En Otro Lugar

Gabrielle Zevin · Capítulo 22 de 32

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En Otro Lugar

Hacia la Tierra

 

El día de su «liberación» Liz se despierta a las cuatro de la madrugada. Todas las partidas tienen lugar en el alba, cuando la marea deja al descubierto el Río, y ella llega quince minutos antes de la hora señalada.

Un grupo de enfermeras está preparando a los bebés para «liberarlos» en el Río. La enfermera asignada a Liz se llama Dolly.

—¡Caramba! —exclama la enfermera al contemplar a Liz—, no solemos ver unas niñas tan creciditas como tú.

—Soy una «evasora» —responde ella.

—Bien. Jolen es la que suele ocuparse de los evasores, pero está de vacaciones. Tanto si eres una «evasora» como si no, tienes que quitarte toda la ropa para que pueda envolverte como a los recién nacidos.

—¿No puedo al menos dejarme puesta la ropa interior? —pregunta Liz.

—Lo siento, todo el mundo tiene que volver a la Tierra tal como vino al mundo —dice Dolly—. Ya sé que a tu edad es un poco embarazoso, pero así es como tiene que ser. La mayoría de bebés ni siquiera se dan cuenta de este detalle. Además cuando te envuelva como un recién nacido nadie sabrá que estás desnuda —añade entregándole una bata de papel—. De momento puedes ponerte esto.

Liz, totalmente desnuda salvo por la bata de papel, se tiende sobre una mesa equipada con ruedas, como las que hay en las maternidades. La enfermera que se ocupa de ella empieza a envolverla con unas blancas vendas de lino. Comienza por los pies, vendándole las piernas juntas y después sigue haciéndolo hasta llegar a la mitad del cuerpo. Entonces le quita la bata de papel y empieza a vendarle el torso con los brazos pegados al cuerpo.

—¿Por qué me vendas también los brazos? —pregunta Liz.

—¡Oh!, porque te ayuda a que la corriente te arrastre con más rapidez hacia la Tierra y además mantiene a los bebés calentitos —dice Dolly.

La enfermera le venda fuertemente todo el cuerpo, dejándole sólo la cara descubierta. Liz parece una momia. Siente una horrible sensación, apenas puede respirar con todas esas vendas.

Dolly la hace rodar hasta la orilla de la playa y la mete en el mar. Liz siente la fría agua empapándole las vendas.

—¿Qué les ocurrirá a las vendas cuando llegue a la Tierra?

—No te preocupes. A esas alturas la mayoría de las vendas ya se habrán deshecho y el Río se llevará las que queden —responde Dolly—. Cuando el sol empiece a salir por el horizonte, podrás ver el Río. Yo te daré un empujoncito y la corriente te arrastrará entonces hacia la Tierra. Me han dicho que el viaje parece durar una semana, pero probablemente perderás la noción del tiempo mucho antes.

Liz asiente. Ve que el horizonte empieza a teñirse de una luz roja. Pronto saldrá el sol.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dice Dolly.

Al asentir Liz con la cabeza para responderle, prácticamente todo su cuerpo se mueve también a causa de las apretadas vendas.

—¿Qué es lo que hace a una persona querer volver antes de tiempo a la Tierra? — pregunta Dolly.

—¿A qué te refieres? —responde Liz.

—A que toda la vida es igual, ¿no es cierto? ¿Por qué tenéis tantas ganas de volver, entonces?

En ese momento el sol sale por el horizonte. El océano se separa en dos y queda el Río al descubierto.

—Está amaneciendo —observa Dolly—. Ha llegado el momento de irte. ¡Que tengas un buen viaje! —dice empujándola hacia el Río.

 

Curtis Jest no puede dormir. Da vueltas y más vueltas en el catre de madera. Al ver que no consigue dormirse, se levanta de la cama.

Se muere de ganas de cruzar la ciudad para ir a casa de Liz. Sabe que ella vive con su abuela. Decide que debe informar a Betty de la decisión de su nieta, aunque traicione a Liz. Por primera vez desde hace años lamenta haber perdido los privilegios de ser una estrella de rock. (Las estrellas de rock tienen coches veloces.)

A las 6.15 de la mañana Curtis toca el timbre de la casa de Betty.

—Hola, quería ver a la abuela de Lizzie. ¡Caramba! —exclama mirando fijamente a Betty—. ¿No serás su abuela, verdad?

—Sí, soy Elizabeth, la abuela de Liz. ¿Y quién eres tú?

—Yo soy… —empieza a decir él. Por un momento se olvida de su nombre y de la razón por la que ha ido a la casa. En lugar de ello, observa los ojos de Betty e intenta averiguar de qué color son exactamente. Son de un color gris azulado, decide. Gris azulados, como la niebla de la mañana, como el agua de un manantial de montaña, como la luna o tal vez como las estrellas. Betty, la de los ojos gris azulados. Podría hacer una buena canción con esta letra…

—¿Qué deseas? —le pregunta ella interrumpiendo las ensoñaciones de Curtis.

Él se aclara la garganta, se pone derecho y le dice con voz grave:

—Soy Curtis Sinclair Jest, el ex cantante de Machine, un conjunto musical. Elizabeth, que confía totalmente en mí, ayer me hizo una confesión, por eso he decidido venir a estas horas. Tengo que decirte algo muy urgente sobre Lizzie.

—¿Qué es? —pregunta Owen mientras sale del coche y se acerca a él—. Tengo que hablar con ella enseguida.

—Lizzie se ha metido en un problema, Betty. Necesitaremos tu coche —responde Curtis.

Betty respira hondo.

—¿Qué le ha pasado? ¿Qué le ha pasado a Elizabeth? —Ni siquiera intenta ocultar el terror que refleja su voz—. ¡Quiero saber qué le ha pasado a mi nieta! — grita.

Curtis le coge la mano para tranquilizarla.

—Liz se está marchando a la Tierra, debemos intentar impedírselo —responde él.

—¿Quieres decir que se está evadiendo? —pregunta Owen.

Curtis asiente con la cabeza.

—¡Pero si ya es de día! —exclama Betty.

Los tres levantan la cabeza para contemplar el cielo amarillento, que se está iluminando por momentos.

—Subid a mi coche, deprisa —dice Owen echando a correr hacia él.

—¡Que Dios nos ayude! —susurra Betty antes de seguirle.

 

A medida que la corriente la va arrastrando con más fuerza hacia la Tierra, Liz se pone a pensar en En Otro Lugar y en todos los seres que ha conocido en él. También piensa en cómo se sentirán al descubrir que ella se ha ido sin decir nada.

Piensa en Thandi.

Piensa en Betty.

Piensa en Sadie.

Piensa en Paco, en Jen y en todos los perros…

Y también piensa en Owen.

Pero sobre todo piensa en ella. Seguir descendiendo por el Río significa, a efectos prácticos, el final de Liz. Y al verlo de ese modo se pregunta de pronto si no habrá cometido un colosal error.

Y después se pregunta si no será ya demasiado tarde para corregirlo.

Porque si ella decide volver a En Otro Lugar no es por Owen ni por ninguna otra persona. Con Owen o sin él, vivir casi quince años es mucho tiempo. Es un regalo. Porque aquí, En Otro Lugar, donde se suponía que la vida de Liz había llegado a su fin, podía ocurrir cualquier cosa.

Si interrumpo esta vida nunca sabré cómo habría sido. Una vida es una buena historia, piensa Liz, aunque sea una vida absurda que va hacia atrás como la mía. Aferrarse a su antigua vida de la Tierra no tenía ningún sentido. Nunca podría recuperarla. Ahora al pensar más detenidamente en ello, se da cuenta de que su vida hacia atrás era en realidad una vida hacia delante. Aún no le había llegado la hora de morir y tenía muchas ganas de saber cómo sería su vida.

Y además, piensa Liz, no sé por qué tengo tantas ganas de volver a la Tierra.

Al entrar en contacto con el agua, las vendas de lino se han vuelto tan duras como el yeso. Liz se balancea de un lado a otro para intentar romperlas. Pero sus movimientos en lugar de liberarla hacen que gire ciento ochenta grados hasta quedar de cara a la corriente. Ve que a su alrededor hay un montón de bebés flotando en el agua.

Las olas le golpean la cara. Los ojos le pican por la sal. Sus pulmones empiezan a llenarse de agua. Liz siente que sus piernas se hunden.

Dobla el cuello hacia delante e intenta romper con los dientes las vendas. Después de esforzarse mucho, consigue hacer un agujerito de lo más pequeño, pero suficiente para permitirle girar el hombro una y otra vez. La maniobra le duele muchísimo, pero por fin logra liberar el bíceps izquierdo, y luego el antebrazo y la mano del mismo brazo. Saca la mano fuera del agua.

Lucha por salir a la superficie con la mano libre, pero es demasiado tarde. Sus pulmones se han llenado de agua.

Liz se hunde. Tarda mucho tiempo hasta llegar al fondo del océano. El agua es cada vez más oscura. Hasta que choca con el fondo del mar emitiendo un golpe seco. A su alrededor se forma una nube de arena y de otros restos marinos. Y entonces se desmaya.

A la mañana siguiente, cuando recupera el conocimiento, no puede moverse y se pregunta si está muerta. Pero descubre que puede abrir los ojos y que el corazón le late, por despacio que lo haga. Se le ocurre que quizá se ha quedado atrapada en el fondo del mar para siempre. Que no está muerta ni viva. Que es un fantasma.

 

—Lo siento, pero es demasiado tarde —dice Curtis a Owen—. Se ha ido.

—No puedo creer que Liz haya hecho algo así —responde Owen sacudiendo la cabeza—. No parecía ser la clase de persona que fuera a hacerlo.

—Yo tampoco puedo creérmelo —admite Betty moviendo también la cabeza con incredulidad. Lanza un suspiro—. Al llegar aquí estuvo una temporada deprimida. Después pensé que ya se había recuperado, pero supongo que no fue así.

—Voy a buscarla con el barco —dice Owen.

—Se ha ido, Owen. La enfermera encargada de echarla al mar nos lo ha confirmado. Ya no podemos hacer nada —señala Betty fulminando a Curtis con la mirada. Él mira hacia otra parte.

—De todos modos voy a buscarla con el barco —repite Owen.

—Pero… —replica Betty.

—Tal vez ha cambiado de idea. Y si es así, puede que necesite nuestra ayuda — dice Owen.

—¡Te acompañaré! —exclaman Curtis y Betty al unísono.

Durante dos días y dos noches se dedican a rastrear con la embarcación de Owen las costas de En Otro Lugar para encontrar algún indicio de Liz. Pero no encuentran nada. En la segunda noche Owen les dice a Curtis y a Betty que es mejor que regresen a casa.

—Puedo seguir buscándola yo solo —dice.

—Será inútil, Owen. Odio tener que decirlo, pero ella se ha ido. Se ha ido para siempre. Es mejor que tú también vuelvas a casa —dice Betty.

Él niega con la cabeza.

—No —responde—. Voy a intentarlo un día más.

Con el corazón roto, Betty y Curtis deciden volver a casa.

 

—¿Crees que deberíamos habernos quedado con él? —pregunta Curtis en la cocina de Betty al volver a casa.

Ella lanza un suspiro.

—Creo que estaba intentando hacer las paces consigo mismo, que quería estar solo —responde ella.

Curtis asiente con la cabeza.

—Siento mucho no haber venido a verte el sábado por la noche. Nos peleamos y ella me hizo jurar que yo no diría a nadie que iba a evadirse.

—No ha sido por tu culpa. Yo debería haber visto que algo iba mal. Ojalá Liz me hubiera pedido consejo.

En ese momento Curtis ve una nota pegada en la nevera con el nombre de Betty.

—Mira, Betty, creo que te ha dejado una nota.

Ella cruza la cocina corriendo y arranca la nota de la nevera. ¿Por qué no la habré visto antes?, piensa.

Curtis se pone a mirar por la ventana para que Betty pueda leerla en privado. Cuando aún no ha pasado ni un minuto, ella se desploma sobre una silla.

—¡No dice por qué lo ha hecho! En realidad, no dice nada —exclama con los ojos empañados—. Tú fuiste el último que habló con ella. ¿Por qué crees que lo hizo?

—No estoy del todo seguro —responde al cabo de un momento—. Creo que pensaba que no podía llevar una vida normal aquí. Quería ser un adulto. Quería enamorarse.

—¡Si podía haberse enamorado aquí! —protesta Betty—. Yo creía que ya lo había hecho.

—Creo que en parte se fue por esto —observa Curtis con delicadeza.

—¡Pero podía haber vuelto a enamorarse! De Owen o de cualquier otra persona.

—Creo que pensaba que las condiciones que habían aquí no ayudaban en nada a que el amor durara —explica Curtis.

Betty lo abraza. Al oler él el suave aroma de su pelo, piensa que huele a rosas y a sal marina.

—A decir verdad —dice Curtis en voz baja— las condiciones raras veces son demasiado buenas en ninguna parte, pero aun así el amor sigue surgiendo todo el tiempo.

 

Liz comprende que nunca podrá tener fuerzas suficientes para salir a la superficie. Seguirá viviendo su vida hacia atrás y respirando en el fondo del mar, pero si no la encuentra, será como si estuviera muerta. Esta vez sí que será como estar muerta de verdad.

Y, sin embargo, no está muerta. Aunque casi sería mejor que lo estuviera. Recuerda la historia que en una ocasión Owen le contó de un hombre que se había ahogado mientras se dirigía al Pozo. Nadie volvió a encontrarlo durante treinta años y cuando por fin dieron con él, ya era un bebé y tuvo que regresar a la Tierra.

Si nadie sabe que estás viva, si ninguna persona de las que te quieren lo sabe, es como si estuvieras muerta, piensa Liz.

Se pone a contemplar el agua que hay encima de ella, en el fondo del mar no puedes hacer otra cosa.

En la segunda noche que pasa bajo el agua, dos sirenas, una es pelirroja y la otra rubia, pasan junto a ella nadando. Se detienen para observarla.

—¿Eres una sirena? —le pregunta la pelirroja.

Liz no puede hablar porque su laringe se cerró de manera refleja al empezar a hundirse en el agua. Parpadea dos veces para intentar comunicarse con ellas.

—¡No creo que lo sea! —exclama la sirena rubia—. No es más que un ser estúpido que ni siquiera habla.

—Y además tiene unos pechos muy pequeños —añade la pelirroja riéndose.

—Yo creo que es un caracol —dice la rubia.

—¡Oh, no digas eso! —responde la pelirroja—. Creo que has herido sus sentimientos. Mira, está llorando.

—¡Me da igual! ¡Qué deprimente es! Vámonos —exclama la rubia. Y las dos sirenas se alejan nadando felizmente.

Las sirenas (unas criaturas crueles y vanidosas) son unos de los numerosos seres que viven en el fondo del mar, en el mundo que hay entre En Otro Lugar y la Tierra. En el fondo del mar, en el mundo que hay entre En Otro