En ausencia de Blanca
Capítulo 5
Era probable que no hubiese tregua nunca: tendría que pasar cada hora y cada día del resto de su vida conquistándola, seduciéndola, vigilando con astucia y desvelo la aparición de cualquier peligro, de cualquier enemigo. No le importaba, desde luego, lo había sabido prácticamente desde que la conoció, y si se paraba a pensarlo no lo había hecho del todo mal desde entonces. Él no tardó ni dos días en enamorarse de Blanca: que ella empezara poco a poco a corresponderle, que se deslizara, sin darse cuenta ni ella misma, de la simpatía y la gratitud hacia el amor, no fue el resultado del azar, ni de los mecanismos ciegos de la pasión, sino la consecuencia lenta y merecida de la tenacidad de Mario, de su solicitud constante, de su ternura tan incondicional como la de un enfermero. De hecho fue eso, durante algún tiempo, casi al principio, un enfermero asiduo que la cuidó con paciencia y destreza, que le cambió las sábanas empapadas después de alguna noche entera de delirio y de fiebre, que poco a poco le fue devolviendo la fortaleza y el deseo de vivir. «Tú me reconstruiste —le dijo un día Blanca—, como si hubieras encontrado un jarrón de porcelana roto en mil pedazos y hubieras tenido la paciencia y la habilidad de reconstruirlo entero, sin descuidar ni la pieza más pequeña».
Mario, que por encima de la estabilidad no apreciaba casi nada en la vida, venía dedicando los últimos años a descubrir y admirar las inestabilidades de Blanca y al mismo tiempo a combatirlas o atenuarlas, ofrecerle a ella un espacio de referencias seguras en el que pudiera florecer sin desperdicio ni sufrimiento el esplendor de su alma. Con otros hombres, o abandonada a sí misma, Blanca derivaría —de hecho, ya había derivado— hacia un desorden aturdido, doloroso y estéril, a una especie de estupor ante su propio desastre en el que había algo del fatalismo con que un casi alcohólico, aún a tiempo de curarse, capitula ante una copa o una persona poco adicta a la higiene abandona su práctica diaria y acaba viviendo en un muladar.
Cuando Mario la conoció, Blanca bebía seis o siete vodkas diarios, fumaba dos paquetes de Camel y guardaba en el bolso una confusión de kleenex usados, hebras de tabaco, hojas sueltas de papel de fumar, estimulantes y somníferos. La vida con el pintor Naranjo, quien al principio la había deslumbrado con sus actitudes de genio y con la fuerza visual de su pintura, derivó rápidamente, previsiblemente, hacia un tortuoso infierno de abandonos, reconciliaciones, deslealtades y huidas que habría durado años de no ser por la aparición inopinada de Mario.
Se decía, y Mario estaba seguro de que era cierto, que Blanca había tenido una influencia definitiva en los comienzos del éxito de Naranjo (Mario se habría dejado matar antes de llamarlo Jimmy). No sólo lo había alentado, no sólo lo había mejorado y ennoblecido con el influjo benéfico de su admiración: también había usado aquellas mismas influencias familiares de las que renegaba para conseguir compradores a sus cuadros y salas donde exponerlos, y había movilizado a sus amigos de los periódicos y de la radio para que le hicieran entrevistas, con una tenacidad y una desenvoltura de las que Naranjo, por supuesto, carecía, por lo menos entonces, cuando aún fingía ser un artista huraño y maldito, años antes de ganar la Bienal de la Diputación y de convertirse a lo que él mismo llamaba, con ese cínico descaro mercantil que se llamó modernidad en los ochenta, el bisnes.
Las energías que Blanca era capaz de invertir en los méritos de otros podían ser inagotables y hasta milagrosas. Tal vez por volcarse tan generosamente en cosas exteriores a ella, pensaba Mario, le faltaba luego el empuje preciso para hacerse a sí misma, para llevar a cabo empeños personales que sólo habrían podido llegar a término por un esfuerzo concentrado de la voluntad. Poseía un don muy raro, el de admirar, y sabía explicar lo que admiraba y las razones por las que lo admiraba con tal convicción que volvía contagioso su entusiasmo.
Cuando encontró a Naranjo, el año 82 o el 83, nadie creía en su pintura, ni siquiera él mismo. Blanca, en cierto modo, lo convenció de que era de verdad un pintor, y de que la indiferencia de los demás hacia su obra respondía no a la mediocridad de los cuadros, como el propio Naranjo había empezado a pensar, sino a la mediocridad del público, a la incurable ignorancia española, a la miseria cultural de las provincias. Fue Blanca quien lo disuadió de la tentación ominosa de presentarse a oposiciones para profesor de Dibujo: también fue ella la responsable de que concursara en la Bienal de la Diputación de Jaén, en la que Naranjo se negaba a participar, no sólo, como él decía, porque le daba asco hacerle el juego al poder, sino sobre todo porque temía la humillación de no ser seleccionado. Sin que él lo supiera —por esa época andaba más bien perdido entre el hachís y la ginebra— Blanca eligió uno de sus cuadros y lo envió a la Bienal, y es posible que también hiciese alguna gestión acerca de un miembro del jurado, quizás aquel mismo profesor universitario que le transmitió su duradera pasión por Puccini. Este punto ella lo negaba, porque la enfurecía, aún mucho tiempo después de estar casada con Mario, que se pusiera en duda el talento de Naranjo, pero en cualquier caso era cierto que hizo todo lo que pudo por empujar la carrera de su amante de entonces, y que a su manera lo consiguió.
También era ella quien no lo dejaba dormirse en las glorias locales y provinciales, porque después de la Bienal de la Diputación ganó el Premio Zabaleta, del Ayuntamiento de Quesada, y al cabo de pocos meses el concurso para el cartel anunciador de las fiestas de Baeza, que fue un escándalo en esa ciudad tan conservadora y supuso una ruptura implacable con los convencionalismos que habían imperado hasta entonces en ese tipo de carteles. En la provincia de Jaén, Naranjo se convirtió en la personificación radical de la vanguardia, pero es muy probable que el éxito lo hubiera malogrado de no haber sido por las apasionadas exigencias de Blanca: no podía conformarse con lo que ya poseía, tenía que dar el salto definitivo e irrumpir en Granada, en Madrid, en toda la anchura del mundo.
Sin darse cuenta, ella misma labraba su propia desgracia, pues fue el contacto con Madrid lo que terminó de trastornar a Naranjo, convirtiéndolo en su caricatura abominable, Jimmy N., que más parecía nombre de disc-jockey que de pintor. No siempre podían permitirse que Blanca lo acompañara en sus viajes a la capital, y aunque ella era demasiado generosa como para albergar por principio, como tantas mujeres, la superstición de los celos, pronto advirtió que Naranjo estaba cambiando a una velocidad excesiva, o tal vez mostrándose en su ser verdadero.
Por Jaén corrieron noticias de su triunfo en Madrid, noticias que según se vio más tarde no acababan de llegar a Madrid. También se comentó lo que empezaba a llamarse entonces su nuevo look: los jerseys de cuello alto, los pantalones de pana, las sólidas botas de realismo proletario o de expresionismo abstracto americano dieron paso a un vestuario en el que no faltaba el cuero negro y ceñido ni las telas imitación cebra y leopardo. Se afeitó la barba y se rapó las patillas a la altura de las sienes, porque eran tiempos en que las audacias de la modernidad parecían inseparables de ciertas extravagancias en la peluquería, y en los que la elección de un corte de pelo era tan decisiva en la vida de uno como lo había sido diez años antes la de una ideología política. Primero sorprendida, luego estupefacta y por fin anulada por la amargura y el sentimiento de traición, Blanca aún intentó mantenerse a su lado durante un cierto tiempo, dar un sentido noble a las cosas nuevas que le oía decir o hacer como que no se fijaba en sus zapatos de puntera aguda o en su recién adquirida afición a la música disco, a los actos sociales y a la cocaína: pero con respecto a él ya estaba perdiendo aquella disposición suya a aceptar apasionadamente como propias las aficiones de alguien a quien admiraba.
El Naranjo de quien ella se había enamorado era un artista bronco y tímido, reservado hasta la claustrofobia y la misantropía, comunista inquebrantable y amigo del hachís, pero sobre todo del alcohol, ajeno a toda convención social, incluidos el trabajo, la monogamia, la paternidad, los horarios y las modas pictóricas, partidario de terminar algunas noches de parranda bohemia bebiendo copas de anís en los bares de putas; ya que en ese tiempo el inveterado golferío masculino adquirió en ciertos ámbitos intelectuales de provincia un prestigio de afirmación libertaria, de malditismo y disidencia vital. El Jimmy N. que empezó a apuntar tras los primeros viajes a Madrid, el que unos años más tarde resplandecería plenamente en los bares de moda de Jaén, era un divo excéntrico y bastante afeminado, impúdicamente adicto a los halagos de la política o del dinero, vestido como un figurín, pero conservando los rasgos duros y rancios de una cara de pueblo, la sombra oscura de una barba rural en contraste con la reglamentaria y lánguida palidez que exigía la época. Empezó a estar rodeado de una especie de capilla de discípulos jóvenes que constituían un vago grupo artístico o de diseño al que llamaban «La Factory». Se daban entre sí apodos femeninos y celebraban y repetían cualquier frase que él dijera, con un aire común de secta idiotizada que a Blanca más de una vez le recordó a una pandilla de Haré Krishnas: estos fueron los que empezaron a llamarle «Jimmy N» y a imitar sus maneras y su vestuario, aunque a veces parecía que era él quien les imitaba, lo cual, dada su edad, no dejaba de tener una parte de ridículo, dolorosamente visible a los ojos no siempre abiertos de Blanca. Ahora se declaraba fanático de los dibujos animados y de las novedades más banales de la música pop, él, que muy poco tiempo antes se encerraba a pintar cada mañana escuchando jazz a todo volumen, como su héroe Jackson Pollock. En las horas negras de desaliento le había dicho muchas veces a Blanca que prefería quemar sus lienzos o tirarlos a un vertedero antes que humillarse aceptando las exigencias comerciales de las galerías: ahora le gustaba repetir una consigna que muy pronto copiaron y difundieron sus discípulos, y que ni siquiera, descubrió Blanca algún tiempo más tarde, había sido inventada por él: «Hay que espabilar, Blanquita, la vanguardia es el mercado».
Una de las primeras veces que él volvió de Madrid, cuando ya tenía allí un estudio, Blanca, venciendo la cobardía del amor, le pidió que le dijera si había otra mujer. Naranjo, o Jimmy N., juró que no, y se mostró tan dolido por las sospechas de ella que la hizo sentirse injusta, culpable y ruin. De acusadora se convirtió sin darse cuenta en acusada: en vez de pedir explicaciones ahora pedía perdón. Se reconciliaron, sin embargo, y volvieron a pasar una noche de amor casi como las de los viejos tiempos, salvo que ahora contaron con el estímulo de la cocaína, que empezaba a desplazar ya al hachís en la escala cultural del prestigio: excitaba, no adormecía, favorecía una rapidez muy propia de los tiempos, era limpia, sin humo, sin residuos, era instantánea, y además, según decían, excitaba prodigiosamente el deseo sexual y no creaba adicción, no tenía nada que ver ni con la plasta hippy del hachís ni con la sordidez y la roña de la heroína…
Pasaron juntos ese fin de semana y el domingo por la noche Naranjo se marchó en el exprés a Madrid. Unos minutos antes de la salida, cuando ya se despedían, él le guiñó un ojo y le dijo en voz baja que por qué no pasaban juntos al lavabo del tren. Por un instante Blanca pensó, con sorpresa y halago, que él quería echar un polvo apasionado y rápido, temerario, casi imposible en aquella estrechura. Pero lo que hizo Naranjo fue pedirle el espejo que ella llevaba en el bolso, para hacer sobre él un par de rayas de coca, usando su tarjeta de crédito recién adquirida. «Si fuera una Visa Oro estaría todavía más rica», dijo, pasando el dedo índice por el filo de la tarjeta y llevándoselo luego golosamente a los labios, frotándose con él las encías, para apurar hasta el último residuo de coca, sus grandes encías de mozarrón de pueblo, tan difíciles de disimular como la sombra cerrada de la barba o el acento de Jaén que afloraba incólume entre la sarta de palabras de moda, diminutivos femeninos y términos seudoingleses que hilvanaba en sus amanerados monólogos.
A Mario, cuando Blanca le contaba estas historias, le parecía que hubieran ocurrido en otro mundo, no el mismo que él conocía, en otra ciudad que no podía ser la misma donde vivía él: ni de la fama ni de la existencia de Jimmy Naranjo había tenido noticia jamás, cosa que a Blanca le extrañó mucho, y tampoco había imaginado que en Jaén hubiera gente que tomara cocaína y que tuviera vidas tan desordenadas y bohemias.
Habían acordado que unos días más tarde Blanca se reuniría con Naranjo en Madrid para ayudarle a preparar una ansiada exposición, la primera individual que él celebraba en la capital. Pero ella no tuvo paciencia para esperar hasta el viernes por la noche, que era el día fijado para su viaje. Tomó el exprés veinticuatro horas antes, de modo que el viernes, a las siete y media de una de esas heladas mañanas invernales de Madrid, se bajaba de un taxi y abría la puerta del estudio, un antiguo almacén de productos de droguería en la calle Augusto Figueroa al que Naranjo había llamado enseguida el loft, y que no habrían podido alquilar sin uno de los cheques providenciales de la madre de Blanca.
A la luz del amanecer, que entraba por una vasta claraboya, Blanca vio a Naranjo desnudo y arrodillado junto a la cama, en torno a la cual, como cortinajes teatrales, pendían lienzos sin marco y sábanas manchadas de pintura. Al oír la llave, Naranjo había levantado la cabeza por encima de las rodillas abiertas de alguien que yacía de través en la cama, un chico muy joven cuya cara Blanca no llegó a distinguir, porque salió corriendo sin dar siquiera un portazo, por miedo a que si volvía los ojos vería de nuevo lo que nunca hubiera deseado ver, lo que ya no podría olvidar.