El ultimatum de Bourne

Robert Ludlum · Capítulo 2 de 44

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El ultimatum de Bourne

Capítulo 1

1

Capítulo

La cacofonía crecía incontrolada mientras aumentaba el gentío en el parque de atracciones de las afueras de Baltimore. La noche estival era calurosa, y por todas partes se veían rostros y cuellos cubiertos de sudor, salvo en quienes gritaban al precipitarse desde la cima de una montaña rusa o aullaban cayendo a plomo por los estrechos badenes de aguas rápidas en trineos torpedos. Las luces intermitentes de vivos colores que se extendían por la avenida central se unían al sonido metálico, y excesivamente fuerte, de la música que irrumpía por los altavoces, melodías de organillo presto, marchas prestissimo. Los vendedores ambulantes gritaban por encima del estruendo, pregonando sus mercancías con voz nasal y en monótonas cantilenas, mientras unas erráticas explosiones en el cielo iluminaban la oscuridad vertiendo una cascada de fuegos artificiales sobre un pequeño lago adyacente. Brillantes candelas romanas, estallidos de un fuego deslumbrante.

En una hilera de máquinas para medir la fuerza de los jugadores se observaban los rostros contorsionados y los cuellos con venas hinchadas de los hombres que furiosa, y con frecuencia frustradamente, trataban de probar su hombría. Los pesados mazos de madera caían con fuerza sobre las engañosas tablas que, por lo general, se negaban a impulsar las pequeñas bolas rojas hasta la campana. Frente a ellos, otros gritaban con entusiasmo mientras estrellaban sus autos de choque contra los vehículos que circulaban alrededor. Cada colisión representaba un triunfo de agresión suprema, cada combatiente una momentánea estrella de cine que superaba todos los obstáculos que se oponían. Tiroteo en O.K. Corral, a las nueve y veintisiete de la noche en una contienda absurda.

Más adelante se alzaba un monumento a la muerte repentina, una caseta de tiro que muy poco tenía que ver con la inocente variedad de bajo calibre presente en las ferias de provincia y en los carnavales rurales. En lugar de ello, se trataba de un microcosmos con el material más letal del armamento moderno. Había imitaciones de MAC-10 y pistolas Uzi, lanzamisiles de acero, lanzacohetes antitanques y, finalmente, la aterradora réplica de un lanzallamas que vomitaba violentos rayos de luz entre ondulantes nubes de

humo oscuro. De nuevo los rostros húmedos, las continuas gotas de sudor que se escurrían sobre ojos delirantes y cuellos tensos. Había maridos, esposas y niños con las facciones contraídas y desencajadas, como si todos ellos hubiesen disparado al más odiado enemigo, esposas, maridos, padres y, vástagos. Todos embarcados en una irracional guerra sin fin, a las nueve y veintinueve de la noche, en un parque de atracciones cuyo tema era la violencia. Sin atenuantes ni justificaciones, el hombre contra sí mismo y toda su agresividad, en la que por supuesto, sus miedos eran el peor exponente.

Una figura delgada, con un bastón en la mano derecha, pasó cojeando frente a un puesto donde varios clientes lanzaban dardos contra unos globos con los rostros de personajes públicos estampados. Al explotar las cabezas de goma se entablaban feroces discusiones a favor y en contra del abatido, restos desinflados de ídolos políticos y verdugos lanzadores de dardos. El hombre cojo siguió la avenida, escudriñando entre la confusa multitud como si buscara un lugar concreto en una parte turbulenta, atestada y desconocida de la ciudad. Vestía, de un modo informal pero esmerado, una chaqueta y una camisa deportiva, como si el calor agobiante no lo afectara y la chaqueta fuera un requisito. Tenía el rostro agradable de un hombre de mediana edad, aunque mostraba arrugas prematuras y profundas sombras bajo los ojos, más como consecuencia de la vida que había llevado, que de los años. Se llamaba Alexander Conklin, y se había retirado como oficial de operaciones secretas de la CIA, la Agencia Central de Inteligencia. En ese momento parecía inquieto y consumido por la ansiedad. No deseaba estar en ese lugar a esa hora, y no podía imaginarse cuál había sido el catastrófico suceso que lo forzaba a encontrarse allí.

Conklin se aproximó al pandemonio de la galería de tiro y de pronto quedó paralizado. Fijó los ojos en un hombre alto y casi calvo, de aproximadamente su misma edad, y con una chaqueta de algodón colgada al hombro. ¡Morris Panov se acercaba al bullicioso mostrador de la caseta de tiro desde la dirección opuesta! ¿Por qué? ¿Qué había ocurrido? Conklin volvió la cabeza en todas direcciones observando rostros y cuerpos. De forma instintiva sabía que alguien los estaba observando a él y al psiquiatra.

Ya era demasiado tarde para impedir que Panov ingresase en el círculo de la galería, ¡pero tal vez no lo fuese para que ambos salieran de allí! El oficial de inteligencia retirado extrajo de la chaqueta la pequeña Beretta automática que era su más fiel compañera y avanzó rápidamente. Cojeando,

sacudió el bastón entre el gentío, golpeando rótulas, estómagos, senos y riñones hasta que los atónitos y enfadados paseantes empezaron a gritar y comenzó a irritarse. Entonces se abalanzó sobre el perplejo doctor y gritó en su rostro entre los rugidos de la multitud.

—¿Qué diablos estás haciendo tú aquí?

—Supongo que lo mismo que tú. David, ¿o debería decir Jason? Eso era lo que ponía en el telegrama.

—¡Es una trampa!

Un grito desgarrador se elevó por encima de la confusión general. Al instante, tanto Conklin como Panov se volvieron hacia la caseta de tiro a unos pocos metros de distancia. Una mujer gorda había recibido un disparo en la garganta. La multitud enloqueció. Conklin se volvió para tratar de descubrir de dónde había provenido el tiro, pero el pánico se hallaba en su punto culminante; no vio nada salvo figuras que corrían. Tomando a Panov, lo empujó entre los cuerpos frenéticos que ocupaban la avenida, y luego se abrió paso entre el gentío hasta llegar al pie de la enorme montaña rusa al final del parque. Allí los excitados clientes se acercaban al puesto en medio de un ruido ensordecedor.

—¡Dios mío! —gritó Panov—. ¿Eso iba destinado a uno de nosotros?

—Tal vez sí, o tal vez no —respondió agitado el ex oficial de inteligencia mientras comenzaban a oírse las sirenas y silbatos a lo lejos.

—¡Dijiste que era una trampa!

—Porque ambos recibimos un absurdo telegrama de David, donde firmaba con un nombre que no había usado desde hace cinco años: Jason Bourne. Y si no me equivoco, tu mensaje decía que bajo ninguna circunstancia debíamos llamar a su casa.

—Es cierto.

—Se trata de una trampa. Tú eres más ágil que yo, Mo, así que empieza a mover esas piernas. Sal de aquí y corre como un hijo de puta hasta encontrar un teléfono. Un teléfono público, ¡nada que pueda ser localizado!

—¿Qué?

—¡Llama a su casa! ¡Di a David que salga de allí con Marie y los niños!

—¿Qué?

—¡Alguien nos ha encontrado, doctor! Alguien que busca a Jason Bourne, que lo ha estado buscando durante años y no se detendrá hasta que lo tenga encañonado. Tú estabas a cargo de la confusa cabeza de David, y yo he movido cada maldito hilo de Washington para sacarlos vivos a él y a

Marie de Hong Kong... Se han quebrantado las reglas y hemos sido descubiertos, Mo. ¡Tú y yo! Los únicos enlaces registrados oficialmente con Jason Bourne, cuya dirección y oficio se desconocen.

—¿Sabes lo que estás diciendo, Alex?

—Te aseguro que sí, maldita sea... Es Carlos. Es Carlos el Chacal. Sal de aquí, doctor. ¡Busca a tu antiguo paciente y dile que desaparezca!

—Y entonces ¿qué hará?

—Yo no tengo muchos amigos, desde luego ninguno en el que pueda confiar, pero tú sí. Dale el nombre de alguien, de alguno de tus colegas que reciben llamadas urgentes de sus pacientes del mismo modo que tu recibías las mías. Dile a David que se ponga en contacto con él o con ella cuando esté a salvo. Dale una clave.

—¿Una clave?

—Jesús, Mo, usa la cabeza! Un alias como Jones o Smith...

—Esos son nombres bastante corrientes.

—Entonces que sea Schicklegrubber o Moskowtiz, ¡o lo que más te guste! Sólo dile que nos comunique dónde está.

—Comprendo.

—Ahora, sal de aquí y no vayas a casa. Alquila una habitación en el Brookshire de Baltimore bajo el nombre de Morris, Phillip Morris. Me reuniré contigo más tarde.

—¿Qué vas a hacer?

—Algo que detesto. Sin el bastón compraré un billete para esta maldita montaña rusa. Nadie buscará a un lisiado en uno de estos artilugios. Me moriré de miedo allí arriba, pero es una solución lógica aunque tenga que quedarme ahí toda la noche... ¡Ahora sal de aquí! ¡Date prisa!

La camioneta se dirigió rápidamente hacia el sur por una carretera comarcal, atravesando las colinas de New Hampshire con rumbo a la frontera de Massachusetts. El conductor era un hombre alto, con una expresión vehemente en su rostro anguloso. Se podía apreciar cómo latían los músculos de la mandíbula y los ojos de color azul claro brillaban furiosos. Junto a él viajaba su esposa, una mujer sorprendentemente atractiva, cuya cabellera castaño rojizo resplandecía a la luz del salpicadero.

Sostenía a una criatura en brazos, un bebé de ocho meses, y en el asiento trasero otro niño dormía bajo una manta, un muchachito rubio de cinco años protegido de los frenazos bruscos por una barandilla portátil. El padre era David Webb, profesor de estudios orientales, pero miembro en el pasado del

notorio e incalificable Medusa, por una parte, y el legendario Jason Bourne, asesino, por otra.

—Sabíamos que iba a ocurrir —dijo Marie St. Jacques Webb, canadiense de nacimiento, economista de profesión y salvadora de David Webb por accidente—. Era sólo cuestión de tiempo.

—¡Es una locura! —susurró David para no despertar a los niños, aunque esto no logró atenuar la vehemencia de su voz—. Todo está enterrado, el archivo de máxima seguridad y el resto de esa basura. ¿Cómo lograron encontrar a Alex y Mo?

—No lo sabemos, pero Alex comenzará a hacer averiguaciones. No hay nadie mejor que él, tú mismo lo has afirmado.

—Ahora está marcado, es un hombre muerto —la interrumpió Webb con expresión sombría.

—Eso es prematuro, David. «Es el mejor que ha existido», ésas fueron tus palabras.

—Sólo falló en una ocasión. Hace trece años, en París.

—Porque tú fuiste mejor.

—¡No! Porque yo no sabía quién era yo mismo, y él operaba basándose en una información que yo desconocía por completo. Supuso que se trataba de mí, pero como yo ignoraba mi identidad no podía actuar según su guión... Él sigue siendo el mejor. Salvó nuestras vidas en Hong Kong.

—Entonces estamos de acuerdo, ¿verdad? Nos encontramos en buenas manos.

—Las de Alex sí. No las de Mo. Ese pobre hombre está muerto. ¡Lo atraparán y lo despedazarán!

—Iría a la tumba antes de entregar cualquier información sobre nosotros.

—No podrá escoger. Le inyectarán una dosis de suero de la verdad y les contará su vida entera. Luego lo matarán y vendrán a buscarme... a buscarnos. Por eso tú y los niños debéis ir al sur, bien al sur. Al Caribe.

—Los enviaré a ellos, cariño. Yo no iré.

—¡Quieres terminar con eso! Lo acordamos cuando nació Jamie. Por eso compramos la propiedad. Tu hermanito la buscó para nosotros, y casi tuvimos que comprar su alma también. Y no lo hizo nada mal. Ahora poseemos el cincuenta por ciento de una floreciente posada en una sucia carretera, en una isla de la cual nadie había oído hablar hasta que ese buscavidas canadiense aterrizó allí en un hidroavión.

—Johnny siempre fue emprendedor. Una vez papá dijo que sería capaz de vender una vaca vieja como un novillo de primera sin que nadie lo notase.

—Lo importante es que te ama, a ti y a los niños. También cuento con que ese loco... no importa, confío en Johnny.

—Puedes confiar plenamente en mi hermano menor, pero no en tu sentido de orientación. Acabas de pasar el desvío hacia la cabaña.

—¡Maldita sea! —gritó Webb mientras frenaba el coche y viraba en dirección opuesta—. ¡Mañana! Tú, Jamie y Alison saldréis del aeropuerto Logan. ¡Rumbo a la isla!

—Lo discutiremos, David.

—No hay nada que discutir. —Webb inspiró profunda y enérgicamente, imponiéndose un extraño control—. Ya he estado antes aquí —dijo con suavidad.

Marie observó a su esposo, cuyo rostro repentinamente pasivo se recortaba a la tenue luz del salpicadero. Lo que vio la asustó mucho más que el fantasma del Chacal. No miraba a David Webb, el intelectual de voz suave. Miraba a un hombre que ambos habían creído desterrado de sus vidas para siempre.

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