El secreto del brigadista
Capítulo 2. 24 de enero de 1937
Capítulo 2
24 de enero de 1937
Desde hacía unos meses la vida del pueblo se había visto alterada. La gente se había vuelto arisca, desconfiada. Nada era como antes. Nunca se habían visto tantos forasteros por las calles de La Fatarella.
Aquella noche, antes de acostarse, Serafí alargaba el oído detrás de la puerta para escuchar, atemorizado, la conversación que mantenían sus padres. La madre era la que parecía más aturdida. Los últimos días, siempre que oía el ruido de un coche corría hacia la ventana y miraba. En el pueblo sólo había dos vehículos motorizados. Y de fuera, llegaban un par a horas sabidas: el correo que subía de Gandesa y el coche de línea que salía de Ascó, de la estación del tren.
Desde hacía unos meses, se presentaban vehículos a cada momento, de repente, cuando nadie los esperaba; incluso de noche, cuando la gente dormía.
Serafí y sus amigos los oían subir por la carretera de Ascó o la de Camposines, e iban a esperarlos a la entrada del pueblo, en lo alto de un cerro, intrigados. Pronto dejaron de hacerlo porque las calaveras que los coches llevaban pintadas en las puertas les daban miedo. Algunos iban cargados de hombres que sacaban los fusiles por las ventanas, incluso ahora, que hacía tanto frío. Eran armas diferentes de las que utilizaban los campesinos para cazar perdices o conejos.
Todo era diferente. Llevaban fusiles y cantaban. No como el padre de Serafí, que siempre salía a cazar en silencio, como si la escopeta le impusiera respeto.
Esa noche, su madre estaba más preocupada que de costumbre. Nunca se había metido en política, pero pensaba que la presencia chulesca de tantos forasteros no podía traer nada bueno. La mayoría eran de la comarca, de Flix, de Mora o, como mucho, de Tortosa. Algunos venían de Aragón; se les notaba por el habla.
—¡Éstos nos harán daño, Pascual! —dijo la madre a su marido en un tono de voz que Serafí nunca le había oído.
Estaba petrificado detrás de la puerta, con la respiración contenida, intentando no perderse ni una palabra de lo que decían sus padres. Se daba cuenta de que la situación era diferente de la de otros días en los que también los había visto preocupados, pero no podía imaginarse lo que iba a suceder.
Serafí no sabía lo que era la violencia.
En el pueblo, de vez en cuando había algún grito, alguna pelea entre hombres, o alguna trifulca política entre los de Cal Comte y los de Ca Ramonet, pero al final todo quedaba dentro de las casas. Los niños de La Fatarella nunca le habían visto la cara a la violencia, hasta que se presentaron aquellos automóviles cargados de hombres alocados a los que la gente del pueblo llamaba «coches de la muerte».
—Tienes que esconderte, Pascual, me han dicho que mañana subirán aquellos dos de Mora que chillan tanto. Dicen que vendrán con más milicianos, y que están dispuestos a matar a gente si no les hacéis caso.
Al ver que rogaba a su padre que se escondiera, Serafí comprendió que la situación era extrema. Nunca se habría atrevido a hablarle de esa manera si las circunstancias no hubieran sido excepcionales. Podría habérselo tomado a mal. Él era hombre de pocas palabras, y todo lo decía con la mirada.
Estaba acostumbrado a las dificultades propias de la vida de un campesino que trabajaba la tierra con sus manos, pero nunca había tenido que enfrentarse a situaciones como ésa. Para él, las amenazas venían de la helada que malbarata la avellana, de una primavera sin lluvia que deja el trigo sin grano y las higueras estériles, de la picadura de una víbora, o de un verano demasiado largo que desorienta al ganado y seca las fuentes.
Había riñas políticas entre indios y rifeños, entre los de la Aurera y los del Centro Católico, pero los campesinos habían aprendido a dejar de lado las diferencias para hacer frente a la adversidad. Los que eran de misa pedían ayuda a Dios y al cura para que lloviera cuando no quería llover. Los que no eran de misa, como el padre de Serafí, apretaban los dientes con fuerza y, si convenía, soltaban algún taco para conseguir el mismo objetivo.
Ahora era diferente. Con la guerra y la revolución, todo se había transformado. Más por la revolución que por la guerra, que todavía estaba lejos, sobre todo en Madrid, y los últimos días en Málaga, según decía la gente de izquierdas que escuchaba la radio en la Aurera, la sociedad obrera del pueblo que desafiaba a la Iglesia con su voz.
Todo giraba en torno a la colectividad que se había apropiado, desde el primer momento, de las tierras del Conde, el Ramonet y el Xuximot. Eran las mejores y como ésas había pocas, pero la incautación tenía que seguir, con tierras de campesinos modestos o con lo que fuera, mientras lo necesitara la revolución: dos mantas, un jamón o una tinaja de aceite.
La presencia de algunos refugiados vascos había hecho evidente las consecuencias de la persecución franquista, y los estragos de la revolución se habían anticipado con la gente de Vilalba que había llegado al pueblo, huyendo de los sangrientos enfrentamientos entre derechas e izquierdas en julio de 1936.
—El marido de Francisca y unos cuantos hombres han ido a pasar la noche a la cabaña de Cacano —dijo la madre, suplicando a su marido que hiciera como ellos.
—Yo no pienso moverme de aquí —contestó el hombre de manera contundente—. No pueden decirme nada porque lo único que he hecho toda la vida ha sido trabajar. Además, he votado por la República, lo sabe todo el pueblo —añadió con tanta determinación que la mujer calló, segura de que no iba a convencerlo.
Se persignó. Ella sí era de misa y veía a menudo al cura. Serafí nunca había visto a su padre hablarle en ese tono a su madre, como tampoco lo había oído hablar nunca de política en casa. Además, era la primera vez que veía a su madre tan atemorizada.
La noche era negra y helada, pero a pesar del frío y la oscuridad, de la calle subía un jaleo ensordecedor. Gente que caminaba arriba y abajo, gritos, e incluso algún disparo, que parecía provenir de los alrededores de la iglesia.
Llamaron a la puerta. Era Marcelino, un amigo del padre. Serafí no llegaba a oír bien lo que decían, pero captó algunas expresiones que lo dejaron boquiabierto: «defendernos», «resistir», «no nos lo dejaremos robar». Se estremeció al oír lo que decía Marcelino con voz decidida: «Coge la escopeta, Pascual, y todos los cartuchos que tengas».
Había visto a su padre ocultarla bajo unos haces de leña, cerca de las jarras de aceite, y oyó cómo bajaba a buscarla. La había escondido el día que el alguacil pidió que se entregaran todas las armas al ayuntamiento. A Serafí no le había gustado la orden, porque si su padre no cazaba, su madre ya no podría cocinar más aquellos estofados de perdiz que tanto le gustaban.
Se metió en la cama. Temblaba a causa del frío y de lo que había oído. Su madre lloraba, pero no se movió. Se durmió, agarrado a la almohada, abrumado por la precipitación de hechos y situaciones que no tenían explicación, y aún menos para un chico de diez años como él, que sólo había salido de La Fatarella dos veces, una para ir a Vilalba, a casa de una tía, y la otra hasta Amposta, el verano anterior, pocos días antes de que estallara la guerra, en una excursión con el colegio, para ver el mar.
Cuando se despertó, sobresaltado por ruidos de voces y carreras que no sabía si provenían de la calle o de una pesadilla, todavía era noche cerrada. Su madre seguía en la cocina, despierta. Esperaba que se levantara para decirle que iba a casa de una vecina que vivía al otro lado del porche de Ca la Nieves, uno de los que daban a la calle de Sant Joan. Mientras se envolvía en un chal de lana para soportar mejor el frío y para que no le vieran la cara, le ordenó que no se moviera.
Que su madre saliera de noche, en medio de todo aquel jaleo, aumentó la preocupación de Serafí. Un día había oído que su padre le recriminaba que hubiese ido a casa de una vecina, donde decían que se había escondido el cura, y supuso que quería volver allí. No era que no quisiera que su mujer llevase comida al cura, si sobraba, pero sabía que se arriesgaba, porque los milicianos que rondaban por la comarca se morían de ganas de encontrarlo.
El hombre había visto cómo apilaban los santos de la iglesia en medio de la calle, ante la puerta barroca de Sant Andreu que le gustaba mucho, aunque no fuera a misa, ni siquiera los domingos. Recordaba aquel día que habían obligado a un amigo suyo, que era un meapilas, a descolgar el Cristo del altar y arrojarlo a la hoguera, mientras lloriqueaba como un niño pequeño. Aquello no le gustó nada. También era de los que creían que los obispos y los curas estaban demasiado comprometidos con los ricos y los poderosos, pero estaba convencido de que quemar santos y matar sacerdotes no podía traer nada bueno.
—¿Ahora qué haremos, sin iglesia ni curas? —le había dicho su mujer, entre llantos, al ver aquel estropicio.
Era domingo y empezaba a amanecer. Serafí no pudo quedarse más tiempo en casa, solo, en medio de aquel jaleo. Se vistió en un visto y no visto, saltó por la ventana de atrás y se fue derecho hasta la casa de su amigo Domingo. Vivía al otro lado de la plaza del ayuntamiento, en la calle del Solà, donde estaban las casas de algunas de las familias acomodadas, cerca de Cal Xico.
Las calles eran un runrún de griteríos como nunca había oído, ni cuando el ganado se escapaba por los campos. Entre las voces que se alzaban, le pareció reconocer la de su padre y pensó que era mejor dar un rodeo por el pueblo antiguo. No quería que lo viera. Tenía que pasar bajo cuatro porches, bajar hasta la calle de las Moreras y volver a subir, por la de la Fuente. Cuanto más enrevesado y empinado fuera el camino, mejor. Por lo menos, ese día.
Domingo estaba despierto; tampoco había dormido mucho. Había oído decir a sus padres que planteaban marcharse antes de que fuera demasiado tarde.
A su padre le habían quitado unas tierras de regadío que tenía cerca de Camposines, en las que trabajaban tres jornaleros. Las habían incorporado a la colectividad. No era un hombre rico, pero tampoco era un campesino pobre. En cualquier caso, tenía motivos para huir. Había leído en el periódico que ya no podía haber «explotación del hombre por el hombre». Él sólo explotaba a tres hombres y les daba trabajo, pero daba igual. Vivían de un jornal y los tiempos de la colectivización no lo permitían.
Además, era fejocista, de la Federación de Jóvenes Cristianos, de los que frecuentaban el Centro Católico y no la Aurera. De nada le servía haberse acercado a los republicanos, él, que siempre había sido monárquico. Decían, incluso, que se había afiliado a la UGT, para conservar las tierras, pero en los tiempos que corrían, eso no era suficiente.
Domingo abrió la ventana al oír la primera piedrecita que había tirado su amigo.
—¿Qué pasa, Serafí? ¿De dónde vienen esos gritos? ¿Qué hacen tantos hombres en la plaza? —preguntó, aterrorizado.
—Nada bueno. Algunos llevan escopeta, otros una horca, una hacha, o una azada, y se los ve muy enfadados. Dicen que han cerrado la colectividad, y que quieren recuperar las tierras y echar a los forasteros. ¡Mi padre ha salido de casa con la escopeta y cartuchos! Baja; nos acercaremos a ver qué pasa — dijo Serafí, decidido.
Domingo saltó por la ventana que daba a la calle de atrás, al otro lado de la antigua muralla, porque no quería que su madre lo viera. Se había quedado en casa, mientras el marido iba a hablar con unos vecinos que preparaban la fuga.
—Vayamos hasta la Casa Donya —dijo Serafí, yendo hacia arriba para alejarse de la iglesia.
Desde donde estaban vieron llegar un camión por la avenida de la Misericordia, cargado de milicianos. Entonces oyeron un chasquido lo suficientemente fuerte como para sobreponerse a los ruidos que llenaban la noche. Procedía de la iglesia, justo detrás de donde ellos se encontraban. El camión se había detenido en seco y una docena de hombres armados bajaron de él de manera precipitada para tomar posiciones en las cuatro esquinas apuntando hacia Sant Andreu con los fusiles y alguna pistola. Les habían disparado.
Serafí y Domingo se habían quedado patitiesos. Estaban en medio, entre los milicianos y los campesinos. Lo que veían y oían los paralizaba, pero no querían perdérselo.
—Subamos a la ermita de la Misericordia —propuso Serafí, pensando que desde la parte alta del pueblo lo verían todo y estarían más seguros. A su amigo, que temblaba y había empezado a lloriquear, le pareció bien alejarse del peligro.
La idea no era mala, pero ese día fue la peor que se les podía haber ocurrido. Mientras subían por los peldaños que llevaban directamente a la capilla, uno de los hombres que había bajado del camión ordenó replegarse en la ermita.
—¡Desde allí les vamos a dar a esos cabrones!
No lo oyeron. Desde lo alto, los milicianos pensaban dominar el pueblo y forzar la rendición de los campesinos. Eran más, y algunas de las armas que llevaban brillaban como una patena.
La situación era cada vez más confusa y peligrosa. Los campesinos opuestos a la colectivización se habían atrincherado en el campanario y en algunas casas de los alrededores. Habían detenido a algunos faístas conocidos, que tenían al pueblo aterrorizado, y habían disparado contra las patrullas de control enviadas para liberarlos. Al parecer, que ya había heridos, y decían que incluso un muerto.
Alimentada por rumores que hacían correr quienes querían jaleo, la tensión era máxima. Muchos de los anarquistas que iban hacia la ermita eran chicos jóvenes, de los que se habían jugado el físico para defender la República el 19 de julio. Estaban convencidos de que iban a aplastar a una quinta columna dispuesta a entregar la Terra Alta a los franquistas. Alguien les había dicho que la bandera monárquica ondeaba en el ayuntamiento. Era mentira, pero estaban dispuestos a creérselo.
Para los campesinos de La Fatarella, aquella provocación era la gota que colmaba el vaso de una paciencia agotada durante meses de incautaciones arbitrarias y absurdas, que sólo habían servido para repartir pobreza y dilapidar cultivos. Ya era tarde. El mal estaba hecho y nadie parecía estar en condiciones de detener el drama.