El regreso
21. Los huesos
21
Los huesos
En esos días pasados en Bengasi, noté a menudo una extraña vinculación con Ajdabiya. En mi infancia no la sentía. Ha ido creciendo con los años, arrancando mi nostalgia de Trípoli, donde viví y pasé la niñez, lejos de Bengasi, donde mi hermano y yo compartíamos los veranos con nuestros primos, para llevarla a Ajdabiya, esa población austera y sincera a la que no estuve apegado de niño. Si mi padre hubiera estado vivo, tendría setenta y tres años. Cuando imaginaba que me reunía con él, eso no sucedía en nuestra casa de El Cairo, el lugar de donde se lo llevaron, tampoco en Londres, donde yo vivía —y a menudo me preguntaba, dada la traición de Egipto, si él elegiría vivir también allí—, sino en la casa de mi abuelo en Ajdabiya. Era como si, en mi mente, lo estuviera devolviendo a la casa de su padre. Imaginaba que el encuentro no se producía en secreto, durante las horas nocturnas, como cuando él hacía aquellas peligrosas incursiones, colándose por la frontera egipcio-libia para visitar al abuelo Hamed, sino a plena luz del día.
Regresé a Ajdabiya. En esta ocasión fui solo.
El tío Hmad Khanfore estaba fuera durante mi primera visita. Yo había hecho campaña por su liberación durante años, pero nunca nos habíamos visto antes. Mi madre me había contado que le encantaba el teatro y, cuando en los viejos tiempos visitaba a mis padres en El Cairo, ella lo llevaba a ver al menos tres obras cada semana. Hay una fotografía de él con mi madre y el primo Ali, todos sentados en fila en uno de los carros decorados tirados por caballos que dan paseos junto al Nilo. Hasta el cochero sonríe a la cámara, sosteniendo su látigo muy tieso a su lado. Unos meses después de que se tomara esa fotografía, detuvieron al tío Hmad y a Ali. Miré varias veces la fotografía durante sus veintiún años de encarcelamiento. El tío Hmad, que tenía planes para convertirse en dramaturgo, y el primo Ali, que acababa de regresar de estudiar Economía en la Universidad de Düsseldorf y que hacía gala, por su manera de vestir y de sentarse tan tieso, de una curiosa formalidad germánica. La siguiente fotografía que vi de ellos se tomó el día de su puesta en libertad y me la enviaron al día siguiente. Muestra a los tíos Mahmoud y Hmad y los primos Ali y Saleh de pie delante de la puerta de la prisión. Llevan ropa limpia y planchada. Todos ellos son dos décadas más mayores. No sólo el pelo, sino también la piel parece haber perdido color. Miran a la cámara tratando de sonreír, tratando de parecer cómodos. «¿Qué esperabas —me dije—, alegría?» No es momento para la alegría. Cuando te liberan de un encarcelamiento tan largo, la injusticia cobra forma en toda su magnitud. Sólo entonces te das cuenta de cuánto tiempo ha pasado, cuánto ha cambiado el mundo y cuánto se ha perdido. Pero incluso entonces supe que no se trataba sólo de eso. Algo iba mal.
Había visto al primo Ali en El Cairo justo antes de viajar a Bengasi. Vino a hacernos una breve visita. Le di indicaciones por teléfono y me quedé en la esquina de la calle, esperando. Me sentía entusiasmado ante la perspectiva de verlo por fin. Cuando llegó, vi que, igual que yo, no podía parar de sonreír. Aparcó y nos abrazamos. Éste es el cuerpo que ha estado encerrado dos décadas. Éste es el cuerpo que pertenece al nombre que repetí en mis cartas a distintos gobiernos y ONG. Nos sentamos el uno junto al otro en el sofá y charlamos hasta que nos sirvieron la comida. Contó muchas cosas sobre la vida en prisión, pero lo que más me llamó la atención fue su descripción de los altavoces. Mi padre los había mencionado también en una de sus cartas, pero era mucho peor de lo que yo había imaginado. Los altavoces no estaban en los pasillos, sino dentro de cada celda, fijados al techo, donde los reclusos no podían alcanzarlos ni romperlos. Reproducían discursos de Gadafi, sólo interrumpidos por canciones de propaganda y eslóganes que exponían las virtudes del régimen. La difusión se llevaba a cabo cada día desde las seis de la mañana hasta medianoche, y a todo volumen.
—Tan alto —dijo Ali— que a veces era difícil entender las palabras. Sentías que te vibraban los músculos. Yo me tumbaba y miraba la botella de plástico vacía que temblaba en el suelo de cemento. —Entonces, quizá para consolarme, añadió—: Pero al final de acostumbras. —Y de repente dijo—. Quiero darte las gracias.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por todo lo que has hecho.
El tono en que lo dijo era complicado. Sincero y reticente, apreciativo y apenado al mismo tiempo. Se correspondía con la fotografía tomada el día de su liberación.
Esa misma tarde, Ali nos dio una información nueva. Después de que los ayudantes de Seif les comunicaran a él y a los demás su liberación y les dijeran que finalmente se iban a casa, que esa noche dormirían en sus camas, después de proporcionarles ropa limpia, cuchillas y jabón de afeitar, de darles la oportunidad de despedirse de los otros prisioneros, después de llevarlos por el patio hasta una oficina amueblada con grandes sofás y varios sillones y de que una vez allí les sirvieran té y café y les entregaran cigarrillos, todo con un aire amable y jovial, les explicaron que su liberación dependía de un detalle final: «Firmar una disculpa formal por haberse opuesto al Gran Líder.» Seif ya la había preparado. Alguien la había tecleado y allí estaba, con una línea de puntos al lado de cada nombre. Debían firmar todos o ninguno sería puesto en libertad.
—Yo no quería hacerlo —me dijo Ali—. Pero Mahmoud había llegado al límite. Estaba enfermo y frágil. Estaba preocupado por él.
Tener que firmar una disculpa después de veintiún años de encarcelamiento cruel e injusto puede acabar con un hombre. Si yo no hubiera hecho nada, ellos habrían salido de todos modos cuando los revolucionarios tomaron Abu Salim y echaron abajo las puertas. Pero yo actué según los hechos que conocía entonces. Seif nunca mencionó una disculpa y, aunque lo hubiera hecho, habría sido inapropiado por mi parte negarles la elección a mis tíos y primos. Sin embargo, esa nueva información lo corrompió todo y a partir de entonces, cuando alguien me daba las gracias o me felicitaba por el papel que había desempeñado en la liberación de mis tíos y primos, enseguida cambiaba de tema.
El tío Hmad parecía extrañamente joven y viejo al mismo tiempo, como si su yo más joven, con su amor por el teatro y mil y un planes de futuro, hubiera sido contenido y conservado por su cautividad. Esto no es inusual, supongo; nuestro ser más joven siempre nos acompaña. Sin embargo, en una vida de actividad, sin ruptura dramática, donde el progreso de las cosas no está interrumpido por la catástrofe, donde nuevas impresiones, descubrimientos e influencias rozan regularmente la piel de nuestro pensamiento, nuestra maduración sigue un proceso que crea la ilusión de una línea sin fisuras. En el caso del tío Hmad, el joven que estaba a punto de ser detenido y el hombre en el que se había convertido parecían existir en paralelo, destinados a no encontrarse y, sin embargo, resonando uno contra el otro como dos notas musicales discordantes.
Su inglés era bueno y tenía ganas de usarlo conmigo. Parte de su atención estaba ocupada constantemente por quienes lo rodeaban. Esta consideración excepcional, imaginé, tenía que dejarlo exhausto al final de cada compromiso social. Yo no soy ni mucho menos tan considerado y sin embargo me resulta imposible ser «yo mismo» en compañía de otros. Todo el rato estoy pensando en los que me rodean. Si me caen bien, mis opiniones se inclinan en su dirección, y si, por la razón que sea, me irritan, soy muy obstinado. En cualquier caso, me quedo agotado y confuso, lamentando haber renunciado a mi soledad y, como deseo la compañía de otros y siempre la tengo, el ciclo es interminable.
Tal vez, pensé, el tío Hmad sufría de la misma aflicción. Ésta fue una de las razones por las que me provocó una simpatía inmediata. Quería escucharlo y él, a su vez, estaba ansioso por contarme sus recuerdos. Tal vez ambos sospechábamos que nuestro tiempo juntos iba a ser limitado, que el mundo iba a cambiar y que la rutina de viajes frecuentes a Libia, o incluso la posibilidad de vivir allí una parte del año, iba a dejar de ser viable.
—Técnicamente hablando —me dijo el tío Hmad en inglés—, el tío Jaballa era mi cuñado, pero yo lo consideraba un padre, y no sólo por la diferencia de edad. Era un ejemplo —añadió, mirándome con aquellos ojos que ya había visto antes en otros hombres que aman a mi padre.
A partir de entonces, dejé el «tío» y me referí a él simplemente como Hmad.
Estos encuentros con mis familiares que habían pasado décadas en prisión, cuyos nombres han estado en mi lengua y entre mis dedos repetidamente a lo largo de los muchos años que dediqué a hacer campaña y a escribir cartas sobre ellos a varios gobiernos y organizaciones de defensa de los derechos humanos, revelaron las aguas revueltas entre nosotros. Ellos querían hablarme de cómo fue la vida durante dos décadas en prisión, y yo tenía muchas ganas de contarles lo mucho que había pensado en ellos. Era un intercambio de promesas y devoción, coloreado, desde su lado, por la excitación de los que han sobrevivido a un accidente, y desde el mío, por la culpa de haber vivido en libertad; culpa, pero también la terca desvergüenza de que, sí, había vivido una vida en libertad. En otras palabras, nuestra compañía provocaba un asalto de juicios impuestos por el yo y, en consecuencia, siempre posiblemente imaginarios. Ellos querían que supiera que su lealtad a mi padre no había flaqueado, y yo quería que supieran que no los había abandonado, sino que había hecho todo lo posible por liberarlos. Ellos querían que supiera lo que sentían por mi padre y yo sentía que al hacerlo estaban reconociendo lo que se negaban a aceptar: que estaba muerto. Tenían más cosas que contarme que yo a ellos. Querían llevarme a la oscuridad, exponer el sufrimiento y, al hacerlo, recalcar de manera discreta e indirecta el éxito amargo y trascendental de haber sobrevivido. ¿Hay mayor hazaña que sobrevivir al sufrimiento? ¿Superarlo y salir casi intacto? Y percibía un goce en su narración, en hablar del horror brutal de su tiempo en prisión —un período que cubría entre un tercio y la mitad de la vida de cada hombre hasta el momento—, sentados frente a frente, con el bienestar de una tarde ociosa, entre té y cigarrillos.
—Moriré por su derecho a decir lo que piensa —oí que citaba el tío Mahmoud, e interrumpió a alguien para preguntarme—: ¿No es así, Ibn Jaballa? ¿Conoces esa frase? ¿No es de Voltaire? —Y la repitió con placer.
En mi visita anterior, en un momento en que estábamos solos, el tío Mahmoud me había contado que le habían hecho de todo.
—Me pegaron, me privaron de comida y de bebida, me ataron, me tiraron un cubo lleno de cucarachas al pecho. No hay nada que no me hayan hecho. No puede ocurrirme nada que pueda ser peor que ese tiempo. Y siempre lo soporté. Guardaba un lugar en mi mente donde todavía era capaz de amar y perdonarlos a todos —dijo con una mirada amable y labios sonrientes—. Nunca lograron arrebatarme eso.
Hmad y yo estábamos sentados en el suelo, en un rincón del salón del tío Mahmoud. Hablábamos en voz baja para no molestar a la otra mitad de la sala, enfrascada en una conversación centrada en la situación actual: la falta de seguridad y la proliferación de armas.
—¿Quién demonios recogerá todas esas armas? —preguntó uno.
—Hay pistolas en cada casa del país —dijo otro.
Hmad empezó a hablar de la masacre. Supuse que lo hacía porque esa masacre fue la chispa que encendió el fuego. Como los inicios de esos incendios que consumen bosques enteros, sentíamos entonces que la revolución de 2011 también había tenido un comienzo específico, que entonces nos parecía asombroso. Sin embargo, yo sospechaba que Hmad la mencionaba también porque después de la masacre de Abu Salim no se volvió a ver a mi padre. ¿Hmad creía que había muerto en la masacre? Justo en el momento en que pensé que no me atrevería a preguntárselo, me oí decir:
—¿A mi padre lo mataron allí?
—Sólo Dios lo sabe —respondió Hmad.
—Lo sé —dije, notando que mi tono de voz era suave, como si estuviéramos hablando del mar en esa época del año—. Pero ¿qué crees tú?
—Sólo Dios lo sabe —repitió—. Durante los primeros días podíamos oírlo y hablar con él. Estaba en una celda no muy alejada de la mía, pero luego lo trasladaron y ya no volvimos a estar en contacto, salvo por alguna que otra carta.
Necesitaba cambiar de tema. Le pregunté por sus hijos, si era cierto que ahora vivían en la vieja casa del abuelo Hamed.
—Sí —contestó sonriendo—. Pero no es como la recuerdas. Ha cambiado mucho. Tienes que visitarla.
—Lo haré —dije.
—En todo caso, querido, deja que empiece por el principio. Meses antes de la masacre —dijo Hmad, reanudando su relato— hubo protestas en la prisión. Las causas se habían ido acumulando. Las condiciones siempre fueron deplorables, pero también estables y predecibles. Hasta que, en noviembre de 1995, se escaparon trece presos. Desde ese momento, nuestro trato empeoró de forma drástica.
»El más terrible (nunca lo olvidaré) era El Magrus. Cuando se sentaba en una silla era como si estuviera sentado en una lata de leche en polvo para bebés. En su mano, un palo parecía tan pequeño como un palillo. El hombre era un gigante. Y todo músculo. Cuando terminaba de interrogarte, empezaba a burlarse de ti. Era la costumbre. No sólo para ridiculizarte y provocar, sino también para pasar el rato. La cuestión era que esos guardias e interrogadores se aburrían soberanamente y siempre buscaban una forma de entretenerse.
»Recuerdo que una vez, después de interrogarme durante horas, El Magrus preguntó: “¿Quieres volver a tu celda?”
»Bueno, esto será difícil de creer —dijo Hmad—, pero la pregunta aterrizó en mi oído con la misma dulzura que si me hubiera preguntado si quería irme a casa. ¿Te imaginas? —preguntó, dándome un golpecito en la pierna—. Los interrogatorios eran tan espantosos que cuando por fin te llevaban a tu celda estabas tan contento de regresar a ese lugar miserable como si te hubieran llevado a casa con tu mujer e hijos. Estaba acabado, exhausto y sangrando por varios sitios.
»“Vale, pues, puedes volver a tu celda, pero sólo después de que te oiga decir que Jaballa Matar es un perro descarriado”, dijo El Magrus. “Pero ¿de qué te servirá eso?”, pregunté. “Quiero oírtelo decir”, contestó él. Le dije: “Escucha, prefiero decir palabras por las que me cortarían la cabeza que otras por las que me vería obligado a agacharla.”
»El otro interrogador se conmovió al oírme y le dijo a El Magrus: “Déjalo marchar.” El Magrus se negó. “No soy ningún héroe, pero puedes pegarme con ese palo todo lo que quieras; no lo diré. ¿Y de qué te serviría si lo dijera? De nada. En cambio, a mí me hundiría”, le dije.
»Por suerte, el otro hombre intervino de nuevo. Tuve suerte, porque si me hubieran vuelto a golpear, lo habría dicho; habría dicho cualquier cosa.
»Cuando Mahmoud y los otros me vieron —añadió Hmad, riendo—, estaban desconcertados. Yo estaba lleno de moretones pero contento. Ese día pude dormir.
Deseaba fumar con cada poro de mi cuerpo. Le ofrecí a Hmad un cigarrillo y los encendimos.
—De todos modos, deja que vuelva a los hechos que precedieron a la masacre — dijo, soltando el humo—. Como te he dicho, el trato era deplorable y empeoró después de que escaparon esos hombres. Nos quitaron los pocos lujos que teníamos: jabón, almohadas, colchones, hasta que sólo quedó el suelo de cemento. Nos quedamos delgados como fantasmas.
»Al cabo de unos meses en ese infierno, metieron a un nuevo grupo en la celda que quedaba frente a la nuestra. En comparación, nuestras condiciones eran lujosas. Habían organizado una confrontación armada en Bengasi, y tratado de tomar una guarnición. Uno de ellos era un hombre llamado Khaled al Baksheesh. Lo golpearon hasta que le partieron la pierna y luego lo dejaron sin tratamiento ni analgésicos. Lo oíamos gemir. Empezó a gangrenársele. Un día, sus compañeros de celda empezaron a aporrear la puerta hasta que llegaron los guardias. Se llevaron a Khaled al Baksheesh al patio que estaba junto a nuestra ala. Nos quedamos tranquilos, pensando que lo llevarían al hospital. Vi su pierna atrofiada y no podía creerlo. Se arrastraba horriblemente detrás de él como una cuerda. Lo colocaron en medio del patio y lanzaron chorros de agua con unas mangueras. Luego lo devolvieron a patadas a su celda. Esa noche no oímos nada. Por la mañana, sus compañeros nos dijeron que había muerto.
»Fue ese grupo de la celda de enfrente, la número nueve, el que puso en marcha la desobediencia. Recuerdo muy bien el día. Era viernes, viernes 28 de junio de 1996. En cuanto terminó la oración de la tarde oí gritos, una refriega y disparos. Lo que ocurrió fue que, cuando los guardias abrieron la celda número nueve para entrar la comida, los hombres saltaron sobre ellos, les quitaron las armas y soltaron a todos los presos. Nos reunimos en el pasillo, sin saber qué hacer a continuación. Los guardias del piso de arriba empezaron a disparar. Mataron a algunos presos e hirieron a otros. Nos volvimos a esconder en nuestras celdas. De vez en cuando nos arriesgábamos a correr de una celda a la siguiente. Durante unas horas, todo quedó en suspenso.
»Ocurrió algo extraño. No vas a creerlo, pero te lo juro por la vida de mis hijos.
El cuerpo de uno de los presos muertos se quedó exactamente igual, sólo con las mejillas algo más pálidas, pero por lo demás intacto. Olía a almizcle. No teníamos almizcle ni nada parecido en la prisión. En cambio, el rostro del guardia que llevaba muerto el mismo número de horas se había puesto negro y su cuerpo, hinchado como una pelota, apestaba. Todos nos maravillamos de eso.
»Al atardecer, uno de los guardias alzó la voz para ofrecernos agua; la habían cortado para obligarnos a rendirnos. Nos pidió que escogiéramos a un hombre de cada ala para negociar con ellos. Nuestros representantes se marcharon y estuvieron fuera mucho tiempo. Cuando regresaron, iban acompañados por tres de las figuras más destacadas del régimen: Abdullah Senussi, que era jefe del servicio secreto y cuñado de Gadafi; Abdullah Mansour, también de inteligencia; y Khairi Khaled, director de prisiones y hermano de la primera mujer de Gadafi. En resumen, algunas de las personas más importantes, y ninguna más que Abdullah Senussi, que fue muy cordial.
»Preguntó: “¿Cuál es el problema, hermanos? ¿Por qué estáis tan descontentos?” Le dijimos que recibíamos un trato insoportable y que preferíamos morir que vivir así. “¿Derechos humanos? ¿Qué derechos humanos? Ni siquiera tenemos los derechos de los animales. Al menos a los animales les dan comida y agua y no los golpean. A nosotros no se nos concede ninguno de esos privilegios y dejan morir a nuestros enfermos”, le dijimos. “¿Ésas son todas vuestras demandas? En ese caso son demandas muy razonables. Ni siquiera he de consultar con nadie. Pondré en marcha vuestras peticiones ahora mismo. Podéis dar por superadas todas vuestras quejas”, concluyó Abdullah Senussi.
»Durante estas conversaciones, Senussi estaba en contacto con Gadafi. Le sonaba el teléfono, se ponía firme como un junco y empezaba a susurrar. Su teléfono volvió a sonar en ese momento y una vez más lo vimos dar un par de pasos antes de responder. “Sí, excelencia. La situación está completamente controlada, excelencia. Por supuesto, haremos exactamente eso. Quédese tranquilo.”
»Colgó y nos pidió a todos que volviéramos a nuestras celdas. “Cuando os despertéis, descubriréis que todo ha cambiado”, nos dijo.
»Pedimos que figuras destacadas de la comunidad legal, así como embajadores extranjeros, fueran testigos del acuerdo. “Somos el gobierno y vosotros sois los presos. Si quisiéramos, podríamos enviar bombarderos y destrozar la prisión entera con vosotros y los guardias dentro. Ni os tememos ni nos dais pena. Pero hemos decidido, por humildad y amabilidad, razonar con vosotros”, contestó Senussi. Al cabo de unos momentos añadió: “Escuchad, para tranquilizaros en cuanto a nuestras buenas intenciones, dadnos a ciento veinte hombres, los que estén más necesitados de atención médica, y yo personalmente los llevaré al hospital Salah el Din.”
»Esta promesa final era una tentación enorme. Las discusiones continuaron entre nosotros. Entonces gritó en el pasillo: “Entretanto, mientras intentáis decidiros, reunid a los enfermos y heridos. Incluso nos llevaremos a los muertos y los enterraremos. Mañana prometo un grupo nuevo de guardias, comida digna y trato respetuoso. Pensaréis que os habéis despertado en un hotel de cinco estrellas.”
»Los presos discutieron. Había tensión real. Varios levantaron la voz: “Venga, vamos a pensar lo mejor. Seleccionemos a ciento veinte. Treinta hombres de cada ala.”
»Entre los treinta hombres de nuestra ala estaba mi hermano Ahmed, tus primos Ali y Saleh, un par más del grupo del tío Jaballa, tu tío Mahmoud y yo. Ninguno de nosotros durmió esa noche.
»Al alba, antes de que saliera el sol, cuando el cielo estaba completamente negro, nos llevaron al gran patio abierto. No podía creer lo que veía. Filas y filas de soldados, todos bien uniformados, algunos de ellos en posición de disparo. Eran tan numerosos que daba la impresión de que todo el ejército libio se hubiese reunido allí. Me pregunté por qué no los habíamos oído llegar. Los guardias de la prisión llevaron a los presos muertos en carretillas y los arrojaron en grandes cubos de basura. Al resto nos esposaron con lo que llamaban esposas israelíes. Las fabricaban allí. El último diseño. Un cable de plástico fino que se tensaba con la más leve resistencia. Sentías el dolor no tanto en las muñecas como dentro de la cabeza.
»Nos metieron a todos en grandes autobuses. Me senté junto a la ventana. Vi a un hombre. No sabía quién era, pero por la forma en que iba vestido y por cómo lo seguían algunos de los otros, entendí que estaba al mando. Entró en el autobús en el que iba yo y dijo en voz alta. “¿Quiénes de vosotros sois del grupo de Ajdabiya?”
»Ali iba en el mismo autobús; también había otro hombre, sentado justo delante de mí. Le susurré que deberíamos anunciarnos. Dijo que no.
»El oficial repitió: “El grupo de Ajdabiya, la oposición, el caso de 1990: daos a conocer.”
»Levanté la mano.
»El hombre pregunto: “¿Quién más está contigo?”
»Señalé a Ali. No mencioné al otro hombre. No quería ser responsable.
»Ali y yo bajamos del autobús y vimos a Saleh, mi hermano Ahmed, Mahmoud y un par más del grupo reunidos también allí. Nos pusieron en fila y nos ordenaron que nos arrodilláramos. Sentía que las esposas israelíes estaban a punto de rebanarme las manos. Permanecimos así hasta que se hizo de día. Entonces, desde detrás de nosotros, oímos al mismo oficial ordenando a uno de sus subordinados que nos pusiera un papel con nuestros nombres en el bolsillo. Nos pidieron que dijéramos nuestros nombres. Anotaron cada uno, doblaron el trozo de papel y nos lo metieron en el bolsillo.
»Ya está, pensé, ha llegado mi hora. Pero entonces hubo una gran confusión. Hicieron bajar a todos de los autobuses y los metieron en una especie de granero al que llamábamos “taller”. Volvieron a meter a nuestro pequeño grupo dentro de la cárcel y nos encerraron en una celda nueva. Al cabo de unos segundos oímos una ruidosa explosión, luego una sucesión interminable de disparos, toda clase de armas: pistolas, metralletas y el sonido de hombres gritando, todo procedente del taller. Resultó, y eso lo supimos después por uno de los guardias que participó en los disparos, que Abdullah Senussi había iniciado la masacre lanzando una granada de mano en el taller. Ésa fue la explosión.
»Pero eso fue sólo el principio. Una atmósfera sombría y una gran energía se extendían por la cárcel. Los guardias corrían de una celda a la siguiente con listas de nombres. Eligieron a centenares de presos. Los esposaron y los llevaron a los patios. Eran espacios rectangulares, sin techo, de unos diez metros por cuarenta y cinco, mientras que, alrededor de ellos, el edificio tenía unos ocho metros de altura. Llenaron así seis patios. Los soldados y los guardias de la prisión ocuparon sus puestos en los correspondientes tejados. Empezaron los disparos.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté—. ¿Lo viste?
—No, pero sí los que estaban en las celdas que daban a los patios. Y después, algunos de los guardias que estuvieron allí nos contaron lo que había ocurrido. Pero lo oí todo. Los disparos duraron dos horas.
—Conocí a un hombre una vez —le dije a Hmad— que lo describió como tener un taladro dentro de la cabeza.
—Sí —contestó—, pero lo peor de todo eran los gritos. Los oías con claridad cuando terminaban las ráfagas de ametralladora. Entonces llegaban los disparos sueltos de pistola, los tiros de gracia, supusimos. Dejaron los muertos allí durante cuatro días. Hasta que el olor nos hizo vomitar a muchos.
Mi mente no podía parar. Destellaban imágenes de mi padre en medio de esa pesadilla diabólica. Vi parte de su pie, luego su tobillo quieto en el suelo, cubierto de polvo por los movimientos de otros. Su palma arrugada, medio cerrada. La tensión suave de su torso. Y, durante un instante fugaz, su rostro. Una expresión que no podía entender. Tristeza y agotamiento y una compasión infinita, como si su pena no fuera sólo por los caídos, sino también por los verdugos. Todo ello con la certeza final e inconsolable de que nunca volvería a vernos. Sentí la fuerza violenta del vértigo. Como si él y yo estuviéramos en lados opuestos de una orilla y el río fuera creciendo, tan ancho ya como un océano.
—Poco a poco, los guardias empezaron a hablar —prosiguió Hmad—. Querían hablar porque lo habían visto todo. Estaban particularmente interesados en saber qué nos había ocurrido a nosotros, el grupo de Ajdabiya, y cómo nos habíamos salvado. “Estabais entre los primeros. ¿Cómo demonios lograsteis sobrevivir?”, nos decían.
»Les hacía gracia, como si fuese una mera curiosidad.
»Cada día pienso en ese amigo que iba en el autobús delante de mí.
Enterraron los cuerpos donde habían caído, en fosas comunes poco profundas. Meses después los exhumaron. Los huesos fueron convertidos en polvo y el polvo vertido al mar.