El señor de Castilla

Blas Malo · Capítulo 3 de 62

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El señor de Castilla

Capítulo 2

LA REINA HELADA

 

SEVILLA, JULIO DE 1342

El rey Alfonso se apresuró a recorrer las atarazanas de Sevilla, donde una actividad febril de carpinteros, aprendices y cordeleros daban forma a las nuevas galeras. El mudo infante Sancho Alfonso estaba con él.

—¿Hueles el olor de la resina que destila la madera, la brea que recubrirá sus cascos? Dentro de poco bajarán por el río hacia el mar y se unirán a las que ya rodean la ciudad meriní de Algeciras. ¡Pronto rezaremos en ella!

Habían transcurrido dos años desde la gran victoria del Salado. La memoria de sus ascendientes Alfonso el Sabio y Fernando el Rey Santo era lo que impulsaba al rey a querer ser tan grande, tan honrado y de tanta fama como ellos. Las gentes del Islam aún permanecían en la Península, y la expansión de Castilla y la conquista de los territorios de los infieles eran los cometidos que el propio rey se había impuesto para sobrepasar a sus ancestros. Sonrió al maestro carpintero que le guiaba por las atarazanas y en ademán afectuoso puso sus manos sobre los hombros de su hijo mudo. Los copistas glosarían sus hechos entre letras miniadas y los poetas hablarían de su valor y su entrega a defender la fe cristiana frente a nazaríes y meriníes. Tarifa seguía siendo cristiana pero los meriníes del norte de África seguían enviando tropas a la Península Ibérica, dispuestos a restaurar el esplendor de Al-Ándalus. Gibraltar y Algeciras aún resistían en su poder, y allí acumulaban hombres y víveres en un flujo continuo que desafiaba constantemente a la armada castellana.

Pero había llegado una señal de Dios. Hacía pocas semanas que los castellanos habían obtenido una gran victoria naval, destruyendo una flota de veintiséis galeras meriníes cargadas de suministros hacia Algeciras, y Alfonso Onceno de Castilla estaba exultante. Era una señal, y lo sabía. Tenía que aprovechar esa oportunidad, o pronto nadie podría contener a los emires musulmanes en su avance hacia Sevilla.

—Partiremos enseguida, maestre, con las tropas que ya tenemos disponibles.

Alonso Méndez de Guzmán, de bello rostro y lleno de fuerza y carisma, se acercó al rey para hacerse oír por encima del ruido de sierras y desbastadores.

—Pero somos pocos, mi señor. Sería una locura intentar tomar la ciudad con fuerzas tan escasas, menos de tres mil caballeros y no más de cuatro mil hombres a pie entre lanceros y ballesteros.

—No, no esperaremos. Quiero que nos vean, que se preocupen y nieguen a su dios, que no nos tomen por cobardes. Hemos de aprovechar nuestra última victoria sobre ellos. Son muchos, sí; pero cercados y sin suministros caerán, devorados por su propio número. Estamos a julio; enviad mensaje a todos los concejos y señores de Castilla, y a las órdenes militares. Partiremos, y ya llegarán todos los demás.

Al otro lado de la ciudad, en los Reales Alcázares, dos jóvenes, gemelos, observaban con curiosidad las palomas que remoloneaban a la sombra de un alero del gran patio del palacio gótico sevillano. El más travieso de los dos no dudó. Puso con cuidado un guijarro en la honda y comenzó a voltearla con habilidad.

—¿Sean dos viajes a la cocina, si atino?

—Sean.

Fijó la vista en el ave, y agitó la honda con un zumbido. La paloma escogida se quedó quieta. Quizá sintiera curiosidad por aquel sonido extraño, o tal vez pensara en dónde comer grano bajo el sol inclemente de Sevilla. El cereal se secaba en el campo, donde ya se recogían los sembrados. El joven decidió no esperar más. Soltó el extremo de la honda y el proyectil voló certero hacia el alero. La paloma, repentinamente alerta, agitó las alas en un intento vano de escapar hacia el cielo.

La tierra alcanzó al cielo. Todas las palomas aletearon alejándose alarmadas, menos una, que cayó con un golpe sordo al pasillo sobre el crucero elevado que atravesaba el patio.

—¡Le di! —gritó Enrique. No podía ocultar la procedencia de sus facciones, como las de su hermano. Eran las de su madre, pero sobre ellas el rey había plasmado su impronta, aclarando la piel y otorgando a los dos un cabello trigueño.

—Le diste —aceptó Fadrique.

—Te toca. ¡Dos trozos de torta con miel y almendras!

Los dos se precipitaron escaleras abajo. Las salas de recepción y audiencias eran un trasiego de gente armada, nobles, clérigos y sirvientes. El ayo les estaría buscando, pero no les encontraría. Los sirvientes asistían mudos a su paso como un vendaval por los corredores mientras los hombres de armas les miraban con respeto y con interés. Al igual que el mudo infante Sancho eran hijos del rey; eran hijos de la Guzmán.

Un viejo sirviente los encontró en el pórtico del patio del crucero. Los jóvenes intentaron esquivarle, pero era criado viejo y con dos voces se impuso a sus espíritus juveniles.

—¡Quietos! Que los que corren o son cobardes o son culpables, y vuestro ayo os está buscando.

—¡No nos toques! ¡Déjanos pasar! —exigió Enrique, inflamándose. El criado, ni corto ni perezoso, puso una mano sobre cada uno y les cogió del hombro con fuerza, obligándoles a andar.

—El respeto no está reñido con la nobleza. ¡Gramática! ¡Latín! No es hora de perder el tiempo, y el rey me dará la razón. ¡Ya lo ha hecho otras veces! ¡Vamos, con el ayo!

Unas manos femeninas cogieron la paloma muerta del suelo del pasillo. ¿Cómo era posible que dos cachorros tan jóvenes fueran a la vez tan crueles? Su señora lo sabría, confinada por voluntad propia en el otro extremo del palacio. Era una buena mujer y sería mejor madre y mejor reina, si no fuera por dos cosas: era la ilegítima. No demasiado lejos, la reina, fría y distante, pasaba sus manos heladas como el mármol sobre el señor de Castilla y hacía ficción, para no mostrar lo que era. Una mujer furiosa, una serpiente entre columnas, que estaba criando al instrumento de su venganza. Hacía bien Leonor en ser precavida frente a María de Portugal.

La joven tuvo un escalofrío. Se volvió, como con un presentimiento, y se preguntó si no estaría siendo observada por ella. La paloma muerta le dio lástima; decidió enterrarla en el patio exterior. En cuanto dio reposo al pobre animal a los pies de un macizo de rosas se dio cuenta de que no estaba sola. Entre naranjos oyó los gorjeos de un niño, mientras dos más reían persiguiéndose alrededor de los naranjos que rodeaban los viejos palacios almohades. Varias damas de compañía tejían a mano pendientes de sus agujas, atentas a su vez de los pequeños. De espaldas a ella, a la sombra de un emparrado, vio a su señora sentada en un banco de madera. Una larga cascada de bucles oscuros caía por su espalda, sobre el hermoso brial de suave tacto ceñido a su cuerpo. El traje veraniego verde de algodón estaba adornado con encajes de plata que contrastaban con la piel morena de sus brazos. Al fijarse en el contorno que dibujaban sus mejillas dedujo que su señora estaba sonriendo. Uno de sus hombros asomaba, mostrando sus bellas formas por encima del borde descendido del brial. Sobre su regazo parecía acoger al último de sus hijos, que tomaba su pecho. Leonor giró la cabeza y le sonrió.

—¡Elisa!

La sirvienta se avergonzó de haber sido descubierta y se apresuró a llegar a su lado. El niño, lozano y tranquilo, crecía por días como un cachorro desafiante y lactaba con fruición el pecho materno mientras observaba a la recién llegada con sus dos ojos enormes, heredados de su madre.

—Señora, Roberto el de las llaves ha encontrado a los dos gemelos y los ha llevado a presencia de uno de los ayos. Sancho Alfonso está con el rey, atento a las indicaciones que comparte con los señores. Disculpadme, pensé que estaríais arriba, en las alcobas, no en el jardín.

El niño miró a su madre y Leonor sonrió. Elisa cogió su mano diminuta, que la criatura cerró con fuerza.

—¿Arriba, en la alcoba? No. Aquí fuera hay luz, vida y alegría —el niño dejó de mamar y eructó. Una de las damas le ofreció un pañuelo a la madre, con el que limpió la boca del pequeño y secó el pezón generoso, y se subió el borde del escote, abrochando los dos botones de plata. Los otros dos hijos se habían alejado en su persecución más allá de los naranjos hacia las murallas. Indicó a las dos mujeres que estuvieran pendientes de ellos con un gesto, dejándola a solas con su joven dama—. La reina vaga de una habitación a otra, intentando llenar con su presencia el vacío que la rodea. En estos días el rey comparte el lecho con ella. Es la reina. Es su derecho. Pero ella es fría. Él volverá a mí pronto, en cuanto salgamos de Sevilla.

Leonor, con su voz de plata, cristalina y fresca, se echó a reír, levantando al infante Juan Alfonso al cielo, quien gorjeó con ella. Elisa miró complacida tanto a la madre como al hijo. Leonor de Guzmán era una reina sin reino. María de Portugal era una reina sin rey. La joven advirtió de pronto un hecho singular. Tenía trece años, y llevaba seis al servicio de la corte de la Guzmán, y lo había percibido en otras ocasiones. Movida por la curiosidad acercó la mano al vientre de su señora. Leonor no dejó de sonreír, abrazando a su hijo y besándolo en el rostro tierno, la frente despejada, la piel sin mancha.

—Señora, ¿estáis…?

—Sí, Elisa —por eso estaba radiante, comprendió la joven—. Por eso no quiero ver a la reina. Yo soy fuego; ella, hielo. ¿Y qué hacías allá, de cuclillas junto a las rosas?

—Enterraba a la última víctima de los infantes, señora, por lástima y no dejarla al alcance de los gatos.

—Juegan a ser hombres, Elisa. Son fuertes y vigorosos como su padre, y pronto estarán con él y su otro hermano, luchando. Es el sino de los hombres, pelear y luchar, y el sino de las madres es despedirse de ellos.

Elisa apreció su vigor y el brillo de sus pupilas, y se preguntó qué gran capitán habría sido su señora de haber nacido hombre.

—También es sino de las mujeres dar hijos a los hombres, y tú ya estás en edad casadera. Eres hermosa, Elisa. ¿No palpita tu corazón por ningún caballero, por ningún infante?

La joven enrojeció, tiñendo de rubí sus mejillas de piel dorada. Llevaba recogido su pelo castaño con una aguja de hueso, y el vestido ocre resaltaba sus pechos crecidos.

—Me habéis contado tantas veces historias de amores caballerescos, que temo no encontrar algo así.

—¡Ah, pero yo lo encontré! Y aquí estoy, rodeada de vástagos. Sí, ese amor de los libros existe.

—Sois de una familia poderosa. Yo solo soy una humilde sirvienta que no tiene a nadie, salvo a mi vieja tía.

—Elisa, tienes tu juventud y tu belleza aún no marchita, y seguro que más de un joven suspira por ti. —Una figura masculina irrumpió en los jardines. Sus facciones eran fuertes y sin embargo semejantes a las de ella. Era uno de los caballeros del rey. Su presencia imponía respeto, armado de espada colgada del talabarte y con la larga capa blanca adornada con su cruz gules de la Orden de Santiago ondeando a su paso a pesar del calor del verano. El crío volvió la cara hacia él, intrigado, y los dos infantes interrumpieron su juego para correr hacia el visitante. A Leonor se le iluminó el rostro—. ¡Hermano!

—¡Tío Alonso! ¡Tío Alonso!

Alonso Méndez de Guzmán se agachó y levantó a sus dos sobrinos en sus brazos, entre risas y voces.

—¡Qué fuertes estáis! Pronto os enseñaré a manejar la espada y el escudo y a montar a caballo, y me seguiréis junto a vuestros hermanos al sur, a pelear contra el infiel. ¡Qué hermosa estás, Leonor! Y el pequeño es fuerte y sano, como su madre, como su padre.

Elisa se apartó de su señora, inclinándose, pero Leonor le cogió del brazo con su mano perfumada y menuda.

—No te vayas. ¿Verdad, Alonso, que mi dama es hermosa? Está en la flor de la vida, ¿no merecería algún requiebro?

—¡Señora! —bajó los ojos al suelo incapaz de levantarlos por vergüenza. El maestre de Santiago era cautivador, con la misma belleza que su hermana pero masculina. Tomaba y yacía con quien quería, y se decía que cuando cantaba era como lanzar un hechizo al corazón de las mujeres. Se sintió incómoda y desnudada por la mirada directa del caballero.

—A fe mía que está en sazón, y que muchos suspirarían por ella.

—Se llama Elisa. No, no te resistas. A mi cargo estás; buscaré tu bien y alguien que te convierta en mujer y madre.

—No sé qué decir. Señora, si me dais licencia… —deseaba retirarse pero para su sorpresa el caballero dejó a sus sobrinos en el suelo, tomó su mano y se la besó. Su corazón palpitó descontrolado. Sofocada, con una torpe reverencia se retiró del patio, aún temblando.

—Una criatura deliciosa —convino el maestre—, pero no vengo por nada. El rey quiere verte.

—Vamos entonces. ¡Hijos, no atormentéis a las damas! —entregó al niño a una de sus ayas, quien lo tomó cariñosa para que no llorase por separarse de su madre.

—Mi señor y rey, aquí está, como has ordenado —dijo el maestre de Santiago entrando los dos al Patio del Caracol, al sur de las dependencias almohades. El rey dejó los mapas sobre la mesa, disculpó a los caballeros de Calatrava y Alcántara que debatían con él y tomó a su amante de la mano, besándosela.

—Necesito tu consejo. Me gustaría dar caza al venado, en los bosques del Guadaña. Acompáñame y hablaremos de lo que espero conseguir.

—Con gusto, mi señor —mandó un criado a avisar a las damas—. También yo deseo hablaros.

La pareja, escoltada por Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, se retiró para preparar la partida. Pasarían el día en curso y el siguiente fuera de Sevilla.

—Su belleza sobrecoge. ¿Cómo lo hará para que con cada parto se prolongue su hermosura sin tacha? ¿No dicen que es una gran amazona, diestra con el arco y las flechas? —comentó un noble en un corrillo tras la salida del rey.

—El rey come de su mano, y nuestros consejos, antes de decidir nada, pasan por ella. ¡Como si ella entendiera del arte de la guerra! —exclamó un calatravo—. Será la elegida del rey, pero sigue siendo mujer. ¡Que se quede en casa, tejiendo paños y bordados y dejando los asuntos graves a los hombres!

—Ella tiene más vigor que muchos peones, y del arte de la guerra solo sabe una cosa: que es costosa y requiere dineros. Y ella, por gracia del rey, no desmerece estar entre nosotros. Sus haciendas cruzan todo el reino. A fe mía, que lo mejor de Castilla está en sus manos —intervino otro noble después de que el maestre de Santiago se hubiera alejado en conversación al otro extremo de la sala.

—A eso me refiero —murmuró por lo bajo el noble discrepante, cuidando que el maestre de Santiago no le oyera—. Ya sería demasiado para un solo hombre, así que más aún en manos de una mujer. Su familia es grande en Sevilla, sí; pero en Castilla solo ha conseguido terrenos y solares por sus amoríos de alcoba. ¡Que se quede en el Guadalquivir! Algún día tendrá que saldar cuentas; y el rey no vivirá para siempre.

—¡Insensato! Guarda tus palabras y no envenenes mi mente, o serás tú el que pronto tendrá castigo. Eres un osado. ¿Tu señor, el infante don Juan Manuel, es que no mide sus palabras?

Don Juan Manuel, señor de Villena y Peñafiel, era nieto de Fernando Tercero el Santo y tío abuelo del rey Alfonso, y clamaba por su sangre real, defendiendo su derecho a la corona para él y su descendencia. Todos le trataban con respeto, por la riqueza de su señorío y la fuerza y empuje de sus más de mil caballeros a su servicio, y a pesar de declararse leal al rey aún buscaba hacer prevalecer sus pretensiones frente al infante Pedro, el único hijo de la reina María y aún en minoría.

En ese momento el infante Sancho Alfonso entró con su escolta. Era el hijo vivo mayor de Leonor y el rey. Alto, pálido, de anchos hombros y hechuras de hombre a pesar de su mala salud y su mudez, su caballero habló por él ante los que allí se congregaban.

—Ha llegado un puñado más de hombres procedentes de Niebla.

—Entonces estaremos prestos. En cuanto celebremos consejo partiremos hacia Algeciras —opinó Alonso Méndez de Guzmán.

—Y mientras, el rey, de cacería —murmuró por última vez el noble insolente, dando varios codazos a su compañero—. Dime, ¿quién gobierna a quién? ¿Quién gobierna Castilla, las espadas o las manos perfumadas?

—El rey ha partido, ¡otra vez sin mí! —exclamó María de Portugal en cuanto una sirvienta le puso en conocimiento de su salida real en busca de caza. El ayo del heredero del rey no respondió, concentrado como estaba en adiestrar a su sobrino en el manejo de la espada.

—Arriba, arriba, abajo; al lateral. ¡Los pies, Pedro! ¡Los pies!

—Me duelen, tío.

—Entonces esfuérzate más. Ignóralos. ¿Quieres ser más débil que los demás? ¿Quieres que los otros te maten?

—No, tío —y tropezó, estando a punto de caer. Su madre despidió a la sirvienta, y pensativa se tocó las dos cocas que recogían su cabello. Dos damas de compañía

tocaban el laúd en las estancias de techo alto adyacentes al palacio del crucero[1]. Por un instante Pedro miró hacia ella y sintió que la amargura de su madre también le llenaba a él—. ¿Por qué mi padre es así, tío? ¿Por qué no quiere a mi madre? ¿Soy yo la causa? ¿Son mis piernas débiles?

Juan Alfonso de Alburquerque se detuvo. La reina giró la cabeza e invitó a su hijo a acercársele. Era hermosa, y en sus ojos claros aún se reflejaba su herencia atlántica.

—Odio a padre. Le odio, por despreciarte, madre.

Su tío le miró con alarma. Su madre tomó su cara entre sus manos finas y pálidas.

—Ven, Pedro —le dijo, besándolo en la mejilla. El infante respiró su aroma a rosas y almizcle—. Tienes los rasgos de tu abuelo, el rey Dionis de Portugal, que en gloria esté; sus pómulos, su barbilla. Tu padre no siempre fue así. Cuando me casé con él, yo tenía quince años y era fogoso y amante, de cuerpo hermoso y vivo carácter. Pero la culpa no es suya. Es de esa mujer, de ese trasunto de arpía que lo tiene hechizado. Sé que tu padre aún me quiere, lo sé; es culpa de esa sevillana que lo olvide y no lo vea. Es ella la que manda y decide por él, la que me tiene aquí recluida.

—Pero eres la reina, madre, una igual al rey. Tu sitio es a su lado, sea en paz o en guerra.

—Leonor es de familia poderosa en Sevilla y sus parientes están bien asentados. Su abuelo fue alcaide mayor de la ciudad, otorgador de justicia en nombre del adelantado, y por parte materna enlaza con los poderosos Ponce de León. Su propia riqueza, regalía del rey, la sitúa por encima de muchos nobles. Y tu padre la prefiere a ella.

—Pero eso no está bien. ¡Es ir en contra de Dios! Tú eres más hermosa; tú sí tienes hechuras de reina.

María de Portugal abrazó a su hijo.

—Algún día tú y yo recuperaremos lo que nos pertenece: tú, el reino; yo, al rey. Pero los bastardos son muchos. Oculta tus odios; que se crean seguros y que no desconfíen. Trátales cortésmente, aunque tu intención sea clavarles un puñal por la espalda. Tu momento llegará, porque no pueden negar la verdad. ¡Tú eres el único heredero legítimo! Y por eso debes perseverar, y por eso tu ayo te exige tanto, incluso más de lo ordinario y a pesar de tu flaqueza. Pero tú no me defraudarás, ¿verdad que no?

—Claro que no, madre. ¡Pídeme lo que quieras!

—Aún no, pero lo haré, hijo. Lo haré.

Las damas de compañía eran de su confianza. La reina sabía que todo cuanto dijera no saldría de entre aquellos muros. No soportaba la idea de compartir el palacio con aquella advenediza, y para asegurarse de que no tropezaba con ella enviaba siempre por delante a una de sus doncellas con el cometido de que sus caminos no se cruzasen nunca.

La dama de mayor edad se asomó por la ventana, atenta al piso inferior.

—¡Niña presumida! —exclamó la mujer de mediana edad con ánimo recriminatorio.

—¿De quién se trata, Eva?

—De esa joven que se pavonea delante de los infantes, agitando sus caderas como una pava en celo en cuanto tiene ocasión —se quejó Eva con desprecio envidiando la piel tersa de la joven—. De Elisa. Está cerca de la Guzmán siempre que puede, quizá deseando que el mudo o alguno de los gemelos la desfloren. ¡Ejemplo tiene en quien fijarse, para medrar en la corte!

La reina miró junto a su dama.

—Esa joven… quizá sepa más de lo que su juventud manifiesta. Dile que suba, Eva. Leonor está fuera. No podrá negarse, y a nadie podrá recurrir para evitarme.

—Sí, señora.

El ayo detuvo su espada. Juan Alfonso de Alburquerque se volvió para hablarle a la reina.

—Quieto, Pedro. Disculpa que me entrometa, prima, pero ten cuidado, porque igual que puede saber más que nadie, también llevará a ella tus palabras. Y a ella es a quien escucha el rey.

—¡No me lo recuerdes! Pero quiero saber cuan fuerte es su lealtad. Sí, eso es. Quizás una tentación pueda turbarla. Las voluntades pueden torcerse. Las voluntades pueden comprarse. Sí, Leonor confía en ella y no sospechará —la reina acarició la idea con agrado—. Y si la acompañara en sus viajes, yo obtendría novedades de primera mano.

—¿Serás cruel con ella?

—No es crueldad, sino supervivencia. Estáte atento, Pedro.

Elisa tembló cuando la dama la detuvo en su deambular por el patio. Se sentía muy dichosa por haber adivinado antes que nadie la buena nueva del embarazo de la amante del rey, y se preguntó si eso no se debería a su recién adquirida condición de mujer. Sangraba como mujer, los pechos crecían y atraían la vista de jóvenes y mayores. De la alegría cayó en un profundo temor, al ver la silueta de la reina helada, como la llamaban los pajes, junto a uno de los ventanales del piso superior.

—¿Pero, y qué desea de mí? —preguntó la joven a la dama ceñuda, quien no ocultaba su desprecio.

—Es su orden y deseo. ¿Incumplirás su petición?

Elisa deseaba jugar con el niño Juan Alfonso, pero temía la ira terrible de la hija del rey de Portugal, y ningún sirviente osaba contradecirla. Se inclinó en sometimiento y siguió a la dama al piso superior.

El infante don Pedro estaba junto a su madre y al duque de Alburquerque. La reina cogía de la mano a su hijo, quien la taladró con la mirada. Elisa tembló; nada le apetecía menos que ser obligada a compartir lecho a la fuerza con aquel joven impredecible. Ocultó su aprehensión y se inclinó graciosamente ante la reina.

—Elisa, mi señora —dijo Eva.

—Ah, sí, Elisa, ¡cuánto has crecido! ¿Tenías una tía, no es cierto? Vivía cerca de la iglesia de Santa María.

—Sí, señora.

—Y qué alta estás y qué hermosa. Es mi deseo que, en premio a tu lealtad a esta corte, entres directamente a mi servicio —Elisa inclinó la cabeza asombrada, sin saber cómo responder o negarse—. Hago un gran honor contigo y eso que no tendré en cuenta que has dedicado parte de tu tiempo a loar a la persona equivocada.

—Habría que escarmentarla, para que aprenda de su error —opinó el infante con odio.

—¿Escarmentarla? Sí, tal vez —dijo la reina, levantándose de su silla de alto respaldo y rodeando a la joven. Elisa mantenía los ojos fijos en el terrazo—. Por serle fiel a una víbora, a una adúltera, a una ramera. ¿Has oído sus palabras, has reído sus ocurrencias? ¿Has cuidado de sus hijos? Traición de estado sería, si no fuera por una cosa: le has sido fiel. Ah, la fidelidad, qué valor tiene la palabra si no se acompaña con hechos.

Con el dedo índice le hizo levantar la barbilla. Elisa no negó nada. Sus labios temblaban. Dos gruesas lágrimas surcaron su rostro. La mirada de la reina era fría y distante, y sus ojos glaucos examinaron con envidia su rostro, su piel, su tersura.

—¿Tiemblas? ¿Acaso tienes algo que reprocharte?

—Solo soy una sirvienta, señora.

—Aún recuerdo a tu tía, vino a mí después de quedarse casi ciega como costurera del palacio. El rey le otorgó una pensión y te trajo a la corte, y a lo que parece tú ya has elegido a quién servir. Tú eres del pueblo. ¿Es eso lo que opina Sevilla? ¿Que ella es mejor que yo?

—Señora…

—¡No hables! —se separó de ella, moviéndose hacia el ventanal. El infante rodeó a la joven, oliendo su cuello sin tocarla—. Jóvenes como tú hay muchas, intentando medrar en la corte. ¿No oyes los rumores? Que si a aquella la azoté, que si a la otra la hice cegar, que si a esta la desfiguré…

Se volvió. El infante don Pedro intervino.

—Quizá veinte latigazos o echarla a los perros, que destrocen sus ropas, que vague desnuda por los campos, en su busca de su honra perdida, ese sería un buen castigo.

Elisa no quiso mirar los ojos del infante.

—Fidelidad y lealtad. Es lo que te pido y me lo darás. A tu tía se le rompería el corazón si se enterara de tu triste fortuna, o si uno de mis soldados se lo arrancase, viva.

—Fidelidad y lealtad, señora —asintió, Elisa sollozaba—, pero por favor no hagáis mal a mi tía.

El duque permaneció en silencio, pasmado. La reina sonrió, victoriosa.

—Ve, sigue con tus quehaceres, y recuerda a quién sirves ahora —y la despidió con un gesto. Elisa escapó corriendo de allí, horrorizada por las palabras que se había obligado a pronunciar. Se sentía oprimida por el peso de la traición—. ¿Ves, primo? Ha sido muy fácil.

—¿Se lo dirá? —preguntó el infante Pedro.

—No —respondió la reina María—, porque si Leonor se enterara, Elisa no vería un nuevo día.

Los preparativos para marchar contra Algeciras se aceleraron todo cuanto se pudo. En un trasiego incesante el rey iba y volvía desde Sevilla a Jerez, y de allí a Tarifa, desde donde embarcado reconoció desde el mar las defensas de la ciudad meriní. Admiró las murallas que protegían las dos partes en que estaba dividida la ciudad y sus campos fértiles. Regresó a Sevilla, reconociendo por el camino vados y arroyos y una vez construidos puentes de paso sobre los ríos Guadalete y Barbate, dejó a su hijo Pedro y su ayo pendientes de la llegada de los refuerzos del resto de los nobles y ricos hombres de Castilla y sin esperar a nadie más hizo que su ejército, formado por los hombres que pudo reunir a toda prisa desde los concejos de Jaén, Córdoba, Sevilla, Niebla y Carmona, se dirigiera al sur a luchar contra el infiel por la cristiandad.

El maestre de Santiago detuvo la marcha a una señal del rey. Sobre el caballo, Alfonso Onceno de Castilla contempló desde un otero la ciudad de Algeciras, puerta de entrada de las tropas africanas.

—Aquí, Alonso. —La ciudad se veía bien protegida, emplazadas sus dos mitades sobre ambas orillas del Río de la Miel y de cara al mar. El sol se reflejaba en las aguas de la bahía. Una bruma ocultaba el continente africano. La brisa mecía los pendones negros del Islam con fuerza y llevaba hasta la vanguardia castellana las voces de los almuédanos—. Acamparemos aquí. Ruego a Dios que nos dé la victoria. ¡Castellanos! ¡Recordad este día, porque no nos moveremos hasta que esa ciudad sea nuestra!