El silencio de Gaudí

Juan David Morgan · Capítulo 16 de 18

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El silencio de Gaudí

Capítulo 15

 

Eran las once y media de la mañana cuando Meteri abordó el taxi en la esquina de Rosselló y Villarroel.

—A la plaza de Catalunya, por favor —dijo mientras acomodaba en el asiento el maletín negro que llevaba en la mano.

El taxista hizo una anotación en el registro e informó a su base:

—Acabo de recoger un pasajero en Rosselló con Villarroel. Me dirijo a la plaza de Catalunya.

—Recibido —respondió una voz de mujer por el altavoz del taxi.

En el despacho de Llovet, donde se había establecido el control de la que habían dado en llamar Operación Halcón en Vuelo, los agentes se pusieron en movimiento. Se encontraban allí, también, el delegado del Interior, que lucía un traje caro, y el comandante del grupo TEDAX, la unidad de la Guardia Civil encargada de la desactivación de explosivos.

—Atención a todas las unidades: el sospechoso ha sido recogido por el vehículo número uno en Rosselló con Villarroel. Se dirige a la plaza de Catalunya. Procedan según lo acordado —ordenó Llovet.

Dos minutos más tarde, un contingente de policías de paisano derribaba la puerta del apartamento de Pepe Valera, quien en ese momento se hallaba en su habitación.

—Valera, quedas arrestado —le comunicó el sargento Vallcorba cuando lo hubieron reducido y esposado.

Visiblemente turbado, Pepe alcanzó a preguntar:

—Y ahora, ¿de qué se me acusa?

—Lo sabes mejor que yo. Pertenencia a banda armada.

Tan pronto como salieron del edificio, uno de los policías informó por radio:

—El número dos ya está en la jaula.

—Todo marcha según lo previsto —afirmó Llovet, calmadamente, más para sí que para quienes lo escuchaban.

—Dentro de media hora debo llamar al ministro. ¿Estamos seguros de que todos los ángulos están cubiertos? —preguntó el de Interior.

—Positivo. Hemos desplegado a más de cien agentes, aparte de los de la Benemérita. Cada tramo de la ruta estará debidamente cubierto por coches patrulla y, de ser necesario, por el helicóptero.

—En ese taxi va una bomba que, si estalla, puede ser peor que el atentado de Hipercor —insistió el de Interior.

—El taxi está blindado y lo conduce Mauri, nuestro mejor experto en explosivos —respondió Llovet—. Además, tenemos la certeza casi absoluta de que la bomba que lleva Echauri no reviste peligro por el momento. Valera compró un teléfono móvil, ¿recuerdas? Así la activarán, llamando a ese número. Por fortuna, hemos podido activar el inhibidor de frecuencias. Además, la presa bien vale el riesgo.

—La responsabilidad, en última instancia, recaerá en los de arriba.

—También nosotros nos sentimos responsables —reaccionó Llovet.

—Hablo de responsabilidad política —insistió el del traje caro.

—No nos tires de la lengua —dijo el de los TEDAX—. Vosotros solo sabéis salir en la foto a tiempo y llevar flores cuando ya es tarde.

En ese momento se escuchó por el altavoz:

—Se encuentra en Bailén con Consell de Cent. A Mauri le faltan unos siete minutos para llegar a la plaza de Catalunya. En este momento se incorporan al seguimiento los coches cinco, seis y siete.

Terminaba de recibirse la última comunicación cuando se abrió la puerta del despacho y un policía de civil anunció:

—Tenemos aquí a Valera, inspector.

—Pásalo a la sala de interrogatorios; enseguida voy —ordenó Llovet.

—Será interesante escuchar lo que tiene que decir —comentó el de Interior.

—Eso ya lo veremos —dijo el de los TEDAX cuando Llovet abandonó el despacho—. A mí me parece que ese chiflado no sabe de la misa la media.

En el taxi, Meteri comenzaba a inquietarse. Aparte de conducir muy despacio, el conductor lo observaba frecuentemente por el espejo retrovisor. Además, no llevaba la radio puesta, y Meteri jamás había subido en un taxi que no llevara la radio puesta. En realidad, desde el primer momento le había parecido extraño que un taxi estuviera justo allí en el preciso instante en que él salía del piso de Valera. Al principio había pensado que el día empezaba con suerte, pero luego… Meteri observó de reojo el maletín y calculó que el taxista no podía verlo por el espejo en caso de que él decidiera activar antes la bomba. Aunque tuviera que hacerlo con una sola mano. Había que pensar en un plan de contingencia.

En cuanto entró en la sala de interrogatorios, Llovet se aproximó al detenido y le espetó:

—Ahora sí que la has hecho buena, Valera. Ya no se trata de un intento de chantaje, sino de un atentado terrorista.

—No sé de qué me habla —respondió Pepe quedamente.

—Claro que lo sabes, Valera. También nosotros. Sabemos que tu pariente, Emeterio Echauri Basterretxea, alias Tiratxinas, es un histórico de ETA y que en este momento se dirige a la plaza de Catalunya para colocar una bomba. Y que tú te encargaste de conseguirle los materiales necesarios, las telas para el disfraz y el móvil con que la hará estallar. Fue en tu piso donde se armó la bomba. Eso te convierte en autor de un delito.

Valera se quedó mirando al inspector Llovet como si no hubiera comprendido una sola palabra. «¿Plaza de Catalunya?».

—Vas a pasarte lo que te queda de vida a la sombra, Valera, más te vale empezar a cantar. Quiero que me digas quién más está implicado y la hora y el lugar exactos. Has hecho el primo, Valera. Has hecho el primo.

Persuadido de que la aventura terminaba y de que lo único que quedaba por hacer era salvar del escándalo a la Sagrada Familia, Valera comenzó a hablar pausadamente, con rostro y voz inexpresivos.

—Las cosas no son como usted dice, inspector. No se trata de ningún atentado. Echauri ya cumplió su castigo por lo que hizo y ahora solamente quiere ayudarme a detener el AVE. La bomba iba a ser colocada en un sitio donde no causara daños personales. Lo que perseguimos es, simplemente, lanzar una advertencia a los omnipotentes señores del AVE, tratar de hacerlos entrar en razón.

Llovet no podía dar crédito a lo que oía. ¿Acaso estaba hablando con un loco de atar?

—Valera, escúchame bien. Mientras hablamos, Echauri va en un taxi con la bomba. Eso mata, Valera. Habrá víctimas inocentes: padres, hermanos, amigos, vecinos. Gente con rostro, con nombre propio. Con hijos, Valera. Gente que tal vez el único mal que ha hecho en su vida es complicársela con una hipoteca o un coche que no podía comprar. Ahora, dime, por tu propio bien, ¿hay alguien más?

¿Sería posible que el inspector estuviera en lo cierto y que el verdadero propósito de Meteri hubiera sido siempre que la bomba causara el mayor daño posible? Valera movió la cabeza de un lado a otro, como si tratara de descartar la idea de una traición tan terrible.

—Valera, no hay tiempo. —El inspector hablaba ahora más calmadamente—. Te han engañado, se han valido de tu fanatismo para utilizarte. Te lo pregunto otra vez: ¿quién más está involucrado?

Una enorme apatía se apoderó del ánimo de Pepe Valera. Tanto luchar para ir a parar a la cárcel por un crimen que en nada contribuiría a su causa. ¿Quién asumiría ahora la defensa del Templo Expiatorio contra los atropellos del AVE? Lentamente levantó la mirada y susurró:

—Nadie, no hay nadie más en esto, inspector. Y lo que usted llama fanatismo es amor, amor a una obra que pocos saben apreciar en su verdadero valor.

Convencido de que era inútil de momento seguir interrogando a Valera, Llovet dio media vuelta y regresó al despacho.

—¿Alguna novedad? —preguntó en cuanto traspuso la puerta.

—No, por ahora. ¿Ha hablado Valera? —quiso saber el del traje caro.

—Sí, ha hablado, pero no ha dicho nada que pueda ayudarnos. —Iba a añadir que no había sido más que un tonto útil en manos de Echauri, pero decidió callar.

Meteri ya estaba seguro de que la policía le había tendido una trampa. Con la excusa de que estaba rota, el tipo se había negado a poner la radio y miraba constantemente por el retrovisor. No era la primera vez que las cosas se le torcían, aunque tal vez fuera la última. Por si acaso, había logrado activar la bomba. Tras haber fijado el momento de la explosión, que ya no sería al cabo de dos horas sino de cinco minutos, los necesarios para que la policía no pudiera desactivarla, faltaba únicamente encender el móvil y sacarlo para que lo vieran sus perseguidores.

Cuando el taxi se detuvo frente a la entrada del Fnac, Meteri lo tuvo muy claro. El comienzo de la Rambla, habitualmente plagado de gente, estaba prácticamente desierto. El vasco abrió la puerta y se apeó sonriente, con el móvil en la mano: ahora sabrían sus antiguos compañeros, aquellos que lo tildaron de cobarde, de patoso, de chivato, que Meteri Echauri seguía siendo un hombre capaz de mantener en jaque a todos aquellos que velaban por fruslerías, alguien capaz de sacudir cualquier cimiento.

—Atención a todas las unidades, el sospechoso acaba de abandonar el vehículo. La bomba está en el asiento trasero —gritó el cabo Mauricio Cruz, artificiero de la Guardia Civil, por todos conocido como Mauri—. Es toda vuestra, chicos.

Armados con fusiles automáticos con miras de precisión, varios policías cayeron sobre Echauri y lo despojaron del móvil, mientras otros agentes se dedicaban a desalojar y acordonar el lugar.

Todo sucedió a cámara rápida. Al oír que se trataba de una bomba, la gente corrió despavorida y se refugió en las bocas del metro. Al principio, los pocos turistas que aún no habían dejado la terraza del café Zurich volcaron varias mesas en su huida y los agentes tuvieron que levantarlos del suelo y acarrearlos escaleras abajo. Las palomas volaron en desbandada. En menos de minuto y medio la plaza de Catalunya quedó desierta. En el taxi solitario, tres policías con trajes especiales de kevlar trabajaban con denuedo para desactivar el artefacto cuando la voz de Llovet sonó en las radios:

—¿Es potente el petardo? ¿Cuánto tiempo queda?

Uno de los policías especializados respondió con voz ronca que se trataba de una bomba trampa. Al parecer, no se activaba únicamente con la señal del teléfono móvil, por lo que el inhibidor de frecuencias tal vez no sirviera de nada.

Faltaban solo tres minutos para la explosión. Enterados de que el problema principal era el doble mecanismo de detonación, el pánico se apoderó de los que comandaban la Operación Halcón en Vuelo.

—Guillermo, ¿podéis desactivarla a tiempo? —preguntó el jefe de los TEDAX—. Si no, salid de allí. ¿Está todo el mundo a salvo?

—Negativo, no hay tiempo. Pero la plaza está despejada y debidamente acordonada —respondió otra voz.

—Salid de ahí. Es una orden.

—Afirmativo.

Los últimos dos minutos que precedieron a la explosión transcurrieron lentamente, en un ominoso silencio. Bajo tierra, en las bocas del metro, centenares de personas permanecían tendidas en el suelo con las manos cubriéndose los oídos, varias llorando en silencio. Cuando se escuchó la detonación, el primero en reaccionar en el cuarto de comando fue el hombre del traje caro:

—Os lo advertí mil veces, imbéciles.

 

Manuel Otaño llegó el martes al Vaticano más temprano que de costumbre para su reunión con el secretario privado del Papa. Durante el fin de semana se había puesto al día en las noticias revisando los números de L’Osservatore Romano publicados durante su ausencia y había avanzado en sus lecturas largo tiempo postergadas. El lunes, después de guardar bajo llave el segundo manuscrito, se había dedicado a despachar los asuntos pendientes y a ordenar su escritorio. Aunque era su intención olvidarse por un tiempo del documento de Gaudí, no lograba sacárselo de la cabeza. Y todavía a la mañana siguiente se sorprendió pensando en como lo que en un principio había sido para él un engorro se había convertido en una necesidad vital, y en de qué manera el escepticismo que sintió al leer por primera vez el documento de las cintas azules había dado paso a la profunda convicción de hallarse frente a un verdadero milagro. Otaño sabía que en cuanto pusiera el manuscrito en manos de Sebastiano Montefiori su protagonismo terminaría y que dependería de la buena voluntad del secretario privado del Papa determinar hasta dónde podía él, un simple funcionario más, conocer la suerte del documento que tan intempestivamente había venido a trastocar su vida. Las reflexiones del jesuita se vieron interrumpidas cuando monseñor Montefiori llamó para que fuera a su despacho con el manuscrito. Mientras subía los escalones aún se preguntaba cuánto podía decir de la forma en que finalmente había llegado a sus manos el documento. Estaba de por medio el secreto de confesión, aunque mitigado por el hecho de que Estévez y Llorens habían confirmado, con absoluta libertad, lo mismo que Josefa Bossel le confesara. Pero aun así…

—Manuel, te veo más delgado y con cara de preocupación —lo saludó Montefiori cuando lo vio entrar.

—Han sido días difíciles —respondió Otaño—. Pero aquí tienes el segundo manuscrito.

—¿Te enteraste de lo de la bomba de Barcelona? —preguntó Montefiori mientras tomaba la carpeta que le ofrecía el jesuita y la colocaba sobre el escritorio.

—Sí. Anoche vi la noticia en la televisión. Menos mal que no hubo muertes que lamentar, aunque parece que los daños materiales fueron considerables.

—Así es. —Montefiori abrió la carpeta y revisó por encima el documento —. Veo que está tan bien conservado como el primer manuscrito.

—Yo diría que mejor. Si observas bien, hay menos desgaste por los efectos de la tinta ferrosa, sobre todo en las notas finales, que son más recientes.

—Cuando hablamos por teléfono dijiste que había circunstancias que te impedían darme los detalles de cómo diste con él. ¿Puedes contármelo ahora?

Otaño recordó a la tía Josefa y aquel cuarto cargado de misticismo donde había escuchado su insólita confesión. ¿Podía contarlo?

—La historia es larga y enrevesada y hay de por medio una confesión, por lo que tendrás que perdonarme si no soy más específico. —El jesuita hablaba con voz apagada, como si de pronto sintiera sobre sus hombros todo el cansancio de los últimos días.

—Aunque es innegable la importancia que tienen la procedencia del documento y las circunstancias de su búsqueda, nunca te pediría que violaras el secreto de confesión —dijo Montefiori, solemne—. Cuéntame lo que puedas.

Otaño relató al secretario del Papa, a grandes trazos, su última entrevista con Llovet, su visita al tesorero Grisson y a Josefa Bossel, su posterior encuentro con Estévez y Llorens, «dos ancianos que parecen sacados de una novela surrealista», y la entrega del documento frente a la tumba de Gaudí. Para tranquilizar su conciencia, evitó toda referencia a los problemas de juego del hijo de la tía Josefa y al pago de los cincuenta mil euros por parte de la pareja de ancianos. Cuando terminó, Montefiori, que mantenía los ojos entornados, dijo simplemente:

—Está claro que alguien te ha confesado la comisión de un delito del cual no has puesto al corriente a la policía. —Viendo que Otaño se aprestaba a decir algo, lo detuvo con un gesto de la mano y añadió enseguida—: No tienes que aclararme nada. Lo que has dicho es suficiente para informar al Santo Padre. Leamos ahora el segundo manuscrito, pero en la mesa de trabajo, que estaremos más cómodos.

Los sacerdotes se trasladaron a la mesa, Montefiori colocó cuidadosamente el documento frente a sí y comenzó a leer en voz alta:

Misiva para ser entregada al Vicario de Cristo en la Tierra.

Cuando esta carta llegue a manos de Su Santidad, habrá culminado

la construcción del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Tal es la

instrucción que por este medio recibe, después de mi muerte, mi

colaborador y leal amigo, Francisco Bossel. A sus manos y las de sus

descendientes he confiado el testimonio de la aparición de san José a

este humilde creyente y la ejecución de mi último deseo como

arquitecto de la excelsa obra. Me mueve la íntima convicción de que es

la voluntad del Creador que la catedral cuya construcción iniciamos sea

percibida a lo largo de su ejecución como obra suprema del esfuerzo

humano y no como un deber impuesto por la Divina Providencia. Y

afirmo esto porque así debo interpretar el mensaje divino que he

recibido entre la noche de ayer y la madrugada de hoy, plasmado en el

manuscrito que acompaña esta misiva. Es condición indispensable que

el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia sea levantado con los

aportes, dádivas y limosnas de los fieles para que su generosidad sea

compensada con creces con las múltiples Gracias, Indulgencias y

Bendiciones que sobre ellos derramará nuestro Señor.

Sin embargo, si por alguna razón hoy imprevisible fuera

conveniente para los intereses de nuestra Santa Madre Iglesia que antes

de la culminación del templo el mundo conociera que su origen estuvo

en la milagrosa aparición de san José, Francisco o sus sucesores

deberán sentirse autorizados a hacer llegar estos documentos a Su

Santidad por la vía más expedita posible.

Firmo esta carta, escrita de mi puño y letra, hoy, 20 de marzo de

1884.

ANTONI GAUDÍ

Addenda. 23 de noviembre de 1918. Esta anotación, inesperada pero

necesaria, obedece a que he visto cumplirse dos de las profecías que me

fueron reveladas por san José: Europa está envuelta en una guerra de

alcance mundial y en Rusia acaba de asumir el poder un régimen que

funda su ideología en la negación de Dios y del Cristianismo. Hace

apenas tres semanas se formaba un nuevo gobierno alemán y parece

que se iniciarán las conversaciones para el armisticio. No puedo dejar

de subrayar el gran desasosiego que invade mi espíritu cuando advierto

que las profecías se van cumpliendo. ¿Significa esto que no está lejano

el día del Juicio Final? ¿Subsistirá mi catedral a la hecatombe que

acarreará el egoísmo del hombre? Por un momento sentí la urgencia de

enviar yo mismo el documento de testimonio de la aparición divina al

papa Benedicto XV para que él lo utilice como un escudo protector

contra los embates de los enemigos de Dios. Al final, he desistido. Es

muy pronto todavía.

Addenda. Hoy, 18 de octubre de 1919, dejo constancia, nuevamente,

del pesar que me embarga. Aquellos que en todo buscan malicia y

desorientación, los vacuos de espíritu que hoy critican con acritud mi

dedicación al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, son los mismos

que mañana afirmarán que mi renuencia a divulgar al mundo las

revelaciones de san José ha sido un acto de vanidad humana, que ha

obedecido al afán de que recaiga únicamente sobre mí la gloria de

haber sido quien concibió y llevó adelante la más majestuosa e

imponente basílica que conocerá el mundo católico. A quienes así

piensen, los perdono desde el más allá, desde la Casa del Padre en la

que habitaré por toda la eternidad, porque el amor que profeso a mi

Creador y a mi Iglesia ha sembrado en mi alma profundos sentimientos

de fe, esperanza y caridad, virtudes que han acompañado y

acompañarán siempre mi conducta entre los hombres.

Addenda. Hoy, 25 de diciembre de 1921, día en que los hombres nos

regocijamos con el nacimiento del Señor, creo necesario dejar

constancia de las enormes dificultades económicas que afronta el

Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. En España soplan vientos de

tormenta revolucionaria alentados por los comunistas, que acaban de

formar un nuevo partido político. Los fondos para continuar las obras

son cada vez más exiguos y la gente a la que me encuentro por la calle

se cambia de acera para evitar que le solicite apoyo. ¡Dios mío, a veces

siento tantos deseos de divulgar yo mismo las revelaciones de san José!

Entonces sí que abundarían las donaciones y terminaría esta angustia de

construir con las uñas la más grandiosa de las catedrales. Sin embargo,

debo perseverar, porque no es esa la voluntad de Dios, que claramente

ha indicado su deseo de que la Sagrada Familia se deba al esfuerzo de

los hombres y a través de ella puedan expiar sus pecados, aunque haya

que sembrar en el desierto y arar en el mar.

Concluida la lectura, Montefiori releyó algunos pasajes mientras tomaba notas en una libreta amarilla.

—Es lo que suponíamos —concluyó finalmente—, aunque, como tú bien dices, las posdatas no dejan de ser interesantes.

—Especialmente en lo que atañe al cumplimiento de algunas de las predicciones —acotó Manuel—. ¿Quieres que analicemos el documento?

—Creo que antes debemos hablar de su autenticidad.

—¿Tienes alguna duda? —preguntó el jesuita, asombrado.

—No, personalmente no tengo ninguna, pero es una información que me pedirá Su Santidad. Supongo que en principio, si el manuscrito de las cintas azules es auténtico, no tenemos por qué cuestionar la autenticidad de la carta remisoria.

—Sobre todo cuando, en realidad, no agrega nada.

Montefiori echó un vistazo a sus apuntes antes de proseguir.

—¿No te parece interesante la interpretación que hace Gaudí de las revelaciones de san José? Según él, fue intención del Creador que no se divulgara el documento hasta que no estuviera terminada la catedral.

—No hay que olvidar que estamos hablando de un templo expiatorio, el más grande e impresionante que se haya concebido. Imagino que Gaudí, hombre piadoso en extremo, creía que si se conocía que la construcción de su catedral se debía a un milagro, lloverían las donaciones y limosnas, no a consecuencia de un acto voluntario de contrición de cada individuo, sino por una reacción colectiva ante lo sobrenatural. —A medida que hablaba, Otaño parecía recobrar el entusiasmo—. El mismo pensamiento cruzó por mi mente la primera vez que leí el manuscrito: lo más hermoso que tiene el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia no es la obra en sí, sino el hecho de que lleva construyéndose más de ciento veinte años, que abarcan tres siglos y que, gracias a la generosidad de los fieles, todavía sigue adelante. En otras palabras, aunque suene a herejía, atribuir la catedral a un milagro es deshumanizarla.

—Impactante discurso, Manuel. ¿Piensas así todavía? —En la pregunta de Montefiori había una mezcla de incredulidad y sarcasmo.

—He de ser sincero, sobre todo conmigo mismo. Las experiencias de las últimas semanas me impiden ser objetivo. He conocido gente tan entregada a Gaudí, me he identificado tanto con su obra…

—Créeme que no eres el único —lo interrumpió el secretario del Papa—. Si bien no he participado tan de cerca como tú en esto, también me cuesta ser imparcial. Aunque, por supuesto, yo sí que debo serlo. Como ocurre frecuentemente, hay más de un ángulo desde el cual podemos valorar lo dicho por Gaudí. Toma el caso de los ciento veintitantos años que lleva construyéndose el templo: ¿no será que no ha habido donaciones y limosnas suficientes para concluirlo? Por otra parte, sabemos que Gaudí tuvo enemigos, algunos de ellos de mucho peso, como don Miguel de Unamuno, quizás el más acérrimo de sus detractores. Sabemos también que era un hombre humilde que no valoraba las cosas materiales, pero, paradójicamente, también era orgulloso y arrogante. ¿No responderá a esta faceta de su carácter la nota que incluye al final de la carta en la que afirma que nunca lo movió la vanidad e incluso llega al extremo de perdonar desde el cielo a quienes así podían pensar? ¿No es este un indicio evidente de vanidad?

—No sé, no sé… —dudó Manuel—. Creo que la arrogancia es común a todos los genios.

—Sin embargo, este aspira a ser santo —comentó Montefiori irónico—. Tal vez esta sea la explicación de por qué la Virgen se ha aparecido siempre a personas humildes y poco educadas, a quienes no se les ocurrió preguntar el porqué y mucho menos dejar un testimonio escrito y razonado.

—Aunque no soy experto en apariciones divinas, debo aclarar que son sus seguidores, sus fanáticos, los que han promovido su candidatura al santoral — puntualizó Manuel—. No creo que Gaudí aspirara jamás a la santidad.

—Bueno —dijo Montefiori, poniendo fin a la discusión—, ese es un tema que tocará dilucidar a los miembros de la Causa de los Santos; nosotros debemos seguir nuestro análisis. ¿Qué otra cosa llama tu atención?

El jesuita reflexionó un momento, revisó por encima el manuscrito y, sonriendo ligeramente, preguntó:

—¿No te parece una coincidencia fascinante que Gaudí hubiera pensado enviarle el documento de las cintas azules precisamente a Benedicto XV?

—Me ha llamado enseguida la atención —respondió Sebastiano, la media sonrisa asomada a los labios—. Joseph Ratzinger escogió ese nombre porque admira mucho a Benedicto XV, justamente conocido como el Papa de la Paz por su labor pacifista en defensa de los derechos humanos a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Estoy seguro de que es un detalle que disfrutará el Santo Padre. —Montefiori hizo un gesto de impaciencia—. Pero dejemos a un lado las trivialidades y volvamos al inicio de nuestra conversación. Creo que lo más relevante del nuevo manuscrito es que el arquitecto, hoy candidato a santo, no quiso que la aparición de san José fuera revelada sino después de concluida la catedral, y como la obra aún está sin terminar (¿dijiste que le faltan veintisiete años?) el Sumo Pontífice violaría la voluntad de Gaudí si divulgara el documento.

—Es cierto. Pero él mismo, consciente de la enorme importancia religiosa de lo ocurrido, manifestó que, si las circunstancias así lo exigían, los custodios del documento debían considerarse libres de enviarlo al Vaticano antes de que terminaran las obras, que es precisamente lo que hizo el archivero Bossel.

—Así es —concedió el secretario del Papa—. Por ello no nos queda más que llevar el documento a Su Santidad para que este decida cómo proceder, cosa que haré mañana por la tarde para tener tiempo de presentarlo a los expertos para que confirmen su autenticidad con un examen somero in situ. No creo que haga falta más.

Manuel se levantó para marcharse, pero Sebastiano lo retuvo por el brazo.

—Una vez más, Manuel, gracias por una misión tan bien cumplida. —La voz de Sebastiano vibraba con una emoción hasta entonces desconocida por el jesuita—. Estoy seguro de que Su Santidad querrá dártelas personalmente. Alarmado, Inocencio Llorens fue tan rápido como se lo permitieron sus piernas a casa de su amigo, socio y vecino, Eusebio Estévez.

—De veras que no hace falta, Sebastiano. Ha sido lo más excitante que he hecho desde que llegué aquí y por ello soy yo quien te da las gracias por tu confianza y tu apoyo.

 

El miércoles por la mañana, Manuel Otaño sintió unos deseos irreprimibles de telefonear a Carmen, de saber de ella. Presentía que con la entrega a Sebastiano Montefiori del segundo manuscrito de Gaudí terminaba su vinculación con la Sagrada Familia. Lo que más le afectaba era el convencimiento de que la hermosa arquitecta acabaría por ser uno de esos recuerdos que con el paso del tiempo se desvanecen sin dejar huella, como el perfume que permanece con nosotros hasta que el viento lo disipa. Recordaba detalles tal vez nimios, pero que ahora, en la distancia, le afectaban más que nunca: los pies de ella, descalzos sobre el suelo del despacho, semiocultos tras el escritorio; la forma en que se apartaba el cabello del rostro; los largos dedos, cuidados y de uñas sin pintar; sus ojos, a veces glaucos, a veces más oscuros; la insinuación de su escote cuando la había ayudado con el abrigo… Todo aquello le provocaba un sentimiento que el fundador de su orden, Ignacio de Loyola, había resumido en una sola palabra: desolación. El jesuita intuía que la crisis más grave de su carrera sacerdotal se había desencadenado como consecuencia de su relación con Carmen Balcázar. Los urgentes deseos que todavía sentía de hablar con ella y escucharla, ¿significaban tal vez que esa crisis aún no estaba superada? Manuel había soportado, y soportaba todavía, con verdadero estoicismo los años de opacidad espiritual vividos en el Vaticano. Otras veces había llegado a sentir la punzada inquietante del deseo carnal reprimido, pero con Carmen había experimentado, por primera vez, el enorme vacío, la inefable nostalgia de saber vedado para siempre el camino que conduce a la unión permanente entre hombre y mujer, a la entrega mutua, al anhelado placer de verse repetido en la sonrisa, en la mirada, en los gestos de un nuevo ser fruto de esa entrega. Sin saber todavía qué palabras saldrían de sus labios, Manuel Otaño descolgó el teléfono. El móvil de Carmen sonó varias veces hasta que una voz impersonal le pidió que dejara un mensaje. «Carmen, soy Manuel; bueno, Manu, llamo para saludarte», se limitó a decir, y en su interior se acalló el sentimiento profundamente íntimo que lo había impulsado a llamar. Y volvió a recordar la sentencia que la impronta jesuítica había marcado a fuego en su espíritu, el proverbio que lo había guiado por un mundo no siempre amable: «En tiempos de desolación, no hacer mudanza».

Al final de la mañana, cuando el jesuita se disponía a abandonar el despacho, el teléfono sonó y él respondió esperanzado. El sonido de la voz de Carmen lo hizo estremecer.

—Manu, soy Carmen. Escuché tu mensaje, pero he estado toda la mañana en una reunión y tenía el móvil apagado. ¿Cómo estás?

—Bien, muy bien. Llamaba para saludarte y saber de ti. ¿Cómo va todo?

—Lo de siempre, Manu, solo que muy consternada por lo ocurrido.

—Sí, ya me enteré del atentado en la plaza de Catalunya. Parece que no hubo víctimas mortales.

—No, dos policías heridos, aunque no de gravedad. Lo que nos tiene a todos extrañados y, más que extrañados, muy apenados, es lo de Pepe Valera.

—¿Lo de Valera? ¿A qué te refieres?

—¿No lo sabes? Lo publicaron esta mañana los periódicos. Según las noticias, la bomba la puso un antiguo miembro de ETA que estaba chiflado y que tenía a Pepe como cómplice.

Hubo un momento de silencio.

—Cuesta creerlo —dijo finalmente Manuel—. ¿Qué vinculación puede haber entre ETA y un hombre como Valera?

—En realidad, el tipo ya no tenía nada que ver con ETA. Al parecer, necesitaba tratamiento psiquiátrico. Su asistente social ha declarado que sufría manía persecutoria o algo así. Aunque a veces la policía no lo cuenta todo, por si tenía cómplices, ya sabes: procuran dar información incorrecta para forzarlos a descubrirse. Pero eso no es lo que nos asombra a todos: uno de los periodistas se preguntaba qué relación podía haber entre un antiguo etarra, la Sagrada Familia y el AVE.

—¿El AVE?

—Sí, Manuel. El abogado de Valera declaró en rueda de prensa que el único propósito que perseguía Pepe Valera era evitar el paso del AVE junto a la catedral de Gaudí y que su defendido había sido engañado por el chiflado que llevó la bomba a la plaza de Catalunya.

—La verdad es que parece una locura. Ojalá pronto sepamos qué ocurrió en realidad. Aunque en estos casos… Veremos qué dicen después las autoridades.

—Anoche en televisión entrevistaron al jefe de inspectores, que elogió la profesionalidad de los agentes que participaron en la operación, muy especialmente la de Llovet. Según él, la bomba era muy potente y, de no haber sido por la eficiencia de la policía, habría destruido la plaza de Catalunya y matado a no sé cuántas personas.

—Es una pena, Carmen. Pero ahora háblame un poco de ti y de la catedral, que para eso llamaba.

—Todavía en lo mismo, Manu, sin que podamos ponernos de acuerdo con los del AVE. La buena noticia es que cada vez recibimos más visitantes y las finanzas del templo han mejorado. Casualmente, ayer la Comisión Ejecutiva autorizó la contratación de cincuenta obreros adicionales.

—Sí que son buenas noticias. Ahora podré ver, antes de partir de este mundo, la catedral terminada con todas sus torres, sus fachadas y la escalinata monumental de la entrada.

—Puedes contar con ello —rio Carmen y, después de una breve pausa, preguntó—: Y tú, Manu, ¿qué tal? ¿Tus gestiones han dado fruto?

—Yo cumplí con lo mío, Carmen. Ahora otros tomarán la decisión.

—Que ojalá se conozca antes de que esté acabada la catedral —ironizó Carmen.

Ambos rieron.

—Cuenta con ello, Carmen. Como te dije, cuando suceda lo sabrás enseguida.

Durante unos instantes, el sacerdote y la arquitecta permanecieron callados.

—¿Cuándo piensas volver por aquí? —El tono de Carmen era ahora más íntimo.

—En realidad, no lo sé. El año que viene, para la inspección… tal vez. Depende de lo que ocurra con el documento.

—Es mucho tiempo, ¿no?

Se hizo un nuevo silencio. Sintiendo que no tenían más que decirse y la conversación languidecía, Manuel decidió despedirse.

—Bueno, Carmen, me alegro de que por lo menos algunas noticias sean buenas. Volveré a llamarte.

—Así lo espero, Manu. Si no, te llamaré yo. Me ha gustado mucho escucharte.

—También a mí. Adiós, Carmen.

—Adéu, Manu.

Después de colgar, el padre Manuel Otaño permaneció largo rato absorto, la mirada fija en el teléfono. Le resultaba difícil discernir si el sentimiento que lo embargaba era de impotencia, de resignación, o si se trataba simplemente del peso agobiante de su irremediable soledad. En cualquier caso, fuera lo que fuese, no haría mudanza.

—¿Has leído la noticia, Eusebio?

—¡Pero qué cara de susto traes, Inocencio! —exclamó el aludido—. ¿Qué noticia?

—Acabo de ver en La Vanguardia que Pepe Valera es uno de los autores del atentado de ayer —dijo Inocencio, agitado.

—¿Pepe Valera? Imposible —respondió Eusebio, cabeceando.

—Eso pensaba hasta que leí las declaraciones de su abogado. Dice que Pepe fue víctima de un engaño y que su único propósito con todo esto era salvar la catedral de Gaudí del AVE.

—Difícil de creer —reflexionó Eusebio—. Aunque Pepe siempre estuvo un poco loco. Supongo que te preocupa cómo nos puede afectar a nosotros.

—Oh, i tant! Una cosa es mandar un anónimo amenazando con divulgar un documento si no cambian la ruta del AVE y otra muy distinta poner semejante bombazo.

—Anda, tranquilízate, Inocencio, que no es para tanto. Tomémonos un whisky.

—Me parece una gran idea. No es que necesite relajarme; sabes que lo hago por salud, igual que tú.

Ambos rieron y se sentaron con sendos whiskies en la mano en uno de los sofás de cuero del estudio de Estévez, un salón muy sobrio y repleto de libros.

—No creo que haya motivo de preocupación —reiteró Eusebio después del primer sorbo—. Aunque a raíz de las declaraciones de Pepe decidan volver a investigar el anónimo, no hay manera de que nos vinculen con él.

—A menos que hable Josefa.

—No, no la creo capaz después de lo que hicimos por su hijo. Además, se incriminaría.

—Llevas razón. Tal vez lo que más debería preocuparnos es que los gaudinianos tengamos en nuestras filas a un fanático. Nadie puede condonar el terrorismo, mucho menos los seguidores de Gaudí. Pero sigo creyendo que Pepe Valera no es de poner bombas.

—Ni nada parecido. Pepe es hombre de pancartas y discursos.

—Pero, entonces, ¿qué puede haberle ocurrido? —insistió Estévez.

—Me temo que jamás lo sabremos. —Llorens hizo un guiño de complicidad—. Además, se cuentan muchos chismes. Que no te extrañe si después resulta que Pepe no era ningún villano.

—¿Crees que debemos brindar por su pronta liberación?

—Por supuesto que sí.

Sonriendo pícaramente, los octogenarios hicieron chocar los vasos.