En Otro Lugar

Gabrielle Zevin · Capítulo 28 de 32

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En Otro Lugar

Amadou

 

El mismo día que Liz se jubila del Departamente de Animales Domésticos un hombre al que ella conoce muy bien, aunque no haya hablado con él personalmente, va a verla a su despacho. El hombre visto en persona tiene otro aspecto del que mostraba a través de los prismáticos. Su mirada es más dulce, pero las líneas del entrecejo son más profundas.

—Soy Amadou Bonamy —dice él con precisión, con un ligero acento francés haitiano.

Liz respira hondo antes de responderle.

—Ya sé quién eres.

Amadou se percata de los globos de la fiesta de jubilación de Liz.

—Veo que estás celebrando una fiesta, volveré más tarde entonces —dice él.

—Estamos celebrando mi jubilación, o sea que si vuelves más tarde ya no me encontrarás. Entra, por favor.

Amadou asiente con la cabeza.

—Fallecí hace poco de un cáncer —cuenta él—. De cáncer de pulmón, yo no fumaba pero mi padre sí lo hacía.

Liz asiente con la cabeza.

—Hace muchos años que ya no trabajo de taxista. Conseguí licenciarme tras asistir a las clases nocturnas de la universidad y me convertí en profesor.

Liz asiente con la cabeza de nuevo.

—No puedes imaginar lo que he sufrido durante todos esos años porque te atropellé con el taxi y ni siquiera me detuve.

—Al menos llamaste al hospital desde una cabina, ¿no es así? —pregunta ella.

Amadou asiente en silencio. Baja la cabeza clavando la vista en sus zapatos.

—He estado pensando en ello, supongo que más que nadie en el mundo. Y he llegado a la conclusión de que aunque te hubieras detenido, las cosas no habrían cambiado —dice Liz poniéndole una mano en el hombro.

—No dejaba de desear que la policía diera conmigo —confiesa él con los ojos empañados.

—No fue culpa tuya —observa Liz—, yo no miré a los dos lados al cruzar la calle.

—Dímelo con toda sinceridad, ¿lo has pasado muy mal aquí?

Liz medita la pregunta de Amadou antes de responderle.

—No, en realidad me lo he pasado muy bien.

—Pero debes haber echado de menos muchas cosas.

—He llegado a ver que mi vida habría sido la misma tanto aquí como en cualquier otra parte —responde Liz.

—¿Estás bromeando? —inquiere Amadou sorprendido.

—Si esto te hace feliz, así es —dice Liz riendo un poco—. Amadou, ¿puedo preguntarte por qué no te detuviste aquel día? Siempre he querido saberlo.

—Lo que hice no tiene perdón, pero mi pequeño había estado muy enfermo, y las facturas médicas eran exorbitantes. Si hubiera perdido mi trabajo de taxista o si tus padres me hubieran demandado exigiéndome una indemnización, no habría podido sacar adelante a mi familia. Estaba desesperado. Aunque sé que esto no sirve como excusa —afirma Amadou moviendo la cabeza—. ¿Podrás perdonarme algún día?

—Ya te perdoné hace mucho tiempo —responde Liz.

—¡Pero si eras muy joven! —exclama Amadou—. ¡Yo te robé los mejores años de tu vida!

—La vida no se mide en horas ni minutos. Lo que importa es su calidad y no su duración. Al tener en cuenta todos los factores, he llegado a la conclusión de que he tenido más suerte que la mayoría de personas porque yo he vivido casi dieciséis años maravillosos en la Tierra y otros ocho estupendos años aquí. Y espero vivir ocho más antes de dejar de tener voz ni voto en ello. En total son treinta y dos años, una cantidad que no está nada mal.

—¿Tienes sólo siete años? Nadie lo diría, pareces muy madura.

—Bueno, ahora tengo siete-ocho, que es distinto de tener sólo siete. En la Tierra yo tendría veinticuatro años —observa Liz—. Algunos días realmente siento que me voy volviendo cada vez más joven.

—¿Qué sensación te produce? —pregunta Amadou.

Liz reflexiona unos momentos antes de responderle.

—Es como quedarte dormida en un momento y despertarte al siguiente. A veces olvido las cosas. Y a veces me preocupa olvidarlas —confiesa Liz echándose a reír —. Recuerdo el primer día en que me sentí realmente joven. Fue cuando Alvy, mi hermano pequeño, cumplió doce años. Ese mismo año yo cumplía once.

—Este proceso de volverte cada día más joven debe ser muy extraño —observa Amadu.

Liz se encoge de hombros.

—Te vuelves más vieja, más joven… No estoy segura de que ambas cosas sean tan diferentes como creía antes. ¿Quieres un globo para tu hijo?

—Gracias —responde Amadou eligiendo un globo rojo del montón que hay sobre el escritorio de Liz—. ¿Cómo sabías que mi hijo está aquí? —pregunta él.

—He estado contemplándote de manera intermitente durante años —admite Liz —. Y sé que él es un niño muy bueno y que tú eres una buena persona.