El señor de Castilla
Capítulo 4
UN REINO DESGARRADO
Dejaron atrás la villa de casas bajas arracimadas junto a las torres y la algarabía de un puñado de chiquillos descalzos que les siguió por un trecho, y siguieron el camino que les conducía al oeste entre campos de trigo, vides y olivos. De tanto en tanto se distinguían quiñones enteros de tierras plantadas de garbanzos y largas franjas cubiertas de las flores de pétalos rosáceos del azafrán.
Pero Gil se había despedido de su padre antes del alba. Su padre, Payo Gil, tercer señor de las Torres Oscuras, había defendido su tierra de las correrías de los musulmanes y había guerreado para Fernando Cuarto, el padre del rey, participando
en la toma de Alcaudete[2]. Allí estaba, en su tumba, frío y quieto. Pasó la mano por la lápida, recorriendo su nombre rugoso grabado en la arenisca, dentro del camposanto de la ermita. Haría que se sintiera orgulloso de su nombre, había pensado antes de la misa de despedida.
—¡Una gran batalla, Hernando! Nos vendrá bien. Tierras, oro y poder es lo que diferencia a un hombre de otro en esta tierra de frontera. Podremos comprar más caballos, asentar hombres y asediar los límites nazaríes en busca de botín.
Hernando, que antes había sido capitán con su padre, tenía cuarenta y ocho años, diecinueve más que su señor. Asintió, pero con reticencia.
—No será fácil ganar. Tarifa, Algeciras y Gibraltar, los puertos del Estrecho, han sido objeto de disputa entre musulmanes y castellanos desde que yo nací. En el treinta y tres ganaron ellos Gibraltar. Hace dos años les arrancamos Tarifa. Son los meriníes los que han dado fuerza a los nazaríes; sin ellos no resistirían. No es la primera batalla por esas ciudades.
—Pero el rey querrá que sea la última. Y si ganamos, obtendremos mucho más que prestigio. Serán la llave hasta Granada. Desde lo alto de nuestra torre ochavada veo todos los días la sierra en el horizonte, y más allá dicen que los campos son fértiles y exuberantes y las ciudades riquísimas, llenas de mercancías del Oriente, y me pregunto si será esta la época en que obtengamos la victoria, Hernando. ¡Y si ha de llegar ese momento, quiero estar ahí!
Las murallas de Úbeda estaban a la vista. Los campesinos levantaban los ojos de la tierra y se apoyaban en el arado, resoplando entre moscas, para contemplar el paso de la hueste armada, preguntándose cuál sería su cometido. Los hombres de Gil llegaron a una encrucijada, que marcaba dos rumbos distintos, y él siguió adelante. Hernando continuó junto a su señor después de un momento de duda y con él, el resto de la tropa.
—¿No nos unimos a los ricos hombres y nobles de Úbeda?
—No, Hernando. Nos debemos a su concejo, pero también sabes por qué no uniré mis hombres a los suyos. Llegaremos a Mengíbar antes que ellos. Que comparen nuestra presteza con su tardanza. Que no digan que no fuimos rápidos en responder a la llamada del rey.
—Dicen de los meriníes que sus tiendas están cubiertas de seda y oro —murmuró uno de los soldados a otro—, y sus muebles son de maderas nobles, y pisan sobre alfombras rodeados de esclavos y mujeres. Cuando va a la guerra, en su gran tienda el sultán oculta cofres llenos de gemas que siempre lleva consigo para recompensar a sus emires.
—¿Es cierto todo eso?
Un tercero desdeñó sus palabras.
—Antes, habrá que vencerles. El sultán de Granada acudirá al auxilio de los meriníes con sus soldados y sus jinetes. ¡Aún no habéis dado ni una cuchillada y ya os estáis repartiendo sus riquezas! Una buena mesada, comida, vino y mujeres, no pido más.
Les extrañó a los ubetenses la llegada vista y no vista de la tropa armada de Gil. Los curiosos y los comerciantes cuchichearon desde los pies de la muralla, gastada por el tiempo. Un joven corrió en busca de los alguaciles para avisar al concejo y al alcaide, y los hombres del campo apartaron carros y animales del camino. La enseña de Pero Gil pasó por delante de la Puerta del Losal y algunos labriegos apoyaron su azada en el suelo antes de hablar.
—¿Creéis que huirán al verlos?
—¿Los árabes, o ellos? —se mofó otro.
El señor de las Torres frenó a su caballo y habló a Hernando un momento antes de seguir avanzando.
El capitán se dirigió a los curiosos.
—Decidles a vuestros amos y señores que no se duerman, no sea que otros se les adelanten. Y tomad, para que al menos puedan comprar los servicios de un hombre, ya que entre sus murallas parece que escasean. —Y lanzó dos monedas, dos cornados de vellón, al gentío junto a la puerta.
—¡Espera! ¡Espera! —gritó el joven de regreso, abriéndose paso entre la multitud —. ¡El alcaide desea que entréis y os unáis a los hombres que enviará el concejo de la villa, que aún se están avituallando, por orden de don Pedro Fernández de Castro, adelantado de la frontera! ¿Qué he de decirle como respuesta?
—Solo esto: que no lleguen tarde a Sevilla. —Y Hernando espoleó su montura hasta ponerse a la par de sus hombres.
Para Bernardo, apartado de la esclavitud de la labranza pero sometido a la incertidumbre de la frontera, su pequeño mundo desaparecía a su espalda, su pueblo, su madre y doce años de su vida quedaban atrás en busca de su padre. Desde el pescante del carro de vituallas dijo adiós a las murallas de Úbeda, el límite del mundo que conocía.
Antes de la noche habían alcanzado Baeza, donde fueron recibidos con reconocimiento de su enseña dentro de las murallas, donde las tres cruces de oro y los tres escudetes con bandas azules rodeados de ocho aspas le identificaban como el heredero del conquistador de la ciudad. El concejo ya había preparado a los caballeros e infantes que prestarían servicio al rey, y le invitaron a quedarse y unirse a ellos en espera del adelantado.
—¿Cuánto tardará?
—Quizás uno, dos, tres días, no más.
—Repondremos el agua y continuaremos el camino. Agradezco vuestra acogida pero no nos retrasaremos ni una noche.
—¿Pero por qué? —le preguntaron los hombres del concejo de la villa, sorprendidos por su prisa. Gil, de pie frente a ellos mientras un siervo les llenaba copas de vino, les miró con cierto desdén.
—¿Estamos en paz o en guerra? —Un leve murmullo se extendió por la sala del concejo. Gil insistió, dirigiéndose directamente al alcaide. Los ricos hombres se miraron incómodos—. ¿En paz, o en guerra?
—En guerra —concluyó el alcaide con recelo.
—Entonces ya tenéis nuestra respuesta. ¿Si el sultán de Granada se cerniera sobre vuestras tierras, querríais que nuestro rey y su ejército llegaran tarde, o pronto? Seguiremos nuestro camino hacia el lugar de reunión, Dios mediante.
Pero un sargento de Baeza no quiso quedarse a la zaga y decidió compartir su suerte con los tórrenos, instando a sus señores a seguir su ejemplo, que aceptaron al final dar su consentimiento.
—Me llamo Fernán. Seremos sesenta hombres. ¡Las migajas son para los últimos invitados!
—¡Todos los brazos fuertes serán bien recibidos, Fernán!
Acamparon de noche junto al camino hacia Jaén, entre almendros, encinas y trigales. Establecieron guardias para vigilar las provisiones y carromatos. Uno de los carreteros baezanos se sentó próximo al carro de Bernardo. Vació un pellejo de vino antes de engullir con ansia un trozo de hogaza con queso y media tripa de chorizo. Bernardo le observaba ensimismado. A juzgar por su volumen y corpulencia era un hombre que disfrutaba de la comida, y su barriga de tonel subía y bajaba con su risa mostrando sus dientes amarillos. Resoplaba como un fuelle, le gustaba hablar y el vino soltaba su lengua.
—Así que sirves a Gil. ¿Estás seguro de servir al bando ganador?
—No te entiendo, sirvo a mi señor y este al rey.
—¡Ah, sí, al rey! Al rey Alfonso, de libido incontenible y miembro conquistador —el carretero vibró con su risa extraña—. Me llamo Miguel.
—Yo, Bernardo,
—No me refiero a ese rey, joven. Los hombres no viven para siempre. Eres joven y los jóvenes siempre están en las nubes, pensando en las musarañas y sin ver a dos palmos de su frente. Imagínate que Alfonso Onceno no sobreviviera al cerco de Algeciras. ¿Qué pasaría?
—Le sucedería su hijo. Sería el nuevo rey.
El carretero rió de nuevo y le dio al escudero un pescozón afectuoso, que Bernardo no recibió con agrado.
—¡Ah! ¿Qué hijo? ¿El de la reina María de Portugal, el infante de piernas débiles y rótulas que castañetean a cada paso? ¿O el hijo preferido de la favorita, la sevillana más hermosa de la faz de la tierra, tratada por el rey como su reina y elevada al trono de los Reales Alcázares? ¡Qué hembra tan hermosa y fecunda! ¡Quisiera Dios que todas las mujeres de Sevilla fueran como ella!
Bernardo había escuchado su nombre. Sabía de las disensiones del reino; sabía que Úbeda y Baeza hablaban con la voz de la amante del rey. Por eso su señor estaba enfrentado con sus nobles. Y la favorita del rey no era desconocida en la frontera.
—Leonor de Guzmán, te refieres.
—¡La misma que viste y calza! La reina María azuza a los curas y arzobispos por medio del ayo del rey, su primo portugués Juan Alfonso de Alburquerque, para que condenen a la Guzmán, pero es una lucha desigual porque todos temen al rey, y mientras ella languidece y vaga por los Reales Alcázares de Sevilla como una sombra fría y vengativa, la favorita comparte la tienda con el pendón morado de Castilla, siguiendo a Alfonso de un sitio a otro, sin separarse de él. ¿Que quiere uno una audiencia o un favor real, el desenlace de un juicio, el quebranto de una condena, un préstamo de las arcas reales? Acude entonces a la Guzmán, eso dicen los mentideros, enriquécela, y ella susurrará al rey entre amoríos, y este cumplirá promesa como un perro en celo y sumiso. Así que, ¿quién creerás que heredará la corona de Castilla?
—Aun así, mi señor sirve al rey y al infante don Pedro, el legítimo —Bernardo aceptó un trozo del queso del carretero—, ¿y qué te importa a ti, a quién yo sirva o deje de servir? Los de Úbeda pretendieron demorarnos, o eso pienso yo, porque apoyan a los ilegítimos, pero mi señor no picó. Y en Baeza tampoco entendieron su celo, y mi señor quiere ganar méritos ante el rey.
Miguel el carretero eructó groseramente antes de limpiarse la boca con el dorso de la mano y recostarse en el suelo sobre su manta, tapándose con un lado. Los días eran calurosos, pero las noches refrescaban.
—Le defiendes vehementemente. Te vendrá bien viajar hasta Algeciras, allí los verás a todos, a las tropas del rey y a los apoyos de Leonor de Guzmán.
—Le defiendo, porque a él me debo.
El escudero se tumbó y miró a las estrellas, donde el sendero lechoso dividía el cielo en dos. Se preguntó cómo encontraría a su padre, si le reconocería de algún modo. Recordaba de él un calor, el roce áspero de su piel, su voz fuerte, su seguridad. Y tuvo inquietud al pensar qué sentiría si lo encontrara, vivo o muerto. ¿Dolor, rabia, alivio? El mundo inmenso le esperaba más allá, en la lejanía del camino, en Córdoba, en Sevilla.
—¿Cómo sabes tanto, Miguel?
—He viajado mucho, he enviudado dos veces y tengo algún bastardo que otro por el mundo, ¡igual que los reyes! Sé de qué pie cojean los alcaides: del señor que les ofrezca oro. Y el oro ciega, Bernardo. ¡Duerme!
Los fuegos se consumían con la noche. Bernardo se revolvía el pelo de azabache mientras miraba la noche estrellada pensando qué encontraría en Sevilla: castillos, gente y bullicio; tabernas, lupanares y gentes de bien y de mal; caballeros, siervos y damas; espadas, sangre, vida y muerte. Bajó la mano derecha a la daga que nunca le abandonaba, y se hizo el dormido al oír pasos entre los jaramagos resecos. Era Hernando, que había conversado aparte con Fernán el baezano. Se paró un momento junto a él y luego pasó de largo. Bernardo respiró aliviado y durmió profundamente.
Unos puntapiés le despertaron bruscamente al rayar el alba.
—¡Agua, y rápido! —le espetó Hernando—. Por allí hay un arroyo. Como no tienes sueño, haz algo de provecho. Los animales están sedientos. ¡Corre, gandul! ¡Te voy a espabilar de tu vida relajada! ¿No querías ver mundo? Ya lo estás viendo.
Bernardo se puso las botas como pudo, tomó los dos baldes de madera soportando aún las palabras del capitán y descendió por la pendiente. En cuanto le perdió de vista vació la vejiga y las entrañas. Se dolía del costado y no entendía el ensañamiento del capitán. Suspiró; poco más podía hacer sino obedecer. Escuchó la risa de Miguel, quizá refiriéndose a él.
En Mengíbar se unieron a otros señores, procedentes de Jaén y Alcaudete. Llegaron noticias del adelantado, ordenando que no partieran hasta que el resto de las tropas se concentraran con ellos. Los hombres de Úbeda les miraron con frialdad a su llegada, dos días más tarde. Gil no hizo caso de sus miradas y se mantuvo firme y orgulloso. Tras ellos llegaron los caballeros de la orden de Calatrava de la fortaleza de Sabiote.
—¿Ves? —dijo Miguel al escudero—. Todos sirven al mismo señor, pero ahí están, no ocultan por cuál partido se decantan. Mira, los santiaguistas.
Un grupo de jinetes pasó cerca de los carros, con la cruz roja de Santiago estampada en el estandarte y sobrevesta y capa blanca. Pasaron orgullosos entre el resto de los señores.
—Son los favoritos del rey. Su maestre es Alonso Méndez de Guzmán, hermano de Leonor de Guzmán. Apoyarán al rey, pero si tienen que elegir, defenderán el flanco de Enrique de Trastámara en vez del de don Pedro.
—Esos los conozco, son los calatravos de Alcaudete, como los de Sabiote.
—¡Ja! Esos no obedecen a nadie, solo a su maestre. Pero tienen muchos caballeros. Esto promete, Bernardo. ¿No has oído hablar de las órdenes caballerescas, su búsqueda de la virtud, su lucha por la cristiandad? Qué gran espectáculo, ¡abre bien los ojos!
Bernardo lo miraba todo boquiabierto. Frente a los caballeros de blanco de las órdenes militares estaban los nobles y ricos hombres, armados unos con jubones de cuero cubiertos con sobrevestas, otros con hombreras, guardabrazos, codales y guanteletes relucientes sobre cotas ligeras, sin los yelmos de cubo, que se vislumbraban en las carretas a buen recaudo hasta el momento de guerrear. Los caballos de guerra eran bestias magníficas, enjaezadas y con un respirar furioso a través de los ollares. Los señores, con sus estandartes, se saludaban y se reconocían entre sí, abrazándose e interesándose por sus aliados y enemigos. Gil aceptó finalmente el saludo gélido de los ubetenses e intercambió con ellos algunas palabras formales y frías, que sin embargo ayudaron a relajar un poco la tensión. La reunión armada llenaba el aire de vibrantes emociones por las expectativas del encuentro contra el infiel y por la llamada a la guerra santa que proclamaban los freires.
—¡Qué gran ejército! —exclamó Bernardo sin poder contenerse. Sí, era un escudero, ¿cómo podría él llegar a caballero, y lucir los cascos cerrados, los guanteletes metálicos y poderosos, y esas espadas vigorosas?
—¿Ejército? —rio Miguel—. Esto solo es una fracción de lo que veremos en Sevilla. Allí, ¡allí verás cuan grande es Castilla!
Al fin la hueste armada se puso en marcha hacia Córdoba siguiendo el curso de la vieja vía romana que llevaba hasta Écija y Sevilla. Entre los vítores de los habitantes de la villa, las campanas les despidieron y Bernardo se hinchó del mismo orgullo que inflamaba los corazones de caballeros e infantes. Eran cientos de hombres, seguidos por sus carros de intendencia y provisiones que recorrían pacientemente milla tras milla el largo camino bordeando el río Guadalquivir. En dos ocasiones vieron jinetes desconocidos en la distancia, oteando el contingente armado desde las lomas al sur del río. Bernardo torció la cabeza desde el pescante; el paso de la hueste levantaba una nube de polvo en el aire limpio y ardiente del verano, por encima de cañizos, trigales y olivos, visible a muchos ojos.
—Nos han visto —dijo el joven.
—¡Claro! Para no vernos tendrían que ser ciegos. ¡Ahora correrán en busca del sultán! —exclamó Miguel—. Pero no te preocupes, cuantos más seamos menos se atreverán a atacarnos.
—¿Qué crees que pasará, señor? —preguntó Hernando, erguido sobre los estribos y con una mano sobre los ojos atento a la figura diminuta que desaparecía en la distancia, rumbo al sur.
—No nos atacarán —contestó Gil—. Si los nazaríes debilitan su ejército enfrentándose con nosotros, mayores serán las posibilidades de que el rey tome Algeciras, y si cae la ciudad los meriníes no podrán desembarcar en su puerto, el más próximo a su tierra a este lado del Estrecho. Y luego Gibraltar será nuestra, cristiana otra vez. Sin los meriníes no podrá mantener las fronteras de su reino.
—Pero podrían decidir atacarnos de todas formas, ahora que estamos en camino, acabar con nosotros y correr luego en ayuda de los meriníes de Algeciras.
—No, no lo harán, porque también temen a los meriníes. Si los nazaríes perdieran demasiados hombres podría ser una tentación para el sultán meriní decidir romper su alianza con Granada. Pero no la romperá mientras no tenga hombres suficientes y no los tendrá si el Estrecho cae en manos cristianas —Gil sonrió—. Si Granada cae o se debilita, nosotros siempre ganaremos: podremos enviar nuestros hombres a la frontera y arrancarles nuevos territorios. Su debilidad será nuestra fortaleza.
A lo largo del camino, y con la autorización del adelantado de la frontera, los soldados encargados de la intendencia confiscaban cerdos, ovejas y cabras, se apoderaban de grano y harina, atormentaban a los lugareños con sus exigencias y asustaban a las mujeres, todo en nombre de la guerra. Los frailes y sacerdotes oraban por el éxito de la expedición y aplacaban la ira del pueblo, sufridos repobladores abrumados por los recaudadores y la amenaza constante de los nazaríes. En Córdoba otra gran hueste se unió a ellos. El obispo Juan Pérez les bendijo a su paso por delante de la catedral, mientras los pobladores arrojaban jazmines, rosas y claveles a su paso, deseándoles la mayor de las fortunas. Bernardo estaba anonadado. Desafiando el sol miró a todo lo alto del minarete, y luego volvió la vista asombrado al recinto del patio lleno de naranjos. Las grandes puertas de bronce estaban llenas de inscripciones que más que escritura parecían geometrías decorativas. Las puertas principales de la vieja mezquita estaban formadas por arcos de herradura enmarcados por celosías entrelazadas y arcos polilobulados. Y no solo el enorme recinto, convertido a la fe cristiana tras la conquista por Fernando Tercero el Santo, llamaba su atención. Las mujeres eran bellísimas, con tez clara o aceitunada y melenas ensortijadas negro azabache, y sus requiebros y risas eran tentación para hombres esforzados. El adelantado se unió a ellos a la llegada de la hueste y dispuso su pronta salida de la ciudad camino de Écija.
—¿No nos detendremos? —preguntó Bernardo, con los ojos fijos en una cordobesa que hizo que su corazón brincara en su pecho. Su piel era blanca, sus ojos y sus rizos negrísimos, y sus dientes, pequeñas perlas entre labios jugosos y sensuales.
Miguel rio su ocurrencia, animando con las riendas a sus mulas a aligerar el paso.
—¿Pararnos? —gritó desde su pescante, para hacerse oír por encima de los saludos de la calle y de las campanas—. ¡Por San Rafael, el santo patrón, que como paremos los hombres compartirán su hombría con estas hembras varias veces, y perderán fuerza y arrojo, y también disciplina! ¡No ves, ya los capitanes increpan a los hombres a que no se detengan!
—¡Defended el nombre de Cristo! ¡Defended la cristiandad y el Señor os recompensará! ¡Que el enemigo tiemble al ver vuestras enseñas, al ver vuestras cruces! ¡El Señor defenderá al entregado, y con él a vuestro lado, nada tenéis que temer! ¡Recordad el Salado! —gritaba el obispo, mientras dos sacerdotes sacudían adelante y atrás sus incensarios para que los soldados olieran la santidad de Cristo—. ¡Recordad que dais vuestras vidas por Cristo y la Iglesia!
Cruzaron el largo puente romano y el inmenso Guadalquivir sobrecogió al escudero, al compararlo con el mismo río pero con cauce estrecho que lamía las tierras del sur del señorío donde él habitaba. La dimensión de la compañía armada había crecido con los soldados que el maestre Juan Núñez había llevado desde Lucena.
—Cabra aún permanece arrasada hasta los cimientos, y es la vigía de Lucena, que es la defensa sur de la campiña y la llave de Córdoba. ¿Cuándo se acordará el rey de nosotros y enviará los dineros y mercedes que nos tenía prometidos? Las tierras están tan pobremente labradas que apenas contribuyen a la reconstrucción de las murallas. ¡Necesitamos pobladores y soldados! —se quejó el maestre ante el adelantado.
Pedro Fernández de Castro, a caballo a su lado, le respondió con su acento del norte.
—Dependerá de la guerra en Algeciras, pero en Sevilla el rey podrá atenderos. Seguro que querrá proteger Córdoba de cualquier ataque traicionero por retaguardia por parte de los granadinos. Por lo que sé está impaciente por nuestra llegada, y espera un rápido desenlace.
—Lo dudo, adelantado —replicó el maestre—. Ciudad amurallada, años de tardanza.
Y se volvió con los hombres de su orden.
Según se aproximaban a Écija vieron pobreza, campos esquilmados por las algaradas y expediciones de saqueo, cortijadas arruinadas y hambre entre sus habitantes. Bernardo se apiadó de ellos, sabedor de las duras condiciones de la vida en la frontera. Una mala cosecha unida a una incursión enemiga podía suponer el fin de villas recién fundadas o repobladas. Algunos campesinos dejaron sus aperos para rogar por comida al pie del camino de paso de la hueste. Bernardo se fijó en una joven harapienta, con una criatura hambrienta en sus brazos.
—Los señores toman lo que quieren, cuando quieren, en guerra o en paz, ¿de qué te extrañas? —le espetó Miguel.
La joven con el niño se dio cuenta de la mirada del escudero, e intentó llamar la atención del hijo de la cocinera levantando la mano hacia él más allá de la fila de soldados.
—¡Pan! ¡Dame pan! ¿Quién alimentará a mi hijo? —y su mirada paralizó a Bernardo.
—¡Atrás! —le avisó un soldado.
—¿De qué te extrañas? —repitió Miguel.
—Me extraño, Miguel —susurró para sí desde el pescante—, porque ese niño podría haber sido yo.
Y se giró sobre el asiento de tabla hacia los sacos, abrió una de las puntadas con la daga y sacó media hogaza, que arrojó a la joven, quien se deshizo en agradecimiento, recogiéndola del suelo. Los soldados murmuraron. Otros campesinos también quisieron una parte, y siguieron su carreta, suplicándole. Uno de ellos llegó hasta el pescante y le tiró de la manga desgarrándosela. Los soldados disolvieron al grupo con rudeza. Un caballero se volvió hacia la retaguardia, hacia donde estaban los carreteros.
—¡Estúpido! —le soltó Miguel, moviendo la cabeza—. Tu capitán te ha visto.
Hernando había girado la cabeza y había movido una ceja, siguiendo con la vista al caballero.
—¡Cállate! —replicó Bernardo, arrepentido por su impulso, y se enfureció consigo mismo. ¿Tanto ajetreo por un mendrugo de pan?
El caballero ya había visto suficiente, y regresó donde Hernando. De pronto sonaron unas trompetas. El sol se ocultaba. El adelantado había dado orden de detenerse, en lo alto de una amplia loma que dominaba el horizonte. Transmitió las órdenes a sus señores.
Pero Gil hizo una inspección rápida de sus hombres y seleccionó un lugar sobre la loma, dándole indicaciones a Hernando.
—Acamparemos aquí. —Y giró el caballo con lentitud, atento a su tropa. Bernardo suspiró aliviado cuando pasó de largo a su lado. Pero justo cuando volvía el rostro para sonreír al carretero por su audacia vio alarma en los ojos de Miguel. Gil había vuelto a tirar de las riendas para retroceder, y con su mano enguantada golpeó de través al joven en la cara, aturdiéndole y tirándole al suelo.
—¡La próxima vez que me robes no seré tan benévolo! Quizá te falte disciplina. ¿Acaso te dio alguien permiso? A lo mejor es eso, necesitas tener más los pies en la tierra, en vez de la cabeza en las nubes. Mañana, Hernando te hará sentir como un hombre. ¡Duerme, Bernardo, Duerme!
—La has liado —bufó Miguel junto a él, una vez que el noble se hubo alejado—. Tu señor es colérico.
—Mañana será otro día —se quejó Bernardo, con el pómulo hinchado y la cabeza doliente. Anochecía y se tumbó junto a su carro. Hernando se acercó hasta él.
—El descanso no es para ti. Harás guardia toda la noche. Tu hombría empezará ahora, ¡vamos! ¡Guardia! A tu cargo dejo al escudero. ¡Que haga tu ronda!
La noche duró una eternidad, y la mañana no le trajo reposo. Se preguntó si Hernando dormiría de veras o si habría hecho un pacto con el diablo, porque varias veces a lo largo de la madrugada apareció como un espectro a comprobar que no cerraba los ojos. Al alba se afanó en ayudar a desmontar las tiendas, proporcionar agua y cepillar a las monturas y soportó las mofas de los otros hombres. Los soldados de su tropa se le acercaron y él les ignoró, mojando una y otra vez el cepillo en el balde de agua antes de repasar los flancos del caballo pardo de un sargento de armas. Un soldado le empujó con el hombro, pero no hizo caso.
—Tú eres el hijo de la cocinera, ¿verdad? Ahora aprenderás qué es vivir y qué es morir, porque esto es el ejército, no la cocina. Pero si no lo soportas, puedes irte.
Bernardo no respondió. El caballo relinchó con inquietud, ante la presencia agresiva de los hombres. El escudero raspó con fuerza la piel del animal, que se revolvió. El soldado se acercó a su oreja para susurrarle.
—Vives bien en el castillo, demasiado bien. ¿Sabes qué dicen? Que tu madre es de piernas inquietas, y más calientes que una hoja en la forja. Tu padre hizo bien en desaparecer y abandonaros, así que vete con los Guzmán, que no les importa acoger a los poco honrados.
—¡Maldito seas! —le gritó otro soldado prosiguiendo con la burla. El caballo reculó nervioso, derribando el balde de agua. Bernardo hervía de furia. Las uñas se le clavaron en el lomo de madera del cepillo—. ¡Estás molestando a mi caballo! ¿Tan inútil eres que ni siquiera sabes tratar a las bestias?
Y el sargento le empujó con intención de derribarle pero Bernardo, asustado y nervioso, barrió los ojos del hombre con las cerdas duras del cepillo en un zarpazo feroz, segando un camino sangriento en su cara. El sargento aulló de dolor.
—¡No veo! ¡Este hijo de cerda me ha dejado ciego!
Uno de los hombres desenvainó un cuchillo y Bernardo no dudó en sacar el suyo con la otra mano, pero supo de pronto que no tenía ninguna posibilidad. Cinco contra uno, esa era su probabilidad de morir en la frontera. Lo esgrimió con fuerza para hacerse hueco. Palmeó al caballo, que escapó al galope, obligando a los hombres a abrirse para dejar paso al animal.
—¡Atrás! ¡Atrás!
—Vamos —animó uno de los soldados a los demás—. Nadie mira ahora.
El sargento comprobó que conservaba la visión. Su cara chorreaba sangre por los párpados y los pómulos despellejados. Con el cuchillo en la mano se zafó de sus compañeros, apretó los dientes y se lanzó contra el joven.
—¡Ciego! ¡Te dejaré ciego!
Bernardo se preparó para recibirle, dando pasos pequeños en círculo. Sería un gesto rápido, y todo habría terminado. Qué pena. Le habría gustado conocer Sevilla.
Una figura se abrió paso a grandes voces, y con las manos enguantadas en malla repartió a diestro y siniestro, apartando a los contrincantes e intimidándoles. Hernando estaba furioso.
—¡Idiotas! ¡Nadie nadie hoy, si no lo digo yo!
—¡Estoy en mi derecho! ¡Este bastardo se ha atrevido a atacarme!
—Acata mi orden… o atácame. ¡Atácame! ¡Vamos!
Los ojos del capitán eran duros y negros. Las arterias se le marcaban en el cuello, por encima del jubón y la cota. El sargento terminó calmándose y guardó el cuchillo. Los demás se apartaron.
—Y ahora, daos prisa. ¡Rapaz! ¡Guarda tu cuchillo!
Por un instante Bernardo sostuvo la mirada del soldado herido, antes de obedecer. Se dio cuenta de repente de que el corazón parecía a punto de estallarle. Se le aflojaron las piernas, mareado. Suspiró aliviado.
—Rapaz… —comenzó Hernando, y en cuanto el joven se dirigió a mirarle el capitán le cruzó el rostro, derribándole en presencia de los otros hombres, que sonrieron satisfechos—. No tolero las peleas entre mis hombres. Si vuelvo a verte descuidar tus obligaciones te cruzaré la espalda con un látigo de esparto. ¡No lo olvides!
—No… soy… tu soldado. Sirvo a mi señor —balbuceó el joven, dolorido, sorprendido y escupiendo sangre por un labio partido.
—No, Bernardo, ahora eres mío. Coges el cuchillo como una mujer ante un conejo. Tus brazos son débiles y tu espalda estrecha. Pero haré algo al respecto.
Miguel se apiadó de él, y le llevó un trozo de tocino salado, pan y un trago de vino, que el joven agradeció, antes de recoger el balde volcado. Por lo menos no tenía ningún diente roto. Le dolía la cabeza, y necesitaba evacuar.
—¡Gracias, Miguel!
—La que te espera…
Fue antes de llegar a Écija cuando un grupo de campesinos observó a la gran compañía y preguntó por su cometido.
—Marchamos a combatir al infiel —les respondió uno de los freires de Calatrava.
—¿Al infiel? —el grupo empezó a murmurar excitado. El cabecilla volvió a hablar—. ¡Llevadnos con vosotros! En Cabra arrasaron mis tierras, y allí yace mi mujer, esperando eternamente por mí ya por nueve años, pero se olvidaron de una cosa, ¡de quitarnos la vida! ¿Dónde tengo que alistarme?
—¡Dadles comida y agua! —ordenó el adelantado.
—¿Entonces, les llevamos con nosotros? —preguntó un calatravo.
—No hay que poner trabas a un corazón generoso —sentenció Pedro Núñez de Castro, y pensó que servirían de carnaza en la primera oleada ante los árabes. Mejor ellos que los caballeros.
Bernardo estaba agotado. Recibió el rancho con agradecimiento, aun cuando la ración le pareció escasa y salada. Mordió el trozo de tocino para calmar su estómago, guarecido a la sombra de una encina del sol tormentoso del verano andaluz. Entre sus compañeros el ambiente seguía tenso. El sargento de armas llegó hasta él.
—No me gustas, pero Hernando me ha ordenado que te adiestre. ¡Engulle tu comida y levántate del suelo! ¡Rápido!
El joven apuró su escudilla con avidez.
—¡Más deprisa, por Dios! ¡Allá! —El sargento de armas escupió al suelo, y le señaló a un grupo de hombres, granjeros y campesinos. Se situó junto a un muchacho espigado y de aspecto risueño—. ¡Escuchadme, destripaterrones! Me llamo Martín y aquí mando yo. ¡Queda poco para Algeciras! Me encargaré de que sepáis manejar la espada, y el que no aprenda para entonces, ya no podrá hacerlo. ¡Poneos firmes!
—Me llamo Juan.
—Yo, Bernardo. —El sol le sofocaba. Martín siguió dándoles voces.
—¡Oídme bien ahora! ¡Coged un palo y por parejas, que yo os vea! —Se paró frente a Bernardo, y le dio un golpe repentino con su vara, que el joven pudo detener a duras penas—. ¡Moveos! ¡Quien haga sangre al otro, comerá ración doble!
—¡Dale fuerte, Juan! —le gritó un hombre orondo y pelirrojo, que a pesar de su corpulencia se movía con rapidez para evitar al otro.
—Ese es mi padre —le confió el campesino a Bernardo con una sonrisa pícara, sin dejar de vigilar su palo. Por dos veces amagó antes de atacar al escudero, quien reaccionó a su vez golpeándole en la pierna—. ¡Eh!
—Tengo hambre —le respondió Bernardo, con media sonrisa de desafío.
—Yo también —y se lanzó contra él sin dejar de sonreír.
La compañía armada alcanzó Écija y allí llegaron noticias de que en Sevilla esperaban su llegada con impaciencia. Los hombres del infante don Pedro, guiados por el ayo del rey, Juan Alfonso de Alburquerque, junto con una gran tropa castellana de ricos hombres, estaban prestos para salir al sur y unirse a la vanguardia del rey en Algeciras.
—¡Cómo gritaban y pataleaban en el agua, llamando a Alá, mientras les tirábamos flechas, pivotes, vasos y jarras, cuando hundimos sus naves cerca de la desembocadura del río Guadamecil! —explicó el emisario a su salida de la tienda del adelantado a cuantos quisieron escucharle. Bebió un largo trago de vino y mordió con fuerza la pechuga de pollo asado que le habían ofrecido—. Los de Algeciras intentaron socorrerlos enviando a su vez trece naves contra nuestra escuadra para romper nuestro cerco, pero fracasaron; dos las tomamos, cuatro las hundimos y el resto se dispersó, algunas embarrancando y otras huyendo al sur.
—No sabía que los árabes supieran hacer flotar ni una tabla en el agua — murmuró un soldado de Alcántara y todos asintieron. Bernardo aguzó el oído para no perderse la conversación.
—¡Más vino! —volvieron a llenarle la jarra al emisario, que apuró de un solo trago, chorreándole por la quijada—. ¡Pueden, pero no por mucho tiempo! Algeciras y Gibraltar son los dos últimos puertos de los africanos, y el rey se siente lleno de fuerza. Si alguno de vosotros sabe nadar será bien recibido en la armada. Las atarazanas de Sevilla son un hervidero de carpinteros y calafates, y los campos fuera de las murallas están llenos de hombres de armas, peones, ballesteros y caballeros. Los herreros forjan herraduras, clavos y afilan espadas, y los mercaderes de lino hacen el agosto, vendiendo varas y varas de tejido para el velamen.
—Yo prefiero la tierra firme, donde puedo afianzar mis pies antes de usar mi espada —opinó Hernando, buscando con la mirada al escudero de su señor, que intentó pasar desapercibido.
Un golpe de viento abrió la tienda del noble jienense, y, desde donde estaba luchando con Juan, Bernardo vio que Gil hablaba con un caballero de la Orden de Santiago, de ojos aceitunados y nariz pequeña y aristocrática. Debía de ser una persona importante, porque su señor escuchaba con atención cuanto le decía por lo bajo. Bernardo paró un golpe del astigitano y poco después el santiaguista se despidió, pasó a su lado, le miró de reojo y montó a caballo, alejándose.
—¿Quién sería ese caballero? —se preguntó Bernardo en voz alta, antes de recibir un fuerte golpe en el costado.
—Como no estés atento, te voy a abrir la cabeza —dijo Juan, deteniéndose.
—¡Vosotros dos! —gritó Martín, avanzando hacia ellos—. ¡Qué demonios hacéis cuchicheando! ¡Vamos! ¡Luchad! Sí, eso era. Estaba en el ejército. Estaba en el infierno.
¿Cómo podían estar infierno y paraíso tan próximos? ¡Sevilla!