El secreto del brigadista

Andreu Claret Serra · Capítulo 1 de 22

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El secreto del brigadista

Capítulo 1. Julio de 2008

Andreu Claret Serra

El secreto del brigadista

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Titivillus 23.10.2019

Título original: El secret del brigadista

Andreu Claret Serra, 2008

Traducción: Raimón Artís

Editor digital: Titivillus

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A mi padre

Capítulo 1

 

Julio de 2008

 

Se conocieron unos días antes de emprender el viaje, en una terraza del paseo del Born.

Llevaba un buen rato observándola sin que ella se diera cuenta, haciendo ver que hojeaba un diario. Era domingo por la mañana y todavía había poca gente. A esa hora, su piel, tan blanca como la larga falda de algodón que llevaba, aún podía soportar el sol. Había pedido un capuchino antes de desplegar The Guardian, lo cual, pensó Ramon, delataba una manera de ser, e incluso de pensar.

Más que leerlo, parecía que lo utilizaba como pantalla para concentrarse. De vez en cuando lo dejaba sobre la mesa, sacaba una Moleskine de su bolso y tomaba notas, pocas pero decididas, que situaba en distintas páginas, marcadas con post-it de colores. Después de cada anotación, cerraba la libreta con su goma característica y volvía a guardarla como si levantara cada vez la tapa de un joyero para poner en él algún objeto de valor.

Aquella chica le intrigaba, y el diario que había comprado por rutina y por deformación profesional se parecía demasiado al del día anterior.

 

—Where are you from? —le preguntó desde la mesa de al lado, dándose cuenta de que la respuesta era obvia, tratándose de alguien que leía un diario británico.

—I’m from Boston.

No era inglesa. Con esa respuesta le había evitado el ridículo, lo cual era de agradecer. Estaba sola y no tenía el aspecto de la mayoría de los extranjeros que suelen llenar las terrazas del paseo: los que vienen a Barcelona en busca de playas urbanas, un par de noches de diversión y, a lo sumo, una visita al museo Picasso.

—Usted es de Barcelona, supongo —añadió la chica en un catalán más que aceptable.

Segunda sorpresa, y mayúscula: hablaba catalán.

—Sí, de aquí, del barrio de la Ribera.

—Hola. Me llamo Barbara Stein —añadió la chica con el desenfado propio de los norteamericanos.

—Yo, Ramon.

Alargó el brazo para darle la mano, acercando imperceptiblemente su silla a la de ella. Como buen mediterráneo, se reservó el apellido.

—¿Dónde ha aprendido a hablar tan bien catalán? —La respuesta volvía a ser demasiado obvia: sólo podía ser en Cataluña.

Era de Boston, leía un diario de la izquierda londinense, tomaba notas en una libreta Moleskine y hablaba catalán mejor que mucha gente que vive y trabaja en Cataluña. En definitiva, no era una extranjera corriente. Seguro que llevaba tiempo en Barcelona. Por la edad, debía de estar haciendo un curso de postgrado, como tantos licenciados de la costa Este norteamericana. Quizá tenía el novio en Barcelona, una posibilidad sobre la cual Ramon descartó preguntarle.

—Lo he aprendido por mi cuenta y lo he practicado con una amiga de Tarragona con quien he compartido habitación durante un par de años, en el campus de la universidad. También me ha ayudado TV3 y leer algunos libros de Vázquez Montalbán.

—¿Leía a Vázquez en catalán?

—Me aficioné a Carvalho cuando estudiaba castellano, y luego releí algunos títulos en catalán: Los mares del Sur y El premio. También los dos volúmenes de Milenio, pero éstos me gustaron menos.

La chica no parecía dar importancia a nada de lo que desconcertaba a su interlocutor. Ramon hubiera querido preguntarle por qué había invertido esfuerzos en aprender catalán, pero después de tres preguntas fallidas, no se atrevía. Fue ella quien rompió el silencio.

—Me he dedicado a estudiarlo mientras acababa Arquitectura y Filosofía. Y no me ha costado mucho, porque ya había aprendido castellano y también hablo francés, la lengua de mi madre. Por cierto, veo que en este barrio hay poca gente que hable catalán —añadió.

Tenía el don de hacer evidentes las cosas que no lo eran tanto. Había estudiado dos carreras, seguro que había leído toda la novela negra de Vázquez Montalbán y, además, hablaba catalán sin haber estado nunca en Cataluña, según explicó, antes de que le hiciera otra pregunta inapropiada.

—¿Has venido a conocer la arquitectura de Barcelona? —sugirió Ramon, señalando la Moleskine, que había quedado encima de la mesa. Sin darse cuenta, de pronto, la estaba tuteando. Y al incorporar la libreta a la conversación, había penetrado en su intimidad.

 

Pronto entendería que Barbara era del tipo de personas con las que es conveniente pensar tanto o más las preguntas que las respuestas. Su condición de arquitecto no tenía nada que ver con las notas que tomaba, y la Pedrera o la Torre Agbar no le interesaban particularmente. La libreta tenía un destino más importante: era el cuaderno de bitácora de un viaje a los orígenes.

—He venido por una vieja historia de familia que todos dan por zanjada pero que yo necesito aclarar —explicó.

Ramon entendió que el momento era delicado.

—Siento haberte preguntado por la arquitectura… Ha sido una pregunta estúpida.

Se excusó sin que viniera a cuento, y ella lo apreció. Tanto que decidió contarle por qué estaba en Barcelona. La historia empezaba con la muerte de su abuelo en la batalla del Ebro.

Martin Stein, el abuelo, se había incorporado a la guerra civil como miembro de las Brigadas Internacionales. Había muerto en el frente del Ebro y, como ocurrió con tantas otras víctimas, nunca encontraron su cuerpo. Trágico, pero nada extraño, teniendo en cuenta que cerca de cuatro mil brigadistas dieron la vida por la República española. Pero la historia no acababa aquí. Estaba rodeada de un misterio que la familia había dejado por imposible desde hacía años; un misterio que Barbara necesitaba resolver.

Otro brigadista, Bob McCain, de Filadelfia como él, lo había visto por última vez, malherido, en un barranco que los franquistas estaban a punto de ocupar, entre Vilalba y La Fatarella. Era el 23 de septiembre de 1938, y una mina le había destrozado las piernas. A él y a otro brigadista, con quien llevaban a cabo una misión de reconocimiento cerca de las líneas franquistas, Martin les pidió que lo escondieran bajo el ramaje de una higuera destrozada y los conminó a marcharse. Nunca pudieron volver. Setenta años después, este episodio todavía persistía en el sueño de Bob: se despertaba a menudo al ver que unos legionarios, de aquellos que no hacían prisionero a ningún extranjero, descubrían a su amigo.

—Siguen encontrándose restos, y en algunos casos pueden hacer análisis de ADN —insinuó Ramon, con la intención de darle alguna esperanza, por remota que fuera.

—La historia es más complicada —añadió ella.

 

Acababan de conocerse, pero aquel hombre le resultaba entrañable, a pesar de su tendencia a hacer preguntas desafortunadas. Por la edad, podría haber sido su padre, pero se le había acercado con gestos torpes y una curiosidad propios de un adolescente. Bajo un físico castigado, que rezumaba escepticismo, se adivinaba una vida intensa que contrastaba con la indolencia característica de una mañana de verano como aquélla, templada y luminosa, cuando todavía no han desembarcado las hordas de turistas. Con la aventura del abuelo, se le había reavivado la mirada. Barbara siguió contándole la peripecia de Martin Stein.

El relato de Bob constituía una primera versión de su muerte, pero la familia la había puesto en duda desde el momento en que habían recibido una carta anónima y sin remitente, en agosto de 1946, enviada desde Valencia. La persona que la había enviado aseguraba haber visto al abuelo en La Fatarella el 14 de noviembre del 38, el mismo día en que habían entrado las tropas de Franco.

Cómo les había llegado aquella carta era un misterio. Tampoco sabían quién la había enviado. Podría haber sido uno de los últimos soldados republicanos en abandonar el pueblo, o un vecino que lo había encontrado mientras huía. En cualquier caso, su autor decía que había encontrado al abuelo vivo en el umbral de una puerta, de donde no se lo pudo llevar hacia Ascó porque no podía andar. Parecía una historia inverosímil, de no ser porque la nota iba acompañada de una hoja arrancada de una libreta, con la dirección de Filadelfia y el nombre de la mujer de Martin, Margaret Stein, garabateado a toda prisa por él mismo.

Aquel soldado, o quien fuera, había accedido a la petición de enviar aquella nota enigmática. ¿Por qué había esperado ocho años? Quizá por miedo a enviar un sobre a Estados Unidos a través de los correos de Franco, antes de que la Sexta Flota atracara en los puertos del nuevo régimen.

Para la familia, aquella carta fue motivo de esperanza durante años. Una última ilusión de encontrar, al menos, los restos del abuelo. Para Bob sólo podía ser la acción de algún falangista vil que había querido prolongar el dolor de un brigadista más allá de su muerte. Atribuía la iniciativa a una broma macabra de los que lo habían encontrado en el barranco, vivo o muerto, y le habían robado la libreta, de la que habían arrancado la hoja con la dirección. Al cabo de unos años, después de una noche de borrachera, se la habían enviado a Margaret para avivar el dolor de la familia.

A Bob no podían quitarle de la cabeza que su amigo había muerto en aquel barranco y no en La Fatarella. Creer que todo había sucedido como Martin había querido era su última trinchera moral. Incluso creía haber identificado el lugar donde había estallado la mina cuando volvió a los escenarios de la batalla del Ebro, a finales de los años ochenta, con una delegación de la Brigada Lincoln.

Cuando recordaba la fecha fatídica, el sufrimiento se le hacía insoportable: era el 23 de septiembre, el día antes de que el gobierno de la República ordenara la retirada del frente de todos los brigadistas para cumplir con las promesas de la no intervención.

 

A Barbara esa versión no le cuadraba. Podrían haberle robado la libreta al abuelo, encontrar la dirección y arrancar la hoja, pero nunca hubieran conseguido que garabateara el nombre de su mujer si era para hacer daño a la familia. Antes se hubiera dejado matar; no tenía nada que perder.

Era un argumento poco sólido para dar credibilidad a la versión según la cual Martin había conseguido llegar a La Fatarella, pero ella se había aferrado a él. Se había preparado durante dos años para viajar a los escenarios de la batalla del Ebro, y llevar a cabo su propia investigación. Incluso había aprendido catalán.

Mucho antes, la familia había hecho lo imposible para obtener información de las autoridades franquistas una vez acabada la segunda guerra mundial. No localizaron el nombre del abuelo en ninguna lista de campos de prisioneros ni en las relaciones de muertos que el régimen franquista había facilitado a algunas embajadas. Incluso consiguieron contactar con el ayuntamiento de La Fatarella. Nadie sabía nada, y nadie daba crédito a la historia de aquel brigadista que había muerto dos veces y al que nunca enterraron. Todo el mundo se inclinaba por la versión de Bob.

—Si las heridas eran tan graves, es imposible que sobreviviera y subiera desde aquel barranco hasta el pueblo —les comentó el jefe del Movimiento de la provincia de Tarragona, que era de Flix, cazaba perdices en aquellas tierras y sabía de qué hablaba. Había accedido a hablar con el hijo del brigadista, David Stein, el padre de Barbara, después de la visita de Eisenhower a Franco.

»Estamos dispuestos a hacer lo que haga falta para ayudarlos —les dijo con una entonación forzada.

Antes de despedirse, se puso en pie y, con una grandilocuencia ridícula, añadió:

—Ya saben que el Caudillo considera Estados Unidos como un aliado y está dispuesto a colaborar en el esclarecimiento de este suceso.

Cuando todavía no habían subido al Chevrolet en el que habían viajado desde Madrid, el cabecilla del Movimiento llamó a su subordinado y a la secretaria y les comentó, entre risas, que los norteamericanos veían demasiadas películas y que aquel hombre había muerto, seguramente, en una trifulca entre marxistas.

—¡Encima, judío! No te jode… —añadió, deduciéndolo del apellido del abuelo.

La ventana del despacho estaba abierta, y el intérprete que acompañaba al hijo de Martin lo oyó. Los Stein nunca más volvieron a España.

 

—¡Menuda historia!

Estupefacto y fascinado, Ramon no reaccionó como hubiera sido normal en él, banalizando el propósito de una chica caprichosa, de buena familia, acostumbrada a que todo le viniera de cara. Estaba dispuesto a entrar en su terreno de juego.

—Ele venido para averiguar dónde y cómo murió mi abuelo. Considero que tenemos derecho a saberlo, como la mayoría de las familias de brigadistas —sentenció Barbara.

Descubrir las circunstancias de la muerte de Martin Stein se había convertido en el centro de su vida. Mucho más que la arquitectura. Incluso más que la filosofía. Una obsesión.

Ramon no sabía si estaba más impresionado por la historia del abuelo o por la determinación de Barbara. Le preocupaba que se hiciera demasiadas ilusiones. Seguro que estaba poco preparada para la frustración si al final no se salía con la suya. En cualquier caso, pensó que el viaje a La Fatarella valía la pena. Siempre podría recorrer el barranco, pasear por las calles del pueblo, imaginar los últimos instantes del abuelo de Barbara. Estaba a tiempo de transformar una misión imposible en un homenaje sentimental.

Sin embargo, ella no estaba para viajes sentimentales. Había dedicado dos años a preparar de manera sistemática y científica la ida a La Fatarella, con varias hipótesis que tenía que contrastar con hechos y vivencias de posibles testigos. En la Moleskine llevaba los recuerdos de Bob, así como notas sobre memorias de otros brigadistas con los que su abuelo había cruzado el Ebro.

Había pasado horas en la Biblioteca de Cataluña leyendo libros poco conocidos, escritos por soldados franquistas que habían combatido cerca de donde había caído su abuelo. También había estado en la hemeroteca de la Casa del Arcediano para documentarse con diarios de la época. Pero no había encontrado ninguna pista; muchas historias humanas que la habían acercado a la cotidianidad de la guerra, pero nada que pudiera encauzar la investigación.

No sabía por dónde empezar, ¿tal vez por el barranco?

Su amiga de Tarragona había intentado disuadirla de un propósito tan estrafalario contándole que, durante muchos años, los campesinos de aquella comarca se habían ganado un sobresueldo vendiendo la metralla que había caído en los campos y las montañas a lo largo de los ciento trece días de batalla, por lo que era difícil dar con restos de víctimas. Como mucho, algunos huesos quemados por el sol, roídos por los bichos e imposibles de identificar.

—Pásalo bien —le había deseado, advirtiéndole de que la gente de la Terra Alta era hospitalaria, pero también desconfiada debido a lo mucho que habían sufrido.

Barbara no era una persona que renunciara fácilmente a sus propósitos, y a pesar de las advertencias de su amiga, siguió en su empeño.

Ramon quería ayudarla, pero cuantas más vueltas daba a las circunstancias de aquella muerte, más preguntas se le ocurrían. Se imaginaba La Fatarella a finales de 1938, con soldados huyendo aterrorizados y otros entrando en la población con ganas de hacerles pagar cuatro meses de infierno. Hombres enloquecidos y cadáveres destripados. «No puede haber testigos», pensó, pero no le dijo nada a Barbara porque no quería disgustarla, sino todo lo contrario. Había empezado a ponerse en su piel, buscaba las palabras adecuadas para no chocar con su resolución. Recordó el tópico de que los norteamericanos son gente positiva y se propuso ser consecuente con la idea al tratar con su nueva amiga.

—¿Cuándo vas a ir a La Fatarella? —Al hacer la pregunta se dio cuenta de que cambiaba las reglas de la conversación.

—El domingo. Tengo una cita con Mercè Subirana, una chica del pueblo que es encantadora y que ha contestado a todos mis correos electrónicos. Me ha reservado una habitación para una semana, en una fonda cerca de la iglesia.

Hablaba de La Fatarella como si hubiera ido allí mil veces. Ramon imaginaba que tenía el plano del pueblo pegado en la pared de la habitación del campus, repleto de chinchetas de colores. Pensó que no lo conseguiría. Una chica sola, haciendo preguntas que la gente no tiene ganas de escuchar y menos de responder, pronto despertaría más suspicacias que simpatías. Sabía que en la Terra Alta estaban hartos de que sólo los asociaran con la guerra civil. Sobre todo, ahora que se celebraban los setenta años de la batalla del Ebro.

—¿Y cómo irás?

Si ella le respondía a esta última pregunta, tendría suficientes elementos para dar un paso adelante o para abandonar la partida.

—En autocar. Salen de Barcelona a diario.

—Si quiere, yo la acompaño.

Había vuelto a tratarla de usted, para dar más formalidad a la propuesta o para evitar un exceso de familiaridad.

—Gracias, pero ya tengo el billete. Sólo son un par de horas de viaje… — Había recogido la libreta de la mesa y la había metido en su bolso.

Ramon comprendió que tenía que jugarse el todo por el todo.

—No es únicamente por el viaje; si quieres puedo ayudarte —volvía a tutearla—. Estoy medio de vacaciones y puedo quedarme unos días. Sólo he ido allí una vez, hace años, pero conozco la historia de La Fatarella. Es un pueblo complicado: su gente ha pasado muchas penurias. Y sola, te resultará difícil.

—¡Pero sí acabas de decirme que es imposible encontrar pistas! — exclamó ella riendo burlonamente al haberlo cogido en flagrante renuncio, lo que parecía divertirla.

Aquel hombre un poco desgarbado le caía francamente bien. Bajo el escepticismo que exhibía, y que ella atribuía a la edad, debía de haber un tipo inteligente y cultivado; sensible incluso. En cualquier caso, lo bastante chiflado como para proponerle ir juntos a La Fatarella cuando hacía poco más de una hora que se habían conocido. Y no pretendía ligar, estaba segura.

Al ver que Ramon no se atrevía a decir, simplemente, «Me apetece acompañarte», Barbara aceptó la propuesta.

Mientras quedaba con él para el día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, para hablar de los detalles del viaje, dejó dos euros en el platillo, se levantó y le tendió la mano, pero no le dio el número de su móvil.

—See you tomorrow.

Ramon había quedado prisionero de la cita. Volvió a sentarse, turbado como hacía tiempo que no lo estaba. Por la historia y por aquella chica que caminaba, decidida, en dirección hacia Santa María del Mar, esparciendo su silueta blanca por el paseo del Born.