El río baja sucio
Capítulo 1
David Trueba
El río baja sucio
ePub r1.0
Titivillus 17-10-2019
Título original: El río baja sucio
David Trueba, 2019
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para Violeta,
que pedía cuentos.
CAPÍTULO 1
SÁBADO DE PASIÓN
Caminad mientras tenéis luz,
para que no os sorprendan las tinieblas,
pues el que camina en tinieblas
no sabe por dónde va.
Seguro que eres de los que creen que saben cómo es un cadáver. Aunque
jamás hayas visto la vida evaporarse de un cuerpo al morir. Seguro que eres
de los que piensan que conocen la mirada de un asesino. Aunque jamás hayas
cruzado tus ojos con los de uno. Seguro que eres de los convencidos de que
distinguirían entre mil a aquel que un día le quitó la vida a otro. Yo también
era como tú no hace demasiado tiempo, cinco, seis años atrás, cuando sucedió
lo que te voy a contar. Ahora tengo diecinueve años y ya no soy del todo
aquel niño de casi catorce. Entonces había visto como tú demasiadas películas
de crímenes, demasiados asesinos de novela, demasiados cadáveres de
ficción. Y creía que todo aquello tenía algo que ver con lo real. No conocía
aún a Ros, no sabía nada de su vida, no intuía lo mucho que cambiaría mi
forma de mirar el mundo el hecho azaroso de cruzarme con él durante
aquellas vacaciones de Semana Santa.
Todo empezó con una taza de váter en mitad del río. Pobre río. A aquello
se veía reducido el paso por la ribera más cercana a nuestras casas en la sierra.
La Navilla era el nombre oficial del lugar, pero nosotros lo conocíamos como
La Chopera. Era una colonia de segundas residencias que nació hace
cincuenta años, no más, cuando se impuso la idea del veraneo, de la salida de
fin de semana. Al menos así lo explicaban los mayores, la generación de mi
madre. Ellos fueron los primeros niños que colonizaron aquel lugar para sus
vacaciones. Fue en el momento en que dejó de ser un pimpollar de pinos
jóvenes que explotaba una resinera para convertirse en un rincón de evasión.
Se llenó de viviendas modestas, algunas construidas por los dueños sin
demasiado tino ni gusto. Casas de ladrillo y teja, cemento barato y uralita, que
se bautizaban con letreros vistosos en la fachada: La Ponderosa, Mansión
Tara, Villa Merceditas, La Casona, Los Abetos.
Si alguna vez tuvieras interés en dar con la colonia, que sepas que está a
solo una hora de Madrid. Te basta con seguir la carretera que corona el puerto
de la Cruz Verde en dirección a Ávila. Encontrarás un letrero que señala el
desvío hacia el pueblo de Pinares de San José, pero antes de llegar a él, aún en
el valle, verás nacer una carretera de tierra camino de La Navilla. Dicen que
el río marca la frontera entre Madrid y la provincia de Ávila. Así que podrías pensar que es un río respetado, conocido por todos gracias a su categoría de
frontera natural, pero no te engañes. Pese a que el curso del agua es vivo
incluso en verano, está contaminado desde hace años y ya casi nadie baja a
pasear por allí, aún menos a pescar o a nadar. En verano apesta a la mierda
que arrojaban desde un afluente las vaquerías y el polígono industrial de Las
Navas del Marqués. Los desagües de una cantera cercana han terminado de
arruinar su antiguo esplendor.
Yo estaba a punto de cumplir catorce años y en los días de abril, recién
comenzadas las vacaciones de Semana Santa, la pequeña cascada de la poza
que antes fue de baño aún se mostraba ruidosa y alegre. Parecía ignorar cómo
la montaña era devorada poco a poco por los mordiscos de la cantera activa.
El paseo entre los chopos, con las hojas recién brotadas que movía el viento
como si fueran adornos de papel y el cascabel del agua del río, nos seguía
convocando a esos ratos de juegos con tu mejor amigo.
El mío se llamaba Martín. Él a mí me llamaba Tom, aunque para el resto
yo era Tomás. Me gustaba oírle decirme Tom. Lo hacía con esa seguridad con
la que hacía todo, como si en vez de tener mi edad, apenas unos meses más,
Martín tuviera treinta años. Tom, me dijo, vamos a coger esa taza de váter,
nos puede servir. A él no le gustaba jugar al balón, que era a lo que yo me
dedicaba horas y horas. Prefería grabar vídeos cachondos con el móvil.
Aspiraba a convertirse en alguien popular en las redes, ser como su ídolo,
Cactus14, que cuentan que gana más de un millón de euros al año por colgar
sus paridas, sus bromas, sus partidas de videojuegos en la red.
Alcanzamos el inodoro y lo arrastramos hasta la hierba. Martín tuvo la
idea. Plantamos la taza en el sendero de tierra y lo grabamos con el móvil, en
fragmentos breves. La desplazábamos un poco cada vez para lograr el efecto
de verla avanzar, como si nos persiguiera. Cualquier título servía. El váter
endemoniado. El váter asesino. El váter infernal. Luego nos grabamos
huyendo de la taza. Nuestro plano consistía en mostrarnos como perseguidos
aterrorizados. Más tarde lo montaríamos todo en el ordenador de Gaspar, le
añadiríamos música. El efecto será genial, prometía Martín, pon más cara de
miedo.
Nos parecía divertido mostrar a dos chavales correr por la sierra
perseguidos por una taza de váter amenazante. Porque todos le tenemos un
miedo atroz desde niños a la taza del váter. Como si fuera la boca que
amenaza tragarnos hacia un mundo oculto y desconocido. Es el primer terror
infantil, cuando somos tan pequeños y el inodoro es tan grande y emboca a lo
oscuro. A la grabación le dedicamos un par de horas. Luego dejamos el inodoro tirado por allá. No lo devolvimos al río, lo respetábamos demasiado.
Nunca lo trataríamos como los demás, que lo usaban de alcantarilla local.
Recuperamos las bicis y emprendimos la subida de la cuesta.
Nos gustaba espiar cerca de la cantera, mirar la tarea infinita de las
excavadoras y los camiones. Era la segunda afrenta al lugar, el definitivo
insulto. Nuestro paraíso de vacaciones se había convertido en un basural. Eso
decía mi madre, y puede que por eso estuviera decidida a vaciar la casa
durante las vacaciones y ponerla a la venta. Desde el día anterior, cuando
llegamos y Martín vino a buscarme para sacar las bicis, había tenido la
sensación de despedida. De que aquellos serían nuestros últimos días juntos,
de que en esa semana, más que santa, maldita, terminaría nuestra amistad de
veranos y vacaciones. Pronto ya no volveríamos a vernos y Martín para mí y
yo para Martín pasaríamos a ser tan solo un recuerdo desvaído de la infancia.
Cerca de la cantera, el camino entre piedras y zarzales, junto a las jaras y
el tomillo, se volvía impracticable para las bicis. Además, se me había salido
la cadena y le pegué una patada de impotencia a la rueda trasera. ¿Otra vez la
cadena?, preguntó Martín mientras se bajaba de su bici. La suya era roja, la
mía era verde, ambas con ruedas de tacos, preparadas para los caminos de
tierra. A mí no me gustaba ir en bici, pero a Martín sí. Las empujamos a pie,
como jinetes desmontados. Así nos sentíamos en La Chopera, forajidos de
una vieja película del Oeste, en pleno uso de una libertad que solo
suspendíamos para ir a comer y cenar a nuestras casas.
¿Erais vosotros los de los gritos? La voz nos sorprendió. Demasiado
cercana para no haber percibido antes la presencia. Se refería seguro a los
gritos que habíamos soltado al correr por el sendero junto al río, perseguidos
por el inodoro asesino. Martín y yo nos sonreímos. No le íbamos a contar
nuestro proyecto de cortometraje de terror a un desconocido. Estábamos
grabando una chorrada, dijo Martín.
¿Hacéis películas? Nos encogimos de hombros y él vino a nuestro
encuentro. Tendría unos cincuenta años, no era demasiado alto, pero sí
robusto. Pese al frío, la manga corta dejaba entrever los antebrazos tensos. La
barba le manchaba la cara surcada de líneas duras, la piel parecía irrompible.
Se frotó las manos de uñas sucias en el pantalón de trabajo antes de agacharse
a mirar la cadena de mi bici, fugada del engranaje. Con un dedo la levantó en
el aire. ¿Ves la holgura?
Pero nosotros estábamos más interesados en estudiarlo a él. Se puso de pie
y volvió a pasarse las manos por los pantalones de faena. En la derecha, entre
el dorso y la muñeca, asomaba un alacrán tatuado, con el aguijón alzado al final de la cola. La tinta negra estaba algo corrida y gastada por el tiempo,
pero aún se reconocía al bicho amenazante.
Traedla a casa y la recortamos, si no se te va a estar saliendo todo el rato.
Recuperó una garrafa del suelo que no habíamos visto antes. Debía de haberla
ido a llenar a la fuente de abajo, donde el agua era pura y fluía constante por
un caño de hierro. Echó a andar y entendimos que se dirigía a Los Rosales.
¿Vivía allí? Y aunque estábamos aleccionados por la monserga temerosa de
nuestras madres, le seguimos. Era mayor nuestra curiosidad por entrar en Los
Rosales que toda prevención ante los extraños.
En la ladera del monte que miraba hacia la parte urbanizada de la colonia,
se alzaba esa casa solitaria y poderosa que llamaban Los Rosales. La valla
estaba trenzada con rosales salvajes y descuidados que echaban flores a
destiempo. Aparecían rosas en pleno invierno, como regalos inesperados,
brotes libres entre las espinas. La casa llevaba años abandonada. Para
nosotros siempre lo había estado, porque no recordábamos la última época en
que fue habitada. Todo el mundo conocía Los Rosales. La casa era la
referencia en el camino hacia la estación de tren: antes de llegar a Los
Rosales, a la altura Los Rosales, más allá de Los Rosales, decían. Como si
Los Rosales fuera un elemento natural del paisaje.
No tardó demasiado en arreglar la cadena. La apoyó sobre una roca y con
el martillo y el destornillador le birló una cuenta como quien acorta una
pulsera. Era hábil y fuerte y devolvió el martillo al cinturón con una floritura
de pistolero, haciéndolo girar alrededor de su dedo. Tengo que seguir con lo
mío, dijo después.
Habíamos empleado el rato en mirar alrededor, en estudiar la finca. El
caserón de dos pisos estaba guardado por un porche y en la construcción de
piedra se dibujaban las arterias de cemento. Era evidente que el tipo que nos
había salido al paso llevaba algunos días atareado en limpiar el jardín. Nos
tendió la mano terminada en el cerco negro de sus uñas recortadas, quizá
mordidas. Me llaman Ros.
Así se presentó. Dijimos nuestros nombres. Martín. Tomás. Sus dedos
poderosos estrecharon los nuestros. También nuestras manos estaban
manchadas de grasa de la cadena de la bici. Para limpiar esa grasa, cogéis el
jabón de fregar y os frotáis también con arena del suelo. Si no, no sale.
¿Ha comprado la casa? Martín demostró su valentía al hacerle la pregunta,
así, directa. Ros no parecía de esas personas que responden a las preguntas de
los demás.
Esta casa es de mi familia. Solo dijo eso.
Emprendimos el camino de vuelta y bajamos el remonte. No recuerdo si
hablamos entre nosotros ni si Martín fantaseó con la personalidad de Ros.
Solía hacerlo con todo. Inventaba aderezos que engrandecían nuestras
vulgares rutinas. Cómo admiraba a Martín por eso. Era un signo de
personalidad. Lo real no le bastaba. La alegría de recibir un mensaje suyo en
el móvil durante el curso anticipaba además que me reiría con sus ocurrencias
o sus disparates. Y yo me esmeraba en contestar, pero ahora, en la distancia,
sé que me costaba tanto dar con algo bueno que escribirle porque no me
consideraba a su altura. En sus hombros, en su forma de mirar, reposaba la
promesa de un futuro hombre que yo no alcanzaba a vislumbrar en mí. ¿Qué
me faltaba para ser como él? Me consideraba un chico despierto, pero a ratos
me reconocía débil y sabía que los demás lo detectaban. Mi padre me lo decía
a veces, cuando me echaba a llorar al mínimo roce o desplante. Eres como tu
madre, no se os puede decir nada. Incluso algunos en clase o en el equipo de
fútbol me mortificaban por ello. Nenaza, Tomasa, y solo me ganaba su
aprecio cuando llevaba la pelota en los pies, por la destreza durante el juego.
Entonces sentía algo de lo que debía de sentir Martín a cada instante, el
respeto de los demás.
Cuando nos lavábamos con la manguera en la entrada del chalet de
Martín, mientras frotábamos la espuma de jabón con la arena, entró Gaspar
cargado con la leña. ¿Qué hacéis, zascandiles? Nos hablaba así, con palabras
burlonas y una simpatía contagiosa, mitad redicho, mitad amable. Frotamos
con arena para que se vaya la grasa. Y a la explicación de Martín respondió
con un balanceo de cabeza, que asomaba de los leños que sostenía contra el
pecho. ¿De dónde sacaréis esas ideas de casquero?
Gaspar se perdió hacia el interior de la casa. Yolanda, la madre de Martín,
salía con él desde hacía cuatro años. El padre de Martín había muerto cuando
nosotros éramos pequeños. Tuvo una enfermedad rara y, según mi madre,
Yolanda perdió entonces la alegría en la mirada. Los ojos negros de Yolanda
quizá no eran ya alegres, pero no dejaban de ser inteligentes, de una
profundidad intrigante. Hay gente que mira así, como si supiera más del
mundo que los demás. Yolanda daba clase de Dibujo en un instituto y en La
Chopera se escapaba algunas mañanas a pintar paisajes con su caballete y sus
óleos. Si te sonreía, aunque fuera de lejos, notabas una especie de caricia en la
mejilla.
Gaspar era algo más joven que Yolanda. Hablaba mucho más que ella.
Hablaba más que nadie en los contornos. No había nadie que hablara tanto
como él entre las seis o siete familias con las que mi madre se saludaba en la colonia. Aunque ella solo consideraba amiga de verdad a Yolanda. Mi madre
y ella se conocían desde la infancia, habían formado parte de la misma
pandilla cuando aquel rincón de la sierra aún era un idílico paraje de pocas
casitas modestas, pinares espesos y un río entonces hermoso y radiante.
Antes de que todo se fuera a la mierda, como decía mi madre. Pero yo
creo que mi madre exageraba. Sus opiniones estaban teñidas de tristeza desde
la separación de los últimos meses. Hacía casi un año que mi padre dejó
nuestro piso cerca de Atocha, yo me quedé con mi madre y él venía a
recogerme para llevarme a los partidos y a entrenar al club. Le gustaba ese
ambiente de padres sabihondos que hablaban de fútbol sin haber pegado más
que patadas imaginarias al balón desde el sofá frente a la tele. Mi madre
conservaba el trabajo de administrativa en una gestoría. No le gustaba, pero
eso la mantenía ocupada hasta mitad de la tarde.
Mi madre había decidido vaciar nuestra casa de La Chopera y ponerla en
venta, pese a mi débil resistencia. Para mí significaba renunciar a pasar allí
alguna temporada de vacaciones junto a Martín. Pero le seguirás viendo, me
decía mi madre, le invitaremos a casa, si con los móviles ahora ya no se
pierde a los amigos como los perdíamos antes. Y, además, ya ni siquiera
podemos venir los fines de semana porque siempre tienes partidos. Puede que
yo fuera el único que no se engañaba, que sabía que eso no iba a ocurrir. Nada
sería igual si vendíamos la casa. Por eso aquellas vacaciones de Semana Santa
no podían desprenderse del sabor a últimas.
Entramos en la casa para devolver el jabón al fregadero. Yolanda
reprendía a la hermana de Martín. Lucía, no has salido de casa en toda la
mañana. Tienes que aprovechar estos días, que te dé un poco el aire. Pero
Lucía, aún en pijama, levantó los pies para apoyarlos sobre la piedra de la
chimenea. Tenía diecinueve años recién cumplidos y dominaba la prodigiosa
capacidad de hacer cuatro cosas a la vez. Ver una serie en el ordenador,
repasar los apuntes de clase, pintarse las uñas de los pies y escribir mensajes
en el móvil. Todos afanes muy lejanos de los beneficios del aire puro y los
paseos por la sierra que le recomendaba su madre.
Gaspar nos explicó que en nuestra época había tantos miopes por culpa de
los móviles. En la ciudad nunca se ve el horizonte ni se alcanza a mirar la
lejanía, vivimos delante de pantallitas. Os pasáis el día mirando aquí, y
levantó la palma de la mano bien pegada a sus ojos. Por eso sois cortos de
vista.
Nadie hacía demasiado caso a Gaspar, pero Martín y yo le seguíamos el
rollo porque nos prestaba su Mac portátil para montar los vídeos que grabábamos con el móvil. Teníamos pendiente una escena con Lucía de
actriz, pero ella se negaba. El día antes de que yo llegara se había peleado con
su hermano y ni le hablaba. Si me preguntas a mí, creo que ella tenía sus
razones, la verdad, para estar enfadada.
Yolanda no daba tantos discursos como su novio Gaspar. Era más directa.
Me pidió que avisara a mi madre para comer todos juntos. Eso me alegró
tanto que le devolví una sonrisa estúpida. Nuestra casa no quedaba a más de
cinco minutos de allí.
Encontré a mi madre en la terraza, fumaba un cigarrillo y trataba de
organizarse para empezar a desmontar la casa. En el filtro blanco quedaba el
cerco de su pintalabios. No me gustaba que se pintara y menos cuando el rojo
de los labios se diluía por zonas, hasta parecer una pared gastada. A veces se
remarcaba los ojos con una línea y se oscurecía el párpado. Yolanda no se
maquillaba y si lo hacía no se le notaba tanto. Nunca le he dicho a mi madre
que eso no me gusta, creo que se sentiría herida.
Nos acomodamos todos juntos en el salón de casa de Martín. Comimos las
sobras del día anterior. Mi madre trajo unas latas de cerveza. Dijo que
llevaban lo menos dos años en la nevera. Mira a ver si están caducadas. Lucía
levantó una lata en el aire y buscó la fecha. Pero antes de que dijera nada,
Martín soltó la gran novedad. Hay gente en Los Rosales.
Imaginé que aquella información resonaría como un trueno en la mesa,
pero Yolanda se limitó a cambiar el gesto. Sí, ya me han dicho. Luego
Gaspar, que era el menos familiarizado con el lugar, preguntó si Los Rosales
era la casa solitaria que quedaba en la ladera del monte al otro lado de la
cantera. Sí, es esa.
No quiero que os acerquéis por allí, ¿vale? La advertencia de Yolanda
sonó más a ruego. ¿Por qué?, preguntamos. La madre murió, pero ha vuelto el
hijo. Ha estado en la cárcel mucho tiempo. Ese detalle provocó el silencio
general y un cruce de miradas. Hasta Lucía prestó atención. Pero Yolanda no
añadió nada. Claro, la cárcel, eso era lo que daba esa rara dureza al aspecto de
Ros.
Bueno, no estigmaticemos, dijo por fin Gaspar. ¿Qué significa
estigmatizar? Gaspar se volvió hacia mí. ¿Sabes cuando se marca a alguien?
Por ejemplo, a los animales se los marca con un hierro candente para que
todos sepan de qué cuadra son. Es como una huella visible para todos. ¿Como
un tatuaje? Exacto. El estigma es la marca que te define. Y a la gente no nos
puede definir una sola cosa por llamativa que sea, terminó de explicar con su
cháchara.
Creo que Yolanda se dio por aludida con el comentario crítico de Gaspar.
¿Acaso ella marcaba a Ros para siempre por culpa de su paso por la cárcel?
Insistió en que ni se nos ocurriera andar por Los Rosales, aquel lugar está
demasiado solitario y la cantera es peligrosa, tanto camión de aquí para allá.
Miró a Martín y luego a mí. El que ha vuelto es el hijo. Después de la muerte
de su madre, estuvo en la cárcel por matar a alguien. Es un mal tipo.
Sostuvimos la mirada de Yolanda y le aseguramos que no nos
acercaríamos por allí. Es fácil engañar a las madres cuando ellas quieren ser
engañadas.
A Martín le habían castigado sin móvil durante todas las vacaciones. Por
eso no se pasaba el rato conversando en la distancia con sus amigos de clase.
Y utilizábamos mi teléfono para cada grabación que se nos ocurría. Despídete
del móvil durante una buena temporada, le dijo su hermana Lucía, que era
más dura que Yolanda cuando se trataba de reprender a Martín. A veces tenía
ese autoritarismo de hermana mayor. Aunque vuelvo a repetirlo, esta vez su
enfado estaba justificado.
Martín tardó en explicármelo. El día que llegaron a la casa de la sierra, él
se las ingenió para camuflar su móvil dentro de la lámpara del techo del
cuarto de su hermana. En la esfera de cristal hizo coincidir la abertura inferior
con el ojo de la cámara del teléfono. Desde el techo grabaría a su hermana
cuando se cambiara de ropa. En el momento en que ella se fue al cuarto,
Martín ya había dejado el móvil instalado y en modo grabación. Lo que no
supo anticipar es que su hermana al quitarse el sujetador alzaría la cabeza y
descubriría la trampa. Según Martín, los gritos de ella se escucharon por toda
la comarca. Mamá, mamá, ven a ver esto. Martín huyó de casa y tardó en
regresar. Pero eso no le libró del castigo cuando se atrevió a reaparecer.
Me sonó ridículo que quisiera grabar a su hermana desnuda. Tienes
páginas en internet donde puedes ver todas las tetas y culos que quieras. ¿Para
qué correr el riesgo? Pero Martín se sacudió las explicaciones de encima
como quien espanta una mosca molesta. No disimules, Tom, sabes
perfectamente que la culpa es tuya. Aquello me dejó mudo.
Te preguntarás a qué venía eso de decir que la culpa era mía, ¿verdad?
Muy sencillo. En Navidades, en una de esas tardes en que hablas más de la
cuenta, cuando remontábamos el río hasta la poza que queda por encima de la
parte contaminada, le conté a Martín lo de la separación de mis padres. Era
una catástrofe aplazada desde hacía tiempo, pero mi madre se había atrevido
esta vez a plantearle el definitivo ultimátum a mi padre. Le pidió que se
marchara de casa y aunque él se atrincheró en una negación callada como hacía siempre, un día se fue. No se llevó apenas nada y me explicó en el
primer fin de semana que vino a recogerme que aquello era algo pasajero.
Será solo una temporada, ya conoces a tu madre, se le pasará.
En los primeros meses de separación, mi padre se acostumbró a
presentarse de improviso en nuestro piso. Yo percibía el espanto de mi madre
cuando escuchaba las llaves en la cerradura. Mi padre entraba y soltaba sus
excusas. Vengo a coger algo de ropa, alguna herramienta, ¿qué tal todo?
Entraba en mi cuarto con la misma recreada parsimonia y me preguntaba por
el cole, los deberes, los entrenamientos.
Lo peor no era eso, lo peor eran los ratos en que desde mi cuarto los
escuchaba discutir. Mi padre la acosaba en la cocina o en el dormitorio,
háblame, di algo, y le dejaba caer recriminaciones que mi madre no era capaz
de combatir. A veces, la escalada llegaba a lo hiriente, incluso entre gritos, y
tomé la costumbre de dejar mi móvil asomado en el borde de los armarios
superiores de la cocina, para grabar hacia el suelo todo lo que sucedía. Estaba
convencido de que mi padre, algún día, iría más allá de los desprecios y el
desafío insultante y se atrevería a pegar a mi madre, frustrado quizá por la
pasividad aterrada de ella. Cuando le hablé de aquello a Martín, me miró sin
saber qué decir. Y si un día le toca un pelo, lo tendré grabado, y te juro que le
denuncio, aunque sea mi padre, le dije.
Así que ya sabes de dónde le vino la idea de las grabaciones furtivas que
le costaron ser castigado sin móvil. Lo curioso es que Martín solo me
preguntó por mis padres cuando le anuncié que mi madre pensaba vender la
casa. ¿Así que entonces lo de la separación va en serio?, me interrogó. ¿Y tu
padre ha dejado de molestarla? Más o menos.
Mi madre nunca se atrevió a cambiar la cerradura de casa como yo le
aconsejé, pero mi padre, después de los primeros meses de acoso, dejó de
venir de improviso y cuando me recogía para llevarme al fútbol esperaba en el
portal, sin subir. La nueva fase consistía en no verse. Mi madre no venía a los
partidos. Prefiero dejarle ese espacio a tu padre, me explicaba, y luego me
rogaba que le contara cómo había ido el partido, si yo había jugado bien, si
había marcado algún gol.
Mi madre se mostraba herida y temerosa. En la época en que yo revisaba
las grabaciones de sus disputas, la oía susurrar y rogar a mi padre que bajara
la voz. Era lo que más veces le pedía, incapaz de rebatirle o decir sin miedo lo
que sentía por dentro. Mi madre era detallista y alegre, pero en los últimos
tiempos andaba nublada y esquiva. A los abuelos jamás les contó nada. Todo
bien, respondía si le preguntaban por mi padre.
Pese a que Lucía seguía enfadada con su hermano, logré convencerla para
grabar con nosotros la escena que habíamos planeado. Cuando nos instalamos
en su cuarto para grabar el vídeo, me fijé en la lámpara del techo y pensé que
Martín era un loco imprudente. El móvil escondido allí no quedaba a más de
un brazo de distancia de Lucía puesta en pie. Pensé que si mi padre hubiera
localizado mi móvil cuando los espiaba no me habría impuesto un castigo,
tampoco creo que me hubiera pegado. No sé, quizá se hubiera alzado entre
nosotros una barrera definitiva. La misma que él a veces trataba de derribar
con palabras sentidas: no sé lo que te contará tu madre de mí, pero nunca
habrá nadie en el mundo que os quiera a los dos más de lo que yo os quiero.
Yo prefería no responderle nada. Había decidido no participar en ese juego de
hacerse sufrir el uno al otro.
Lucía se cachondeaba de nosotros. Venga, Tarantino, prepara la cámara
que ya estoy lista para que me queméis la cara. No íbamos a quemarle la cara
de verdad, claro. Habíamos preparado un postizo con un trozo de chapa y una
tirita. Se pegaba a la mejilla y cuando yo acercaba el cigarrillo encendido, la
idea era que pareciera que le quemábamos la cara aunque en realidad la brasa
chocaba con el trozo de metal. Nos llevó tanto rato simular el tono de piel
como convencerla para grabar. Lucía era a menudo colaboradora y maja, pero
ella decidía cuándo y cómo. Le explicamos que Cactus14 también colgaba
parodias de escenas de películas. Si por mí fuera, al Cactus14 ese le podrían
meter un petardo en el culo y hacerlo desaparecer en cachitos por el
hiperespacio, nos dijo.
Martín grababa la escena, pero cuando le acerqué el cigarrillo a la cara,
Lucía me apartó la mano y se arrancó de cuajo el postizo. Que no, que no lo
hago, que no me atrevo. Pero Lucía, si es un efecto especial, de verdad que
funciona, protestamos nosotros. Vosotros sí que sois un defecto especial y nos
echó de su cuarto a empellones.
Nuestra idea era recopilar métodos de tortura para colgar en la página de
Martín. Pero Lucía arruinó el primero y hacía demasiado frío para ponernos a
grabar el falso ahogamiento en bañera. Suspendida la grabación, jugamos un
rato en el ordenador de Gaspar y luego fuimos a ver si seguía en pie la cabaña
que teníamos en la ladera que bajaba hacia el río. Estaba hecha con ramas
apiladas en la oquedad de un enebro. En el suelo habíamos enterrado tiempo
atrás un viejo microondas con la puerta hacia arriba. Disimulado bajo un falso
suelo de tejas de pizarra, era nuestro cofre secreto y dentro guardábamos una
navaja y dos rodamientos mal engrasados. Nos gustaba abrir la navaja y
pasárnosla de mano en mano, entre otras cosas porque Yolanda nos prohibía de manera estricta jugar con armas y así sentíamos la dulce excitación de
transgredir las normas.
Hacía frío, pero aguantábamos allí con los abrigos. Martín propuso que
hiciéramos una pequeña fogata para calentarnos. Agitó las cerillas. A veces se
fumaba un cigarrillo seco que sacaba de una cajetilla escondida. En aquella
parte del monte, los dos lo sabíamos, una chispa podía extenderse rápido por
la pinaza y provocar el incendio de toda la zona. El año anterior, un vecino
anciano se había empeñado en quemar varios nidos de procesionaria y el
fuego había prendido en las jaras. Hubo que formar una cadena de cubos de
agua para limitar los daños. Me fastidiaba tener que ser yo el que dijera
siempre que no a esas ideas imprudentes de Martín.
Tratamos de imaginar nuevos vídeos que fueran divertidos de rodar.
Martín propuso grabarme mientras dominaba el balón. Me dijo que yo podía
batir el récord de toques sin que la pelota tocara el suelo. Supongo que era
una muestra de su admiración por mi destreza con el balón. Ignoraba que un
chico cubano había conseguido estar algo más de tres horas pegándole a la
pelota sin que cayera de sus pies. Yo ni me acercaba a esas marcas, pero no
dije nada.
Cuando la tarde caía y la humedad comenzaba a hacerse insoportable
escuchamos pasos fuera. En la época en que jugábamos a diario en la cabaña,
un pasatiempo que ahora nos parecía algo infantil, colocábamos unas latas
atadas a un cordel para advertirnos de la llegada de intrusos. Esta tarde nos
bastó con el crujir de una piña bajo un zapato. Terminamos de cubrir el
microondas enterrado y nos volvimos para ver el flequillo de Gaspar asomar
por entre las ramas. Estamos dando un paseo, ¿os apetece venir?
Fuera estaban Yolanda y mi madre, junto al camino. Nos unimos a ellos.
Lucía se había quedado en casa. Gaspar solía elogiar nuestra cabaña. Contaba
que los grandes arquitectos aprendían de los nidos de pájaros. Algunos hasta
habían imitado esas estructuras para levantar estadios de fútbol. El mérito de
los pájaros estaba en hacerlo con el pico, sin maquinaria, y con ramas
perfectamente ensambladas. Fabricados, además, por las hembras de pájaro,
detalle que a mi madre le encantaba escuchar en boca de Gaspar. Pero aquel
día no nos soltó la matraca esa de los nidos, sino que bromeó con que nos
había pillado con las manos en la masa. Empezó a soltar indirectas de que si
andábamos haciéndonos pajas. Él no lo decía así, pero se le entendía.
Martín y yo nos adelantamos algunos pasos para no tener que aguantar las
risillas bobas de los tres. Al frente quedaba la vista de Los Rosales y, al lado,
la cantera. Esto ya no volverá a ser lo que era, dijo mi madre. Entre el río contaminado, la cantera y las casas horrendas que habían perpetrado algunos
vecinos, a mi madre la deprimía la degradación del lugar. Por eso no me da
tanta pena vender la casa, les dijo a los otros.
Pero Yolanda se aferraba al placer de disfrutar del campo a menos de una
hora de la ciudad, de poder escaparse allí y relajarse entre la naturaleza. Contó
que había planes para recuperar el río. Estaba más unida al lugar que mi
madre. No solo porque le gustara pintar sus cuadros por allí, de tanto en tanto
traía a sus padres, ya muy mayores, a pasar algunos días. Mi madre no se
llevaba demasiado bien con su padre, que era el que había construido la casa.
Pasó muchos años sin venir a la sierra en los veranos y fines de semana.
Cuando a mi abuela le falló la cadera y apenas podía caminar, dejaron de
venir y entonces fue mi madre quien se interesó por la casa. De pronto le
pareció un buen recurso para sacarme de la ciudad. Ella había pasado mucho
tiempo de niña y adolescente por allí y quería lo mismo para mí. Con mi
padre hizo algunas reformas para adecentarla, aunque la casa no tenía ni la
condición ni las comodidades de la de Yolanda. Bastaba con ver el mobiliario
para entender que Yolanda valoraba la casa en la sierra, no así mi madre, que
la usaba de almacén de ropa y trastos que se iban quedando viejos.
Yolanda insistía en las posibilidades de recuperar el río, pero señaló hacia
la montaña de la cantera y dijo que todo ese terreno estaba expropiado,
incluida la casa de Los Rosales. La palabra nos intrigó y Martín preguntó por
lo que quería decir. ¿Expropiado? Uf, Gaspar soltó un suspiro cuando le tocó
explicarlo. A veces el Estado tiene un proyecto que obliga a transformar un
lugar. Imaginaos que para hacer una carretera o una vía del tren tiene que
derribar casas de gente. Les paga una cantidad en concepto de indemnización,
pero están obligados a irse. Martín reaccionó con indignación, yo creo que
pensaba en Ros cuando dijo que aquello le parecía una injusticia total. No, no,
no es una injusticia, precisó Gaspar, se hace por un interés colectivo, por un
bien común. Yolanda sonrió al ver a Martín replicar de nuevo, con la
indignación de un adulto. Nadie puede obligarte a renunciar a algo que es
tuyo. Si la casa fuera tuya, ¿qué dirías?, desafió a Gaspar.
A ver, las cosas hay que mirarlas desde todos los puntos de vista, se
esforzó Gaspar por hacerse entender. Si tuvieras que respetar siempre la
propiedad privada sería imposible levantar un hospital, agrandar una
autopista, hacer un aeropuerto, una estación de tren, cosas que van en
beneficio de la comunidad. ¿No lo entiendes? Y a la gente se le indemniza de
acuerdo con el precio de mercado, nadie los engaña. Martín no dijo nada, pero
masticó una cierta resistencia. Aquello no le convencía del todo.
Mi madre tenía frío, envuelta en la rebeca de lana se abrazaba los
hombros. Al llegar al desvío que iba hacia nuestra casa nos despedimos de
ellos. Martín se fue caminando al lado de Yolanda y Gaspar. Lucía los
esperaba en casa. De pronto, me parecieron una familia infinitamente más
feliz y más plena que la mía. Me vi al lado de mi madre, algo desprotegidos
los dos. Puede que contribuyera el atardecer frío a esa sensación de
desamparo.
Teníamos una tele de tan pocas pulgadas que me puse a ver el concurso de
cantantes que emitían sin distinguir las caras de los participantes diminutos.
Mi madre se peleaba con la chimenea. Se le había apagado tres veces después
de un inicio llameante. Enfadada, rodeó los troncos de un montón de pastillas
inflamables blancas que al prenderse dejaron en el saloncito un olor
alquitranado insufrible. Qué mierda, abro un poquitín para que se vaya este
olor, y por la rendija de la ventana que abrió mi madre entró el frío de la
noche.
Cuando me metí en la cama, mi madre puso entre las sábanas una botella
de plástico llena de agua caliente. Me la acercó a los pies. Luego me frotó las
piernas con su mano blanquísima en la que se transparentaban las venas
violeta y los huesecillos finos de los dedos. Me apartó el móvil de la mesilla.
No conviene tenerlo cerca de la cabeza, por las radiaciones, me explicó.
Tengo que levantarme temprano, le dije. Estás de vacaciones, aprovecha para
dormir.
Antes de que saliera quise preguntarle si estaba segura de que vender la
casa era buena idea. Pero ya otras veces me había dicho que necesitábamos el
dinero. Y volvía a insistirme en que podría seguir viendo a Martín. Pero hay
amistades que están asociadas a un lugar. Como los amigos del equipo de
fútbol o los del colegio, que están unidos a esos sitios. Al acabar la temporada
yo iba a cambiarme de club, me despediría de mis compañeros de equipo y
nos perderíamos la pista, por más que nos prometiéramos seguir en contacto a
través del móvil. Con Martín sucedería igual. En la sierra éramos íntimos. En
la ciudad, extraños. Cuando te separas físicamente de las personas, terminas
por separarte del todo. Desde que mi padre no vivía con nosotros era fácil irlo
borrando de todas las escenas cotidianas, dejar de compartir las
conversaciones. Martín y yo perderíamos los paseos por los pinares, el río, la
cabaña. Yo ya no me subiría ansioso al coche de mi madre a la espera de
llegar a la sierra para verle y estar juntos a jornada completa. Aquella idea de
despedirnos para siempre al final de la Semana Santa me angustiaba. Algo tenía que pasar, cualquier cosa tenía que suceder que cambiara el destino. No
podía permitir que Martín se borrara de mi vida.