El río baja sucio

David Trueba · Capítulo 4 de 8

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El río baja sucio

Capítulo 5

 

MIÉRCOLES SANTO

Nada hay oculto que no haya de descubrirse

y nada hay escondido que no llegue a saberse.

El Ayuntamiento estaba en la plaza, frente a la iglesia. Pinares de San José no

era un pueblo con historia, si es eso lo que imaginas. La iglesia era moderna,

de ladrillo rojo y vidrieras sin la belleza que da la antigüedad. El edificio del

Ayuntamiento tampoco era señorial, más ladrillo rojo y cristaleras amplias

con alguna columna redonda blanca que le daban un aire de instituto anodino

o ambulatorio de barrio nuevo. Lo mejor del pueblo eran cinco o seis casas,

centenarias, con árboles enormes, el cemento gris tomado por la enredadera y

vallados algo decadentes pero hermosos. La parte vieja eran dos calles y el

resto, una colección de chalets cada uno de un estilo a cual más disparatado.

Si seguías la calle principal arriba, te encontrabas una cancha de tenis y

baloncesto y una casa rural especializada en campamentos escolares.

El día era frío y nublado y eso le daba al pueblo un aire aún más lóbrego.

En el coche, Gaspar nos había pedido que no habláramos, que dejáramos que

el alcalde se desfogara. Estaba seguro de que le caería una buena bronca por

salir en la tele con críticas a las autoridades del lugar, por eso lo inteligente

era no enfrentarse, permitir que el alcalde contara su versión edulcorada y

adiós muy buenas. Martín y yo esperábamos una lucha más intensa, pero

Gaspar insistía en que lo que tocaba era sacar información y guardar las

mejores cartas para cuando llegara la hora de jugarlas.

El Ayuntamiento estaba atendido por una mujer que levantó la cabeza

cuando nos vio empujar la puerta de cristal. Chema ha llamado, que llega en

cinco minutos. Chema era el alcalde. Vaya nombre para un alcalde. Nos

quedamos en ese recibidor amplio, miramos la cartelera con los horarios del

médico visitador, el anuncio de venta de algún chalet, la propaganda de un

reparto de leña y la lista de las misas de Semana Santa. Yo le había

preguntado a Martín si no temía que de la cantera ya hubieran informado al

alcalde sobre el incidente de los dos chicos y el guardia de seguridad. Pero

Martín sonrió y me dijo: No seas cagón.

Cuando Gaspar vio la foto del equipo de fútbol del pueblo, me preguntó

por mi entrada en la cantera del Madrid y añadió que no debía descuidar mis

estudios. Solo uno de cada mil llega a profesional, pero me pareció que dijo la

cantidad sin tener demasiados datos. Le prometí que seguiría con los estudios, pese a los entrenamientos diarios. ¿Diarios? Eso le sorprendió y me miró con

intensidad antes de hablarme de nuevo. Creo que la gente se toma demasiado

en serio el fútbol, te diría que ese es un gran problema nacional, la verdad.

Chema tendría sesenta años y el rostro endurecido por el aire del campo.

Los mofletes encarnados le daban un aire simpático e infantil. Llevaba un

jersey anudado al cuello por encima de la camisa de rayas y el anorak en la

mano. Calvo, sin embargo le salían mil pelos por el pecho y los puños de la

camisa. Martín le apodó Chemacca, porque decía que se parecía al wookiee

peludo de Star Wars. Me lo dijo en voz baja y me reí. Más que abrazar, se

abalanzó sobre Gaspar, desparramaba una cortesía campechana de esas que

inmovilizan. Es un honor tener a alguien famoso por aquí. ¿Son tus hijos?

Casi, este es hijo de mi pareja y este es el chico de su mejor amiga, ellas son

las que llevan toda la vida viniendo por aquí. Con esa explicación Gaspar se

quitaba un poco de presión de encima. Claro, dijo el alcalde, es que yo no te

ponía cara cuando te vi en la tele y, bueno, llamé al canal, y me pasaron tu

contacto, porque quería conocerte.

Nos invitó a entrar en un cuarto que parecía la sala de juntas. Al fondo

había una mesa larga con una maqueta que ocupaba casi toda la pared. Se

extendió en algunas explicaciones sobre lo duro que era ser alcalde de un

lugar así, ni un euro, ni dietas, ni nada de nada, esto es un marrón de la leche,

todo por vocación de servicio. Tiene vocación de váter, me susurró Martín.

Pero chico, yo soy un enamorado de este paisaje, de estas montañas, siguió el

alcalde, como vosotros, supongo, y nos guiaba hacia la maqueta presidida por

la bandera de España, la de la Comunidad de Madrid y la europea, las tres allí

presentes para dotar al espacio cutre de un aire de institución mayúscula.

Nos explicó que la maqueta correspondía al proyecto de un parque

acuático asociado a la futura recuperación del río. La miniatura incluía

toboganes y túneles de recreo sobre una piscina natural construida en el curso

del río, y alguien se había tomado la molestia de situar muñequitos tumbados

en el césped y en los jardines diseñados al pie de la chopera. Una playa

fluvial, nos dijo, puro empeño mío por recuperar el río y sobre todo por

volver a llenar esta zona de chavales, de gente orgullosa de veranear por aquí.

Este es mi proyecto más ambicioso, el parque acuático, que además no nos va

a costar un euro porque de su financiación se va a hacer cargo la empresa que

explota la cantera. Pagar este despliegue sería demasiado costoso para un

vecindario tan limitado como el nuestro, así que la colaboración con la

empresa privada es una exigencia a modo de devolución por el beneficio que

obtienen de la piedra de nuestra montaña. Es un «tú me das, yo te doy», que para mí es la clave de la relación entre los empresarios y la ciudadanía, ¿no te

parece?

Martín y yo nos evadimos un poco de la conversación de Gaspar con el

alcalde. Esto mola, dijo Martín, porque le entusiasmaba la idea de que

limpiaran por fin el río y además se levantara ese parque. Yo no podía evitar

pensar que mi madre se iba a deshacer de nuestra casa justo cuando se

aproximaba un futuro tan prometedor como mostraban la maqueta y el

discurso del alcalde. Martín no parecía darse cuenta de mi estado de ánimo,

seguía con sus bromas entre dientes y hacía fotos con mi móvil a la maqueta

para enseñar en casa. Lucía y mi madre van a alucinar cuando lo vean.

Aunque yo sospechaba que también le enseñaría esas fotos a Ros para

consolidar su complicidad.

Chema no dejaba de hablar y señaló en un mapa la futura localización del

parque acuático. Justo en La Navilla, dijo, y le tocó el hombro a Gaspar.

Vuestra zona. Os han venido a ver los Reyes Magos, tus amigos Melchor y

Baltasar. Gaspar no le tuvo en cuenta la bromita, pero dejó caer algo en

referencia a la casa de Los Rosales. Fue fácil ver cómo el alcalde cambiaba el

tono y repetía obcecado, ah, no, no, eso no es así. Explicó que la expropiación

estaba firmada, aprobada por todas las partes, que había pasado los controles

de la Comunidad y que si estaban pendientes del desalojo era tan solo por la

resistencia de un okupa. Así llamó a Ros. Entonces Martín intervino. Dijo que

Ros no era un okupa, que la casa era de su familia. A Chema le sorprendió

que conociéramos a Ros y eso le puso de un humor bronco. A ver, ese tipo es

un delincuente, que nada más salir de la cárcel se presenta allí, se aprovecha

del vacío legal y, sin pagar ni el agua ni la luz ni ningún gasto común, dice

que aquello le pertenece por herencia familiar y se niega a aceptar lo que ya

había firmado y cobrado su madre. Vamos, un escándalo. Pero eso ya está

judicializado y es cuestión de semanas que se proceda al desalojo por las

buenas o por las malas. Y al día siguiente, la demolición. Eso como que yo

me llamo Chema, ya te digo.

La cantera terminaría por comerse la casa de Ros y a cambio el pueblo y

las colonias de chalets de la zona podrían disfrutar de un parque acuático

cuando el río estuviera descontaminado. El alcalde nos dijo que ahora había

técnicas para la limpieza del curso del río que no existían años atrás. La

tecnología en nuestros días es increíble. Lo explicó cuando Gaspar le

preguntó que por qué no se había limpiado antes. Vamos a traer turismo, a

recuperar el vecindario, que va languideciendo poco a poco, vamos a lavarle

la cara al lugar y si para eso hay que sacrificar la montaña, pues poco sacrificio me parece, la verdad. Por suerte, en esta región estamos rodeados de

montañas. Mira, allá donde vosotros paráis, en La Navilla, cada año se

abandonan más chalets, esto se va a quedar en un pueblo fantasma si no

hacemos algo. La España vacía, habrás oído hablar de ese concepto. Me

pareció que el Chemacca pronunciaba conceto, pero era imposible estar

seguro porque no paraba de hablar. ¿Sí o no? ¿Estás de acuerdo conmigo?

Gaspar asintió, pero cuando criticó la cantera, el alcalde le corrigió. Medio

censo de este pueblo vive directa o indirectamente de la cantera. Una persona,

por más chula que se ponga, no tiene derecho a jugar con el bienestar de los

demás. El tal Ros está en situación ilegal y además se dedica a actos de

sabotaje, anda que no les ha fastidiado con la maquinaria, el camino, con

todo, hasta broncas ha tenido con gente del pueblo y más de una vez hemos

tenido que mandarle a la Guardia Civil porque se ha encarado con operarios

de la cantera.

Gaspar no quería prolongar demasiado la conversación. Confesó, para

tranquilizar al alcalde, que él ni tan siquiera conocía al tal Ros. Ambos se

referían a él así, el tal Ros. Chemacca dedicó un rato más a enumerar las

ventajas del desarrollo turístico y comercial, la recuperación ecológica, la

política de inversiones. Solo se puso un poco impertinente cuando nos

acompañaba hacia la puerta de salida y dejó caer que lo que menos necesitaba

el pueblo era que alguien de fuera manchara su buen nombre en los medios de

comunicación. Sobre todo sin conocer la verdad. Porque la verdad tiene

muchas caras, añadió, no hay que quedarse solo con el paisaje, hay que rascar

un poquito la superficie para llegar a la profundidad. Del paisaje no se come.

Gaspar estuvo serio en la despedida. Le sentaron mal las insinuaciones del

alcalde que lo presentaban como un forastero bienintencionado pero

desinformado. Por eso en el coche, ya de vuelta, él también empezó a

llamarlo Chemacca. El Chemacca ese, decía, a mí me va a dar lecciones, a mí

me va a amenazar, ja. Pero sonaba a desahogo en la distancia, porque bajo la

simpatía arrolladora del alcalde, Gaspar no había logrado sacudirse un aire de

sumisión educada.

A todos estos alcalduchos de pueblo los cortan por el mismo patrón. Son

de libro. Corruptos hasta la médula. Cuando Yolanda le escuchó definir al

alcalde como un bruto, vulgar, fullero de poca monta, ella le reprendió. No

juzgues a quien no conoces, a veces esta gente del pueblo tiene poca cultura y

lo que quieras, sí, pero hace cosas, cosas que nosotros no hacemos porque

venimos de tanto en tanto y luego nos volvemos a la ciudad sin preocuparnos

demasiado de lo que significa vivir aquí todo el año.

No seas ingenua, Yolanda, todo ese rollo del parque acuático, de salvar el

río, a este tipo le importa tres carajos. Me juego el cuello a que se mete en el

bolsillo un buen pellizco de las ayudas públicas, del dinero que esos de la

cantera dicen que dedican a la protección ecológica a cambio de seguir con la

explotación.

Lo raro es que Ros no le haya arrancado la cabeza a ese alcalde.

Eso es lo que dijo mi madre, de pronto, cuando durante la comida Gaspar

le habló de su encontronazo con la autoridad. El Chemacca era el centro de la

conversación. Mi madre se había unido tarde al grupo, pero al escuchar las

opiniones del alcalde sobre Ros dijo aquella frase y se quedó callada, con un

gesto algo enigmático. Lo raro es que Ros no le haya arrancado la cabeza a

ese alcalde.

¿Tú también lo conoces? La pregunta de Martín a mi madre desplazó el

foco desde el alcalde hasta Ros. Mi madre alzó un hombro y rememoró al Ros

al que ella y Yolanda habían conocido, de chicos. Era guapísimo, dijo.

Yolanda añadió una risa irónica. Y se fumaba hasta las plantas de tomillo. Eso

también. Las dos se miraron y parecieron revivir a aquel chico adolescente

que un día fue Ros. Como si se le ocurriera de pronto, mi madre se volvió

hacia Gaspar y le propuso que fuera a verlo, quizá él le contaría una versión

diferente, quizá Gaspar podría ayudarle a resolver sus líos administrativos, a

salvar la casa condenada a la demolición.

Sería una pena que se cargaran esa casa, que ha sido lo más bonito que

había por aquí. Pero a Gaspar la idea de ir a ver a Ros le espantaba. Decía que

era meterse en la boca del lobo. Es un tipo violento, según parece. No tengo

ni puta gana de meterme en medio de su guerra. Al oír la palabrota, Lucía

extendió la mano y exigió a Gaspar un euro de multa. Él, a regañadientes,

rebuscó en su bolsillo y se lo dio. Mi madre preguntó: ¿Qué pasa?, ¿qué

hacéis? Entonces le expliqué que en casa de Martín a quien decía un taco se le

multaba con un euro. Ah, dijo ella, pues me parece una idea estupenda. Si yo

lo hubiera hecho contigo y con tu padre, a lo mejor ahora sería rica, ¿verdad,

Tomás?

Aquella tarde, cada vez que mirábamos hacia la casa de Los Rosales en la

ladera del monte, ni Martín ni yo podíamos ocultar la tristeza al pensar que

pronto ya no estaría allí. Envuelta en la bruma del día nublado aparentaba

diluirse en el aire, como sucedería en nuestro recuerdo algún día. De la

chimenea brotaba un humo espeso, más vivo que los días anteriores. Seguro

que Ros calentaba la casa para la llegada de su hija, que nos había anunciado

en el último tren de aquella tarde. Hubiéramos querido acercarnos a curiosear después de comer, pero Yolanda, con la complicidad de mi madre, se había

puesto estricta y nos exigía leer lo que no habíamos leído en ninguno de los

días que llevábamos de vacaciones. De hoy no pasa, os sentáis ahí tranquilitos

y no os movéis en toda la tarde, que fuera hace un frío que pela.

De mala gana, Martín recuperó su libro y yo busqué en las estanterías algo

que me apeteciera leer. Yolanda dejaba su caballete en una esquina del salón

y tapaba con el trapo sucio el lienzo. No me resistí a levantarlo y cotillear. Las

cosas cuando están ocultas atraen más la mirada y debajo del trapo el lienzo

me sorprendió. Al mirarlo de cerca, las pinceladas eran bravas, casi echadas a

bulto. Ella se dio cuenta de que me distraía y volvió a repetirme que era hora

de leer. Como no acababa de decidirme por ninguno de los tomos que

asomaban en la estantería, Lucía se levantó y me sacó una novela de su

cuarto. Mira, a lo mejor esto te interesa, si es que no te has empezado a

convertir ya en el típico futbolista chulito e ignorante que antes que leerse un

libro se tiraría por la ventana de un rascacielos.

Cuando cumplimos con la tarea, Martín pidió permiso para salir a dar una

vuelta en bici. Yolanda no se opuso, aunque nos abrigó como si fuéramos a la

Antártida y nos advirtió de que volviéramos antes de que cayera la noche.

Sabíamos dónde queríamos ir. Nos acercamos a la estación y miramos desde

lejos hacia los andenes. No había nadie, parecía una estación fantasma. No

estábamos seguros de haber llegado a tiempo del último tren, pero

escuchamos un ruido extraño, como de moto acatarrada, y entre la bruma

apareció la Montesa de Ros. No se detuvo hasta llegar frente a las escaleras de

acceso a las vías y dejó la zona perfumada de gasolina quemada. Plantó la

moto en la pata de cabra y caminó hacia el andén con las manos metidas en

los bolsillos de la cazadora.

Cuando llegó el tren de cercanías permanecimos expectantes. Él no podía

vernos, porque estábamos arriba del túnel, entre las rocas. Se bajaron cuatro o

cinco personas y Ros se acercó a una de ellas, a una chica sola, con una

mochila al hombro. Desde la distancia no llegábamos a verle la cara, tan solo

el pelo rizado que parecía flotar sobre ella cuando caminaba. Llevaba una

bufanda naranja enorme y gruesa, anudada al cuello. Ros y ella se dieron un

beso frío en la mejilla, allí junto a las vías. En la distancia los cuerpos

hablaban con claridad expresiva. Ella no inclinó el suyo hacia Ros. Él le

señaló las escaleras con el brazo extendido. Solo en ocasiones se atrevía a

tocarle el codo para guiarla. Ros se sentó delante en la moto. Luego la ayudó

a subirse. Ella no se cogió a la cintura de él, mantuvo las manos sobre sus

propios muslos pese al golpe de inercia al ponerse en marcha. Dejaron atrás al alejarse una nube de polvo que se mezcló con la neblina y el humo azul del

tubo de escape. Los perdimos de vista. Martín y yo nos quedamos en el frío

húmedo. Dicen que cuando se hace un silencio largo entre dos personas es

que ha pasado un ángel. Pues por allí pasó un ángel, aunque quizá con las alas

congeladas.