El regreso del idiota

AA. VV. · Capítulo 76 de 85

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El regreso del idiota

Dónde y cuándo surgió la idiotez

 

Bien, llegamos al final de nuestro libro y se hace inevitable preguntarnos por qué América Latina ha sido un territorio tan fértil para la idiotez política, por qué se repiten los mismos errores una y otra vez, por qué se realizan veinte veces los mismos experimentos con la esperanza de que en algún momento, mágicamente, se producirá un resultado diferente. El texto que sigue va encaminado a desentrañar estos misterios.

Hace ya cierto tiempo, la Cumbre del Mar del Plata, celebrada en Argentina en noviembre de 2005, bajo la dirección de un Néstor Kirchner inexplicablemente interesado en insultar a George W Bush, fue la consagración de la idiotez latinoamericana. Entonces la prensa destacó la parte pintoresca. Los gestos histriónicos de Hugo Chávez y sus excesos verbales, las declaraciones de ese notable pensador llamado Diego Armando Maradona, y los heroicos ataques a los McDonald’s, imagen mítica del imperialismo yanqui, aunque, curiosamente, se trata de restaurantes populares y económicos, notables por sus altos estándares de higiene, preferidos por los jóvenes estudiantes y por personas de bajos ingresos.

Hay que admitirlo: una parte sustancial de los latinoamericanos rechaza las libertades económicas y prefiere acogerse a un modelo de organización social en el que el Estado, administrado por gobiernos populistas poco respetuosos de la legislación vigente, no necesariamente apegado a los métodos democráticos ni al respeto por los derechos individuales, asigne los bienes producidos y tenga una función rectora y proteccionista. No es sólo la voluntad de los políticos clientelistas: tantas décadas de prédica populista, a la derecha y la izquierda del espectro político, han generado una población proclive a esta improductiva y perniciosa manera de organizar las relaciones entre la sociedad y el Estado.

Como en ese momento estableció el presidente Vicente Fox, es cierto que veintinueve naciones respaldaban al ALCA y sólo cinco se oponían, pero entre esas cinco estaban Brasil, Argentina y Venezuela, tres países que totalizan unos 250 millones de habitantes —más de la mitad del censo latinoamericano—, y, pese a la pobreza y las desigualdades que exhiben, poseen los más altos niveles de desarrollo económico y tecnológico de Sudamérica.

También es prudente señalar que los enemigos del mercado y del libre comercio —Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez y Nicanor Duarte —, para rechazar el libre comercio, lejos de mostrar sus verdaderas preferencias ideológicas, se escudaron contradictoriamente en la existencia de subsidios a los agricultores en Estados Unidos, asumiendo el rol de campeones del librecambismo, pero era evidente que se trataba de una excusa. La verdad profunda es que estos gobernantes y sus electores, muy dentro de la corriente neopopulista además de profesar un profundo antiamericanismo, no creen en las virtudes de las libertades económicas, sospechan de las intenciones de las naciones poderosas, especialmente de Estados Unidos, y son intensamente estatistas.

Cuando Estados Unidos elimine los subsidios a la agricultura —y ojalá sea pronto —, los neopopulistas invocarán otros pretextos. Por ejemplo, ya asoma a su tonta cabeza la «asimetría», es decir, esa diferencia en niveles de desarrollo que supuestamente impide cualquier relación comercial equitativa entre Estados desiguales, a lo que habría que agregar la falacia de la «soberanía alimentaria»: la absurda noción de que una nación, para sentirse segura, tiene que producir y controlar los alimentos básicos que consume.

Aunque se trate de construcciones demagógicas sin ningún elemento de seriedad conceptual, en relación con la «asimetría» es justo recordar que ella existe de manera muy notable dentro del propio MERCOSUR, donde Argentina posee un PIB promedio de 12,460 dólares (2004), medido en Paridad de Poder de Compra, frente a los 4,870 que tiene Paraguay, diferencia proporcionalmente similar a la que separa a Estados Unidos de la propia Argentina.

En cuanto a la «soberanía alimentaria», vale la pena subrayar que la mayor parte de las naciones ricas del planeta son importadoras netas de alimentos, pero aún existe otro argumento lógico de más peso: carece de sentido proclamar la voluntad de exportar alimentos, como pretenden Brasil o Argentina, mientras simultáneamente se defienden las virtudes de la autarquía alimentaria. Si todas las naciones lograran la «soberanía alimentaria», el comercio internacional de productos alimenticios quedaría drásticamente reducido. Por otra parte, quien postule el derecho a la «soberanía alimentaria» no puede simultáneamente oponerse a los subsidios de estadounidenses y europeos a la producción agropecuaria: de alguna manera, esas medidas proteccionistas son también una expresión de la pretendida «soberanía alimentaria».

En todo caso, pese a la debilidad de los argumentos de los enemigos del libre intercambio internacional de bienes y servicios, aunque no lo sabemos con certeza, es posible que un segmento quizás mayoritario de los latinoamericanos incluidos en las veintinueve naciones a que aludía Fox tenga una visión de la economía y de las relaciones entre el Estado y la sociedad más cercana a la que suscriben gobernantes neopopulistas como Lula o Kirchner, que la que proponen quienes defienden las libertades de comercio y las responsabilidades individuales, como Felipe Calderón o Álvaro Uribe.

Incluso en una nación como Chile, donde es patente el éxito de la liberalización de la economía, tal vez si el «modelo» chileno fuera discutido en un referéndum, sería derrotado. Aparentemente, lo que ha cambiado en el país es la visión de la clase dirigente, hoy mucho más educada y prudente, pero no la de las grandes masas, que en un alto porcentaje continúan aferradas a los viejos esquemas mentales del populismo y del colectivismo.