sus rostros funestos, desvergonzados.
¿A cuántos niños se han llevado y azotado?
Las pobres jóvenes flores regresan desconcertadas, envejecen sin haber vivido.
Tras la independencia, Rajab Abuhweish volvió a la docencia y sirvió como consejero en el senado del rey Idris. Murió en 1952.
El abuelo Hamed también se unió a la resistencia en el este del país, bajo el liderazgo de Omar al Mukhtar, inmediatamente después de la invasión de 1911. Sin embargo, al cabo de ocho años, en 1919, de repente y a toda prisa, reunió a su joven familia y huyó a Alejandría. Esto me desconcertaba, porque los libios que lucharon bajo Omar al Mukhtar y que, como el abuelo Hamed, tenían algunos medios privados —en su caso, tierras— para financiar su marcha, no empezaron a emigrar a Egipto hasta doce años después. Para ser precisos, hasta el 11 de septiembre de 1931, cuando la resistencia recibió su golpe mortal. Omar al Mukhtar, que entonces tenía setenta y tres años, fue herido en una rápida retirada y se cayó del caballo. Al cabo de cinco días, y tras una farsa de juicio, ahorcaron al gran hombre en los alrededores de Bengasi. Igual que hizo el régimen de Gadafi medio siglo más tarde, cuando desviaron el tráfico para que la gente no tuviera más remedio que ver los cadáveres de los estudiantes colgados en el jardín de la catedral de Bengasi, la administración colonial italiana se aseguró de que a la ejecución de Sidi Omar asistiera el mayor número posible de libios. Eso minó el ánimo del país. Durante los dos años siguientes, la resistencia, una fuerza formidable que había inspirado varios movimientos de independencia en todo el mundo, se desintegró. Fue entonces cuando muchos de sus miembros huyeron a Alejandría. Una generación más tarde, mi padre, al ver cómo la dictadura de Gadafi diezmaba a la oposición, también emigró al vecino Egipto con la esperanza de reconstruir la disidencia desde el extranjero. Pero ¿qué demonios llevó al abuelo Hamed a salir del país apresuradamente en 1919, cuando los miembros de tribus libias a caballo, armados con viejos rifles otomanos y lo que podían arrebatarle al enemigo, parecían a punto de derrotar a una potencia europea?
Una explicación —que cuenta con versiones diferentes según quien narre la historia— es que una noche, poco antes de huir a Alejandría, el abuelo Hamed se escondió en la esquina de una calle del centro de Bengasi. Un oficial italiano de alto rango había salido a horas intempestivas para ir a la panadería antes de que cerrara. Volvía a casa con la bolsa del pan en una mano y mordisqueando la punta de una barra que llevaba en la otra. El abuelo Hamed tiró del oficial hacia las sombras y lo degolló. Al cabo de unos días estaba en Alejandría.
Me resulta difícil creer que el ataque fuera aleatorio, que respondiera a una oportunidad de hacerle daño al enemigo o fuera provocado por el hambre. En la resistencia, el abuelo Hamed era conocido por su buena puntería, por ser un excelente jinete y un estratega eficaz que rara vez corría riesgos innecesarios. La guerra se libraba en lugares alejados de los centros muy poblados. Los hombres de Omar al Mukhtar estaban decididos a no rebajarse a las tácticas del enemigo y a no atacar a mujeres, niños o población civil. No querían intervenir en pueblos y ciudades. Cuando tendían emboscadas, su objetivo eran columnas militares y guarniciones, no un oficial que volvía a casa de la panadería. Esto aumenta la credibilidad de otra versión de la historia, según la cual el abuelo Hamed no mató al italiano por el pan, sino para vengarse de ese hombre en concreto, al que llevaba varios días siguiendo. Quizá, como en la historia de mi padre «En la quietud de la noche», las tropas italianas habían atacado a la familia y el ganado del abuelo Hamed y el ataque no había terminado tan bien para ellos como para el Ahmed del relato, su tío y la prima Aisha. Sospecho que otros conocían la animadversión y, por consiguiente, podrían haber deducido quién mató al italiano. Eso explicaría por qué el abuelo Hamed consideró necesario huir inmediatamente de Libia, el país por cuya defensa casi había perdido la vida, y llevarse a su familia consigo.
Aunque, por supuesto, esa historia podría no ser cierta. Tal vez no mató al oficial y se marchó sólo porque ya estaba harto de la guerra y quería educar a su familia en paz y en la ciudad culta y de grandes oportunidades que era entonces Alejandría. Fuera cual fuese la razón, el caso es que se estableció allí y se quedó los siguientes veinte años. Aunque no había mostrado un interés particular por los negocios hasta entonces, se convirtió en un próspero comerciante y compró una casa en uno de los mejores barrios. Se decía que cuando los remaches de sus botas hechas a mano se gastaron, los sustituyó por otros de platino con la esperanza de no tener que volver nunca al zapatero. Sin embargo, en la cima de su éxito, a principios de la década de 1930, después de la ejecución de Sidi Omar y cuando el lazo se estaba apretando alrededor de la resistencia, el abuelo Hamed, como su hijo muchos años después, fue detenido en Egipto. Lo entregaron a las autoridades italianas y lo mandaron a Italia. No está claro si fue a Bolonia o a Padua, pero cuando las autoridades coloniales se llevaban a un miembro de la resistencia libia a Italia sólo significaba una cosa: ejecución. Y los cadáveres nunca se devolvían a las familias. Al día siguiente de la detención de mi abuelo, montones de personas acudieron a la casa para ofrecer sus condolencias. Mi abuela se vistió de negro, alquiló un par de centenares de sillas y contrató a un licenciado de la Universidad Al Azhar, quien, a lo largo de los siguientes tres días, se sentó con las piernas cruzadas en el salón principal y recitó el Corán completo.
Lo que nadie sabía era que, a los pocos días de estar cautivo, el abuelo Hamed escapó, llegó al puerto más cercano y convenció a un pescador de que lo llevara a un barco que acababa de zarpar hacia Alejandría. El pescador se acercó con su barca a la escalerilla de popa y el abuelo Hamed logró subir al barco sin que nadie lo viera. Se escondió en la sala de máquinas y, al caer la noche, hurgaba en la basura en busca de restos. El barco atracó en Alejandría al cabo de unos días. Transcurridas varias semanas de la captura del abuelo Hamed, cuando todos los dolientes habían regresado ya a sus casas, una brusca llamada a la puerta despertó a mi abuela en plena noche. Estaba asustada, pero cuando abrió casi se desmayó. No hacía más que apretar la mano de su marido para asegurarse de que no era un fantasma. Él cerró su negocio y unos días más tarde la familia estaba otra vez en Libia. La historia me parecía desconcertante. ¿Por qué regresó tan pronto y corrió un riesgo todavía mayor? Hace poco contacté con el historiador Nicola Labanca, una autoridad en el período colonial italiano en Libia. Esperaba que pudiera dirigirme a un archivo donde encontrar algún registro de la detención de mi abuelo. Labanca me explicó que no existía tal archivo, que en aquel tiempo los italianos mantenían pocos registros y que la mayoría de ellos se destruyeron durante la guerra. Me encontraba otra vez en ese lugar familiar, un lugar de sombras donde la única forma de entender lo ocurrido es a través de la imaginación, algo que sólo sirve para avivar el pasado y multiplicar sus posibilidades, como una casa embrujada con infinitas habitaciones de la que no se puede escapar. Según Labanca, que amablemente respondió a mis preguntas, era muy improbable que hubieran llevado a mi abuelo a Italia para juzgarlo. «A los libios los llevaban a Italia para dos cosas y sólo para esas dos: torturarlos para obtener información y luego ejecutarlos. No había juicios para libios», dijo. Por otro lado, tiene sentido que regresara a Libia en ese momento. En los años que siguieron a la ejecución de Omar al Mukhtar, Mussolini tenía mucho interés en que volvieran al país los libios ricos que vivían en el extranjero. Y esto por dos razones: fomentar la economía —sobre todo la de la Cirenaica, que había sufrido mucho durante los últimos años de combates— y tener a esos hombres tan peligrosos, que seguramente contribuían con su dinero a los esfuerzos por restablecer la resistencia, de nuevo en el país, donde podían vigilarlos. Esto, dijo Labanca, explicaría mejor el regreso de mi abuelo: «No tenía escapatoria —concluyó el historiador—. Lo más probable es que se enfrentara a la cruel alternativa que las autoridades italianas ofrecían a los libios ricos del exilio: morir o regresar a Libia.»
Cuando falleció mi abuela, mi padre, que estaba en El Cairo y no podía asistir al funeral, guardó silencio. Durante varios días estuvo sumamente distante, como si el dolor fuera un país muy lejano. Cuando varios años después murió el abuelo Hamed, cayó en una desesperación todavía más profunda, aunque el abuelo era muy mayor y cabía esperarlo.
Fue a finales de 1989. Ziad y yo estábamos en la universidad en Londres y nuestros padres habían ido a visitarnos. Mi madre, con su manera particular de dar las malas noticias, me contó por la mañana, después de que la encontrara llorando, que el abuelo Hamed no estaba bien. «Puede que no sobreviva», dijo.
Me fui a clase, pero di media vuelta al recordar que, cuando yo tenía siete años, mi madre vino a buscarme al jardín en nuestra casa de Trípoli y dijo lo mismo sobre su padre. Murió ese mismo día.
Ziad, mi madre y yo esperamos a que mi padre regresara de sus encargos de la mañana. Ella se sentó con él y, con la máxima suavidad posible, le dio la mala noticia. Mi madre y Ziad estaban visiblemente conmovidos, pero yo sólo recuerdo estar aterrorizado. Sin decir ni una palabra, mi padre se levantó y se fue a la habitación. Lo seguimos. Se sentó al borde de la cama y se tapó la cara. Nunca lo había visto llorar. Mantuvo las palmas apretadas con fuerza contra la cara. Yo oía un lamento grave, como si estuviera gritando desde muy lejos.
Unos meses después, mi padre desapareció.
Esos dos hechos —la muerte del abuelo Hamed y la desaparición de mi padre en el abismo de las mazmorras de Gadafi— también están conectados en mi mente porque, en los días que siguieron al fallecimiento del abuelo, una nueva desesperación se apoderó de mi padre. Recuerdo haber pensado, cuando lo veía sentado solo, que era un hombre terriblemente impaciente. También detecté eso mismo en la ocasional fotografía que mi madre incluía en sus cartas, en las que aparecía solo o al lado de ella. Esta nueva noción de su impaciencia me resultaba peculiar. Para mí, él siempre había sido la personificación de la paciencia. Cuando yo mostraba frustración, él repetía esa palabra, «paciencia», como si fuera una letanía, y luego añadía el apodo que había inventado para mí, Sharh el Bal, «el calmante de la mente»; el nombre sin duda pretendía ayudarme a superar mi propia impaciencia. Mi padre citaba a menudo la frase repetida dos veces en la sura «La abertura», del Corán: «¡Junto a la dificultad hay facilidad! ¡Sí, junto a la dificultad hay facilidad!» Sin embargo, la muerte del abuelo Hamed lo alteró, y esa alteración resultó irrevocable. Perdió el rumbo. Se volvió menos cuidadoso.
Tres años después de su secuestro —tres años de silencio absoluto— nos llegó una carta grabada en una cinta, con la voz de mi padre superpuesta a un recital del Corán que habían hecho para los prisioneros. Después de cuarenta minutos de discurso tranquilo, cuando ya se había despedido y sólo le faltaba apretar el botón de stop, oí, como si procediera del fondo de mí mismo, aquel lamento suave otra vez, en esa ocasión desde un pozo aún más profundo. Por una razón que nunca sabré, eligió no borrarlo. Quería que lo oyéramos.
Poco antes de su desaparición, mi padre me había confiado un secreto. En los años que siguieron a la muerte de mi abuela, en más de una ocasión se vestía como un campesino egipcio y, con un pasaporte falso, se colaba por la frontera egipcio-libia para viajar hasta Ajdabiya y ver a su padre.
—Breves visitas nocturnas que nunca duraban más de una o dos horas —me contó.
Estábamos los dos en mi estrecha cama, en Londres, tumbados juntos en sentido inverso. Por respeto, yo había apartado los pies de él, pero los suyos estaban junto a mí, de manera que podía apretar las plantas con mis pulgares, como sabía que le gustaba.
—¿Se sorprendía al verte? —pregunté.
—No, de alguna manera siempre lo esperaba —contestó mi padre.
Se sentaban en el rincón de la gran habitación del abuelo, susurrando en la oscuridad, antes de que mi padre le besara la mano y emprendiera el peligroso viaje de regreso.
—¿No veías a tus hermanos y hermanas? —pregunté.
—Era demasiado peligroso —dijo.
Mi padre también tenía un padre que sabía guardar un secreto.
En total, me contó, había hecho esto «unas tres veces».
—Imprudente —dije, enojado por que hubiera arriesgado la vida así.
—Ahora que ya no está —respondió para tranquilizarme—, no hay necesidad de preocuparse.
Y ahora, tras un cuarto de siglo de no ver a mi padre, yo correría los mismos riesgos para verlo, aunque fuera sólo durante una hora o dos.
Desde entonces, me he preguntado por qué mi padre eligió ese día en particular para contarme sus visitas secretas a Ajdabiya. En aquel momento supuse que era porque el abuelo Hamed acababa de fallecer, pero ahora no estoy seguro. En esa misma cinta, que a lo largo de los últimos veinticinco años sólo he sido capaz de escuchar cinco veces, dice: «No vengáis a buscarme.» Y cada vez esa frase me recuerda la tarde en la que él y yo nos tumbamos uno al lado del otro, en mi estrecha cama de Londres. He llegado a entender las palabras «Ahora que ya no está, no hay necesidad de preocuparse», que en aquel momento me parecieron tranquilizadoras, como una advertencia que pasé por alto. Lo que de verdad significaban era que, muerto su padre, podía correr riesgos aún mayores.