El ritmo de la vida

Julissa · Capítulo 6 de 11

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El ritmo de la vida

3. Un corazón que anhela a Dios

 

« omo el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh C

Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Salmos 42.1-2).

¡Quélindo, poder servir a Cristo y ser amigo de Él! Me encanta el tema musical de Israel Houghton, Friend of God [Amigo de Dios]. Yo tengo música de alabanza y adoración para niños en mi auto y, cada vez que sale esa canción, mis hijos y yo la cantamos en voz alta. ¡Qué privilegio, poder decir que Dios es mi amigo, que yo soy amiga suya!

John Michael, mi hijo mayor, después de haberla escuchado por primera vez, me dijo: «Mami, Papá Dios es mi amigo».

¡Qué lindo que un niño pueda entender que tiene un amigo fiel que se llama Jesús! Cuando Dios creó al hombre, lo hizo con la intención de tener una relación de amistad con él, una amistad sincera con el que hizo todo, con el «Supremo».

¿Recuerdan lo que pasó en el huerto del Edén? A causa del pecado, hubo una separación entre Dios, el Creador y nosotros, su creación. Por eso es que vino Jesucristo. Con su sacrificio pudo salvar y restaurar lo que se había perdido y, entre eso, la relación entre Dios y nosotros.

Cuando uno llega a conocer esa amistad que nos brinda el Señor, ese amor y esa paz que sobrepasan todo entendimiento, lo único que anhela tu alma es más y más de él y menos de sí mismo y de lo que este mundo pueda ofrecer. Afortunadamente, durante mi juventud pude experimentar ese amor divino y esa pasión por la obra.

Cuando cumplí diecisiete años, estaba muy involucrada en varios ministerios en mi iglesia y entendí la necesidad de buscar a Jesucristo de corazón. Tenía que hacerlo y llenarme de Él para poder ministrar a los demás. No solo participaba en el ministerio de alabanza de la iglesia, sino que además era maestra de Escuela Dominical, líder de jóvenes y dirigía, junto con otros, el programa radial de «Generación Escogida». Además, por supuesto, también debía cumplir mis responsabilidades en la escuela.

¿Cómo hacíapara estar en todo eso? Todavía me hago esa pregunta. El secreto era que me había enamorado de Jesús, era lo más importante en mi vida. Su presencia (la del Espíritu Santo) era una constante en mi vida. A decir verdad, en ella no había espacio para nada más. Claro, tenía mis amistades y salíamos y pasábamos tiempos maravillosos, pero de igual manera me cuidaba de no perder esa relación que tenía con el Espíritu Santo.

Recuerdo que, en mi último año de escuela superior, un muchacho me invitó a un Homecoming dance, una fiesta muy popular que se hacía cada año en la escuela, y yo le dije que no iba a poder acompañarlo porque tenía un servicio muy especial en mi iglesia y no me lo quería perder. Parece que se sintió ofendido y me dijo sarcásticamente:

—Tú nunca vas a ninguna de las fiestas. Ya entiendo, eres una churchgirl (niña de iglesia). Me imagino que tampoco tienes novio. ¿Qué pasa? ¿Nadie supera tus expectativas? ¿Estás esperando que un príncipe azul baje del cielo? —me cuestionó.

—Estás en lo correcto, estoy esperando al príncipe azul que Dios tiene para mí. Y si no voy a las fiestas de ustedes, es porque tengo otras prioridades. No tengo tiempo que perder —le contesté con firmeza.

Por supuesto, no le gustó mi respuesta, pero era la verdad. En cuanto a mí, claro que me gustaba salir, pero prefería ir con jóvenes que tuvieran algo en común conmigo.

De más está decir que me agradaban los muchachos (¿a qué jovencita, no?) y como todas, tuve esos amores platónicos que suelen tener los jóvenes; pero lo cierto es que no estaba preparada para tener un novio o para entrar en una relación amorosa porque tenía otras prioridades como mis estudios y el ministerio. Además, no había encontrado al candidato adecuado.

Más allá de devoción a Dios, mi lógica me decía que no debía ilusionarme con alguien que no fuera para mí. Pienso que muchas veces cometemos el error de fijarnos y hasta enamorarnos de personas que no son compatibles con nosotros, simplemente porque sentimos la presión de grupo o la necesidad de tener que estar con alguien. Le damos parte de nuestro corazón a una persona equivocada, para después caminar con el corazón hecho pedazos por una mala decisión. Es importante que siempre escuches el consejo de tus padres o íderes espirituales. Yo soy de las que piensa que si estás en Dios, Él ya tiene tu historia de amor escrita.

El apóstol Pablo decía: «Puestos los ojos en Jesús, quien es el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12.2). Si solo escuchas atentamente la voz del Señor y lo buscas de corazón y no quitas la mirada de Él, podrás escuchar, entender y ver ese plan divino y perfecto que tiene diseñado para ti, incluyendo esa persona con la cual pasarás el resto de tu vida. Pero hablaremos más de eso en otro capítulo. Primero, quiero hablarte de mi primer amor, Jesucristo.

¿Sabíasque hay un orden divino para todas las cosas? Ese orden dice que «si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia», todas esas cosas nos serán añadidas. Jesús no dijo algunas cosas, sino que TODAS las cosas (por supuesto, todo lo que sea su voluntad). Yo entendí que si lo hacía de esa manera, Dios me iba a honrar.

Recuerdo una vez, después de haber pasado por una de esas pruebas en las que uno piensa que el mundo se le está haciendo pedazos, que me sentí desilusionada de la vida. De hecho, ahora sé que no era nada muy grande; pero con mi poca experiencia de joven en aquel momento, así parecía. No entendía ciertas cosas que estaban sucediendo en mi vida y sentí que necesitaba que alguien me agarrara por la mano y me dirigiera, o me alumbrara el camino y me diera aunque fuera una señal por dónde tenía que ir. La cosa es que ni mis padres ni mis pastores lo podían hacer por mí. Ya era una joven con suficiente capacidad para entender los desafíos de esta vida.

Una vez más, me incliné a orar y clamé al Señor, al único que puede dirigirnos y aun darnos consuelo en momentos difíciles. Con lágrimas en mis ojos, le dije: «Señor, tu Palabra dice que si yo clamo a ti, tú me responderás y me enseñarás cosas ocultas que nadie conoce. Tu Palabra también me dice que tienes “pensamientos perfectos acerca de mí, pensamientos de paz, de bien y no de mal” para darme ese futuro que yo tanto espero», oré, todavía confundida. «Yo sé que los jóvenes a veces tendemos a flaquear en nuestra fe y, tal vez, algunos caen, pero los que confían en ti, Jehová, levantarán las alas como las del águila, caminarán y no se fatigarán, correrán y no se cansarán. Necesito que me hables y me hagas entender lo que tienes para mí. Tu palabra es lámpara a mis pies y es la que alumbra mi camino».

Sentía que su presencia inundaba mi ser y, mientras oraba, le dije al Señor que le quería servir de corazón, que quería serle fiel en todo y honrarlo con mi vida. «Señor, te prometo darte lo mejor de mí, todo lo que le concierne a Julissa; solo te pido que me guardes y me bendigas a tu tiempo y hagas cumplir todos esos sueños y deseos que hay en mi corazón. Señor, si puedes usar a alguien, úsame a mí», le expresé, desde lo más profundo.

En ese momento, abrí la Biblia y, en el libro de los Salmos 138.8, el Señor me habló directamente: «Jehová cumplirá su propósito en mí; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no desamparares la obra de tus manos».

¡Oh, qué palabra tan poderosa! El Señor me ministró como nunca. Dios no me tuvo que hablar a través de un profeta, en ese momento, para que entendiera que tenía un plan para mi vida, sino que me habló por medio de su Palabra que es vida y la que alumbra nuestro camino. ¿Sabes qué? Dios empezó a trabajar a mi favor.

Él está esperando tu disposición para poder empezar a perfeccionar ese plan y esa obra en ti. Acuérdate que Dios es caballeroso y no va a imponer su plan o voluntad sobre tu vida. Es necesario que te rindas, lo busques de corazón y lo desees.

Después de estar ministrando con el grupo de alabanza de la iglesia por casi cinco años, surgió la oportunidad de cantar con el grupo musical de jóvenes, que se llamaba también «Generación Escogida». Grabamos varios discos y salimos a ministrar en conciertos, en nuestra ciudad y en varios países.

El Señor comenzó a darme a probar lo que tenía para mí. Fue el comienzo de una etapa nueva y linda en mi vida. Por fin iba a poder compartir esa pasión que tenía por Dios con otras personas, pero a través de la música. Fue precisamente en un viaje cuando fui a Puerto Rico para grabar el cuarto disco de «Generación Escogida», que me cambió la vida para siempre.

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