El último Dickens

Matthew Pearl · Capítulo 34 de 43

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El último Dickens

Capítulo 33

–Supongo que, al ser inglés, el cortejo de un hombre como Wakefield debe de ser casi irresistible.

–Que un hombre decente exprese su interés por mí me halaga, como a cualquier mujer. Pero espero que no piense de mí que sería capaz de fingir estar enamorada de un ciudadano inglés con el único fin de librarme de una normativa y cambiar una prisión por otra. ¿Cree usted que si amara a un hombre permitiría que me frenaran las restricciones de un papel, las palabras de un libro de leyes, sin importarme las consecuencias? – con el apasionamiento de su discurso un rizo de su cabello negro había escapado de la capota y le caía sobre los labios.

–Quizá yo… -dijo Osgood, y se interrumpió como si hubiera perdido la línea de su pensamiento-. Sé que después de que perdiera a Daniel puse demasiado empeño en protegerla.

Rebecca hizo un gesto con la cabeza como agradecimiento a su sinceridad y le ofreció un brazo.

–Estoy hambrienta, señor Osgood. ¿Quiere acompañarme al comedor?

Rebecca no le contó lo que su fracaso suponía para ella, que tendría que poner punto final a su vida en Boston y su trabajo en la empresa. Osgood, agradecido por su respuesta, tomó el brazo de la mujer bajo el suyo y notó que su corazón latía contra el suave cuero de la mano enguantada de ella, con la sensación de que tenían todo el tiempo del mundo.

33

Inspectores de seguros y trabajadores del teatro entraban y salían de lo que todavía quedaba en pie del auditorio principal del teatro Surrey, en Blackfriars Road. El que había sido el teatro más importante de Londres había quedado reducido a una lamentable sombra de sí mismo en unas pocas horas. El suelo y las paredes todavía humeaban. Tom Branagan entró en el edificio y recorrió un laberinto de pasillos carbonizados y cubiertos de polvo hasta llegar a la sala de carpintería.

–¿Fue aquí donde empezó? – preguntó Tom.

–¿Quién anda ahí? – respondió un operario antes de ver la chaqueta azul y los botones brillantes del uniforme de policía de Tom-. Oh, ¿otro bobbie?

Pues sí, eso parece, jefe. Ya han estado por aquí los inspectores investigando si es obra de un incendiario.

–¿Le han dicho a qué conclusiones han llegado? – preguntó Tom.

–En el teatro siempre hay peligros: chispas por todas partes, tejidos que uno podría inflamar con una mirada ardiente. La policía no me ha dicho nada. ¿No debería saberlo usted ya, señor?

–No me lo han dicho -admitió Tom-. La obligación del agente no es más que sacar las propiedades expuestas después de un incendio. Para evitar los robos mientras se retiran los escombros.

El operario, dándose cuenta de la falta de autoridad de Tom, le dio la espalda.

Revolviendo entre los montones ennegrecidos de cascotes y trastos viejos, Tom encontró un cartel. En él se leía la lista de obras de próximo estreno.

– El misterio de Edwin Drood -leyó Tom-. ¿Se estaba haciendo esa obra en este teatro?

–Sí, estaban a punto de estrenarla. Pero ya no, claro. Con el teatro incendiado y Grunwald muerto…

Tom se estremeció al recordar el nombre mencionado en las quejas de Forster.

–¿Grunwald?

–El actor. Le hallaron atrapado en el camerino del escenario con su joven ayudante. El gerente dijo que esta semana estaba viniendo a ensayar sus diálogos nuevos frente al espejo todas las noches. Bueno, menos mal que el incendio se ha producido en mitad de la noche y no en medio de una representación, jefe, o nos habríamos asado vivos como estos dos.

–¿Diálogos nuevos? ¿Justo antes de estrenar? – preguntó Tom.

–Acababan de cambiar el final a gusto de Grunwald. ¡Ahora quién sabe si se llegará a ver alguna vez! Grunwald amenazó con despedirse si no le permitían, quiero decir a Edwin Drood, que al final estuviera vivo. El gerente acabó por ceder y obligó al señor Stephens, el dramaturgo, a escribir un final diferente con la oposición del señor Forster. Ah, ese Grunwald había ido por ahí contándole a todo el mundo que lo sabía. Vaya, y eso fue sólo hace unos días, pero parece que fuera en otra vida.

Tom clavó la mirada en el cartel y luego en el amasijo de ruinas que le rodeaban.

El operario, ahora que se había vuelto más charlatán, no parecía tener ganas de parar.