El ultimatum de Bourne

Robert Ludlum · Capítulo 5 de 44

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El ultimatum de Bourne

Capítulo 4

4

Capítulo

David Webb atravesó la terminal del aeropuerto nacional y se dirigió hacia las puertas automáticas para salir a la atestada plataforma. Después de estudiar las señales se volvió hacia la zona de estacionamiento. Según el plan, dirigirse al pasillo más lejano de la derecha, girar a la izquierda y avanzar entre los vehículos aparcados hasta que descubriera un Pontiac LeMans 1986 color gris metalizado, con un crucifijo colgado del espejo retrovisor. Sentado al volante y con el cristal de la ventanilla bajado, habría un hombre con una gorra blanca. Webb debía acercarse a él y decir: «El vuelo ha sido muy tranquilo.» Si el hombre se quitaba la gorra y ponía en marcha el motor, David subiría al asiento trasero. No intercambiarían ninguna otra palabra.

Así fue. Sin embargo, el conductor tomó un micrófono oculto bajo el salpicadero y habló en voz baja pero clara.

—La carga está a bordo. Por favor inicien vigilancia de vehículo rodante.

A David le pareció que aquellos procedimientos exóticos rayaban en lo ridículo, pero considerando que Alex Conklin había vuelto a ponerse en contacto con él en el aeropuerto Logan utilizando el teléfono privado del director Peter Holland, se suponía que los dos hombres sabían lo que se llevaban entre manos. Por la mente de Webb cruzó la idea de que esto se relacionara con la llamada que Mo Panov le había hecho nueve horas atrás.

Su intuición se confirmó cuando Holland en persona se puso al teléfono para insistir en que condujese hasta Hartford y tomase un vuelo comercial hacia Washington, tras lo cual añadió enigmáticamente que no quería más comunicaciones telefónicas ni aviones involucrados, ya fuesen privados o estatales.

Sin embargo, este vehículo del gobierno no perdió tiempo para salir del aeropuerto nacional. En cuestión de minutos viajaban a través de la campiña y poco después se hallaban en los suburbios de Virginia. Se detuvieron frente a las rejas de un lujoso complejo de apartamentos con jardines en cuyo letrero anunciador se leía Villa Vienna, el mismo nombre del municipio donde se hallaba ubicado. El guardia reconoció al conductor

y agitó una mano mientras se alzaba la pesada barrera que obstruía la entrada. Entonces el chófer abordó directamente a Webb.

—Este recinto tiene cinco sectores separados, señor. Cuatro de ellos son apartamentos con propietarios corrientes, pero el quinto, el más alejado de la entrada, pertenece a la agencia y cuenta con su propio sistema de seguridad. Estará muy bien allí, señor.

—No me sentía particularmente mal.

—Ni se sentirá mal. Se encuentra bajo la supervisión del director de la Central de Inteligencia, y su bienestar es importante para él.

—Me alegra saberlo, pero ¿cómo lo sabe usted?

—Formo parte del equipo, señor.

—En ese caso, ¿cómo se llama?

El conductor guardó silencio por un momento y cuando respondió David tuvo la inquietante sensación de que retrocedía en el tiempo.

—No tenemos nombres, señor. Ni usted ni yo.

Medusa.

—Ya comprendo —dijo Webb.

—Llegamos. —El conductor introdujo el vehículo por una calzada circular y se detuvo frente a una residencia de dos pisos estilo colonial.

Aquellas columnas blancas acanaladas podrían estar talladas en mármol de Carrara—. Discúlpeme, señor, acabo de darme cuenta. No lleva equipaje.

—Es verdad, no he traído nada —dijo David mientras abría la puerta.

—¿Qué te parece mi alojamiento provisional? —preguntó Alex, señalando el elegante apartamento amueblado.

—Demasiado limpio y ordenado para un viejo solterón y avinagrado —

respondió David—. ¿Y desde cuándo te has aficionado a las cortinas floreadas, con margaritas amarillas y rosadas?

—Aguarda a que veas el empapelado de mi dormitorio. Tiene capullos de rosas.

—No creo que me interese.

—Tu habitación tiene jacintos. Por supuesto, yo no reconocería un jacinto aunque me saltara encima, pero eso fue lo que dijo la criada.

—¿La criada?

—Ronda los cincuenta, es negra y su físico parece el de un luchador.

Lleva dos pistolas de aire comprimido bajo la falda y, según los rumores, también oculta varias navajas.

—Vaya una.

—Es una especie de patrullero. No permite entrar una pastilla de jabón o un rollo de papel higiénico que no provenga de Langley. Ya sabes, recibe un excelente salario y algunos de estos payasos le dejan propinas.

—¿No necesitan camareros?

—Eso sería gracioso. Nuestro intelectual Webb, el camarero.

—Jason Bourne lo fue.

Conklin se detuvo un momento y luego habló con seriedad.

—Vayamos a él —dijo, cojeando hacia un sillón—. Dicho sea de paso, has tenido un día muy duro y ni siquiera es mediodía, así que si quieres un trago hay un bar completo detrás de esas persianas rojizas junto a la ventana. No me mires de ese modo, nuestra Brunilda negra afirmó que eran rojizas.

Webb miró a su amigo y se echó a reír con una carcajada tenue y sincera.

—No te molesta en lo más mínimo, ¿verdad, Alex?

—Diablos, no, ya lo sabes. ¿Alguna vez has escondido las bebidas cuando os visitaba a ti y a Marie?

—Nunca hubo ninguna tensión...

—La tensión no viene al caso —lo interrumpió Conklin—. Tomé una decisión porque no me quedaba otra alternativa. Sírvete un trago, David.

Tenemos que hablar y quiero que estés tranquilo. Cuando te miro a los ojos veo fuego en ellos.

—Una vez me dijiste que siempre se veía en los ojos —dijo Webb mientras abría las persianas rojizas y tomaba una botella—. ¿Así que todavía lo notas?

—Te dije que se veía detrás de los ojos. Nunca aceptes lo que se encuentra en la superficie... ¿Cómo se encuentran Marie y los niños?

Supongo que habrán partido bien.

—Revisé el plan de vuelo hasta la saciedad con el piloto. Comprendí que estarían bien cuando finalmente me dijo que saliera de la cabina o tomase yo mismo los mandos del avión. —Webb se sirvió un trago y regresó al sillón frente al agente retirado—. ¿Dónde estamos, Alex? —preguntó mientras se sentaba.

—En el mismo punto que anoche. Nada se ha movido y nada ha cambiado, salvo por el hecho de que Mo se niega a abandonar a sus pacientes. Esta mañana lo recogieron en su apartamento, que ahora es tan seguro como el fuerte Knox, y lo condujeron a su consultorio bajo

protección. Esta tarde lo traerán aquí después de cambiar cuatro veces de vehículo, siempre en aparcamientos subterráneos.

—Por lo visto ahora se trata abiertamente de protección. ¿Ya nadie se oculta?

—Sería inútil. Levantamos la liebre en el Smithsoniano y nuestros hombres quedaron en evidencia.

—Por eso podría funcionar, ¿verdad? Lo inesperado. Sustitutos en una unidad protegida con instrucciones de cometer errores.

—Lo inesperado funciona, David, las estupideces, no. —Conklin sacudió la cabeza rápidamente—. Retiro lo dicho. Bourne podía hacerlo, pero no un destacamento oficial de vigilancia. Existen demasiadas complicaciones.

—No comprendo.

—Por eficaces que sean esos hombres, su principal preocupación reside en custodiar vidas, tal vez en salvarlas; también deben coordinarse entre ellos y redactar informes. Son profesionales, no asesinos a sueldo que terminan con un cuchillo en el cuello si cometen un error.

—Eso suena muy melodramático —comentó Webb, mientras bebía apoyado contra el respaldo del sillón—. Creo que yo operaba de ese modo,

¿verdad?

—Se trataba más de una imagen que de la realidad, pero era auténtico para la gente que frecuentabas.

—Entonces volveré a encontrar a esas personas, me relacionaré con ellas otra vez. —David Webb se adelantó bruscamente, apretando la copa con ambas manos—. ¡Me está obligando a salir, Alex! El Chacal quiere ver mis cartas y yo debo enseñárselas.

—Oh, cállate —masculló Conklin, irritado—. Ahora eres tú el melodramático. Hablas como en una mala película de vaqueros. Si te muestras, Marie acabará viuda y los niños huérfanos. Ésa es la realidad, David.

—Te equivocas. —Webb sacudió la cabeza sin apartar la vista de su copa

—. Él me está buscando, así que debo ir a por él. Trata de hacerme salir, así que debo lograr que él se descubra primero. Es la única forma posible, la única solución para que desaparezca de nuestras vidas. En última instancia se trata de Carlos contra Bourne. Nos encontramos en el mismo punto que trece años atrás. «Alpha, Bravo, Caín, Delta... Caín es por Carlos y Delta es por Caín.»

—¡Ése era un absurdo código de París hace trece años! —lo interrumpió Alex con dureza—. El Delta de Medusa y su maravilloso desafío al Chacal.

¡Pero ahora no estamos en París, y ya han pasado trece años!

—Y dentro de cinco habrán pasado dieciocho; al cabo de cinco más, veintitrés. ¿Qué diablos quieres que haga? ¿Vivir con el fantasma de ese hijo de puta sobre mi familia? ¿Aterrorizarme cada vez que mi esposa o mis hijos abandonan la casa? ¿Vivir atemorizado el resto de mis días...? ¡No, cállate tú, hombre de campaña! No eres tan estúpido. Los analistas pueden idear una docena de estrategias y es posible que en seis de ellas encontremos cosas que puedan sernos de utilidad, pero cuando se trata de revolcarse en el fango, el asunto queda entre el Chacal y yo... Y yo cuento con una ventaja. Estás de mi parte.

Conklin tragó saliva mientras parpadeaba.

—Eso es muy halagador, David, quizá demasiado. Me siento mejor en mi propio elemento, a varios miles de kilómetros de Washington. Aquí siempre estoy un poco incómodo.

—No era así cuando me enviaste en ese avión a Hong Kong hace cinco años. Para entonces ya habías logrado desentrañar la mitad de la ecuación.

—Eso fue más sencillo. Era una operación D.C. que olía a podrido, tan podrido que ofendía a mis fosas nasales. Esto es diferente; se trata de Carlos.

—Ésa es la clave, Alex. Es Carlos, no una voz desconocida en el teléfono. Estamos tratando con alguien conocido, alguien predecible...

—¿Predecible? —lo interrumpió Conklin con el ceño fruncido—. Eso también es una locura. ¿En qué sentido?

—Él es el cazador. Seguirá una pista.

—Primero las examinará con una nariz muy experta y luego colocará los indicios bajo un microscopio.

—Entonces tendremos que descubrir parte de nuestro juego, ¿verdad?

—Prefiero ir a lo seguro. ¿Qué tienes en mente? En el evangelio según san Alex está escrito que para poner una trampa hay que utilizar gran parte de la verdad, aunque resulte peligroso. Ese versículo referido a los indicios bajo un microscopio. Creo que acabo de citarlo. ¿Cómo se aplicaría aquí?

—Medusa —respondió Webb con suavidad—. Quiero utilizar a Medusa.

—Has perdido la razón —respondió Conklin, tan quedo como David—.

Ese nombre está tan prohibido como tú... para ser sinceros, mucho más.

—Circulaban rumores, Alex. Historias que corrieron por todo el sudeste de Asia, desde el mar de China hasta Kowloon y Hong Kong. Se decía que aquellos canallas se habían ganado su paga. Medusa no era exactamente el espíritu maligno y secreto que al parecer tú consideras.

—Rumores e historias, por supuesto —lo interrumpió el oficial de inteligencia retirado—. ¿Quién de entre esos animales no colocó un arma en la sien de una docena, dos docenas o dos centenares de infelices durante sus

«excursiones»? Los pelotones de la muerte originales estaban compuestos por un noventa por ciento de asesinos y ladrones. Peter Holland afirma que cuando era un SEAL, en las operaciones del norte, no conoció a un miembro de aquella cuadrilla a quien no quisiera matar.

—Y sin ellos, en lugar de cincuenta y ocho mil bajas bien podíamos haber superado las sesenta mil. Debes ser justo con esos animales, Alex.

Conocen cada centímetro del territorio, cada metro cuadrado de la jungla.

Enviaron... enviamos más información útil que todas las unidades de Saigón juntas.

—David, me gustaría que comprendieras que jamás podrá establecerse una conexión entre Medusa y el gobierno de Estados Unidos. Nunca hubo ningún registro de la relación, mucho menos un reconocimiento; el nombre mismo se encubrió al máximo. No existen reglamentos que limiten los crímenes de guerra, y oficialmente Medusa debía ser una organización privada, un grupo de inadaptados violentos que deseaban volver a ver al corrupto sudeste de Asia tal como siempre había sido. Si alguna vez llegaba a descubrirse que detrás de Medusa se ocultaba Washington, la reputación de varias personas importantes de la Casa Blanca y el Departamento de Estado quedaría arruinada. Ahora son agentes del poder mundial, pero veinte años atrás era funcionarios jóvenes y fanáticos del Comando Saigón... Podemos hacer la vista gorda con las tácticas poco ortodoxas en tiempos de guerra, pero no admitiremos la complicidad en la matanza de civiles o en la malversación de fondos que ascienden a millones cuando, sin saberlo, son los contribuyentes quienes financian estas operaciones con los impuestos. Es como esos archivos secretos que detallan cómo muchos de nuestros influyentes economistas apoyaron a los nazis. Queremos que algunas cosas no salgan jamás a la luz, y Medusa es una de ellas.

Webb se apoyó de nuevo contra el respaldo del sillón, aunque esta vez parecía tenso. Tenía los ojos fijos en un viejo amigo quien, en una ocasión, y por poco tiempo, se había convertido en su enemigo mortal.

—Si lo que me queda de memoria sirve para algo, Bourne fue identificado como procedente de Medusa.

—Era una explicación absolutamente plausible y una pantalla perfecta —

dijo Conklin, mirándolo también a los ojos—. Regresamos a Tam Quan y

«descubrimos» que Bourne era un aventurero paranoico de Tasmania que desapareció en la jungla de Vietnam del Norte. En ninguna parte de ese creativo expediente había el menor indicio de una conexión con Washington.

—Pero eso es una gran mentira, ¿verdad, Alex? Había y hay una conexión con Washington, y ahora el Chacal lo sabe. Lo averiguó cuando te localizó a ti y a Mo Panov en Hong Kong... encontró sus nombres en las ruinas de aquella casa de Victoria Peak donde Jason Bourne fue supuestamente asesinado. Lo confirmó anoche, cuando sus mensajeros te abordaron en el Smithsoniano y... según tus propias palabras, «nuestros hombres quedaron en evidencia». Finalmente comprendió que todo aquello que había supuesto durante trece años era cierto. El miembro de Medusa llamado Delta era Jason Bourne, y Jason Bourne un invento de la inteligencia norteamericana... y sigue con vida. Está vivo, se oculta y recibe la protección de su gobierno.

Conklin dio un puñetazo al brazo del sillón.

—¿Cómo nos encontró? ¿Cómo me encontró? Todo, todo estaba bajo un manto negro. ¡McAllister y yo nos aseguramos de ello!

—Se me ocurren varias formas, pero eso es algo que podemos postergar.

Ahora no tenemos tiempo para ello. Debemos actuar según lo que sabemos que Carlos ha averiguado... Medusa, Alex.

—¿Qué? ¿Actuar ahora?

—Si Bourne salió de Medusa, se deduce que nuestras operaciones pantalla trabajaban con él... con ellos. De otro modo, ¿cómo pudo realizarse la sustitución de Bourne? Lo que el Chacal no sabe o aún no ha descubierto es hasta dónde está dispuesto a llegar este gobierno, o algunas personas en él, para que Medusa siga siendo un secreto. Tal como tú has dicho, algunos hombres muy importantes de la Casa Blanca y del Departamento de Estado podrían resultar perjudicados, muchos rótulos desagradables se adherirían a las frentes de los agentes del poder mundial, como creo que los has llamado.

—Y de pronto tendremos unos cuantos Waldheim propios. —Conklin asintió con la cabeza y bajó la vista frunciendo el ceño. Era evidente que

sus pensamientos corrían a toda velocidad.

— Nuy Dap Ranh —dijo Webb con voz apenas audible. Al escuchar las palabras orientales, Alex volvió a mirar a David—. Esa es la clave,

¿verdad? —continuó Webb—. Nuy Dap Ranh, la Dama Serpiente.

—Lo has recordado.

—Esta misma mañana —respondió Jason Bourne con ojos fríos—.

Cuando Marie y los niños despegaron y el avión desapareció entre la niebla de Boston, de pronto me encontré allí. En otro avión, en otro momento, las palabras surgían de la radio en medio de la interferencia atmosférica.

«Dama Serpiente, Dama Serpiente, aborten... Dama Serpiente, ¿me escuchan? ¡Aborten!» Respondí apagando esa maldita cosa y miré a los hombres de la cabina. Todos parecían a punto de derrumbarse en la turbulencia. Los miré uno por uno preguntándome si éste o aquél lograrían sobrevivir, si yo saldría con vida y, de no ser así, cómo moriríamos...

Entonces vi que dos de los hombres se alzaban las mangas para comparar aquellos horribles tatuajes que llevaban en los antebrazos, aquellos despreciables y pequeños emblemas que los obsesionaban...

— Nuy Dap Ranh —dijo Conklin—. El rostro de una mujer con serpientes en lugar de cabellos. La Dama Serpiente. Te negaste a que te lo grabaran...

—Nunca lo consideré una señal de distinción —lo interrumpió Webb-Bourne, parpadeando—. Más bien todo lo contrario.

—En un principio se pensó como un sistema de identificación, no como una enseña o un emblema de distinción. Un intrincado tatuaje en la parte interna del antebrazo, el diseño y los colores sólo podía proceder de un artista en Saigón. Nadie más era capaz de reproducirlo.

—Aquel anciano ganó mucho dinero por entonces; era especial.

—En el cuartel general del comando, cada oficial conectado con Medusa llevaba uno. Eran como niños maníacos que buscaran claves secretas en las cajas de cereal.

—No eran niños, Alex. Puedes apostar tu trasero a que se trataba de maníacos, pero no de niños. Habían contraído un virus llamado irresponsabilidad, y unos cuantos millonarios comenzaron sus carreras en el ubicuo Comando Saigón. Los niños de verdad eran mutilados y asesinados mientras estos sujetos disfrutaban de correos personales que recorrían Suiza y los bancos de la Bahnhofstrasse de Zurich.

—Cuidado, David. Podrías estarte refiriendo a personalidades muy importantes de nuestro gobierno.

—¿Quiénes son? —preguntó Webb con suavidad, mientras sostenía la copa ante sí.

—En cuanto a los que conocía y sabía que estaban con la basura hasta el cuello, me aseguré de que se esfumaran después de la caída de Saigón. Pero antes de eso me mantuve un par de años al margen de la campaña. Nadie habla mucho de aquellos meses, y ni siquiera mencionan la Dama Serpiente.

—De todos modos, debes de tener alguna idea.

—Desde luego, pero nada concreto, nada que se acerque siquiera a una prueba. Sólo hipótesis basadas en el tren de vida, en una propiedad demasiado costosa o en un sitio al que no deberían tener acceso. Algunos alcanzaron posiciones en ciertas corporaciones, justificando salarios o participación en las acciones cuando en sus antecedentes no había nada que lo explicase.

—Estás describiendo una red —dijo David con voz tensa, la voz de Jason Bourne.

—Si lo es, es muy cerrada —respondió Conklin—. Muy exclusiva.

—Redacta una lista, Alex.

—Estaría llena de agujeros.

—Limítate en primer lugar a las personas importantes del gobierno que estaban vinculadas al Comando Saigón. Luego continúa con los que tienen propiedades demasiado costosas para sus economías o inexplicables empleos de salario importante en el sector privado.

—Repito, una lista como ésa no servirá de nada.

—Contamos con tu intuición.

—David, ¿qué diablos tiene que ver esto con Carlos?

—Parte de la verdad, Alex. Una parte peligrosa, lo admito, pero cierta e irresistible para el Chacal.

Confundido, el ex oficial superior observó a su amigo.

—¿En qué sentido?

—Ahí es donde interviene tu creatividad. Supongamos que logras reunir quince o veinte nombres, seguramente darás en el blanco con tres o cuatro.

Cuando hayamos averiguado quiénes son, aplicamos presión y los acosamos de una forma u otra transmitiendo siempre el mismo mensaje: un ex integrante de Medusa se encuentra fuera de control. Un hombre,

custodiado durante años, está a punto de destruir la Dama Serpiente y posee la información necesaria: nombres, delitos, la ubicación de las cuentas secretas en Suiza, todo el paquete. Entonces —y esto probará el talento del viejo san Alex que todos conocimos y veneramos— se difunde el rumor de que existe alguien más interesado que ellos en atrapar a este peligroso renegado.

—Ilich Ramírez Sánchez —dijo Conklin con suavidad—. Carlos el Chacal. Y lo que sigue es tan impracticable como lo anterior: de algún modo... sólo Dios sabe cómo, se difunde el rumor de un encuentro entre las dos partes interesadas. Es decir, interesadas en un asesinato conjunto, ya que una de las partes es incapaz de participar activamente a causa de su elevada posición oficial. ¿Se trata de eso?

—Poco más o menos, sólo que esos mismos hombres poderosos de Washington pueden acceder a la identidad y el paradero de este sujeto al que tanto desean ver muerto.

—Naturalmente —respondió Alex con escepticismo—. Sólo deben agitar una varita y se levantarán todas las restricciones aplicables a los archivos de máxima seguridad.

—Exacto —dijo David con firmeza—. Porque quien se encuentre con los emisarios de Carlos debe de estar tan arriba, ser tan de fiar, que el Chacal no tendrá más remedio que aceptarlo. La posibilidad de que se trate de una trampa debe quedar eliminada.

—¿También quieres que haga florecer las rosas durante una tempestad de nieve?

—Algo parecido. Todo ocurriría en un día o dos, mientras el Chacal continúa inquieto por lo ocurrido en el Smithsoniano.

—¡Imposible...! Oh diablos, lo intentaré. Me estableceré aquí y haré que Langley me envíe lo necesario. Seguridad Cuatro-Cero, por supuesto... No quisiera perder a quienquiera que esté en el Mayflower.

—Tal vez no suceda —aventuró Webb—. El que sea no desaparecerá tan pronto. Sería demasiado obvio para el estilo del Chacal.

—¿El Chacal? ¿Crees que se trata de Carlos en persona?

—No él, por supuesto, sino alguien a sus órdenes. Alguien tan insospechado que podría llevar un cartel con el nombre del Chacal alrededor del cuello y no lo creeríamos.

—¿Chino?

—Tal vez. Él es geométrico; todo lo que hace guarda una lógica, pero hasta su lógica parece incoherente.

—Escucho a un hombre del pasado, a un hombre que nunca existió.

—Oh, existió, Alex. Ya lo creo que sí. Y ahora ha regresado.

Conklin miró hacia la puerta. De pronto las palabras de David le suscitaron otro pensamiento.

—¿Dónde está tu maleta? —preguntó—. Has traído algo de ropa,

¿verdad?

—No, y éstas irán a parar a una alcantarilla de Washington en cuanto consiga algo más. Pero primero debo visitar a otro viejo amigo, otro genio que vive en el lado equivocado de la ciudad.

—Déjame adivinar —dijo el agente retirado—. Un anciano negro con el increíble nombre de Cacto, un genio en lo que se refiere a documentos falsos, pasaportes y permisos de conducir.

—Has acertado. Es él.

—La agencia podría encargarse de todo.

—No tan bien, y con demasiada burocracia. No quiero nada que pueda ser descubierto, incluso con una seguridad Cuatro-Cero. Esto será entre él y yo.

—Muy bien. Y luego, ¿qué?

—Tú ponte a trabajar, hombre de campaña. Mañana por la mañana quiero que haya mucha gente en movimiento en esta ciudad.

—¿Mañana por la mañana...? ¡Eso es imposible!

—No para ti, san Alex. Eres el príncipe de las operaciones secretas.

—Di lo que quieras, ni siquiera estoy en forma.

—Eso se recupera rápidamente. Es igual que el sexo y montar en bicicleta.

—¿Qué hay de ti? ¿Qué vas a hacer tú?

—Después de consultar a Cacto, tomaré una habitación en el hotel Mayflower —respondió Jason Bourne.

Culver Parnell, magnate hotelero de Atlanta que tras veinte años en el negocio había logrado su nombramiento como jefe de protocolo de la Casa Blanca, colgó furioso el teléfono de su oficina mientras garabateaba la sexta obscenidad en la agenda. Con la elección y el cambio de personal en la Casa Blanca, había tomado el lugar de las señoras de buena familia que ignoraban por completo las ramificaciones políticas de una lista de mil seiscientos invitados. Entonces, para su profunda irritación, se encontró

luchando contra su propia ayudante, otra mujer de mediana edad que también provenía de los elegantes colegios del este. Para empeorar aún más las cosas, ésta pertenecía a la alta sociedad de Washington y donaba su salario a cierta compañía de baile cuyas integrantes danzaban por allí vestidas sólo con lo indispensable.

—¡Mierda! —masculló Culver, pasándose una mano por la canosa cabellera; volvió a tomar el teléfono y pulsó cuatro dígitos en la consola—.

Ponme con el Colorado, cariño —pidió con voz melosa.

—Sí, señor —respondió la halagada secretaria—. Está en otra línea, pero lo interrumpiré. Espere un segundo, señor Parnell.

—Eres el más dulce de los melocotones, preciosa.

—¡Oh, gracias! Ahora espere.

Nunca fallaba, pensó Culver. Un poco de aceite de magnolia funcionaba mucho mejor que la corteza de un roble retorcido. Esa perra de ayudante bien podía tomar lecciones de sus superiores sureños; hablaba como si algún dentista yanqui hubiese unido sus malditos dientes con un cemento permanente.

—¿Eres tú Cull? —La voz del Colorado interrumpió los pensamientos de Parnell, que estaba escribiendo la séptima obscenidad en la agenda.

—No te quepa duda, muchacho, ¡y tenemos un problema! Esa puta lo está haciendo otra vez. Tengo a nuestros amigos de Wall Street anotados para una mesa en la recepción del veinticinco, la que se celebrará para el nuevo embajador francés, y ella sostiene que debemos sacarlos para poner allí a sus bailarinas..., dice que ella y la primera dama están muy interesadas en eso. ¡Mierda! Estos muchachos tienen muchos intereses puestos en Francia, y esta conexión con la Casa Blanca podría llevarlos a la cima.

¡Cada francés de la bolsa pensará que ha oído todos los rumores de la ciudad!

—Olvídalo, Cull —dijo el ansioso Colorado—. Es posible que nos enfrentemos a un problema más grave, y no sé lo que significa.

—¿Qué pasa?

—Cuando estábamos allá en Saigón, ¿alguna vez escuchaste algún comentario referente a algo o alguien llamado Dama Serpiente?

—Me hablaron mucho acerca de ojos de serpiente —rió Parnell—, pero no de lo que tú dices. ¿Por qué?

—El sujeto con el que estaba discutiendo llamará otra vez dentro de cinco minutos. Parecía que me estaba amenazando. ¡De verdad me

amenazaba, Cull! Mencionó Saigón y sugirió que algo terrible había ocurrido allí. Repitió varias veces el nombre de Dama Serpiente como si yo tuviese que correr a esconderme.

—¡Pásame a ese hijo de puta! —rugió Parnell, interrumpiéndolo—. Yo sé exactamente a qué se refiere ese canalla. Es esa maldita perra que tengo por ayudante... ¡eso es la Dama Serpiente! ¡Dale mi número a ese gusano y dile que yo sé muy bien de qué está hablando!

—¿Me lo dirías a mí, Cull?

—Diablos, Colorado, tú estabas allí. Manejamos algunos pequeños casinos y algunos payasos perdieron un par de camisas; pero no hubo nada que los soldados no hayan hecho desde que se jugaron a los dados las ropas de Cristo... Sólo lo subimos a un avión más alto y tal vez metimos dentro a algunas mujeres que, de todos modos, hubiesen estado recorriendo las calles... No, Colorado, esa culona elegante que se hace llamar mi ayudante cree tener algo contra mí. Por eso se ha puesto en contacto contigo, porque todos saben que somos compañeros. Dile a ese puerco que me llame y yo arreglaré cuentas con esa ramera. ¡Esta vez se ha metido en un lío! ¡Mis muchachos de Wall Street se quedan y sus coristas se van!

—Muy bien Cull, me limitaré a darle tu número —dijo el Colorado, conocido en el pasado como vicepresidente de Estados Unidos, mientras colgaba el teléfono.

Volvió a sonar cuatro minutos más tarde, y Parnell recibió las palabras como una ráfaga de disparos.

—Dama Serpiente, Culver, ¡y todos estamos en problemas!

—No, escúchame tú, cabeza de pájaro, ¡yo te diré quién está en problemas! Ella no es ninguna dama, ¡es una perra! Uno de sus treinta o cuarenta esposos eunucos pudo jugar a los dados en Saigón y perder un poco de dinero, pero a nadie le importó un bledo entonces y tampoco les importa ahora. En especial a un coronel de la marina que disfrutaba jugando al póquer de vez en cuando, y en este momento ese mismo hombre está sentado en el Despacho Oval. Y te diré más, escroto sin huevos, cuando sepa que ella trata de difamar a los valientes muchachos que sólo querían un poco de diversión mientras luchaban en esa guerra ingrata...

En Vienna, Virginia, Alexander Conklin colgó el teléfono. Falló en el uno y falló en el dos... y él nunca había oído mencionar el nombre de Culver Parnell.

Albert Armbruster, el presidente de la Comisión Federal de Comercio, lanzó una maldición y cerró el grifo al oír la voz chillona de su esposa en el baño lleno de vapor.

—¿Qué diablos ocurre, Mamie? ¿No puedo ducharme sin que me molestes?

—¡Podría ser de la Casa Blanca, Al! Tú sabes cómo hablan... siempre en voz baja y asegurando que es urgente.

—¡Mierda! —gritó el presidente mientras abría la mampara y se dirigía desnudo hasta el teléfono de la pared—. Aquí, Armbruster. ¿Qué ocurre?

—Hay una crisis que requiere su inmediata atención.

—¿Se trata del mil seiscientos?

—No, y esperamos que nunca ascienda tanto.

—¿Quién habla?

—Alguien tan preocupado como lo estará usted. Después de todos estos años... ¡oh, Dios!

—¿Preocupado? ¿Por qué? ¿De qué está hablando?

—Dama Serpiente, señor presidente.

—¡Oh, Dios mío! —De pronto la voz de Armbruster se convirtió en un grito de pánico. De inmediato trató de controlarse, pero ya era demasiado tarde. Blanco uno—. No comprendo lo que me dice. ¿Qué «dama no sé qué»? Nunca he oído hablar de ello.

—Bueno, pues óigalo ahora, señor Medusa. Existe alguien que lo tiene todo, absolutamente todo. Fechas, malversación de suministros y pertrechos, cuentas bancarias en Ginebra y en Zurich, hasta los nombres de varios enlaces en Saigón, y cosas peores. ¡Las peores! Otros nombres, agentes de inteligencia militar que nunca estuvieron en combate. Todo.

—¡Sandeces! ¡No comprendo lo que dice!

—Y usted figura en la lista, señor presidente. Ese hombre debe de haber pasado quince años reuniendo los datos. Ahora quiere que le paguen por todo ese tiempo de trabajo a cambio de su silencio.

—¿Quién? ¿Quién es él, por amor de Dios?

—Lo estamos buscando. Sólo sabemos que ha estado en el programa secreto durante más de una década y nadie se enriquece bajo esas circunstancias. Debió de verse excluido de la acción en Saigón y ahora está recuperando el tiempo perdido. No haga nada. Volveremos a ponernos en contacto. —Hubo un clic y la línea quedó en silencio.

A pesar del vapor y el calor del baño, Albert Armbruster, director de la Comisión Federal de Comercio, se estremeció mientras el sudor le corría por el rostro. Colgó el receptor y sus ojos se deslizaron hacia el pequeño y horrible tatuaje que tenía en la parte interna del antebrazo.

En Vienna, Virginia, Alex Conklin miró el teléfono.

Blanco Uno.

El general Norman Swayne, jefe de aprovisionamiento del Pentágono, se apartó del punto de partida satisfecho de su golpe largo y recto a través de la pista. La pelota rodaría hasta alcanzar una posición óptima para el siguiente tiro de aproximación al hoyo diecisiete.

—Eso debería ser suficiente —comentó, dirigiéndose a su compañero de golf.

—Seguramente, Norm —respondió el joven vicepresidente de Tecnologías Calco—. Esta tarde me has llevado al huerto. Al final te deberé casi trescientos dólares. A veinte por hoyo, sólo he conseguido cuatro hasta ahora.

—Es tu golpe desviado, jovencito. Debes practicarlo.

—Sin duda tienes razón, Norm —reconoció el ejecutivo de Calco mientras se aproximaba al punto de partida. De pronto se oyó la bocina de un carrito de golf y el vehículo de tres ruedas apareció a toda velocidad por la pendiente de la decimosexta pista—. Es su conductor, general —dijo el distribuidor de armamentos, arrepintiéndose de inmediato por haber abandonado el tuteo.

—Así es. Qué extraño; nunca me interrumpe cuando juego al golf. —

Swayne se dirigió hacia el vehículo y lo alcanzó a unos diez metros del punto de partida—. ¿Qué ocurre? —le preguntó al sargento mayor, un hombre robusto y cubierto de condecoraciones que había sido su conductor durante más de quince años.

—Creo que esto huele a podrido —masculló el suboficial aferrado al volante.

—Eso parece bastante contundente...

—También lo fue el hijo de puta que llamó. Tuve que atenderlo dentro, en un teléfono público. Le aseguré que no interrumpiría su juego y me recomendó que lo hiciera si sabía lo que me convenía. Naturalmente, le pregunté quién era, cuál era su grado y todas esas estupideces, pero me interrumpió más asustado que otra cosa. «Sólo dile al general que llamo con

respecto a Saigón y unos reptiles que se arrastraban por la ciudad hace unos veinte años.» Ésas fueron sus palabras exactas.

—¡Señor! —exclamó Swayne—. ¿La Dama...?

—Dijo que volvería a llamar dentro de media hora. Sólo faltan dieciocho minutos. Sube, Norman. Yo formo parte de esto, ¿lo recuerdas?

Confundido y asustado, el general murmuró:

—Debo... debo presentar alguna excusa. No puedo marcharme así, sin más.

—Que sea rápido. Norman, ¡llevas una camisa de manga corta, maldito idiota! Dobla el brazo.

Con los ojos abiertos de par en par, Swayne se observó el pequeño tatuaje y de inmediato dobló el brazo frente al pecho, al estilo de un general de brigada británico. Luego regresó al punto de partida, fingiendo una calma que no sentía.

—Maldita sea, jovencito, el ejército me reclama.

—Es una verdadera lástima, Norm, pero debo pagarte. ¡Insisto!

Algo aturdido, el general aceptó el dinero de su compañero sin contar los billetes, de forma que no advirtió que había varios cientos de dólares más que la deuda real. Después de murmurar las gracias, Swayne regresó rápidamente al vehículo de golf, y se situó junto al sargento mayor.

—Esto va por mi golpe desviado, soldadito —se dijo el ejecutivo de armamentos balanceando el palo. La pequeña pelota blanca se desplazó más lejos que la del general y hasta una posición mucho mejor—. Todo sea por cuatro millones de dólares, canalla de hojalata.

Blanco Dos.

—En nombre de Dios, ¿de qué me habla? —preguntó el senador riendo por teléfono—. ¿O debería decir, qué es lo que trata de conseguir Al Armbruster? Él no necesita mi apoyo con el nuevo proyecto de ley y no lo obtendría si lo necesitara. Era un imbécil en Saigón y es un imbécil ahora, pero cuenta con la mayoría de los votos.

—No estamos hablando de votos, senador. ¡Hablamos de la Dama Serpiente!

—Las únicas serpientes que encontré en Saigón eran los pelmazos como Alby. Se arrastraban por toda la ciudad y pretendían conocer todas las respuestas cuando en realidad no había ninguna.

En Vienna, Virginia, Alexander Conklin colgó el teléfono.

Tercer fallo.

Phillip Atkinson, embajador ante la corte de St. James, atendió el teléfono en Londres suponiendo que aquella llamada anónima le comunicaría instrucciones extraordinariamente confidenciales del Ministerio de Estado. De forma automática y tal como se le había ordenado, Atkinson pulsó el interruptor de su aparato de interferencias, que raras veces utilizaba. Éste produciría una descarga de estática en los interceptores del servicio secreto británico, y luego él sólo esbozaría una sonrisa benigna ante los amigos que le preguntasen si había alguna novedad de Washington.

Sabía que algunos mantenían «relaciones» en el MI-Cinco.

—¿Sí?

—Señor embajador, supongo que no pueden interceptarnos —dijo la voz baja y forzada desde Washington.

—Su suposición es correcta.

—Bien... Quiero llevarte de regreso a Saigón, a cierta operación de la cual nadie habla...

—¿Quién es? —lo interrumpió Atkinson dejándose caer contra el respaldo del sillón.

—Los hombres de aquella tropa jamás utilizaban nombres, y nosotros no queríamos divulgar nuestra relación con ellos, ¿verdad?

—Maldito sea, ¿quién es? ¿Lo conozco?

—No, Phil, aunque me sorprende que no reconozcas mi voz.

Los ojos de Atkinson recorrieron la oficina rápidamente sin ver nada.

Sólo trataba de recordar, trataba desesperadamente de unir una voz con un rostro.

—Eres tú, Jack... ¡Créeme, nadie puede interceptarnos!

—Cuidado Phil...

—La Sexta Flota, Jack. Un simple código Morse invertido. Luego cosas más importantes, mucho más importantes. ¿Eres tú, verdad?

—Digamos que es posible, pero no viene al caso. Lo importante es que el ambiente está tenso, muy tenso...

—¡Eres tú!

—Cállate. Sólo escucha. Una fragata bastarda se soltó de sus amarras y está llegando a aguas poco profundas.

—Jack, yo estuve en tierra, no en el mar. No logro comprenderte.

—Hay un sujeto a quien debimos dejar fuera de juego allá en Saigón. Por lo que he sabido, lo pusieron bajo protección, pero ahora tiene todos los datos. Todo, Phil. Lo sabe todo.

—¡Bendito sea Dios!

—Está listo para lanzarse...

—¡Deténlo!

—Ese es el problema. No estamos seguros de quién es. En Langley se mantiene una gran reserva sobre todo el asunto.

—Por Dios, hombre, ¡en tu posición puedes ordenarles que dejen de joder la marrana! Diles que el archivo nunca llegó a completarse, que la información que contiene es confusa. ¡Que es toda falsa!

—Eso podría precipitar los acontecimientos...

—¿Ya has llamado a Jimmy T a Bruselas? —lo interrumpió el embajador

—. Él está muy relacionado con las altas esferas en Langley.

—Por el momento no quiero que las cosas avancen más. Al menos hasta que haya terminado con unos trabajillos.

—Lo que tú digas, Jack. Las riendas son tuyas.

—Manten tensas las drizas, Phil.

—¡Si sugieres que mantenga la boca cerrada, no te preocupes por ellos!

—dijo Atkinson mientras doblaba el codo y se preguntaba a quién conocía en Londres que pudiera quitarle aquel horrible tatuaje del antebrazo.

Al otro lado del Atlántico, en Vienna, Virginia, un Alexander Conklin muy asustado colgó el teléfono y se apoyó contra el respaldo del sillón.

Había seguido su intuición, como hiciera en el campo de batalla durante más de veinte años. Una palabra conducía a la otra, una frase a otra frase, una indirecta salida del aire lograba confirmar una suposición e incluso una conclusión. Era un ajedrez ficticio y él sabía que era un hábil profesional...

algunas veces demasiado hábil. Había cosas que debían permanecer en secreto, cánceres ocultos enterrados en la historia, y lo que acababa de averiguar entraba muy bien en esa categoría.

Blancos tres, cuatro y cinco.

Phillip Atkinson, embajador en Gran Bretaña. James Teagarten, jefe supremo de la OTAN. Jonathan «Jack» Burton, ex almirante de la Sexta Flota, ahora presidente de los jefes del estado mayor conjunto.

Dama Serpiente. Medusa.

Una red.

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