El río baja sucio
Capítulo 5
MIÉRCOLES SANTO
Nada hay oculto que no haya de descubrirse
y nada hay escondido que no llegue a saberse.
El Ayuntamiento estaba en la plaza, frente a la iglesia. Pinares de San José no
era un pueblo con historia, si es eso lo que imaginas. La iglesia era moderna,
de ladrillo rojo y vidrieras sin la belleza que da la antigüedad. El edificio del
Ayuntamiento tampoco era señorial, más ladrillo rojo y cristaleras amplias
con alguna columna redonda blanca que le daban un aire de instituto anodino
o ambulatorio de barrio nuevo. Lo mejor del pueblo eran cinco o seis casas,
centenarias, con árboles enormes, el cemento gris tomado por la enredadera y
vallados algo decadentes pero hermosos. La parte vieja eran dos calles y el
resto, una colección de chalets cada uno de un estilo a cual más disparatado.
Si seguías la calle principal arriba, te encontrabas una cancha de tenis y
baloncesto y una casa rural especializada en campamentos escolares.
El día era frío y nublado y eso le daba al pueblo un aire aún más lóbrego.
En el coche, Gaspar nos había pedido que no habláramos, que dejáramos que
el alcalde se desfogara. Estaba seguro de que le caería una buena bronca por
salir en la tele con críticas a las autoridades del lugar, por eso lo inteligente
era no enfrentarse, permitir que el alcalde contara su versión edulcorada y
adiós muy buenas. Martín y yo esperábamos una lucha más intensa, pero
Gaspar insistía en que lo que tocaba era sacar información y guardar las
mejores cartas para cuando llegara la hora de jugarlas.
El Ayuntamiento estaba atendido por una mujer que levantó la cabeza
cuando nos vio empujar la puerta de cristal. Chema ha llamado, que llega en
cinco minutos. Chema era el alcalde. Vaya nombre para un alcalde. Nos
quedamos en ese recibidor amplio, miramos la cartelera con los horarios del
médico visitador, el anuncio de venta de algún chalet, la propaganda de un
reparto de leña y la lista de las misas de Semana Santa. Yo le había
preguntado a Martín si no temía que de la cantera ya hubieran informado al
alcalde sobre el incidente de los dos chicos y el guardia de seguridad. Pero
Martín sonrió y me dijo: No seas cagón.
Cuando Gaspar vio la foto del equipo de fútbol del pueblo, me preguntó
por mi entrada en la cantera del Madrid y añadió que no debía descuidar mis
estudios. Solo uno de cada mil llega a profesional, pero me pareció que dijo la
cantidad sin tener demasiados datos. Le prometí que seguiría con los estudios, pese a los entrenamientos diarios. ¿Diarios? Eso le sorprendió y me miró con
intensidad antes de hablarme de nuevo. Creo que la gente se toma demasiado
en serio el fútbol, te diría que ese es un gran problema nacional, la verdad.
Chema tendría sesenta años y el rostro endurecido por el aire del campo.
Los mofletes encarnados le daban un aire simpático e infantil. Llevaba un
jersey anudado al cuello por encima de la camisa de rayas y el anorak en la
mano. Calvo, sin embargo le salían mil pelos por el pecho y los puños de la
camisa. Martín le apodó Chemacca, porque decía que se parecía al wookiee
peludo de Star Wars. Me lo dijo en voz baja y me reí. Más que abrazar, se
abalanzó sobre Gaspar, desparramaba una cortesía campechana de esas que
inmovilizan. Es un honor tener a alguien famoso por aquí. ¿Son tus hijos?
Casi, este es hijo de mi pareja y este es el chico de su mejor amiga, ellas son
las que llevan toda la vida viniendo por aquí. Con esa explicación Gaspar se
quitaba un poco de presión de encima. Claro, dijo el alcalde, es que yo no te
ponía cara cuando te vi en la tele y, bueno, llamé al canal, y me pasaron tu
contacto, porque quería conocerte.
Nos invitó a entrar en un cuarto que parecía la sala de juntas. Al fondo
había una mesa larga con una maqueta que ocupaba casi toda la pared. Se
extendió en algunas explicaciones sobre lo duro que era ser alcalde de un
lugar así, ni un euro, ni dietas, ni nada de nada, esto es un marrón de la leche,
todo por vocación de servicio. Tiene vocación de váter, me susurró Martín.
Pero chico, yo soy un enamorado de este paisaje, de estas montañas, siguió el
alcalde, como vosotros, supongo, y nos guiaba hacia la maqueta presidida por
la bandera de España, la de la Comunidad de Madrid y la europea, las tres allí
presentes para dotar al espacio cutre de un aire de institución mayúscula.
Nos explicó que la maqueta correspondía al proyecto de un parque
acuático asociado a la futura recuperación del río. La miniatura incluía
toboganes y túneles de recreo sobre una piscina natural construida en el curso
del río, y alguien se había tomado la molestia de situar muñequitos tumbados
en el césped y en los jardines diseñados al pie de la chopera. Una playa
fluvial, nos dijo, puro empeño mío por recuperar el río y sobre todo por
volver a llenar esta zona de chavales, de gente orgullosa de veranear por aquí.
Este es mi proyecto más ambicioso, el parque acuático, que además no nos va
a costar un euro porque de su financiación se va a hacer cargo la empresa que
explota la cantera. Pagar este despliegue sería demasiado costoso para un
vecindario tan limitado como el nuestro, así que la colaboración con la
empresa privada es una exigencia a modo de devolución por el beneficio que
obtienen de la piedra de nuestra montaña. Es un «tú me das, yo te doy», que para mí es la clave de la relación entre los empresarios y la ciudadanía, ¿no te
parece?
Martín y yo nos evadimos un poco de la conversación de Gaspar con el
alcalde. Esto mola, dijo Martín, porque le entusiasmaba la idea de que
limpiaran por fin el río y además se levantara ese parque. Yo no podía evitar
pensar que mi madre se iba a deshacer de nuestra casa justo cuando se
aproximaba un futuro tan prometedor como mostraban la maqueta y el
discurso del alcalde. Martín no parecía darse cuenta de mi estado de ánimo,
seguía con sus bromas entre dientes y hacía fotos con mi móvil a la maqueta
para enseñar en casa. Lucía y mi madre van a alucinar cuando lo vean.
Aunque yo sospechaba que también le enseñaría esas fotos a Ros para
consolidar su complicidad.
Chema no dejaba de hablar y señaló en un mapa la futura localización del
parque acuático. Justo en La Navilla, dijo, y le tocó el hombro a Gaspar.
Vuestra zona. Os han venido a ver los Reyes Magos, tus amigos Melchor y
Baltasar. Gaspar no le tuvo en cuenta la bromita, pero dejó caer algo en
referencia a la casa de Los Rosales. Fue fácil ver cómo el alcalde cambiaba el
tono y repetía obcecado, ah, no, no, eso no es así. Explicó que la expropiación
estaba firmada, aprobada por todas las partes, que había pasado los controles
de la Comunidad y que si estaban pendientes del desalojo era tan solo por la
resistencia de un okupa. Así llamó a Ros. Entonces Martín intervino. Dijo que
Ros no era un okupa, que la casa era de su familia. A Chema le sorprendió
que conociéramos a Ros y eso le puso de un humor bronco. A ver, ese tipo es
un delincuente, que nada más salir de la cárcel se presenta allí, se aprovecha
del vacío legal y, sin pagar ni el agua ni la luz ni ningún gasto común, dice
que aquello le pertenece por herencia familiar y se niega a aceptar lo que ya
había firmado y cobrado su madre. Vamos, un escándalo. Pero eso ya está
judicializado y es cuestión de semanas que se proceda al desalojo por las
buenas o por las malas. Y al día siguiente, la demolición. Eso como que yo
me llamo Chema, ya te digo.
La cantera terminaría por comerse la casa de Ros y a cambio el pueblo y
las colonias de chalets de la zona podrían disfrutar de un parque acuático
cuando el río estuviera descontaminado. El alcalde nos dijo que ahora había
técnicas para la limpieza del curso del río que no existían años atrás. La
tecnología en nuestros días es increíble. Lo explicó cuando Gaspar le
preguntó que por qué no se había limpiado antes. Vamos a traer turismo, a
recuperar el vecindario, que va languideciendo poco a poco, vamos a lavarle
la cara al lugar y si para eso hay que sacrificar la montaña, pues poco sacrificio me parece, la verdad. Por suerte, en esta región estamos rodeados de
montañas. Mira, allá donde vosotros paráis, en La Navilla, cada año se
abandonan más chalets, esto se va a quedar en un pueblo fantasma si no
hacemos algo. La España vacía, habrás oído hablar de ese concepto. Me
pareció que el Chemacca pronunciaba conceto, pero era imposible estar
seguro porque no paraba de hablar. ¿Sí o no? ¿Estás de acuerdo conmigo?
Gaspar asintió, pero cuando criticó la cantera, el alcalde le corrigió. Medio
censo de este pueblo vive directa o indirectamente de la cantera. Una persona,
por más chula que se ponga, no tiene derecho a jugar con el bienestar de los
demás. El tal Ros está en situación ilegal y además se dedica a actos de
sabotaje, anda que no les ha fastidiado con la maquinaria, el camino, con
todo, hasta broncas ha tenido con gente del pueblo y más de una vez hemos
tenido que mandarle a la Guardia Civil porque se ha encarado con operarios
de la cantera.
Gaspar no quería prolongar demasiado la conversación. Confesó, para
tranquilizar al alcalde, que él ni tan siquiera conocía al tal Ros. Ambos se
referían a él así, el tal Ros. Chemacca dedicó un rato más a enumerar las
ventajas del desarrollo turístico y comercial, la recuperación ecológica, la
política de inversiones. Solo se puso un poco impertinente cuando nos
acompañaba hacia la puerta de salida y dejó caer que lo que menos necesitaba
el pueblo era que alguien de fuera manchara su buen nombre en los medios de
comunicación. Sobre todo sin conocer la verdad. Porque la verdad tiene
muchas caras, añadió, no hay que quedarse solo con el paisaje, hay que rascar
un poquito la superficie para llegar a la profundidad. Del paisaje no se come.
Gaspar estuvo serio en la despedida. Le sentaron mal las insinuaciones del
alcalde que lo presentaban como un forastero bienintencionado pero
desinformado. Por eso en el coche, ya de vuelta, él también empezó a
llamarlo Chemacca. El Chemacca ese, decía, a mí me va a dar lecciones, a mí
me va a amenazar, ja. Pero sonaba a desahogo en la distancia, porque bajo la
simpatía arrolladora del alcalde, Gaspar no había logrado sacudirse un aire de
sumisión educada.
A todos estos alcalduchos de pueblo los cortan por el mismo patrón. Son
de libro. Corruptos hasta la médula. Cuando Yolanda le escuchó definir al
alcalde como un bruto, vulgar, fullero de poca monta, ella le reprendió. No
juzgues a quien no conoces, a veces esta gente del pueblo tiene poca cultura y
lo que quieras, sí, pero hace cosas, cosas que nosotros no hacemos porque
venimos de tanto en tanto y luego nos volvemos a la ciudad sin preocuparnos
demasiado de lo que significa vivir aquí todo el año.
No seas ingenua, Yolanda, todo ese rollo del parque acuático, de salvar el
río, a este tipo le importa tres carajos. Me juego el cuello a que se mete en el
bolsillo un buen pellizco de las ayudas públicas, del dinero que esos de la
cantera dicen que dedican a la protección ecológica a cambio de seguir con la
explotación.
Lo raro es que Ros no le haya arrancado la cabeza a ese alcalde.
Eso es lo que dijo mi madre, de pronto, cuando durante la comida Gaspar
le habló de su encontronazo con la autoridad. El Chemacca era el centro de la
conversación. Mi madre se había unido tarde al grupo, pero al escuchar las
opiniones del alcalde sobre Ros dijo aquella frase y se quedó callada, con un
gesto algo enigmático. Lo raro es que Ros no le haya arrancado la cabeza a
ese alcalde.
¿Tú también lo conoces? La pregunta de Martín a mi madre desplazó el
foco desde el alcalde hasta Ros. Mi madre alzó un hombro y rememoró al Ros
al que ella y Yolanda habían conocido, de chicos. Era guapísimo, dijo.
Yolanda añadió una risa irónica. Y se fumaba hasta las plantas de tomillo. Eso
también. Las dos se miraron y parecieron revivir a aquel chico adolescente
que un día fue Ros. Como si se le ocurriera de pronto, mi madre se volvió
hacia Gaspar y le propuso que fuera a verlo, quizá él le contaría una versión
diferente, quizá Gaspar podría ayudarle a resolver sus líos administrativos, a
salvar la casa condenada a la demolición.
Sería una pena que se cargaran esa casa, que ha sido lo más bonito que
había por aquí. Pero a Gaspar la idea de ir a ver a Ros le espantaba. Decía que
era meterse en la boca del lobo. Es un tipo violento, según parece. No tengo
ni puta gana de meterme en medio de su guerra. Al oír la palabrota, Lucía
extendió la mano y exigió a Gaspar un euro de multa. Él, a regañadientes,
rebuscó en su bolsillo y se lo dio. Mi madre preguntó: ¿Qué pasa?, ¿qué
hacéis? Entonces le expliqué que en casa de Martín a quien decía un taco se le
multaba con un euro. Ah, dijo ella, pues me parece una idea estupenda. Si yo
lo hubiera hecho contigo y con tu padre, a lo mejor ahora sería rica, ¿verdad,
Tomás?
Aquella tarde, cada vez que mirábamos hacia la casa de Los Rosales en la
ladera del monte, ni Martín ni yo podíamos ocultar la tristeza al pensar que
pronto ya no estaría allí. Envuelta en la bruma del día nublado aparentaba
diluirse en el aire, como sucedería en nuestro recuerdo algún día. De la
chimenea brotaba un humo espeso, más vivo que los días anteriores. Seguro
que Ros calentaba la casa para la llegada de su hija, que nos había anunciado
en el último tren de aquella tarde. Hubiéramos querido acercarnos a curiosear después de comer, pero Yolanda, con la complicidad de mi madre, se había
puesto estricta y nos exigía leer lo que no habíamos leído en ninguno de los
días que llevábamos de vacaciones. De hoy no pasa, os sentáis ahí tranquilitos
y no os movéis en toda la tarde, que fuera hace un frío que pela.
De mala gana, Martín recuperó su libro y yo busqué en las estanterías algo
que me apeteciera leer. Yolanda dejaba su caballete en una esquina del salón
y tapaba con el trapo sucio el lienzo. No me resistí a levantarlo y cotillear. Las
cosas cuando están ocultas atraen más la mirada y debajo del trapo el lienzo
me sorprendió. Al mirarlo de cerca, las pinceladas eran bravas, casi echadas a
bulto. Ella se dio cuenta de que me distraía y volvió a repetirme que era hora
de leer. Como no acababa de decidirme por ninguno de los tomos que
asomaban en la estantería, Lucía se levantó y me sacó una novela de su
cuarto. Mira, a lo mejor esto te interesa, si es que no te has empezado a
convertir ya en el típico futbolista chulito e ignorante que antes que leerse un
libro se tiraría por la ventana de un rascacielos.
Cuando cumplimos con la tarea, Martín pidió permiso para salir a dar una
vuelta en bici. Yolanda no se opuso, aunque nos abrigó como si fuéramos a la
Antártida y nos advirtió de que volviéramos antes de que cayera la noche.
Sabíamos dónde queríamos ir. Nos acercamos a la estación y miramos desde
lejos hacia los andenes. No había nadie, parecía una estación fantasma. No
estábamos seguros de haber llegado a tiempo del último tren, pero
escuchamos un ruido extraño, como de moto acatarrada, y entre la bruma
apareció la Montesa de Ros. No se detuvo hasta llegar frente a las escaleras de
acceso a las vías y dejó la zona perfumada de gasolina quemada. Plantó la
moto en la pata de cabra y caminó hacia el andén con las manos metidas en
los bolsillos de la cazadora.
Cuando llegó el tren de cercanías permanecimos expectantes. Él no podía
vernos, porque estábamos arriba del túnel, entre las rocas. Se bajaron cuatro o
cinco personas y Ros se acercó a una de ellas, a una chica sola, con una
mochila al hombro. Desde la distancia no llegábamos a verle la cara, tan solo
el pelo rizado que parecía flotar sobre ella cuando caminaba. Llevaba una
bufanda naranja enorme y gruesa, anudada al cuello. Ros y ella se dieron un
beso frío en la mejilla, allí junto a las vías. En la distancia los cuerpos
hablaban con claridad expresiva. Ella no inclinó el suyo hacia Ros. Él le
señaló las escaleras con el brazo extendido. Solo en ocasiones se atrevía a
tocarle el codo para guiarla. Ros se sentó delante en la moto. Luego la ayudó
a subirse. Ella no se cogió a la cintura de él, mantuvo las manos sobre sus
propios muslos pese al golpe de inercia al ponerse en marcha. Dejaron atrás al alejarse una nube de polvo que se mezcló con la neblina y el humo azul del
tubo de escape. Los perdimos de vista. Martín y yo nos quedamos en el frío
húmedo. Dicen que cuando se hace un silencio largo entre dos personas es
que ha pasado un ángel. Pues por allí pasó un ángel, aunque quizá con las alas
congeladas.