El testamento final
Capitulo 44
había fallado. ¿Se había equivocado de ciudad? ¿De hombre? ¿De momento?
Apagó el ordenador, salió de la estancia y se dirigió al ascensor mientras pensaba en el Dublín que acababa de ver. No era como el que ella recordaba, sino más limpio y ordenado y mucho más solitario.
Entró en el ascensor y, cuando las puertas se cerraron tras ella, cayó en la cuenta. «¡Claro!» ¡A eso se refería Shimon Guttman! ¡Viejo astuto! ¿Cómo no se había dado cuenta?
«Vamos, vamos», se dijo, impaciente por regresar a la habitación y despertar a Uri. Los números de los pisos desfilaron hasta que llegó al suyo. Las puertas se abrieron, y ella se asomó con cautela y miró a un lado y a otro, no fuera a ser que los hombres que la seguían desde a saber cuándo, estuvieran esperándola ante la puerta de su habitación. No, no había nadie.
Corrió de puntillas por el pasillo, apenas rozando la moqueta. No quería hacer ruido. Lentamente, metió la tarjeta electrónica en la ranura y esperó a que se encendiera la luz verde. Abrió la puerta y se disponía a llamar a Uri cuando notó un fuerte golpe en la nuca y se desplomó en el suelo sin un gemido.
Capitulo 44
Jerusalén, viernes, una hora antes
Primero oyó el doble clic, la señal de que estaban hablando a través de una línea segura. Como siempre, el jefe fue directo al grano.
–Lo que me preocupa es que las cosas se están desmadrando.
–Lo entiendo.
–Está claro que necesitamos esa tablilla.
–Sí.
–Me refiero a que la necesitamos ahora. Esto es de locos.
El remedio empieza a parecer peor que la enfermedad.
–Sé lo que parece. – Oyó un profundo suspiro al otro lado del hilo.
–¿Cuánto tiempo más cree que debemos conceder a este asunto.
Ese era el inconveniente de un trabajo como aquel, trabajar para quien tomaba las grandes decisiones. Ese tipo de personas siempre esperaban una acción inmediata, como si el mero hecho de murmurar que algo podía ocurrir fuera suficiente para que ocurriera. Tarde o temprano todos los líderes políticos se volvían así y acababan considerando sus palabras como actos divinos. «He dicho que se haga la luz, ¿cómo es que no hay luz?»
–Bueno, ahora que hemos empezado, no veo cómo podemos parar. Ya ha visto lo último. Hizbullah está lanzando cohetes en plena noche sobre pueblos y ciudades para aumentar el riesgo de que haya víctimas. No podemos permitir que dicten nuestras acciones.
–¿Qué sabemos de Costello? ¿Ha conseguido algo?
–La seguimos muy de cerca. Creo que está haciendo progresos. Y lo que ella sabe, nosotros lo sabemos.
Otro suspiro.
–Necesitamos hacemos con esa tablilla. Tenemos que saber lo que hay escrito en ella antes que ellos. Así podremos ser los primeros en actuar, determinar los acontecimientos. – Como sabe, cabe la posibilidad de que nadie logre hacerse con ella. Ni ellos ni nosotros. – ¿A qué se refiere?
–A que Costello puede conducimos hasta la tablilla o puede fracasar. Esa tablilla podría haber desaparecido junto con Shimon Guttman. Entonces sería como si ese asunto nunca se hubiera planteado.
La voz al otro lado de la línea no necesitaba oír más.
Podía juntar las piezas.
–Eso no estaría mal.
–Sería casi una victoria para ambos bandos.