El señor de las llanuras

Javier Yanes · Capítulo 32 de 40

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El señor de las llanuras

31 Cenizas sin polvo al que volver

31

 

CENIZAS SIN POLVO AL QUE VOLVER

 

C uando detonó toda aquella agitación, no concebíamos que pudiera tener alguna relación con nosotros. Delsey y yo desayunábamos en el comedor. Las aspirinas habían obrado un efecto milagroso y ninguna de las perfiladas zanjas de su rostro acusaba las huellas del atracón etílico, ni en el color ni en la

profundidad. Es más, aquella mañana devoró hasta una plebeya ración de huevos

revueltos, cuajados en la misma sartén utilizada para los huéspedes de las

habitaciones más baratas. Se había levantado enérgico y cordial, con ganas de charla

y de reemprender nuestra investigación.

Todo sucedió en apenas cinco minutos. El cronómetro comenzó a correr cuando

una camarera del servicio de limpieza atravesó el jardín a la carrera, ululando como

una vagoneta de bomberos descarrilada, a punto de colisionar con los artefactos de

época que decoraban el patio del Norfolk. Los ocupantes del comedor giramos la

cabeza hacia ella y la miramos enhebrarse por la puerta del pabellón de recepción, de

donde emergió a vuelta de pespunte arrastrando a uno de los conserjes. Medio minuto

después, un hombre pertrechado de ejecutivo abrió el mismo camino a un pelotón

compuesto por varios empleados más, entre ellos un guardia de seguridad. Intrigados,

preguntamos a un camarero del restaurante cuál era el motivo de aquel alboroto, a lo

que respondió que lo ignoraba, pero que debía de tratarse de un asunto de

mantenimiento. Algunos comensales, turistas gregarios de pantalón corto y calcetín

alto equipados con apechusques de safari, se citaron en el jardín buscando con la

mirada el origen de aquel revuelo, y otros, viajeros de maletín y residentes de pupila

curtida, continuaron dialogando con su plato de desayuno sin echar cuenta al ajetreo.

Alrededor del minuto tres, el rumor de que un huésped había fallecido mientras

dormía colonizó el comedor, y un minuto después, el hombre con atuendo de

ejecutivo que habíamos visto liderar el segundo grupo irrumpió en el comedor

escoltado por el recepcionista y el guarda. Cuando comprobé que los seis ojos

convergían en nosotros, tuve que dar crédito al vago temor que barajaba desde un

minuto antes. La comitiva se detuvo frente a nosotros y el hombre del traje se

presentó como Duncan Travis, gerente del hotel, preguntando a Delsey si era Delsey.

Por su respuesta vivaz, presentí que el barón no compartía mis sospechas.

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle, joven?

—¿Sería tan amable de acompañarme, por favor?

El gerente nos introdujo en su despacho, donde cerró la puerta dejando fuera a su

séquito. Tomamos asiento y nos ofreció un café o un refresco, que rechazamos. Delsey me miraba divertido, sin comprender el propósito de aquel ceremonial.

Apremié a Travis para que nos hincara aquella aguja cuanto antes, fuera cual fuese su

calibre. Se sentó tras su escritorio, deslizó los dedos por el vivo de sus solapas, se

arregló los faldones de la chaqueta y carraspeó antes de arrancar a hablar.

—Es para mí un penoso deber informarles de que… el señor Tony Kerak ha

aparecido esta mañana sin vida en su cama.

—¡Dios mío! Pero ¿qué dice? —Delsey saltó sobre su silla, cuyas ruedas

derraparon sobre el entarimado.

—Lo lamento profundamente, pero asimismo debo comunicarles que no se trata

de un fallecimiento por causas naturales.

—¿Qué quiere decir? ¿Un asesinato? —exclamé, aunque ya intuía la respuesta.

—Me temo que… todo parece apuntar a que se quitó la vida. Pero, por supuesto,

será la investigación policial la que establezca las conclusiones pertinentes.

—¡Dios mío, qué horror! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué tragedia! —Por toda

reacción, Delsey hundió la cabeza entre las manos recitando la misma letanía. Travis

pulsó el botón de su interfono y pidió unas botellas de agua. Dado que Delsey se

había bloqueado en un bucle circular, decidí aferrar las riendas de la situación. El

gerente prosiguió.

—En nombre del hotel Norfolk, y en el mío propio, quiero expresarles mis más

profundas condolencias por este terrible suceso, y sepan que me pongo

personalmente a su disposición para cualquier apoyo que precisen, tanto en las

gestiones que necesiten realizar como en la comunicación con los familiares del

difunto o en la repatriación de sus restos. Es mi obligación hacer que su estancia en

nuestro hotel sea lo menos dolorosa posible.

—¿Cómo ha ocurrido? —indagué.

—Se ha clavado… un cuchillo. En el corazón. Un cuchillo de monte.

—¿Y está seguro de que no ha podido tratarse de un asesinato?

—Bien, por supuesto yo no soy la persona más adecuada para valorar este

extremo, pero se diría que la posición del cuerpo apunta a un suicidio. Y sobre todo,

dejó una nota escrita.

—¿Una nota? ¿Qué dice la nota? —Delsey desenterró la cabeza de entre sus

manos.

—En la nota le menciona a usted, barón Delsey, motivo por el cual les he avisado.

Los chicos de recepción me han confirmado que el difunto señor Kerak era amigo de

ustedes. Desconocemos si tenía otros conocidos o parientes en el país, y el equipo de

filmación con el que viajaba el señor Kerak está fuera de la ciudad.

—Pero ¿qué dice la nota? —insistió Delsey.

—Me… temo que hasta que no intervenga la policía, que está de camino, la

prudencia nos aconseja esperar acontecimientos.

—¡Quiero verle! —declaró Delsey, secándose las lágrimas de las mejillas con su

pañuelo de bolsillo.

—Barón Delsey, puedo imaginar su conmoción en estos momentos de inmenso

dolor, pero me temo que no debemos permitir ninguna injerencia en la escena de los

hechos hasta que la policía lo autorice. El médico del hotel está certificando el

fallecimiento, y hemos clausurado la habitación a la espera…

—¡Quiero verle! —interrumpió Delsey, se levantó de la silla con una agilidad

pasmosa y ganó la puerta del despacho antes de que pudiéramos detenerlo. Corrí tras

él, y Travis detrás de mí. Comprendí la urgencia de Delsey por acudir a despedirse de

su amigo saltándose las formalidades, y le guié hasta la habitación de Tony mientras

el gerente trataba de disuadirnos con delicadeza.

La puerta de Tony, entreabierta, estaba custodiada por un guardia de seguridad

que agarró a Delsey del brazo cuando éste trató de franquearla. Delsey se sacudió

para zafarse y Travis reprendió al guarda, dando el empeño por perdido. Entré detrás

de Delsey, y tras de mí el gerente, rogándonos encarecidamente que no tocásemos

nada.

Vestido con un traje limpio y planchado, diferente del que había ensuciado la

noche anterior, el leviatán inerte reposaba sobre el colchón como un dragón vencido,

boca abajo, con la cabeza girada hacia la ventana y las manos replegadas bajo su

mole, seguramente empuñando el cuchillo. Nada en la habitación olía al cóctel

almizcleño que exudaba Tony la noche anterior, como si se hubiera aseado para

matarse limpio. Alrededor del cuerpo, la sábana se hundía en arrugas que orlaban su

cadáver como los rayos en un retablo, y en las vaguadas que dejaban las arrugas la

sangre se embalsaba, reciente y muy roja, de un rojo casi artificial que recordaba

tristemente a un truco cinematográfico. Al otro lado de la cama, junto a la ventana, un

médico sorprendido por nuestra irrupción tomaba notas en una libreta. Sobre la

mesilla de noche, un profuso marco de metal dorado abrazaba una foto en blanco y

negro, en la que un apuesto y joven Tony apenas reconocible posaba bajo una de esas

sedosas luces de estudio del cine antiguo, coronado y revestido por un manto de

armiño sobre una casaca de gala con charreteras y cordones bordados. El rey de

Empyria en plena gloria.

Delsey se postró de rodillas junto a la cama, llorando sordamente sin mover los

labios. Miró la foto y descubrió un pedazo de papel pisado por el marco. Travis y yo

gritamos al unísono, pero Delsey no estaba en condiciones de reparar en huellas

dactilares o pistas policiales. Apartó el portarretratos, cogió la nota y la leyó en

silencio. Pude ojearla por encima de su hombro. Estaba escrita en francés, y decía así:

 

NO BUSQUEN MÁS. HE SIDO YO.

DELSEY, UNA VEZ MÁS, AMIGO MÍO,

DEBO PEDIRTE QUE TE OCUPES DE MÍ.

TE PROMETO QUE ESTA VEZ SERÁ LA ÚLTIMA.

SU MAJESTAD, TONY KERAK, REY DE EMPYRIA.

 

Delsey devolvió la nota a la mesilla y rompió a gemir sin pudor. No trató de

rodear la cama para enfrentarse cara a cara con Tony. Se quedó allí, velando la nuca fría de su amigo, hasta que nuestra presencia me pareció sobrante. Le ayudé a

levantarse, le acompañé a la puerta y le saqué a airearse al jardín. Travis apareció

entonces y nos ofreció su despacho, pero Delsey prefirió reponerse en el bar donde

doce horas antes habíamos compartido mesa y bosque de botellas con Tony. Al poco

se presentaron varios agentes de policía, y el gerente se excusó ante nosotros para

conducirlos hasta la habitación del difunto. Sin que casi advirtiéramos su presencia,

alguien más apareció de repente junto a nuestra mesa y se dejó caer, blando y mate

como un globo desinflado, sobre una silla. Era Ian.

—Amigos… Amigos… Qué horrible noticia. Qué horror… Casi me… me siento

culpable. Yo le hablé de Dorian Gray, y bromeé sobre el suicidio, y él se ha clavado

un cuchillo en el corazón, como murió Dorian Gray…

—No te martirices, Ian —le tranquilizó Delsey, aspirando las lágrimas—. Si hay

alguien que debe culparse, soy yo. Era mi amigo y no le presté el debido cuidado. Yo

le conocía. Yo debí percatarme de su vesania, debí presentir que albergaba

inclinaciones de cometer tamaña aberración, debí presagiar y sofocar su caída

postrera como presagié y sofoqué muchas de las anteriores. Pero dormí plácido como

Endimión mientras él entregaba su corazón al acero. Yo debí… —Se sostuvo la frente

con la mano mientras movía la cabeza de lado a lado.

—Yo era el más sobrio de todos —intervine—. Le llevé a su habitación, y debo

suponer que soy la última persona que le vio con vida. Desvariaba, se revolcaba en su

desgracia. Tal vez no debí dejarle solo, pero lo cierto es que Tony apestaba, y yo sólo

quería llegar a mi habitación lo antes posible para darme una ducha. Creo que todos

podemos tener motivos para sentirnos responsables, pero sólo hay un culpable, y es el

propio Tony. No tiene sentido atormentarnos.

Los tres reflexionábamos en silencio cuando uno de los recepcionistas llamó mi

atención. Alguien me esperaba al teléfono. No quería desatender aquella llamada por

si se trataba de Mónica, así que dejé a Delsey e Ian sumidos en ese agónico repaso

mental a los acontecimientos previos que uno suele emprender en tales

circunstancias. No era Mónica. El tono festivo de Ken era inconfundible, aunque

sumamente inapropiado entonces.

—¿Qué pasa, tío? ¡Aquí el servicio de información de la Interpol!

—Ken. Me temo que no está el día para fiestas. Un amigo de Delsey que se

hospedaba en el hotel se ha suicidado.

—¿Quéee? ¡Venga ya, tío! Pero ¿me estás hablando en serio?

—Totalmente. Anoche mismo estuvimos tomando unas copas con él. Ha sido un

golpe brutal. Delsey está muy conmocionado.

—Tío, no sé qué decir. Lo siento mucho. Dile a Delsey que lo siento de veras. Y

Curro… si no tienes inconveniente debería pasarme por allí a recabar información

para el periódico. Espero no parecerte insensible, pero debo hacer mi trabajo, y si era

amigo vuestro, creo que en este caso nadie cubrirá la noticia mejor que yo.

—Claro, Ken. Lo entiendo, yo también soy periodista. Aquí estaremos.

—Vale. Ahora mismo salgo para allá.

Poco después de reunirme de nuevo con Delsey e Ian, el gerente apareció

acompañado por un policía de paisano y otros dos de uniforme, un hombre

esquelético y una mujer esférica. El que iba vestido de calle se identificó como

inspector y se dirigió a Delsey, formulando una pregunta con entonación de mandato

y trasfondo de orden.

—Señor Delsey, por favor, vendría con nosotros a comisaría.

—¿Cómo? Pero ¿qué dice usted? ¿Es que acaso pretende detenerme? ¡No, de

ninguna manera! ¡De ninguna manera!

Por fortuna, Delsey no estaba de ánimo para aguantar pamplinas. Su actitud ante

aquel requerimiento fue la que yo pensaba esgrimir en su defensa si él hubiera optado

por la docilidad. Yo, al contrario que Delsey, había escuchado aquellos comentarios

de Ken sobre las condiciones de los detenidos en Kenia.

Travis se esforzaba por resultar conciliador, insistiendo al policía que aquello no

era necesario, pero éste se mantenía en su propósito. El gerente le llevó aparte y

discutieron un momento en voz baja. Ambos regresaron a nosotros y Travis tomó la

palabra.

—Ya está arreglado, barón. No será necesario que se desplace a comisaría. Si es

tan amable, el inspector quisiera hacerle unas preguntas aquí mismo.

—Pues dígame usted. —Delsey se mostraba arisco, pues la conversación con el

policía no había comenzado con buen pie.

—En la nota del señor Kerak, se refería a usted. Decía: «debo pedirte que te

ocupes de mí». Exactamente, ¿a qué se refería con eso?

—¿Cómo que a qué se refería exactamente? ¿Usted qué cree? Pues a los trámites

burocráticos relacionados con su muerte y su inhumación, naturalmente.

—¿No le estaba pidiendo que se ocupara de él en otro sentido? ¿Por ejemplo,

cuando aún estaba vivo? ¿Leyó usted esa nota cuando él aún vivía?

—¿Pero… pero qué insinúa usted? ¿Insinúa que yo lo maté? ¿Habrase visto?

¡Pero usted qué se ha creído! —Los gritos de Delsey atrajeron las miradas de todos

los que poblaban el vestíbulo y el bar, lo que incomodaba al policía, que miraba de

reojo a ambos lados.

—Bien. Comprobaremos si sus huellas están presentes en esa nota. Si tiene la

bondad de… —El inspector hizo una seña a uno de sus subordinados, que se adelantó

al tiempo que se disponía a extraer algo de su bolsillo, pero Delsey estalló entonces

en una furiosa tempestad que hizo aletear los flequillos de todos los presentes.

—¡PUES CLARO QUE MIS HUELLAS ESTÁN EN LA NOTA! ¡PEDAZO DE ESTÚPIDO! ¡LA LEÍ,

PERO LA LEÍ DESPUÉS DE SU MUERTE! ¡DESPUÉS! ¿COMPRENDE? ¡DESPUÉS!

—Bien, bien, señor Delsey, no hay por qué ponerse así ni armar un escándalo —

replicó el inspector, tratando de mantener la calma, pero intimidado por el talante

agresivo de Delsey—. Comprenda que un magnicidio es un asunto extremadamente

grave y delicado. Porque dígame, su amigo era el rey de su país, ¿no es así?

Por primera vez desde la catastrófica noticia de aquella mañana, sentí el impulso de reír a carcajadas, en parte por la torpeza de aquella pantomima policíaca, en parte

por la reacción de Delsey, al que sólo le faltó esputar espumarajos por la boca para

prestar guarnición a sus diatribas contra aquel agente de la ley.

Cuando la policía se retiró, tuve la tentación de preguntar a Travis cómo había

conseguido eludir el traslado forzoso de Delsey a comisaría. Tras meditar un

momento, hizo una confesión a medias.

—Señor Mencía, durante su estancia en Kenia, y en especial durante el trato con

funcionarios públicos a través de un tercero, será frecuente que asista a extraños

cambios de parecer como éste. Le aconsejo que no pregunte.

La historia de nuestro encontronazo con la policía divirtió mucho a Ken, dentro

de los límites que permitía la tragedia. Se comprometió, en la medida de lo posible, a

darle el eco adecuado en las páginas del Standard, no sólo a la noticia del suicidio,

sino a la obtusa actuación policial y a la enigmática resolución del frustrado arresto

de Delsey, por supuesto sin mencionar a Travis ni su declaración, tan oscurantista

como meridiana.

De haber elaborado una lista previa con un millón de eventos a los que hubiera

esperado asistir durante mi viaje a Kenia, una cremación no habría figurado en ella. Y

sin embargo, allí estábamos, Delsey, Ian y yo, una tarde nubosa, abandonando el

Crematorio de Langata con una urna entre las manos. El proceso hasta ese clímax

final había resultado más rápido de lo que hubiéramos creído posible, presumimos

que gracias al estrecho seguimiento que Travis mantuvo sobre el asunto. En cuanto a

la investigación policial, el expediente se abrió y se cerró en lo que dura un parpadeo,

y con una conclusión escasamente creativa: suicidio. Sólo en una ocasión la policía se

había atrevido a importunarnos de nuevo, y fue para hacernos una revelación que

sería la causa de nuestra presencia aquella tarde en el lugar menos turístico de

Nairobi. Habían examinado la documentación de Tony con vistas a iniciar las

gestiones para la repatriación del cadáver, y habían descubierto entonces que su

pasaporte era…

—Falso. —Delsey interrumpió la exposición del funcionario, completando su

frase.

—¿Cómo? ¿Usted lo sabía? —inquirió el policía, perplejo.

—Por supuesto. Él me lo dijo.

—En efecto, así es. El señor Kerak viajaba con un pasaporte diplomático que ha

resultado ser una falsificación. El país al que representa ha negado la acreditación del

señor Kerak, incluso su misma condición de ciudadano de aquel país.

—No tenía uno, sino al menos una docena, de diferentes países. Los encargaba

casi a granel en el mercado negro, y los renovaba a voluntad y con idéntica facilidad.

Tony era apátrida. Fue un niño expósito y un adulto indocumentado, y nunca se

preocupó de regularizar su situación. Le divertía más ese juego. Para cada viaje elegía

el vestuario y el pasaporte más adecuados al clima de cada país.

—Bien, eso nos coloca en una situación delicada de cara a la repatriación.

—¿Qué repatriación? ¡No puede haber repatriación si no hay patria! Yo me haré

cargo de todos los gastos. Lo enterraremos en este país. O mejor, lo incineraremos.

Tony carecía de parientes y nunca gustó de echar raíces. Nadie, excepto yo, acudiría a

visitar su sepultura en esta tierra extraña y lejana. Lo incineraremos. No se me ocurre

que él hubiese deseado otro final mejor, salvo quizá el del Amory Blaine de

Fitzgerald, oxidación lenta en la copa de un árbol. Pero dudo que esto sea legal. Así

que dispersaremos sus cenizas al viento para concederle la libertad que él amaba

sobre todas las cosas.

El análisis de los efectos personales de Tony desveló otro secreto crucial. En su

cartera y en su equipaje habían encontrado tan sólo unas pocas monedas francesas y

kenianas. Ni billetes, ni tarjetas de crédito, ni talonario, ni cheques de viaje. Esto

implicaba que los tres mil shillings que había entregado al camarero del Delamere

aquella noche para invertirlos en whisky y ginebra eran sus últimos tres mil shillings.

Y a su vez, esto implicaba que con toda probabilidad la decisión de morir fue

premeditada, no impulsiva. Esta deducción fue un consuelo para Delsey, que al

menos pudo desprenderse de su complejo de culpa. Otros datos ayudaron a

convencerle de que el suicidio de su amigo había sido fruto de una deliberación

previa a la noche del suceso. El arma pertenecía al propio Tony, quien la había

comprado dos días antes en una tienda de la ciudad. La muerte se había producido

alrededor de las siete de la mañana. Es decir, Tony no se suicidó bajo los efectos de la

borrachera, sino, si acaso, de la resaca. Al amanecer se duchó, se enfundó su mejor

traje que el día anterior había recogido de la lavandería del hotel, escribió la nota

dirigida a la policía y a Delsey, se arrodilló sobre la cama de cara a la pared, y con un

golpe seco se hincó el cuchillo en el pecho con ambas manos. Al caer hacia delante,

presumiblemente ya sin vida, su propio peso terminó de hundirle la hoja hasta la

empuñadura.

Durante los dos o tres días que transcurrieron hasta el acto final de la cremación,

permanecimos aparcados en el Norfolk a la espera de noticias. Delsey ya no se

encontraba a gusto allí, donde había reanudado su vieja amistad con Tony, donde le

había perdido para siempre y donde las referencias a su amigo muerto saltaban detrás

de cada esquina. No se derrumbó como yo temía, pero entró en un modo

introspectivo que me asustaba. Introducía cuñas inconexas en cualquier conversación,

y una noche en que me levanté de madrugada para beber un vaso de agua, desde mi

ventana le sorprendí acostado en el césped del jardín contemplando las estrellas, algo

que no hubiera extrañado de cualquier otro, pero sí de alguien que siempre guardaba

un cepillo para la ropa en el bolsillo de la chaqueta y que lo pasaba por sus hombros

cada vez que caminaba bajo un ventilador de techo.

La presencia quejumbrosa de Ian tampoco contribuía a hacer nuestra estancia más

placentera. El viejo pintor se adhirió a nosotros en los días posteriores a la muerte de

Tony. Fue entonces cuando le pregunté si conocía a un tal Boston Shark, pero por

entonces no parecía conocer a nadie. Más afectado de lo que cualquiera hubiera apostado por su escasa relación anterior con el personaje, Ian abandonó su rincón de

exposición y se transformó en el ánima en pena que embrujaba el Delamere,

contagiando su humor taciturno a todo el que osaba invitarle a una cerveza, con su

barba de Santa Claus, su ukelele y sus fantasmas, como una versión aviesamente

navideña de Malcolm Lowry. Cuando le avisaban de algún cliente interesado en sus

cuadros, se limitaba a responder que cogieran lo que les gustara y dejaran el dinero en

recepción. Intuimos que, de algún modo, la muerte de Tony había disparado alguna

reacción en cadena en los pistones cerebrales de Ian, seguramente revolviéndole

algún cajón de proyectos pendientes y sacándole las pelusas de debajo de la alfombra.

Nuestra sospecha se confirmó cuando, la mañana siguiente a la cremación, Ian nos

comunicó que empaquetaba sus cuadros y su ukelele para partir hacia Ruidoso,

Nuevo México. Allí le aguardaban los caballos más hermosos, pidiendo cita para salir

retratados en sus trazos tan espigados como él. Y quién sabe, aventuró en nuestro

abrazo de despedida; tal vez, en esta vida o en la otra, cuando descansara en el

cementerio silencioso de Ruidoso, llegaría a cruzarse por allí con el legendario

Sangre de Cristo para compartir alguna historia y así aparecer en su próximo libro:

Ian, el pintor de caballos que vino de África.

Por el efecto opresivo que el Norfolk provocaba sobre Delsey, fue oportuno que

las pistas recopiladas por Ken nos orientaran hacia la reserva de Masai Mara. Una vez

asentado nuestro ánimo y dedicados de nuevo a la búsqueda de Hamish, Ken nos

informó de lo acaecido durante aquellos días. La pesquisa de su amigo Sam Ngethe

en el Aero Club había revelado que Boston Shark no era socio, pero algunos de los

pilotos más veteranos habían llegado a coincidir con él en otros bares de Nairobi,

mucho tiempo atrás. Ninguno de ellos recordaba haberse topado con él en los últimos

veinte años. Las descripciones físicas no aportaban gran cosa. Uno afirmaba que era

rubio y alto, otro sostenía que era pelirrojo y de estatura media, y un tercero que

siempre le vio con luz tenue de tugurio y que un hombre jamás se fija en el color del

cabello de otro hombre, que sí, que podía ser claro, rojizo, o quizá rubio. Su rostro era

normal, como el de cualquier otro, decían, y en aquella época no lucía barba.

Supusimos que a aquellos pilotos no se les podía pedir una descripción quevedesca.

Sin embargo, todos coincidían en que hablaba con acento del norte, escocés o tal vez

irlandés, y en los comentarios sobre su temperamento. Era un tipo solitario y discreto,

de los que eligen la mesa más oscura y se sientan mirando a la pared para beber solos.

No rechazaba la compañía, pero no la buscaba, y si bien no era áspero de trato, se

mostraba muy reservado con sus asuntos. Esto no encajaba con el Hamish que Delsey

había conocido, aunque yo recordaba que durante su visita a Torrelodones, nunca

desveló detalles personales de su vida en Kenia. Los pilotos conjeturaban que nuestro

fugitivo no debía de tener un alojamiento estable en Nairobi, pues nunca se quedaba

en la capital más de unas horas. Dedicaba la mayor parte de su tiempo a cubrir vuelos

entre la ciudad y Masai Mara, transportando lotes de correo o suministros para los

lodges, y según creían, poseía un techo en algún lugar de la región del Mara. Uno de ellos recordaba que Boston Shark mantenía relación comercial con Horatio Maina, un

personaje popular entre los bush pilots porque se encargaba de tareas de

aprovisionamiento en el Keekorok Lodge.

Durante los días de espera en el Norfolk, Ken nos gestionó el viaje a Masai Mara

gracias a su cuñado, el que trabajaba en una agencia de safaris. Para mi sorpresa, Ken

se ofreció a viajar con nosotros y a prestarnos su experta asesoría geográfica y su

audacia investigadora sin ningún ánimo de lucro, a cambio tan sólo de que

cubriéramos su alojamiento y manutención. Un verdadero chollo, según sus palabras.

Y en efecto, lo era: se sacó unas vacaciones gratis a nuestra costa. Acepté porque, a

pesar de los términos abusivos y de su manía suplantatoria que podía convertirnos en

objetivo real de la Interpol, lo cierto era que Delsey necesitaba algo de risoterapia, y

para ello, nadie mejor dotado que Ken. Por último, en cuanto a las llamadas en

respuesta a nuestro anuncio en el Standard, que las había, Ken consideró que ninguna

de ellas merecía una atención inmediata. Acordamos que repasaríamos aquella

información durante nuestra estancia en Masai Mara.

La misma mañana en que el rincón de Ian perdía su abigarrado manojo de

espárragos de colores, nuestro equipaje se embutía en el maletero del Mitsubishi

Pajero que Ken había alquilado para nosotros. La extravagante procesión de cuero de

carpincho con respiradores se completaba ahora con la urna que contenía las cenizas

de Tony, a las que esperábamos encontrar acomodo en las praderas de Masai Mara.

No teníamos intención de volver al Norfolk, el que había sido nuestro único hogar en

una ciudad poco hogareña. Informado sobre el propósito de nuestro viaje, el gerente

Travis prometió encargarse personalmente de comunicarse con nosotros si recibíamos

correo después de nuestra partida, y de conservarlo hasta nuestro regreso a Nairobi.

Cuando nos despedimos de los conserjes, de los camareros y de mi amigo el bellboy,

fue como un fin de vacaciones, y en realidad abrir la espita de las carreteras que nos

conducían lejos de allí hacia la Kenia agreste y feroz de los folletos, que hasta

entonces sólo habíamos contemplado desde el avión de Trevor y dentro de su

descomunal patio trasero, liberaba de nosotros la clase de presión que uno siente

relajar cuando toma precisamente eso, vacaciones.

Antes de dejar atrás las calles despeinadas de Nairobi, teníamos encomendada

una misión: rescatar a la doncella en apuros. Desde la muerte de Tony yo había

charlado con Makena todos los días. Me contó que, a raíz de las últimas noticias de

Abraham, se había recluido en casa y ni siquiera salía a pasear. Al parecer, el dueño

del Victoria había sorprendido a uno de sus nuevos askaris parlamentando con dos

tipos blancos de corte mafioso que viajaban en un lujoso todoterreno. Al interrogarle

sobre aquella conversación y la identidad de los sujetos, el askari se había mostrado

inquieto y no había sido capaz de hilar una justificación coherente. Abraham le

despidió de inmediato, temiendo que se tratara de sicarios contratados por Blush

Orchid y que hubieran sobornado al guarda para obtener información sobre Makena.

El bloque de apartamentos donde ella vivía estaba bien custodiado, aunque Abraham temía que la pudieran acechar en la calle. Aterrorizada, Makena había decidido huir

de aquella incertidumbre para visitar a su madre y quedarse con ella unos días,

mientras Abraham verificaba si había motivos fundados para la alarma. Como

Makena podía permitírselo, había alquilado un aerotaxi para volar a Nyeri, pero le

asustaba pisar la calle sola para desplazarse hasta el Wilson. Así pues, allí acudimos

sus tres caballeros rodantes para recogerla y depositarla sana y salva en el aeropuerto.

Ante la notificación de este inserto en nuestro itinerario, Ken perdió los estribos

de tal manera que tuve que sentarme yo al volante. De camino a la calle de Makena,

él enredó en su equipaje hasta encontrar la camisa de los domingos que se abrochó

sobre su camiseta de Springsteen, y el resto del recorrido lo pasó comprobando el

apurado de su afeitado y el corte de sus patillas en el retrovisor. Las chicas guapas le

ponían muy nervioso, afirmó, tartamudeaba e incluso padecía escalofríos, y era por

eso por lo que sólo las que no le atraían habían llegado a experimentar el poderoso e

insospechado magnetismo de su privilegiada inteligencia. Las otras, decía, solían

pensar que era un tarugo.

Makena esperaba dentro del portal con su maleta de ante y su sonrisa subterránea.

Sin maquillaje tanatopráctico, el pelo recogido en una coleta, suéter azul de colegiala

y vaqueros holgados de pierna, aparentaba cinco años menos que la explosiva

descorchadora del Victoria Station, y se veía cinco veces más adorable. Ken tropezó

al apearse del coche para encargarse de su equipaje. Makena rió y ocupó la plaza libre

en el asiento trasero, donde Ken se sentó junto a ella lo más lejos posible, clavándose

la manivela de la ventanilla en el costado, y revolviéndose como si estuviera sentado

en un retrete lleno de pirañas.

—Hola, Ken… nedy Kamaru, reportero del Standard. —Era evidente que

Makena, versada en psicología masculina, detectaba la histeria de Ken y adivinaba su

causa.

—¡Ah! Pero ¿te… te ac… uerdas de mí?

—¡Pues claro! Si sólo hace unos días que nos conocimos. ¿Qué tal tu trabajo en el

periódico?

—Bien… Bien, muy… mejor ahora… gracias a la muerte de Tony. ¡No! Quiero

decir que… que… el artículo fue una desgracia… ¡horrible!, pero el suicidio me

quedó muy bonito, aunque la… la policía piensa lo contrario… ¡No, lo contrario no,

o sea…!

—¿Cómo?

—Lo que Ken trata de explicarte —intervine— es que escribió un magnífico

reportaje sobre la trágica pérdida de nuestro amigo Tony, pero que la policía ha

protestado por la imagen que el artículo transmitía de ellos, por la narración del

interrogatorio tan chusco que le practicaron a Delsey. ¿No es así, Ken?

—Sí… eso es.

—Barón Delsey. —Makena se inclinó hacia delante—. Ya se lo dije a Curro, pero

aprovecho que hoy nos vemos para decirle cuánto siento lo que estará usted sufriendo por el fallecimiento de su amigo.

—Te lo agradezco mucho, querida —correspondió Delsey, posando su mano

sobre la de ella en el respaldo del asiento delantero.

—Sí, te… te lo… agradecemos mucho —balbuceó Ken.

—Ah, pero ¿tú también le conocías? —Pinchó Makena, jugando con él.

—Nnnn… nnno. La verdad es que… yo no.

—Pero escribiste un suicidio magnífico.

—Sí, un… ¡No, un suicidio no, un… artículo, je je! Un artículo, sí… Sí, soy… el

reportero estrella del periódico. Por eso me… me encargan a mí las no… no… no…

ticias más importantes. Como e… e… e… ésta.

—Ya veo.

—¿Y… y tú? ¿A qué te… de… dedicas?

Observé por el espejo a Makena, que me arrojó una mirada fugaz. Vacilé en urdir

una tapadera de emergencia, pero ella lanzó un capotazo certero.

—A que la gente se sienta mejor.

—Aaah… ¿Eres… eres psi… psicóloga o… algo así?

—Algo así.

—¿Y q… q… qué les dices para que se si… se si… se si… se si… entan mejor?

—Pues por ejemplo, a ti te diría que desincrustes la manivela de la ventanilla de

tus riñones. Hay espacio de sobra en este asiento.

—Aaah… sí… gra… gracias.

Ken se movió hacia el centro, pero a medida que se acercaba a Makena, su cara se

deformaba como una figura de vudú puesta al sol. Sudaba como un botijo y había

perdido los papeles. Se secó la frente con el faldón de la camisa y Makena debió de

entrever su camiseta del Boss.

—¿Te gusta la música?

—¿La mú… mú… mú…? Sí, claro.

—Yo conozco a CJ. —Makena se refería a ese cantante del que me había hablado

la noche que nos conocimos.

—¿A CJ? ¿En serio co… conoces a CJ?

—Sí, él ha pasado muchas veces por mi… consulta.

—Aaaah… ¡Qué… guay! ¿Y q… q… qué… necesitaba?

—¿Cómo?

—S… sí, q… qué nece… sitaba de tu… ps… ps… ps… sicología. Si no es…

secreto pro… profesional, claro.

—¡Ah! Pues un poco de… cariño. Tenía… Tenía…

—Carencias afectivas. Baja autoestima —salí al quite.

—Eso —corroboró Makena. Mi visión periférica detectó a Delsey conteniendo un

brote de risa en sus facciones.

—Aaah. ¿Y tú haces… eso? ¿Le… le… das ca… cariño?

—Bueno, sí, en sentido… psicológico, claro. Yo y mis… compañeras. Somos un equipo de psicólogas.

—¿Un e… equipo? ¿Tan gra… gra… grave es?

—CJ necesita muuucho cariño.

—Oh. Vaya. Po… pobre hombre. Yo po… podría envistre… entarvis…

—¿Entrevistarle?

—Sí. Si eso le… ay… uda a subir su auto… estima. Yo me enc… encargo de las

gra… gra… grandes entrevistas del periódico. Je… je… je… jefes de Es… tado,

mini… mini…

—¿Mini?

—… stros. Ministros.

—¡Ah, qué bien! Le llamaré para decírselo. Seguro que le hará bien. Y a mí no

me lo puede negar. Soy su enfermera favorita.

—¿Enf… ermera?

—De psicología. Enfermera de psicología.

Yo clavaba la vista en el tráfico de la Uhuru para evitar un cruce de miradas con

Delsey, lo que me hubiera precipitado a un ataque de carcajadas que habría

desbaratado aquel tierno momento de embustes y faroles. Quizá no era la

aproximación más adecuada para una posterior profundización en el conocimiento

mutuo. O sí. Al menos les sirvió para intercambiar números de teléfono, y el primer

regalo. En un arrebato de inspiración, Ken interceptó a uno de los vendedores que

ofrecían sus mercancías en los embotellamientos de entrada a las rotondas, y

obsequió a Makena con un precioso reloj de pulsera de imitación. El pobre ignoraba

que ella tenía dinero para comprarse el auténtico.

Una vez concluida la particular escena del diván entre Ken y Makena, ella se

interesó por el progreso de nuestra investigación. Le expliqué que nos dirigíamos a

Masai Mara siguiendo la pista de un tal Boston Shark, que quizá podría ser el nombre

falso que adoptó mi abuelo cuando rompió su relación con Cordelia y cambió de vida

para alejarse de la presión social de la colonia; todo ello, claro está, sólo una

hipótesis, pero la única que manejábamos. En el aeropuerto Wilson, antes de

despedirnos, Makena prometió indagar entre las shambas cercanas a Nyeri,

preguntando a su madre y a las vecinas por si alguien pudiera facilitar alguna pista.

Quedamos en volver a encontrarnos a nuestra vuelta a Nairobi. Dado que nosotros no

esperábamos ausentarnos más de un par de días y ella tardaría al menos una semana

en regresar, yo le grabaría un mensaje en su contestador con el nombre de nuestro

nuevo hotel en la ciudad. Si ella descubría alguna pista en Nyeri que pudiera sernos

de utilidad, trataría de telefonearnos al Mara Serena, el lodge que nos había reservado

el cuñado de Ken, o nos dejaría una nota en el Norfolk.

—¡Estúpido botarate! ¡Estúpido! ¡Estúpido! —Ken se insultaba a sí mismo,

golpeándose la frente con la ventanilla del coche y arrancándose la camisa de los

domingos. Mientras la figura de Makena se alejaba de nuestra vista, Delsey la miraba

con una expresión de intensa ternura.

—«On reconnaissait dans cette fille la vierge qu’un rien avait fait courtisane, et

la courtisane dont un rien eût fait la vierge la plus amoureuse et la plus pure [35] » —

sentenció, con la clara intención de que Ken, que no hablaba francés, no

comprendiera.

Creí reconocer el origen de la frase. De repente sentí curiosidad por ese inmenso

repertorio de citas que Delsey manejaba con soltura. La biblioteca más portátil del

mundo, decía Tony. Conduciendo de vuelta a la ciudad, le asalté con la pregunta.

—¿Recuerda de memoria todo el texto de La dama de las camelias?

—Naturalmente. No hay nada más importante que merezca la pena recordar. —

Reflexionó un instante—. O eso solía creer.