El regreso del idiota

AA. VV. · Capítulo 11 de 85

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El regreso del idiota

Siniestra versus siniestra

Como se ha dicho, una gran división se da hoy, en América Latina, entre la izquierda que, como la mujer de Lot que se negaba a romper emocionalmente con Sodoma, mira hacia el pasado y la que, aguijoneada por el ejemplo de los estonios, los eslovenos, los indios o los chilenos, tiende las pupilas hacia el porvenir. La división no es, como se cree, entre gobiernos «proestadounidenses» y «antiestadounidenses». Si ése es el término de referencia, América Latina es incurablemente cipaya de los yanquis, ya que a lo largo del último año hasta veintinueve gobiernos se mostraron favorables a la creación del Área de Libre Comercio (ALCA) promovida por Washington (por ahora está suspendida debido a la oposición de algunos países del MERCOSUR, que andan peleando entre ellos como gato y ratón). La división tampoco es entre los partidarios del «ultraliberalismo» y los socialistas. Si ése es el criterio, todos los gobiernos son socialistas, incluido el de Chile, donde el Estado es dueño de la principal fuente de ingresos del país, el cobre, donde es difícil y costoso despedir trabajadores y donde los tributos son elevados (las manifestaciones estudiantiles de mediados del 2006 evidencian también que la educación estatal no ha ido a la par con el desarrollo de la economía). Y no es, por último, entre la izquierda y la derecha a secas porque —con la excepción de México, El Salvador, Guatemala, Honduras, Colombia y el caso ambiguo de Paraguay— la derecha o centro derecha están fuera del poder en toda la región. Y las disputas entre los gobiernos izquierdistas son mucho más intensas de lo que alguna vez fueron los rifirrafes entre gobiernos democráticos de derecha y de izquierda (por ejemplo, en la década de lo años ochenta). Basta ver las caricias verbales que se prodigan Chávez y Alan García, Morales y Lula, o Kirchner y Váquez para comprobar lo animadas que están las gónadas ideológicas al interior de la izquierda.

 

SINIESTRA VERSUS SINIESTRA

La verdadera división se da dentro de las filas de la siniestra, que atraviesa una enternecedora crisis de identidad, muy parecida a la de los Partidos Laboristas de España, Gran Bretaña y Nueva Zelanda en los años ochenta. La contienda enfrenta a los «carnívoros» (la izquierda radical) con los «herbívoros» o «vegetarianos» (la izquierda moderada). Hasta ahora, los herbívoros llevan la delantera, pero como no se llegan a enfrentar abiertamente a los carnívoros ni tienen la misma efusividad retórica que ellos, no lo parece.

Sólo Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales son carnívoros probados, Rafael Correa va en vías de serlo, mientras que las entrañas de Kirchner dudan entre la carne —cuya exportación el mandatario ha prohibido— y la hierba, que lo indigesta un poco (de allí su antipatía con el herbívoro Tabaré Váquez). El resto han resultado vegetarianos aun cuando la retórica es a veces carnosa.

No hace falta una tonelada de neuronas para darse cuenta de que el modelo de la izquierda populista tiene pies de barro. Cuba, el modelo izquierdista por excelencia, vive hoy de la limosna del gobierno de Caracas, que subvenciona al régimen de Castro con 100 000 barriles de petróleo diarios. Como se sabe, tras el fin del subsidio soviético, Cuba entró en un «periodo especial» en los años noventa (periodo especialmente largo: ha durado hasta el año pasado). Se permitió, con limitaciones tremendas, algunas actividades privadas. Surgieron unos 200 mil trabajadores por cuenta propia, por lo general en las casas particulares, pero las restricciones han vuelto y se han cerrado buena parte de esos negocios porque Castro sospechó que por ese camino se llega a la abundancia, condición altamente sospechosa. También las inversiones privadas que, en calidad de joint venture, fueron permitidas en los años noventa, están siendo limitadas ahora, de modo que más de cien han cerrado. El régimen cubano ha encontrado en Hugo Chávez el reemplazo del antiguo subsidio soviético y por tanto la fórmula para impedir la conspiración satánica que se venía gestando en la sociedad: el surgimiento de una pequeña clase emprendedora. Gracias a que algunos cubanos trabajaban para los inversores extranjeros, obtenían propinas de manos de turistas o regentaban «paladares» (restaurantes privados en sus casas), empezaron a ganar dos o tres veces más de lo que ganaban los empleados estatales. Pero eso empezó a ofender la premisa básica de la Revolución según la cual sólo la casta gobernante puede vivir bien. La extensión del bienestar a cubanos ajenos al poder podía tener peligrosas ramificaciones políticas además de ser un insulto al Máximo Líder. Por ello, Castro, aceitado por la petrodiplomacia chavista, ha decidido que la isla vuelva a la ortodoxia (para no perder las buenas costumbres, mantiene en la cárcel a decenas de periodistas y activistas de derechos humanos apresados en 2003).

En el caso de Bolivia, Evo Morales se encargó, cuando estaba en la oposición, de impedir, mediante asonadas callejeras furibundas, la explotación de una impresionante riqueza gasífera: su país tiene la segunda reserva de gas natural de Sudamérica. A fines de los noventa, los inversores extranjeros, principalmente europeos y luego brasileños, habían invertido más de 3 mil millones de dólares para desarrollar ese recurso con miras a la exportación (para colmo fueron las empresas privadas las que habían descubierto esas reservas de gas natural). Tanto México, donde el Estado controla los hidrocarburos y los administra con tanta eficiencia que ha convertido a ese país en importador de recursos que abundan en sus entrañas, como Estados Unidos, donde la creciente demanda apunta a una expansión de sus importaciones gasíferas en los años que vienen, tenían interés en el gas boliviano. Pero los movimientos radicales liderados por el MAS, el partido de Morales, bloquearon desde la oposición la posibilidad de exportárselo, por lo que las inversiones se paralizaron. Ahora, olvidando que dos veces en su historia Bolivia nacionalizó los hidrocarburos sin éxito alguno, Morales, ya con la banda presidencial cruzándole el pecho, ha capturado esos recursos para el Estado boliviano otra vez, aunque ha tenido que retroceder varios pasos.