El señor de las llanuras
Primera parte: El siglo que dormimos desnudos
PRIMERA PARTE
EL SIGLO QUE DORMIMOS DESNUDOS
1
EL AVESTRUZ ERRANTE
M i abuelo me contaba historias de África. En una de ellas, había una granja encabalgada en la línea del ecuador. Un día su propietario, un colono inglés, decidió que sería una buena idea criar avestruces, pues en Londres hacían furor los tocados femeninos con adornos de
plumas. Reunió a sus hombres, construyeron un cercado y se dispusieron a capturar
su primer ejemplar. No tardaron en avistar un macho portentoso, grande como una
grúa portuaria y con plumaje de canciller. Tras ceñirlo con varios lazos lo arrastraron
hasta el corral, mientras el animal, histérico, pateaba violentamente en el atardecer
africano. El colono pensó que conseguiría tranquilizar al ave si cubría sus ojos, como
hacen los cetreros con sus halcones o los dueños de loros con sus loros. Un avestruz
no deja de ser un pájaro.
Corrió a casa y rebuscó en sus cajones, hasta que cayó de la cómoda un largo
calcetín deportivo de color azul, recuerdo de sus años de colegio en Eton. ¡Qué mejor
capucha para tan largo cuello! Satisfecho de su ingenio, exclamó « [1] Floreat Etona! »
recordando el lema de la escuela, agarró la prenda y salió veloz al aire ligero y
templado que se estremecía con los gritos de sus hombres, afanados en dominar al
furioso cautivo. El colono saltó la cerca, blandió el calcetín ante su cuadrilla con una
sonrisa triunfal y con gesto imperial ordenó inmovilizar a la bestia. Mientras la
cabeza del animal se inclinaba bufando a sus pies, el granjero la encapuchó de un
solo intento certero. Los breves vítores dieron paso a un silencio expectante al tiempo
que las miradas se hincaban en la figura encapuchada y los brazos relucientes de
sudor relajaban la tensión de las cuerdas. Por un instante, sólo por un instante, pareció
que el diminuto cerebro del animal se quedaba en blanco y que los ojos pestañudos se
resignaban a que el mundo hubiera dejado de existir.
Pero fue sólo por un instante. Menos de un segundo después de que los lazos
cayeran sobre la hierba, las felicitaciones se borraron en saltos despavoridos cuando
el avestruz estalló en un relámpago de cólera, disparando sus patas en una loca
rotación como aspas de un helicóptero, mientras el cuello enfundado bateaba el aire
con espasmos sin control. Una uña afilada rasgó el costado de un hombre, otro
recibió una patada y el granjero sintió en su cara un azote de plumas que quemó
como el filo de una hoja de papel. En un sálvese quien pueda, los captores brincaron
espantados por encima del cercado y sobre el caos de voces y gritos trataron de asir
de nuevo las sogas. Pero ya era tarde. Entre latigazos y contoneos, las bridas habían
salido despedidas zumbando como las cuerdas rotas de un violín. Liberada de ataduras, la rabiosa Gallina Ciega trastabilló encabritada hasta la cerca de postes que
había sido diseñada para encerrar a un pájaro, no a un dragón. La madera se quebró
con el tenue chasquido de un mondadientes y el ave se encontró con un mundo
abierto, aunque detrás de su máscara azul.
Y nadie podría decir si el avestruz en realidad no era tal avestruz, sino un
demonio emplumado que parecía un avestruz y andaba como un avestruz; o si el dios
de los avestruces había concedido un momento de extraordinaria lucidez a aquel
avestruz, aquel gran ejemplar con penacho de mariscal. Pero el caso es que esa tarde
ecuatorial, aquel macho con la cabeza cubierta por un calcetín se giró con dignidad
principesca hacia la cuadrilla frustrada y magullada, aseguraron que incluso
insinuando una reverencia. Y luego, como si supiera perfectamente lo que hacía,
comenzó a andar, primero despacio, luego al trote, hasta emprender una veloz carrera
hacia el sol poniente, imprimiendo su silueta encapuchada sobre el disco anaranjado
antes de desaparecer por completo.
Durante mucho tiempo después de aquello, de cuando en cuando los aldeanos de
Njoro, los pastores y los guerreros maasai y nandis de los poblados, incluso los
cazadores ndorobos de los bosques, juraban haber visto un avestruz errante con una
capucha azul. Incluso mucho tiempo después de lo que habría podido sobrevivir un
avestruz sin comer. Nunca consiguieron capturarlo.
Mi abuelo me contó muchas historias sobre África aquel verano de 1978. Mi
preferida ha sido siempre la del avestruz errante. Le hacía repetírmela un día y otro, y
él emprendía la narración de forma pausada, con aquel acento tan peculiar que le
hacía vacilar al borde de cada consonante y pronunciar cada sonido hasta el límite de
la extorsión, con sus «t», sus «d» y sus «r» que eran las más «t», «d» y «r» que yo
había escuchado nunca. Siempre que el avestruz escapaba de su cautiverio, yo
estallaba en una traca de carcajadas y él disfrutaba detrás de las volutas de humo de
su pipa. En cada nueva edición del cuento él demoraba el desenlace cada vez más,
inflando la escena de la lucha hasta cotas de superproducción épica de Samuel
Bronston, al tiempo que esbozaba una sonrisa pícara. Después de diez o veinte
narraciones, la pelea era ya tan apocalíptica que hubieran tenido que arrasar las selvas
del Congo para entablillar las fracturas.
Al terminar el cuento se hacía el silencio, pautado por el diapasón de los grillos
en la noche de agosto. Entonces, con voz ya soñolienta, yo le preguntaba por todos
los detalles, los mismos de siempre y otros nuevos, los triviales y los importantes, los
infantiles y los que le hacían levantar la ceja por encima de sus ojos, sumidos en las
profundidades de sus arrugas, al ser testigo de un sentido común poco común para un
niño. ¿Dónde se escondió el avestruz? ¿Era verdad que volvieron a verlo? ¿Se
curaron los heridos? ¿Tuvo que ponerse el colono un calcetín de cada color? ¿Se
arruinó por no poder criar avestruces? ¿Cómo se llamaba el colono? Pero ¿ocurrió de
verdad o es sólo un cuento? Él atendía a todas mis preguntas con paciencia, una por
una. Aspiraba el humo de su pipa por una hendidura de su barba roja, dejaba perder su mirada profunda en la noche brillante de la sierra y respondía arrastrando sus
consonantes por el hilo de su voz grave, serena y modulada. Aquel sonido me
cosquilleaba en los oídos con ternura, como el runrún de un viejo motor bien
temperado, como el rumor de la autopista que discurría cerca de casa, como el
susurro de un mar cansado de tirar olas para luego recogerlas otra vez.
Me relajaba, me relajaba, mis ojos se arropaban detrás de los párpados, mi cuerpo
se hundía en el colchón bajo el techo pintado de azul, el azul se desvanecía en jirones
de neblina que se esfumaban hasta descubrir la puerta del sueño. Varias noches soñé
que jugaba en un prado soleado a la orilla de un río. De repente, aparecía el avestruz
del cuento con su capucha azul ajustada al cuello. Tan pronto como conseguía
recuperarme del estupor, comenzaba a aproximarme con sigilo, pero pisando con
firmeza para que notara mi presencia y no huyera asustado, al menos no en la
dirección en la que estaba yo. Se quedaba parado sin mover un tendón de sus gruesos
muslos mientras yo tendía mis manos hacia su cuello que se elevaba un metro por
encima de mí. Y entonces ocurría algo inesperado, impensable: el animal inclinaba su
cabeza hasta situarla a mi altura y comenzaba a empujar mis manos con su pico,
como invitándome a despojarlo de su incómodo verdugo. Sin apartar la vista de su
máscara, yo agarraba el calcetín con las dos manos por el borde inferior, tragaba
saliva y, con movimiento temblequeante, tiraba del tejido hasta que finalmente lo
liberaba de su prisión de punto azul. Después transcurrían unos segundos larguísimos
cuando el avestruz abría los ojos pestañudos a la luz de mi prado soleado junto al río.
Me miraba con la expresión adusta que siempre adoptan los avestruces cuando miran
a una persona, y por último batía sus alas, despegaba en vertical como un Harrier y se
alejaba volando. ¡Volando! Por el amor de Dios, yo tenía sólo diez años, pero sabía
perfectamente que ni los avestruces ni ninguna otra ave del grupo de las ratites
pueden volar. Ni siquiera poseen la quilla donde se insertan los músculos del vuelo y,
aunque la tuvieran, la única manera de levantarlos del suelo sería meterlos en la
bodega de un avión. Pero qué demonios, era mi sueño, y en mi sueño el avestruz
podía hacer lo que le diera la gana.
Yo no conocía a mi abuelo antes de aquel verano. Se quedó hasta el mes de
agosto.
Después desapareció en Kenia.