El señor de las llanuras

Javier Yanes · Capítulo 1 de 40

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El señor de las llanuras

Primera parte: El siglo que dormimos desnudos

PRIMERA PARTE

 

EL SIGLO QUE DORMIMOS DESNUDOS

1

 

EL AVESTRUZ ERRANTE

 

M i abuelo me contaba historias de África. En una de ellas, había una granja encabalgada en la línea del ecuador. Un día su propietario, un colono inglés, decidió que sería una buena idea criar avestruces, pues en Londres hacían furor los tocados femeninos con adornos de

plumas. Reunió a sus hombres, construyeron un cercado y se dispusieron a capturar

su primer ejemplar. No tardaron en avistar un macho portentoso, grande como una

grúa portuaria y con plumaje de canciller. Tras ceñirlo con varios lazos lo arrastraron

hasta el corral, mientras el animal, histérico, pateaba violentamente en el atardecer

africano. El colono pensó que conseguiría tranquilizar al ave si cubría sus ojos, como

hacen los cetreros con sus halcones o los dueños de loros con sus loros. Un avestruz

no deja de ser un pájaro.

Corrió a casa y rebuscó en sus cajones, hasta que cayó de la cómoda un largo

calcetín deportivo de color azul, recuerdo de sus años de colegio en Eton. ¡Qué mejor

capucha para tan largo cuello! Satisfecho de su ingenio, exclamó « [1] Floreat Etona! »

recordando el lema de la escuela, agarró la prenda y salió veloz al aire ligero y

templado que se estremecía con los gritos de sus hombres, afanados en dominar al

furioso cautivo. El colono saltó la cerca, blandió el calcetín ante su cuadrilla con una

sonrisa triunfal y con gesto imperial ordenó inmovilizar a la bestia. Mientras la

cabeza del animal se inclinaba bufando a sus pies, el granjero la encapuchó de un

solo intento certero. Los breves vítores dieron paso a un silencio expectante al tiempo

que las miradas se hincaban en la figura encapuchada y los brazos relucientes de

sudor relajaban la tensión de las cuerdas. Por un instante, sólo por un instante, pareció

que el diminuto cerebro del animal se quedaba en blanco y que los ojos pestañudos se

resignaban a que el mundo hubiera dejado de existir.

Pero fue sólo por un instante. Menos de un segundo después de que los lazos

cayeran sobre la hierba, las felicitaciones se borraron en saltos despavoridos cuando

el avestruz estalló en un relámpago de cólera, disparando sus patas en una loca

rotación como aspas de un helicóptero, mientras el cuello enfundado bateaba el aire

con espasmos sin control. Una uña afilada rasgó el costado de un hombre, otro

recibió una patada y el granjero sintió en su cara un azote de plumas que quemó

como el filo de una hoja de papel. En un sálvese quien pueda, los captores brincaron

espantados por encima del cercado y sobre el caos de voces y gritos trataron de asir

de nuevo las sogas. Pero ya era tarde. Entre latigazos y contoneos, las bridas habían

salido despedidas zumbando como las cuerdas rotas de un violín. Liberada de ataduras, la rabiosa Gallina Ciega trastabilló encabritada hasta la cerca de postes que

había sido diseñada para encerrar a un pájaro, no a un dragón. La madera se quebró

con el tenue chasquido de un mondadientes y el ave se encontró con un mundo

abierto, aunque detrás de su máscara azul.

Y nadie podría decir si el avestruz en realidad no era tal avestruz, sino un

demonio emplumado que parecía un avestruz y andaba como un avestruz; o si el dios

de los avestruces había concedido un momento de extraordinaria lucidez a aquel

avestruz, aquel gran ejemplar con penacho de mariscal. Pero el caso es que esa tarde

ecuatorial, aquel macho con la cabeza cubierta por un calcetín se giró con dignidad

principesca hacia la cuadrilla frustrada y magullada, aseguraron que incluso

insinuando una reverencia. Y luego, como si supiera perfectamente lo que hacía,

comenzó a andar, primero despacio, luego al trote, hasta emprender una veloz carrera

hacia el sol poniente, imprimiendo su silueta encapuchada sobre el disco anaranjado

antes de desaparecer por completo.

Durante mucho tiempo después de aquello, de cuando en cuando los aldeanos de

Njoro, los pastores y los guerreros maasai y nandis de los poblados, incluso los

cazadores ndorobos de los bosques, juraban haber visto un avestruz errante con una

capucha azul. Incluso mucho tiempo después de lo que habría podido sobrevivir un

avestruz sin comer. Nunca consiguieron capturarlo.

Mi abuelo me contó muchas historias sobre África aquel verano de 1978. Mi

preferida ha sido siempre la del avestruz errante. Le hacía repetírmela un día y otro, y

él emprendía la narración de forma pausada, con aquel acento tan peculiar que le

hacía vacilar al borde de cada consonante y pronunciar cada sonido hasta el límite de

la extorsión, con sus «t», sus «d» y sus «r» que eran las más «t», «d» y «r» que yo

había escuchado nunca. Siempre que el avestruz escapaba de su cautiverio, yo

estallaba en una traca de carcajadas y él disfrutaba detrás de las volutas de humo de

su pipa. En cada nueva edición del cuento él demoraba el desenlace cada vez más,

inflando la escena de la lucha hasta cotas de superproducción épica de Samuel

Bronston, al tiempo que esbozaba una sonrisa pícara. Después de diez o veinte

narraciones, la pelea era ya tan apocalíptica que hubieran tenido que arrasar las selvas

del Congo para entablillar las fracturas.

Al terminar el cuento se hacía el silencio, pautado por el diapasón de los grillos

en la noche de agosto. Entonces, con voz ya soñolienta, yo le preguntaba por todos

los detalles, los mismos de siempre y otros nuevos, los triviales y los importantes, los

infantiles y los que le hacían levantar la ceja por encima de sus ojos, sumidos en las

profundidades de sus arrugas, al ser testigo de un sentido común poco común para un

niño. ¿Dónde se escondió el avestruz? ¿Era verdad que volvieron a verlo? ¿Se

curaron los heridos? ¿Tuvo que ponerse el colono un calcetín de cada color? ¿Se

arruinó por no poder criar avestruces? ¿Cómo se llamaba el colono? Pero ¿ocurrió de

verdad o es sólo un cuento? Él atendía a todas mis preguntas con paciencia, una por

una. Aspiraba el humo de su pipa por una hendidura de su barba roja, dejaba perder su mirada profunda en la noche brillante de la sierra y respondía arrastrando sus

consonantes por el hilo de su voz grave, serena y modulada. Aquel sonido me

cosquilleaba en los oídos con ternura, como el runrún de un viejo motor bien

temperado, como el rumor de la autopista que discurría cerca de casa, como el

susurro de un mar cansado de tirar olas para luego recogerlas otra vez.

Me relajaba, me relajaba, mis ojos se arropaban detrás de los párpados, mi cuerpo

se hundía en el colchón bajo el techo pintado de azul, el azul se desvanecía en jirones

de neblina que se esfumaban hasta descubrir la puerta del sueño. Varias noches soñé

que jugaba en un prado soleado a la orilla de un río. De repente, aparecía el avestruz

del cuento con su capucha azul ajustada al cuello. Tan pronto como conseguía

recuperarme del estupor, comenzaba a aproximarme con sigilo, pero pisando con

firmeza para que notara mi presencia y no huyera asustado, al menos no en la

dirección en la que estaba yo. Se quedaba parado sin mover un tendón de sus gruesos

muslos mientras yo tendía mis manos hacia su cuello que se elevaba un metro por

encima de mí. Y entonces ocurría algo inesperado, impensable: el animal inclinaba su

cabeza hasta situarla a mi altura y comenzaba a empujar mis manos con su pico,

como invitándome a despojarlo de su incómodo verdugo. Sin apartar la vista de su

máscara, yo agarraba el calcetín con las dos manos por el borde inferior, tragaba

saliva y, con movimiento temblequeante, tiraba del tejido hasta que finalmente lo

liberaba de su prisión de punto azul. Después transcurrían unos segundos larguísimos

cuando el avestruz abría los ojos pestañudos a la luz de mi prado soleado junto al río.

Me miraba con la expresión adusta que siempre adoptan los avestruces cuando miran

a una persona, y por último batía sus alas, despegaba en vertical como un Harrier y se

alejaba volando. ¡Volando! Por el amor de Dios, yo tenía sólo diez años, pero sabía

perfectamente que ni los avestruces ni ninguna otra ave del grupo de las ratites

pueden volar. Ni siquiera poseen la quilla donde se insertan los músculos del vuelo y,

aunque la tuvieran, la única manera de levantarlos del suelo sería meterlos en la

bodega de un avión. Pero qué demonios, era mi sueño, y en mi sueño el avestruz

podía hacer lo que le diera la gana.

Yo no conocía a mi abuelo antes de aquel verano. Se quedó hasta el mes de

agosto.

Después desapareció en Kenia.