En ausencia de Blanca

Tamara Marin · Capítulo 1 de 10

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En ausencia de Blanca

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CAPÍTULO 1

La mujer que no era Blanca vino hacia Mario desde el fondo del pasillo, vestida con la blusa verde de seda, los vaqueros y los zapatos bajos de Blanca, entornando un poco los ojos al acercarse a él y sonreírle, los ojos que tenían el mismo color y la misma forma que los de Blanca pero que no eran de ella, dándole la bienvenida en un tono de voz tan idéntico al de Blanca como si de verdad fuese ella quien le hablaba. Igual que Blanca, se inclinó un poco al besarlo, porque era ligeramente más alta que él, pero en lugar de mantener apretados los labios mientras rozaba los suyos con la rapidez ausente de quien repite un gesto diario y trivial los abrió en busca de la lengua de Mario, tan sorprendido entonces por aquella efusión inesperada que no supo responder a tiempo.

En el aliento de ella y en la suavidad breve y carnosa de los labios le pareció que recobraba la delicia antigua de los primeros besos de Blanca, ahora falsificada, pero también idéntica, de una exactitud sin fallos, o casi, que lo volvía todo mucho más irreal. Agradeció el tacto de las manos largas y suaves que sin embargo no eran las manos de Blanca, el gesto extraño a ella de abrazar su cintura mientras lo guiaba hacia el comedor, como si él, su dueño, desconociera el piso en el que ya vivía antes de encontrarse con Blanca, o como si también el piso fuera un duplicado exacto y falso de algo perdido: el piso, los cuadros del pasillo, los muebles del comedor, que Blanca tanto criticaba, y no sin motivo, porque cuando Mario los compró tenía un gusto lamentable, el mantel bordado por la madre o por la abuela de Mario, la vajilla, los platos en los que humeaba una sopa recién hecha, recién servida por la impostora o la doble casi exacta de Blanca, que la había retirado del fuego al ver desde el balcón que Mario estaba cruzando la calle. (Pero Blanca, la verdadera, la de otro tiempo, tal vez nunca se había asomado al balcón para ver si él llegaba). Olía mejor que nunca, pensó Mario casi con remordimiento, notando por primera vez no que estaba empezando a rendirse, sino que existía esa posibilidad, comprendiendo con melancolía y alivio que no podría mantener siempre la hostilidad recelosa, la vigilancia intransigente, la desesperada soledad de un espía. A diferencia de Blanca, la mujer que ahora comía frente a él no se limpiaba los labios con la punta de la servilleta después de cada cucharada de sopa, ni alzaba los ojos con reprobación instintiva si él hacía el más leve ruido al ingerir la suya, y tampoco esperó inmóvil y sin decirle nada hasta que él cayera en la cuenta de que le correspondía traer de la cocina la fuente con el segundo plato y los cubiertos de la carne.

Blanca nunca habría encendido un cigarrillo antes de retirar la mesa, y menos aún se habría echado en el sofá a mirar la televisión sin dejar el comedor recogido y la cocina perfectamente limpia: Blanca, de hecho, apenas miraba la televisión, a no ser las noticias o un extraño programa nocturno de imágenes convulsas y ritmos metálicos que se llamaba Metrópolis, y en el que una vez apareció un reportaje sobre aquel pintor con el que ella acababa de romper cuando conoció a Mario. Desenvuelta, impostora, vestida con la ropa de Blanca, la blusa de seda que tenía casi el mismo tacto de su piel, los vaqueros tan ceñidos que la hacían más carnal y más alta, descalza ahora, los zapatos bajos de Blanca abandonados a los pies del sofá, la mujer que no era Blanca se recostaba en un ancho cojín de cuero negro y miraba la televisión fumando un cigarrillo, o nada más que sosteniéndolo, tan olvidada de él que si Mario no llega a quitárselo oportunamente y con pulso infalible de los dedos se los habría quemado o habría derramado la ceniza sobre la alfombra, no sin peligro de dañarla. Desconfiado, buscando siempre síntomas de la falsificación, Mario se fijó en sus pies, largos y gráciles, con tenues líneas azules de venas en el empeine, aunque un poco maltratados, pero esta vez le sorprendió que no tuvieran marcas de rozaduras ni asperezas en el talón, y descubrió además, cuando ya apartaba los ojos de ellos, que tenían las uñas pintadas de rojo, cosa que él no había visto nunca en los pies de Blanca. Pero enseguida dudaba, no tenía costumbre de fijarse en ese tipo de matices, la misma Blanca le había reprochado alguna vez que no prestaba atención, que no veía la ropa que se ponía ella o las modificaciones en la decoración —nunca excesivas, pues no les sobraba el dinero— con las que ella intentaba mejorar el aspecto más bien cateto del piso. Lo creía, estaba seguro, Blanca no se había pintado nunca las uñas de los pies: pero esforzaba su memoria para obtener una certeza despejada y era entonces cuando Mario empezaba a dudar, y se desesperaba por dentro, aunque a la vez encontraba delicioso y muy excitante ese color rojo en los pies de Blanca, esa piel ahora más suave, menos dañada por los zapatos, y se acordaba del modo en que la noche anterior, cuando apagaron la luz en el dormitorio, ella se había abrazado a él por detrás y le había frotado contra las piernas sus pies fríos, pidiéndole que se los calentara, con una complicidad física que habría sido más halagadora de no ser por la evidente impostura, por el hecho menos asombroso que amargo de que aquella mujer, idéntica a Blanca, no era ella, no podía ser ella.

Pareció dormitar mientras Mario quitaba la mesa, pero abrió los ojos y se lo quedó mirando fijo en un momento en que él la observaba desde el interior de la cocina. Se daba cuenta de que ahora sólo se atrevía a mirarla con atención e intensidad cuando ella no lo estaba mirando, por una superstición de vigilancia que en realidad le resultaba inútil, y con frecuencia embarazosa, porque aquella mujer lo descubría enseguida, sonriéndole siempre con una especie de fatigada tolerancia: ahora, por ejemplo, mientras fregaba los platos, la había estado mirando desde la cocina, queriendo distinguir si su pecho ascendía y bajaba, creyendo que oía el ritmo calmoso de su respiración entre los ruidos del telediario, confiándose. Poco a poco, sosteniendo entre las manos un paño húmedo del que no se acordaba, había ido aproximándose a la puerta del comedor, y abandonando por lo tanto el ángulo de la cocina en el que ella no podía verlo, con una mezcla absurda de cautela y descuido. Seguramente, a cada paso que daba, su cara iría adquiriendo esa expresión particular de alguien que mira algo creyendo que no es observado. Justo entonces ella abrió los ojos, sin sorpresa alguna, y desde luego sin alarma, como si hubiera escuchado sus pasos o hubiera podido medir su cercanía por el rumor creciente de su respiración. Él nunca estaba seguro de si encontraría a Blanca el próximo minuto, ni de cuál sería su estado de ánimo: Blanca podía adivinarlo todo acerca de él sin necesidad de abrir los ojos, pero esa seguridad ya no parecía que se deslizara hacia el desdén, hacia la negligencia instintiva y tan peligrosa de quien se acostumbra a dar por supuesta la lealtad de un amante.

Los ojos desde los que no miraban las pupilas de Blanca se detuvieron en el paño mojado que él aún sostenía y luego fueron ascendiendo hasta encontrar la mirada huidiza de él y retenerla. Los ojos color avellana de Blanca, el pelo liso y negro de Blanca, las pecas leves de su nariz, el rosa intenso de sus labios, los anillos de Blanca en los mismos dedos donde ella se los ponía, su anillo de casada, que él hubiera querido examinar de cerca para comprobar si la falsificación de todo había sido tan perfecta que tenía grabada la fecha en que se conocieron, no la de la boda, porque los dos estuvieron de acuerdo (aunque la idea fue de Blanca) en que lo digno de conmemorar no es el oficialismo de una ceremonia, sino la rara mezcla de azar y destino del primer encuentro.

Mario se acercó a ella, la vio encogerse en el sofá y luego extender los brazos con indolencia gozosa, el pelo ahora suelto, la cara de somnolencia y siesta apetecida, la camisa casi abierta del todo, mostrando la tela sedosa del sujetador, la dulce hendidura entre los dos pechos apretados que se parecían tanto a los pechos de Blanca, aunque él tampoco sabía ya precisar si la forma y el tono rosado de los pezones eran o no idénticos a los que recordaba. La oyó decir su nombre con la voz de Blanca, más cálida ahora que casi nunca, sin ese punto sutil de lejanía y frialdad que él siempre se había negado a aceptar que existía, igual que se había negado a ver y oír y comprender tantas cosas, tanta mentira ínfima, tanta callada deslealtad. Dio un paso más, dejó el paño sobre la mesa, temió que le quedara en las manos olor a detergente o a grasa, se arrodilló junto al sofá, al lado de la mujer en cuyo aliento percibía matices ajenos al aliento deseado y añorado de Blanca, al sabor jugoso de la boca de Blanca. Lo sorprendió, al inclinarse sobre ella, el regreso de la excitación, la falta inesperada de nostalgia, aunque no de recelo. Pensó que también él aprendía a fingir y quiso justificarse diciéndose, mientras le retiraba el pelo de la cara y le besaba los párpados y le mordía sólo con los labios un lóbulo tal vez ligeramente más carnoso que el de Blanca, que el aprendizaje de la simulación le serviría para descubrir la mentira, nunca para acomodarse a ella. Pero lo cierto es que conforme la iba acariciando y besando y le desabrochaba del todo la camisa verde de seda cerraba con más fuerza los ojos, y así había instantes en los que estaba seguro de acariciar y de besar a Blanca, de reconocerla en la voluntaria oscuridad con una certeza que ni su razón ni sus sentidos podían ya concederle.