El silencio de Gaudí

Juan David Morgan · Capítulo 4 de 18

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El silencio de Gaudí

Capítulo 3

 

Carmen Balcázar terminaba de descargar las últimas imágenes en el ordenador cuando la secretaria se asomó a la puerta para informarla de que los miembros de la Comisión Ejecutiva preguntaban por ella.

—Han venido todos, hasta el gato —dijo con su habitual impertinencia—. Como que el tema del AVE se vuelve cada vez más importante…

—Necesito cinco minutos más —respondió la arquitecta—. ¿Están listos el proyector y la pantalla?

—Yo de eso no tengo ni idea, aunque, ahora que lo menciona, creo que he visto un trasto sobre la mesa.

—Diles que voy enseguida.

Se trataba de la primera reunión formal de la nueva arquitecta a cargo del día a día de las obras de la Sagrada Familia con la Comisión Ejecutiva del Patronato. Por ello se había esmerado en elaborar una presentación clara y concisa, con imágenes y datos puntuales, que no dejara la menor duda de los daños que el paso del AVE por la calle Mallorca causaría a las estructuras del templo. Quedaría claro, además, que cualquier precaución que se tomara no garantizaría que no fuera aún mayor el grado de deterioro y desgaste que con el transcurso de los años podría ocasionar un tren que circulara a altas velocidades.

La Comisión Ejecutiva se reunía alrededor de una gran mesa rectangular en la oficina del presidente. La arquitecta entró en la sala cargada con su ordenador portátil y algunos bocetos, saludó, pidió excusas por la demora, se sentó frente al proyector, efectuó las conexiones necesarias y preguntó al presidente si podía proceder con su presentación.

—Claro, claro, adelante —dijo el aludido—. Es el motivo principal de esta reunión.

—Permítanme una breve introducción antes de mostrar los cuadros e imágenes que he preparado. Como saben, gran parte del poco tiempo que llevo aquí lo he dedicado a buscar, con la ayuda del ingeniero estructural del proyecto y otros distinguidos colegas que trabajan en la obra, el diseño que mejor garantice la integridad de los cimientos de la Sagrada Familia. Para nosotros, la pantalla de protección de columnas que proponen los señores del Consorcio Alta Velocidad no es ni remotamente suficiente para evitar futuros daños. No hace falta que les diga que en ningún momento, durante el diseño de los planos y la construcción de la catedral, se le pasó a Gaudí ni a nadie por la cabeza que un día el Ayuntamiento permitiría construir un túnel subterráneo para el paso de un tren de alta velocidad justo al lado de los trabajos.

—Cuando las obras se iniciaron, allá por 1880, este sitio quedaba en las afueras de Barcelona —observó el que más edad aparentaba de los comisionados—. A principios del siglo pasado, Gaudí propuso, dentro del plan urbanístico de Jaussely, la incorporación de distancias mínimas para poder admirar mejor el templo. Tal vez si le hubieran hecho caso no tendríamos ahora este problema.

—Así es —prosiguió la arquitecta—. Y el maestro Gaudí dibujó sus planos de acuerdo con esa realidad. A lo que voy es a que no nos han dejado, a los arquitectos e ingenieros, mucho espacio para diseñar y construir estructuras que logren mitigar los daños.

—Perdóneme. Soy Juan Grisson, tesorero de esta Comisión. Cuando utiliza usted la palabra mitigar, ¿debemos entender que habrá daños en cualquier caso, aunque menores?

—Me temo que así es —respondió Carmen—. Y lo peor es que ni nosotros ni nadie está en condiciones de predecir hasta qué punto la vibración, o el ruido, y todo lo que conlleva el paso continuado de un vehículo que se desplaza dentro de un túnel a altas velocidades deteriorarán los cimientos y la estructura del templo. Le recuerdo, y lo veremos en detalle más adelante, que los estudios geológicos del subsuelo indican una gran inestabilidad. Ya se imaginará usted el daño que puede causar eso a una estructura como la de la fachada de la Gloria, la que da a la calle Mallorca, que solo ella pesará más de veintidós mil toneladas.

—Según aseguran las autoridades, el AVE disminuirá su velocidad al mínimo cuando pase por la calle Mallorca —señaló el presidente.

—Es algo, pero no basta —insistió la arquitecta—. Independientemente de la rapidez a la que se desplace un vehículo, hay un grado inevitable de vibración y esta, en opinión de algunos, no siempre se produce a la mayor velocidad. En el caso del AVE, son necesarios ocho motores para activarlo y la tensión eléctrica requerida es de veinticinco mil voltios. ¿Continúo?

—Adelante, adelante, y perdone la interrupción —dijo el tesorero.

—Pues bien, otra de las dificultades con la que nos hemos encontrado es la poca disposición de los señores del AVE a compartir con nosotros datos concretos y definitivos sobre el trazado de la vía y las características del túnel que construirán. —La arquitecta encendió el proyector, tecleó en el ordenador y comenzó a explicar los primeros gráficos e imágenes que aparecían en pantalla—. Repito que se trata de un primer estudio, sujeto a los ajustes que se requieran una vez que tengamos más información. Este gráfico muestra…

En ese instante se abrió la puerta de la oficina y apareció la secretaria, seguida de un señor a quien Carmen no había visto nunca.

—Perdón —dijo la andaluza—, pero es que nuestro antiguo subsecretario insiste en entrar. Ya le he dicho cien veces que esta reunión…

—Buenas tardes —la interrumpió José Valera—. Sé que se trata de una reunión de los miembros de la Comisión Ejecutiva, pero los estatutos establecen que cada uno de los integrantes del Patronato tiene derecho a asistir, con voz aunque sin voto, a cualquier reunión de esta Comisión. Si bien yo renuncié como subsecretario y miembro de la Comisión, no por ello he dejado de pertenecer al Patronato. —Pepe Valera hizo una pausa y luego prosiguió, dirigiéndose directamente a la arquitecta—: Supongo que usted conoce mi oposición rotunda al paso del AVE a menos de un metro de esta magna obra del maestro, que hará de Barcelona la más importante y visitada de las ciudades de España.

El presidente miró al secretario y abogado de la Comisión, quien con un movimiento de cabeza le indicó que el antiguo subsecretario llevaba razón. Carmen había oído hablar del temperamento exaltado e irascible de Valera, y se quedó sorprendida por la calma y buenos modales con los que el enemigo declarado del AVE había irrumpido en una reunión sin haber sido invitado. Le calculó unos cincuenta años, bien llevados, y concluyó que el cabello entrecano y desordenado, la nariz aguileña, la mirada penetrante y la naturalidad de su desenvoltura hacían de aquel disidente un hombre interesante.

—Benvingut, Valera —dijo por fin el presidente de mala gana—. Acerque una silla y escuche con nosotros la presentación de nuestra arquitecta.

—A quien no tengo el gusto de conocer, aunque ya he oído hablar de sus aptitudes.

—Muchas gracias, señor Valera, soy Carmen Balcázar, para servirle. Comenzaba a explicar a los señores comisionados las medidas que se sugerirán para mitigar los efectos nocivos de las vibraciones que ocasionará el paso del…

—Perdón si la interrumpo —dijo el antiguo subsecretario todavía calmadamente—. Pero ¿significan sus palabras que ya esta Comisión se ha resignado a que el AVE pase por la calle Mallorca? Sin duda, la joven arquitecta les habrá informado de que el maestro Gaudí concibió y diseñó los arcos de las cúpulas del templo sin las juntas tradicionales y reglamentarias. A causa de ello, el daño que causarán las vibraciones será aún más grave. Además, el ángulo…

—Pepe, ese es un tema ya discutido cientos de veces —lo interrumpió el presidente, exasperado—. La conclusión a la que llegamos…

—Sí, es cierto, lo discutimos aquí —lo cortó a su vez Valera—, pero recuerden que en alguna de aquellas nefastas sesiones también convinimos en que los abogados estudiarían los recursos legales necesarios para evitar la catástrofe. —Valera iba levantando la voz y su mirada y sus gestos denotaban el gran esfuerzo que hacía por controlarse—. Doncs fantàstic! ¿Es que acaso hemos desistido de acudir a la justicia? ¿Tan poca consideración tienen por la obra más grandiosa del más célebre de los catalanes? No olviden que el AVE iba a pasar originalmente por la costa. La presión de los vecinos, que no querían ni ruidos ni nada que perturbara su existencia burguesa, obligó al Consorcio Alta Velocidad a cambiar la ruta original y escoger la de la calle Mallorca. ¿No tienen, acaso, las obras de la Sagrada Familia suficiente importancia como para que nosotros presionemos también y los hagamos volver al primer trazado? Déu meu, Déu meu!

Tras un intercambio de miradas con el resto de los comisionados, el presidente pidió a la arquitecta Balcázar que continuara con su presentación. Como si lo hubiera picado un tábano, Valera se levantó bruscamente, dio un golpe en la mesa y, casi gritando, exclamó:

—¡Un momento! Aquí se va a hablar de las construcciones necesarias para mitigar los efectos del paso de ese monstruo que llaman AVE. ¿Alguien puede decirme quién pagará el costo de los daños que se ocasionen? ¿La Generalitat? ¿El Ayuntamiento? ¿Los todopoderosos señores del AVE? Por si acaso lo han olvidado, les recuerdo que el Templo de la Sagrada Familia es una obra expiatoria, costeada desde hace más de un siglo exclusivamente con donaciones y limosnas de los feligreses. ¿Pretenden ustedes ir a pedir a los obreros y a los campesinos que saquen dinero de sus agotados bolsillos, no ya para continuar con los trabajos de la catedral sino para emplearlo en reparaciones impuestas por la estupidez de burócratas que nada entienden, dirigidos por tres o cuatro masones cuya meta es que la catedral de Gaudí permanezca para siempre inconclusa? ¡Si ya lo han intentado antes, hombre!

El presidente también se puso de pie y dijo enérgicamente:

—Le repito, Valera, que no es este el momento…

—¡Déjeme terminar! —insistió Valera, cada vez más exaltado—. Todos hemos leído el resultado de los estudios geológicos encargados por esta Comisión a ingenieros notables. Sabemos que el terreno es inestable y que es muy probable que en un futuro no muy lejano se hundan los cimientos de la catedral. ¿Acaso nos hemos olvidado ya de la tragedia del barrio del Carmel, cuando varios edificios se derrumbaron a causa de la construcción de la línea cinco del metro? ¡Si ocurrió hace apenas un año! Y esos edificios juntos no pesaban lo que una de nuestras torres ni habían sido declarados Patrimonio de la Humanidad. Recuerden que al jurar el cargo como miembros de esta Comisión Ejecutiva, cada uno de ustedes asumió la responsabilidad de velar por la buena marcha de las obras del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Si no cumplen con ese deber, yo mismo los denunciaré públicamente ante las autoridades para que respondan por su desidia. Y ahora no me queda nada más por hacer aquí.

Camino de la puerta, Valera levantó los ojos al techo y exclamó:

—Déu meu! Pero ¿cómo es posible tanta indolencia?

Para sorpresa de todos, cuando dejó la sala, cerró la puerta con sumo cuidado, procurando no hacer ruido.

Pasada la conmoción de la imprevista aparición del antiguo subsecretario, Juan Grisson, el tesorero, fue el primero en expresar su preocupación por la salud mental de Pepe Valera.

—Me da mucha pena verlo así —dijo cabizbajo—. Durante el tiempo que trabajó con nosotros hicimos una buena amistad. En cuanto pueda hablaré con él a ver si logro calmarlo un poco.

—El desequilibrio no es de ahora. Comenzó hace seis meses, a raíz de la muerte de su mujer —comentó el presidente, encogiéndose de hombros.

—Yo no sé de desequilibrios, pero Valera siempre ha sido un tipo obsesivo —expresó secamente el secretario—. ¿No recuerdan el día en que se presentó ante este Patronato pidiendo apoyo para la solicitud de canonización de Gaudí? Y armó la de san Quintín cuando se le explicó que el Patronato no podía intervenir en un tema ajeno a su competencia. Si no me equivoco, eso ocurrió hace diez años; sus desequilibrios no son de ahora.

—Tampoco hay que olvidar —insistió el tesorero— que fue precisamente gracias, en buena parte, a la tenacidad de Pepe que se formó el comité para promover la canonización de Gaudí. Y llegaron con el asunto hasta el Vaticano.

—Parece que hoy en día resulta más difícil cambiar la ruta del AVE que entrar en el santoral —ironizó el secretario—. Y si no me creen recuerden que Escrivá de Balaguer subió a los altares más rápido de lo que puede volar el AVE.

—Ese tenía detrás al Opus, a todos sus cardenales y al mismo Papa polaco —comentó otro de los comisionados, riendo de su propia ocurrencia.

—Bueno —terció el presidente—, no hace falta que os recuerde que esta reunión no tiene como propósito discutir el santoral de la Iglesia y que nuestra arquitecta aguarda desde hace un buen rato para proseguir con su presentación. Adelante, señorita Balcázar, y perdone la prolongada interrupción.

Antes de continuar con su informe, Carmen, que había seguido con marcado interés las vicisitudes de la reunión, creyó necesario advertir a los comisionados que Valera parecía saber lo que estaba diciendo y que la ausencia de juntas reglamentarias en las curvas de los arcos era uno de los problemas que más le preocupaban también a ella.

—Es, precisamente, el elemento de la construcción que más puede resultar afectado por la vibración que produzca el paso del AVE. Lo verán enseguida en una de las imágenes incluidas en la presentación.

 

La velocidad a la que caminaba Valera aumentaba en proporción a las vueltas que le daba al asunto. Cuando entró en la plaza de la Sagrada Familia, el antiguo subsecretario del Patronato iba ya casi corriendo.

«¿Cómo es posible que no vean lo obvio? Todo el que sabe algo de física me asegura que la vibración del AVE acabará por hundir los cimientos de la catedral. En menos años de los que se tardó en levantar la primera torre, la obra maestra del más grande de los genios se derrumbará. Menos mal que mi Elisa no estará aquí para verlo». Valera se detuvo un momento y, con una mueca que pretendía ser sonrisa, exclamó en voz alta: «¡Qué digo, si tampoco yo estaré aquí para entonces!».

Se dirigió luego hacia el centro de la plaza mientras repetía de memoria los principios que más lo habían impresionado después de las muchas consultas realizadas al ingeniero Benavides, experto en el tema de los ferrocarriles. «Un tren es una fuente de vibración en movimiento, cosa que hace que en un punto receptor, en un instante determinado, se tenga una señal resultante de la superposición de diferentes eventos vibratorios provenientes de diferentes puntos emisores y desfasados en el tiempo, cosa que afecta los coeficientes de atenuación geométrica y material». Valera se repetía una y otra vez la frase que más había calado en él: «Un tren es una fuente de vibración en movimiento, un tren es una fuente de vibración en movimiento, un tren es una fuente de vibración en movimiento…». Y enseguida saltaba a otro de los conceptos memorizados: «Un aspecto que hay que tener en cuenta cuando se justifica la diferencia entre valores teóricos y experimentales de infinito es la diferencia entre una fuente lineal finita y una infinita, ya que el modelo teórico tiene en cuenta una fuente lineal infinita, mientras que el paso de un tren es una fuente lineal finita en movimiento». Y volvía a repetir aquello que más sentido tenía para él: «El modelo teórico tiene en cuenta una fuente lineal infinita, el modelo teórico tiene en cuenta una fuente lineal infinita, el modelo teórico tiene en cuenta una fuente lineal infinita…». Por último se concentraba en el concepto que más lo había impactado, tal vez por ser el más obvio: «Es difícil seleccionar el mecanismo de propagación debido a la composición del camino de propagación. La existencia de hormigón interactuando con el terreno puede causar caminos de transmisión preferencial». Y, una vez más, repetía la frase que contenía la clave de la tragedia que se avecinaba: «La existencia de hormigón puede causar caminos de transmisión preferencial, la existencia de hormigón puede causar caminos de transmisión preferencial, la existencia de hormigón puede causar caminos de transmisión preferencial».

La mente febril de Valera lo llevaba entonces a concluir que, aunque teóricamente los depredadores aseguraban que el paso del AVE por un túnel construido debajo de la calle Mallorca no deterioraría las estructuras de la catedral de Gaudí, en realidad acabaría con ella porque, en su afán de aparentar sabiduría, los teóricos habían olvidado que en la práctica todo tren, y más aún el AVE, es una fuente de vibración finita en movimiento, que el hormigón actuaría como transmisor preferencial de esas vibraciones y, entonces, ¡adiós Templo Expiatorio de la Sagrada Familia!

Agitado, cansado y sudoroso, Valera se sentó en el primer banco que encontró libre, procurando relajarse y poner en orden sus pensamientos. Desde allí contemplaba, con orgullo que le sublimaba la expresión, las agujas de las ocho torres ya construidas: la de Santiago, la de san Bartolomé, la de santo Tomás, la de san Felipe, la de san Bernabé, la de san Simón, la de san Judas Tadeo y la de san Matías. «Cuando finalmente se levanten las de San Pedro, san Pablo, san Andrés, Santiago el mayor, las de cada uno de los evangelistas, la de la Virgen y, la más alta de todas, la de Jesucristo, dieciocho en total, no habrá panorama más imponente en todo el mundo católico que el Templo de la Sagrada Familia —se dijo eufórico—. Por eso no es posible que únicamente para ir más rápido de un lugar a otro se pretenda dañar una obra excelsa que tanto genio y sudor ha requerido, sobre todo si el maldito tren puede pasar por otro sitio. Todas las naciones respetan las obras que forman parte de su historia y sus tradiciones. China no aprobaría jamás una construcción que pusiera en peligro su gran muralla, y los italianos, con lo desordenados que son, cuidan con fervor sus ruinas romanas. Y se trata de obras varias veces milenarias, construidas sin tecnologías como las de hoy, que han perdurado hasta nuestros días porque sus pueblos las aman. Pero nosotros, los españoles, somos más papistas que el Papa y desde que comenzamos a sentirnos libres nos hemos olvidado del amor a lo nuestro para dedicarnos, en aras del progreso, a abolir con saña las tradiciones, raigambres y valores que han hecho de España la nación grande que hoy es. Hasta se ha reformado el Código Civil para hacer posible el matrimonio entre individuos del mismo sexo. ¡Habrase visto! No, un tren, por más veloz que sea y por más progreso que signifique, no puede poner en peligro una obra que pertenece al pueblo que la ha costeado y que, aunque inconclusa, es ya el símbolo de esta ciudad y Patrimonio de la Humanidad. Las protestas pacíficas no son suficientes, como no lo serán tampoco las acciones legales que el Patronato se niega a emprender. Hay que pasar de las palabras a la acción beligerante y es lo que juro hacer yo, Pepe Valera, aunque nadie me acompañe en el empeño. Si, pese a la oposición de unos cuantos necios, pudimos colocar al maestro Gaudí camino de los altares, también lograremos detener el AVE. Tal vez sea este el primer milagro del gran arquitecto».

Más calmado, Valera se preguntó cómo pasar de las palabras a la acción real y contundente. Ya no se trataba de redactar informes, acudir a los periódicos, confeccionar pancartas, colocarlas frente a las oficinas públicas y arriesgarse a pasar unas cuantas horas bajo arresto. No. Estaba visto que las protestas ciudadanas no podían detener a los señores del AVE, que utilizaban el progreso como excusa para sus desmanes. El único camino que quedaba era el de la acción violenta. Había que generar una fuerza superior a la que ejercían las autoridades que las hiciera comprender, a ellas y a la ciudadanía, que insistir en el paso del AVE al lado de los cimientos de la catedral de Gaudí ocasionaría más perjuicios que bienestar. Un ligero estremecimiento le recorrió el cuerpo cuando se percató de que estaba razonando como un anarquista o, peor aún, como un terrorista. Aunque no era esa su intención, se le antojó que, de seguro, aquellos que terminaban por recurrir a la violencia en abierto desafío a quienes ostentaban el poder público lo hacían impulsados por un sentimiento de impotencia, por la convicción íntima de que, frente a la arbitrariedad y la insensibilidad, la intimidación era el único camino posible. Pepe Valera no era un anarquista. Ni, mucho menos, un terrorista. Había manifestado siempre de manera enérgica su habitual inconformidad con la injusticia y el atropello por parte del Gobierno, pero sin incurrir jamás en actos violentos. Sin embargo, hasta ese momento no había existido una causa que mereciera transgredir los límites impuestos por su educación y su crianza. Preservar intacta la catedral de Gaudí y contribuir a que el catolicismo permaneciera como la verdadera religión de la humanidad eran, sin duda, una causa que justificaba y, más que justificar, exigía recurrir a cualquier acción, por más violenta que esta fuera y por más que rebasara las fronteras éticas dentro de las cuales había actuado siempre como miembro de una sociedad civilizada. De pronto, consciente del alcance y las terribles consecuencias de las ideas que bullían en su cerebro, Valera sintió un desasosiego que terminó por convertirse en profundo decaimiento. La cabeza le cayó sobre el pecho y permaneció en esa posición un buen rato. Los niños que jugaban a su alrededor pensaban que el señor que hablaba solo había muerto a pleno sol. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el antiguo subsecretario de la Comisión Ejecutiva del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia recuperara el ánimo. No, él no era un criminal, ni lo sería jamás. Criminales eran quienes pretendían destruir la obra más importante de los últimos dos siglos, y detenerlos no podía ser un crimen. Tal vez lo fuese a los ojos de la ley, pero nunca a los de los hombres. Se trataba del sagrado derecho de la propia defensa, y Gaudí no podía ejercerlo por sí mismo. El ejercicio de ese derecho y la tutela de la catedral le correspondían a él, a José Valera Azcárraga, en virtud de lo cual sus actos quedarían plenamente justificados sin que importaran las consecuencias. «Dios sabrá comprender; el maestro abogará por mí ante Él».

Convencido de que la legitimidad de su causa permitía cualquier proceder, pero consciente de que se movía en un terreno desconocido, se preguntó a quién podría recurrir que tuviera experiencia en actos de esa naturaleza. No sería nada fácil encontrar a una persona de tanta confianza como para revelarle sus planes y pedirle, si no colaboración directa, consejo y ayuda en cuanto a cómo alcanzar su objetivo. Valera cayó entonces en la cuenta de que no tenía realmente claro cuál era ese objetivo y, por un instante, la indecisión volvió a perturbarlo. Pero no tardó mucho en recapacitar: su meta era detener al AVE como fuese. De qué manera dependería de un frío análisis de los riesgos y las oportunidades.