El secreto del brigadista

Andreu Claret Serra · Capítulo 19 de 22

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El secreto del brigadista

Capítulo 19. Domingo, 13 de julio de 2008

Capítulo 19

 

Domingo, 13 de julio de 2008

 

Barbara pidió un gin-tonic. Ramon le había conseguido un upgrade que se agradecía, porque el viaje hasta Boston era largo y el avión iba lleno. Además, la comodidad de la clase business era perfecta para el único propósito del viaje: leer la libreta de su abuelo. Su diario.

Faltaba la portadilla, aquella que identifica al propietario de una Moleskine. Era la que habían recibido en Filadelfia en el año 1946, dentro de un enigmático sobre anónimo enviado desde Valencia.

A pesar de que las hojas estaban en un estado de conservación sorprendente, teniendo en cuenta que había acompañado al abuelo desde la cabaña hasta Cal Sant, la lectura requería dotes de paleógrafa. A primera vista parecía uno de aquellos cuadros del Renacimiento donde el pintor, para ahorrar tela, trabajaba encima del primer original. Eso sólo a primera vista.

Antes de empezar a leer, bebió un trago largo. Lo necesitaba.

Lo primero que descubrió es que había dos textos casi superpuestos, separados por apenas un milímetro. Era cuestión de acostumbrar la vista, enfocando los dos renglones alternativos y prescindiendo de los demás. Empezó por el que era más compacto, y que parecía escrito de una tacada. Le llamó la atención ver el nombre de su padre, David Stein.

Parecía una carta del abuelo a su hijo, aquel que no había visto nacer.

 

Querido David:

Hoy cumplo treinta años. Hasta ahora, la ilusión de volver a

veros, un día, a tu madre y a ti, me había permitido superar los momentos difíciles. Ahora, todo se acaba, por lo que he querido dejarte esta carta. Tú no lo sabes, hijo, pero me has hecho mucha compañía. Durante los meses que pasé en el sótano tenía una lámpara que sólo podía encender unos minutos al día, porque debía ahorrar el

aceite que me traía un chico como tú, que se llama Serafí. Antes de apagarla, siempre acercaba una fotografía tuya que me envió tu madre, y la miraba intensamente durante un buen rato, de manera que, cuando oscurecía, tu cara quedaba proyectada en la pared de piedra, delante de mí, durante unos segundos, y yo no me movía, ni parpadeaba, hasta que aquella imagen se desvanecía poco a poco y volvía a quedarme solo. Para retrasar el regreso a las tinieblas, cerraba los ojos, bien fuerte, y tu cara se iluminaba de nuevo, unos instantes, como si se volviera a encender la llama. O sea, que siempre podrás decir que, de pequeño, hacías de lamparero de Cal Sant y de las casas viejas de la Fatorella.

 

Al parecer, Martin había decidido complementar el diario, que había iniciado poco antes del incidente del barranco y que se acababa, bruscamente, con aquella fatídica anotación fechada el 18 de julio de 1942, con una recapitulación sobre los últimos cinco años de su vida. Ése parecía ser el sentido de esta carta destinada a su hijo y fechada el día de su trigésimo aniversario, poco antes de morir asesinado.

La había recosido en los intersticios del diario, aprovechando el acoplamiento de las letras de palo de un renglón con el de abajo o el de arriba, hasta llegar, otra vez, al final de la libreta.

Quedaban incógnitas. Barbara no entendía por qué su abuelo había agotado la Moleskine, si Serafí podía proporcionarle papel, por mucho que fuera escaso en los primeros años del nuevo régimen. Tampoco se entendía por qué había iniciado la recapitulación en aquella fecha. ¿Sabía que le quedaban pocos días de vida? ¿Era porque cumplía treinta años? Le parecía una explicación poco convincente. ¿Conocía las intenciones malévolas de Domingo y sus amigos? De ser así, habría dejado constancia de ello en el diario, antes de aquel Domingo’s back de la última línea, y no decía nada. Lo comprobó.

La referencia a la Fatorella era lo que más la desconcertaba. No imaginaba a su abuelo tan identificado con la época templaria como para asumir la toponimia. Estaba segura de que lo entendería más adelante. Intuía que, cuando lo descubriera, podría empezar a atar cabos.

 

El ruido de las turbinas indicaba que habían alcanzado la altura de crucero. Estaba rodeada de ejecutivos. Su vecino, un hombre de negocios japonés, se había dormido antes de que hubieran desenganchado el finger. Pidió dos bolsitas de almendras saladas, anunció a la azafata que no pensaba leer ningún diario, ni revista, ni comer, ni comprar nada, y siguió con el gin-tonic. A pesar del ansia por devorar la Moleskine, le costaba concentrarse en la lectura, desde el principio.

Con una ojeada a la última página del diario, encontró respuesta al porqué de la prisa de Martin por recapitular. Su salud había empeorado y sabía que le quedaban pocas semanas de vida. No eran las piernas; era todo el cuerpo. En el frente había aprendido a diagnosticar los males que no tienen cura. No quería decírselo a Serafí y, por lo visto, pensaba en la manera de precipitar su muerte para evitarle problemas.

Al descubrir que su abuelo se sabía moribundo, Barbara sonrió. Matándolo, Domingo y sus acólitos le habían hecho un favor. Le supo mal que Ramon no estuviera allí para compartir esa idea. Animada por el descubrimiento de esa victoria póstuma, ya podía meterse de lleno en la carta, con el objetivo de reconstruir una historia de la que sólo conocía los dos momentos más dramáticos: el inicio y el final.

Aparentemente, Serafí era el gran protagonista. Como si Martin hubiera querido contribuir a la educación de su hijo con el ejemplo de un chico que había sido su única ventana al mundo exterior a lo largo de casi cuatro años.

 

Te costará entenderlo, David, pero durante todo este tiempo, he vivido momentos de una felicidad intensa. Serafí, que ahora tiene doce años, me los ha procurado con su alegría y su bondad. Cuando todavía estaba en la cabaña, lo oía resoplar mientras subía por el barranco, tirando de la mula, y se me alegraba el corazón antes de verlo. Fueron días terribles, de un dolor atroz, vividos en medio de los cañonazos y los estragos de las bombas que caían por los alrededores. De noche, la niebla se filtraba entre las piedras y me dejaba empapado y encogido, con un frío que no se quitaba con nada. Los días que se quedaba en la cabaña, de noche, yo siempre me dormía antes, y cuando me despertaba de repente, soñando que entraba un legionario, lo veía abrazado a mis piernas. Temía que se me congelaran. Él lo era todo. Era la luz y la palabra en un mundo de silencio y de oscuridad. Muy pronto se convirtió en un amigo, un hombre. Yo le hablaba de ti, de tu madre y de Filadelfia, y de los libros que había leído. Él me llevaba por las calles de La Fatarella, por los campos y los pueblos de la Terra Alta. Era mi lazarillo.

A lo largo de una decena de páginas, Martin explicaba a su hijo cómo era la vida en Cal Sant, cuando vagaba por la casa, a la espera de oír el Ol’ man river. Endulzaba las circunstancias y obviaba los momentos de desánimo que, a buen seguro, había padecido. Le contaba cómo Serafí había ido haciéndose mayor, año tras año, moviéndose con destreza por las grietas de aquel régimen de miedos y privaciones, espabilado como una centella, con la mula siempre arriba y abajo, capaz de adaptarse a las circunstancias y aprovechar las oportunidades.

 

La guerra y las dificultades lo convirtieron pronto en un gran conocedor de los hombres, y nunca se equivocó a la hora de distinguir a los buenos de los malvados. Esto es muestra de una sabiduría que pocas personas pueden lograr. Me gustaría que de mayor fueras cómo él, David.

 

Tu padre que te quiere

No había una única carta. La siguiente, que empezaba en la misma línea, para aprovechar el papel, estaba dirigida a su mujer, a la abuela Margaret.

Llena de curiosidad por el propósito del abuelo, Barbara ojeó unas cuantas páginas, en diagonal, antes de continuar la lectura, aprovechando que se había acostumbrado a leer renglones alternos. Había dos cartas en inglés, dirigidas a su hijo y a su mujer, y una tercera en castellano, destinada a Serafí. No pudo resistir echarle un vistazo antes de continuar con la de Margaret.

Con las primeras líneas, resolvió otra incógnita.

 

Querido Serafí:

Tú has sido el custodio eficaz y discreto de esta libreta durante

estos cuatro años, para evitar que la encontraran si me descubrían. Sé que nunca la has abierto. Ahora es tuya. Ya puedes leerla. Encontrarás un diario, cartas a mi familia, y una en español, para ti. Para leer el resto, tendrás que aprender inglés. ¡Me lo has prometido!

 

Ahora entendía el porqué de aquel uso y abuso obsesivo del espacio. Era el precio de las medidas de seguridad que se había impuesto. Durante todo el tiempo que vivió en Cal Sant, después de hacer alguna anotación, la devolvía a Serafí para que no se quedara en el sótano. De esta manera, intentaba que su historia le sobreviviera en caso de que lo descubrieran. Barbara recordó que Ramon lo había intuido. Por eso lo escribía todo en una única libreta, fácil de llevar y de esconder.

Así era como la Moleskine se había conservado tan bien. Parecía una de Picasso, de la misma época, que había visto en el Museo de París, o las de Hemingway que se exhiben en la página web de promoción de la casa que las edita. No había estado siempre en aquella madriguera llena de telarañas, y la había dejado en el sótano poco antes de ser asesinado.

 

La carta a Serafí continuaba, enigmática, con un párrafo que Barbara no pudo dejar de leer.

 

Ha llegado la hora de contarte cosas que nunca antes te he dicho, para no añadir más preocupaciones a las que ya teníamos. Es la historia de Cal Sant, que encontré en un libro viejo y en algunos de los documentos que había en el sótano. Así sabrás la trascendencia de tu misión.

 

¿De qué misión se trataba? El corazón le latía como cuando habían bajado al sótano o cuando subía la escalera de la notaría de Ascó. Levantó la vista un instante, para recuperar la respiración. Todo eran hombres encorbatados que tragaban bandejas de salmón y probaban cavas del Penedés. El japonés se había despertado y había enloquecido con la consola.

Pidió otro gin-tonic y retomó la carta destinada a su abuela. Para seguir leyendo la que estaba destinada a Serafí, necesitaba más intimidad.

 

Querida Margaret:

He reflexionado mucho sobre la decisión de viajar a España

cuando David aún no había nacido. Sabes que me alisté en las brigadas por los mismos ideales que me llevaron a hacerme comunista. Volvería a hacerlo, pero ahora añadiría mi condición de judío. No es que haya dejado de creer en las ideas que me llevaron a enrolarme, pero la guerra me ha hecho meditar. La mayoría de los brigadistas han venido a España para defender unas convicciones y

una clase. Los judíos también defendemos el derecho a existir. Hemos venido a luchar contra Franco y contra la Inquisición. Muchos han muerto para evitar que la persecución volviera a abatirse sobre nosotros. Ahora, por lo que sé de la guerra europea, no sé si lo conseguiremos. Por lo que puedo leer entre líneas, en algún diario que me trae Serafí, mi situación no es peor que la de millones de judíos del continente. En cualquier caso, David siempre podrá decir que su padre fue de los que lucharon. Te parecerá extraño que hable tanto de una condición que, para nosotros, siempre había sido de escasa relevancia. Debe de ser que la soledad invita a viajar hacia los orígenes. Al asumirlos, puedo explicar mejor lo que ha sido mi vida.

 

Barbara estaba desconcertada. Nunca había vinculado la decisión de su abuelo de ir a España a su condición de judío. Su primera reacción fue interpretarlo como una respuesta al antisemitismo del franquismo. Pensó que los libros que le llevaba Serafí podían haber contribuido a ello. Sin embargo, esa explicación le parecía insuficiente.

Siempre había creído que si tantos brigadistas eran judíos era porque muchos comunistas lo eran. Había hablado del tema con Ramon, que tenía una opinión más matizada, y sostenía que la presencia de más de cinco mil judíos en las Brigadas Internacionales ponía de manifiesto una percepción más acusada de la amenaza nazi. Ella lo aceptaba, pero nunca hubiera pensado que ése fuera el caso de su abuelo.

Habían apagado las luces. La mayoría de los pasajeros yacían tapados. El japonés seguía enganchado a su consola. Encendió la lucecita cenital y leyó la carta a Serafí. Era la historia de Cal Sant.

 

Como recordarás, Serafí, aquel libro nos hizo pasar un mal rato. Cuando desapareció, pensamos que nos habían descubierto y tapiamos el pasillo con escombros que tú trajiste, poco a poco, durante meses. Lo que no sabes es que, antes de que nos lo robaran, leí en él una historia de los templarios en la Terra Alta. Nunca te lo dije, pero sé quién se lo llevó. Era un monje, que entró desde el otro extremo del pasillo, mientras yo estaba arriba. Cuando lo oí, bajé con la pistola y me lo encontré de frente. Tenía el libro en las manos. Me dijo que no diría a nadie que me había visto, pero que tenía que llevarse el libro a un lugar más seguro, porque había gente que

quería destruirlo. Por lo que dijo, contenía pruebas manifiestas de que el proceso contra los templarios era un montaje del rey de Francia y del Santo Padre. Se ve que el rey de Aragón tampoco salía muy bien parado. Por cómo hablaba, el monje no era de La Fatarella, y por la forma en que iba vestido, debía de ser un benedictino. Me explicó que lo había llamado el cura de Sant Andreu, que es primo hermano suyo (ese que siempre te habla en catalán), cuando descubrió el pasillo al hacer obras en el ábside.

 

Un libro misterioso. Un pasillo que llevaba de la iglesia a Cal Sant. Un monje benedictino. Barbara estaba agobiada. Cerró la libreta y se quedó mirando al japonés, que seguía prisionero del videojuego. Ésas no eran las coordenadas que había puesto en su navegador antes de emprender el viaje. Durante dos años, había preparado meticulosamente una investigación relacionada con la batalla del Ebro y la epopeya de los brigadistas. Todo ello para descubrir las circunstancias de la muerte de su abuelo. Ése era el mundo que dominaba. De los templarios, en principio, sólo le interesaba la arquitectura.

 

Integrado en el asiento delantero, disponía de uno de esos teléfonos de clase preferente que nunca había utilizado. Pasó la American Express y marcó el número de Ramon. En Barcelona serían poco más de las cuatro de la madrugada.

—¿Qué hora es? ¡No puede ser que ya hayas llegado! —dijo Ramon.

—Todavía estoy en el avión, pero necesitaba hablar contigo.

—¿Qué pasa?

—He empezado a leer la libreta de Martin y estoy trastornada.

—Lo imagino.

—No es por el diario. Es por una carta a Serafí donde le cuenta la historia de Cal Sant.

—¿Qué sabía tu abuelo de Cal Sant?

—En el sótano, encontró un libro de los templarios sobre los orígenes de la casa y pudo leerlo antes de que se lo llevaran.

—Un libro de los templarios. ¿Y quién se lo llevó? —preguntó Ramon, que no sabía si soñaba o estaba despierto.

—Un monje.

Le costaba imaginar a Barbara tan angustiada por una historia de templarios y misterios medievales.

—¿Y para qué me llamas? —preguntó, intentando descubrir su estado de ánimo.

—Porque no sé qué hacer.

—Pues seguir leyendo, sin prejuicios. Piensa que ha sido voluntad de Serafí que la libreta acabara en tus manos. Tú eres la propietaria de la casa y la depositaría de los secretos que la acompañan.

—Pero eso no es lo que yo pretendía, Ramon.

—Has entrado en el juego, Barbara, y tienes que aceptar las reglas. Si has llegado hasta aquí, no tienes más remedio que seguir. Lee lo que dice Martin y asume la herencia de Serafí. Llámame cuando llegues a Boston.

Que un hombre escéptico como Ramon la animara a seguir la consolaba. A fin y al cabo, aquella Moleskine era tan real como la batalla del Ebro, el asesinato de Serafí, o la muerte del abuelo. El misterio de la desaparición de Martin había dejado de serlo, setenta años después. Quizá había llegado la hora de desentrañar el de Cal Sant.

 

Volvió a abrir la libreta. El japonés la miró de reojo, sorprendido por su perseverancia. Pero sólo un instante, puesto que seguía abducido por la consola.

Por lo que contaba, Martin había leído el libro antes de que el monje se lo llevara, y resumía su contenido en la carta a Serafí. La precisión con que lo hacía, parecía indicar que utilizaba notas tomadas mientras el libro estaba aún en su poder, y de él citaba algún pasaje textual, escrito medio en francés arcaico, medio en latín.

 

Era una crónica de la persecución de los templarios en el distrito de la Ribera, contada por un fraile catalán, Romeu de Bruguera, que había huido de París el 13 de octubre de 1307, el día en que el rey de Francia había enviado a sus soldados a arrestar al último gran maestre de la orden, Jacques de Molay.

Después de un viaje lleno de peligros, en que había tenido que esquivar a los secuaces de la Inquisición, Bruguera había llegado a Barcelona, donde había sido recibido con una enorme expectación por los miembros de la orden, dada su condición de estrecho colaborador de Jacques de Molay. Los detalles escabrosos que les proporcionó sobre el sufrimiento de los templarios franceses hicieron estremecer a muchos hermanos catalanes.

No obstante, los templarios de Barcelona estaban convencidos de que el rey Jaime nunca los traicionaría, por mucho que Felipe el Hermoso intentara atraerlo a su cruzada contra el Temple. Veían Cataluña como un oasis en el desierto de persecución en que se había convertido el continente.

Romeu de Bruguera intentaba convencerlos de que la Corona de Aragón acabaría cediendo ante una ofensiva que reunía la dinastía de los Capetos y Clemente V. En Francia, unos años antes, había visto abatirse la violencia del Estado sobre los judíos, y sabía el odio que podía desatar una caza de brujas cuando el poder atiza el fuego. No los convenció. Atemorizado por los rumores que llegaban de París, según los cuales muchos maestres templarios habían confesado que abjuraban de Cristo, escupían a la cruz y adoraban a Bafomet, y que otros habían reconocido, bajo tortura, el pecado de sodomía que les atribuía la Inquisición, se marchó a Miravet. Se moría por volver a ver aquel castillo que le recordaba los tiempos en que guerreaba por tierras sirias.

 

Desde el otro lado del río, vio que el lugarteniente, fray Ramon de Saguardia, desconfiaba de las intenciones de su rey. El castillo estaba rodeado de hombres que trabajaban en su fortificación.

Cuando describió el tormento infligido a los templarios por los inquisidores franceses, las obras se aceleraron, de tal manera que, cuando el papa mandó arrestar a los miembros de la orden de toda la cristiandad, a finales de noviembre, la fortaleza parecía inexpugnable.

No lo era. El 6 de diciembre de 1308, el castillo de Miravet fue ocupado, y el lugarteniente y el comendador fueron detenidos, junto con la mayoría de los frailes, y enviados a Valencia, donde la Inquisición tenía su sede.

A pesar de ser tratado con benevolencia, Romeu de Bruguera no se fiaba de las intenciones de su rey. Pensaba que la misma razón de Estado que llevaría a Jacques de Molay a la hoguera acabaría imponiéndose en la Corona de Aragón. Aprovechando que las órdenes de confinamiento eran flexibles, huyó con unos cuantos hermanos, con la ayuda de un médico musulmán que lo cuidaba y con quien compartían fantasías de Oriente. Se escondieron en Gandesa, Pinyeres, Vilalba y otros pueblos del distrito, y establecieron una red, protegida por estrictas medidas de seguridad y un código secreto, de la que él era el vértice.

Se ocultó en La Fatarella, en casa de una familia de confianza de la orden. En Cal Sant.

Pasó casi cuatro años recluido en el sótano, cuidado por la gente de la casa. Sólo salía en ocasiones contadas, siempre de noche, por un corredor que conducía a la iglesia parroquial, aprovechando la complicidad del cura, para reunirse con quienes seguían libres. Se veían en Sant Bartomeu y volvían a los escondites antes de que amaneciera.

Cada vez eran menos. Muchos fueron descubiertos, algunos sometidos a suplicio, y esto le obligó a trasladar el lugar de encuentro a Sant Pau de la Roquerola. Otros abandonaron la vida ermitaña y se acogieron a las propuestas de reinserción de la Iglesia. La mayoría terminaron en la Orden del Hospital, que heredó los bienes de los templarios de Cataluña.

Romeu de Bruguera siguió fiel a su condición.

Reconocía que la desgracia que se había abatido sobre ellos había encontrado un pretexto eficaz en la vida disoluta que llevaban numerosos templarios, alejados del voto de obediencia, castidad y pobreza. Lo atribuía al mucho dinero que la orden había recaudado, durante años, con el objetivo o el pretexto de las cruzadas y que había traído la corrupción. Él, sin embargo, seguía aferrado a los valores que lo habían llevado al Temple; el gusto por la aventura y el misterio, la religiosidad, y también el ennoblecimiento del hombre. Quería morir con las mismas convicciones.

 

La azafata apagó la consola del japonés, que se había dormido con el mando en las manos. Barbara llevaba dos horas leyendo, sin levantar la vista, y tenía los ojos irritados de tanto forzarlos para reseguir la letra minúscula y apretada con la que su abuelo describía la persecución sufrida por los templarios, a partir del relato de fray Romeu de Bruguera. Le faltaba poco. Pidió una coca-cola para poder acabar.

 

Los templarios eran hombres con virtudes y defectos. En el libro se los idealiza, y eso también tienes que saberlo, Serafí. Como soldados, actuaron de manera despiadada en Tierra Santa, y también aquí, para expulsar a los sarracenos. Pero sin ellos, los reyes de Aragón nunca habrían conquistado la Terra Alta. Por tanto, se puede hablar de traición. Y de infamia, porque muchas acusaciones fueron inventadas, o exageradas.

Le pareció acertada la definición de los templarios como héroes de un tiempo sacrificados en nombre de la razón de Estado. Decía mucho sobre la lucidez con que el abuelo afrontaba aquel viaje en el tiempo, a pesar de las condiciones en las que vivía.

Dada como era a las asociaciones, Barbara vio en esos pasajes de la carta una premonición de episodios dramáticos de la historia contemporánea. Pensó que si Martin hubiera regresado a Boston, podría haber comprobado la persistencia de la infamia, al ver cómo muchos brigadistas eran víctimas del maccarthismo de las persecuciones estalinistas.

 

En las últimas páginas de la Moleskine, la letra se volvía minúscula.

Con su red, Romeu de Bruguera se había propuesto perpetuar el espíritu originario de la orden y conservar documentos comprometedores. Mientras los escondites iban cayendo uno tras otro, Cal Sant subsistía, protegido por el aislamiento de La Fatarella, que nunca había estado bajo las órdenes de un comendador, y por el carácter reservado de su gente. Además, la familia que lo había acogido era de las más antiguas y acomodadas y estaba fuera de toda sospecha.

Así fue como, al cabo de un tiempo, pudo normalizar su vida haciéndose pasar por un peregrino vuelto de Tierra Santa. Y cómo acabó heredando la casa, al morir los dueños, que no tenían hijos.

Durante todo ese tiempo, almacenó pertenencias de templarios del distrito que habían escapado de la razzia de los hombres del rey. Constituían un legado valioso, y Martin lo explicaba a Serafí, al tiempo que lo prevenía de los mitos que acompañaban la historia de la orden.

 

Si te hablan de un tesoro, no hagas caso. Es lo que buscaba el padre de Domingo. En una casa de Vilalba encontró documentación según la cual el tesoro de Miravet había quedado en la Terra Alta. Estaba equivocado. En el castillo, efectivamente, había más de setenta mil sueldos barceloneses y objetos de gran valor, de plata y oro, cuando lo asaltaron. Todo fue a parar a manos del rey, que hizo lo imposible para evitar que lo heredara la orden de los hospitalarios. En cambio, sus hombres no fueron tan diligentes con los libros y documentos, y se salvaron algunos, que Romeu escondió. Son de gran valor, porque comprometen al poder y al papa, la espada y la mitra. Si el dueño de

Cal Sant estuviera vivo, te pediría que te afanaras para que nunca sean destruidos. Cumple con su voluntad. Tu amigo,

MARTIN STEIN

 

Barbara sonrió, y los músculos de todo el cuerpo se le relajaron de repente. En el fondo, ese final ya le parecía bien. Temía que la Moleskine alimentara aquella mística templaria que tanto odiaba.

Se preguntaba cómo habría reaccionado si hubiese leído revelaciones sobre el tesoro de Miravet o sobre la lista de las próximas víctimas de la maldición que el gran maestre había formulado mientras la pira empezaba a arder frente a Notre Dame. O si hubiera descubierto pruebas determinantes sobre el supuesto papel del Priorato de Sión en la creación de la orden, o sobre la inverosímil influencia del Temple en la fundación de la masonería. Prefería no pensar en lo que habría sucedido si Martin, desasosegado por noches de lectura y soledad, hubiera encontrado rastros del Santo Grial en el libro de Romeu de Bruguera.

 

Las luces se encendieron de repente.

—¿Quiere desayunar, señorita? No ha dormido en todo el viaje, ni se ha levantado una sola vez —dijo la azafata, con una sonrisa forzada.

—Tráigame la bandeja. Si puede ser, con un café doble, bien cargado.

Estaba eufórica. La misión que habían encomendado a Serafí no era ni más ni menos que restituir la verdad de aquello que había pasado setecientos años antes. Le hizo gracia la coincidencia. Se cumplían setenta años de la batalla del Ebro y setecientos de la caída del castillo de Miravet. Más cábalas, imposible, pensó.

Tanta coincidencia le sorprendió. En cualquier caso, servía para evidenciar que la historia se repite. Historias de hombres justos perseguidos y de identidades anihiladas. Epopeyas de resistencia diferentes, ciertamente, porque los tiempos y las circunstancias lo eran, pero que tenían en común la negativa a claudicar ante el poder.

Devoró el desayuno y cerró los párpados. Pensaba en Serafí. No había llegado a conocerle, pero formaba parte de su vida. Sin los garbanzos que le había ido dejando por el camino, durante su estancia en La Fatarella, nunca hubiera encontrado a su abuelo y la Moleskine. Aun sin conocerla, había confiado en ella hasta el punto de hacerla heredera de la casa y de los secretos que, para él, eran aún más valiosos.

Fiel guardián del secreto de Cal Sant durante setenta años, sólo había tenido tres amigos: el dueño de Cal Sant, el señor Claret y el brigadista Martin Stein. Tres hombres buenos. El último templario de la Terra Alta, un republicano de vocación masónica, y un judío de Filadelfia que se había hecho comunista para matar a la serpiente dentro del huevo.

Estaba segura de que la muerte de Martin lo había dejado muy solo. La carta lo había salvado. Había dado un sentido a su vida.

Sin darse cuenta, le habían quitado la bandeja y el avión aterrizaba. El japonés dormía. No se despertó ni con el chirrido de las ruedas al tocar la pista.

 

En Barcelona serían cerca de las diez de la mañana. Mientras esperaba la maleta, marcó el número de Ramon en el iPhone.

—Ahora ya no estás durmiendo, supongo…

—Llevo despierto desde las cuatro. Me he pasado cinco horas en el Google, leyendo sobre los templarios.

—Lo siento.

—Al contrario. Me has hecho descubrir todo un mundo. Por cierto — añadió—, ¿quién dices que robó el libro?

—Un monje.

—¿De qué orden?

—Me parece que era benedictino.

—Lo sabía: un monje de Montserrat.

 

Estoll, 30 de noviembre de 2007.