En la trampa
III. Mi vestido volverá a ti por correo
III
Mi vestido volverá a ti por correo
Inge Müller
Mi madre no quería que naciera
pues ella quería un niño
ya venía yo de camino
y mi hermano aún no yacía bajo tierra.
Alemania, madre vieja
ella quería un varón
lo que vino fue un cañón,
mucho cañón y poca manteca.
Fritz y Krupp y Carlos el Fuerte
la nación santificada
sí, sí, que ya lo sabemos
Marca Mundial Alemania.
Y el mundo se hizo pedazos
y Alemania un pedacito
a la hora de la Gran Muerte
el pedazo favorito.
Nuestros poetas y pensadores
morirían sin remedio.
la madre, en pie junto a su tumba
en Núremberg, ciudad de maestros.
Mi madre no quería que naciera
yo no la quería tampoco
por eso no tendré rostro
hasta que esté bajo tierra[46].
La historia como suma de biografías, como cadena de historias personales. En las biografías hay hechos concretos. Comienzan con la vida de uno y se prolongan después de su muerte. Lo que pasa con las biografías alemanas es que ciertos conceptos como «nación» y «marca mundial» se han inflado durante tanto tiempo que han terminado por explotar.
Este poema refleja la historia como una carga personal. Inge Müller asume la carga de esos hechos vividos con el cansancio vital que ello implica. Es una de esas personas que se ven arrastradas a la locura de la historia y perjudicadas por la historia. Aquí se hace patente la identificación de la propia biografía con el país, el pueblo, el Estado, el régimen. En este lamento de denuncia, el dolor queda puesto de
relieve en la rima del texto original[47]: Sohn (hijo), y schon (ya). En esta rima, los
hijos soldados quedan al mismo nivel que la conjunción[48]. Pero aquí también hay una mujer que se rebela y que, todavía medio niña, sin opción a elegir o siquiera a opinar, se encuentra siguiendo el rastro de sangre de los hijos. Medio niños llamados a filas, encerrados en sus batallones, embutidos en sus uniformes. Inge Müller llevó ese velo que borra los rostros y sólo obedece órdenes. El uniforme de los acontecimientos históricos era sinónimo de guerra y muerte. Y todo el tiempo los acontecimientos permanecen colgados en su cabeza. Después de 1945, Inge Müller viste voluntariamente un determinado ropaje porque le atormenta el trauma de la guerra. Para ella se convierte en el vestido de la propia culpa:
En el treinta y tres era una niña ingenua
mis padres buenos y trabajadores
maduré en el año treinta y nueve
cuando comenzó la guerra.
Tenía oído que tal y que cual
contra Hitler y luego pro Stalin
vi lo que uno hizo uno y el otro dejó de hacer
cuando estuvo en su poder
Conocí el primer amor al empezar la guerra
así que se me marchó al frente
rompí a llorar y fui una idiota
comparada con la nación poca cosa.
Antes de morir vino a verme
hecho trizas de matar
no supe qué decir salvo: quédate
felices no logramos ser jamás.
En el cuarenta y cinco éramos todos viejos
yo no quería vivir ni morir
veía aquel legado sin nadie a quien legar nada
la incorporación a filas fue el precio.
Tenía que caminar y caminé
busqué suelo en que apoyarme
pensando en los árboles del parque
y en la dulce boca de él.
Las bombas y los cañones
me enseñaron la paciencia
a quien sangra darle ayuda
reflexionar: qué es la culpa[49].
Este poema parece una suerte de biografía verbalizada. Una vida en su forma más breve, recitada en un instante. Una autobiografía que, eso sí, no se escribe por encargo de nadie, sino obligada por la propia memoria. Delimita una vida en función de los acontecimientos del 1933 y 1939. Una vida enhebrada en el hilo de estas dos fechas. Ante unas fechas tan contundentes, poco margen de acción queda a lo individual. Sólo hay un Nosotros. El Yo queda prácticamente anulado: «comparada con la nación, poca cosa». En la homogeneización del pensamiento por decreto, miles de biografías resultan idénticas.
El Nosotros es lo que manda. Lo único individual es el sentimiento de culpa. Los padres son «buenos y trabajadores», a diario. Todos «siguen viviendo» en el sentido en que Ruth Klüger habla de «seguir viviendo». Viven acordes con su tiempo y lo que les impone ese tiempo de crímenes contra la humanidad por mandato del Estado. Seguir viviendo acorde con su tiempo en un tiempo de crímenes como 1933 y 1939 significa vivir sin meterse en política. Lo cual, a su vez, no deja de significar contribuir políticamente a la locura de Hitler.
Los hombres del primer amor son soldados de esa época. También los de la «dulce boca» están «hechos trizas de matar». Algunos de ellos son desertores que jamás desertaron, sólo desertores en su mente. La cabeza de la joven, con el amor entre las sienes, sigue al hombre a la guerra. Falta la fe, o no es mayor que las dudas. Pero a quién iba a cuestionarle eso. En la primavera de 1945, Inge Müller, apenas cumplidos los veinte años, es llamada a filas como auxiliar en la Luftwaffe. El ataque de los Aliados convierte Berlín en un infierno antes de la derrota definitiva de Hitler.
Llamamiento a filas
Doce líneas de texto, en staccato una fórmula tras otra un sello: Muchacha, ahora eres soldado
fuera rizos, fuera vestidos — la hierba
verde o blanca, correrá a cargo del estado[50].
Una estrofa de cuatro líneas. Tan fría y contundente como la orden de alistamiento.
Sin embargo, entre los dos últimos versos encontramos la consecuencia que el documento oficial no verbaliza: dar la vida «por el pueblo y por el Führer». Con no poco cinismo, la autora se refiere a la muerte como «la hierba verde o blanca». Hierba en verano o en invierno, inmensa tumba disfrazada de pradera en cualquier lugar del mundo.
Prueba de fuego
Orden del Führer: La mujer alemana no fuma.
(El Ejército Rojo a las puertas de Danzig).
Reza el periódico: servicio militar femenino
Llamada a filas: generación del veinticinco.
Echó por la boca el ministro de Propaganda
dieciséis líneas de loas a las chicas.
Ante Berlín bajo el humo de los tanques
La prueba de fuego se llevó a las citadas:
Hanna Preuss, 20 años, mujer de un soldado.
Cuatro semanas le duró el marido.
Ante el altar en mitad del campo gris
Juró fidelidad hasta la muerte a un casco.
Elvira, a cargo del cañón del tanque, única hija De Krause, comerciante de carbón,
Dieciocho años puso al alistarse en secreto
Diecisiete reza, en casa, la placa conmemorativa.
Anna Simon, que antes de morir chilló:
¿Quién nos ha traicionado?
Yo no quería luchar dentro de un tanque
Yo no quería ir a parar con los soldados.
Cuatro mujeres muertas, una sin cara
sumaron los soldados a estos tres cuerpos.
Y el zapato de señora ensangrentado
se lo llevó uno de ellos de recuerdo [51].
En estos versos encontramos el estilo seco propio de un informe. Las estrofas llaman a formar a los nombres. Pasar lista a los muertos, como si se tratara de reunirlos en semicírculo para mostrarle a cada uno los clavos de su propio ataúd. Ir tachando nombres de la lista porque han dejado de ser personas para convertirse en simples letras apretadas en la cinta de una corona funeraria de muerto. El verso del nombre evoca el tono autoritario del que pasa lista, las palabras que siguen están acobardadas, calladas. La última estrofa se sale de la fila. Contempla los acontecimientos desde fuera.
Estremece leer aquí de nuevo sobre cómo las víctimas mentían a propósito de su edad, como ya cuenta Ruth Klüger (Di que tienes quince). La joven Elvira, a cargo del cañón del tanque, se añade un año. Y no para librarse del alistamiento, sino todo lo contrario, para poder ir a la guerra. «Dieciocho años puso al alistarse en secreto / Diecisiete reza, en casa, la placa conmemorativa».
La perspectiva de los poemas de guerra de Inge Müller es similar a la de Theodor Kramer sobre la Primera Guerra Mundial. Pero sólo la perspectiva. El tono de Inge Müller es muy distinto: es rígido y frío. La rima se fundamenta en colocar la futilidad al nivel de lo grande. Y, al leer, esa futilidad saca a la luz la gran desgracia. Inge Müller hace que el pensamiento salte de golpe al nivel de la percepción sensual más desguarnecida. Los sentidos captan de una forma mucho más abrupta y más rápida que la razón. Es una sensualidad que aparenta ser ingenua, pero es todo lo contrario de la ingenuidad. Así surge lo profundamente conmovedor de los poemas, ese desgarro en aparente tono cantarín. Ese tono doble, al mismo tiempo flemático y de una ternura transparente. La rima crea el cliché a la vez que lo desenmascara. Es una forma de juego. Y se puede permitir jugar así porque la mirada de estos poemas hace mucho que dejó atrás todos estos clichés.
Carta de una auxiliar de la Wehrmacht
Ahora soy un soldado
he de olvidar todo y disparar
nos sentábamos ante la ciudad muerta
ayer tú y yo a tu lado.
Mi vestido volverá a ti por correo
yo misma tal vez no regrese
deber y destino de soldado
cómo odio los cantos guerreros.
De uniforme y con fusil me ves
una máscara de gas y dos mantas
yo ya no me miro en el espejo
de la muerte no te puedes esconder.
Ahora sé de ti algo más
sé cómo nos abandonáis los hombres
ciegos de victoria o ciegos de cerveza
muerte bajo la orden de odiar.
Aprendo como tú a marchar al paso de oca
¿se puede acaso aprender a odiar?
junto a las farolas vi a muchos soldados
soldados colgando de las farolas [52].
La farola como punto de encuentro, como en la canción de Lili Marleen pero justo al contrario. La novia del soldado no está en casa, sino en el papel del hombre, calzando sus mismas botas en la guerra. Aquí ya no le corresponde esperar ni consolar, como icono intacto, al que vuelve a casa roto por la guerra. Aquí se rompe ella igual que él. El poste de la farola representa aquí lo que tantas veces fue de modo improvisado en los tiempos de la muerte: una horca. «Junto a las farolas vi a muchos soldados / soldados colgando de las farolas».
Sin embargo, la novia del soldado tampoco se reconoce en el papel de consuelo del guerrero cuando no calza sus botas. Entre ella y el que regresa se interpone el tiempo robado y que juega en contra del amor. Un tiempo que te vuelve extraño. El hombre está fuera del amor. No puede volver tal y como se fue: ha hecho sangrar a otros y es muy probable que haya sangrado él
toten Stadt / Du und ich dir zu Füssen. // Mein Kleid bringt die Post zurück /
Ich komme vielleicht nicht wieder / Pflicht und Soldatenglück / Ich hasse
Soldatenlieder.// Die Uniform auf mir und ein Gewehr / Eine Gasmaske und
zwei Decken / Ich seh mich im Spiegel nicht mehr / Vorm Tod kann man sich
nicht verstecken. // Jetzt weiss ich mehr von dir / Weiss wie uns Männer
verlassen / Blind vom Sieg oder blind vom Bier / Tod unterm Befehl: Hassen.
// Ich lerne wie du im Gleichschritt gehn / Kann man Hassen lernen? /
Soldaten sah ich an Laternen stehn / Soldaten hingen an den Laternen.
también. Ha entrado en el territorio de la muerte y allí se ha transformado.
Pensamientos de la novia de un soldado
La chapa de latón sobre tu pecho
se me clava en cada beso
como una lápida se me clava.
que la tierra no le sea pesada.
Cuando la tierra no pesa
es porque no hay nadie en ella
tú solo no vayas
mi corazón te acompaña[53].
Inge Müller pasó tres días sepultada bajo los escombros durante los últimos días de la guerra. Poco después, desenterró a sus padres muertos de entre los restos del bombardeo de la casa familiar.
Curriculum vitae
Hijo de un patio interior
padre: vendía cuatro cebollas
para la madre, que dedicaba la noche a la costura para los cinco hijos y el marido
y raras veces lloraba
por el que se cayó por la ventana
y por lo de la joven vecina:
asfixiada en el cubo de basura.
Madre: clase media alta
casada con el del patio interior
contra el deseo de su padre. A quien al final
no le pareció el marido tan mal.
Un hogar cuchitril de nueva construcción
siempre de par en par las ventanas
la puerta de colorines, como si la viera,
para nadie estuvo nunca cerrada.
Por la puerta entró también la orden de alistamiento. Al regresar yo pasados mil años
había otra puerta medio quemada
sobre los que yacían debajo.
Y qué curioso: en el mundo ya no había más puertas y todo el que tenía pies corría
sobre las tumbas sin cruces
sin ruido en su profundidad eterna[54].
Puerta es una palabra que para Inge Müller también significa «vida». Un mundo sin puertas es un mundo devastado. Donde ya no hay puertas es porque la tierra está abierta, una tumba. Una puerta es una frontera en la que comienza uno mismo. La historia de las puertas destruidas es una imagen de la historia de las personas destruidas.
Después del bombardeo
¡Qué bella mañana! No queda ni un árbol frente a la casa
ni queda ninguna casa bajo los árboles[55].
Aquí tenemos una «naturaleza muerta» en el sentido literal de la palabra. Árboles, casas… Una y otra vez, Inge Müller hace que el paisaje sea un reflejo de la desgracia humana. En el inventario del vacío, las personas no aparecen, ya no.
Sólo el cielo es el mismo.
Cuento las nubes temblando de frío.
De regreso a casa deposito ortigas
riendo sobre una tumba desconocida [56].
Mientras duraron sus días, Inge Müller vivió con el trauma de los escombros: es una persona que vive sobre la tierra habiendo estado ya debajo de ella. Le faltan todos los motivos para narrar, porque ya nada avanza. El movimiento se da porque algo empuja desde atrás. La vida arranca palabras a la razón y enseguida las deja caer de nuevo. Sólo suenan en el momento de hacerse añicos. Y sólo durante esos instantes las contempla Inge Müller.
Escombros 45
Allí me encontré
y me envolví en un pañuelo;
un hueso por mamá
un hueso por papá
para el libro el tercero[57].
Una rueda que da vueltas y un escalofrío al dar una vuelta más. Del mismo modo en que la madre y el padre intentan que su niño coma (pidiéndole un traguito por papá, una cucharadita por mamá), este poema devuelve al niño los pedacitos de sus padres. Una persona hecha pedazos envuelta en un pañuelo, un hatillo en el peregrinaje desde la vida hacia la muerte. No son raras este tipo de imágenes de cuerpos destrozados. Mi abuela tenía una foto de su hijo hecho pedazos por una granada y colocado sobre un paño blanco. Y el paño en mitad de un campo desnudo. La foto no era mayor que una caja de cerillas. Se la enviaron a modo de notificación de la muerte de su hijo. Mientras vivió, mi abuela la llevó dentro de su libro de oraciones.
Los poemas donde Inge Müller recoge cuando estuvo sepultada por los escombros siguen una numeración correlativa: Escombros I, II y III. Una subdivisión del tiempo durante el cual se prolongó aquella situación. Subdividir el tiempo implica volver a meter la cabeza en las imágenes de la muerte.
Bajo los escombros I
Dormí bajo el ladrido[58] de las cañerías de hierro ya agarrada por la mano de la tierra
el niño Moisés en su cestito a la deriva
entre las cañas y la orilla
y desperté cuando en algún lugar del corazón de los continentes
empezó a subir humo desde el mar abierto
más caliente que mil soles
más frío que un corazón de mármol.
Sobre dieciséis pies que me llevaron en el centro
di mi primer paso contra el polvo [59].
Y en el segundo poema dice:
No me llevarás, muerte, pesaré mucho
hasta que lleguen y excaven
hasta que den conmigo
tú te irás de vacío[60].
Cuando habla de vivir, Inge Müller dice: corrí y corrí. Cuando habla de la muerte: me llevan, te llevan… El miedo vuelve el cuerpo ligero, la muerte lo vuelve pesado. El desgarro de la persona que estos poemas revelan se hace patente a través de un mecanismo de lógica en su versión más inmediata, como un cortocircuito para los sentidos. No hay punto de reposo posible.
El coche negro
Allí viene el coche negro
el caballo marcha al paso
y a quien no puede andar sólo
el coche lo va llevando[61].
Como si fuera un conjuro, impregnado por la amenaza de convertirse finalmente en verdad, durante muchos años Inge Müller incluyó este poema, muy temprano, entre otros más tardíos, así como en las anotaciones de su diario. En su cabeza se mantiene el trauma del escombro como si fuera tierra que no pertenece al lugar donde está. Al mismo tiempo, no hay tierra bajo los pies. El hilo en que Inge Müller intenta ensartar su vida está hecho de dignidad robada y autorreproches. Asume sobre sus espaldas lo que toda una generación de guerra oculta después de 1945. Se presenta en y ante el nuevo Estado de la RDA, ese Estado que se apresura a endosar su nacionalsocialismo a la zona occidental para definirse como antifascista. El Estado donde los antifascistas se convierten en funcionarios, en títeres de la nueva ideología. Y esta es la que marca el futuro sin cesura alguna. El paso hacia el progreso viene marcado por decreto igual que antes. E Inge Müller se planta ahí en medio, advierte y molesta. Ella permanece anclada en su yo de antes, en la guerra.
Vista desde fuera, la culpa de Inge Müller no es real. Fue una joven reclutada para la guerra como último recurso, como pura carne de cañón. Pertenece a esa generación de hijos del nazismo que, como se dice popularmente, ya nacieron con las llaves del cielo al cuello. La guerra ya estaba más que decidida y, a Dios gracias, decididamente perdida. Inge Müller sólo habría podido incurrir en algún tipo de culpa desde un punto de vista potencial. Sin embargo, la moral más profunda que proclama no se sostiene sin la hipótesis de la culpa como gran sombra que afecta a todos. Ella no sólo se refiere a sus propios actos, sino a la naturaleza criminal de todo lo sucedido. Y se debate con la pregunta de qué habría sido de ella en el caso de haber nacido unos pocos años antes y ser enviada a la guerra. Hasta dónde y en contra de quién habría sido capaz de llegar vestida con aquel uniforme de la Wehrmacht. Por otra parte, Inge Müller fue acusada de desacato a las órdenes militares, porque no quiso aceptar la Cruz de Hierro en recompensa por sus servicios en el Cuerpo Sanitario. Se aferró inflexible al argumento de que ayudar a los heridos se da por hecho en cualquier circunstancia.
Para Inge Müller, la moral individual es un gesto mínimo. Ella mide y barema las cosas desde el interior. Llegado el punto en que el Yo empieza a temerse a sí mismo, ya no queda ni un milímetro de margen.
Si pensamos en Theodor Kramer y en Ruth Klüger —y no podemos evitar pensar en ellos—, es evidente que Inge Müller, vestida con su uniforme de la Wehrmacht, se encuentra justo al otro lado. Y con un objetivo que tanto para Theodor Kramer como para Ruth Klüger significa la muerte. Ahora bien, si contemplamos a Theodor Kramer, Ruth Klüger e Inge Müller como individuos, y así debemos hacerlo, valorarlos por lo que escribieron, entonces nos damos cuenta de que las dictaduras también son capaces de convertir en un arma la mayor semejanza entre las personas. En todo lo que va más allá de ellos mismos, Kramer, Klüger y Müller confluyen. Son muy similares en su estructura psíquica, pero los separa una diferencia condenadamente irrefutable desde el punto de vista de la culpa. Todos ellos fueron llevados al extremo de la misma manera. Si no hubiera existido un criminal desalmado que construyera la trampa, y si no hubieran hecho uso de ella incontables criminales y colaboradores temerosos, ninguno de los tres autores habría terminado con los nervios destrozados.
Yo no puedo ver las cosas de otra forma cuando los leo a los tres, no dejo de sentarlos a la misma mesa. Claro que una mesa semejante no se mantiene en pie. Los tres guardan silencio, en esta mesa sólo habla «el uso del hombre» (Alexander
Tišma[62]).
Amor para Auschwitz
Era amor
cuando fui a verte
porque tenía que hacerlo
era amor cuando me fui de tu lado
porque sabía.
La vergüenza pasada es falsa vergüenza.
De nada servía ni Dios ni quedarse al lado.
Y me fui. Y no sirvió para nada
nos veía a mí y a ti
y miraba a los demás
y todavía no bastaba.
De nada servía haberse separado[63].
Los poemas de amor de Inge Müller están tan cerca de la muerte como de la vida. El amor no está al margen de los tiempos ni de los hechos. Precisamente el amor, como ninguna otra cosa en el mundo, está abocado a dar cuenta de todo lo que la razón intuye y sabe. «Quien no quiere perder el juicio tiene razón porque el juicio, en su calidad de facultad humana por excelencia, tiene que ser para nosotros tan
preciado como el amor»[64], dice Ruth Klüger. Los poemas de Inge Müller dan fe de esta frase. La etapa de 1933 hasta la muerte voluntaria de la poeta, en 1966, son pura destrucción prolongada en el tiempo.
Alguna vez llega
enviada por nosotros
la persona
presentida.
Alardead
los que nos
aplastáis contra el suelo[65].
Un poema de la RDA. Un país en que el nacionalsocialismo fue relevado directamente por el estalinismo. Los antifascistas de antaño se convirtieron en funcionarios del Estado, soberanos e intocables. Vaciaron el antifascismo para dar paso a la ideología pura. La verdad fue manipulada hasta encajar como se quería, o bien se silenció. La política se servía de la represión. Tras la muerte de Stalin, en 1953, su aliento aún permaneció largo tiempo en el ambiente. Ulbricht necesitaba este aliento. Honecker le dio continuidad. Por eso, aun cuando Inge Müller escribe un poema sobre el año 1933, resuenan en nuestros oídos los años cincuenta.
En el año treinta y tres la calle
fue la escuela de un joven cerrajero
le costó la cicatriz de la frente
y dos años preso.
[…]
Pero fueron los sótanos y las noches
la universidad del joven cerrajero
las fábricas y túneles donde por el día
te humillaban y de noche desaparecías [66].
Amigos I
Uno era tan delgado como una luz
y ardía como un gran fuego
un día llegó uno nuevo
la luz la hicieron trizas.
Sin ninguna condecoración
sólo sangre en la barbilla[67].
La historia siempre fue para Inge Müller un sinónimo del desprecio al ser humano como individuo. Donde, en los poemas, encontramos la palabra amigos, encontramos también que la cercanía está atravesada de soledad. Una soledad absoluta, inamovible. Se mire desde donde se mire, vacío; silencio total por dentro, desnudez total por fuera. Y no se mueve ni un dedo para cambiarlo. En el «Estado de los trabajadores y campesinos» que quiso ser la RDA, la utopía del socialismo no tardó en ser verificada. Se acercó a los campos de la muerte de Stalin sin asustarse de nada y se adentró por los caminos del crimen al igual que la utopía del nacionalsocialismo. La época de los cincuenta ya está, por así decirlo, de vuelta de la esperanza.
Max
Solía estar borracho
no le hacía daño.
En el estanque
protegía a los sapos
por sus ojos dorados
así era él. Por el contrario,
cuando aún era un muchacho
inflaba ranas para hacerlas estallar,
y así lo hubo de pagar.
Hasta que se encontró
en la arena, orilla del estanque,
y dijo: ¡aquí se acabó![68]
Las iniciales de amigos que ya no están pasan por el poema como fantasmas. Albergan un mimo especial, cierto recelo a revelar el nombre, un misterio en el que aún hay espacio para el amor.
Para H. E.
Gris está el cielo antes de la mañana
en la nieve canta el estornino demasiado madrugador antes de que el sol se alce en lo alto.
(La muerte duele al cantor)[69].
Y en el poema «Para E. A.» leemos:
Uno de todos. Te echo mucho de menos.
Y pienso en Hannes Blender[70].
Es posible remitir a un nombre completo, con todas sus letras, justo al final del poema. No se nos dice en ningún momento qué es lo que vincula estos dos nombres. El lema «uno para todos» se convierte en este texto en «uno de todos». Porque aquí es ese uno quien cuenta. El dolor grita su nombre, el de cada uno.
Los años cincuenta ya los vivió Inge Müller como adulta. Tras su primera experiencia traumática en la Segunda Guerra Mundial, hubo de ver de nuevo cómo las personas no cuentan nada. Cómo el Nosotros se impone frente al Yo. Para ese individuo se inventó y repartió la culpa. La mínima sospecha surgía de la nada y bastaba para ser coaccionado. La denuncia volvió a convertirse en virtud. Inge Müller ni siquiera se planteaba seguir viviendo en su tiempo. De partida era demasiado tarde: ya tenía los nervios a flor de piel. No había olvidado aquella primera experiencia de ser llevada por el camino de la muerte vistiendo el uniforme de la Wehrmacht. Era demasiado mayor como para no poner en duda todo, ya no servía para colaborar con el nuevo Estado.
Inge Müller mantuvo la mayoría de sus poemas en secreto mientras vivió. Como si se quedaran dentro de su boca un paso antes de ser verbalizados, un acuerdo tácito con el dolor. Al mismo tiempo, mantener a salvo su vida, hecha pedazos por la locura de la historia, es un intento de mantenerse en pie ante los altibajos de un recuerdo tan agresivo. Inge Müller tira de un extremo del hilo mediante el conjuro de la palabra. Ahora bien, del otro extremo tira el «coche negro», el tremendo cansancio vital. Sabiendo esto, huelga insistir en que estos poemas reivindican la intimidad.
Inge Müller figura como coautora en las primeras obras de Heiner Müller. Fue su esposa durante trece años, antes de suicidarse. ¿Cómo es posible que una persona destrozada como ella, que no había experimentado la historia sino como desgracia personal, dejase entrar en su vida a un hombre que califica la historia de «material»? Un hombre que no permite que la desgracia de la historia le afecte, sino que sólo quiere utilizarla para informar. Un hombre que considera las posturas éticas como una traba interna en el proceso de la escritura, en lugar de denunciar las trabas externas que son consecuencia de la ideología y su censura.
Hasta 1985, casi diez años después de la muerte de Inge Müller, no se publicó su único poemario, Wenn ich schon sterben muss («Si tengo que morir…») en Aufbau, la primera y gran editorial de la Alemania del este. Un año más tarde lo publicó Luchterhand, editorial de la Alemania occidental. En el ciclo de recitales de poesía que tuvo lugar en la Academia de las Artes bajo la dirección de Stephan Hermlin en 1962 no se la mencionó. Tampoco en el posterior debate sobre «el papel de la lírica en la sociedad socialista». Cabe imaginar que, como muchos otros días, Inge Müller también pasó estos encerrada en su habitación tocando el acordeón hasta caer rendida. Intentaba literalmente dejarse la vida en las canciones. Y al pulsar cada tecla resonaba en su interior la idea de cortarse las venas. Lo hizo varias veces y siempre sobrevivió.
Para el libro Wenn ich schon sterben muss Heiner Müller redactó media página de introducción en la que sus palabras reflejan más apuro que otra cosa: «He leído los poemas que se publican en este libro más de una vez; algunos no me dijeron nada, otros me irritaron, muchos de ellos no llegué a comprenderlos hasta la muerte voluntaria de la mujer que los escribió durante los trece años que pasó a mi lado». Más adelante, Heiner Müller negó que su esposa hubiera colaborado con él en la redacción de las obras tempranas Der Lohndrücker («El que exprime los salarios») y Die Umsiedlerin («La que se traslada a otras tierras»). En este contexto intuimos de nuevo lo que Ruth Klüger dice de sus relaciones con los demás: nuestro equipaje más pesado permanece oculto a quien más cerca tenemos.
«Una sensibilidad nerviosa y disciplinada al mismo tiempo que alerta de lo más
terrible», escribe Adolf Endler, tal vez a raíz de la estigmatización de Inge Müller[71], y califica su atípico estilo como «poesía a punto de caer al abismo». La crítica atribuye a los poemas de Inge Müller un lenguaje «que apela a los nervios», «un verismo sin metáforas», una «desnudez escalofriante». Entre 1945 y el año de su muerte, 1966, Inge Müller apenas escribió cien textos. Los pocos que salieron a la luz fueron tachados de «subjetivistas» en la RDA. Las antologías de la lírica de la RDA Sonnenpferde und Astronauten («Caballos de sol y astronautas») y Bekanntschaft mit uns selbst («Conociéndonos a nosotros mismos») no recogen ninguno de sus poemas. La primera publicación representativa sobre la Historia de la Literatura de la RDA no menciona su nombre, aunque sí encontramos poemas sueltos en antologías y almanaques a partir de los años sesenta. «Lo que no encaja se retira / Lo que se retira encaja / Ruego me retiren», escribe Inge Müller.
La noche lleva zapatillas
de piel de animal y de oro
a paso de bota desfila el día
que alcanza a nuestra noche.
Cuando al crepúsculo del alba
chilla el estornino en el tejado
permanecen tu poema y mi poema
nosotros y la noche. Qué lejos estamos [72].
El 1 de junio de 1966, tras varios intentos de suicidio e ingresos en clínicas psiquiátricas, Inge Müller se quitó la vida con somníferos.
Luna tu guadaña luna nueva
siega nuestro tiempo como hierba
nos erguimos de pie en el cielo
sobre delgado cristal de tiempo.
Las estrellas recorren sus sendas
nosotros buscamos las nuestras
cuando me tumbe a dormir
pasa de largo por encima de mí[73].